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Un amigo de Dios

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JUEGO DE OJOS

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

En esta entrega comenzamos con un acertijo. ¿Podrá el lector adivinar de quién hablo?

Un escritor, nacido alrededor de 1890, es famoso por tres novelas. La primera es corta, elegante, un clásico inmediato. La segunda, su obra maestra, presenta a los mismos personajes, aunque es más larga y compleja, e incorpora en forma creciente elementos míticos y lingüísticos. La tercera es enorme, casi una locura exuberante de la imaginación.

Una pista: no se trata de Joyce.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, denunció la producción masiva, el estruendo del tráfico y el descarno y fealdad de la vida moderna europea, y amó los árboles y la verdura de la campiña inglesa en donde vivió de niño, así como a las pequeñas y delicadas criaturas con las que se topó en las leyendas nórdicas.

Una pista: no se trata de D. H. Lawrence.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, mezcló porciones de literatura antigua con su propia obra maestra, aderezándolas magistralmente conforme avanzaba.

Una pista: no se trata de Ezra Pound.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, se declaró monárquico y católico.

Una pista: no se trata de T.S. Eliot.

Los más antiguos de mis lectores –antiguos en el sentido clásico- quizá hayan adivinado ya de quién hablo.

Y si son mis contemporáneos y fueron como yo vagamundos y en su camino a Damasco se toparon en un callejón con el grafiti “¡Frodo vive!”, entonces ya lo saben de cierto.

Para los más jóvenes, quizá un cuento les ayude:

“Había una vez un cuarentón, profesor de lingüística y filología, que sabía más que nadie en el mundo sobre las antiguas lenguas nórdicas y el Beowulf. El maestro había quedado huérfano muy joven, y el ejército de su país lo mandó a una guerra terrible en donde estuvo a punto de perder la vida.

“Anegado en el lodo sanguinolento de las trincheras y apabullado por el estruendo del cañón y la metralla y los lamentos de amigos y enemigos, quizá haya imaginado el mundo que creó cuando muchos años después interrumpiera por un momento la calificación de un examen para escribir al reverso de la hoja: “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”.

Es claro que el escritor de quien hablo, nacido alrededor de 1890 en África del Sur, es John Ronald Reuel Tolkien, hoy una referencia doméstica gracias a Hollywood, pero en mi adolescencia y primera juventud, vicario de un rito arcano cuyos miembros nos reconocíamos por señas secretas y conjuras pronunciadas en voz baja como la de “¡Frodo vive!”

Me asombra que haya sido hasta fines de los ochenta que encontré en mi propio país con quien hablar sobre la tetralogía de Tolkien y sus asonancias y disonancias con, entre otros, Joyce, Lawrence, Pound y Eliot, de la manera juguetona que se consigna al inicio de este texto y que ojalá fuera mía, pero lo es de Jenny Turner, la espléndida periodista autora de Razones para amar a Tolkien.

He aquí un personaje deslumbrante y paradójico. De él se dice que era aburrido en una sociedad y un siglo de tiesuras, y que su devoción por la filología se percibía anticuada incluso entonces.

Pero la obra de este flemático inglés nacido en Sudáfrica, quien nunca alzaba la voz, vestía siempre en tweed y chaleco y fumaba pipa, despertó una corriente pasional pocas veces vista en la literatura.

Jenny Turner confiesa que le asusta haber pasado “demasiado tiempo” de su adolescencia en compañía del demiurgo de El señor de los anillos y que ya adulta si bien encuentra los libros repetitivos y “ruidosos”, éstos siguen conectándose a su espíritu de manera inquietante.

“Hay una succión, un algo primigenio que se transmite entre ambos, como cuando una nave espacial se enchufa a la nave madre. Es como el seno materno, es un alivio infantil… que también es como un hoyo negro”.

Escalofriante memoria, pero humana y generosa si la comparamos con otros juicios, como el de mi admirado Edmund Wilson: “Hipertrofiado… Un libro infantil que de alguna manera se salió de madre… Una pobreza creativa casi patética…”.

John Heath-Stubbs estima que la obra es “Una mezcla de Wagner y el osito Winnie Pooh, mientras Germaine Greer exclama que fue “su pesadilla”.

