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Con voz propia

Turquía, ¿un país para un hombre?

El pueblo de Turquía lucha porque se le respete su existencia colectiva y rompe con la imagen mediática de la hegemonía turca bajo liderazgo de Erdogan

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plaza de Taksim

Plaza de Taksim. Foto: Thanassis Stravakis (AP)

Antonio Hermosa Andújar*

¿Quién se lo iba a decir, a Él, nada menos que Erdogan, el omni-presidente de todas las Turquías pasadas y por venir, el redivivo sueño imperial turco hecho persona? ¿Quién le iba a decir a este Erdogan de sí mismo, el semidiós que ha inaugurado su propio culto antes de obligar por decreto a los demás a divinizarlo? ¿Al héroe sobrevenido de aquella lejanísima primavera árabe un día devorada por el invierno musulmán, que pedía la dimisión de Mubarak, que tronaba contra los autócratas autistas de la zona reclamando oídos para la voz de su pueblo clamando contra ellos; que un día se presentó de gira por la zona para hacer campaña por la hegemonía turca, es decir, por su personal liderazgo regional, sin vacilar para ello en renegar de su antigua y sólida alianza con Israel, de la noche a la mañana convertido en Estado terrorista? Sí, ¿quién le iba a augurar que en tan poco tiempo la historia, en una de esas fulgurantes ironías que suele gastarse con los aprendices de tirano, iba a convertir la plaza Tahrir en Plaza Taksim?

El giro vertiginoso de las cosas le pilló impreparado, mas no lo necesitaba porque respira con la cartilla aprendida, de modo que si alguien protesta contra él, y tiene la suerte de no ser periodista, lo que le llevaría ipso facto a la cárcel, o de no ser un intelectual, lo que llevaría a ser tratado como si fuera periodista, y tiene otra suerte más, la de protestar en grupo, se encontrará con una respuesta automática: son unos marginados, tienen deseos inconfesables, son títeres de los advenedizos que los financian, etc. Y con una amenaza: en un plis plas convoco a diez de los míos por cada uno de ellos. Toda una lección de democracia, sin duda, y en concreto de respeto a las minorías.

Occupy Gezi. Foto: EFE

Occupy Gezi. Foto: EFE

Quizá antes de dejar actuar a una boca que (se) dispara sola su mente debería haber buscado un motivo al qué hacía allí ese puñado de “marginados” y, en buen político, consultar con la prudencia si cabía otra respuesta a la dada con su aquiescencia por el alcalde de Estambul azuzando a la policía contra ellos, con esa finura que desde siempre distingue a la policía turca, especialmente cuando divisa en sus propios conciudadanos la amenaza al orden; quizá la prudencia le habría dicho esas verdades elementales que la soberbia no deja oír al soberbio cuando en su mano hay poder y en su poder hubo éxito. Más que nada porque le suele volver los ojos hacia dentro y la realidad adquiere la forma que le prestan sus deseos. La prudencia, sin duda, le habría sugerido reflexionar acerca de si los proyectos faraónicos tienen más razón de ser que la ambición del faraón in pectore por un lado, y la de favorecer la corrupción por otro, sea la propia, la insobornable del nepotismo familiar –es su yerno el dueño del mayor centro comercial de Estambul- o la que compra favores a terceros a cambio de la venta de la dignidad de la política, del honor personal y del respeto a la sociedad.

La prudencia le habría recordado asimismo precedentes en los que una respuesta equivocada es el conjuro por el que la realidad, hasta entonces enmudecida por la fuerza, vuelve a escena con furia renovada. Y los actores, que nunca desaparecen por completo aunque a veces lo parezca, exigen al tirano in nuce responsabilidad política por sus acciones, preludio en ocasiones de la responsabilidad penal (quizá en un día no muy lejano Erdogan tenga que justificar por qué de pronto le han salido tantos ceros a su cuenta corriente, y quizá la excusa de que Alá el dadivoso ha premiado su fe no sea explicación suficiente ante los tribunales, ni siquiera ahora que tan bien domesticados los tiene). Habría podido ahorrarse el descarado espectáculo de hoy –y hasta los dos muertos habidos hasta ahora, cosa no precisamente menor-, en el que el equivalente a muchos grupos respecto del inicial ya no pide que se detenga la desaparición del parque Gezi sino lisa y llanamente su dimisión.

