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Vicente Huidobro y su afán de libertad

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Por Alberto Farfán

129 años se dicen fácil, pero 129 años de la voz más luminosa de la poesía de nuestra América Latina, no. 129 años han transcurrido desde que por vez primera esa voz cúspide se hiciera presente en el mundo a través de un ser llamado Vicente Huidobro, su único y legítimo dueño. Y como cada año en este mes de enero se debe de evocar.

Y un 10 de enero de 1893, en el seno de una familia de linaje y poderío, nace en Santiago de Chile el poeta Vicente García Huidobro Fernández, quien sería el futuro heredero del título de Marqués de Casa Real, prosiguiendo con la tradición de la nobleza, esto es, con una crianza y formación rígidas, pero sin los problemas de la esfera plebeya.

No obstante, y a diferencia de cualquiera que quisiera llevar una vida relajada y sin apremios, como era su caso, Vicente Huidobro no sólo se negó a aceptar ese título y las prerrogativas que se le conferían, sino que prefirió optar por el sendero más arduo para cualquier hombre: el de encarnar el afán de libertad.

A pesar de las condiciones de privilegio en que se desarrollaba, o quizá a consecuencia de ello, Huidobro presentaba ya en su juventud ciertos rasgos que lo mostraban en esa dirección. Al dar sus primeros pasos, como buen inconforme, desafiaba a su entorno, bajo el originario y genuino interés de cambio, transformación y libertad.

En el colegio al que sólo tenían accesos jóvenes de su misma posición social, el más exclusivo de su tiempo, el San Ignacio, de férreos jesuitas, el joven Huidobro tuvo el atrevimiento de deslizar subrepticiamente un texto autobiográfico, Yo, para que se incluyera con otros que estaban destinados a publicarse por los propios mentores. La edición fue inmediatamente prohibida e, incluso, quemada, quedando sólo algunas copias.

Pero ¿qué escribiría Huidobro en ese texto para provocar tan “natural” pero absurda reacción? Una especie de biografía en la cual criticaba su medio académico y en el que sus profesores ─sacerdotes jesuitas─ y sus métodos de enseñanza eran puestos en tela de juicio. Subrayando que “una vieja medio bruja y medio sabia predijo que yo sería un bandido o un grande hombre. ¿Por cuál de las dos cosas optaré? Ser un bandido es indiscutiblemente muy artístico. El crimen debe tener sus deliciosos atractivos. ¿Ser un grande hombre? Según. Si he de ser un gran poeta, un literato, sí. Pero eso de ser un buen diputado, senador o ministro, me parece lo más antiestético del mundo”.

¿Inocentes?, ¿pueriles?, en fin, estas líneas permiten acercarnos a un fugaz esbozo del carácter y el sentir de nuestro poeta, y al mismo tiempo nos sirven para darnos una tenue idea de lo que más adelante y en toda su magnitud Huidobro llegaría a ser. Porque, ocioso es decirlo, él nunca perdería ese espíritu de transgresión renovadora; por el contrario, se iría solidificando.

Cabe hacer notar, además, que Huidobro no fue fiel a las predicciones de la “bruja”, es decir: el poeta consiguió configurarse tanto en el “bandido” como en el “grande hombre”, a la vez que en el “grande hombre antiestético”, referidos.

Viviendo en Francia, casado y con hijos, Huidobro se enamora de una bella adolescente chilena, hija de un acaudalado hombre en su país. El poeta “bandido” no sólo publicará en los periódicos un poema a su amor, con un gran escándalo en la alta sociedad chilena, sino que después viajaría a Chile para “robársela” y llevarla a Nueva York.

Como “grande hombre antiestético”, el chileno se proclama candidato para contender en las elecciones a la presidencia de su país; aspiración que fracasa. Y como “grande hombre”, como poeta, Huidobro se ve inmerso en las denominadas “vanguardias”. Cubismo literario, Surrealismo y otras variantes, pero él luchará con su Creacionismo, en la propia Europa. Además, o fundamentalmente, por haber escrito, quizá, los dos poemas largos más trascendentales, por su hondura humanística, filosófica, ética, y, desde otro ángulo, por su forma: Altazor y Temblor de cielo. Todo ello, siempre, en aras de la libertad.