Vaya, pues. Supongo que el viejo profesor, tan enemigo de las pasiones terrenas, nunca imaginó que la obra iniciada con la frase, “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”, fuera a despertar tantas y tan opuestas durante tantas generaciones, pues a estas alturas del siglo y mal que me pese gracias al cine, la cofradía tolkiense es ya una muchedumbre.

No escapa a la aguda e inteligente mirada de Jenny Turner la paradoja: si los libros son tan criticables, ¿por qué a tantos millones les han apasionado?

No es una pregunta fácil, pero tengo mi propia experiencia. El Hobbit (1937) me encontró, aún adolescente, en el aeropuerto de Londres, olvidado o escondido por alguien entre el Time, el Newsweek y el Life.

Lo compré por no dejar, por tener algo que leer en el vuelo de interminables horas que me esperaba. ¿Por no dejar? ¿O fue que se cumplió el adagio de Edmundo Valadés sobre los libros que nos están destinados en la vida?

En la sala de espera comencé la lectura y a la mitad del vuelo maldije no haber adquirido los tres tomos de la secuencia, conocida como El Señor de los Anillos (1954).

Caí en la red del viejo profesor, atrapado, de nuevo, en el vicio solitario que nos libra para siempre de la soledad. No descansé hasta que pude fatigar la trilogía con pasión talmúdica y transité los caminos de toda la obra del viejo profesor y de lo que su hijo Christopher editó amorosamente en memoria del demiurgo de la Tierra Media.

Y como dicen los angloparlantes, al final del día lo que me quedó fue una profunda identificación con la obra, una suerte de simbiosis que, ahora lo pienso, tiene en verdad algo de misterio sobrecogedor.

Leo y releo los libros. Sé de memoria pasajes enteros. Y cada vez que los visito descubro algo novedoso. Quizá ahí esté la explicación. Tolkien fue capaz de comunicarse con otros espíritus en un nivel anímico primario que escapa a toda explicación y que tiene como hilo conductor las emociones y sensaciones más humanas.

Desde luego que una mirada crítica, como apunto arriba, descubre inconsistencias en el texto, en los diálogos, en los personajes y en la narrativa.

Yo daría cristiana sepultura a Tom Bombadil, un personaje arbóreo que transcurre cantando tonadillas hueras y que no tiene mayor consecuencia en el resto de la historia, y trabajaría la estructura interna de algunos protagonistas así como la lógica de varios episodios.

Y ya que de utopías hablamos, también sacaría del mercado la horrenda traducción al español de Taurus, con su majadera “castellanización” de nombres que en vez de un Bilbo Baggins nos sirve un “Bilbo Bolsón” amén de otras aberraciones asestadas a la obra del viejo profesor. No ha nacido el argentino que se deje intimidar por los versos aliterativos del Beowulf. ¡No señor!,

Y a todo esto, ¿quién fue este personaje, esa suerte de hobbit mayor?

John Ronald Reuel Tolkien nació el domingo 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, África del Sur, después de un parto difícil y prolongado. Apunto este detalle íntimo porque lo encuentro en la biografía de muchos escritores.

Sus padres fueron Arthur Tolkien y Mabel Suffield. A ese país habían emigrado en busca de fortuna y ahí creció, un niño débil y enfermizo. A la muerte de Arthur en 1896, Mabel regresó a Inglaterra, en 1900 se convirtió al catolicismo y en 1904 murió de diabetes, enfermedad incurable en la época.

La madre es un personaje fascinante por derecho propio y creo que su personalidad impregna a los espíritus etéreos y fuertes de las pocas mujeres en la obra de J.R.R.

Antes de casarse con Arthur a los 21 años, había sido misionera de la Iglesia Unitaria en África y, créalo o no el lector, ¡impartió catecismo en el harén del sultán de Zanzíbar!

Ahora bien, imaginémonos a esta familia de la clase media pobre en la Inglaterra anglicana y victoriana de entonces y las consecuencias que sin duda estos hechos tuvieron sobre la sensible personalidad del niño J.R.R.

¿Recuerda el lector a Shelob, el mefistofélico ser que en forma de tarántula gigante custodia el paso de Cirith Ungol a Mordor por donde deben transitar Bilbo y Samwise merced a las intrigas de Gólum?

