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Con voz propia

Siria: El libreto de Libia, en escenario diferente

La privilegiada situación geopolítica de Siria, uno de los atractivos para su invasión

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Atentado "rebelde" en Siria Foto: BI

Miguel Guaglianone*

Las cartas están echadas. Aparentemente, desde las conclusiones a las que arribó la inteligencia israelí, de que ese país no está en capacidad militar de realizar por su cuenta un ataque a las instalaciones nucleares de Irán con resultados favorables, y ante la negativa del gobierno estadounidense de proporcionar a las fuerzas armadas israelíes las bombas perforantes capaces de llegar hasta 45 m. bajo tierra (en la última reunión realizada entre Obama y Netanyahu en Estados Unidos), los planes del ataque militar inmediato a la nación persa han quedado en un cierto suspenso, concretándose a apretar los bloqueos económico, financiero, diplomático y legal que le han impuesto.

Todos los esfuerzos entonces se han volcado ahora a la intervención militar y la caída del gobierno de Bashar Al-Assad en Siria. Para ello, los gobiernos de los Estados Unidos, de Israel y de las naciones europeas de la OTAN, están aplicando rigurosamente el mismo libreto que utilizaron en Libia:

* El primer paso del libreto consiste en desatar una campaña hegemónica a través de los medios de comunicación corporativos a nivel mundial, que señala al gobierno sirio y a su presidente como los malvados de la película (tal como se hiciera por ejemplo con Noriega, con Saddam Hussein, y finalmente con Gaddaffi). Violadores de los derechos humanos, asesinos de civiles inocentes, dictatoriales y arbitrarios1, la condena es unánime.

Es curioso percatarse como todo esto se desata sin ningún tipo de pruebas, los medios actúan como jueces previos que determinan apriroi la maldad del gobierno sirio. Basta con contemplar los noticieros diarios de cualquiera de las cadenas internacionales (CNN, FOX, DW; RTE, RTF y demás) para constatar como toda noticia que tenga que ver con Siria, parte inexorablemente de la culpabilidad y mala intención del gobierno de Bashar Al-Assad y de su responsabilidad directa por los heridos y muertos de la población civil. Curiosamente, las imágenes que acompañan estas noticias son siempre escasas y confusas, no elaboradas por los corresponsales de estas cadenas, sino en general “videos de aficionados” en los cuales no es posible determinar su pertinencia, tomados en su gran mayoría de la Internet. En definitiva, es posible percibir para cualquier observador precavido, como toda esta campaña consiste fundamentalmente en la creación (bastante burda) de “realidad virtual”, la imposición de una “matriz de opinión” necesaria a los intereses de quienes manejan las cadenas de información para justificar una invasión.

* Mientras tanto, se ejerce en forma coordinada todo tipo de medidas de presión (expulsión de embajadores, congelamiento de cuentas bancarias, bloqueo económico y comercial) sobre el país designado.

* Por debajo se financia y abastece a las “fuerzas rebeldes” que están formadas en su mayoría por opositores radicales y mercenarios de todo tipo (algunos de ellos, los mismos que ya operaron en Libia) con equipamiento y armas suministradas -en este caso- por “países amigos”, cómplices de la jugada internacional.

El gobierno sirio (acallado siempre por el peso mediático de las cadenas de información occidentales) ya ha mostrado por ejemplo, el decomiso de armas capturadas a los “insurrectos”, de origen saudí (los que, además de su apoyo político a los países centrales, tienen especial interés religioso en hacer caer al gobierno sirio) y por supuesto de origen israelí.

* Se presiona además a los “Organismos Internacionales” para que avalen medidas que, tal como ocurriera en Libia, den un cierto “carácter legal” a un ataque militar. El objetivo final, declarado abiertamente por la Secretaria de Estado Norteamericana Hillary Clinton, es la destitución de Bashar Al-Assad y su gobierno y su sustitución por un régimen fiel a los intereses de los países centrales. El recién elegido “socialista” Hollande es uno de los más inmediatos proponentes de la intervención armada por parte de la OTAN. El Secretario General de las Naciones Unidas vuelve, como en el caso libio, a ejercer el papel de vocero oficial de los países atacantes, “secretario colonial” de los poderes imperiales.

Siguiendo todas las directivas del libreto, se supone que se lograrán los objetivos de conquistar para los intereses occidentales el control de Siria.

El último paso del guión llega a los límites del surrealismo. Dentro de la convulsión militar del país se produce en la localidad de Hula una matanza que deja como saldo alrededor de cien civiles muertos y múltiples heridos, incluyendo ancianos, mujeres y niños. De forma inmediata, el sistema de medios corporativos y los voceros de Occidente condenan al gobierno sirio como autor de la masacre. El gobierno hace una investigación y determina que la matanza la realizaron las milicias rebeldes financiadas y equipadas por Occidente, y que las tropas gubernamentales no estuvieron en el sitio en ese momento.