Huidobro realizó a lo largo de su vida constantes viajes a diferentes lugares por causas distintas. Debido a cuestiones literarias (labor poética, conferencias y colaboración en la creación de revistas y realización de novelas y obras de teatro, e incluso cine), o por razones amorosas, o de índole político, nuestro poeta recorre infatigable el mundo.

En el orden político, Huidobro se adhiere a las causas de los Republicanos, y junto a ellos se ve inserto en la Guerra Civil Española. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, nuestro poeta se dirige a Francia como corresponsal de guerra con los Aliados.

Vicente Huidobro tuvo una vida plena, rica, en todos sentidos. Sin duda, lo que pretendió ser y hacer lo llevó hasta sus últimas consecuencias, cristalizándolo. Y su maestría no sólo se observa en las diversas tareas que efectuó, sino, y fundamentalmente, en lo que en ellas innovó; corroborándose así, a fin de cuentas, su espíritu de libertad. El gran poeta latinoamericano fallecería en Cartagena, Chile, un 2 de enero de 1948.

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Ricardo Garibay y su necesaria vigencia, a 100 años de su nacimiento

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Alberto Farfán habla sobre el escritor Ricardo Garibay a casi 100 años de su nacimiento

 

Por Alberto Farfán 

Nacido un 18 de enero, pero de 1923 en Tulancingo, Hidalgo, el excelente escritor Ricardo Garibay nos dejó como legado más de una decena de libros, que abarcan novela, cuento, dramaturgia, guion cinematográfico, reportaje, crónica, memorias y ensayo, entre otros. Todo lo cual bajo una extraordinaria factura tanto en contenido como en estructura.

Resaltemos que Garibay (1923-1999) estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero optó por dedicarse a la literatura. Y por cierto que intentar destacar lo mejor de su obra en todos los géneros en que incursionó no es tarea fácil, por lo que sólo mencionaremos parte de lo realizado en la esfera novelística. Así, tenemos que nos brinda grandes novelas como Beber un cáliz (1965), La casa que arde de noche (1971), Taíb (1989), Triste domingo (1991) y Trío (1993), entre otras más; obteniendo galardones como el Premio Mazatlán en 1992, por la primera aquí enlistada; premio al mejor libro extranjero publicado en Francia en 1975 por la segunda y por Taíb le otorgarían el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada en 1989. Sin dejar de mencionar que fue laureado con el Premio Nacional de Periodismo en 1987.

Para leer más del autor: Claudia Sheinbaum: la explotación laboral de los promotores culturales

Nuestro autor, cabe destacar, también incursionó en otros ámbitos, por ejemplo, en la televisión cultural con programas como Calidoscopio: Temas de Garibay, como jefe de prensa de la Secretaría de Educación Pública, como colaborador de la Revista de la Universidad de México, del semanario Proceso, de los periódicos Novedades y Excélsior, y fue presidente del Colegio de Ciencias y Artes de Hidalgo, en Pachuca. Intelectual y periodista versátil como pocos, Garibay, no obstante, llamó además poderosamente la atención por su fuerte y peculiar personalidad.

Para el escritor Adolfo Castañón, por ejemplo, «Ricardo Garibay aparece como un artesano riguroso de la palabra eclipsado por la fuerza de una personalidad malhumorada, a veces estrepitosa, orgullosa hasta el enfado. Algo en él recuerda a Ernest Hemingway: el culto del hombre rudo, la devoción machista, aparejada a un deportivo virtuosismo del cuento real” (El País Semanal Blogs 27/01/14). Se habla de que era altivo, arrebatado, tosco, gran bebedor y demás, al grado de que le fascinaba no hacer amigos, sino enemigos. Y era directo y visceral en sus aseveraciones.