Pues en Sudáfrica el niño John tuvo experiencias que aparecerán reflejadas en su obra: un encuentro con una tarántula peluda que lo picó, y con una serpiente.

Y un mozo de la familia “lo tomó prestado” durante varios días para llevarlo a su aldea y presumirlo a su extensa parentela, con las consecuencias que el lector podrá imaginar.

Creo que su niñez africana, su adolescencia en la campiña inglesa, su estancia en las trincheras en la primera guerra mundial -donde el gas mostaza daño su salud para siempre y en donde perdió a la mayoría de sus amigos- , su vida enclaustrada como profesor de filología y sajón antiguo… toda su existencia, pues, está reflejada en la saga de los Baggins, desde la fiesta a la que asisten los enanos sin invitación, hasta la última escena en que Bilbo, Frodo y otros personajes abandonan para siempre la inolvidable Tierra Media.

Pero me estoy saliendo de cauce. Si el viejo profesor pudiera leer estas cuartillas y en particular el anterior párrafo, sin duda las haría confeti, ya que detestaba a los críticos y a los exégetas… ¡y a fe mía que tenía razón! Así que en resumen diré que los cuatro libros de la saga (El Hobbit,  El Señor de los Anillos, Las dos torres y El regreso del rey) con El Silmarilion, integran una república abierta a quien desee pedir la ciudadanía del país mayor del gozo, que es la tierra de la imaginación.

Reuel, el tercer nombre de Tolkien (John Ronald), es un apelativo heredado de padres a hijos en esa familia, y quiere decir, literalmente, “Amigo de Dios”. Sin duda el viejo profesor lo fue.

***

Fuente: juegodeojos.mx

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Ignacio Solares: el infierno del alcoholismo

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El escritor ignacio Solares revela el infierno del alcoholismo en su obra "Delirium Tremens"

Por Alberto Farfán

El extraordinario escritor, ensayista, dramaturgo, editor y periodista mexicano Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945) se atrevió a desarrollar un interesante proyecto en el cual buscaría adentrarse en el lado oscuro del alcoholismo, cuyos resultados fueron impecables e importantes, al grado de que su libro fue un éxito de ventas al salir a la luz en 1992 y ha tenido una edición conmemorativa en 2015.

Y a través de documentación de expertos, de la investigación en lugares como Alcohólicos Anónimos, de conversaciones con los adictos y de los testimonios directos de éstos, bajo una prosa literaria de gran aliento, logró cristalizar sus esfuerzos en su texto Delirium tremens. Título que retoma quizás por los resultados que obtuvo, pues además esta forma de delirio es sumamente grave y peligroso, debido a que implica temblores, confusión y, sobre todo, alucinaciones, cuando el individuo entra en estado de abstinencia, generalmente.

Para leer más del autor: La nueva casta privilegiada de AMLO, los hijos de Morena

Así, el infierno a que estos seres acceden los devora de manera atroz. Pesadilla insoportable que sobreviene inexorable fundamentalmente desde el instante en que cruzan esa línea invisible, entre considerarse bebedores fuertes y plenamente alcohólicos, pues al rebasarla adquieren sin quererlo su plena entrada a la compulsión por beber, que nada ni nadie podría parar. Y no obstante que experimentan un sufrimiento intolerable al vivir bajo el alcohol, tanto físico como mental, vuelven a beber una y otra vez. Una sola copa es suficiente para desencadenar este proceso.

Pero las fases más agudas que viven son aquellas que, en definitiva, padecen al ser tragados por el delirium tremens. Cúmulo de imágenes diversas −objetos, animales, personas, seres inanimados o elementos de orden religioso, el diablo, ángeles− que buscan, aparentemente, la devastación del que se halla bajo esta psicosis alcohólica, misma que ha sido provocada por una lesión cerebral. La interrupción brusca de la bebida, así como volver a ingerirla, círculo vicioso infernal, propician que emerja una y otra vez este infierno de imágenes, absolutamente verdaderas para ellos.

Escribe Ignacio Solares: “el amor, el odio, el sexo, el temor, se viven durante el delirium tremens en negativo y llevados hasta sus últimas consecuencias. El sexo, por ejemplo, es siempre doloroso y puede adquirir la forma de un enorme demonio de color encendido que arroja chorros de semen por un gran falo; semen que borbotea como lava y produce profundas quemaduras. La paciente que lo padeció tenía después del delirio todos los síntomas que producen las quemaduras de tercer grado, y durante varios días, dijo, no soportaba el ardor, aunque su piel no registrara ninguna huella visible”.

