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Stephen King y el escapismo literario

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Por Alberto Farfán

No cabe duda de que en ocasiones en una entrevista el personaje a interrogar desliza involuntariamente ciertas verdades que lo colocan en el sitio que mejor le corresponde. O quizás al contrario, se define tal y como considera que es en realidad, sin importarle las críticas que puedan surgir por ello.

Acaso el best seller número uno de la Unión Americana, Stephen King es un prolífico escritor que ha publicado alrededor de 61 novelas, siete libros de no ficción y cerca de 200 relatos y novelas cortas. Y por toda su obra se estima que ha vendido más de 350 millones de copias.

Generalmente se le sitúa como un autor de historias de terror. Pero en entrevista concedida a The Associated Press (25/02/21), no rechaza abiertamente tal indicación, sin embargo, responde diciendo que lo pueden encasillar como quieran.  “Mi idea es contar una buena historia, y si cruza ciertos límites y no encaja en un género particular, está bien”. Y resulta interesante que él mismo lo afirme pues en realidad al analizar con detenimiento sus obras más representativas sólo se observa eso, que nos relata una simple historia, no una ficción de terror.

Pensemos en Carrie, The Shining y en Misery, la estructura de estas tres novelas es lineal, el discurso narrativo es sumamente elemental y en lo absoluto complejo, los personajes obedecen a estereotipos, se exagera en las historias –sin fortuna alguna– para anular las escenas previsibles y no hay profundidad acerca del entorno de los personajes ni sobre sí mismos. Todo lo cual, en suma, nos entrega tres libros de factura puramente comercial para un público nada exigente y conformista. No por nada los críticos y académicos estadounidenses de notoriedad omiten a King de la alta literatura.

No obstante, hay que mencionar que estas obras en formato cinematográfico sufren una metamorfosis por demás inquietante y plausible. Es decir, como películas son bastante aceptables y dignas de verse. ¿Cuáles serían las razones? En el caso de Carrie, que el director fue el enorme Brian De Palma y por las extraordinarias actuaciones de Sissy Spacek (Carrie White) y Piper Laurie (Margaret White), madre e hija, respectivamente.

The Shining cobra relevancia por su director, el magistral Stanley Kubrick, y la incomparable interpretación del inigualable Jack Nicholson como protagonista. Y en Misery, sin duda alguna, la participación de la actriz Kathy Bates, quien como personaje principal realiza un trabajo perversamente perfecto.

De este modo, podríamos afirmar que al rehacer las obras de mediano nivel literario de King por verdaderos creadores de historias visuales y por excelentes actores de personajes memorables, todo cambia de manera favorable para un público más exigente y difícilmente condescendiente.

De ahí que sea sumamente revelador que Stephen King en el marco de la entrevista sobre sus pasiones como la política y sucesos de actualidad, pero sobre todo al referirse a la literatura y la política, estime lo siguiente: La ficción ha sido un “escape” de la política, no un foro. Y claro, si es sólo un escape, ¿por qué no seguir escribiendo pésimos best sellers? ¿Por qué no continuar enriqueciéndose sin aportar nada para el pensamiento reflexivo de sus lectores? Una posición apolítica siempre es política.

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Aristas históricas en torno a la sexualidad

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 Por Alberto Farfán

Al indagar sobre el papel de la sexualidad en el ámbito social que ha registrado nuestra singular humanidad civilizada, me encontré con ciertos datos que no dejan lugar a dudas acerca del control de ésta a través de la censura o del rechazo sistemático por parte de la esfera del poder.

La prostitución organizada, el adulterio tanto de hombres como de mujeres, los delitos sexuales, los mitos orientales, la danza del vientre y el remedio para eliminar enfermedades venéreas, serían algunos de los puntos que Emmett Murphy nos revela en su estudio Historia de los grandes burdeles del mundo de una manera accesible y amena.

