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Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

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Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Por Miguel Sánchez de Armas

La semana pasada al escribir sobre el poder comunicacional del arte pictórico, recordé a un pintor mexicano cuya memoria quedó sepultada por la obra de los gigantes del muralismo.

No es la primera vez que me refiero a él. Aquí un apunte del siglo pasado para mis nuevos lectores.

Érase un muchacho pueblerino que llegó al mundo en un rancho de 30 almas en los Altos de Jalisco, en una familia de pobres entre los pobres. Cuando su padre entregó el alma, sobre sus hombros cayó el peso de mantener a su madre y a sus hermanos.

Para leer más del autor:  Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Una mañana lió un itacate y se encaminó a la cabecera municipal para emplearse como pintor de fachadas. Al poco tiempo ayudó en la decoración de templos y ahí se le reveló que Dios lo había bendecido con el don de la pintura sacra. 

Pero no ganaba lo suficiente para el sustento de los suyos, así que la madrugada de un día de mayo salió a pie a la estación de Santa María para tomar un tren a la capital del país en donde se colocó como pintor de anuncios en una empresa cervecera.

En el valle entre los volcanes sucedió que el rústico mancebo terminaba dos cuadros en lo que sus compañeros uno, lo que pronto le granjeó enemistades y envidias.

Un día, la caterva de díscolos que lo rodeaba en la fábrica urdió un plan para deshacerse del ingenuo provinciano. Le dijeron que en Guadalajara, el Ayuntamiento había lanzado un bando para pintar las fachadas de todas las casas de la ciudad y por lo tanto había trabajo abundantísimo para pintores de Jalisco

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La oportunidad de regresar a su tierra, ganar dinero y ver a sus hermanos aceleró el corazón del mozo y lleno de emoción no dejó de dar las gracias a sus compañeros mientras lo llevaban a la estación de Buenavista a tomar el tren. 

Y no sólo eso, le prepararon su equipaje, sus pocas pertenencias, en una caja nueva de cartón atada con un mecate.

El muchacho les dio las gracias con lágrimas en los ojos y partió a su tierra. En Guadalajara se enteró de que el bando era una mentira y en la caja de cartón encontró papeles y trapos viejos. Entonces comprendió la verdad. De la estación de ferrocarril partió a Jalostotitlán a pie, porque no llevaba ni un cobre en la bolsa, y por el camino pintó algunas fachadas y bardas para comer.

Nadie recuerda ya el nombre de aquellos jóvenes corroídos por la envidia que se deshicieron del chamaco provinciano, pero es muy probable que a ellos deba la pintura sacra mexicana la carrera de uno de sus más altos exponentes, Rosalío González Gutiérrez, Chalío, nacido el 30 de agosto de 1892 en el rancho La Mesa, cercano al antiguo pueblo de Indios de Teocaltitán, de la municipalidad de Jalostotitlán, Jalisco.

 

Jalos, como le llaman con cariño los habitantes de aquella parte del país, fue fundado en 1544 por Fray Miguel de Bolonia. El nombre (con “jota” o con “equis”) proviene de las palabras nahuas xalli, que significa “arena”, ostotl, que significa “cueva” y tlan, que se traduce como “lugar donde abundan las cuevas de arena”. 

En Jalos se colocó como ayudante del pintor Federico de la Torre quien, con el alarife Ramón Pozos, decoraba el Santuario de Guadalupe y Templo del Sagrado Corazón. De ahí salió a la capital en donde corrió la aventura que he relatado. 

En 1912 se casó con María Cornejo “quien fue la fiel compañera en su vida laboriosa y le cerraría los ojos en el momento de su muerte”. María y Chalío no tuvieron hijos y adoptaron a una niña, Francisca, quien lo recordaba así:

“En su trabajo era muy metódico: a las nueve de la mañana ya estaba desayunando, después de ir a misa de 7 u 8, al terminar se subía a trabajar, bajaba a las dos, a comer y después se tomaba una siesta. A las cuatro ya estaba otra vez en su estudio, y a las seis bajaba, se arreglaba, se iba a una peluquería que estaba a la vuelta de su casa”.