Lee más: Karl Marx, de la poesía y el amor

A este respecto se desprende una reveladora observación del autor. Al parecer existe, en general, una relación directa entre las alucinaciones con el conflicto psicológico que el enfermo guarda en su psique. Es decir, la serie de imágenes del delirium tremens se configuran como reflejo de la conciencia del propio individuo, como si su problemática personal se proyectara en forma de símbolos.

El alcohólico al caer en esa inevitable situación crítica, según Ignacio Solares, tendría la posibilidad, paradójicamente, de acceder a su verdadero ser, pues se efectuaría en él una especie de purga del sentimiento de culpa que venía arrastrando y alimentando desde siempre, el cual no le permitía comprender su interior resquebrajado. En uno de los testimonios se lee: “Mientras no sepa quién soy no voy a dejar de beber”.

Señala Solares: “El diablo no aparecía siempre como una figura repulsiva sino como reflejo de la propia conciencia. La culpa nacía de lo que había dejado de hacerse −la vida no vivida− y no de lo que se había hecho. Así, más que por la imagen misma, la angustia era provocada por el vacío en que cayó la existencia como en un pozo interminable. A una mujer el diablo le mostraba las fotos de los hijos que ella pudo haber tenido: ‘Mira, le decía. Pudiste haber tenido este hijo, y este otro, si hubieras tenido el valor de entregarte a un hombre’”.

Todo indicaría que el enfrentamiento inexorable con lo que uno desconoce de sí mismo o simplemente con lo que nos negamos a aceptar de nuestro no−ser es el umbral ineludible para no continuar como muertos en vida. Refiere uno más de los entrevistados: “Aun el infierno es preferible al vacío”.

Transitar por el infierno que a todas luces es la enfermedad del alcoholismo como forma de autoconocimiento y plataforma de liberación de la misma parece ser una terrible opción. No obstante, como uno de ellos dice: “Ninguno de los que estamos en Alcohólicos Anónimos somos normales… Ningún alcohólico que lo haya sido deveras vuelve a adaptarse (al mundo). Hay una huella. ¿Es una persona normal el que tiene que repetirse cada vez que abre los ojos que las próximas veinticuatro horas no beberá?”

 

 

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Con voz propia

La persecución del periodismo independiente en México: Seminario Kapuscinski en Chihuahua

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La violencia contra el periodismo independiente y quienes lo ejercen se mostró en el Seminario Kapuscinski

 

Por Miguel Montesinos León

El fin de semana fue muy intenso en la vida política nacional, sin embargo, los medios masivos de información no hicieron eco del asesinato del periodista Pedro Pablo Kumul en Veracruz.

Durante los cuatro años de este gobierno, la violencia contra periodistas y defensores de derechos humanos se acrecentó a tal grado que para la sociedad es normal la persecución, la fabricación de carpetas de investigación en contra de periodistas qué sufren persecución, encarcelamientos injustos o son asesinados por decir la verdad.

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En el X Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski de Periodismo, Derechos Humanos, Migración y Fronteras, fundado por la Universidad Miguel Hernández, de Elche España, y que ahora se realizó en Chihuahua por primera vez, del 16 al 18 de noviembre, donde periodistas de diversos países expusieron los peligros y desafíos de la prensa, específicamente de medios y periodistas independientes que manifestaron su preocupación por la ola de violencia en contra del gremio periodístico en México. Un seminario qué cruzo el Atlántico para darle vida al periodismo, que en palabras de los conferencistas de talla internacional se encuentra postrado al poder político de México.

Marco Lara Klahr, en su ponencia destacó la importancia del periodismo en su magistral participación denominada Acoso, desprestigio y criminalización de periodistas, en la que destacó que el periodismo no es un oficio, porque no se basa en prácticas reiterativas. El periodismo es una función crecientemente compleja, el periodismo es una profesión. El periodismo se ejerce en el marco de un derecho humano qué es la libertad de expresión, en un segundo nivel al ser un derecho humano es un mecanismo de información, especificó el ponente.