Por ejemplo, con relación a los castigos infligidos a los transgresores de la moral, nos dice Murphy: “En el año 450 d. C. la tradición tribal dictaba que se debía azotar en público y cortar la nariz a las mujeres dedicadas a la prostitución, desagradable costumbre que pervivió en Inglaterra hasta una época tan tardía como el siglo XVIII. Por otra parte, ya en el año 100 a. C., Tácito nos informa que entre los castigos impuestos a las prostitutas por los teutones se contaban, como formas preferidas de ejecución, el ahogamiento de la culpable en excrementos o la extracción de las vísceras”.

No obstante, hay que resaltar la postura más tolerante y permisiva sobre este tema por parte de la India en el siglo III a. C., pues sucedía “que los negocios sexuales se veían con indulgencia o se fomentaban desde el templo, la corte y el burdel,” lo cual no quería decir que se admitiera el adulterio. Ya que acerca de esta materia, “Manu, el eminente legislador indio, recomendaba castigar la infidelidad conyugal con la pena capital. El Manu Smriti Samhita cita 371 delitos sexuales a los que deben aplicarse castigos severos. Al marido adúltero se le podía quemar vivo, mientras la mujer acusada del mismo delito sería castigada a ser devorada por perros”.

Por otro lado, resulta interesante la visión de las prostitutas japonesas del siglo XIX con relación a ciertas características de sus clientes: “se pensaba que los hombres de pelo rizado eran extremadamente lujuriosos y que un estornudo estaba cargado de presagios: si se estornudaba una vez significaba que alguien estaba hablando bien de ti, si se estornudaba dos veces alguien estaba hablando mal de ti, tres estornudos significaban que alguien te quería y cuatro que habías cogido un resfriado”.

Y acerca de la mítica danza del vientre de la Arabia del siglo XV, se indica: “Dado que acumular numerosas grasas se consideraba como un signo de gran riqueza y poder, los sultanes, khanes, visires e incluso los pachás locales tendían a sobrealimentarse. El resultado era que sus grandes barrigas convertían en muy difícil, si no imposible, el mantener relaciones sexuales en las posturas comunes. Por ello, la sehniqueh se veía obligada a realizar contorsiones frente al obeso cliente hasta conseguir excitarle”.

Pero acaso la arista que mayormente llama la atención no es más que aquella que en la Inglaterra del siglo XIX todavía siguió vigente como un hecho irrefutable y rotundo, es decir, “el mantener relaciones sexuales con una mujer virgen como un remedio para las enfermedades venéreas”.

En definitiva, hablar de sexualidad desde una perspectiva histórica es conocer y/o re-conocer que ésta ha sido y será un tema sensible que implica moral y poder. Y que se ha visto oscilando entre la brutalidad inhumana y su opuesto. Nunca en el justo medio aristotélico, que esperamos algún día alcanzar.

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John Katzenbach, de la muerte en Internet

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Por Alberto Farfán

El club de los psicópatas

Imagina, estimado lector, que se te ocurre navegar por Internet y encuentras un sitio que te parece anodino, y que como es común en estos casos te permites dejar un mensaje insultante, con el que agredes a los miembros del mismo, pero que debido a ello te vas a sumergir en una vorágine incandescente de muerte, y no la de cualquiera, sino la tuya y la de tus seres queridos.

A grandes rasgos éste es el hilo conductor de El club de los psicópatas (2021) la nueva novela publicada del maestro del thriller psicológico, el norteamericano John Katzenbach (1950), quien, como en su libro anterior, Confianza ciega (abordado en Los Ángeles Press, 01/02/21), renueva la estructura clásica de la novela policíaca con el objeto de romper con esquemas y buscar mantener cautivo a sus lectores con mayor énfasis, para que estos no puedan prever qué es lo que va a ocurrir o cómo, cuándo y dónde.

Haciendo un lado la estructura de corte laberíntico a la que generalmente los protagonistas de historias de este género se deben de enfrentar, Katzenbach apuesta en esta obra a la confrontación prácticamente directa, cara a cara, pero diluyéndola al actualizar su historia con las nuevas tecnologías: Internet, redes sociales y demás, todo lo cual en realidad ofrece individuos de índole anónima en realidad. Nadie sabe en verdad quién está detrás de la computadora, de la tableta o del celular, a pesar de los seudónimos que empleen.

