Connect with us

Arteleaks

Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

Published

on

Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Pasamos por alto que el arte tiene una función comunicadora. Cierto que la estética habla con un lenguaje propio al espectador y despierta emociones que escapan a la razón, pero una escultura o una pintura también pueden contener un mensaje social o una declaración política. El Guernica de Picasso es un ejemplo clásico. 

El cuadro fue comisionado por la Segunda República durante la guerra civil para la Exposición Universal de París de 1937. Picasso plasmó la destrucción de la villa de Guernica por la Legión Cóndor nazi el 26 de abril de 1937. Es una combinación única de elementos cubistas y expresionistas y su presentación provocó un profundo impacto y desató polémicas que hoy siguen vivas.

El muralismo mexicano utilizó las técnicas de la pintura para informar una visión del mundo y lo mismo se puede decir del arte religioso. 

Otras columnas del autor: Cervantes y Freud en el diván de un mexicano

 

Es en las obras del pasado en donde mejor se puede apreciar que la pintura, la escultura y la arquitectura tenían, a más de las expresiones propias de la creación, funciones no tan diferentes a las que hoy cumplen los medios masivos. Veamos algunos ejemplos:

La matanza de los inocentes de Pieter Breugel El Viejo (1565). El relato bíblico del infanticidio de Herodes ha sido un tema recurrente entre los pintores de la antigüedad y modernos, desde El Geronés en 1275 hasta Gjertson en 1991, pasando por Pisano, Fra Angelico, Mocetto, Aspertini, Tintoretto, Poussin, Castello, Doré y Rubens. Breugel lo usa para describir un episodio de la ocupación de los Países Bajos ordenada por Felipe II para reprimir la herejía calvinista y anabaptista, cuando la tropa española y un escuadrón de valones, al mando del Duque de Alba, masacran a los habitantes de un pueblo flamenco.

El cuadro, entonces, adquiere carácter de una declaración. Reseña un episodio histórico, pero es a la vez una denuncia. Provocó tal repulsión que eventualmente hubo de ser retocado para reemplazar con animales domésticos los dibujos de los niños que eran pasados a cuchillo por las tropas invasoras. Esto es el equivalente a la moderna eliminación de escenas en una película.

La ejecución de Maximiliano de Edouard Manet (1867). El artista pintó tres versiones, todas censuradas en Francia por razones políticas y una de ellas seccionada y recuperada entre 1890 y 1912 por Edgar Degas. Hoy se exhiben los fragmentos en la Galería Nacional de Londres.

El editor recomienda: El embajador

 

Un mexicano educado en la historia de ángeles y demonios que se imparte en nuestras aulas puede experimentar sentimientos encontrados frente al cuadro, dependiendo si considere a Maximiliano salvador o anticristo. ¿Pero Manet? Por sus convicciones republicanas no era simpatizante de Napoleón III. Si examinamos la composición del cuadro y recordamos las circunstancias de la época, la conclusión es que nos encontramos no ante una obra de arte, sino frente a una pieza de propaganda política.

El fusilamiento de Maximiliano fue motivo de gran descrédito para el dictador sobrino del Corzo, quien primero alentó y apoyó la aventura mexicana de Maximiliano y después, con el retiro de sus ejércitos, le despejó el camino al Cerro de las Campanas. Es en este contexto que la intención de Manet debe considerarse. 

El peso del cuadro está en el pelotón de fusilamiento, no en los fusilados cuyo destino ha quedado sellado con la descarga. Pero los militares mexicanos visten uniformes franceses. El artista nos dice que fueron Francia y Napoleón, no México y Juárez, los responsables de la muerte de Maximiliano y sus generales. 

¿Que se derramó sangre real? No es cosa que concierna al Imperio y así nos lo dice el despreocupado jefe del pelotón, quien ajusta su fusil para el tiro de gracia. El mensaje del conjunto es una acerba crítica a Napoleón III. Así se entendió en su momento y ni una de las tres versiones pudo ser exhibida en Francia. ¿Le recuerda el lector el caso de La sombra del caudillo, la película maldita de la cinematografía mexicana?

La ejecución de Lady Jane Grey de Paul Delaroche (1834). Cuando se presentó en París, arrancó exclamaciones de dolor en la concurrencia y uno que otro desmayo entre las sensibles damas de la aristocracia. Habían transcurrido apenas 40 años de la decapitación de María Antonieta y la visión de otra joven reina momentos antes de sufrir la misma suerte conmovió al público.