El periodismo mexicano, en efecto, está postrado al poder político porque muchísimos periodistas que ejercían de contrapeso democrático ahora son voceros del gobierno en turno. Periodistas como voceros oficiosos que antes ejercían el saludable contrapeso democrático en la sociedad mexicana. Pero el periodismo está de luto en ese sentido, y en ese sentido el periodismo ha dejado de ser el cuarto poder.

Lee más: INAI ordena a Segob informar sobre medidas de protección para periodistas

Hoy en la boca de populistas como López Obrador o Bukele el cuarto poder es algo denigrante. Sin embargo, cuando el periodismo ejerce la función de cuarto poder en un sentido de contrapeso de los otros tres poderes, se vuelve un poder necesario, indispensable para la salud democrática, porque sin periodismo profesional, que sirva de contrapeso, no hay salud democracia.

¿Dónde dice qué la libertad de expresión es un derecho humano y tiene contraprestaciones?, pregunta Lara Klahr ante la audiencia del seminario.

Está en los tratados internacionales, específicamente está en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas, en el Artículo 19, y está en el artículo 13 de la Convención Interamericana sobre Derechos Humanos, y también está en el artículo 7 de la Convención Europea de Derechos Humanos y en el artículo sexto de la Constitución Mexicana donde se establece el derecho a la libertad de expresión como un derecho humano.

No obstante, el periodismo está postrado hoy en México, y tiene que recapitalizarse.

¿Quién es el sujeto obligado, quién está obligado a garantizar el derecho humano a la libertad de expresión? De acuerdo con los tratados internacionales y la Constitución mexicana la obligación de garantizar la libertad de expresión es del Estado, y en consecuencia quienes ejercen el poder público. Ese sujeto obligado de acuerdo con los tratados internacionales y la Constitución está obligado a respetarla, está obligado a protegerla, pero ahora en México tenemos un presidente qué es el redactor en jefe, es el que arma las primeras planas a la luz de los Guacamaya Leaks.

En esta magistral conferencia el maestro Marco Lara dejó en claro que los medios están postrados al poder público ya que dependen del presupuesto público y por ende no pueden morder la mano de quien les da de comer. Es de suma importancia que los periodistas profesionales sean independientes, pero eso en México se traduce en persecución política, fabricación de carpetas penales o incluso en asesinato.

El caso del periodista Héctor Valdez, quien acudió a Palacio Nacional y le pidió la protección y apoyo al presidente de México lleva dos años preso en el penal de Santa Martha Acatitla, caso que fue expuesto en Chihuahua en el marco del seminario, al igual que las agresiones, amenazas de muerte y persecución al periodista Alfredo Griz.

El periodismo en México tiene que empoderarse, tener aliados, crear redes internacionales, volver a inyectarle la dignidad para ser un pilar en la democracia. De lo contrario, será más de lo mismo, cárcel, muerte o exilio, fueron parte de las conclusiones del evento en los salones de Palacio Nacional del gobierno del estado de Chihuahua, donde se habló sin tapujos de los problemas del ejercicio de la libertad de expresión.

La editora recomienda: Persecución judicial y tortura a periodistas de Quintana Roo, expuestos en el Seminario Kapuscinski en Chihuahua

 

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Héctor Belascoarán, el detective de Paco Ignacio Taibo II, que brincó de la Condesa a Netflix

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Uno de los personajes de Paco ignacio Taibo ahora saltará al steaming con una serie

Un detalle para Mireya, en su cumple. Muchas felicidades.

Por Zavianny Torres Baltazar 

En la última década del siglo XX, Paco Ignacio Taibo II ya tenía publicados más de cuarenta libros en México. El detective chilango Héctor B. Shayne se movía como Pedro por su casa entre jóvenes universitarios, lectores en las fábricas, las escuelas, sindicalistas, incluso algunos clubs temáticos. Su zona de confort era en los territorios de olores a productos químicos, lodazales, viajes en los “guajoloteros” del Estado de México que transportaban a la zona industrial de Xalostoc, municipio de Ecatepec.

En el otoño de 1993, por encomienda universitaria de la carrera de Periodismo en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Campus Aragón, contacté al creador del personaje que retoma la serie de Netflix, ahora en boga. En ese año se publicó la entrevista del bonachón y buen amigo Paco Ignacio Taibo II, en la revista institucional de la ENEP Aragón de la UNAM, ubicada en la zona oriente del Valle de México, que tuvo una excelente recepción por parte de los lectores.