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Debo a Ramiro González Martín, ingeniero civil de profesión, recuperar la pista de este artista cuyo nombre conocí por mi abuelo paterno, pintor y yesero, también de Los Altos, que alguna vez decoró templos con su “compa”.

La Editorial Acento produjo un espléndido rescate iconográfico de la obra del jalostotitleco, con apuntes sobre su vida y obra de Alfredo Gutiérrez, José Antonio Gutiérrez Gutiérrez, Francisco Javier Ibarra, Juan de Jesús Fuentes y Noé Mota Plascencia.

Chalío aprendió a más o menos leer y por su mente nunca pasó la idea de inscribirse en alguna academia de pintura. Fue siempre modesto, generoso, incansable y profundamente religioso. Lo único que lo diferenciaba de sus “compas” era una habilidad superior a la de ellos para pintar. 

Y esa habilidad, como la vida de todos ellos, estaba incuestionablemente al servicio de la iglesia. Chalío pudo haber sido el modelo del “Juan” de la canción Tata Dios, de Valeriano Trejo, cuando dice: “Voy a regalar la siembra / Tata Dios así lo quiere / Y con Tata nadie Juega”.

Recuerda su hija Paquita: “Hablaba solo, lo oíamos hable y hable, a veces enojado, lo que estaba haciendo no le parecía, y decía ‘No, no, no. Así no’. No soportaba los aprendices. Mucho muchacho muy joven quiso aprender; a César Ramírez en cambio sí lo enseñó, él aprendió sin que Chalío cobrara por sus clases […] Prefería relacionarse con la gente sencilla, recibía invitaciones a comer de parte de familias acomodadas del pueblo, pero él no se sentía a gusto”. 

Supongo que ya habrá intuido el lector que en materia de dinero Chalío no pedía lo que uno supone justo. Es más, parece que a nadie informaba el precio de sus obras salvo los compradores, que nunca se quejaron.

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Dicen sus biógrafos que podía estar días enteros sin salir de casa, “pintando 12, 15, 18 horas al día para sacar adelante sus compromisos con el nivel de eficiencia y calidad que lo caracterizaba […] Como un pintor hecho a sí mismo, autodidacta puro, inventivo, pragmático, siempre fiel a sus creencias técnicas y temáticas, respetuoso conocedor de sus carencias y osado con sus habilidades, Rosalío González nunca engañó a nadie”. 

No le gustaba que otros le ayudaran en la preparación de los lienzos y tampoco utilizaba pinturas comerciales. En Guadalajara compraba la materia prima. El mismo preparaba la tela y la colocaba en los bastidores; luego molía los pigmentos con una piedra de mano para que la pintura tuviera las tonalidades precisas.

Las imágenes de la virgen y los santos las sacaba de revistas, estampas y cromos que le hacían llegar de distintas partes del mundo, a las que les imprimía su estilo. Gustó mucho de obtener sus modelos de gente del pueblo. En Tepa utilizó para uno de sus cuadros a un viejito limosnero. En la alegoría Ofrecimiento de la Parroquia de Jalostotitlán, la modelo de la entrega de la parroquia fue una joven de la localidad. Y en el óleo La Asunción de la Virgen, los angelitos son niños de Jalos. Muchos modelos los inventaba. Chalío no sabía historia del arte, pero tuvo mucha facilidad para adaptar estampas imaginarias y reales, o que veía en las revistas que le proporcionaban, recuerda Ramiro González.

Su otra pasión fue la fotografía. En 1911 estableció Foto Lux, empresa que además de permitirle una vida cómoda, le sometió a un “aprendizaje lumínico, figurativo, objetual, compositivo, en una palabra, fotográfico” que posteriormente trasladó “a sus pinturas de diversos formatos para bien y para mal”, pues si bien en su pintura sobresale la perspectiva, algunas son como “fotografías de estudio largamente posadas”.

 

Otro estudioso dice: “Ciertamente no se descubre en la obra de Chalío una técnica que lo clasifique como un académico de la pintura, más bien tiene el color de un credo que quiere profesarse con los medios que dispone logrando bellas composiciones”.