 

Jane Gray era nieta de Enrique VII y fue proclamada reina de Inglaterra en 1553 a la edad de 17 años, pero sólo ocupó el trono durante nueve días. Los seguidores de María Tudor la depusieron, fue encerrada en la Torre de Londres y decapitada el 12 de febrero de 1554. He aquí todos los elementos de una tragedia romántica (hoy llamada telenovela): una princesa joven, bella y virginal es atrapada en la lucha entre protestantes y católicos; los complotistas de la Corte organizan su coronación; el bando rival la derroca; se convierte en un símbolo incómodo para todas las facciones y es entregada al verdugo.

En el cuadro de Delaroche, la joven se dispone a colocar el cuello sobre el bloque de madera, gentilmente auxiliada por el Guardián de la Torre, frente a un verdugo de semblante grave y decidido. Jane Grey viste un fondo de satén blanco y lleva vendados los ojos. Es la imagen misma de la fragilidad, la inocencia y el desamparo. A un lado, una dama de compañía se ha desmayado, mientras que otra llora con el rostro contra la piedra, incapaz de atestiguar la escena.

Es en verdad una imagen conmovedora. La técnica realista y las dimensiones del cuadro (2.5 por 3 metros) dan al conjunto un aire trágico. Sólo que, a la manera de los productores actuales de telenovelas, Delaroche conocía a su público y se permitió algunas licencias para exprimir al máximo su sentimentalismo. En la realidad, Jane Grey fue decapitada en los jardines de la Torre de Londres, no en su celda. No le vendaron los ojos y vestía un ajuar completo. Y el pelo, que en la pintura es una cascada dorada, lo habría llevaba en un chongo. Puesto que se trató de un acto político que involucraba nada menos que la sucesión al Trono del Imperio Británico, fue atestiguado por un numeroso grupo. Así, de un hecho histórico documentado, el pintor construye un drama para mover a las masas. ¿Suena conocido?

Alegoría con Venus y Cupido de Agnolo di Cosimo di Mariano Tori, llamado El Bronzino (1545), es una de las pinturas más conocidas y apreciadas del manierismo, el estilo artístico de transición del renacimiento al barroco. Para el espectador moderno el primer impacto es el de una exquisita mezcla de texturas, colores y formas que se resuelve en un conjunto de fuerza y equilibrio: una Venus nívea recibe de Cupido un beso en el centro de un conjunto de personajes de posturas artificiosas y expresiones contrastantes. 

No te pierdas: Sequía en Oaxaca, por sustancias químicas que rocían granjeros en nubes para evitar lluvias que enferman a sus animales

 

La beatífica expresión de la Diosa, la juguetona mirada del infante a la derecha, el anciano que extiende un brazo protector o la doncella que parece lanzar una mirada ausente a los demás personajes, nos arrancan expresiones de asombro y admiración. ¡He aquí una gran obra de arte!

Pero en su momento fue un cuadro erótico en la corte florentina de los Medici y en los salones de Francisco I de Francia, si bien hoy sus significados más ocultos no han sido del todo esclarecidos: domina el cuadro la figura de Venus, quien besa a Cupido, su hijo, al tiempo que con la mano derecha le sustrae una de sus flechas y en la izquierda sostiene la Manzana Dorada, regalo del pastor Paris. 

El niño que se acerca por la derecha es Frivolidad, quien además de estar a punto de arrojar sobre la pareja las rosas del placer, lleva en el tobillo los cascabeles del bufón de la Corte. A sus espaldas vemos el rostro de una bella joven que ofrece un trozo de colmena, símbolo del placer; pero un examen más detallado revela que sus manos están invertidas y su cuerpo es el de un monstruo cuya garra está entre las piernas de Frivolidad, mientras que con la otra mano sostiene el aguijón en el que culmina su cola escamosa. En la parte superior derecha, Tiempo impide que Olvido, representado por una máscara y una peluca, arroje su manto sobre la escena.

Los públicos del siglo XVI entendieron -y sin duda se regocijaron- con la trama: Venus se involucra en una relación incestuosa con su hijo, Cupido, quien cínicamente pisotea los votos de fidelidad marital de su madre, representados por la paloma en la parte inferior izquierda. 

Frivolidad ciega a la pareja a las consecuencias de su conducta, que además del engaño puede traer enfermedades, lo cual sería un amargo aguijoneo a su placer, posibilidad que también se les oculta. Sólo Tiempo podrá revelar la verdad de los hechos y frena la intención de Olvido para ocultarlos. 

