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Teresa De Villa Mijares, mujer con sangre de revolución

La revolución mexicana dejó sembradas miles de historias que la hicieron posible, y ése fue el caso de Teresa De Villa MIjares en Culiacán, Sinaloa

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Teresa Villa Mijares, la mujer que peleó por la vida de su esposo en revolución. Foto: especial

Teresa De Villa Mijares, la mujer que peleó por la vida de su esposo en revolución. Foto: especial

Miguel Alonso Rivera Bojórquez*

Primera Parte

Eran las cinco de una tarde gris y somnolienta del año de 1892. Temporada de lluvias en Culiacán y todo parecía tranquilo. Teresita De Villa Mijares, con el encanto de sus 18 años, se asomaba por la ventana de su recámara. La casa de sus padres Justo De Villa y Delfina Mijares se ubicaba por las calles de “La Libertad”, atrás del antiguo Palacio de Gobierno.

En un momento, Teresita vuelve la vista hacia el interior de la recámara, para fijarla en un tabernáculo donde se ostenta la imagen de un Corazón de Jesús. Le sorprende ver que sobre la imagen del santo, gira de un lado a otro, un punto de luz. Transcurren algunos segundos y ella continúa absorta, de manera hipnótica, sigue el punto de luz. De pronto, su cuerpo es violentamente sacudido y luego, como lanzada por una fuerza tan potente como invisible, rueda por el suelo.

Después es levantada por esa energía nuevamente con violencia para luego volver a rodar por el piso, donde queda exánime e inconsciente.

Una centella se había precipitado desde la atmósfera para caer fulminante sobre Teresita incendiando su vestido y las quemaduras en forma de listas rojas le invaden el rostro, los brazos y las piernas. Su padre, en el paroxismo de la consternación, la lleva al baño donde la coloca bajo la regadera para apagar el fuego de sus ropas con el agua.

En tanto, la casa empieza a llenarse de personas que se han dado cuenta del siniestro. Una de esas personas es nada menos que el general Francisco Cañedo, gobernador del estado, que vive cerca, frente al Palacio de Gobierno.

Gritos, llanto, incertidumbre.

“¡Teresita no debe morir!, gritan sus padres y sus plegarias parecen ser escuchadas”.

Y así fue. El milagro lo realizan los eminentes médicos Ruperto L. Paliza y Ramón Ponce de León.

Un peso de plata, de aquellos grandes pesos de la época porfiriana, que tenía Teresita en la pretina de su falda, se convirtió, derretido por el fuego eléctrico de la centella, en una mágica bolita de plata. Esa bolita la conservó su padre Don Justo De Villa por el resto de su vida hasta que regresó, tras su deceso, a las manos de su hija.

Familia Zazueta Aréchiga. Foto: especial

Familia Zazueta Aréchiga. Foto: especial

Amado A. Zazueta acusado de conspiración contra Porfirio Díaz

El tiempo pasó y Teresita se enamoró de un hombre con ideas revolucionarias: Amado A. Zazueta. El matrimonio había hecho amistad con Madero y su esposa Sara Pérez Romero.

Amado A. Zazueta, esposo de Teresa, compró de su propio peculio, armamento para la rebelión armada que ya estaba en ciernes. Mandó llamar a Juan M. Banderas, jefe de los rurales en la Villa de Sinaloa, para que fuese el Jefe Supremo del Movimiento Maderista, quien sin ninguna reticencia, aceptó el cargo. Habían trabajado juntos con De la Vega.

También invitó en Culiacán a José María R. Cabanillas, humilde carpintero y apasionado demócrata.

Banderas y Cabanillas invitaron a Ramón F. Iturbe a participar en el movimiento rebelde. En esa época Iturbe estaba en prisión pero se le permitía salir a la calle por estar próximo a finalizar su reclusión.

Cuando salía iba a las juntas que se mantenían en secreto. Ahí le pidieron que pusiera en libertad a los presos durante el movimiento proyectado para que estallara a las 2 de la mañana del día 6 de enero de 1911.

Ramón F. Iturbe era un convicto. La noche del 19 de noviembre fue descubierto el complot, por la denuncia que hiciera, curiosamente, un recluso.

Las autoridades catearon el domicilio particular de Iturbe, donde había ocultado armas y parque, pero logró escapar.

Uno de los conspiradores, llamado Epifanio Chávez, dio aviso a varios implicados en el movimiento, entre ellos a Banderas y al mismo Iturbe, quienes se lanzaron por diferentes rumbos a la Revolución. Amado A. Zazueta no recibió el aviso de alerta, fue aprehendido y acusado de complicidad con los conspiradores, su ejecución parecía inevitable.

 

Amado Zazueta Villa y su madre Teresa Villa. Foto: especial

Amado Zazueta Villa y su madre Teresa Villa. Foto: especial

 

Se salva el pelotón de fusilamiento 

Teresa De Villa Mijares salió en defensa de su esposo quien estaba en peligro de muerte. Los soldados solamente esperaban la orden del General Higinio Aguilar (1835-1927) para preparar las armas y poner al prisionero frente al pelotón de fusilamiento.

Para luchar por la vida de su esposo se hizo acompañar de su padre Justo De Villa quien creía en los poderes mágicos de la bolita de plata y en la personalidad de su hija.

