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Con voz propia

Territorio libre o la muerte de estereotipos

Los estereotipos del sistema capitalista que han desaparecido en las comunidades zapatistas. Una entrega del periodista y escritor Vinicio Chaparro.

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Mural Zapatista Foto: Comunidad Caracol La Garrucha

Por Vinicio Chaparro

Introducción

Querido Diario:

A ti no te puedo mentir. Me mentiría a mí mismo. Tendré que ser sincero. Algo ha cambiado dentro de mí. Quiero confesaros que este día han muerto muchos estereotipos en mi pobre corazón. Tengo que hacer ahora un acto de constricción (creo que así se dice). La posición de Loto me agotó. No quiero volver a decir Oooooohmmmmm, en mi vida. Las críticas estuvieron salvajes. Pareciera que la gente no tiene sentido del humor. Y, por supuesto, lo había advertido, al imaginar a los raramuris en el poder algunos cerebros tronaron como palomitas de maíz, y me llenaron de heces fecales. Pareciera que tengo destino de palo de gallinero, ya lo había comentado. Bueno, a ti, querido diario, no te puedo engañar. A veces, te confieso que no se quién soy, entre investigador y reportero, ando hecho un desastre. Es un severo conflicto de identidad.

Además, no sé bien cómo definir lo qué es un estereotipo, excepto el de la muñeca Barby, como el estereotipo de la belleza occidental, de la mujer hermosa. Güera, esbelta, estilizada a más no poder, (o sea que, según este estereotipo, a las gordas ya se las llevó San Judas Iztafiate, ya nomás Botero las quiere). Pero en realidad, no sé que fregados es un estereotipo y, a pesar de ello, han muerto muchos de ellos en mi mente. Un reportero tiene que tener un corazón sensible, si no, sería rápidamente sustituido por una computadora. Eso humano es lo que le da sabor al caldo. Lo demás es pura estadística de porquería.

Lo peor de todo este despanzurradero de estereotipos es uno que tenía clavado en mi corazón. La muerte del que me decía que sólo los blancos podían gobernar. Lo ví, me consta. Los indios pueden gobernar y tratar de construir una sociedad mejor, ¿los blancos?, los blancos, con su gobierno sólo han resquebrajado la ética de los mexicanos acostumbrándonos a vivir en medio de la corrupción. Los actos de corrupción de los funcionarios son cosa de todos los días, por donde quiera que se le pique brota excremento. La cuestión es entonces preguntarnos, ¿pueden los indios gobernar mejor que los mestizos? El zapatismo está probando que sí. Que otro México es posible. La cuestión es ética.

Bueno, pero te dejo, tengo que escribir un artículo para Los Ángeles Press, el diario más fregón de toda la pradera. ¿Dónde más podrían publicar estas idioteces? Tengo que aprovechar, antes de que “me den aire”.

Ay tamos querido diario.

Atentamente Cherloque Jolmes,

en algún lugar de la Selva Lacandona.

 Empieza el artículo.

Niños zapatistas Foto: Comunidad Caracol La Garrucha

De cómo empezaron a morir los estereotipos

Cuántas distracciones. ¿Dónde nos quedamos? Creo que nos quedamos en cuando unas cabecitas greñudas se asomaron entre una nube de humo y nos hablaron a comer y que, al fin, pudimos esconder nuestros calcetines. Olían horrible, tuvimos que ponerlos en una bolsa de plástico bien amarrada o amenazaban con convertir a nuestras tiendas de campaña en una cámara de cianuro, excepto Jimmy que había tenido que lavar previamente su ropa, hasta se atrevió a ponerlos a secar encima de una tienda.

Luego nos dirigimos a la cocina. Era un salón enorme. Con un fogón. Eso llamó poderosamente mi atención (verso sin esfuerzo). Había que hacer una enorme investigación (otro verso) sobre los fogones. Entendí porqué las cabecitas greñudas aparecieron entre una nube de humo.

