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Reforma Financiera en México: El sobreendeudamiento de los hogares

La reforma financiera del Pacto por México un atentado a la economía de las familias con mayor precariedad.

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Aspecto de la reunión oficial para presentar la iniciativa. Foto: animalpolitico.com.mx

Emmanuel Ameth*

La iniciativa de Reforma Financiera presentada por el presidente de México Enrique Peña Nieto en su calidad de promotor del Pacto por México “no lleva por intención disminuir las tasas de interés”, tal como lo expresó textualmente su Secretario de Hacienda y Crédito Público (SHCP) Luis Videgaray. Lo que pretende, se dice, es fomentar el crecimiento del sistema bancario creando las condiciones jurídicas y financieras necesarias mediante la implementación de diversas acciones en 4 ejes fundamentales. Sin embargo, esta iniciativa promoverá el sobreendeudamiento en los hogares y no el crecimiento de la economía.

Lo más preocupante del sistema financiero mexicano es que a pesar de su aparente ‘estabilidad’ este no mejora las condiciones crediticias para sus usuarios, es decir, los esfuerzos deberían ir encaminados a abaratar su costo. Según los datos del banco mundial, el financiamiento privado en México pasó de representar el 21% del PIB en 2008 al 26% en 2011; sin embargo, este crecimiento promedio de 8% anual no redujo las tasas de interés al mantener el Costo Anual Total (CAT) en niveles similares y/o superiores en el periodo citado. La tarjeta de crédito Click de Santander por ejemplo, registró un Costo Anual Total de 47.53% en 2007 mientras que para este año, ascendió a 53.6%. Si su cuota de mercado creció, es evidente que cuentan con solidez, luego entonces no existe pretexto alguno para que su oferta al cliente empeore.

De hecho, México cuenta con las tasas de interés más costosas del mundo como bien afirmaba el hoy titular de la CONDUSEF Mario Di Constanzo: mientras el CAT de una tarjeta de crédito emitida por Citibank es del 10%, su filial de México (Banamex) la ofrece en 47%; cuando en España la de BBVA cobra un CAT de 27%, aquí Bancomer lo da en 32%; en Canadá Scotiabank Inverlat registra un CAT de 18%, pero en tierra azteca es del 45%; en Inglaterra la de HSBC tiene un CAT de 18% comparado con el 53% que aplican en este país.

El incremento en el crédito suele traducirse en una economía en crecimiento siempre y cuando el crédito sea usado para inversiones. Como sostiene Carlos Capistrán, economista en Jefe para México de BofA-ML. “la clave está en promover el crédito sin crear un gran desequilibrio fiscal o de los hogares, por ejemplo, mediante la reducción artificial de los costos crediticios…”, cosa que es imposible bajo las condiciones actuales y también sobre las que propone la Reforma Financiera. Facilitar el acceso a estos instrumentos de endeudamiento en condiciones de verdadera usura, sólo llevan a la descapitalización del ingreso familiar y en muchos de los casos, al quebranto.

La banca en México debe ser ajustada y regulada, no consentida. Para que las tasas bajasen mediante libre mercado y competencia, la teoría económica es muy clara: el consumidor debe tener pleno conocimiento sobre las opciones con las que cuenta –aquí servirían los indicadores de CONDUSEF si todos tuvieran acceso a ellos- pero sobre todo, que haya libertad y movilidad para poder decidir entre un producto y otro. Los productos financieros no llegan a todas las regiones e incluso los básicos, tampoco son accesibles a la gran mayoría. No hay forma de que el mercado, por sí mismo, lleve los costos a un punto de equilibrio sin la acción rectora de un Estado. Además, el consumidor no cuenta con elementos que promuevan su organización para la defensa justa y legítima de sus intereses, por lo que, por sí mismos y bajo las condiciones actuales, sería también imposible que se enfrentasen solos a la banca: es una condición naturalmente desigual entre el demandante y el ofertante que el gobierno de Peña Nieto deja a su suerte en un laissez faire que quedó rebasado y obsoleto hace por lo menos 80 años en la historia mundial.

La banca siempre gana

De registrarse un mayor crecimiento económico, ello pondría presión sobre los precios mediante la inflación, haciendo encarecer las tasas. Si el crecimiento se desacelera, el riesgo también presiona las tasas por la especulación de que no se regrese el capital prestado. La economía necesitaría mantenerse fija para que las tasas paulatinamente bajaran, aunque ello derivaría en un menor interés por prestar. El negocio del banco es prestar con mayor riesgo para cobrar mayores dividendos, porque además, en México la banca no pierde su capital –aunque cobre como si lo hiciera-: el sistema de garantías de la banca de segundo piso interviene para devolver casi la totalidad de los adeudos además que le permite deducir el quebranto y vender esta otra deuda a otra entidad financiera.

Si esta otra entidad es ‘recuperadora’ puede repetir el proceso una vez más mediante alguna empresa filial. Y si las cosas no salen como esperaba el banquero, siempre contará con un gobierno dispuesto a rescatarle, que además se ofrece también como su cliente para que le venda su propio dinero… por ello la banca igualmente lo explota. No olvide estimado lector, que los banqueros comparten el riesgo con los gobiernos, nunca las utilidades (incluso mienten sobre sus ingresos para pagar menos impositivos).

La diferencia abismal que existe entre un mercado de capitales y uno de dinero, se debe especialmente al jugoso negocio de la banca. Mientras las empresas que operan en bolsa deben rendir una serie de informes entre los cuales, comprueban sus activos y se hacen proyecciones respecto a sus utilidades para valuar sus cupones, a la banca le basta con emitir ‘promesas de pago’ de sus certificados para lucrar, es decir, físicamente pueden respaldar muy, muy poco. Contrario a lo que se piensa, una menor parte del capital que prestan lo hacen del dinero que obtienen de los cuentahabientes mientras que el resto, simplemente lo consiguen de especular cuánto puede ingresar por efecto de sus préstamos. Los gobiernos en general son cómplices de este fraude.

