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Teresa De Villa Mijares, mujer con sangre de revolución

La revolución mexicana dejó sembradas miles de historias que la hicieron posible, y ése fue el caso de Teresa De Villa MIjares en Culiacán, Sinaloa

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Teresa Villa Mijares, la mujer que peleó por la vida de su esposo en revolución. Foto: especial

Teresa De Villa Mijares, la mujer que peleó por la vida de su esposo en revolución. Foto: especial

Miguel Alonso Rivera Bojórquez*

Primera Parte

Eran las cinco de una tarde gris y somnolienta del año de 1892. Temporada de lluvias en Culiacán y todo parecía tranquilo. Teresita De Villa Mijares, con el encanto de sus 18 años, se asomaba por la ventana de su recámara. La casa de sus padres Justo De Villa y Delfina Mijares se ubicaba por las calles de “La Libertad”, atrás del antiguo Palacio de Gobierno.

En un momento, Teresita vuelve la vista hacia el interior de la recámara, para fijarla en un tabernáculo donde se ostenta la imagen de un Corazón de Jesús. Le sorprende ver que sobre la imagen del santo, gira de un lado a otro, un punto de luz. Transcurren algunos segundos y ella continúa absorta, de manera hipnótica, sigue el punto de luz. De pronto, su cuerpo es violentamente sacudido y luego, como lanzada por una fuerza tan potente como invisible, rueda por el suelo.

Después es levantada por esa energía nuevamente con violencia para luego volver a rodar por el piso, donde queda exánime e inconsciente.

Una centella se había precipitado desde la atmósfera para caer fulminante sobre Teresita incendiando su vestido y las quemaduras en forma de listas rojas le invaden el rostro, los brazos y las piernas. Su padre, en el paroxismo de la consternación, la lleva al baño donde la coloca bajo la regadera para apagar el fuego de sus ropas con el agua.

En tanto, la casa empieza a llenarse de personas que se han dado cuenta del siniestro. Una de esas personas es nada menos que el general Francisco Cañedo, gobernador del estado, que vive cerca, frente al Palacio de Gobierno.

Gritos, llanto, incertidumbre.

«¡Teresita no debe morir!, gritan sus padres y sus plegarias parecen ser escuchadas».

Y así fue. El milagro lo realizan los eminentes médicos Ruperto L. Paliza y Ramón Ponce de León.

Un peso de plata, de aquellos grandes pesos de la época porfiriana, que tenía Teresita en la pretina de su falda, se convirtió, derretido por el fuego eléctrico de la centella, en una mágica bolita de plata. Esa bolita la conservó su padre Don Justo De Villa por el resto de su vida hasta que regresó, tras su deceso, a las manos de su hija.

Familia Zazueta Aréchiga. Foto: especial

Familia Zazueta Aréchiga. Foto: especial

Amado A. Zazueta acusado de conspiración contra Porfirio Díaz

El tiempo pasó y Teresita se enamoró de un hombre con ideas revolucionarias: Amado A. Zazueta. El matrimonio había hecho amistad con Madero y su esposa Sara Pérez Romero.

Amado A. Zazueta, esposo de Teresa, compró de su propio peculio, armamento para la rebelión armada que ya estaba en ciernes. Mandó llamar a Juan M. Banderas, jefe de los rurales en la Villa de Sinaloa, para que fuese el Jefe Supremo del Movimiento Maderista, quien sin ninguna reticencia, aceptó el cargo. Habían trabajado juntos con De la Vega.

También invitó en Culiacán a José María R. Cabanillas, humilde carpintero y apasionado demócrata.

Banderas y Cabanillas invitaron a Ramón F. Iturbe a participar en el movimiento rebelde. En esa época Iturbe estaba en prisión pero se le permitía salir a la calle por estar próximo a finalizar su reclusión.

Cuando salía iba a las juntas que se mantenían en secreto. Ahí le pidieron que pusiera en libertad a los presos durante el movimiento proyectado para que estallara a las 2 de la mañana del día 6 de enero de 1911.

Ramón F. Iturbe era un convicto. La noche del 19 de noviembre fue descubierto el complot, por la denuncia que hiciera, curiosamente, un recluso.

Las autoridades catearon el domicilio particular de Iturbe, donde había ocultado armas y parque, pero logró escapar.

Uno de los conspiradores, llamado Epifanio Chávez, dio aviso a varios implicados en el movimiento, entre ellos a Banderas y al mismo Iturbe, quienes se lanzaron por diferentes rumbos a la Revolución. Amado A. Zazueta no recibió el aviso de alerta, fue aprehendido y acusado de complicidad con los conspiradores, su ejecución parecía inevitable.