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Enfrentando la represión policia. Foto: EFE

Con todo, es probable que Erdogan hubiera tomado a la prudencia por loca en lugar de prestarle oídos, ya que la arrogancia distorsiona el color de los sonidos y hay un momento en el que la policromía real el arrogante la convierte en monótona. Le habría contrapuesto las esperanzas libertarias que despertó su irrupción en la escena turca tras su paso por la alcaldía de Estambul, el ocaso de la herencia kemalista –salvo por lo del feroz nacionalismo frente al pasado, que comparten-, los pinitos en la modernización turca, la lejana aproximación a Europa, el progreso económico; e, incluso, a día de hoy, la caída de uno de los tabúes de ese pasado innombrable con el inicio de conversaciones con representantes kurdos, bien que con la obligación de desentenderse por completo del genocidio armenio, etc. Su reacción, además, demuestra que es un político al uso en países sin tradición democrática, de los que creen que la democracia empieza donde termina, esto es, en las elecciones, y Erdogan habría podido recordarle a tan noble dama que él ha ganado tres de fila, cada una con un porcentaje de votos superior al anterior: ¡sólo un gran sujeto detrás del gran político habría conseguido no morir de éxito ante un currículo así en un contexto como ése!… y Erdogan, con su erdoganitis crónica, no es de ésos.

Ahora tiene enfrente a decenas de miles de individuos pertenecientes a diversas clases y sectores sociales, desde intelectuales y alumnos hasta las minorías religiosas islámicas, como la de los alevíes –una secta chií de la que se declara partidario aproximadamente un cuarto de la población turca-, desde la izquierda radical y la juventud ecologista hasta facciones de su propio partido, en su mayoría coreando su dimisión. Y lo hacen no sólo desde Estambul, el símbolo histórico y económico del país, que produce la mitad de cuanto se exporta, sino desde decenas de ciudades esparcidas por todo el país.

No es que con ello se tambalee la base electoral del Partido por la Justicia y el Desarrollo (AKP), pero sí es posible que haya empezado a peligrar el liderazgo de Erdogan, desde el momento que la causa magna del descontento que produce –mayor sin duda que los peligros que acechan a una economía lastrada por la crisis de consumo europea y sin apenas valor añadido en su producción- es la deriva autoritaria y religiosa encabezada por su líder, que ha dado con los huesos en la cárcel de buena parte de los opositores a la misma, tendente por un lado a la acumulación de más poder en sus manos y a la imposición de la Sharía en un país constitucionalmente laico, algo con lo que está en desacuerdo incluso la gran mayoría de los miembros de su partido y, desde luego, la mayor parte de la ciudadanía (sólo el 12%, según una reciente encuesta, se declara favorable a su implantación). A lo que han de sumarse las duras repercusiones del conflicto sirio entre los ciudadanos de las zonas fronterizas, habida cuenta de que la zozobra permanente de las mismas a causa de la política gubernamental respecto de su vecino y de la fuerte presencia de refugiados sirios, les constriñe sin tregua a sentirse en una especie de estado de asedio psicológico y material.