En ese tiempo Paco y Paloma -su compañera de toda una vida- vivían en un departamento de la calle Benjamín Hill, muy cerca del otrora cine Bella Época. El autor chilango participaba en el primer concurso internacional “Premio Planeta Joaquín Mortiz”, con su novela histórica La lejanía del tesoro, obra literaria que a la postre le amplió las puertas al mercado internacional de la industria editorial.

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De lo más alentador de esas entrevistas es haber aprendido que la inspiración viene de la nalga. Así lo descifra el desfachatado Paco. A pregunta expresa el autor de Cosa fácil diría: “La inspiración viene de la nalga, diez horas sentado, diez horas de inspiración. Cero horas sentado, cero horas de inspiración”.

De esa relación amistosa con su familia, conocí a Paloma Saiz, su esposa y creadora del proyecto “Para leer de boleto en el metro”, Marina, su hija y fotógrafa profesional, sus hermanos Benito y Carlos, uno director de Radio UNAM y el otro productor de cine y en Netflix, respectivamente- y sus padres -Don Paco y Doña Maricarmen, tan generosos y solidarios.

En esta columna seriada comparto fotografías inéditas, que en su momento Taibo II me obsequió para ilustrar mi tesis de licenciatura, que titulé: “Paco Ignacio Taibo II. Una historia No/velada”, y que obtuvo el reconocimiento de la máxima casa de estudios, de la UNAM, con una mención honorífica, tesis que tiene algunos fragmentos vinculados con el detective de la saga Héctor Belascoarán Shayne, detective que le precede cierto origen irlandés.

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Paco Ignacio Taibo II en los 90. Foto: cortesía.

Sobre la lectura como el principio del placer

La gente no lee porque en primer lugar no sabe, y los que sí, han dejado de hacerlo, se han convertido en analfabetos funcionales y nuestro país está basado en este grupo. Una parte de la clase media no lee porque en su época de estudiante, lo obligaron a leer cosas que no le gustaron, y se quedó con la sensación de que leer es un castigo: ¡qué gueva, leer!, ¡qué pinche leer!, decían, y no descubrió el placer de la lectura.

La educación pública mexicana ha logrado crear no lectores por todos lados, a pesar de los sanos intentos de mucha gente, pero el resultado final es la des-promoción de la lectura. Mucha gente con la capacidad de leer se va por los caminos fáciles, opta por la competencia qué significan los medios audiovisuales. La imagen vía cine, televisión, video y el sonido vía radio, le resuelve el problema de la lectura y de la información no han descubierto el tremendo placer de la lectura. Y por último, hay un espacio de no lectores que pudiendo hacerlo no les es posible, porque una gran parte de la población se debe dedicar al pluri-empleo y te roba un montón de horas libres, que en otras condiciones dedicaría a la lectura.

Sobre la censura

Mucho se dice que actualmente nuestro país vive en la democracia, qué se puede hablar libremente, sin tapujos, sin embargo, para nadie es un secreto que aún existen las presiones vía Gobernación, la censura, pues. ¿Cómo la describes y entiendes ésta?

La censura es el hijo de puta que traemos adentro, pero además es el hijo de puta que está afuera esperando que el que está adentro haga su papel y si no, para darle con el pinche palo. Es una combinación entre el miedo por el espacio en el que te mueves y una presión real qué se ejerce desde los aparatos gubernamentales, o llamadas a los directores de diarios, boletines, instrucciones.

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Un detective irlandés

¿Por qué escribir literatura considerada como “subgénero”?

La idea era nacionalizar el género, romper los esquemas gringos y traer la propuesta de literatura de detectives a México y no era nacionalizar por los caminos de que el personaje se llamará González o Pérez, por eso elegí un nombre tan exótico como Belascoarán, para demostrar que la nacionalización del género no debería pasar por simples apariencias, sino por la mayor complejidad de construir la atmósfera de la Ciudad de México, la atmósfera humana.

