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Con voz propia

Territorio libre o la muerte de estereotipos

Los estereotipos del sistema capitalista que han desaparecido en las comunidades zapatistas. Una entrega del periodista y escritor Vinicio Chaparro.

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Mural Zapatista Foto: Comunidad Caracol La Garrucha

Por Vinicio Chaparro

Introducción

Querido Diario:

A ti no te puedo mentir. Me mentiría a mí mismo. Tendré que ser sincero. Algo ha cambiado dentro de mí. Quiero confesaros que este día han muerto muchos estereotipos en mi pobre corazón. Tengo que hacer ahora un acto de constricción (creo que así se dice). La posición de Loto me agotó. No quiero volver a decir Oooooohmmmmm, en mi vida. Las críticas estuvieron salvajes. Pareciera que la gente no tiene sentido del humor. Y, por supuesto, lo había advertido, al imaginar a los raramuris en el poder algunos cerebros tronaron como palomitas de maíz, y me llenaron de heces fecales. Pareciera que tengo destino de palo de gallinero, ya lo había comentado. Bueno, a ti, querido diario, no te puedo engañar. A veces, te confieso que no se quién soy, entre investigador y reportero, ando hecho un desastre. Es un severo conflicto de identidad.

Además, no sé bien cómo definir lo qué es un estereotipo, excepto el de la muñeca Barby, como el estereotipo de la belleza occidental, de la mujer hermosa. Güera, esbelta, estilizada a más no poder, (o sea que, según este estereotipo, a las gordas ya se las llevó San Judas Iztafiate, ya nomás Botero las quiere). Pero en realidad, no sé que fregados es un estereotipo y, a pesar de ello, han muerto muchos de ellos en mi mente. Un reportero tiene que tener un corazón sensible, si no, sería rápidamente sustituido por una computadora. Eso humano es lo que le da sabor al caldo. Lo demás es pura estadística de porquería.

Lo peor de todo este despanzurradero de estereotipos es uno que tenía clavado en mi corazón. La muerte del que me decía que sólo los blancos podían gobernar. Lo ví, me consta. Los indios pueden gobernar y tratar de construir una sociedad mejor, ¿los blancos?, los blancos, con su gobierno sólo han resquebrajado la ética de los mexicanos acostumbrándonos a vivir en medio de la corrupción. Los actos de corrupción de los funcionarios son cosa de todos los días, por donde quiera que se le pique brota excremento. La cuestión es entonces preguntarnos, ¿pueden los indios gobernar mejor que los mestizos? El zapatismo está probando que sí. Que otro México es posible. La cuestión es ética.

Bueno, pero te dejo, tengo que escribir un artículo para Los Ángeles Press, el diario más fregón de toda la pradera. ¿Dónde más podrían publicar estas idioteces? Tengo que aprovechar, antes de que “me den aire”.

Ay tamos querido diario.

Atentamente Cherloque Jolmes,

en algún lugar de la Selva Lacandona.

 Empieza el artículo.

Niños zapatistas Foto: Comunidad Caracol La Garrucha

De cómo empezaron a morir los estereotipos

Cuántas distracciones. ¿Dónde nos quedamos? Creo que nos quedamos en cuando unas cabecitas greñudas se asomaron entre una nube de humo y nos hablaron a comer y que, al fin, pudimos esconder nuestros calcetines. Olían horrible, tuvimos que ponerlos en una bolsa de plástico bien amarrada o amenazaban con convertir a nuestras tiendas de campaña en una cámara de cianuro, excepto Jimmy que había tenido que lavar previamente su ropa, hasta se atrevió a ponerlos a secar encima de una tienda.

Luego nos dirigimos a la cocina. Era un salón enorme. Con un fogón. Eso llamó poderosamente mi atención (verso sin esfuerzo). Había que hacer una enorme investigación (otro verso) sobre los fogones. Entendí porqué las cabecitas greñudas aparecieron entre una nube de humo.

