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Estados Unidos

Veteranos de EEUU frente al castigo de la deportación

Estados Unidos ha deportado a miles de veteranos de su ejército en los últimos años pese a que les reclutaron con promesas de obtención de ciudadanía.

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Fabián Rebolledo, veterano del ejército del aire de Estados Unidos deportado en México. Foto: José Martínez

Fabián Rebolledo, veterano del ejército del aire de Estados Unidos deportado en México. Foto: José Martínez

Por José Martínez/Celia Zaragoza

TIJUANA, México.- Después de permanecer desaparecido durante veinte días, los amigos de Álex Castillo lograron encontrarlo en un hospital de Tijuana, donde llevaba casi un mes ingresado. El ex marino de los Estados Unidos había permanecido en coma por una brutal paliza que recibió a manos de un grupo de delincuentes en la zona norte de la ciudad fronteriza de Tijuana, a la que había llegado deportado semanas atrás. La agresión le ha dejado importantes secuelas físicas y psicológicas, visibles en las cicatrices de su cráneo y en el notable cambio de temperamento, de las que aún se está recuperando sin ningún tipo de ayuda.

Se desconoce cuántos veteranos del ejército estadounidense viven deportados en México. Según organizaciones civiles estiman unos tres mil (todo un regimiento), y la situación para ellos parece que no va a cambiar con las medidas incluidas en la Acción Ejecutiva recientemente aprobada por el presidente Barack Obama. Al sur de la frontera californiana, los ex militares son el blanco perfecto para mafias y cárteles criminales: además de haber recibido entrenamiento, dominan el inglés, son disciplinados y saben utilizar armas. A Castillo intentaron reclutarlo, pero el asunto acabó de la peor forma.

Álex Castillo, ex marine deportado en Tijuana. Foto: José Martínez

Álex Castillo, ex marino deportado en Tijuana. Foto: José Martínez

El origen de estos soldados es casi siempre el mismo: de la mano de sus padres, y a edades muy tempranas -algunos incluso siendo niños-, llegaron emigrados a Estados Unidos buscando una mejor vida. Allí, crecieron hablando inglés y asimilando la cultura estadounidense como propia. Para los jóvenes latinos de los barrios más humildes del país, el ejército se presenta como una opción de futuro y los reclutadores, aprovechándose de sus circunstancias, los seducen con promesas de obtención de papeles y visados al concluir el servicio. A Álex Castillo le aseguraron que obtendría una beca de 30.000 dólares para ir a la universidad pero fue deportado por cometer un fraude. “Te prometen muchas cosas solo para jalarte”, recuerda.

Al término del tiempo en la armada, los veteranos asumen erróneamente que son ciudadanos de pleno derecho y desde el ejército nadie les explica que hay una serie de trámites que deben completar para regularizar su ciudadanía. Si cometen un delito antes de obtenerla, son castigados con la pena correspondiente a la que, además, se suma la deportación. En México, la vida de estos soldados abandonados por el país por el que lucharon -y por el que volverían a hacerlo, según sus propias palabras – se convierte en una búsqueda desesperada por encontrar la forma que les permita regresar a Estados Unidos. Solos y desamparados, tratan de adaptarse a una nueva vida en un país desconocido en el que se sienten extranjeros y donde, además, no es fácil ganarse “la papa” con el estigma de deportados.

“Cuando cruzan la frontera lo pierden todo. Los deportan sin una identificación que les ampare, no son ciudadanos americanos ni ciudadanos mexicanos”, comenta Víctor Hinojosa, veterano estadounidense que gestiona los trámites burocráticos y las solicitudes de los seguros médicos para sus compañeros deportados.

Aunque durante años pelean con abogados y autoridades migratorias por volver a obtener el derecho a pisar Estados Unidos, muchos han desistido ante la rigidez del sistema, y a cada vez más les está alcanzando la muerte estando desterrados y separados de sus familias. Es el caso de Héctor Barrios, veterano condecorado del primer regimiento de Caballería durante la guerra de Vietnam, que murió el pasado mes de abril en Tijuana, donde estuvo sobreviviendo los últimos años con los pocos pesos que ganaba como ayudante de un taquero y sin ningún apoyo de la Armada norteamericana. Su cadáver sí pudo cruzar la frontera para ser sepultado.