 

Amado Zazueta Villa y su madre Teresa Villa. Foto: especial

Amado Zazueta Villa y su madre Teresa Villa. Foto: especial

 

Se salva el pelotón de fusilamiento 

Teresa De Villa Mijares salió en defensa de su esposo quien estaba en peligro de muerte. Los soldados solamente esperaban la orden del General Higinio Aguilar (1835-1927) para preparar las armas y poner al prisionero frente al pelotón de fusilamiento.

Para luchar por la vida de su esposo se hizo acompañar de su padre Justo De Villa quien creía en los poderes mágicos de la bolita de plata y en la personalidad de su hija.

Quien conozca la genética de estas mujeres valientes, comprenderá la situación del general Higinio Aguilar.

Un militar veterano, intransigente, incapaz de acceder a sus deseos. Un obstinado anciano divisionario de 75 años de edad que había combatido contra las fuerzas invasoras francesas en 1862 en Puebla y que tres veces había salvado la vida del General Porfirio Díaz, que en ese momento ya había acumulado 31 años como Presidente de la República.

Aguilar se oponía a ser misericordioso. El delito era grave: Amado A. Zazueta había sido detenido por financiar la sublevación popular y difícilmente se podía salvar de ser fusilado.

Increíblemente el temple de Teresa estuvo a la altura de tan difíciles circunstancias ante el Jefe de Armas de Sinaloa.

Hizo honor al significado milagroso de su nombre, algo mágico se dio en ese momento cuando la mirada del general se cruzó con la hipnótica y potente mirada de esa mujer.

Don Justo sintió cómo se calentaba la bolita de plata entre sus ropas y cómo fue bajando la temperatura cuando el general cedió.

¡Había llegado a tiempo para salvar el pecho de Amado, su esposo, de las balas asesinas del piquete de ejecución!

La muerte en esa naciente revolución tendría mucho trabajo, pero ese día, burlona y tranquila, no tenía prisa por enterrarlo y dejó a Amado para más adelante.

Amado, gracias al coraje de su esposa y el apoyo de su influyente suegro, sobrevivió. Quizás, gracias también, a la magia de esa bolita de plata unida al corazón de Teresa.

La historia de los condenados a ser fusilados, salvados en el último instante, es la constante del juego entre la vida y la muerte contra el destino.

Los argumentos de una vehemente Teresa convencieron al general Higinio Aguilar, quien le perdonó la vida a Amado A. Zazueta.

«Una mujer que lucha por la vida de su esposo como lo ha hecho usted, no merece verlo muerto», dijo el general a Teresa apartando su mirada de los encendidos ojos de esta testaruda mujer que en ese mismo momento se llevó del brazo a su esposo, acompañada de su padre.

Teresa Villa Mijares a sus 90 años de edad. Foto: espacial

Teresa De Villa Mijares a sus 90 años de edad. Foto: espacial

Dos condenados a fusilamiento que se perdonan la vida mutuamente

Las fuerzas unidas de Ramón F. Iturbe, Juan M. Banderas y otros jefes, que sumaban más de 4,000 soldados, pusieron sitio a la ciudad de Culiacán y la tomaron el día 31 de mayo de 1911, el mismo día que Porfirio Díaz, después de renunciar a la Presidencia de la República y tras firmarse la paz con Madero, se embarcó a Europa en el vapor alemán “Ipiranga”, acompañado de su familia.

Derrocado el gobierno porfiriano, Francisco I. Madero nombró al ingeniero Manuel Bonilla como su delegado en Sinaloa.

Fue entonces cuando Amado A. Zazueta, luego de hablar con su esposa Teresa De Villa, le regresaría el favor al General Higinio Aguilar, al interceder para impedir su fusilamiento.

Los maderistas llevaron al General Higinio Aguilar, jefe porfirista vencido como comandante militar de Sinaloa, al Cuartel General de Juan M. Banderas.

Hombre justiciero y valiente, alto y corpulento, la presencia de Banderas imponía respeto. Cuando se acercó a Aguilar, Banderas fue caminando despacio y encorvado, defecto físico por el que le apodaban El Agachado.

El historiador Héctor R. Olea, sostiene en su libro La Revolución en Sinaloa, que Juan M. Banderas le dijo textualmente al general Higinio Aguilar, con actitud marcial pero respetuosa con el jefe vencido:

–Está usted libre porque don Amado A. Zazueta me lo solicita y sus palabras son órdenes para mí. El señor Zazueta me dice que usted fue corneta a las órdenes del General Ignacio Zaragoza en la batalla de Puebla.

