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Con voz propia

Presidenciales mexicanas: la tradición del fraude

Cada seis años, México se ha visto marcado por la sombra del fraude electoral, y ahora en 2012, quedó claro que se ha quedado como tradición

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Foto: Morena Chiapas

Antonio Hermosa Andújar*

Puntualmente, como tras cada elección presidencial en México luego de que en las de 2000 el PRI perdiera su auto-arrogado derecho a la omnipotencia, y como en algunas ocasiones anteriores a tan magno acontecimiento, como en las que en 1994 Ernesto Zedillo venció a Cuauhtémoc Cárdenas, la opinión pública mexicana asiste al doble y simultáneo espectáculo del resultado de las mismas y de las sospechas de fraude, que le acompañan como su sombra. También en las del pasado día 1 ha pervivido la tradición.

No deja de resultar llamativo, como nos recuerda con insistencia los historiadores mexicanos, que mientras el poder presidencial pierde gas y, de consecuencia, ganan fuerza los demás poderes constitucionales; que mientras se ha resquebrajado la unicidad del poder central y la antaño mayestática figura presidencial se vea hogaño contestada por un Congreso y una Corte Suprema más independientes, unos poderes regionales más libres y un Banco de México más autónomo, etc., el espectro de la corrupción en cada elección del máximo mandatario del país cobre cuerpo al punto de darse por descontada. Con el durísimo peaje en prestigio internacional que ello supone para el país. ¿Qué es México? ¿Por qué a pesar de los avances democráticos que pasito a pasito, como se diría allí, se dan, perviven sin embargo todos los grados de la desconfianza personal e institucional, desde los simples tics hasta las posiciones anti-sistema?

Quizá una primera respuesta provenga del hecho de que los efectos del presidencialismo no desaparezcan, ni al unísono ni, a veces, en absoluto con la causa. El Presidente, cierto, se halla algo más maniatado en su acción, y su voluntad no es la del monarca absoluto de siempre. Su figura se reprodujo en cada ámbito, por insignificante o ínfimo que fuera, en el que había una relación vertical entre quienes lo componían. Y, en especial, en el gobierno de los Estados o en la alcaldía capitalina, quizá la segunda magistratura del país –pese a lo cual, y como recuerda el politólogo Samuel Schmidt, salvo en el caso de López Obrador, nunca ha servido de trampolín para la presidencia-, donde los correspondientes números 1 adquirían la vitola presidencial sin mayor esfuerzo, como si se tratara de una derivada ley natural de la política mexicana. (Quizá no fuera una consecuencia demasiado atrevida empezar a pensar a partir de aquí las necesarias reformas del sistema electoral, que lleve a una transformación radical de los poderes de los gobernadores y les impida de hecho lo que les prohíbe de derecho: la acumulación de poderes. Un cambio hacia un sistema político parlamentario, ya sea en los Estados o en el gobierno central quizá no sea una solución descabellada, pues el mayor reparto del poder facilita el control de su ejercicio).

Peña Nieto un PRI-ligro para México Foto: Morena Chiapas

Esto, o no ha cambiado, o lo ha hecho a un ritmo infinitamente menor que en la política central, razón por la cual los vicios del sistema continúan reproduciéndose a su aire y el clientelismo, por señalar al más corruptor, ha aumentado en la periferia mientras se erradica en el centro. La compra de votos, o la instalación de muchas más mesas electorales en las zonas rurales por parte del IFE al tiempo que disminuía la población en las mismas y aumentaba en las ciudades, resultan fenómenos no sólo lógicamente contradictorios con las tendencias sociológicas poblacionales y con las consecuencias electorales derivadas de las mismas, como el aumento del precio del voto del diputado de la ciudad en relación con el del campo, sino sospechosamente significativos cuando se recuerda que fue el PRI el vencedor en dichas zonas durante las pasadas elecciones.

Cierto, lo anterior no prejuzga lo actual, pero -aparte de que estamos en México- las tendencias no cambian de la noche a la mañana, máxime cuando allí la influencia del poder político es más clara y directa sobre la población y las encuestas, en su interesada neutralidad muchas de ellas, van mostrando la permanente dirección del acontecimiento.