La primera novela la escribí relativamente rápido, en tres o cuatro meses. Escribía en la oficina y por las noches en un departamento, en la Colonia del Valle, dónde no habían puesto todavía la luz y escribía con velas, era de los más exótico. Al terminar le hice algunas correcciones y Paloma me dijo: Mándalo a una editorial. No sé porque decidí Grijalbo. La mandé y cómo a los quince días me llegó un telegrama diciendo órale, dije ¡Ah caray!, ¡tan fácil es! Así es como arranca la saga de Belascoarán.

¿Por qué escribir sobre la Ciudad de México, sus habitantes y lo cotidiano?

El punto de partida era construir el DF que conocía, y bien, pues en aquella época era organizador sindical y me movía de una punta a la otra del Distrito Federal. Conocía muy bien los barrios, las calles, las caminaba, tenía horas muertas entre una chamba y otra. Me movía por las periferias de la capital. Paseaba, tenía una visión muy rica del mundo y de aquel periodo y de lo que se estaba convirtiendo esta ciudad, la transición a la ciudad Industrial, la ciudad monstruo.

Tu detective sale un tanto del canon de lo que ha sido la novela policíaca, a partir de que Los detectives de se desenvuelven en un contexto geográfico delimitado, sin embargo. Belascoarán ya viajo a España. ¿Cuál es la intención de este experimento?

La intención de salirse del DF. Es verlo desde lejos, a pelear mi propio catálogo de sensaciones. Dos meses al año me vuelvo a trabajar a España en la organización de La Semana Negra de Gijón, entonces tenía una especie de percepción lejana. Y quería que Belascoaran contara nuestra ciudad no estando en ella. La posibilidad de ir a Madrid a resolver el absurdo caso del Pectoral de Moctezuma me daba la oportunidad de adquirir esta percepción de distancia.

De hecho, cada vez que se diseña una de la novela de Belascoarán hay una doble intención, por un lado, la intención de contar una historia, y hay una anécdota dentro de cada novela, y hay la intención de contar una situación. Hay novelas en las que lo que más me preocupa es hablar de la nostalgia de los amigos; otra, me interesa hablar de los desamores, el fenómeno del miedo, entrar en las conexiones del poder y de la violencia urbana, cada una de las novelas tiene una segunda intención: una muy clara y la otra, una intención anecdótica. Por ese lado, sigo el consejo de mi amigo Roger Simón, quién dice que una novela debe contarse en cuatro palabras: esta novela es miedo, esta novela es nostalgia, bueno. Adiós Madrid es distancia.

 

La aceptación y crítica del Belascoarán de Netflix ha sido buena -y la comparto- la serie de tres capítulos que se asemeja más a una película, se estrenó el 12 de octubre, y los comentarios en las redes sociales, en general son positivos. Sin duda, nos remiten a las fotos en sepia y esas nostalgias de la Ciudad de México, que se desvaneció en el tiempo.

La adaptación del guionista y la actuación de Luis Gerardo, sin duda, nos deja una buena impresión y con el ánimo de que el compás de espera para disfrutar las siguientes entregas, no demoren tanto. Deseable que en los próximos capítulos el guionista nos obsequie escenas donde el detective chilango se desenvuelva en la zona norte del Valle de México. Esta geografía y sus circunstancias, que le sirvieron para curtir el carácter y ver ese México profundo y chingón, entre el sector de la población más humilde, más jodida.

novela policiaca Taibo II

Durante la Semana Negra de Gijón, que albergaba a escritores del Género Negro de todos los continentes. Foto: cortesía

Para terminar

En entrevista el productor de la serie, Rodrigo Santos, narró que cuando apenas tenía 17 años se inició en la zaga del detective Héctor Belascoarán Shayne, el personaje del fundador del neo-policiaco Latinoamericano. Cuenta que su profesor de literatura le recomendó Días de combate, el primer tomo de la saga, que, dice, “disfruté muchísimo”, por lo que cuando Netflix le propuso involucrarse en la empresa de recrear el mundo y los casos por resolver de Belascoarán, pensó que se trataba de “un cuento de hadas, un proyecto encantador”.

Parafraseando a un gran amigo común de Paco y quien esto escribe, Juan Hernández Luna “Al paso del tiempo cuando la gente se quiera enterar de cómo era la ciudad de México del fin del siglo XX, tendrán que leer a Paco Ignacio Taibo II”.

 

 

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