El jalostotitlense no fue sólo pintor de iglesias. También se dedicó a lo secular, “desde el embellecimiento de los recintos familiares tomando como modelo las formas del neoclasicismo hasta la pintura de personajes de las familias. Moldea estucos para adornar las casas, pinta piezas de ornamentación para las salas. Es él un autor que pone su arte al servicio de la piedad familiar, reproduciendo imágenes que hasta la fecha tienen en exposición a la veneración familiar. Cada expresión de un cristo, de la Santísima Virgen María, sobre todo bajo su advocación de nuestra Señora de La Asunción, muestran el espíritu del pintor. […] La obra es profundamente religiosa, es el artista que rasga los cielos para que baje a la tierra lo divino”.

Chalío murió el 24 de noviembre de 1958 en Jalos, a la edad de 66 años, “después de soportar con cristiana resignación […] una trombosis cerebral [sin que] ningún cuidado médico ni medicina lograra levantarlo de su postración”. Poco antes de rendir cuentas a su creador, y ya enfermo y cansado, el pintor decidió que no moriría sin dejar su huella en “su querido pueblo de Tecua y, con grandes trabajos, decoró su templo y la capilla de Santa Ana con oro falso y latón especial alemán”. 

Además de los innumerables trabajos como el de Tecua, los “familiares” y la fotografía, “la obra mural y de gran formato del jalostotitlense incluye más de 130 piezas, algunas de excelente manufactura, realizadas entre 1932 y 1955, en veintitrés años de intenso trabajo”. 

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Hay obra suya en recintos de Pegueros, Tepatitlán, Guadalajara, Tlacuitapan, Ciudad Guzmán, Zamora, San Juan de los Lagos, Jacona, Tamazula, Tingüindín, Jalostotitlán, Briseñas, La Barca, San Pedro Caro, Ciudad de México y Papantla, en cuyo templo de Nuestra Señora de La Asunción dejó una serie de cuatro grandes murales al óleo de 13 metros cuadrados cada uno con otras tantas escenas bíblicas: “Las bodas de Caná”, “La muerte de Nuestro Señor San José”, “El Niño Jesús ante los sacerdotes del templo” y “El taller de Nazareth”. Fueron comisionados en 1949 por el párroco Pedro Honorico cuando Chalío González era ya uno de los más reconocidos pintores de arte sacro de México. 

21 de agosto de 2022

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El amante, un encuentro con la escritura de Marguerite Duras

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El amate, de Marguerite Duras, es un viaje a la memoria de la autora

 

Por Guadalupe Lizárraga

De París a Saigón. De la adolescencia al “envejecimiento brutal” en tan sólo dos años. Es El amante de Marguerite Duras. La escritora viaja –a través de su memoria– no sólo hacia el pasado, sino hacia el interior de sí misma, para construir de nueva cuenta aquellas fronteras que a sus quince años traspasó apenas sin percibirlas y que inseminaron su ser-escritora. Transgresora de culturas, el amor la transforma en “Otra”, re-descubriéndose, despojándose de la sombra de su propio origen, para entregarse a lo “extraño”, a lo extranjero, en una fusión que le asigna una nueva esencia, desde donde aprende a contarse su transición, mucho tiempo después.

“Tengo un rostro destruido. Diré más, tengo quince años y medio. El paso de un transbordador por el Mekong. La imagen persiste durante toda la travesía del río. Tengo quince años y medio. En ese país, las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.”

Lee más: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Su escritura es un acto solitario en la búsqueda de los confines de su corta edad. De una existencia que configura su sentido en una amalgama de sentimientos y desazones que sólo podía comprender a través de la existencia necesaria del “otro”: su amante chino. La adolescente envejecida escudriña, a través de la escritura, sus pudores, sus ocultamientos, sus miedos, sus deseos y liviandades; “para ellos”, un acto moral, para ella, nada; y mientras escribe va corriendo el velo de esa su historia que no existe y que sin embargo da origen a su realidad de futuro:

“Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. Él le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. Él dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Él sabía que ella había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.”

El amante. Marguerite Duras, Madrid, Ed. El País, 2002.

Reseña.