La comida estuvo deliciosa (seguro que me están oyendo las cabecitas greñudas, debo ser cortés). Terminamos y entre pláticas y bromas lavamos los enseres.

Salimos de la cocina, “Después de un taco…”, dijo el General Ányol, y departimos la neblinosa tarde alegremente. La selva a nuestro alrededor era increíble. Conversamos con toda lucidez. Nos acababa de caer el veinte de que estábamos en un territorio libre.

Entonces, como estábamos en territorio libre, podríamos pensar libremente. Era como estar en Cuba. En territorio rebelde al capitalismo. No era cualquier cosa. Habíamos de platicar cosas importantes. Era ocioso hablar de mujeres, aunque a duras penas reprimimos nuestros impulsos cuando pasaron las argentinas, y sin el piquetero mayor. Hicimos pausa y seguimos departiendo nuestros primitivos conocimientos. Éramos como neanderthales tratando de hablar de física cuántica y de agujeros negros. Pero, de pronto se incorporó El Dany, el mejor antropólogo de La Karakola, (claro, era el único) y nos habló de los fogones y de la situación de pobreza en que viven todos los indígenas del sureste, no sólo de Chiapas. Nos dio una verdadera cátedra de los fogones. Se enfocaba en hacernos entender que los indígenas vivían todos así. Que difícilmente podríamos ver una estufa, un refrigerador y un piso de cemento en todo el sureste o en cualquier lugar indígena del territorio nacional. Que el país había sido diseñado para dejarlos afuera. Se dejó caer el muchacho y nos dejó patinando en la arena, otra vez.

Entendimos y teorizamos sobre las razones del levantamiento zapatista. En que la exclusión, la discriminación, la falta de justicia y las terribles condiciones en que vivían los indígenas le daban fundamento al levantamiento. Después de 17 años, las demandas del zapatismo seguían sin ser resueltas. La situación de marginación de todos los pobres, no sólo de los indígenas, seguían empujando al país a una olla de vapor. Los discursos de los gobernantes seguían siendo sólo eso, discursos. Las condiciones en que vivían los indígenas seguían siendo las mismas que cuando gobernaba Salinitas El Orejón (y hasta cuando lo hacía Bomberito Juárez). O sea que, al igual que en 1994, los zapatistas seguían teniendo razón en decir: Ya basta. Las cosas no habían cambiado, excepto que en todo ese tiempo, ellos, al igual que los charlies de Vietnam, construían túneles por debajo de la tierra. Los zapatistas habían construido sus cabezas de playa, su invasión ética, con tanta pulcritud que sentaban un precedente de cómo debía ser el país y para demostrar que su propuesta de “Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece”, era viable y éticamente superior al país de la mentira y el engaño que estábamos heredando a nuestros hijos.

Reglas de la comunidad zapatista

Decidimos analizar un poco el efecto mediático del zapatismo. No puede ser que todo mundo crea que este asunto ya se resolvió. Que fue sólo una llamarada de petate. Pero, preguntaba Javier, con su enorme sensibilidad, –¿Realmente estaba muerto el zapatismo ya?

De eso se trataba este increíble viaje. Pobre Watson, se la perdió.

Pero no comáis ansias. Falta lo bueno. No os he contado que en La Garrucha sólo estaríamos unos días, deben saber que la caravana de La Karakola había agendado previamente y con toda oportunidad su participación en un Simposio, Foro o Congreso muy, muy importante en La Universidad de la Tierra en San Cristóbal de Los Chantes, con la participación de Boenaventura de Souza, Luis Villoro, Pablo González Casanova, representantes de Cherán, Michoacán, estarían los wixaricas en su lucha eterna por sus tierras sagradas y otros muchos participantes de varias partes de América que, si los menciono a todos, se acaba el reporte.