Quien conozca la genética de estas mujeres valientes, comprenderá la situación del general Higinio Aguilar.

Un militar veterano, intransigente, incapaz de acceder a sus deseos. Un obstinado anciano divisionario de 75 años de edad que había combatido contra las fuerzas invasoras francesas en 1862 en Puebla y que tres veces había salvado la vida del General Porfirio Díaz, que en ese momento ya había acumulado 31 años como Presidente de la República.

Aguilar se oponía a ser misericordioso. El delito era grave: Amado A. Zazueta había sido detenido por financiar la sublevación popular y difícilmente se podía salvar de ser fusilado.

Increíblemente el temple de Teresa estuvo a la altura de tan difíciles circunstancias ante el Jefe de Armas de Sinaloa.

Hizo honor al significado milagroso de su nombre, algo mágico se dio en ese momento cuando la mirada del general se cruzó con la hipnótica y potente mirada de esa mujer.

Don Justo sintió cómo se calentaba la bolita de plata entre sus ropas y cómo fue bajando la temperatura cuando el general cedió.

¡Había llegado a tiempo para salvar el pecho de Amado, su esposo, de las balas asesinas del piquete de ejecución!

La muerte en esa naciente revolución tendría mucho trabajo, pero ese día, burlona y tranquila, no tenía prisa por enterrarlo y dejó a Amado para más adelante.

Amado, gracias al coraje de su esposa y el apoyo de su influyente suegro, sobrevivió. Quizás, gracias también, a la magia de esa bolita de plata unida al corazón de Teresa.

La historia de los condenados a ser fusilados, salvados en el último instante, es la constante del juego entre la vida y la muerte contra el destino.

Los argumentos de una vehemente Teresa convencieron al general Higinio Aguilar, quien le perdonó la vida a Amado A. Zazueta.

“Una mujer que lucha por la vida de su esposo como lo ha hecho usted, no merece verlo muerto”, dijo el general a Teresa apartando su mirada de los encendidos ojos de esta testaruda mujer que en ese mismo momento se llevó del brazo a su esposo, acompañada de su padre.

Teresa Villa Mijares a sus 90 años de edad. Foto: espacial

Teresa De Villa Mijares a sus 90 años de edad. Foto: espacial

Dos condenados a fusilamiento que se perdonan la vida mutuamente

Las fuerzas unidas de Ramón F. Iturbe, Juan M. Banderas y otros jefes, que sumaban más de 4,000 soldados, pusieron sitio a la ciudad de Culiacán y la tomaron el día 31 de mayo de 1911, el mismo día que Porfirio Díaz, después de renunciar a la Presidencia de la República y tras firmarse la paz con Madero, se embarcó a Europa en el vapor alemán “Ipiranga”, acompañado de su familia.

Derrocado el gobierno porfiriano, Francisco I. Madero nombró al ingeniero Manuel Bonilla como su delegado en Sinaloa.

Fue entonces cuando Amado A. Zazueta, luego de hablar con su esposa Teresa De Villa, le regresaría el favor al General Higinio Aguilar, al interceder para impedir su fusilamiento.

Los maderistas llevaron al General Higinio Aguilar, jefe porfirista vencido como comandante militar de Sinaloa, al Cuartel General de Juan M. Banderas.

Hombre justiciero y valiente, alto y corpulento, la presencia de Banderas imponía respeto. Cuando se acercó a Aguilar, Banderas fue caminando despacio y encorvado, defecto físico por el que le apodaban El Agachado.

El historiador Héctor R. Olea, sostiene en su libro La Revolución en Sinaloa, que Juan M. Banderas le dijo textualmente al general Higinio Aguilar, con actitud marcial pero respetuosa con el jefe vencido:

–Está usted libre porque don Amado A. Zazueta me lo solicita y sus palabras son órdenes para mí. El señor Zazueta me dice que usted fue corneta a las órdenes del General Ignacio Zaragoza en la batalla de Puebla.

El general Higinio Aguilar respondió:

–Sí, señor, y a honra lo tengo.

Banderas agregó:

–Entonces, usted es un héroe de la patria y merece nuestro respeto.

En la Estación del ferrocarril, Banderas puso en libertad al general Higinio Aguilar y ordenó, para evitar cualquier falta de respeto al anciano militar, que dos oficiales de su Estado Mayor acompañaran al general vencido al Hotel Palacio donde residía.

Esos oficiales fueron precisamente Amado A. Zazueta y su suegro Justo De Villa, que realizó el trayecto siempre protegido con la bolita de plata que guardaba entre sus ropas.

Teresa De Villa Mijares, el espíritu que había impedido ambas ejecuciones, le dio un postre al anciano militar despidiéndolo cordialmente. Hasta ese momento, ambos, descubrieron sus sonrisas.

Días después el general Higinio Aguilar fue enviado debidamente protegido al puerto de Guaymas, lugar donde se unió al general Joaquín Téllez, el día 12 de junio de 1911.

El general Higinio Aguilar vivió toda su existencia como guerrillero, pero la muerte no lo alcanzó en batalla, quizás la protección de la bolita de plata lo cubrió también a él: murió en la tranquilidad de su hogar a los 93 años de edad.

(Continuará)

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

Fanpage: https://www.facebook.com/licmiguelalonsoriverabojorquez

Miguel Alonso Rivera Bojorquez

Facebook: miguelalonsorb

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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