Gonzalo Chairez, veterano de Vietnam, vive en vieja casa rodante varada en Rosarito. Foto: José Martínez

Gonzalo Chairez, veterano de Vietnam, vive en vieja casa rodante varada en Rosarito. Foto: José Martínez

Indocumentados, inadaptados y expulsados

Cuando acaba el servicio, la mayoría de veteranos padece algún tipo de secuela física o psicológica, y estas aparecen incluso en quienes no llegaron a participar en ningún conflicto. Con un carácter moldeado por meses de estricto entrenamiento y tras haber pasado diferentes experiencias traumáticas, muchos no están preparados para integrarse en la vida civil. “Después de este ambiente, cuando vuelven a la vida normal, se sienten totalmente perdidos porque nadie les dice qué tienen que hacer. No tienen horario y tampoco pueden encontrar trabajos muy satisfactorios porque no saben hacer nada. La adaptación es muy difícil”, explica Griselda San Martín, documentalista que lleva más de dos años trabajando con la comunidad de veteranos deportados de Baja California.

San Martín, que no es estadounidense, pudo conocer las argucias del ejército más poderoso del mundo haciéndose pasar por un potencial recluta. Al respecto, comentó: 

“Hace un año fui personalmente y pregunté qué necesitaba para alistarme. Estaban reclutando si tenías visa, sabías idiomas y tenías menos de 35 años, y me dijeron que me concedían la ciudadanía. Yo pregunté “¿pero es automático?” y me contestaron que sí, que en siete o diez meses la tendría. Pero es mentira, no es automático; la puedes obtener pero tienes que hacer trámites, hacer entrevistas. Tienes que demostrar que conoces el país, que mantienes lazos con Estados Unidos, y aunque ellos (los veteranos deportados) los tienen, el problema es que no hicieron el trámite. No les hubieran rechazado la solicitud, ahora sí porque cometieron delitos, pero no si lo hubieran hecho a tiempo”.

La inadaptación es la explicación a la deportación de muchos de los veteranos. Además de las heridas de guerra y la falta de perspectivas fuera del ejército, la delicada salud mental de los veteranos es un factor determinante cuando cometen un delito que les lleva automáticamente a la expulsión. Una de las secuelas más comunes entre ex soldados es el Síndrome de Estrés Postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés), que está relacionado con un gran número de estas deportaciones.

La Administración de Veteranos no está tratando bien el PTSD y cuando regresan son violentos, empiezan a tomar, consumir drogas… Los que no son ciudadanos se meten en problemas e inmigración los deporta”, explica el ex paracaidista Héctor Barajas. Una vez fuera de Estados Unidos, este trastorno puede llegar a agravarse.

“Es un shock para ellos. Están en México pero todavía no se creen lo que les ha pasado, es muy fuerte psicológicamente para ellos. Lo es para cualquier deportado pero más en su caso porque han llevado el uniforme de Estados Unidos y han luchado con él”, añade San Martín.

Los veteranos deportados comparten la creencia de que sus expulsiones son consecuencia del racismo que impregna el sistema judicial, legislativo y policial estadounidense. “Deportar a miles de veteranos supone un ahorro de cientos de millones de dólares en pensiones, indemnizaciones y tratamientos médicos al gobierno”, sospecha Víctor Hinojosa.

Fabián Rebolledo sirvió en el ejército del aire desde 1997 hasta 2000. En ese tiempo participó junto a su unidad en las tareas de patrullaje y limpieza de Kosovo, retirando explosivos de escuelas o carreteras. Después de 14 años, todavía ha habido momentos en los que entra en pánico.