Así, sucede que Connor y su novia Niki, jóvenes a punto de ingresar a la universidad, un día encuentran un sitio que se llama Lugar especial de Jack, ubicado en la dark web. Connor los insulta y los ridiculiza. Y tanto él como Niki olvidan el tema. Y se abocan a sus grandes pasiones, él al futbol soccer y ella a las competencias de velocidad.

Lo que nunca imaginaron es que el Lugar especial de Jack, en honor a Jack The Ripper, era una web en donde cinco asesinos seriales y hackers expertos se reúnen para compartir experiencias y donde hablan acerca de sus siguientes asesinatos, aunque no se conocen personalmente e ignoran la vida de cada uno de ellos, y usan seudónimos. “Algún poeta dijo que morir era sólo parte de la vida… Supongo que eso significa que matar es lo mismo”, indica uno de los psicópatas del club. Y ante tal afrenta, los cinco asesinos, los Muchachos de Jack, se concentrarán en localizar al agresor y al resto de su familia, para llegar a ellos y matarlos.

No obstante, llama la atención que el autor dé por hecho que es posible que cinco psicópatas formen un club. Pero no. Katzenbach sabe muy bien que este tipo de sujetos carecen de conciencia, de empatía, de emociones, de sentimientos y de humanidad, en suma. Por ello, en la primera parte incluso lo dice abiertamente, que es absurdo, pero que se debería empezar a estudiar un fenómeno así, con cierto sarcasmo. Pues Robert Ressler, autoridad en psicología forense y quien acuñara por primera vez el término serial killers por su trabajo en la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI, confirma ese tipo de características (Dentro del monstruo,1997). Nuestro autor, en efecto, no comete un error, sino que con ello abre una brecha para confundir al lector conforme avance en la historia, de lo contrario ni siquiera hubiera escrito lo referido.

Los serial killers inician de inmediato su cruzada contra los protagonistas. Y en esta era tecnológica todo es posible, mediante hackeos ubican a Connor y a Niki, pero además destruyen la reputación tanto de los jóvenes como de los abuelos de él, es huérfano, y de los padres de ella. Y con ello ya saben que están detrás de ellos. El terror los invade. Sus atacantes son inasibles, invisibles. El clásico juego del gato y el ratón inicia. El suspenso emerge in crescendo. Katzenbach se solaza en esta guerra sin igual en la que sólo se perfila un inminente ganador, lo que permite una mayor tensión en el desarrollo de la historia, tensión que repercutirá en el lector. ¿Quién o quiénes morirán? La respuesta se despejará al final.

A pesar de que El club de los psicópatas es una novela que mantiene al lector en vilo y lo obliga a seguir leyendo, y que por supuesto es bastante recomendable para el solaz divertimento, hay que señalar que por regla general las culminaciones de las obras de John Katzenbach rompen con el frenesí que se experimenta por los giros que les imprime, acaso por la connotación moral que se desprende. Es decir, en términos esquemáticos y coloquiales diríamos que lo bueno es lo que debe prevalecer por encima de lo malo invariablemente. Y francamente, no siempre es así.

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Aventuras en el paraíso verde

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Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Un felino enorme y metiche. Un sujeto duro y descorazonado que hace pareja con otro blandengue y pocoseso. Un diminuto can y una sabihonda y parlanchina adolescente: tales son los integrantes de la improbable pandilla que viaja por un lejano país en busca de un palacio verde que regentea un misterioso personaje quien según la leyenda tiene el poder para cumplir los más oscuros deseos y los medios para satisfacer los caprichos más desorbitados. En su aventura, la banda no duda en valerse del engaño, la traición y la hechicería para lograr su meta. Dos mujeres son asesinadas, numerosos seres exterminados y varios pueblos sometidos a los apetitos de la quinteta en el transcurso de la historia que culmina con el exilio del regente del palacio verde y la usurpación de su trono.

¿Síntesis de la próxima telenovela del canal del Ajusco? ¿Resumen del guion de la película con la que resucitará Estudios Churubusco? ¿Encriptación del plan de Trump y Bannon para tomar la Casa Blanca, liquidar al Congreso y hacerse del poder hasta el 2080? ¿Traducción del programa operativo de Putin en Ucrania?