En virtud de lo cual resultará interesante retomar algunas de sus observaciones y aforismos más célebres. Y más ahora que vivimos bajo la era de la estupidez, de la corrección política, de la ideología de género, etc. En el terreno literario dijo sobre la británica Agatha Christie “¿Qué me importa a mí quién mató al idiota de la primera página? La novela policiaca es la forma literaria de la estupidez”. Y acerca del mexicano autor de Pedro Páramo, Juan Rulfo, vaca sagrada de infinidad de intelectuales y académicos con los que quien esto escribe no concuerda, Garibay arremetió señalando que era un “estreñido y (que por lo tanto) escribió sólo dos libros folclóricos” (MásCultura 09/08/16).

No te pierdas: Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán

Y abundando sobre la vida, el poder y otros tópicos nos encontraremos con lo siguiente (frasesypensamientos s/f). Escribe sobre la vida en general: “La vida es una porquería, pero tenemos el sentido del misterio para poder vestirla y hacerla soportable. El alcohólico tiene el alcohol para probarla con algo más que la piel de los días”.

Con respecto a la relación del poder y el intelectual, y me atrevo a añadir al periodista, nuestro autor es contundente aseverando: “Frente al Poder, el intelectual tiene un único papel natural: poner en entredicho las acciones del Estado, echar por delante la crítica, hacer ver el error o el desvío antes que los aciertos y aun de propósito pasar por alto los aciertos y alejarse de toda forma de aplauso. Ésta es la crítica dentro de un sistema democrático, y es también la autocrítica, vista la trascendencia que tiene forzosamente el juicio de los ciudadanos que entregan la vida ‘más a saber que a vivir’”. Palabras de gran envergadura, no obstante cierto vínculo que sostuvo con quien fuera presidente de la República en esa época, Luis Echeverría Álvarez, del nefasto Partido Revolucionario Institucional.

Y acaso escrita hoy mismo imaginando el México en que vivimos, su frase más lapidaria y conocida: “Amo a mi patria casi infinitamente, como se podría amar a un hijo imbécil o malvado”. A 100 años de su nacimiento, estimado lector, conmemoremos a Ricardo Garibay leyendo su obra que logrará conmoverlo y hacerlo reflexionar.

 

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De autores, correctores y editores

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Miguel Ángel Sánchez de Armas habla de rratas y editores en la nueva entrega de su columna Juego de Ojos

 

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Hoy tengo el gusto de compartir con los lectores y en particular con los editores que me hacen el honor de publicar Juego de ojos, fragmentos de un texto espléndido de mi querido amigo Pepe Prats Sariol

Él, como es sabido, fue parido en los trópicos caribeños y nutrido en la bravía savia agavera de los llanos mexicanos y hoy habita alguna tundra sajona hasta donde le hago llegar mi abrazo agradecido.

De la siguiente línea hasta donde dice “… libertad y libertinaje”, el texto es de Pepe. El colofón, de mi autoría. Vale.

Me encanta una [errata] aparecida en el siglo XIX, en El Nuevo Regañón. La afirmación debía decir: “Un oído delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Y apareció: “Un odio delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Cuando José Lezama Lima me la mostró en la antigua Sociedad Económica de Amigos del País, se limitó a comentar —alma risueña— que el ángel de la jiribilla y no la desidia de un tipógrafo, había colocado la frase en su sitio exacto.

Pero no todas las célebres erratas cubanas tienen una ligera carga de perfidia. Hay boleros de más ponzoña. Un testigo de ritmo sistáltico me contó que cuando Manuel Altolaguirre editó en su transterrada La Verónica un cuaderno de Emilio Ballagas, había un verso que decía: “Siento un fuego atroz que me devora”. La picardía andaluza lo volteó a “Siento un fuego atrás que me devora”. Y el escándalo, en la pudibunda sociedad habanera de la época, obligó al grave poeta —profundo lector de Luis Cernuda— a echar en la bahía los ejemplares que logró salvar de las librerías viperinas, embriagadas con la alusión.

Para leer más del autor: En el centenario del tiempo perdido 

Una de aparente equívoco implicó a una pianista cuyo nombre prefiero no aterrizar aquí. Apenas hubiese trascendido, pues sólo era una be por ge, pero obtuvo aquiescencias entre los hombres que lo apreciábamos: “Su buen busto armó un programa delicioso”. Y despertó curiosas solturas de la imaginación entre los que nunca habían tenido la oportunidad de conocer el programa, cuyas delicias al teclado parecían a veces mozartianas, a veces un tropical homenaje a Il piacere de Antonio Vivaldi. Años después descubrimos que el autor había sido un antiguo adicto, feroz musicólogo que mitigaba sus nostalgias en un dodecafónico busto sin gusto.