Sabemos que El Bronzino modificó la obra conforme avanzaba en ella, y hay personajes que sufrieron hasta tres cambios de postura. Eso nos habla del carácter dinámico del arte, rasgo que no siempre es evidente para el espectador moderno, acostumbrado al movimiento en la pantalla del televisor. He aquí el sueño de la llorada Corín Tellado.

En Los Embajadores, cuadro pintado por Hans Holbein el Joven (1533), tenemos otra muestra de la naturaleza comunicativa y simbólica del arte pictórico. 

 

A primera vista es un retrato más para adornar la estancia de un palacio. Dos hombres jóvenes ricamente ataviados miran al espectador con aplomo y seguridad. A la izquierda, Jean de Dinteville, embajador francés ante la corte inglesa; a la derecha, su amigo Georges de Selve, obispo de Lavaur y enviado a la Santa Sede. 

Estos poderosos y jóvenes personajes -29 y 25 años respectivamente- tuvieron participaciones destacadas en los movimientos religiosos y políticos desatados por la Reforma.

Frente a una cortina de rico brocado, y apoyados en un elegante mueble, De Dinteville y De Selve parecen tomar un respiro a la mitad de alguna discusión filosófica, científica o teológica. En los entrepaños se agrupan diversos objetos propios de su interés, como libros, aparatos para la astronomía, globos terráqueos, instrumentos musicales, un compás y un catalejo.

No te pierdas: ¿Quién es el defensor de derechos humanos Gonzalo Martínez Herrera, en la resistencia de Coyomeapan, Puebla?

 

Un extraño objeto en la parte inferior llama la atención y nos introduce a la multiplicidad de mensajes contenidos en el óleo: Los Embajadores es en realidad un apunte biográfico. De Dinteville simboliza la vida secular y De Selve la contemplativa. Hay entre los amigos un complemento y equilibrio perfecto. El objeto a sus pies, visto desde el ángulo inferior derecho, es una calavera humana, distorsionada, que no sólo simboliza la brevedad de la vida, sino que dice al espectador que, sin importar la condición económica, social o académica, todos deberemos rendir cuentas. 

Los objetos narran la vida de los personajes. Los instrumentos para medir el tiempo y para comprender el movimiento de los astros, hablan de lo que la racionalidad de aquel momento no podía comprender. 

Otros objetos se refieren a actividades mundanas: un globo, una mandolina, un libro de matemáticas, un estuche de flautas y un himnario abierto en la traducción de Lutero a “Viene el Espíritu Santo”, mensaje que en su época no pasó desapercibido, pues la Reforma protestante estaba en su apogeo. 

 

Incluso el diseño del piso es otro capítulo de la historia, pues se deriva de los símbolos cósmicos de la Abadía de Westminster. La cuerda rota en la mandolina simboliza ya sea la fragilidad de la vida o las consecuencias de los enfrentamientos religiosos; en tanto el libro de salmos un ruego por la unidad cristiana. Este cuadro en su época fue el equivalente a uno de los tomos de la Biografía del poder de Enrique Krauze.

14 de agosto de 2022

@juegodeojos  facebook.com/JuegoDeOjos sanchezdearmas.mx

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Arteleaks

El amante, un encuentro con la escritura de Marguerite Duras

Published

on

El amate, de Marguerite Duras, es un viaje a la memoria de la autora

 

Por Guadalupe Lizárraga

De París a Saigón. De la adolescencia al “envejecimiento brutal” en tan sólo dos años. Es El amante de Marguerite Duras. La escritora viaja –a través de su memoria– no sólo hacia el pasado, sino hacia el interior de sí misma, para construir de nueva cuenta aquellas fronteras que a sus quince años traspasó apenas sin percibirlas y que inseminaron su ser-escritora. Transgresora de culturas, el amor la transforma en “Otra”, re-descubriéndose, despojándose de la sombra de su propio origen, para entregarse a lo “extraño”, a lo extranjero, en una fusión que le asigna una nueva esencia, desde donde aprende a contarse su transición, mucho tiempo después.

“Tengo un rostro destruido. Diré más, tengo quince años y medio. El paso de un transbordador por el Mekong. La imagen persiste durante toda la travesía del río. Tengo quince años y medio. En ese país, las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.”