La comida estuvo deliciosa (seguro que me están oyendo las cabecitas greñudas, debo ser cortés). Terminamos y entre pláticas y bromas lavamos los enseres.

Salimos de la cocina, “Después de un taco…”, dijo el General Ányol, y departimos la neblinosa tarde alegremente. La selva a nuestro alrededor era increíble. Conversamos con toda lucidez. Nos acababa de caer el veinte de que estábamos en un territorio libre.

Entonces, como estábamos en territorio libre, podríamos pensar libremente. Era como estar en Cuba. En territorio rebelde al capitalismo. No era cualquier cosa. Habíamos de platicar cosas importantes. Era ocioso hablar de mujeres, aunque a duras penas reprimimos nuestros impulsos cuando pasaron las argentinas, y sin el piquetero mayor. Hicimos pausa y seguimos departiendo nuestros primitivos conocimientos. Éramos como neanderthales tratando de hablar de física cuántica y de agujeros negros. Pero, de pronto se incorporó El Dany, el mejor antropólogo de La Karakola, (claro, era el único) y nos habló de los fogones y de la situación de pobreza en que viven todos los indígenas del sureste, no sólo de Chiapas. Nos dio una verdadera cátedra de los fogones. Se enfocaba en hacernos entender que los indígenas vivían todos así. Que difícilmente podríamos ver una estufa, un refrigerador y un piso de cemento en todo el sureste o en cualquier lugar indígena del territorio nacional. Que el país había sido diseñado para dejarlos afuera. Se dejó caer el muchacho y nos dejó patinando en la arena, otra vez.

Entendimos y teorizamos sobre las razones del levantamiento zapatista. En que la exclusión, la discriminación, la falta de justicia y las terribles condiciones en que vivían los indígenas le daban fundamento al levantamiento. Después de 17 años, las demandas del zapatismo seguían sin ser resueltas. La situación de marginación de todos los pobres, no sólo de los indígenas, seguían empujando al país a una olla de vapor. Los discursos de los gobernantes seguían siendo sólo eso, discursos. Las condiciones en que vivían los indígenas seguían siendo las mismas que cuando gobernaba Salinitas El Orejón (y hasta cuando lo hacía Bomberito Juárez). O sea que, al igual que en 1994, los zapatistas seguían teniendo razón en decir: Ya basta. Las cosas no habían cambiado, excepto que en todo ese tiempo, ellos, al igual que los charlies de Vietnam, construían túneles por debajo de la tierra. Los zapatistas habían construido sus cabezas de playa, su invasión ética, con tanta pulcritud que sentaban un precedente de cómo debía ser el país y para demostrar que su propuesta de “Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”, era viable y éticamente superior al país de la mentira y el engaño que estábamos heredando a nuestros hijos.

Reglas de la comunidad zapatista

Decidimos analizar un poco el efecto mediático del zapatismo. No puede ser que todo mundo crea que este asunto ya se resolvió. Que fue sólo una llamarada de petate. Pero, preguntaba Javier, con su enorme sensibilidad, –¿Realmente estaba muerto el zapatismo ya?

De eso se trataba este increíble viaje. Pobre Watson, se la perdió.

Pero no comáis ansias. Falta lo bueno. No os he contado que en La Garrucha sólo estaríamos unos días, deben saber que la caravana de La Karakola había agendado previamente y con toda oportunidad su participación en un Simposio, Foro o Congreso muy, muy importante en La Universidad de la Tierra en San Cristóbal de Los Chantes, con la participación de Boenaventura de Souza, Luis Villoro, Pablo González Casanova, representantes de Cherán, Michoacán, estarían los wixaricas en su lucha eterna por sus tierras sagradas y otros muchos participantes de varias partes de América que, si los menciono a todos, se acaba el reporte.