[…] Oí o leí que eran tantas las erratas que cometían en una imprenta nicaragüense, que un poeta incluyó en el machón la siguiente solicitud: “Erratas a juicio del lector”. Aunque el record parece en poder nada menos que de la Suma teológica, pues su fe de erratas ─en la edición del dominico F. García en 1578─ logró ocupar ciento once páginas, algo que nos deja anonadados, palabra que alude filológicamente a un ano ahogándose.

¿Alguna vez padeció Maqroll el Gaviero ─que el gran Álvaro Mutis hizo célebre─ que le anotaran un huracán caribeño en su libro de Pitágoras? ¿Será absolutamente cierto que a una errata debemos el Fondo de Cultura Económica, pues debió llamarse Fondo de Cultura Ecuménica? ¿A cuál ensayista mexicano pertenece la del “joven crudito” por erudito? ¿No dice el antiguo diccionario Espasa ─como refiere Pío Baroja─ La feria de los desiertos cuando la obra se llama La feria de los discretos? ¿Quién sustituyó “la orgullosa tinta” que alababa a un político venezolano por “la orgullosa tonta”? ¿Cuál actriz de Almodóvar se levantó una mañana barcelonesa no con el ceño, sino con el coño fruncido?

Lee también: Año Nuevo, serenidad y tregua

Mark Twain advertía del peligro en un libro de medicina, pues “podemos morir por culpa de una errata”. Pero ningún genuino humorista ─y el novelista de Missouri era uno de ellos─, puede odiar deslices verbales y yerros impresos. Alguien consciente de que lo fatal es tomarse demasiado en serio, hasta ríe cuando la encuentra en uno de sus escritos. No parece casual que hombres de temple trágico como Proudhon se ganaran el pan como correctores modélicos… Tampoco que las nuevas técnicas de impresión computarizada hayan estropeado la tradición que unía al autor con el editor y el corrector.

[…] Entre las más famosas diatribas contra las chifladas que liban y pierden el rumbo, está la del esperpéntico madrileño Ramón Gómez de la Serna. Su artículo “Fe de erratas”, como se esperaba siempre de él, fue una hiperbólica resignación. Y mantiene “metáforas con humor”, greguerías. Dice: “La errata es un microbio de origen desconocido y de picadura irreparable. […] “Así sucede que después de que hemos corregido segundas, terceras y cuartas ‘pruebas’; después que nos hemos cansado de poner ¡¡OJO!! ¡¡OJO!! Al margen de las correcciones difíciles; después de que hemos leído el primer pliego salido de la máquina y hasta la hemos mandado parar para que corrigieran las últimas erratas, sin embargo, a la postre, hay erratas aún. […] he deducido que la errata es un microbio independiente a la higiene del escritor y del cajista. La errata que tiene vida y sagacidad propia se disimula detrás de una supuesta corrección y no saca sus tentáculos sino después de implantada la forma en la máquina, o si aún ahí se la persigue, espera a que vayan tirados los cien primeros ejemplares correctos para brotar después”.

Después sugiere que desaparezcan las fe de erratas, “con permiso de la Academia”, pues “demuestran un espíritu timorato y en medio de todo, sobrecogido de miedo a los otros”. Finaliza proclamando nuestra indefensión: “La errata es inextricable. Matamos la plaga, pero quedan las nuevas: la errata está adherida al fondo de las cajas…, y en vano el fuelle de las imprentas sopla los días de limpieza en los cajetines de la caja para aventar el polvo y las erratas. […] La errata es inextirpable, quizás más que nada, porque representa la mala intención de que está llena la naturaleza y la envidia insana que la posee. El temor a la errata es la única inmoralidad que puede cometer un escritor que escriba con libertad y libertinaje”.

¡Gracias, Pepe!