Rápidamente este informe es descalificado por las mismas cadenas de medios y los voceros de los gobiernos centrales, con argumentos tan “sólidos” como que “ese incidente tiene todas las características de un ataque de las milicias progubernamentales y de las tropas del gobierno.” Otra vez las imágenes de los sucesos son mínimas y confusas. Inclusive el “tan serio” servicio informativo de la BBC de Londres, utiliza para ilustrarlo una fotografía apócrifa, cuyo fotógrafo autor se apresura a aclarar que fue tomada en Irak diez años antes, provocando una mínima explicación por parte del servicio informativo, cuya única preocupación fue suministrar una imagen que apoyara el libreto. Gracias a la firme disposición de China y Rusia (que parecen ahora no estar dispuestas a repetir el error que cometieron al permitir la resolución con la que se justificó el bombardeo a

Libia), no fue posible en este caso una decisión del Consejo de Seguridad que avalara un ataque a Siria.

Resultado: un empate entre el libreto y el gobierno sirio. De todas maneras se ejercen otras medidas adicionales, como la expulsión de los embajadores sirios de varios de los países europeos (el gobierno francés uno de los primeros). Pero no se logra lo que pareció ser el objetivo directo de la masacre: comenzar el ataque militar.

Es que las cosas no son tan sencillas aquí. En primer término, el objetivo central del libreto no consiste (como en Libia), en apoderarse de las fuentes de petróleo, gas y agua por parte de las naciones centrales. El principal objetivo aquí es sobre todo geopolítico. La privilegiada situación geográfica de país central de Siria, permitiría que su control aumentara exponencialmente el poder de Israel en la región, reforzara las fronteras de países como el Líbano o la propia Turquía (que pudieran representar puntos débiles en la influencia de los países centrales) y fundamentalmente se privaría a Irán de su principal apoyo en la región, en la guerra de desgaste para su futura intervención.

Pero Siria no es Libia, en primer lugar y por razones históricas, el gobierno sirio no ha bajado la guardia en su defensa militar desde la apropiación por Israel de las Allturas del Golán, territorio sirio invadido en la Guerra de los Seis Días en 1967 y anexado al Estado de Israel en 1981. Desde entonces, el Estado sirio está en constante pie de guerra. Hace un tiempo, en una visita a Caracas, Thierry Meyssan, el director de la Red Voltaire, nos contaba que estaba viviendo en Damasco, y como el clima de estado guerra constante que pesa sobre esa hermosa ciudad (que en un momento fuera la perla del Oriente Medio) es excesivamente asfixiante y opresivo, y altera y enajena toda actividad cotidiana de quien allí vive.

Siria nunca cometió, presionada por sus circunstancias, el error de Gaddaffi de desarmarse como gesto de buena voluntad hacia un Occidente que creyó lo había aceptado. Toda su parafernalia militar, incluidos los estratégicos proyectiles SS300 rusos (que fueran hace poco tiempo potenciados a su máxima capacidad por técnicos rusos autorizados por Putin); constituye un hueso mucho más duro de roer que la entonces empobrecida capacidad militar Libia, considerando además que en este caso, errores en posibles bombardeos de la OTAN corren el peligro, de sembrar “fuego amigo” en los cercanos Israel, Turquía o El Líbano. No será entonces tan sencillo enviar miles de misiones de bombardeo a un territorio que no está indefenso y está rodeado cercanamente de “países amigos”.

Y como vimos, la hoy firme posición tanto de la Rusia de Putin como de China, de no ser cómplices en proporcionar un “justificativo” que permita la intervención armada, hacen menos “digerible” un ataque militar inmediato.

El problema está en que, aunque hasta ahora no les haya sido posible emprender la aventura militar en Siria, los intereses occidentales seguirán presionando para lograrlo, insistiendo en el mismo libreto. Hay demasiado en juego como para retroceder, considerando que además de todas las razones económicas y políticas previas, una nueva guerra aportaría un “ruido social” capaz de funcionar como elemento contrarrestador, frente a las inmensas presiones sociales internas que la crisis económica y financiera está produciendo en los países centrales.

El pronóstico entonces no es demasiado alentador. Prosigue sin cesar la “huída hacia delante” de los poderosos, y todos nosotros (el resto del mundo) deberemos estar dispuestos para enfrentar las consecuencias.

1 Conste que con esto no estamos realizando una defensa de las bondades del régimen de Bashar Al-Assad. La “democracia occidental” y sus normativas sobre valores y derechos humanos, no son precisamente características de los regímenes islámicos que provienen de otro espectro cultural. Lo notable es que las características que lo hacen “condenable” para la visión occidental, son las mismas que existen en el resto de los estados islámicos pro-occidentales (como las monarquías, saudí, yemenita y jordana por ejemplo), hacia las cuales Occidente no tiene ningún tipo de reparo y a las que nunca condena, considerándolas “aliados amigos y confiables”.

 

Barometro Internacional

*El autor es analista y editor de Barómetro Internacional de Venezuela.  miguelguaglianone@gmail.com

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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