Solidaridad internacional con Turquía. Foto: JuanSantiso.blogspot.com

Solidaridad internacional con Turquía. Foto: JuanSantiso.blogspot.com

El problema ahora, naturalmente, es cómo transformar en energía política esa energía social, cómo dar un cauce político a esa protesta social con el propósito de regenerar la vida democrática imponiendo sus principios y valores contra toda tentación cesarista del líder de turno, máxime cuando los partidos de oposición parecen vegetar en una somnolienta melancolía que les convierte en sombras de aquello que deben ser, y cuando entre ellos hay uno, el más nacionalista, de extrema derecha, en el que lo malo del arrebato autocrático de Erdogan es el no compartir ideario. Pero son ellos, como también el propio gobernante desembarazándose si es preciso de su guía, quienes deben interpretar políticamente la lección de democracia impartida por una parte de la ciudadanía.

Sea como fuere, y aunque el destino de Erdogan no aparezca ni mucho menos sellado, su mito sí se ha venido abajo en estos pocos días. Quizá a partir de ahora sea más fácil enjuiciar a quien acaba con sus críticos en las cárceles y evitar sus desmanes; desconfiar de quien tras amenazar verbalmente a Israel por el asesinato de nueve ciudadanos turcos en el Mar de Mármara, denunciando su derecho a defenderse mediante ataques preventivos en aguas internacionales, se contenta luego con una disculpa por parte del gobierno israelí, y cuando ésta llega en forma en forma de disculpa funcional, la da por buena sin más apagando el incendio de su boca con la misma facilidad con la que lo inició; o de quien hizo gala de moralidad y democracia para resaltar el valor del Islam en la arena internacional y luego olvidó una y otra apenas los problemas aparecieron en casa; e incluso sea, a partir de ahora, también más fácil recordar a aquel político que, siendo alcalde de Estambul hizo profesión de fe de encendida musulmanía declarándose partidario de imponer públicamente la Sharía y luego se presentó, ya como Jefe de Estado, como guardián del Estado laico ante sus pares europeos.

Apoyo desde Los Angeles, California. Foto: JuanSansito.blogspot.com

Apoyo desde Los Angeles, California. Foto: JuanSansito.blogspot.com

Quizá, en suma, ahora ganen más crédito quienes desde siempre le acusaron de tener una agenda oculta y de ser la imposición de la ley islámica el secreto de esa agenda. Cuando el año próximo se celebren las presidenciales, el aspirante a sultán deberá para serlo comportarse como tal, reformando la constitución para centralizar aún más el poder y acapararlo en su persona, incluso arrogándose la posibilidad de disolver el parlamento a su antojo. Ocasión tendrán entonces quienes hoy están en la calle de volver a clamar por la democracia con su voto y los partidos por hacerse dignos de ello; para entonces Erdogan ya conocerá que Turquía no es país para un solo hombre, y sus ciudadanos sabrán claramente que será mejor pactar con el diablo que elegir a Erdogan, y es que de todos los moralistas metidos en política el diablo es el único que no se preocupa por ocultar su agenda.

 

*El autor es filósofo español.

 

Con voz propia

Andrés Manuel López Obrador, analfabetismo en Comunicación y las nuevas autodefensas.

Ramses Ancira

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Diario de un Reportero

Ramsés Ancira

La definición clásica de Comunicación es un intercambio de mensajes entre un emisor y un receptor. Con una conferencia diaria de más de dos horas parecería que Andrés Manuel López Obrador sería un excelente comunicador, pero como sólo habla y no escucha, en realidad es el peor, al menos desde que este reportero tiene memoria; y no es una memoria corta, porque he cubierto ocasional o con cierta permanencia las administraciones desde José López Portillo hasta Enrique Peña Nieto, e incluso ésta.

Incluso cuando el PRI mataba periodistas, como sucedió con Manuel Buendía, (cien por ciento un crimen de Estado) yo tenía una estrategia que nunca me fallaba: cuando acreditación en mano el Estado Mayor Presidencial no me dejaba pasar a un evento, quizá porque me habían comisionado de último momento o no era el reportero de la fuente, yo me ponía a gritar “¡Están agrediendo a la prensa! Evitar escándalos era prioritario, así que como mí única arma visible era mi gafete de periodista, siempre acababan cediéndome el paso, con tal de que me callara.