El general Higinio Aguilar respondió:

–Sí, señor, y a honra lo tengo.

Banderas agregó:

–Entonces, usted es un héroe de la patria y merece nuestro respeto.

En la Estación del ferrocarril, Banderas puso en libertad al general Higinio Aguilar y ordenó, para evitar cualquier falta de respeto al anciano militar, que dos oficiales de su Estado Mayor acompañaran al general vencido al Hotel Palacio donde residía.

Esos oficiales fueron precisamente Amado A. Zazueta y su suegro Justo De Villa, que realizó el trayecto siempre protegido con la bolita de plata que guardaba entre sus ropas.

Teresa De Villa Mijares, el espíritu que había impedido ambas ejecuciones, le dio un postre al anciano militar despidiéndolo cordialmente. Hasta ese momento, ambos, descubrieron sus sonrisas.

Días después el general Higinio Aguilar fue enviado debidamente protegido al puerto de Guaymas, lugar donde se unió al general Joaquín Téllez, el día 12 de junio de 1911.

El general Higinio Aguilar vivió toda su existencia como guerrillero, pero la muerte no lo alcanzó en batalla, quizás la protección de la bolita de plata lo cubrió también a él: murió en la tranquilidad de su hogar a los 93 años de edad.

(Continuará)

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

Fanpage: https://www.facebook.com/licmiguelalonsoriverabojorquez

Miguel Alonso Rivera Bojorquez

Facebook: miguelalonsorb

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Revelación

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Por Mónica del C. Aguirre

El inspector González despertó de una de sus familiares pesadillas. Siete años de trabajo en el Departamento de Homicidios lo habían expuesto a situaciones e imágenes que se repetían en su memoria: mutilaciones, sobredosis, suicidios, violaciones, sesos, tripas, y cuerpos morados que encontraban en el río donde los criminales arrojaban a sus víctimas. La memoria no tiene jefe, no obedece jerarquías; proyecta los recuerdos que le vienen en gana y, generalmente, son aquellos que desearíamos reprimir.

Apenas amanecía cuando el inspector González despertó. Estaba sudando, su corazón latía de prisa y sintió sus venas casi explotar por la presión de la sangre. Soñó, como solía, con otro asesinato. Pero esta vez, el asesino era él. Le pareció tan real que, cuando abrió los ojos, estaba confundido: no sabía si su habitación era el sueño, y la mujer degollada del bosque había sido una noche más de investigación.

Su habitación comenzó a iluminarse, pero aún se sentía exaltado y con una penumbra que le pesaba sobre su cabeza. Se rascó el pecho. No, no se había acostumbrado a ver tanta crueldad. Se persignó con prisa y pidió a Dios que liberara a la tierra de todo mal… y también de las prostitutas.

Sonó su teléfono, era el agente de la Policía local. Fue breve. Le informó que se le requería de inmediato en el bosque, junto al río, a cien metros de la bifurcación: habían degollado a una mujer que por su apariencia parecía tratarse de una prostituta.

El inspector González se vistió de prisa y antes de salir, se preparó con manos temblorosas una taza de café instantáneo. Mientras hervía el agua, se permitió un momento de reflexión. ¿Una prostituta? Meneó la cabeza.

Cuando llegó al lugar, los escalofríos lo sacudieron y el trago de café le supo más amargo de lo normal. Una prostituta. Mallas de red rotas. Degollada. ¿Acaso esta vez había soñado el futuro? En la mano que yacía sobre las hojas muertas, la mujer sostenía el libro “Memorias del subsuelo”, de Dostoyevski. Ése era el libro favorito del inspector González.

Dio breves y rápidas instrucciones a sus subordinados. Sin decir más, se dirigió a su casa. Buscó su ejemplar, de prisa. Confirmó que la prostituta asesinada llevaba consigo el mismo libro de su colección.

 

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Los puntos negros del concierto de Silvio Rodríguez en el Zócalo de la Ciudad de México

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Por Alberto Farfán

Por supuesto que la presencia del cantautor Silvio Rodríguez en México es todo un acontecimiento tanto por sus canciones como por erigirse en un símbolo de lucha de la izquierda latinoamericana y por ser un digno representante de la revolución cubana en todo el mundo.