Primer eje

Propone un nuevo mandato para que la Banca de Desarrollo propicie el crecimiento del sector financiero

Es cierto que impulsar la Banca de Desarrollo beneficia a las familias mexicanas pero ello no se logra bajo la segunda acción de este eje. No se puede esperar una maximización de los beneficios de los préstamos porque ello se antepone al fin de este tipo de banca, que es el de impulsar sectores vulnerables, no el de lucrar. Ciertamente y en sentido práctico mientras más pueda prestarse, será mejor para la población beneficiaria de estos esquemas en general, pero el camino no es buscar maximizar la maximización de beneficios por esa vía, sobre todo, repito, cuando se trata de grupos vulnerables.

Debe comprenderse lo que es una política social como agente equilibrador de oportunidades, no como una política ‘eficaz y eficiente’ en el cobro y dispersión de recursos que de obrar según lo pretendido, muy pronto dejaría de atender estos sectores vulnerables por no cumplir sus requerimientos para ser un beneficiario.

La situación anterior hace inconcebible el fomento del crédito privado cuando este exige tasas, incluso, más de 10 veces superiores a los de los productos de que ya ofrece la Banca de Desarrollo. Si hubiese la intención de mejorar/limpiar este sector, debería comenzarse por hacer a un lado los clientelismos pactados con supuestas organizaciones obreras, campesinas y empresariales en cuya factura política se desperdician estos programas.

Segundo eje

Fomentar la competencia en el sistema financiero para abaratar las tasas

Si bien los postulados que brindan de mayores facultades a entidades como la CONDUSEF para sancionar a la banca en caso de abuso o incumplimiento así como el facilitar a los cuentahabientes el cambio de proveedor de servicios financieros son acciones positivas, las otras dos propuestas que se observan en la página de la Presidencia de la República son de miedo.

El Buró de Crédito Universal (actualmente está el Buró Nacional de Crédito y el Círculo de Crédito) es una medida administrativa que facilitará el acceso al historial tanto de las personas como de las entidades financieras. Sin embargo, es el uso del Buró que las entidades dan lo que preocupa. A pesar de que el tener acceso a un trabajo digno –que incluye una vivienda digna- es un garante constitucional, este mecanismo es consultado para restringir tal derecho. Las empresas y en especial las entidades financieras, consultan el mismo, a pesar de ser una práctica prohibida, para condicionar el acceso a un trabajo. Recuérdese que el Buró fue idealizado como un instrumento mediante el cual se cuantificara el riesgo de realizar el préstamo a un solicitante, nunca como un factor discriminante a pesar de ser esa su función actual.

La Reforma Financiera pretende también ‘facilitar la transferencia de garantías crediticias’ incrementando la competencia entre las instituciones. Lo anterior significa vender lo que en los Estados Unidos se conoció en la Crisis Financiera como transferencia de ‘cartera radioactiva’ pues no llevaba mayores investigaciones, incentivando el crecimiento de la burbuja sobre estas carteras inservibles para finalmente encaminar la economía al desastre financiero. Antes de que ello suceda, será más frecuente lo que se observa en el Buró de una persona deudora: por condiciones de mercado laboral, aquella deuda que tuvo un atraso igual o mayor a los tres meses no sólo es reportada por la entidad financiera acreedora sino también por aquella a la que vendió la cartera, posibilitando la Reforma que esta ‘deuda’ se repita en más de dos ocasiones en el historial como ya actualmente sucede.

Tercer eje

Generar incentivos adicionales para que la banca preste más

Como se ha explicado anteriormente, realmente la banca no cuenta con riesgo para emitir préstamos, sino que este es un factor que ‘sostienen’ en la teoría para sostener altas sus tasas de interés. Simplificar los regímenes para el otorgamiento y ejecución de garantías crediticias en una banca como la mexicana quiere decir que podrán disponer de mayores recursos económicos facilitados por el gobierno mientras que de lado de los deudores, ahora sí estos observarán de manera permisiva e institucionalizada cómo les son embargados y rematados sus bienes derivado de una práctica absurda desde el principio: la insensatez de una ejecutoria para ellos justa, sobre un abuso en sus tasas a todos ojos, injusta.

Cuarto eje

Fortalecer al sistema bancario, para que el sector crezca de forma sostenida.

Como se puntualizó párrafos más arriba, de no estar el sistema bancario suficientemente fortalecido, no habría crecido anualmente 8 veces más de lo que hizo el PIB de nuestro país en los últimos años. Evaluar a los bancos periódicamente para que estos ‘presten más’ es una incompatibilidad con la realidad mexicana cuando se busca mejorar las condiciones –y las tasas, no olviden las tasas- de acceso al crédito por parte de la MiPYMES y no en el crédito al consumo. El primero condiciona el crecimiento mientras que el segundo, lo hace con el sobreendeudamiento. Uno produce, mientras que el otro satisface. Ambos son necesarios y deseables cuando se complementan, nunca cuando se alejan.

Con las quiebras bancarias actuales, los empresarios sueles salirse con la suya sin sufrir castigo alguno por parte de la autoridad ni respondiendo esta por los recursos de los mismos. Recuérdese el caso de la Financiera Coofia –que protegen los que hoy presentan la iniciativa de Reforma- y tantas otras más para reconocer que hace falta endurecer las leyes. Sinceramente no sé qué pueda ser de los ahorradores si los procesos se facilitan y suavizan aún más.

 *El autor es analista financiero en México.

Tw: @1ammeth1

 

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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