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Con voz propia

¿Puede una sociedad enferma regenerarse a sí misma?

La sociedad debe hacer uso de su derecho soberano a vivir en una sociedad moralmente tolerable y forzar a los políticos a un contrato social democrático

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Nuestro turno. Foto: red

Antonio Hermosa Andújar*

España: ¡Nos toca!

(LA TRAGEDIA DE LA POLÍTICA – II)

En una situación de crisis sistémica, que abarca por tanto al conjunto de la sociedad y de sus instituciones, ¿a quién corresponde la iniciativa de impedir que arrase la convivencia? ¿Puede una sociedad enferma regenerarse a sí misma?

En un artículo anterior recordaba cómo Spinoza compartía con Séneca la idea de que ninguna sociedad regida por la violencia sobrevive largo tiempo; pero, a diferencia del gran escritor cordobés, Spinoza abogaba por una solución que trascendía la educación de un príncipe que lo convirtiera en bueno para dedicarse por entero a intentar hallar la cuadratura del círculo político, que diría Rousseau, a saber, no que la ley estuviera por encima de los individuos, como quería el pensador ginebrino, sino dar con la clave institucional que impidiera al gobernante que lo quisiera actuar mal. De ahí que en su titánico esfuerzo por reordenar la sociedad, a la que consideraba “útil” y “necesaria” para ese ser no del todo racional que es el hombre –y necesitado por ende de autoridad, de fuerza y de leyes-, al que proporcionaba seguridad y abundancia, acabe diseñando el plan de una constitución democrática que era el santo y seña de la libertad: un bien inseparable del hombre si conocida por él, como mutatis mutandis habían reconocido ya desde historiadores como Heródoto a teóricos como Maquiavelo, entre otras razones, aduce Spinoza, porque al ser la democracia el régimen del autogobierno colectivo transforma la obediencia en libertad.

La idea creará escuela, teniendo a Rousseau y a Kant entre sus alumnos más destacados, este último, además, con una peculiaridad claramente distintiva respecto de sus otros dos antecesores: la de proclamar su validez también para un régimen representativo, en vez de para uno directo. Ahora bien, no es dicha carencia la principal razón de que el camino iniciado por Spinoza tenga que salirse de su cauce para dar con la piedra filosofal en grado de poner fin a la violencia en la vida pública, y de que su doctrina no resulte sin más aplicable pese a haber embocado la vía institucional; la principal razón es que se propuso un imposible aún más extremo que el buscado por Séneca, por la sencilla razón de que tal piedra filosofal no existe, y que la maldad inherente a la sinrazón spinoziana acaba por encontrar en el entramado de principios e instituciones diseñados para su contención los resquicios por los que hacer su aparición en la arena pública. Dicho de otro modo: en política, la tragedia se sirve también de las instituciones, incluidas las mejores. Por eso Maquiavelo recomendaba a las repúblicas una constante vuelta al origen y por eso Jefferson acabó a su modo copiándole la idea.

Una crisis sistémica como la que actualmente azota a la sociedad española; que hostiga a la mayoría de su población con un caudal desbordante de sufrimiento y la amenaza con penurias sin cuento, más pobreza y la incertidumbre más absoluta ante el futuro, además de con el autoritarismo más chabacano e impúdico; una crisis tan nueva que es desconocida para todos y que en su radicalidad pueda dar al traste incluso con su misma existencia, tal y como se la ha reconocido durante siglos, no puede fiar su resolución al orden institucional democrático que le da forma, porque sus instituciones –monarquía, parlamento, partidos, magistratura, ejército, sujetos económicos, etc.- son parte del problema y no la solución, y porque el soberano, la propia sociedad española, es el vejado paciente que sufre la humillación y la violencia, sí: ¿pero qué otro agente queda para proceder a su propia autorregeneración? Máxime cuando el resto de los ídolos yacen por los suelos, desde el exterior se ayuda a preparar su sepultura y los milagros se los siguen jugando a las cartas el azar con las religiones.