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Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán

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Alberto farfán reseña el último libro de la escritora Martha Robles

La condena: Biografías clandestinas

Por Alberto Farfán

La extraordinaria ensayista literaria y profunda analista de escritoras mexicanas, Martha Robles, guarda entre sus diversos libros publicados un volumen de orden trascendental para nuestras letras por su elevada composición estética y su contenido temático incuestionable.

Autora de La sombra fugitiva. Escritoras en la cultura nacional, Entre el poder y las letras: Vasconcelos en sus memorias, Espiral de voces, y Mujeres, mitos y diosas, entre otras obras, Martha Robles (1948) nos entrega en La condena: Biografías clandestinas (FCE) una especie de monólogo testimonial, que pone de relieve las aristas enquistadas en una relación de pareja entre un hombre y una mujer a todas luces antagónicos.

Para leer más del autor: Del feminismo sexista sobre el tema de la sexualidad, la perspectiva de María Teresa Döring

Sin embargo, la estructura de espiral ascendente en que descansa el discurso que ofrece nuestra autora permitirá que éste paulatinamente tome consistencia de una genuina catarsis, cuyo objeto central por resolver adquirirá visos universales: el punto en cuestión particular e intimista dará paso a uno de carácter ontológico, en donde el ser del sujeto logrará su cristalización integral e individualizadora, es decir, su propia identidad.

Escrito por una mujer culta para lectores cultos, este texto se encuentra obligado a oscilar, sin menoscabo del feminismo crítico subyacente, entre la política, la historia y la filosofía en el contexto de nuestro país en décadas pasadas, debido a que dichas disciplinas forman parte del acervo del gran intelectual a que se hace referencia en este monólogo. Mientras ella es una principiante de 25 años, él ya es una connotada autoridad a sus 57, edades en las que ambos contraen nupcias.

La extraordinaria fluidez narrativa empleada correrá paralela a diversas líneas de hondura lírica y filosófica, en ese afán exorcizante y revelador. Emancipación necesaria de su entorno, cuyos demonios la anulan como mujer y profesionista, hasta convertirla en un vulgar receptáculo del rencor de un anciano frustrado y decadente, así como también de los vicios del mundo a que éste pertenecía, los cuales tendría que enfrentar posteriormente debido a su rompimiento conyugal.

Lee más: Aristas históricas en torno a la sexualidad

Al ir depurando y afirmando su identidad, la voz femenina trazará múltiples hallazgos de toda índole respecto al matrimonio, al amor, al hombre y a la mujer, los cuales la afianzarán en su perspectiva liberadora; como cuando hace alusión a su esencial vocación ya recuperada. El drama que ella vive por reencontrarse con la literatura resulta fundamental.

Leemos al respecto: “La fidelidad a lo que se es y la decisión de llevar a cabo un proyecto por encima de todo conllevan precios que sólo estamos dispuestos a pagar quienes conocemos la hondura del propio don, la señal de la gracia”.

O cuando hace referencia a la condición femenina: “Hija de mi raza, intervenir en ciertos asuntos era tanto como atentar contra la masculinidad o contra la jefatura del tribuno: la palabra, ya se sabe, no es recurso de mujeres, sí el palabrerío, el que distrae con ruido el acto del pensar”.

 

Autobiográfico o no, este extenso monólogo climático de una mujer en su afán por afirmarse como individuo irreprochable y consecuente, resulta sumamente cautivante y enriquecedor. Y más si consideramos la decadencia y el sin sentido que se vive en esta etapa del siglo XXI.

 

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Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Miguel Angel Sánchez Armas habla de la obra de James Baldwin

 

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

James Arthur Baldwin nació en el barrio negro neoyorquino de Harlem en 1924, en plena depresión. Hijo de un predicador fanático y autoritario y de una mujer cuya principal actividad fue echar hijos al mundo, se convirtió en la voz literaria de los negros estadounidenses principalmente durante las luchas civiles de la década de los sesenta. 

Su amor por los libros era tan grande como el odio a su padre. En Apuntes de un hijo de la tierra, uno de sus más conocidos ensayos, nos presenta una brutal introducción a su vida:

“El 29 de julio de 1943 mi padre murió. El mismo día, unas horas después, nació el último de sus hijos. 