Los luchadores del mundo, los intelectuales de la lucha contra la globalización y un titipuchal de gente de todas partes: antropólogos, sociólogos, luchadores sociales, activistas (que es lo mismo) y muchos, muchos periodistas, reunirían sus pensamientos para interpretar el significado conceptual y dialéctico del zapatismo y de las luchas sociales en otras partes del planeta. Filosofía pura, pues. O sea que se iban a juntar muchos charlies de varias partes del mundo, de esos que les platiqué, los que querían a toda costa impedir que aterrizaran cómodamente los helicópteros del capitalismo. Esos meros. Pero en montón.

La División fue aleccionada sobre ese encuentro con toda precisión por Gema y sus ojotes de sol, (del resto de Gema ni les platico por que se enamoran), esa fue la plática de la noche en el campamento de La División.

En otra esquina de la cancha se acomodaron las argentinas, a instancias del piquetero mayor, y empezaron a juntar a alguna gente y a hablar de política y, curiosamente, de zapatismo. Se tomaban las cosas con tanta seriedad que parecían organizar unos tremendos piquetes de hojarasca al capitalismo. Claro, eran piqueteros y, con ellos, el capitalismo tendría que andar con las nalguitas pegaditas a la pared. En misión cigarrera, pasé por ahí. Al notar mi presencia, bajaron la voz. Solo se escuchaban los tremendos sorbetones de mate, (pichi Ché, si hubiera sido así de clandestino no lo habrían descubierto en Bolivia). Esos argentinos se tomaban la lucha con mucha responsabilidad. Tan mala imagen que nos ha dado Televisa de ellos y ellos tan luchadores. Los admiré, pero… no me gustó el mate cuando Miranda me ofreció una chupada, de mate, aclaro. Lo tomaban sin azúcar y era amargo. Yo pasaba a comprar unos cigarros a la tienda del caracol pero ahí, en una esquina de la cancha, murió otro estereotipo, el de los argentinos mamones. No todos eran igual. Después de todo El Ché era argentino y Miranda, ay Miranda…, en eso volteé al campamento y el General Ányol continuaba su labor de observación con unos ojotes más grandes que los de Gema y acariciaba su barba nostradámica como queriendo tirar trancazos.

–Represor–, pensé, y me alejé.

Luego me dirigí a la tienda y compré unos cigarros Sheriff, de esos piratas que andan por ahí (en cada pequeña tienda del país) y cuando pregunté que cuanto era, me contesta el encargado, –Diez pesos–, y me fui para atrás. No podía ser, en todo Chihuahua no había encontrado esos cigarros piratas en menos de 20 pesos (US 1.50 dlls). Ahí murió otro estereotipo. El del Capitalismo. Los zapatistas no intentaban obtener ganancia de su tienda, sino brindar un servicio. Eso significaba que en todas las otras tiendas del país aquellos cigarros les significaban una ganancia de más de la mitad del precio original. Y eso, la ganancia, era el motor del capitalismo. Puede parecer un detalle insignificante pero eso indicaba que la lucha del zapatismo contra el capitalismo era real y en ese momento se murió también el estereotipo del Tío Rico Mc Pato. Cargóselo la desgracia. O sea que, unos pinches cigarros corrientes que provocaban dolor de cabeza, de diez pesos, me mostraron que sí hay otra forma de organizar al mundo. Sentí que podía ganar el premio Nobel de Economía con ese descubrimiento pero cuando se lo platiqué al General Ányol, éste solo me dijo, -No mame, mi Vini, hablemos de cosas serias-. Y olvidé el Nobel, pero, total, se murió otro estereotipo. Eso ni El Yeneral lo podría evitar.

Me acordé de mis clases de dialéctica, en especial de aquella ley que hablaba del desarrollo de la sociedad y… aquella matazón de estereotipos me convenció de que esas leyes se cumplían estrictamente en la sociedad actual, (claro, eran leyes), y todo aquello pareciera ser sólo el regreso del comunismo primitivo, el de los indios, pero con rifles 22.

(Y con Internet, que es lo peor).

Vinicio Chaparro

Enviado especial de Proyecto Nedni.

 

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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