Además, porque a diferencia de muchos de sus colegas comprometidos en contra de las injusticias vividas en América Latina, finalmente hicieron a un lado esa plausible entrega para situarse en la posición que siempre cuestionaron: la canción comercial, los boleros pseudoamorosos y lacrimógenos que perpetúan estereotipos y que no conducen a ninguna parte, más que a la cosificación del individuo. Pensemos en Pablo Milanés, Amaury Pérez, Tania Libertad, Guadalupe Pineda y otros más. En cambio, Silvio continúa en la misma dirección, sigue siendo el mismo necio en pro de un cambio.

Y como lo realizara quien esto escribe tiempo atrás con relación a un concierto de la fallecida cantante Mercedes Sosa en el Auditorio Nacional por llamar a un masculino producto made in Televisa a acompañarla al escenario a cantar, dando como resultado el que una parte importante de los presentes la abuchearan legítimamente para increparla, con lo cual coincidí, me temo que hay que señalar ciertos puntos negros que se pudieron observar en torno a la actuación del cantante cubano en el zócalo capitalino el pasado 10 de junio de este año.

Para empezar, es interesante que el régimen que emplea una y otra vez el concepto clasismo en contra de la oposición o en detrimento de todo aquel que disiente, se haya perpetrado sin que nadie lo apuntara. Es decir, mientras cientos de mexicanos de escasos recursos en su mayoría ─“el pueblo bueno”, diría el presidente de la nación─, tuvieron que acudir horas antes e incluso de madrugada para obtener un lugar cercano al escenario ─la cita era a las 20 horas─ y resistir la lluvia que se desató; por el contrario, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y el cuestionado líder de su partido, Mario Delgado, con toda comodidad disfrutaron del espectáculo en un balcón del Antiguo Palacio del Ayuntamiento. O sea, los de alto nivel bien resguardados y confortables en tanto que el pueblo de a pie en la explanada.

Por otro lado, resulta paradójico, absurdo o patético el que un gobierno que no ha disminuido sustancialmente los feminicidios ni las desapariciones de mujeres incluyera como telonera del concierto a la cantante sólo conocida en redes, Vivir Quintana, quien esgrime como su máximo éxito una canción que denuncia a las autoridades por las agresiones a sus congéneres, “Canción sin miedo”. Autora cuyas composiciones son más bien ideologizantes y burdas, que apuntan a la perspectiva afectivo-emocional con el objeto de anular la conciencia crítica del escucha y para nada a la de la reflexión, como sí lo lleva a cabo Silvio en todas sus canciones, a partir del empleo de una poética multívoca que propicia el pensar en la realidad circundante y sobre uno mismo. Y todo indica, debido a esta disparidad, que el haberla incluido fue más bien un acto demagógico, o acaso preelectoral en aras de la presidencia para la contienda del 2024.

Así las cosas, entre otras, no queda más que esperar que la serie de conciertos que ha anunciado el gobierno de esta ciudad para fechas posteriores no obedezcan a la búsqueda de cierto posicionamiento más que evidente con respecto a las aspiraciones de su titular y en realidad sean para la genuina diversión de los posibles asistentes. Pues no me gustaría escribir posteriormente que “al pueblo pan y circo”.

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Julia

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Por Mónica del C. Aguirre

Volví a ver a Julia García. Estaba tal y como la recordaba. Julia. La vi meciéndose en un columpio y sujetaba con sus delgados brazos las cuerdas curtidas por el tiempo. Julia. Se veía fresca y feliz la muy maldita.

Su melena rubia en movimiento se iluminaba por un sol de otoño que contrastaba divinamente con el color cobrizo de los árboles. Tenía puesto el vestido azul cielo que usó aquel día que la llevé en tren a Valencia; un vestido que resaltaba su exquisita figura y apretaba sus blancos pechos haciéndolos brillar. Julia.

Me acerqué y la olí. Cómo extrañaba esa fragancia natural que emanaba su cuerpo. Su piel suave olía a jabón y a cebo delicado, y su cabello a flores salvajes. Maldita sea, ¡cómo la deseaba!

La besé y su sabor a fresas me enloqueció. Ella, me devolvió el beso, pero rechazó mi cuerpo que se abalanzaba. Desperté.

Hace más de diez años que no sé de ella. La extraño tanto que me duele el pecho y el aire me falla. La vida puede ser muy larga y el tiempo muy vanidoso cuando se espera a alguien que no regresará.

Por el resto del día, sólo bastaba con cerrar los ojos y un poco de concentración para volver a saborear las fresas, oler su piel y sentir sus labios vivarachos.

Hoy ella jugará con su cuerpo y no pensará en mí. ¡Maldita seas, Julia García!

Ciudad de México

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