“Durante el mes anterior, mientras esperábamos el desenlace de estos acontecimientos, había tenido lugar en Detroit una de las más sangrientas revueltas raciales del siglo. Unas cuantas horas después de la ceremonia fúnebre de mi padre, cuando su cuerpo aguardaba en la capilla, un motín racial se desató en Harlem […] 

“El día del funeral de mi padre cumplí 19 años. Lo llevamos al cementerio entre gritos de injusticia, anarquía, descontento y odio. Me parecía que Dios mismo había orquestado, para conmemorar el fin de la vida de mi padre, la más brutal y ensordecedora tremolina. Y me parecía también que la violencia que nos rodeaba mientras mi padre se iba de este mundo había sido concebida como un correctivo para la arrogancia de su hijo mayor […] 

“Había decidido rebelarme en su contra por las condiciones de su vida y por las condiciones de nuestra vida, pero cuando llegó su fin comencé a interrogarme sobre esa vida y también, de una manera no antes conocida, tuve recelos acerca de la mía”.

Para leer más del autor: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Resulta por lo menos asombroso, después de esta descarnada confesión, saber que Baldwin siguió los pasos del muerto y que adolescente aún fue consagrado como ministro y predicador en la iglesia Fireside, de Harlem, barrio que habría de convertirse en el centro literario e intelectual de la comunidad negra y escenario de violentas manifestaciones durante el movimiento pro-derechos civiles del siglo pasado. 

Quizá una explicación sea que aquél era en realidad su padrastro, pues James fue hijo ilegítimo. Otra, que las misteriosas tensiones en la relación padre-hijo se manifiestan en conductas de complejidad insondable. Sea como fuere, en el púlpito, Baldwin se tropezó con la que sería su verdadera vocación, la literatura, aunque ese encuentro no sería evidente de inmediato y pasaría a formar parte del arcano bagaje con el que se ensambla el espíritu de los seres humanos.

En uno de sus numerosos ensayos, casi todos salpicados con pasajes de su biografía, asentó que sus tres años en el púlpito lo convirtieron en escritor porque vivió expuesto a la gran desesperación y simultánea gran belleza de la grey a su cargo. 

Creo que a Baldwin le sucedió lo que al novelista indio R. K. Narayan, quien se apartaba de su ventana pues desde ella eran visibles millones de historias que no podía llevar a sus libros. Y viéndolo bien, ¿no es lo que pasa a los periodistas, escritores y otros creadores que andan por la vida con los ojos abiertos? En rigor, no hay que ir muy lejos para obtener material.

Baldwin dejó los hábitos y transitó por una serie de empleos manuales antes de establecerse en el barrio bohemio neoyorquino de Greenwich Village y comenzar su vida de escritor. Ahí sobrevivió publicando reseñas de libros en The New York Times e hizo amistad con el autor Richard Wright, quien lo ayudó a conseguir una beca en 1948 para viajar a Francia y a Suiza.

No te pierdas: Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Una vez más vemos cómo, de manera que me resisto a creer sea accidental, una carrera literaria se entrelaza con el periodismo. Durante su estancia en el Village (crisol de espíritus de todas las nacionalidades y razas) Baldwin, no siendo precisamente un reportero, sí fue un periodista especializado que se ganaba la vida escribiendo para los diarios reseñas de los libros que devoraba día y noche.

En 1953 publicó su primera novela, Ve y dilo en la montaña, obra en la que resalta el fuerte acento adquirido en sus años de predicador y que de acuerdo a los críticos, le consagró como el más sobresaliente comentarista negro de la condición de los de su raza en Estados Unidos. 

La siguiente, El cuarto de Giovanni (1956), es una historia de amor homosexual; Apuntes de un hijo de la tierra (1955) y Nadie sabe mi nombre (1961) son libros de ensayos y memorias de su juventud. 

Baldwin es autor además de Otro país (1962), La próxima vez el fuego (1963), Blues para Mister Charlie (1964), Dime cuánto hace que se fue el tren (1968), Sin nombre en la calle (1972) y los ensayos agrupados en El costo de la entrada (1985), entre otros títulos.