Lee más: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Su escritura es un acto solitario en la búsqueda de los confines de su corta edad. De una existencia que configura su sentido en una amalgama de sentimientos y desazones que sólo podía comprender a través de la existencia necesaria del “otro”: su amante chino. La adolescente envejecida escudriña, a través de la escritura, sus pudores, sus ocultamientos, sus miedos, sus deseos y liviandades; “para ellos”, un acto moral, para ella, nada; y mientras escribe va corriendo el velo de esa su historia que no existe y que sin embargo da origen a su realidad de futuro:

“Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. Él le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. Él dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Él sabía que ella había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.”

El amante. Marguerite Duras, Madrid, Ed. El País, 2002.

Reseña.

el amante

Continue Reading

Arteleaks

Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán

Published

on

Alberto farfán reseña el último libro de la escritora Martha Robles

La condena: Biografías clandestinas

Por Alberto Farfán

La extraordinaria ensayista literaria y profunda analista de escritoras mexicanas, Martha Robles, guarda entre sus diversos libros publicados un volumen de orden trascendental para nuestras letras por su elevada composición estética y su contenido temático incuestionable.

Autora de La sombra fugitiva. Escritoras en la cultura nacional, Entre el poder y las letras: Vasconcelos en sus memorias, Espiral de voces, y Mujeres, mitos y diosas, entre otras obras, Martha Robles (1948) nos entrega en La condena: Biografías clandestinas (FCE) una especie de monólogo testimonial, que pone de relieve las aristas enquistadas en una relación de pareja entre un hombre y una mujer a todas luces antagónicos.

Para leer más del autor: Del feminismo sexista sobre el tema de la sexualidad, la perspectiva de María Teresa Döring

Sin embargo, la estructura de espiral ascendente en que descansa el discurso que ofrece nuestra autora permitirá que éste paulatinamente tome consistencia de una genuina catarsis, cuyo objeto central por resolver adquirirá visos universales: el punto en cuestión particular e intimista dará paso a uno de carácter ontológico, en donde el ser del sujeto logrará su cristalización integral e individualizadora, es decir, su propia identidad.

Escrito por una mujer culta para lectores cultos, este texto se encuentra obligado a oscilar, sin menoscabo del feminismo crítico subyacente, entre la política, la historia y la filosofía en el contexto de nuestro país en décadas pasadas, debido a que dichas disciplinas forman parte del acervo del gran intelectual a que se hace referencia en este monólogo. Mientras ella es una principiante de 25 años, él ya es una connotada autoridad a sus 57, edades en las que ambos contraen nupcias.

La extraordinaria fluidez narrativa empleada correrá paralela a diversas líneas de hondura lírica y filosófica, en ese afán exorcizante y revelador. Emancipación necesaria de su entorno, cuyos demonios la anulan como mujer y profesionista, hasta convertirla en un vulgar receptáculo del rencor de un anciano frustrado y decadente, así como también de los vicios del mundo a que éste pertenecía, los cuales tendría que enfrentar posteriormente debido a su rompimiento conyugal.

Lee más: Aristas históricas en torno a la sexualidad

Al ir depurando y afirmando su identidad, la voz femenina trazará múltiples hallazgos de toda índole respecto al matrimonio, al amor, al hombre y a la mujer, los cuales la afianzarán en su perspectiva liberadora; como cuando hace alusión a su esencial vocación ya recuperada. El drama que ella vive por reencontrarse con la literatura resulta fundamental.

Leemos al respecto: “La fidelidad a lo que se es y la decisión de llevar a cabo un proyecto por encima de todo conllevan precios que sólo estamos dispuestos a pagar quienes conocemos la hondura del propio don, la señal de la gracia”.

O cuando hace referencia a la condición femenina: “Hija de mi raza, intervenir en ciertos asuntos era tanto como atentar contra la masculinidad o contra la jefatura del tribuno: la palabra, ya se sabe, no es recurso de mujeres, sí el palabrerío, el que distrae con ruido el acto del pensar”.

 

Autobiográfico o no, este extenso monólogo climático de una mujer en su afán por afirmarse como individuo irreprochable y consecuente, resulta sumamente cautivante y enriquecedor. Y más si consideramos la decadencia y el sin sentido que se vive en esta etapa del siglo XXI.

 

Continue Reading

Arteleaks

Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

Published

on

Miguel Angel Sánchez Armas habla de la obra de James Baldwin

 

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

James Arthur Baldwin nació en el barrio negro neoyorquino de Harlem en 1924, en plena depresión. Hijo de un predicador fanático y autoritario y de una mujer cuya principal actividad fue echar hijos al mundo, se convirtió en la voz literaria de los negros estadounidenses principalmente durante las luchas civiles de la década de los sesenta. 