Nada de eso. Es la síntesis de una obra perfectamente apta para toda la familia, un icono de la literatura infantilLos menores de 50 años quizá no le encuentren un timbre conocido, pero los de mi generación ya habrán identificado la trama de El mago de Oz, la obra de Lyman Frank Baum que recién llegó a la respetable edad de 122 años –once más que Bilbo, lo que la entrona como verdadero hobbit de la literatura.

Confieso que siendo devoto de la literatura juvenil y fanático de la fantástica y de la ciencia ficción, el tal Mago de Oz y sus personajes nunca me han sido simpáticos. Tampoco encontré memorable la famosa película -salvo el tema musical del arcoíris. La historia no me parece lo suficientemente mágica. Ingeniosa quizá, pero sin encanto. Es un libro… ¿cómo decirlo?… sin sorpresas… predecible.

 Me parece obvio que Baum intentó parafrasear Alicia en el país de las maravillas, que se había publicado en 1865, 35 años antes de su propio libro, con la intención de servir una obra más popular o menos elaborada.

Pero las diferencias entre Baum y Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson) los colocan en categorías muy separadas. Además de escritor, Carroll era un matemático que enseñaba en Oxford y había publicado textos eruditos (Euclides y sus rivales), mientras que Baum careció de una educación formal y a lo largo de su vida fue un multiusos soñador, romántico y nada práctico.

No se requiere un estudio comparativo para encontrar el paralelismo. Baum imagina que un huracán levanta una casa y la deposita en un lejano país fantástico en donde una niña, Dorotea, vivirá una serie de aventuras. Carroll, por su parte, hace que una niña, Alicia, caiga en un pozo que la llevará a una tierra fantástica en donde vivirá una serie de aventuras. Las semejanzas hasta ahí llegan.

Alguien me podría increpar que es injusto juzgar con criterios de hoy un libro publicado hace 122 años y en principio tendría razón, pero sólo en principio. La citada Alicia… El viento entre los sauces, de Kenneth Grahamedos libros que recuerdo en este momento, han resistido admirablemente el paso del tiempo y se dejan leer con magia y encanto, cosa que no encuentro en el de Baum.

Hace tiempo que esto me inquieta. Es un problema mío, desde luego, y sé que me encuentro en la misma minoría de los que detestan en futbol. En Estados Unidos el libro es venerado –aunque no necesariamente leído- y sus personajes, frases y situaciones se integraron al idioma y a la cultura urbana yanqui.

“Goodbye Yellow Brick Road” de Elton John o el apodo de la pequeña hija de Harrison Ford en Vuelo presidencial son dos ejemplos populares entre cientos que puedo citar, sin entrar en las teorías de la conspiración que han encontrado en el libro claves semejantes a las de QAnon.

Que la obra de Baum está a la diesta de Twain en el paraíso literario gringo y bañada en admiración lo confirma la edición conmemorativa del centenario aparecida en 2000 con proemios ni más ni menos que de John Updike, Daniel P. Mannix, Ray Bradbury, Gore Vidal y Nicholas von Hoffman.

Yo desde el primer capítulo le encuentro peros. Aunque en esto no estoy solo: la obra ha sido criticada y en algún momento expurgada de las bibliotecas escolares gringas. Veamos la trama:

En una árida planicie de Kansas vive la huérfana Dorotea con sus tíos y un perro en una casa de madera que un tornado eleva por los aires con la niña y el can en su interior. Eventualmente caen a tierra y aplastan a una poderosa bruja que tiene esclavizada a la comarca desde dios sabe cuándo.

Es de suponer (por que Baum no lo dice), que en ese instante la hechicera se agachó a ajustarse un zapato y se descuidó. Dorotea se calza las sandalias de plata que toma del cadáver de la que sabemos fue la Malvada Bruja del Este… y ahí comienzan sus aventuras.

Pues no me cuadra. Aplastar con tal facilidad a una arpía tan potente como se nos sugiere es como si Supermán se bebiera inadvertidamente un licuado de kriptonita, o que Puk y Suk atraparan y guisaran en cañabar a Tsekub Baloyán, o que Regino Burrón se sacara la lotería, o que Avelino Pilongano trabajara medio día. ¡Y la trama! Sólo la de Luisito, nuestro “columnista” más predecible y anodino, puede ser más aburrida que la de ese libro.