“Al principio tenía unas secuelas muy intensas, tardé mucho en asimilar que ya no estaba en el servicio militar. Nos entrenan para ser soldados, para matar. Estuve fuera del país, en un conflicto y doy gracias a Dios porque regresé con vida, pero cinco de mis compañeros se quedaron allá”.

Grupo de veteranos deportados a Baja California, frente al mural de protesta pintado en la ciudad de Rosarito. Foto; José Martínez

Grupo de veteranos deportados a Baja California, frente al mural de protesta pintado en la ciudad de Rosarito. Foto; José Martínez

Rebolledo no supo enfrentar solo el PTSD y terminó divorciándose de su mujer. Poco después, fue deportado a México por intentar cobrar un trabajo con el cheque sin fondos que el contratista le había dado como pago. Ahora, vive en Tijuana, donde está defendiendo mediante un abogado la posibilidad de regresar legalmente a Estados Unidos junto a su hijo y recuperar también sus beneficios médicos como veterano. Sin embargo, reconoce que, de conseguirlo, seguiría viviendo al sur de la frontera, donde ya ha empezado a construir una nueva vida. “Volvería a México, pero sabiendo que puedo entrar y salir del país para visitar a mis padres”.

Búnker de rescate

Héctor Barajas salió de Zacatecas a los 7 años, cuando sus padres abandonaron México para buscar un futuro en Estados Unidos. A los 18 años, siendo residente legal, se alistó en el ejército como paracaidista y 7 años más tarde se retiró con honores. “En 2001 me metí en problemas. Estuve en un carro que disparó a otro. Nadie fue herido pero uno de los implicados dijo que fui yo y, como no dije quién fue, presentaron cargos de disparo con arma a vehículo”. Cumplió tres años de condena y le prohibieron la entrada en el país por otros 20.

Héctor Barajas, coordinador del Búnker, el único lugar de acogida para veteranos deportados a Baja California. Foto: José Martínez

Héctor Barajas, coordinador del Búnker, el único lugar de acogida para veteranos deportados a Baja California. Foto: José Martínez

A pesar de la expulsión, Barajas logró cruzar la frontera nuevamente con la intención de retomar su vida estadounidense: buscó un trabajo, se casó y tuvo a su única hija. Pero en 2009 fue otra vez detenido y deportado, esta vez de por vida. “La única forma que tengo de regresar ahora es cuando muera”.

Barajas descubrió que en Baja California había más veteranos en su misma situación y, poco a poco, comenzaron a organizarse. Hace dos años abrió un albergue, primero en Rosarito y ahora en Tijuana, para dar apoyo a los soldados que día a día siguen siendo deportados. En este refugio, conocido como el Búnker, ofrece techo y tres comidas al día durante un mes a todos veteranos que acaban de ser deportados, y durante tres semanas a los que ya llevan más de seis meses en el país. Los ex soldados también reciben ayuda en la búsqueda de trabajo y visitas de psicólogos y asesores espirituales. Y, sobre todo, suman fuerzas en la batalla para que el sistema les permita volver al país que una vez defendieron. “Estamos tratando de levantar conciencia, de pedir que nos regresen con nuestras familias, porque los  niños que están allí merecen tener un papá y una mamá”.

Otros de los objetivos del ex paracaidista es crear una base de datos actualizada con el número de militares deportados puesto que, hasta la fecha, no existe ninguna forma de conseguir cifras reales. “No tenemos datos específicos. Aquí en México van a ser miles, pero no hay datos porque el gobierno no ha hecho seguimiento”. Tampoco la administración estadounidense trabaja con estadísticas o, en cualquier caso, no ofrece esta información de forma transparente. Las deportaciones de veteranos han sido silenciadas hasta el punto que gran parte de la sociedad norteamericana desconoce que están ocurriendo.

El Búnker ha servido de apoyo a veteranos de más de 20 países que, como Barajas, tenían residencia legal en Estados Unidos cuando se alistaron y a quienes aseguraron ciudadanía al volver. “Son compañeros que tenían la Green Card, que lucharon en Vietnam o fueron voluntarios a Iraq, Afganistán, Kosovo o el Golfo”. Fabián Rebolledo cuenta que también hay iraquíes deportados; soldados que lucharon contra su país de origen y que ahora viven escondidos en las montañas porque no pueden vivir en la ciudad ante la amenaza de ser eliminados por traidores. “Nosotros juramos lealtad a Estados Unidos. Son ellos los que no están cumpliendo”.