No puedo dejar de mencionar, sea o no leyenda urbana, el caso de aquel tomo revisado fatigosamente por los más grandes correctores de la comarca y rematado con un orgulloso colofón que a los lectores proclamaba: “Este libro no contiene eratas”.

En el Olimpo literario, los dioses se carcajean.

 

22 de enero de 2023

 

@juegodeojos  facebook.com/JuegoDeOjos sanchezdearmas.mx

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En el centenario del tiempo perdido 

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Marcel Proust fue inspiración para el escritor mexicano Edmundo Valadés

 

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Valentín Louis Georges Eugene Marcel Proust murió en París a las cinco y media de la tarde del 18 de noviembre de 1922, hora apropiada para que los diarios del día siguiente, domingo, pudieran recoger con amplitud la noticia. 

La mañana de ese mismo día había pedido a Céleste, su querida ama de llaves, que echara de la habitación a una mujer gorda vestida de negro. Céleste dijo que lo haría, pero ni ella ni los presentes vieron a la intrusa. Nada dijeron al moribundo.

Una de las últimas satisfacciones de Marcel fue saber que moriría a los 51 años, igual que Honorato de Balzac. Cuando expiró, el surrealista Man Ray le tomó fotografías y dos pintores hicieron su retrato mortuorio. 

Cuatro días después fue enterrado en la cripta familiar del cementerio parisino Pere-Lachaise. Cinco años después de su muerte, en 1927, fue publicado el último de los volúmenes de A la búsqueda del tiempo perdido y entonces comenzó el lento proceso de su canonización artística.

Edmund Wilson juzgó que la vida de Proust fue su propia obra. A la búsqueda del tiempo perdido, con sus más de tres mil páginas, es una cumbre de la literatura, la novela de mayor influencia en los siglos XX y XXI, una revolución que marcó nuevos derroteros a la literatura universal y a la novela como género. 

Después de Proust incontables artistas han transitado la senda que él inauguró. Aquí en México, entre nosotros, bregó uno de los grandes proustianos -a quien la Academia no se ha dignado mirar: Edmundo Valadés, iluminado por el espíritu del parisino en 1940 durante un viaje por la sierra alta de Puebla. 

En un libro de 1974 hoy inhallable, Valadés desarma como relojero la obra de Marcel y exhibe las pulidas piezas para que mejor se pueda apreciar su belleza, a la manera de aquel emperador chino que sólo pudo reconocer el encanto de la pequeña piedra tallada que le obsequiara el filósofo cuando la miró a través de una rendija en un muro.

Para leer más del autor: Año Nuevo, serenidad y tregua

“El 10 de julio de 1871 hay alba literaria”, escribe Valadés en Por caminos de Proust. “Nace Marcel Proust. Leyes misteriosas que distribuyen gracias determinan su destino: una vocación en busca de cumplir una gran obra de arte. El proceso de su revelación y maduración tardará 38 años, después de larga, perseverante, creciente fidelidad a su voz interna.”

Uno de los fragmentos del ingenio proustiano que Edmundo alumbra es el adjetivo:

“¿Qué vasos comunicantes podrían establecerse entre dos escritores de pronto antípodas: entre Marcel Proust y William Faulkner? Un hilo finísimo: el uso reiterado del adjetivo y la insistencia del comparativo. La precisión analítica y estilística de Proust lo lleva a extender el adjetivo, uno sobre otro, como un pintor recrea un volumen superponiendo varios colores hasta inventar el de su realidad […] Faulkner es asiduo también a la reiteración del adjetivo, pero en él relampaguea como un estallido, como un látigo, y es admonitorio, acusatorio, justiciero y hiere, raja, golpea con una rectitud implacable”.

Cierto que no podemos considerar a Proust en el vacío, aunque me resisto a considerarlo un primus inter pares. En la República de las Letras tuvo que haber un primero y Proust, no hace falta decirlo, lo fue. 

Pero sí conviene, por la delicia que de ello podemos derivar, ponerlo al frente de una tríada, con Joyce y Kafka, que revolucionó y marcó los derroteros contemporáneos en la forma de hacer novela. 