La ocasión más reciente fue con Enrique Peña Nieto, en un evento en Los Pinos al que me pidieron acudir como corresponsal de Hispan TV. Si el lector me juzga un irrespetuoso de la autoridad o un abusivo del “cuarto poder”, está en todo su derecho, pero se lo cuento tal como ocurrió.

Estaba alzando la voz cuando llegó el entonces gobernador de Guerrero, René Juárez Cisneros y me llamó a la tolerancia. Yo estaba tan enojado que no sé exactamente lo que le contesté, pero fue algo así como que a nadie le interesaba lo que dijera el presidente y que yo estaba ahí para cubrir una orden y no por gusto. Finalmente pasé.

En otras dos ocasiones, cuando Andrés Manuel López Obrador estaba en su segunda campaña presidencial me pidieron solicitarle una entrevista exclusiva. La primera vez en un evento en Coyoacán, su jefe de prensa, César Yáñez, al que conocía desde que López Obrador era jefe de gobierno de la Ciudad de México, me invitó a acercarme personalmente a pedírsela.

Como el entonces candidato estaba sentado en primera fila en un evento de proselitismo, cuando me le acerqué de frente para hablar con él, noté que tapaba la visión de las personas que se encontraban en las sillas de atrás, así que me puse en cuclillas. De inmediato López Obrador me extendió el brazo para ayudarme a levantar y pidió que me cedieran una silla junto a él. “Póngase de acuerdo con César” me dijo amable, pero pasaron meses sin que recibiera respuesta.

Finalmente, un día me llamó César Yáñez para decirme que había una oportunidad durante una gira por Puebla y Veracruz. Lo perseguí todo el día en carreteras y mítines, pero siempre se retrasaba en sus actos de campaña y salía corriendo al siguiente. Esa noche mi equipo de producción y yo pernoctamos en el puerto y seguimos yendo a enormes mítines sin poder hablar con él. Finalmente, mi asistente, jugándose la vida al volante condujo al aeropuerto de Veracruz.

Mi camarógrafo y yo lo sorprendimos al bajar de su auto en carril de descenso y mientras salía su avión, él y su entonces compañero Dante Delgado me concedieron la anhelada exclusiva.

¡Ah, pero ése era otro López Obrador y no el más presidencialista de los presidentes que ha tenido México en el último medio siglo!

Todos estos antecedentes vienen a cuento porque el empresario y activista de Quintana Roo Carlos Mimenza Novelo dijo en una conferencia de prensa celebrada el 28 de octubre,  (ignorada por casi todos los grandes medios de información)  que está cansado de mandarle a Jesús Ramírez Cuevas, vocero de López Obrador, información sobre los asesinatos y desapariciones que ocurren a diario en su estado, detrás de los cuáles se encuentra la policía, misma que fue integrada con  el cártel morelense de Los Rojos y  ataviada con uniformes, por lo que ahora pueden secuestrar, violar y matar, con placas y toletes que les proporciona el mismo gobierno estatal.

El actual gobernador de Quintana Roo, Carlos Manuel Joaquín González, medio hermano del ex secretario de Energía, de Enrique Peña Nieto, y ex presidente del PRI, Pedro Joaquín Cadwell.

Mimenza Novelo dice que Joaquín González es “asesino, extorsionador e invasor de terrenos, involucrado con el narco”, y las pruebas fueron entregadas tanto a Alfonso Durazo, Secretario de Seguridad Pública (actualmente en fuga para convertirse en candidato a la gubernatura de Sonora) como a Jesús Ramírez Cuevas, vocero del presidente Andrés Manuel López Obrador, por lo que es imposible que el presidente las ignore.

El empresario es también activista por los derechos humanos, sostiene una fundación para la atención de niñas violadas y sujetas al comercio sexual, situación en la que, según Mimenza, Quintana Roo ocupa el primer lugar nacional.

