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Con voz propia

Turquía, ¿un país para un hombre?

El pueblo de Turquía lucha porque se le respete su existencia colectiva y rompe con la imagen mediática de la hegemonía turca bajo liderazgo de Erdogan

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plaza de Taksim

Plaza de Taksim. Foto: Thanassis Stravakis (AP)

Antonio Hermosa Andújar*

¿Quién se lo iba a decir, a Él, nada menos que Erdogan, el omni-presidente de todas las Turquías pasadas y por venir, el redivivo sueño imperial turco hecho persona? ¿Quién le iba a decir a este Erdogan de sí mismo, el semidiós que ha inaugurado su propio culto antes de obligar por decreto a los demás a divinizarlo? ¿Al héroe sobrevenido de aquella lejanísima primavera árabe un día devorada por el invierno musulmán, que pedía la dimisión de Mubarak, que tronaba contra los autócratas autistas de la zona reclamando oídos para la voz de su pueblo clamando contra ellos; que un día se presentó de gira por la zona para hacer campaña por la hegemonía turca, es decir, por su personal liderazgo regional, sin vacilar para ello en renegar de su antigua y sólida alianza con Israel, de la noche a la mañana convertido en Estado terrorista? Sí, ¿quién le iba a augurar que en tan poco tiempo la historia, en una de esas fulgurantes ironías que suele gastarse con los aprendices de tirano, iba a convertir la plaza Tahrir en Plaza Taksim?

El giro vertiginoso de las cosas le pilló impreparado, mas no lo necesitaba porque respira con la cartilla aprendida, de modo que si alguien protesta contra él, y tiene la suerte de no ser periodista, lo que le llevaría ipso facto a la cárcel, o de no ser un intelectual, lo que llevaría a ser tratado como si fuera periodista, y tiene otra suerte más, la de protestar en grupo, se encontrará con una respuesta automática: son unos marginados, tienen deseos inconfesables, son títeres de los advenedizos que los financian, etc. Y con una amenaza: en un plis plas convoco a diez de los míos por cada uno de ellos. Toda una lección de democracia, sin duda, y en concreto de respeto a las minorías.

Occupy Gezi. Foto: EFE

Occupy Gezi. Foto: EFE

Quizá antes de dejar actuar a una boca que (se) dispara sola su mente debería haber buscado un motivo al qué hacía allí ese puñado de “marginados” y, en buen político, consultar con la prudencia si cabía otra respuesta a la dada con su aquiescencia por el alcalde de Estambul azuzando a la policía contra ellos, con esa finura que desde siempre distingue a la policía turca, especialmente cuando divisa en sus propios conciudadanos la amenaza al orden; quizá la prudencia le habría dicho esas verdades elementales que la soberbia no deja oír al soberbio cuando en su mano hay poder y en su poder hubo éxito. Más que nada porque le suele volver los ojos hacia dentro y la realidad adquiere la forma que le prestan sus deseos. La prudencia, sin duda, le habría sugerido reflexionar acerca de si los proyectos faraónicos tienen más razón de ser que la ambición del faraón in pectore por un lado, y la de favorecer la corrupción por otro, sea la propia, la insobornable del nepotismo familiar –es su yerno el dueño del mayor centro comercial de Estambul- o la que compra favores a terceros a cambio de la venta de la dignidad de la política, del honor personal y del respeto a la sociedad.

La prudencia le habría recordado asimismo precedentes en los que una respuesta equivocada es el conjuro por el que la realidad, hasta entonces enmudecida por la fuerza, vuelve a escena con furia renovada. Y los actores, que nunca desaparecen por completo aunque a veces lo parezca, exigen al tirano in nuce responsabilidad política por sus acciones, preludio en ocasiones de la responsabilidad penal (quizá en un día no muy lejano Erdogan tenga que justificar por qué de pronto le han salido tantos ceros a su cuenta corriente, y quizá la excusa de que Alá el dadivoso ha premiado su fe no sea explicación suficiente ante los tribunales, ni siquiera ahora que tan bien domesticados los tiene). Habría podido ahorrarse el descarado espectáculo de hoy –y hasta los dos muertos habidos hasta ahora, cosa no precisamente menor-, en el que el equivalente a muchos grupos respecto del inicial ya no pide que se detenga la desaparición del parque Gezi sino lisa y llanamente su dimisión.

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Enfrentando la represión policia. Foto: EFE

Con todo, es probable que Erdogan hubiera tomado a la prudencia por loca en lugar de prestarle oídos, ya que la arrogancia distorsiona el color de los sonidos y hay un momento en el que la policromía real el arrogante la convierte en monótona. Le habría contrapuesto las esperanzas libertarias que despertó su irrupción en la escena turca tras su paso por la alcaldía de Estambul, el ocaso de la herencia kemalista –salvo por lo del feroz nacionalismo frente al pasado, que comparten-, los pinitos en la modernización turca, la lejana aproximación a Europa, el progreso económico; e, incluso, a día de hoy, la caída de uno de los tabúes de ese pasado innombrable con el inicio de conversaciones con representantes kurdos, bien que con la obligación de desentenderse por completo del genocidio armenio, etc. Su reacción, además, demuestra que es un político al uso en países sin tradición democrática, de los que creen que la democracia empieza donde termina, esto es, en las elecciones, y Erdogan habría podido recordarle a tan noble dama que él ha ganado tres de fila, cada una con un porcentaje de votos superior al anterior: ¡sólo un gran sujeto detrás del gran político habría conseguido no morir de éxito ante un currículo así en un contexto como ése!… y Erdogan, con su erdoganitis crónica, no es de ésos.