No puedo profundizar, mas veamos algo del irlandés. Mientras que Proust se inserta en el interior de un personaje y demuestra que cualquier elemento es válido para producir un discurso literario -los recuerdos, un aroma, un sonido, el más leve sentimiento que se puede desdoblar hasta el infinito para describirnos y descubrirnos en nuestra calidad de humanos- Joyce multiplica las imágenes. 

Mientras que Proust arma un enjambre discursivo desde el interior, Joyce hace un calidoscopio de situaciones y hace un guiño a la obra de Proust: en el párrafo inicial de Por el camino de Swann, el narrador hace una larga reflexión sobre lo que le sucede en el tránsito de la vigilia al sueño y comenta que una cierta situación comienza a hacérsele ininteligible, “Lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido los pensamientos de una vida anterior”. 

En Ulises, Molly Bloom señala con una horquilla la hoja de un libro en el que leyó la palabra metempsicosis para preguntarle a su marido con qué se come eso. Leopold Bloom comienza una suerte de explicación, que abandona ante la incapacidad de Molly para ofrecer la suficiente atención y desde luego para comprender un concepto tan poco terrenal.

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Esto me remite a la reflexión de que la genialidad no se encuentra por buscarla sino por trabajarla. Si se asume lo que está hecho, y sobre todo lo que está bien hecho, los productos subsecuentes necesariamente serán distintos. Reconocer y adentrarse en la innovación de otros necesariamente hace que las nuevas creaciones sean distintas. 

Otra manifestación de lo que la enseñanza de la narrativa de Proust nos ha dejado, desde mi punto de vista y a riesgo de sonar descabellado, es la que ejerció sobre el oficio periodístico. 

Ésta es una apreciación subjetiva que puedo ejemplarizar con la experiencia del mismo Valadés: comenzó a leer Por el camino de Swann en el tren rumbo a la sierra de Puebla enviado por la revista Hoy en misión periodística en busca del “Cuatro Vientos”, el avión español perdido hasta el día de hoy. 

“Aquella noche en el tren no dormí”, me dijo Edmundo en nuestras conversaciones de 1985. “¡Y me hice proustiano!” 

Al revisar el reportaje de Edmundo y compararlo con otros textos, confirmo que no es aventurado afirmar que la lectura del francés transformó el estilo periodístico del mexicano, al enriquecerlo, entre otras cosas, con el sentido de alerta sobre la circularidad del tiempo. 

Existe una corriente e incluso una moda argumentativa sobre la tarea periodística que defiende la “objetividad” del periodismo y de los periodistas, la obligación de informar sobre lo que sucede en “la realidad”. 

Lo que algunos nos preguntamos cuando se habla del tema es, ¿la realidad de quién? ¿La realidad en qué momento? Al igual que la narrativa psicologista, el periodismo tiene como primer sustento la selección. 

He escuchado decir a un lector de En busca del tiempo perdido que una de las dificultades que ofrece la novela es la lectura de capítulos largos y con una notable ausencia de diálogos. Pero resulta que esto es materia común para la redacción de los periodistas más que en otro tipo de textos: la cotidianeidad vertida en una secuencia narrativa. 

No se trata de textos de historia sino de pequeñas historias que se plasman día a día en los medios de todo el mundo o de las mismas pequeñas historias que recuerda el narrador de Swann y que va hilvanando para contar la sola y simple historia del señor Swann.

Tengo la certeza de que aún quienes no han leído a Proust lo han conocido por su presencia en obras posteriores de diversos autores que simplemente han seguido el dictado de la evolución artística y han producido obras que en diferentes momentos condensan la historia y las enseñanzas de historia de la literatura. 

Como en el registro eléctrico del funcionamiento de un corazón, la historia de la literatura muestra crestas que son ineludibles, que avasallan y deben ser conocidas por todos. Quien las ignore, si a la producción artística se debe, estará en grave riesgo de incursionar en terrenos que otros recorrieron y nos han mostrado, para marchar con mayor seguridad y explorar nuevos caminos.

Por eso se debe ser cauteloso con la compulsión por la originalidad en la creación literaria, pues obras centenarias como Por el camino de Swann todavía están allí para enseñarnos mucho del alma humana y todavía más sobre cómo conocerla a través de un texto escrito.

 

8 de enero de 2023

 

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