Los personajes también me causan problema. El león, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata con el perro, Dorotea y el propio mago de Oz, abusan del hilo narrativo. Una miríada de caracteres que chocan entre sí, desde monos alados hasta diminutos seres de porcelana, con un tutti fruti de horrendos monstruos que son puntualmente liquidados como si película de James Bond se tratara, entorpecen la historia.

Cuando quiero saber más de Dorotea o de las cavilaciones del leñador de hojalata que antes fue hombre, puede aparecer un payaso de porcelana cuyo placer es romperse una y otra vez, o saltar a escena algún engendro con los ojos en la panza.

En el libro sin duda se encuentran todos los elementos para una narración fantástica en el más amplio sentido de la palabra. ¿Por qué pues -por lo menos para mi- se diluyen? Mi única explicación es que es un libro sin sorpresas producto de la pluma de un escritor muy menor… y que me perdone el Home Security Department.

¿Y qué decir de la película? Francis Gumm –mejor conocida como Judy Garland- recibió un Oscar especial por su papel de Dorotea e inició una exitosa carrera cinematográfica que de alguna manera se vio prolongada en su hija, la talentosa Liza MinelliTodos los especialistas dicen que El mago de Oz es uno de los iconos del cine sonoro y la literatura especializada la coloca al lado de clásicos como King KongDrácula, El doctor Frankestein, La momia La banda del automóvil gris. Pero…

Lyman Frank Baum nació el 15 de mayo de 1856 en Chittenago, Nueva York, hijo de un pequeño empresario y de una severa episcopaliana que velaba con mano más que firme a su familia. Fue un niño enfermizo y débil, el séptimo de nueve hermanos, que no pudo asistir a la escuela y debió recibir clases particulares en casa.

Como ha sido el caso de otros escritores, muy pequeño aprendió a leer y pasaba días enteros en la biblioteca paterna, en donde sufrió ataques de miedo al encontrarse con las brujas y monstruos de los cuentos infantiles, lo cual, dicen sus biógrafos, le hizo jurar que de grande escribiría historias que no asustaran a los niños.

Como regalo de catorce años recibió una pequeña prensa con la que él y su hermano iniciaron la publicación de un periódico que distribuían entre los vecinos del barrio. A los 17 fundó The Empire, una revista especializada en filatelia.

A partir de entonces desempeñó una larga serie de oficios: vendedor, reportero, impresor, director de una cadena de teatros y actor, entre otros. En 1882 se casó con Maud Gage, hija de una prominente feminista. Siguieron años de problemas económicos y de salud.

En 1891 se establecieron en Chicago en donde por las tardes leía los Cuentos de Mamá Ganso a los niños que se reunían en la sala de su casa. Y como los pequeños no atinaban a comprender por qué un ratón trepaba a un reloj o cómo una vaca podía saltar sobre la luna, Lyman comenzó a inventar sus propias historias y a escribirlas a insistencia de Maud. Así nació la serie de catorce libros sobre Oz que después de su muerte continuaron varios escritores y parió veintenas de volúmenes.

Pero fue uno sólo, El mago de Oz, el que le consagró e inmortalizó su nombre y dio pie a la película (1939) convertida en un clásico, aunque ya antes, en 1901, el propio Baum había adaptado un espectáculo musical que fue muy popular y durante nueve años estuvo de gira por diversos estados. Baum intentó lo mismo con otras obras de la serie Oz, sin éxito.

Lyman Frank Baum murió de un infarto el 6 de mayo de 1919, unos días antes de su cumpleaños 63, debilitado por los problemas cardiacos que desde niño padecía. En su última época apenas tenía fuerzas para escribir un poco todos los días. Mandó guardar en una caja de seguridad dos manuscritos para ser publicados cuando la enfermedad lo postrase. Así, ese hombre melancólico y generoso, investido a su muerte con el título de “Real historiador de Oz”, se puso para siempre a salvo de los espantos de los cuentos infantiles.

 

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