Ahora tiene enfrente a decenas de miles de individuos pertenecientes a diversas clases y sectores sociales, desde intelectuales y alumnos hasta las minorías religiosas islámicas, como la de los alevíes –una secta chií de la que se declara partidario aproximadamente un cuarto de la población turca-, desde la izquierda radical y la juventud ecologista hasta facciones de su propio partido, en su mayoría coreando su dimisión. Y lo hacen no sólo desde Estambul, el símbolo histórico y económico del país, que produce la mitad de cuanto se exporta, sino desde decenas de ciudades esparcidas por todo el país.

No es que con ello se tambalee la base electoral del Partido por la Justicia y el Desarrollo (AKP), pero sí es posible que haya empezado a peligrar el liderazgo de Erdogan, desde el momento que la causa magna del descontento que produce –mayor sin duda que los peligros que acechan a una economía lastrada por la crisis de consumo europea y sin apenas valor añadido en su producción- es la deriva autoritaria y religiosa encabezada por su líder, que ha dado con los huesos en la cárcel de buena parte de los opositores a la misma, tendente por un lado a la acumulación de más poder en sus manos y a la imposición de la Sharía en un país constitucionalmente laico, algo con lo que está en desacuerdo incluso la gran mayoría de los miembros de su partido y, desde luego, la mayor parte de la ciudadanía (sólo el 12%, según una reciente encuesta, se declara favorable a su implantación). A lo que han de sumarse las duras repercusiones del conflicto sirio entre los ciudadanos de las zonas fronterizas, habida cuenta de que la zozobra permanente de las mismas a causa de la política gubernamental respecto de su vecino y de la fuerte presencia de refugiados sirios, les constriñe sin tregua a sentirse en una especie de estado de asedio psicológico y material.

Solidaridad internacional con Turquía. Foto: JuanSantiso.blogspot.com

Solidaridad internacional con Turquía. Foto: JuanSantiso.blogspot.com

El problema ahora, naturalmente, es cómo transformar en energía política esa energía social, cómo dar un cauce político a esa protesta social con el propósito de regenerar la vida democrática imponiendo sus principios y valores contra toda tentación cesarista del líder de turno, máxime cuando los partidos de oposición parecen vegetar en una somnolienta melancolía que les convierte en sombras de aquello que deben ser, y cuando entre ellos hay uno, el más nacionalista, de extrema derecha, en el que lo malo del arrebato autocrático de Erdogan es el no compartir ideario. Pero son ellos, como también el propio gobernante desembarazándose si es preciso de su guía, quienes deben interpretar políticamente la lección de democracia impartida por una parte de la ciudadanía.

Sea como fuere, y aunque el destino de Erdogan no aparezca ni mucho menos sellado, su mito sí se ha venido abajo en estos pocos días. Quizá a partir de ahora sea más fácil enjuiciar a quien acaba con sus críticos en las cárceles y evitar sus desmanes; desconfiar de quien tras amenazar verbalmente a Israel por el asesinato de nueve ciudadanos turcos en el Mar de Mármara, denunciando su derecho a defenderse mediante ataques preventivos en aguas internacionales, se contenta luego con una disculpa por parte del gobierno israelí, y cuando ésta llega en forma en forma de disculpa funcional, la da por buena sin más apagando el incendio de su boca con la misma facilidad con la que lo inició; o de quien hizo gala de moralidad y democracia para resaltar el valor del Islam en la arena internacional y luego olvidó una y otra apenas los problemas aparecieron en casa; e incluso sea, a partir de ahora, también más fácil recordar a aquel político que, siendo alcalde de Estambul hizo profesión de fe de encendida musulmanía declarándose partidario de imponer públicamente la Sharía y luego se presentó, ya como Jefe de Estado, como guardián del Estado laico ante sus pares europeos.

Apoyo desde Los Angeles, California. Foto: JuanSansito.blogspot.com

Apoyo desde Los Angeles, California. Foto: JuanSansito.blogspot.com

Quizá, en suma, ahora ganen más crédito quienes desde siempre le acusaron de tener una agenda oculta y de ser la imposición de la ley islámica el secreto de esa agenda. Cuando el año próximo se celebren las presidenciales, el aspirante a sultán deberá para serlo comportarse como tal, reformando la constitución para centralizar aún más el poder y acapararlo en su persona, incluso arrogándose la posibilidad de disolver el parlamento a su antojo. Ocasión tendrán entonces quienes hoy están en la calle de volver a clamar por la democracia con su voto y los partidos por hacerse dignos de ello; para entonces Erdogan ya conocerá que Turquía no es país para un solo hombre, y sus ciudadanos sabrán claramente que será mejor pactar con el diablo que elegir a Erdogan, y es que de todos los moralistas metidos en política el diablo es el único que no se preocupa por ocultar su agenda.

 

*El autor es filósofo español.

 

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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