El abordaje de temas a partir de su preferencia homosexual hizo a Baldwin blanco de acerbas críticas desde los mismos círculos que se beneficiaron con su aporte intelectual y militancia por los derechos de la minoría de color. Eldrige Cleaver, uno de más notorios “Panteras Negras”, lo acusó de exhibir en su obra un “doloroso y total odio hacia los negros”.

“Supongo”, diría a su vez el autor, “que todo escritor siente que el mundo en el que nació es una conspiración contra el cultivo de su talento”.

 

Baldwin nació en agosto de 1924. Y en otro agosto, pero de 1963, tuvo lugar aquella jornada histórica en que millones de yanquis escucharon en Washington a Martin Luther King pronunciar la oración que bajo el título “Tengo un sueño” (I have a dream) habría de convertirse en el programa de la lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos y el resto del mundo.

Dos existencias destinadas a cruzarse. Mi lado racional puede descartarlo, pero el mágico me dice que en lo humano no hay nada accidental, y como Edmundo Valadés, sostengo que hay vidas y obras que están destinadas a complementarse. 

Sea como fuere, hay entre Baldwin y King coincidencias por lo menos notables, cuando no estremecedoras. Negros, hijos de predicadores y ellos mismos ministros de culto, hombres de gran potencia intelectual, inconformes, creativos y atormentados por la obsesión de un cambio posible y de una vida mejor.

“Tengo el sueño”, exclamó King ante miles de ciudadanos reunidos en Washington el 22 de agosto de 1963, “de que mis cuatro pequeños hijos un día habitarán un país en el que no se les juzgue por el color de su piel, sino por la entereza de su carácter”. 

Baldwin, por su parte, escribiría en un recuerdo sobre su niñez en Harlem: “Sabía que era negro, desde luego, pero también sabía que era inteligente. Ignoraba cómo utilizaría mi inteligencia, incluso si pudiera aplicarla, pero eso era lo único que poseía”. 

Baldwin estuvo entre los oyentes de King aquella jornada, pues desde principios de los sesenta había regresado de su autoexilio para incorporarse a la lucha al lado de Martin Luther. 

Otra faceta de este creador: su compromiso con la democracia y contra la opresión. Producto de muchas minorías (negro, pobre, homosexual, periodista y escritor) en un momento de su exilio decidió que además de su participación intelectual debía ensuciarse las manos como militante. Así, retornó a Estados Unidos y viajó extensamente por las regiones de mayor discriminación racial. Producto de ese tiempo fueron los libros Apuntes de un hijo de la tierra y La próxima vez el fuego

Aparentemente esa época de su vida también fue amarga y llegó a la conclusión de que las cosas cambiarían sólo por la vía de la violencia. Después del asesinato de sus amigos Martin Luther King y Malcolm X, regresó al extranjero en donde no sólo pudo cultivar una mejor perspectiva de su existencia, sino que encontró una solitaria libertad para su oficio de escritor. “Una vez inmerso en otra civilización”, escribió, “te obligas a examinar la propia.”

Lee más: Cervantes y Freud en el diván de un mexicano

En la nación vecina aún hoy se viven las consecuencias de la integración forzosa de razas vía el tráfico de esclavos. Desde mediados del siglo XV y hasta 1870, entre 11 y 13 millones de africanos fueron exportados hacia América y alrededor de 10 millones fueron esclavizados en los países de destino (ya que entre el 15% y el 20% murió durante las travesías), principalmente en el que hoy conocemos como Estados Unidos, pues en la Nueva España hubo, por decirlo de una manera brutal, materia prima vernácula (Bartolomé de las Casas denunció la existencia de unos tres millones de esclavos indígenas).

James Baldwin fue producto de ese encuentro forzado y doloroso, como lo fue King, como lo fueron y son millones de negros estadounidenses. Vivió además el peso de su pertenencia simultánea a un abanico de minorías en un contexto social, recordemos, que en comparación con el tiempo actual era brutalmente asfixiante… aniquilante.

Al terminar de redactar estas líneas, por una extraña asociación de ideas recuerdo la novela de Harper Lee, Para matar un ruiseñor, y me pregunto si, guardadas las distancias y circunstancias, James Baldwin podría ser considerado el Atticus Finch de los derechos civiles

4 de septiembre de 2022

 

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