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Con voz propia

Siria: Mudos hablan con sordos en Ginebra

Las negociaciones en Siria deberían considerar a los países desestabilizados por el conflicto, señala el autor, como es el caso de Jordania o Turquía

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Lajdar Brahimi, mediador internacional para Siria. Foto: UN

Antonio Hermosa Andújar

¿De qué pueden hablar dos sujetos que se odian; que necesitan de un mediador para hablar? (“Le hablamos al mediador de Naciones Unidas y ellos [la contraparte] hacen lo mismo”, explicaba Boutheïna Chaaban, de la delegación de Asad, a un periodista). Y cuando el odio es la premisa de la conversación, ¿a qué acuerdos es posible llegar? ¿Y qué valor tendrían los supuestos acuerdos si en la sola semana de negociaciones la muerte, que presume en Siria de un ejército de más de 130.000 soldados, ha engrosado sus filas con 1.300 más, medio centenar de ellos civiles? ¿Qué credibilidad produce un gobierno que mientras habla de paz prosigue su idilio con el crimen y la destrucción, arrasando barriadas enteras de hipotéticos partidarios de la oposición, es decir, de la contraparte que negocia con sus legatarios?

Las negociaciones han terminado como la lógica reclamaba, es decir, sin acuerdos de ningún tipo, a no ser que se consideren tales el minuto de silencio guardado al inicio de las mismas por ambas delegaciones por las víctimas del genocidio y la doble promesa del régimen, la incumplida (permitir la salida de 500 familias del centro de Homs por razones humanitarias) y la indefinida de aceptar quizá un nuevo encuentro en Ginebra para el día 10 de este mes. Sería como vestir el cinismo con los paños de la esperanza.

Y la esperanza se invoca por el simple hecho de que las partes se han reunido y, aun por persona interpuesta, hablado. En este punto, que los intentos por seguir un orden del día marcado por Ginebra I se hayan volatilizado por la animadversión y la desconfianza de las partes; que, por ejemplo, la oposición haya insistido en la formación de un gobierno de transición pasando de puntilla por las cuestiones humanitarias, o el régimen haya tachado a sus miembros de terroristas, parecen sendos flatus vocis acordes a la situación. Se diría que se tratase de un simulacro preconcebido en el que el descontado fracaso en lo negociado compensaría el logro de haber celebrado la negociación; se diría que llegar a hablar era lo importante aun a costa de lo que se dijera.

Admitamos sin reticencias la importancia de negociar cuando quien manda es la fuerza: desde un punto de vista político equivale a una confesión de impotencia por parte de un tirano sentarse a convencer a un señor que tiene enfrente y al que en el mejor de los casos le habría encantado encontrárselo con una soga al cuello y los pies colgando; además, negociar corre el riesgo de crear con el tiempo un método con el que resolver conflictos, un método que, a su vez, corre el riesgo de cristalizar en una costumbre en la cultura política afectada. Desde un punto de vista ético se estira hasta la idea de que los conflictos son connaturales a la vida y que ni ellos ni las creencias, ideas u opiniones subyacentes forman parte sin más de la leyenda del mal. Psicológicamente, ese nuevo mundo inspira autoestima, confianza, madurez en el ciudadano, y la proverbial tranquilidad de que no hay una bala perdida disparada por un oponente con la fecha de caducidad de la vida de alguien inscrita en ella.

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Ahmad Jarba, presidente de la Coalición Nacional Siria. Foto: Media Office

Con todo, milagro habrá si negociar no constituye el fin exclusivo de la negociación, y el acuerdo sigue a las palabras como el efecto a la causa. De ahí que no comparta la opinión de Ahmad Jarba, presidente de la Coalición Nacional Siria, cuando afirma que el régimen se halle “al principio de su final” por el mero hecho de haberse sentado a negociar (aunque sí comparto otra: la de que Asad ha querido, bajo presión del aliado ruso, participar en las conversaciones de Ginebra, aunque sin comprometerse a alcanzar acuerdos, “pues sabe que constituirían su fin”). Que, valga el caso, gobierno y oposición no hayan llegado a un acuerdo común ni siquiera en cómo combatir a las milicias yihadistas, enemigas de ambos y partidarias sagradas de la violencia, es testimonio de un impasse en la situación tanto más grave cuanto la prolongación de la guerra la hace cada vez más incontrolable y acelera la tragedia de extender el incendio más allá de las fronteras sirias. Si en este contexto lo único que pasa por la mente del gobierno sirio es tildar a la oposición moderada del Ejército Libre Sirio de terrorista, lo que entonces se evidencia es hasta qué punto el odio ha calcinado de la misma todo resto de prudencia. Si así están las cosas, que empeoren no se deberá sólo a la ley de Murphy.