Entre muchas acusaciones, asegura que una persona de Tulum, llamada Héctor Valdez fue amenazado de muerte por el gobernador, y luego golpeado policía enfrente del director de Seguridad Pública de Quintana Roo, Alberto Capella.

En ese estado todos los días se padecen extorsiones, secuestros y desapariciones forzadas, pero no se habla de esto porque los medios “están siendo callados a punta de billetazos”, dijo Mimenza, quien agregó que el 95 por ciento de los informativos locales están al servicio del gobernador” y los medios nacionales tampoco atienden el problema.

El cobro de piso a los empresarios y los pequeños comerciantes, dice el empresario y activista, es realizado en su mayoría por gente de Seguridad Pública de Quintana Roo.

Capella, agrega el denunciante, llegó al estado precedido de acusaciones de corrupción en Tijuana y Morelos. El propio gobernador de este estado, Cuauhtémoc Blanco, le advirtió a Carlos Manuel Joaquín los riesgos de darle ese puesto. Sus advertencias fueron desoídas.

Como consecuencia Capella importó de Morelos a integrantes de la organización delictiva “Los Rojos”, involucrada en la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, y los vistió de policías que se dedican al secuestro, entre otros del comisario ejidal de Playa del Carmen por quien pidieron un cuantioso rescate.

Según el denunciante, también ha llegado a Quintana Roo, desde la Ciudad de México, la banda criminal llamada Unión Tepito. Además, acusó al gobernador de tener como secretario particular a Óscar Montes de Oca, quien antes fue Secretario de Turismo y despojó de sus tierras a varias personas en Tulum, acusándolos falsamente de distintos delitos, que los mantienen en la cárcel.

Tulum, será una de las estaciones más representativas del Tren Maya, por lo que algunos de los principales beneficiarios serán los que inventaron falsos culpables, para apoderarse de sus tierras.

Toda esta información le ha sido proporcionada a López Obrador, sin que se haya actuado al respecto durante más de dos años. De manera que hace dos semanas decidieron formar un grupo de autodefensas en Tulum, que ya tuvo su primer éxito, la captura de un falso guardia nacional que se dedicaba al cobro de piso.

Si el presidente López Obrador no hace nada para detener los delitos atribuidos al gobernador y a su secretario de Seguridad Pública, varios empresarios, que ya antes habían apoyado al doctor José Manuel Mireles en Michoacán, están dispuestos a financiar autodefensas en los once municipios de Quintana Roo.

Así que además de los gobernadores del PRD, PAN, Movimiento Ciudadano y el independiente de Nuevo León, quienes integran la alianza federalista, mayoritariamente en el Norte del país, el presidente tendrá que sumar la inconformidad de empresarios organizados en el sureste, indignados por las mujeres violadas y las personas despojadas de sus tierras, que además de tener que pagar para que les reciban denuncias en el Ministerio Público, no tienen seguimiento de sus demandas.

¿Se acordará el presidente López Obrador que, en 1847, Zacatecas, ¿uno de los estados con más recursos económicos y militares se negó a participar en la defensa de la Nación durante la invasión de Estados Unidos?

Hoy el gobernador de Durango dice que: “El diálogo deberá ser el único instrumento que nos ayude a resolver puntos de vista distintos. Coincidimos en que a México y a nuestra entidad les vaya mejor. Confiamos en la sensibilidad del presidente”.

El problema es que para dialogar se necesitan al menos dos; pero como el nuevo personaje de López Obrador solo sabe hablar, y no escuchar, porque, según él, solo se trata de maniobras electoreras, los ciudadanos tenemos que rezar para que “sus datos” sean ciertos y   la 4a transformación no consista en una nueva fragmentación, como empezó sucediéndonos  con Texas, antes de perder dos millones de kilómetros cuadrados que hoy ocupan California, Nevada, Utah y Nuevo México.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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