Estados Unidos ha deportado a miles de veteranos de su ejército en los últimos años pese a que les reclutaron con promesas de obtención de ciudadanía.

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Estados Unidos

OMS celebra permanencia de EUA tras salida de Trump

Ignacio García

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Por Ignacio García

La Organización Mundial de la Salud (OMS) celebró que Estados Unidos permanezca en el organismo con la llegada de Joe Biden a la presidencia de esa nación, luego de que el expresidente Donald Trump anunció la salida de ese país.

El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, destacó el regreso de Estados Unidos al organismo internacional, por lo que consideró que se trata de un día positivo para la organización y para la salud mundial.

De acuerdo con el responsable de la OMS, el regreso de la Unión Americana al organismo internacional y su incorporación al programa Covax para la distribución de vacunas representa que el mundo estará mejor equipado en la lucha contra la pandemia de Covid-19.

Agregó que Estados Unidos tiene un papel crucial en la lucha contra la pandemia, por lo que su reincorporación a la OMS representa una noticia positiva que permitirá generar estrategias afines al control y erradicación de esta problemática global que continúa al alza en el planeta.

El gobierno de Biden envió una carta a la OMS para manifestar su interés en colaborar de forma conjunta en el combate a la pandemia de Covid-19, por lo que destacó que trabajarán para mejorar los programas de vacunación y distribución en el planeta.

En agosto pasado Donald Trump anunció la salida de Estados Unidos de la OMS, luego de acusar que supuestamente el país era el principal financiador del organismo y había ocultado información en torno a la pandemia de Covid-19, sin embargo, en el primer día de la presidencia de Biden se revirtieron 17 decisiones de la anterior administración, entre ellas el regreso al Acuerdo de París, el freno a la construcción del muro y la reincorporación a la OMS.

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Estados Unidos

Joe Biden, se pronuncia por la Constitución y la democracia, al asumir la presidencia de los EEUU

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Joe Biden asumió este miércoles la presidencia de Estados Unidos en una ceremonia sobria dirigida a reafirmar los símbolos de la maltratada democracia de Estados Unidos en contraste con los últimos cuatro años y el asalto al Capitolio de hace dos semanas. Kamala Harris se convirtió en la primera vicepresidenta de la historia del país, la primera negra y la primera india-americana en ocupar el cargo.

Por María Ramírez
eldiario.es

“Hoy celebramos el triunfo no de candidato, sino de una causa, la causa de la democracia”, dijo Biden. “La democracia es frágil… Y a estas horas, amigos, la democracia ha ganado”.

Biden pronunciaba estas palabras en la misma escalinata donde dos miércoles atrás miles de personas gritaban, rompían ventanas, ondeaban la bandera confederada y mensajes a favor de campos de concentración nazis, los líderes demócratas y republicanos. En el mismo lugar, junto a Biden y Harris, los jueces del Supremo y representantes de todas las instituciones celebraron este miércoles el traspaso pacífico de poderes con cantos de unidad, palomas de la paz y mujeres pioneras. También estaba el vicepresidente saliente, Mike Pence.

El nuevo presidente dijo que tenía puesta “toda su alma” en buscar la unidad de un país agresivamente dividido. “Sé que hablar de unidad puede sonar como una fantasía inocente estos días”, dijo. “La historia, la fe y la razón muestran el camino hacia la unidad… Tenemos que acabar con esta guerra incivil”.

Biden insistió en el valor de los hechos. “Existe la verdad y existen las mentiras, mentiras que se dicen por el poder y el provecho, y cada uno de nosotros tiene un deber como estadounidenses, como ciudadanos, como líderes, de defender la verdad y derrotar las mentiras”.

A los 78 años, Biden ha cumplido el sueño que le contaba a la madre de su novia cuando apenas era un veinteañero y ya quería ser presidente. El sueño que parecía más cerca cuando se convirtió en senador a los 29 años y que le ha costado tres carreras presidenciales a lo largo de una vida marcada por momentos muy dramáticos.

Biden juró el cargo con la mano sobre la biblia que está en su familia de inmigrantes irlandeses desde 1893. Es la misma que ha utilizado para jurar sus cargos de senador y vicepresidente.

Harris, ex senadora y ex fiscal general de California de 56 años, juró con la mano puesta en dos biblias, la de su madrina y la del primer juez afroamericano que llegó al Supremo, Thurgood Marshall. Le tomó el juramento Sonia Sotomayor, la primera latina en el alto tribunal. El marido de Harris, Doug Emhoff, es el primer “segundo caballero” de Estados Unidos.

Harris llegó al Capitolio precedida por Eugene Goodman, el policía del Capitolio que el 6 de enero despistó a los asaltantes para que no llegaran a los congresistas y consiguió evitar lo que podía haber sido una masacre.

La más sobria

La ceremonia fue la más sobria en la memoria, sin público en la explanada delante de la escalinata del Capitolio y con un grupo reducido de invitados para evitar riesgos para la salud pública por la pandemia y la seguridad reforzada por el peligro de ataque terrorista tras el asalto al Capitolio del 6 de enero.

La explanada estaba cerrada y tanto el equipo presidencial como la alcaldesa de Washington y los gobernadores de los estados vecinos Maryland y Virginia habían pedido a los ciudadanos que no se acercaran al lugar de la ceremonia. En total, había poco más de un millar de personas, una escena muy distinta por ejemplo del más de medio millón que acudió a la toma de posesión de Barack Obama en 2009. Todas las personas que estaban en el escenario se habían hecho dos test en las últimas 72 horas para comprobar que no tenían coronavirus.

En lugar de público, había un despliegue de casi 200.000 banderas de Estados Unidos, sus estados y territorios. En lugar del desfile desde el Capitolio a la Casa Blanca por la avenida de Pensilvania que se celebra desde 1873, festejos virtuales con conexiones por todo el país. Por la noche, en lugar de los bailes presidenciales, un programa de televisión presentado por Tom Hanks y con la participación de Bruce Springsteen, Lin-Manuel Miranda, el autor del musical Hamilton, y el chef José Andrés, entre otros.

Como era habitual antes del anterior presidente, la ceremonia tuvo toques simbólicos de esperanza en el futuro y respeto a la historia.

La poeta Amanda Gorman, que con 22 años es la más joven en haber recibido el máximo honor para un poeta del país, recitó “The Hill We Climb” (“la colina que subimos”). Gorman, que es afroamericana, hizo una referencia indirecta al asalto del Capitolio, donde la turba desplegó banderas confederadas y otros símbolos racistas.

“La democracia puede ser periódicamente retrasada. No puede ser permanentemente derrotada”, recitó.

El juramento a la bandera lo leyó Andrea Hall, bombera de South Fulton, en Georgia, y pionera en su ciudad.

Leo O’Donovan, cura católico, y Silvester Beaman, pastor metodista, hicieron las tradicionales plegarias. Los dos son amigos de la familia Biden. El presidente es el segundo católico en ocupar la presidencia de Estados Unidos (el primero fue John Kennedy).

Lady Gaga cantó el himno de Estados Unidos acompañada por la banda de los marines y con gran broche que representaba una paloma de la paz. Jennifer López cantó This Land is Your Land y America the Beautiful, y pronunció unas palabras en español del juramento a la bandera. El cantante country Garth Brooks entonó Amazing Grace.

Unidad bipartidista

El presidente saliente decidió no ir a la ceremonia, algo que no sucedía desde 1869 con la excepción de Richard Nixon (si bien en este último caso las circunstancias fueron distintas porque acababa de dimitir y la decisión fue de mutuo acuerdo con su vicepresidente Gerald Ford). Tampoco estuvo Jimmy Carter, que tiene 96 años y no quiso arriesgarse a viajar por la pandemia.

Pero Biden estuvo acompañado por ex presidentes de ambos partidos y sus esposas: Barack y Michelle Obama, George W. y Laura Bush, y Bill y Hillary Clinton. El grupo acompañó a Biden y a Harris a depositar una corona en la tumba al soldado desconocido en el cementerio de Arlington, a las afueras de Washington.

El recuerdo de los muertos es algo habitual en un país marcado por las guerras. Lo distinto de este año es tener que recordar a tantos muertos por una epidemia que sigue desbocada en el país.

El martes por la noche, nada más llegar a Washington para su toma de posesión, Biden acudió junto a Harris a un homenaje para las 400.000 personas muertas por coronavirus en Estados Unidos. El presidente y la vicepresidenta contemplaron en silencio junto a sus parejas la fuente junto al monumento de Lincoln, iluminada por 400 luces. “Para cerrar las heridas debemos recordar”, dijo Biden. “A veces es duro recordar. Pero así es como se cierran las heridas. Es importante hacerlo como país”.

Para Biden han sido horas muy emotivas. En las últimas horas, ha recordado a menudo a su hijo Beau, que le inspiró en su carrera política y que murió en 2015 por un cáncer cerebral a los 46 años. Beau fue fiscal general y su padre lo imaginaba a él un día como el candidato. En su despedida de Willmington, la ciudad de Delaware donde ha vivido la mayor parte de su vida, dijo, cerrando los ojos para contener las lágrimas: “Sólo tengo un lamento, que él no esté aquí. Deberíamos estar presentándole a él como el presidente”.

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Estados Unidos

Trumpismo representa miedo y segregación racial, advierte analista Danny Shaw, sobre el asalto al Capitolio

Ignacio García

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Por Ignacio García

Tras los hechos violentos ocurridos en el interior del Capitolio de Washington el miércoles pasado por parte de seguidores del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para buscar mantenerlo en la Casa Blanca, el analista político Danny Shaw aseguró que el Trumpismo representa un movimiento político de segregación racial y de miedo.

En entrevista para Los Ángeles Press, el analista de temas de América Latina de la Universidad de Nueva York (CUNY) reconoció que el Trumpismo es un movimiento político que encabeza el mandatario estadounidense saliente y que representa la segregación racial, fascismo, xenofobia y supremacía blanca.

El experto político señaló que la irrupción al Capitolio fue un hecho sin precedentes en la historia contemporánea de Estados Unidos, por lo que evidencia una ideología anti migrante de los millones de personas que lo apoyaron tanto en 2016 como en las pasadas elecciones.

De acuerdo con Shaw, podría no haber consecuencias mayores para las personas que irrumpieron la sede del Congreso de Estados Unidos, pero ahora fueron detenidas sólo 26 personas, y ejemplificó que si la movilización hubiese sido encabezada por personas afrodescendientes, latinos o de los grupos minoritarios, como los islamistas, la policía hubiera hecho una masacre.

Dijo que tras las hechos violentos de Washington, las comunidades migrantes y de otros sectores sociales manifestaron su miedo por lo que representa el Trumpismo, aunado a que se evidenció el frágil sistema democrático norteamericano que ha sido parte de la temática que ha implementado Estados Unidos para intervenir en otras naciones y continuar con el imperialismo y el neocolonialismo, que, dijo, continuará con Joe Biden o cualquier representante tanto de los demócratas como de los republicanos.

Asimismo, recordó que desde que inició la presidencia de Trump se intentó inhabilitarlo con el juicio político, pero no se logró, porque también representa a una base electoral de millones de personas que se sienten identificadas con el mensaje de miedo e ignorancia que encabeza el empresario republicano.

Además, advirtió que el mundo entero observó el espectáculo decadente que protagonizaron los seguidores de Trump en la capital de Estados Unidos, lo que puede provocar mayor animadversión tanto de los países en disputa como de sus aliados.

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