Los luchadores del mundo, los intelectuales de la lucha contra la globalización y un titipuchal de gente de todas partes: antropólogos, sociólogos, luchadores sociales, activistas (que es lo mismo) y muchos, muchos periodistas, reunirían sus pensamientos para interpretar el significado conceptual y dialéctico del zapatismo y de las luchas sociales en otras partes del planeta. Filosofía pura, pues. O sea que se iban a juntar muchos charlies de varias partes del mundo, de esos que les platiqué, los que querían a toda costa impedir que aterrizaran cómodamente los helicópteros del capitalismo. Esos meros. Pero en montón.

La División fue aleccionada sobre ese encuentro con toda precisión por Gema y sus ojotes de sol, (del resto de Gema ni les platico por que se enamoran), esa fue la plática de la noche en el campamento de La División.

En otra esquina de la cancha se acomodaron las argentinas, a instancias del piquetero mayor, y empezaron a juntar a alguna gente y a hablar de política y, curiosamente, de zapatismo. Se tomaban las cosas con tanta seriedad que parecían organizar unos tremendos piquetes de hojarasca al capitalismo. Claro, eran piqueteros y, con ellos, el capitalismo tendría que andar con las nalguitas pegaditas a la pared. En misión cigarrera, pasé por ahí. Al notar mi presencia, bajaron la voz. Solo se escuchaban los tremendos sorbetones de mate, (pichi Ché, si hubiera sido así de clandestino no lo habrían descubierto en Bolivia). Esos argentinos se tomaban la lucha con mucha responsabilidad. Tan mala imagen que nos ha dado Televisa de ellos y ellos tan luchadores. Los admiré, pero… no me gustó el mate cuando Miranda me ofreció una chupada, de mate, aclaro. Lo tomaban sin azúcar y era amargo. Yo pasaba a comprar unos cigarros a la tienda del caracol pero ahí, en una esquina de la cancha, murió otro estereotipo, el de los argentinos mamones. No todos eran igual. Después de todo El Ché era argentino y Miranda, ay Miranda…, en eso volteé al campamento y el General Ányol continuaba su labor de observación con unos ojotes más grandes que los de Gema y acariciaba su barba nostradámica como queriendo tirar trancazos.

–Represor–, pensé, y me alejé.

Luego me dirigí a la tienda y compré unos cigarros Sheriff, de esos piratas que andan por ahí (en cada pequeña tienda del país) y cuando pregunté que cuanto era, me contesta el encargado, –Diez pesos–, y me fui para atrás. No podía ser, en todo Chihuahua no había encontrado esos cigarros piratas en menos de 20 pesos (US 1.50 dlls). Ahí murió otro estereotipo. El del Capitalismo. Los zapatistas no intentaban obtener ganancia de su tienda, sino brindar un servicio. Eso significaba que en todas las otras tiendas del país aquellos cigarros les significaban una ganancia de más de la mitad del precio original. Y eso, la ganancia, era el motor del capitalismo. Puede parecer un detalle insignificante pero eso indicaba que la lucha del zapatismo contra el capitalismo era real y en ese momento se murió también el estereotipo del Tío Rico Mc Pato. Cargóselo la desgracia. O sea que, unos pinches cigarros corrientes que provocaban dolor de cabeza, de diez pesos, me mostraron que sí hay otra forma de organizar al mundo. Sentí que podía ganar el premio Nobel de Economía con ese descubrimiento pero cuando se lo platiqué al General Ányol, éste solo me dijo, -No mame, mi Vini, hablemos de cosas serias-. Y olvidé el Nobel, pero, total, se murió otro estereotipo. Eso ni El Yeneral lo podría evitar.

Me acordé de mis clases de dialéctica, en especial de aquella ley que hablaba del desarrollo de la sociedad y… aquella matazón de estereotipos me convenció de que esas leyes se cumplían estrictamente en la sociedad actual, (claro, eran leyes), y todo aquello pareciera ser sólo el regreso del comunismo primitivo, el de los indios, pero con rifles 22.

(Y con Internet, que es lo peor).

Vinicio Chaparro

Enviado especial de Proyecto Nedni.

 

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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