Necesitamos nuevos políticos, más y menos partidos y otra reordenación institucional. Es menester devolver la juventud a la política, entendiendo dicho término en un sentido bastante próximo al que le imprimiera el autor uruguayo Rodó: descriptivo y moral a la vez, que rescataba del destino la esperanza y la convertía en un regalo colectivo para los pueblos. O lo que es lo mismo, aunque aceptemos políticos profesionales para que nos gobiernen, hemos de romper el vínculo que los une con su enquistamiento como casta. Hemos de impedir que quienes debieran poblar las cárceles pueblen el Parlamento o cualquiera de los órganos donde se decide nuestra suerte común y gran parte de la personal, esto es, hemos de establecer normas que incapaciten a los delincuentes para representarnos en el escenario público durante años o por siempre, dependiendo del delito cometido. Y, con ello, efectos como el de la omertà, ese silencio cómplice con el que la marea de la corrupción se extiende a lo largo y ancho del tejido social mientras muchos corruptos se protegen entre sí y todos renuncian a las medidas que previsiblemente las atajarían. Quizá otro efecto saludable que recaería sobre la política española sería no volver a escuchar desgañitarse a monos que no oyen, no ven y no hablan con el famoso y tú más, el eslogan con el que la competencia por corromperse cifra su coartada y su móvil simultáneos en la llevada a cabo por el adversario.

Necesitamos más partidos a izquierda y derecha del arco político, o, si se prefiere, alguno de centro, donde puedan ir a parar los votos de los conservadores demócratas y de la izquierda igualmente demócrata, pero unitaria, con un único proyecto político para el conjunto del país, libre de ataduras históricas e ideológicas, en grado de encarar el futuro sin hipotecas pasadas o presentes. La palabra federación, es decir, Estado Federal, debería constituir el nuevo vínculo interpartidista, que propague la reforma constitucional, libere a la política del chantaje o del fardo de la historia e impulse el diálogo entre los diversos nacionalismos, el central y el periférico, al tiempo que recuerde que desde la fundación de los Estados Unidos existe una doble lealtad no conflictiva en el mundo y que la lealtad a la democracia puede –sin contar con que debe- ser más fuerte que cualquier patriotismo a la Chicharra o cualquier nacionalitis, sea la fundamentalista del siempre estuvimos ahí u otra menos visceral. Sea como fuere, debe hallarse el modo de que España no pierda esas dos grandes joyas de la corona que son Cataluña y Euskadi, y, también, de que no sea vea permanentemente sacudida en sus cimientos por sus reivindicaciones sin tregua. El federalismo tiene ahí, desde un punto de vista institucional, la llave en su mano.

Necesitamos una reforma amplia del Parlamento; que el Senado pase a ser una cámara territorial o que deje de ser, y que en el Congreso los parlamentarios cuenten con un margen de libertad de conciencia respecto de sus partidos para asuntos relacionados, por ejemplo, con los derechos fundamentales, con la seguridad del Estado o con la forma política del país. Porque, para seguir como estamos, con multitud de escaños vacíos durante los debates o para obedecer religiosamente a su brujo de turno cuando hay asistencia, lo mejor es que haya quince o veinte diputados, los necesarios para que el ganador mantenga la miserable mayoría a la que hoy se accede. Naturalmente, otra reforma que les incumbe a ellos es perder buena parte o el conjunto de las inmunidades y privilegios de que gozan, residuos de otros tiempos, cuando los reyes eran reyes y no se caían al leer, ni cazaban ciervos con pinta de elefante en África apoyando el rifle contra la trompa del animal para estar seguros de no errar el tiro (prohibir que el cazador, aunque sea sólo un líder local, se fotografíe con los testículos de su trofeo sería quizá un exceso, pero bastaría con que los partidos procedieran a rescindir su militancia o a negar su afiliación a dichos sujetos para que también el PP se quedara sólo una vez más).

Y necesitamos, más que nada y más urgentemente que todo lo demás, una reforma de la ley electoral, porque es la genuina clave de bóveda de las restantes urgencias. Una ley electoral proporcional hace justicia en la política a la sociedad, por cuanto no produce la división entre ambas esferas de la vida humana al reproducir en el Parlamento y en el Gobierno la mayoría social que llevó hasta ahí a los representantes sociales. Mantiene igualmente la coherencia en la propia esfera política, porque la intención expresada en el voto, manifiesta en su resultado, es la que luego se conserva en el gobierno, al ser éste su producto directo. Pero, además, ensancharía nuestro ámbito político con la práctica de la coalición, un diálogo que es símbolo de madurez de la sociedad que lo impulsa y de la democracia que lo hace aflorar en el gobierno. Y es que, en efecto, la razón esgrimida sin cesar para imponer leyes electorales como la Ley d’Hont, la de favorecer la gobernabilidad, no deja de ser, en el mejor de los casos, más que un mal chiste.

Si en una sociedad plural la coalición no funciona sistemáticamente, esto es, si en democracia los partidos no logran ordinariamente llegar a acuerdos sin menoscabo de los principios constitucionales y del propio interés de los partidos, la democracia no funcionará; porque debajo de la misma habrá tanto una institucionalidad ideológica como una sociedad enferma, absolutamente escindida y sólo mantenida junta, que no unida, por la fuerza, por la inercia o por éxitos efímeros logrados fuera de lo político, de los que nada garantiza su repetición. La mayoría artificial que dicha ley proporciona lo único que logra es que a unos partidos les cueste mucho más que a otros lograr un diputado, es decir, romper la igualdad del punto de partida, además de congelar las fracturas de la sociedad, o aun de socavarlas todavía más, llevando la división hasta las puertas del infierno. La desafección del sistema, por decirlo con otras palabras, y ello tanto desde la política como desde la sociedad, algo especialmente visible en tiempos críticos.

Una ley electoral así, en cambio, cultiva el surgimiento de nuevos partidos, la formación de mayorías alternativas, esto es, la liberación del voto ciudadano: la restitución a la ciudadanía del cetro, hurtado por los partidos, de su soberanía, como con suma clarividencia puso de manifiesto Jorge Urdánoz Ganuza en un artículo que el lector puede leer aquí: http://elpais.com/elpais/2013/02/12/opinion/1360698390_781206.html. Y, desde luego, fomenta, incluso en un medio como el nuestro, tan hereditariamente corrupto, la limpia competencia entre los partidos y hasta la moralidad endogámica: que renuncien a su papel de encubridores de las obscenidades llevadas a cabo por algunos de sus miembros, como asimismo se explicita en el citado artículo.

El sujeto del cambio debe ser el que por fuerza ha de ser: nosotros mismos. Ni el príncipe bueno de Maquiavelo ni el patriota chicharro, puesto que su patria no es sino Bárcenas con uniforme. Tenemos, sin duda, los defectos habituales del ciudadano-consumidor y los que arrastramos casi en nuestros genes: nada que deba permanecer así, mientras la historia no se identifique con la fisiología. Pero estos años negros, endurecidos por el sufrimiento, la pobreza, el desempleo y la incertidumbre del futuro, en los que hemos pagado sobradamente nuestras culpas al tiempo que éramos declarados culpables de crímenes de cuello blanco –un lujo fuera de nuestro alcance- por quienes buscan chivos expiatorios para los suyos o cobayas de planes inconfesables, nos han hecho cambiar. Por de pronto, nos han repolitizado, cosa que nunca debimos perder, porque ya vemos lo que pasa, y ahora muchos gestos y palabras de los mandarines son sometidos espontáneamente a un escrutinio crítico del que antes se libraban, porque la opinión pública casi coincidía con la publicada. Y en la calle hemos hecho gala de una solidaridad con la que no se contaba y que, en honor de la verdad, ha sido involuntariamente atizada por la política del partido en el poder, maestro en el arte de la contradicción y del delito.

Ahora que la situación se ha degradado al punto que un solo hombre impone su chantaje al gobierno de toda una nación; que el partido chulesco se declara irresponsable de las evidencias delictivas que le acusan; que el principal partido de la oposición vive prisionero de su reciente pasado y dividido de sí mismo; que la vida pública parece suspendida en un vacío de la que nadie sabe qué saldrá, etc., la sociedad española debe hacer uso de su derecho soberano a vivir en una sociedad moralmente tolerable y forzar a las fuerzas políticas a un contrato social democrático en el que éstas se comprometan a incluir en sus programas electorales ciertas exigencias mayoritarias de la sociedad, entre las que debe primar la reforma de la ley electoral. Las redes sociales están también para eso, y constituyen un medio extraordinario para hacer visibles nuestras exigencias.

No necesitamos crear un movimiento ni, menos, constituir un partido para llevar a cabo dicha tarea, sino valernos de una cierta organización, y para ello basta y sobra con lo que ya hay, con independencia de que se puedan crear nuevas asociaciones o nuevos portavoces. Hay numerosas formas de plantear dichas exigencias y cada uno puede consultar su imaginación o la de otros para hacerlas efectivas. Lo que sí parece cierto es que las circunstancias ya no son nuestras aliadas y no nos concederán más treguas. Podemos renegar de estos partidos y de sus políticos, pero si no queremos renegar también de la democracia renegando de ellos, para nosotros ha llegado la hora de la acción. ¡Nos toca!

*El autor es escritor y filósofo español.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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