Otra respuesta procede de que la compra de votos es una práctica habitual de todos los partidos políticos mexicanos, aunque naturalmente sus modalidades difieren y, por otro lado, la capacidad de corromper es mayor donde más dinero hay, y en las elecciones del 1 de julio el PRI parece haber casi triplicado el gasto legalmente permitido. No es una operación lógicamente complicada intuir a donde ha podido ir parte de ese gasto ilegal, cuya denuncia harto probablemente concluirá con una multa al partido, pero sin anular los presuntos efectos electorales, a no ser que López Obrador muestre las pruebas que dice tener del chantaje, esto es, demuestre fehacientemente que el viejo ogro ahora supuestamente renovado ha comprado los cinco millones de votos de que le acusa.

Un factor explicativo más, quizá presente en el interior de la respuesta anterior, es que la opinión de la izquierda mexicana, proclive a decantarse por el reconocimiento del clientelismo cuando lo practica la derecha, cierra con fuerza los ojos, los de la mente tanto como los del alma, cuando lo ejecuta la izquierda: ¿cuántos de los miles y miles de ciudadanos que se han manifestado día tras día contra Peña Nieto habrían siquiera admitido algo similar de haber sido su candidato el triunfador y el PRI el denunciante, y ello aunque afirmara poseer pruebas irrebatibles?

El fraude de la democracia Foto: Morena Chiapas

Las consecuencias de una creencia semejante son devastadoras: presupone un maniqueísmo que reparte el bien y el mal en dos frentes antagónicos, que separa a los buenos de los malos por una sima, esto es: crea dos Méxicos imposibles de conjuntar salvo por el patrioterismo de pacotilla que siempre hallará ocasión de mostrarse en la vida pública o en los sentimientos privados. Pero la realidad que de ahí se desprende es la existencia de dos Méxicos: y ambos pre-democráticos. Si a ello unimos la cultura política clientelista que antes nos apareció observaremos que el trecho por recorrer hacia la democracia en México es aún bastante largo.

Otro factor que amplía la sima entre la política democrática y la oficialmente llevada a cabo en México es la naturaleza profundamente egoísta y gremial, vale decir, anti-institucional, de sus partidos políticos, la cultura de la confrontación que les relaciona en lugar de la búsqueda de la negociación, vista como una debilidad y, en cualquier caso, un lugar común cuando la verdad cae de un lado y la mentira o el vicio de otro. Kant diría aquí que, pese a todo, la naturaleza quiere algo distinto de lo que ha votado el electorado mexicano, incluso aunque cambiaran los candidatos pero se mantuvieran los porcentajes.

El supuesto triunfo del PRI fue en la presidencia, pero es minoritario en el Congreso y la voluntad del Presidente ya no es la absoluta del monarca del Ancien Règime que ha prevalecido durante casi todo el siglo XX; es decir, y por continuar con Kant, la naturaleza quiere el cambio en el sistema político mexicano, empezando por la práctica cotidiana de la política, situándolo en un contexto, en unas circunstancias, en las que la cooperación es obligada para impedir el retroceso económico y el estancamiento político, que conduciría al mismo lugar.

Y el aprendizaje de la cooperación política es probablemente la summa política del sistema, el mecanismo que antes o después va engranando y armonizando todas sus partes, sin excluir el cambio de valores.

Observemos que cuanto llevamos dicho hasta aquí se da, por así decir, antes incluso de entrar en el detalle de los programas electorales de cada candidato presidencial y de sus respectivos partidos. En cualquier caso, y aunque no creo que la naturaleza kantiana haya llevado su plan mexicano tan lejos como para exigir la formación de un gobierno nacional ampliamente mayoritario, no es menos cierto que los grandes problemas sociales, como el del desempleo juvenil, y las grandes lacras del sistema como la corrupción, la pobreza y la violencia terrorista del narcotráfico sí exigen para su erradicación una estrecha cooperación entre todas las fuerzas políticas, además de mucha limpieza en el interior de las mismas.

Por todo ello, además, es urgente resolver la cuestión del fraude y reconocer la justeza del legítimo ganador. Y si para ello hubieran de repetirse las elecciones, pues que se repitan o que se anulen. En bien de la democracia mexicana, su futuro debe partir de un grado cero democrático, sin que las sombras del fraude puedan servir como un chantaje permanente para el resto de la legislatura.

 

*El autor es escritor español, académico de la Universidad de Sevilla.

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Con voz propia

Andrés Manuel López Obrador, analfabetismo en Comunicación y las nuevas autodefensas.

Ramses Ancira

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Diario de un Reportero

Ramsés Ancira

La definición clásica de Comunicación es un intercambio de mensajes entre un emisor y un receptor. Con una conferencia diaria de más de dos horas parecería que Andrés Manuel López Obrador sería un excelente comunicador, pero como sólo habla y no escucha, en realidad es el peor, al menos desde que este reportero tiene memoria; y no es una memoria corta, porque he cubierto ocasional o con cierta permanencia las administraciones desde José López Portillo hasta Enrique Peña Nieto, e incluso ésta.

Incluso cuando el PRI mataba periodistas, como sucedió con Manuel Buendía, (cien por ciento un crimen de Estado) yo tenía una estrategia que nunca me fallaba: cuando acreditación en mano el Estado Mayor Presidencial no me dejaba pasar a un evento, quizá porque me habían comisionado de último momento o no era el reportero de la fuente, yo me ponía a gritar “¡Están agrediendo a la prensa! Evitar escándalos era prioritario, así que como mí única arma visible era mi gafete de periodista, siempre acababan cediéndome el paso, con tal de que me callara.

La ocasión más reciente fue con Enrique Peña Nieto, en un evento en Los Pinos al que me pidieron acudir como corresponsal de Hispan TV. Si el lector me juzga un irrespetuoso de la autoridad o un abusivo del “cuarto poder”, está en todo su derecho, pero se lo cuento tal como ocurrió.

Estaba alzando la voz cuando llegó el entonces gobernador de Guerrero, René Juárez Cisneros y me llamó a la tolerancia. Yo estaba tan enojado que no sé exactamente lo que le contesté, pero fue algo así como que a nadie le interesaba lo que dijera el presidente y que yo estaba ahí para cubrir una orden y no por gusto. Finalmente pasé.

En otras dos ocasiones, cuando Andrés Manuel López Obrador estaba en su segunda campaña presidencial me pidieron solicitarle una entrevista exclusiva. La primera vez en un evento en Coyoacán, su jefe de prensa, César Yáñez, al que conocía desde que López Obrador era jefe de gobierno de la Ciudad de México, me invitó a acercarme personalmente a pedírsela.

Como el entonces candidato estaba sentado en primera fila en un evento de proselitismo, cuando me le acerqué de frente para hablar con él, noté que tapaba la visión de las personas que se encontraban en las sillas de atrás, así que me puse en cuclillas. De inmediato López Obrador me extendió el brazo para ayudarme a levantar y pidió que me cedieran una silla junto a él. “Póngase de acuerdo con César” me dijo amable, pero pasaron meses sin que recibiera respuesta.

Finalmente, un día me llamó César Yáñez para decirme que había una oportunidad durante una gira por Puebla y Veracruz. Lo perseguí todo el día en carreteras y mítines, pero siempre se retrasaba en sus actos de campaña y salía corriendo al siguiente. Esa noche mi equipo de producción y yo pernoctamos en el puerto y seguimos yendo a enormes mítines sin poder hablar con él. Finalmente, mi asistente, jugándose la vida al volante condujo al aeropuerto de Veracruz.

Mi camarógrafo y yo lo sorprendimos al bajar de su auto en carril de descenso y mientras salía su avión, él y su entonces compañero Dante Delgado me concedieron la anhelada exclusiva.

¡Ah, pero ése era otro López Obrador y no el más presidencialista de los presidentes que ha tenido México en el último medio siglo!

Todos estos antecedentes vienen a cuento porque el empresario y activista de Quintana Roo Carlos Mimenza Novelo dijo en una conferencia de prensa celebrada el 28 de octubre,  (ignorada por casi todos los grandes medios de información)  que está cansado de mandarle a Jesús Ramírez Cuevas, vocero de López Obrador, información sobre los asesinatos y desapariciones que ocurren a diario en su estado, detrás de los cuáles se encuentra la policía, misma que fue integrada con  el cártel morelense de Los Rojos y  ataviada con uniformes, por lo que ahora pueden secuestrar, violar y matar, con placas y toletes que les proporciona el mismo gobierno estatal.

El actual gobernador de Quintana Roo, Carlos Manuel Joaquín González, medio hermano del ex secretario de Energía, de Enrique Peña Nieto, y ex presidente del PRI, Pedro Joaquín Cadwell.