Su amor por los libros era tan grande como el odio a su padre. En Apuntes de un hijo de la tierra, uno de sus más conocidos ensayos, nos presenta una brutal introducción a su vida:

“El 29 de julio de 1943 mi padre murió. El mismo día, unas horas después, nació el último de sus hijos. 

“Durante el mes anterior, mientras esperábamos el desenlace de estos acontecimientos, había tenido lugar en Detroit una de las más sangrientas revueltas raciales del siglo. Unas cuantas horas después de la ceremonia fúnebre de mi padre, cuando su cuerpo aguardaba en la capilla, un motín racial se desató en Harlem […] 

“El día del funeral de mi padre cumplí 19 años. Lo llevamos al cementerio entre gritos de injusticia, anarquía, descontento y odio. Me parecía que Dios mismo había orquestado, para conmemorar el fin de la vida de mi padre, la más brutal y ensordecedora tremolina. Y me parecía también que la violencia que nos rodeaba mientras mi padre se iba de este mundo había sido concebida como un correctivo para la arrogancia de su hijo mayor […] 

“Había decidido rebelarme en su contra por las condiciones de su vida y por las condiciones de nuestra vida, pero cuando llegó su fin comencé a interrogarme sobre esa vida y también, de una manera no antes conocida, tuve recelos acerca de la mía”.

Para leer más del autor: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Resulta por lo menos asombroso, después de esta descarnada confesión, saber que Baldwin siguió los pasos del muerto y que adolescente aún fue consagrado como ministro y predicador en la iglesia Fireside, de Harlem, barrio que habría de convertirse en el centro literario e intelectual de la comunidad negra y escenario de violentas manifestaciones durante el movimiento pro-derechos civiles del siglo pasado. 

Quizá una explicación sea que aquél era en realidad su padrastro, pues James fue hijo ilegítimo. Otra, que las misteriosas tensiones en la relación padre-hijo se manifiestan en conductas de complejidad insondable. Sea como fuere, en el púlpito, Baldwin se tropezó con la que sería su verdadera vocación, la literatura, aunque ese encuentro no sería evidente de inmediato y pasaría a formar parte del arcano bagaje con el que se ensambla el espíritu de los seres humanos.

En uno de sus numerosos ensayos, casi todos salpicados con pasajes de su biografía, asentó que sus tres años en el púlpito lo convirtieron en escritor porque vivió expuesto a la gran desesperación y simultánea gran belleza de la grey a su cargo. 

Creo que a Baldwin le sucedió lo que al novelista indio R. K. Narayan, quien se apartaba de su ventana pues desde ella eran visibles millones de historias que no podía llevar a sus libros. Y viéndolo bien, ¿no es lo que pasa a los periodistas, escritores y otros creadores que andan por la vida con los ojos abiertos? En rigor, no hay que ir muy lejos para obtener material.

Baldwin dejó los hábitos y transitó por una serie de empleos manuales antes de establecerse en el barrio bohemio neoyorquino de Greenwich Village y comenzar su vida de escritor. Ahí sobrevivió publicando reseñas de libros en The New York Times e hizo amistad con el autor Richard Wright, quien lo ayudó a conseguir una beca en 1948 para viajar a Francia y a Suiza.

No te pierdas: Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Una vez más vemos cómo, de manera que me resisto a creer sea accidental, una carrera literaria se entrelaza con el periodismo. Durante su estancia en el Village (crisol de espíritus de todas las nacionalidades y razas) Baldwin, no siendo precisamente un reportero, sí fue un periodista especializado que se ganaba la vida escribiendo para los diarios reseñas de los libros que devoraba día y noche.

En 1953 publicó su primera novela, Ve y dilo en la montaña, obra en la que resalta el fuerte acento adquirido en sus años de predicador y que de acuerdo a los críticos, le consagró como el más sobresaliente comentarista negro de la condición de los de su raza en Estados Unidos. 

La siguiente, El cuarto de Giovanni (1956), es una historia de amor homosexual; Apuntes de un hijo de la tierra (1955) y Nadie sabe mi nombre (1961) son libros de ensayos y memorias de su juventud. 

Baldwin es autor además de Otro país (1962), La próxima vez el fuego (1963), Blues para Mister Charlie (1964), Dime cuánto hace que se fue el tren (1968), Sin nombre en la calle (1972) y los ensayos agrupados en El costo de la entrada (1985), entre otros títulos.