Por lo demás, no podemos realmente decir que la negociación, bien que saldada sin acuerdos, no haya producido resultados. A lo largo de la semana, los miembros de la delegación oficial no ocultaron su debilidad por sus homólogos opositores, a los que piropearon sin arrobo calificándoles de “traidores” y “agentes a sueldo del enemigo”; y con el mismo gusto se despacharon respecto de la ONU y el gran Satán, e igualmente de Qatar, Arabia Saudí o Turquía, etiquetándolos amablemente de “países terroristas”. Naturalmente, en un caso así, es un deber para tan eximios representantes de la justicia olímpica no dar pábulo a las afirmaciones contenidas en sendos informes redactados, el primero por Human Rights Watch, que acusa al régimen de asesinar y torturar sistemática a ciudadanos sirios, y el segundo por un equipo legal y otro forense, que basándose en el material gráfico aportado por un ex funcionario al servicio de la policía militar del gobierno sirio (p. 4), duplica la acusación de la organización humanitaria, añadiendo que las pruebas aportan indicios suficientes para acusar al régimen sirio de crímenes contra la Humanidad y de crímenes de guerra (p. 21). Mientras observamos si las nuevas pruebas movilizan la conciencia de las potencias contra un criminal homófobo, falto de todo escrúpulo, o, al contrario, siguen la suerte de las anteriores, lo que sí cabe aseverar es la escisión sin retorno en los países musulmanes, es decir, que la Umma es un vaporoso fantasma de la escena internacional o, si se prefiere, que a Alá y su profeta en este ámbito parece que se les acabó la batería a la hora de movilizar comportamientos estatales, bien que permanezca intacta en tanto fuente de inspiración de los que tan graciosamente asesinan en su nombre.

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Activistas exigen alto a la masacre en Siria. Foto: www.hizb.org.uk

La ciudadanía siria, por tanto, mostraría probablemente mayor complacencia hacia unas negociaciones en grado de conjurar la violencia que, como una segunda piel, sin tregua la amenaza desde va para tres años. Y a tales efectos, lo mejor es no ir pensando en un continente vacío de contenido, que un buen día ponga ante la platea de la opinión pública a los nietos de los legatarios de hoy pugnando por el destino en el poder de Asad-nieto. A tales efectos, digo, lo mejor es trazar una agenda, a debatir en una conferencia sin pretensiones de eternidad, en la que junto al arbitrio de soluciones para los problemas humanitarios urgentes y al cese inmediato del fuego, el futuro próximo del país se convierta en el objeto de culto de la misma, y en él cuestiones como la protección de las minorías o la creación de un sistema político integrador susceptible de reconciliar una población hoy escindida y enemiga componen dos urgencias por resolver, esto es, dos desafíos a la imaginación y la voluntad para impulsar de consuno en la dirección adecuada. Que difícilmente será otra que la instauración de un régimen democrático en el que la tutela de los derechos humanos suponga la pieza angular del mismo, siempre y cuando se quiera evitar una deriva a la egipcia en el caso de que una fuerza suní logre amalgamar en torno a sí el voto político por motivos de religión, y dé alas al 70% de la población para jugar al ratón y al gato con el resto. O que establezca la división de poderes y el principio de legalidad, en tanto no se aspire a reproducir la situación actual con otros gobernantes.

Resulta además ridículo que un país que carece ya de soberanía sobre sí mismo organice una conferencia que la mantiene como supuesto al proponerse resolver sus problemas. Quiero decir: en las futuras negociaciones no sólo deben participar las partes que representan a la actual población siria, sino también representantes de países de la región, a los que el conflicto sirio ha casi desestabilizado, como es el caso de Jordania, o en los que ha repercutido sensiblemente en sus asuntos internos, como Turquía. Como sería de desear que no quedaran fuera de las mismas las grandes potencias, pero en cuanto miembros de Naciones Unidas, a fin de aportar una garantía suplementaria a un proceso que sin la contribución internacional corre el riesgo no sólo de eternizarse, sino, aún peor, de multiplicarse.

Bazas importantes del mismo son, a nivel interno, las garantías de las minorías, incluida la alauita, lo que posibilitaría divorciarla de la figura de Asad; y, a nivel externo, la mejora de las relaciones con Irán, que permitiría al país de los ayatolás separar desde el primer momento la persona de Asad de la del gobierno sirio, y de este modo apartar a la figura simbólicamente más importante y políticamente más nociva del proceso de pacificación. Una vivencia esa igualmente al alcance de Rusia, su otro aliado incondicional.

O intervención externa en Siria o prosecución de la matanza a la espera de la extensión de la guerra y de las milicias del terror por los países colindantes. No parece que sean muchas más las opciones que la paz, y aun la propia supervivencia del país, dejan al pueblo sirio.

 

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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