Mimenza Novelo dice que Joaquín González es “asesino, extorsionador e invasor de terrenos, involucrado con el narco”, y las pruebas fueron entregadas tanto a Alfonso Durazo, Secretario de Seguridad Pública (actualmente en fuga para convertirse en candidato a la gubernatura de Sonora) como a Jesús Ramírez Cuevas, vocero del presidente Andrés Manuel López Obrador, por lo que es imposible que el presidente las ignore.

El empresario es también activista por los derechos humanos, sostiene una fundación para la atención de niñas violadas y sujetas al comercio sexual, situación en la que, según Mimenza, Quintana Roo ocupa el primer lugar nacional.

Entre muchas acusaciones, asegura que una persona de Tulum, llamada Héctor Valdez fue amenazado de muerte por el gobernador, y luego golpeado policía enfrente del director de Seguridad Pública de Quintana Roo, Alberto Capella.

En ese estado todos los días se padecen extorsiones, secuestros y desapariciones forzadas, pero no se habla de esto porque los medios “están siendo callados a punta de billetazos”, dijo Mimenza, quien agregó que el 95 por ciento de los informativos locales están al servicio del gobernador” y los medios nacionales tampoco atienden el problema.

El cobro de piso a los empresarios y los pequeños comerciantes, dice el empresario y activista, es realizado en su mayoría por gente de Seguridad Pública de Quintana Roo.

Capella, agrega el denunciante, llegó al estado precedido de acusaciones de corrupción en Tijuana y Morelos. El propio gobernador de este estado, Cuauhtémoc Blanco, le advirtió a Carlos Manuel Joaquín los riesgos de darle ese puesto. Sus advertencias fueron desoídas.

Como consecuencia Capella importó de Morelos a integrantes de la organización delictiva “Los Rojos”, involucrada en la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, y los vistió de policías que se dedican al secuestro, entre otros del comisario ejidal de Playa del Carmen por quien pidieron un cuantioso rescate.

Según el denunciante, también ha llegado a Quintana Roo, desde la Ciudad de México, la banda criminal llamada Unión Tepito. Además, acusó al gobernador de tener como secretario particular a Óscar Montes de Oca, quien antes fue Secretario de Turismo y despojó de sus tierras a varias personas en Tulum, acusándolos falsamente de distintos delitos, que los mantienen en la cárcel.

Tulum, será una de las estaciones más representativas del Tren Maya, por lo que algunos de los principales beneficiarios serán los que inventaron falsos culpables, para apoderarse de sus tierras.

Toda esta información le ha sido proporcionada a López Obrador, sin que se haya actuado al respecto durante más de dos años. De manera que hace dos semanas decidieron formar un grupo de autodefensas en Tulum, que ya tuvo su primer éxito, la captura de un falso guardia nacional que se dedicaba al cobro de piso.

Si el presidente López Obrador no hace nada para detener los delitos atribuidos al gobernador y a su secretario de Seguridad Pública, varios empresarios, que ya antes habían apoyado al doctor José Manuel Mireles en Michoacán, están dispuestos a financiar autodefensas en los once municipios de Quintana Roo.

Así que además de los gobernadores del PRD, PAN, Movimiento Ciudadano y el independiente de Nuevo León, quienes integran la alianza federalista, mayoritariamente en el Norte del país, el presidente tendrá que sumar la inconformidad de empresarios organizados en el sureste, indignados por las mujeres violadas y las personas despojadas de sus tierras, que además de tener que pagar para que les reciban denuncias en el Ministerio Público, no tienen seguimiento de sus demandas.

¿Se acordará el presidente López Obrador que, en 1847, Zacatecas, ¿uno de los estados con más recursos económicos y militares se negó a participar en la defensa de la Nación durante la invasión de Estados Unidos?

Hoy el gobernador de Durango dice que: “El diálogo deberá ser el único instrumento que nos ayude a resolver puntos de vista distintos. Coincidimos en que a México y a nuestra entidad les vaya mejor. Confiamos en la sensibilidad del presidente”.

El problema es que para dialogar se necesitan al menos dos; pero como el nuevo personaje de López Obrador solo sabe hablar, y no escuchar, porque, según él, solo se trata de maniobras electoreras, los ciudadanos tenemos que rezar para que “sus datos” sean ciertos y   la 4a transformación no consista en una nueva fragmentación, como empezó sucediéndonos  con Texas, antes de perder dos millones de kilómetros cuadrados que hoy ocupan California, Nevada, Utah y Nuevo México.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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