El abordaje de temas a partir de su preferencia homosexual hizo a Baldwin blanco de acerbas críticas desde los mismos círculos que se beneficiaron con su aporte intelectual y militancia por los derechos de la minoría de color. Eldrige Cleaver, uno de más notorios “Panteras Negras”, lo acusó de exhibir en su obra un “doloroso y total odio hacia los negros”.

“Supongo”, diría a su vez el autor, “que todo escritor siente que el mundo en el que nació es una conspiración contra el cultivo de su talento”.

 

Baldwin nació en agosto de 1924. Y en otro agosto, pero de 1963, tuvo lugar aquella jornada histórica en que millones de yanquis escucharon en Washington a Martin Luther King pronunciar la oración que bajo el título “Tengo un sueño” (I have a dream) habría de convertirse en el programa de la lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos y el resto del mundo.

Dos existencias destinadas a cruzarse. Mi lado racional puede descartarlo, pero el mágico me dice que en lo humano no hay nada accidental, y como Edmundo Valadés, sostengo que hay vidas y obras que están destinadas a complementarse. 

Sea como fuere, hay entre Baldwin y King coincidencias por lo menos notables, cuando no estremecedoras. Negros, hijos de predicadores y ellos mismos ministros de culto, hombres de gran potencia intelectual, inconformes, creativos y atormentados por la obsesión de un cambio posible y de una vida mejor.

“Tengo el sueño”, exclamó King ante miles de ciudadanos reunidos en Washington el 22 de agosto de 1963, “de que mis cuatro pequeños hijos un día habitarán un país en el que no se les juzgue por el color de su piel, sino por la entereza de su carácter”. 

Baldwin, por su parte, escribiría en un recuerdo sobre su niñez en Harlem: “Sabía que era negro, desde luego, pero también sabía que era inteligente. Ignoraba cómo utilizaría mi inteligencia, incluso si pudiera aplicarla, pero eso era lo único que poseía”. 

Baldwin estuvo entre los oyentes de King aquella jornada, pues desde principios de los sesenta había regresado de su autoexilio para incorporarse a la lucha al lado de Martin Luther. 

Otra faceta de este creador: su compromiso con la democracia y contra la opresión. Producto de muchas minorías (negro, pobre, homosexual, periodista y escritor) en un momento de su exilio decidió que además de su participación intelectual debía ensuciarse las manos como militante. Así, retornó a Estados Unidos y viajó extensamente por las regiones de mayor discriminación racial. Producto de ese tiempo fueron los libros Apuntes de un hijo de la tierra y La próxima vez el fuego

Aparentemente esa época de su vida también fue amarga y llegó a la conclusión de que las cosas cambiarían sólo por la vía de la violencia. Después del asesinato de sus amigos Martin Luther King y Malcolm X, regresó al extranjero en donde no sólo pudo cultivar una mejor perspectiva de su existencia, sino que encontró una solitaria libertad para su oficio de escritor. “Una vez inmerso en otra civilización”, escribió, “te obligas a examinar la propia.”

Lee más: Cervantes y Freud en el diván de un mexicano

En la nación vecina aún hoy se viven las consecuencias de la integración forzosa de razas vía el tráfico de esclavos. Desde mediados del siglo XV y hasta 1870, entre 11 y 13 millones de africanos fueron exportados hacia América y alrededor de 10 millones fueron esclavizados en los países de destino (ya que entre el 15% y el 20% murió durante las travesías), principalmente en el que hoy conocemos como Estados Unidos, pues en la Nueva España hubo, por decirlo de una manera brutal, materia prima vernácula (Bartolomé de las Casas denunció la existencia de unos tres millones de esclavos indígenas).

James Baldwin fue producto de ese encuentro forzado y doloroso, como lo fue King, como lo fueron y son millones de negros estadounidenses. Vivió además el peso de su pertenencia simultánea a un abanico de minorías en un contexto social, recordemos, que en comparación con el tiempo actual era brutalmente asfixiante… aniquilante.

Al terminar de redactar estas líneas, por una extraña asociación de ideas recuerdo la novela de Harper Lee, Para matar un ruiseñor, y me pregunto si, guardadas las distancias y circunstancias, James Baldwin podría ser considerado el Atticus Finch de los derechos civiles

4 de septiembre de 2022

 

@juegodeojos  facebook.com/JuegoDeOjos sanchezdearmas.mx

 

Continue Reading

Trending

A %d blogueros les gusta esto: