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Con voz propia

¿Por qué los trabajadores estadounidenses apoyaron a Trump?

El autor apunta el significado político del apoyo de millones de trabajadores estadounidenses a Donald Trump para que fuera presidente de EEUU

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El triunfo de Trump. Foto: MUndo Sputnik

El triunfo de Trump. Foto: MUndo Sputnik

Thomas Frank *

Nos adentramos en uno de los mayores misterios de Estados Unidos en este momento: ¿qué es lo que motiva a los seguidores de Donald Trump? Lo llamo misterio porque las personas blancas de clase trabajadora que forman la base de seguidores de Trump se juntan en cifras sorprendentes a favor del candidato, llenan estadios, hangares de aeropuertos, pero sus puntos de vista no suelen aparecer en los periódicos de prestigio.

En sus páginas de opinión, estos rotativos se preocupan por representar a casi todos los estatus sociales pero el de los trabajadores de ‘cuello azul’ suele pasarse por alto. Los puntos de vista de la clase trabajadora son tan ajenos a este universo que cuando el columnista de The New York Times Nick Kristof quiso incluir una conversación con un seguidor de Trump,  se lo tuvo que inventar, así como las respuestas que esta persona imaginaria daba a sus preguntas.

Cuando los individuos de la clase profesional desean entender a la clase trabajadora, normalmente consultan a los expertos en esa materia. Y cuando piden a estas fuentes de autoridad que expliquen el movimiento a favor de Trump, ellos siempre se centran en un aspecto: la intolerancia. Solo el racismo, explican, es capaz de dar alas a un movimiento como el de Trump, que gana fuerza dentro del partido republicano igual que un tornado atraviesa casas de lujo de mala calidad.

El propio Trump es la prueba de todo esto. Este hombre es un payaso con tendencia a insultar, que ha cargado sistemáticamente contra los diferentes grupos étnicos de América, ofendiéndoles uno a uno. Quiere deportar a los millones y millones de inmigrantes indocumentados. Quiere prohibir a los musulmanes visitar Estados Unidos. Es fiel admirador de varios dirigentes poderosos y dictadores, incluso en Twitter ha llegado a compartir una cita de Mussolini. Este bufón chapado en oro recibe el apoyo entusiasta de conocidos racistas que forman un mosaico fastuoso de fanáticos, que tiembla de emoción ante la posibilidad de conseguir a un verdadero y honesto fanático dentro de la Casa Blanca.

Todo esto es tan alocado, tan salvajemente extravagante, que los analistas políticos se plantean que pueda tratarse de una estrategia propia de la campaña de Trump. Trump parece ser un racista por lo que se puede intuir que el racismo debe ser una de las motivaciones de sus legiones de seguidores. Y por eso, el sábado, el columnista de  The New York Times Timothy Egan culpó a la gente por el racismo de su líder: “Los seguidores de Donald Trump saben exactamente lo que apoya: odio a los inmigrantes, superioridad racial, una indiferencia cómica hacia el civismo básico que cohesiona a la sociedad”.

Todos los días se publican historias maravillosas sobre la estupidez de los votantes de Trump. Los artículos que tachan a los seguidores de Trump de intolerantes se cuentan por cientos o por miles. Los firman los conservadores, los progresistas o los profesionales imparciales. El titular de una columna del  Huffington Post lo dijo clara y llanamente: “Trump ganó el supermartes porque Estados Unidos es racista”.

Por poner otro ejemplo, un reportero de  The New York Times demostró que los fanáticos de Trump eran intolerantes a través de juntar un mapa con los apoyos a Trump con otro sobre la búsqueda de términos racistas en Google. Todo el mundo lo sabe: las pasiones de los seguidores de Trump no son más que los tintineos ignorantes del hombre blanco americano, que ha llegado a la locura por la presencia de un hombre negro en la Casa Blanca. El movimiento Trump es un fenómeno de una sola cara, una gran oleada que relaciona odio y raza. Sus partidarios no solo son incomprensibles sino que realmente no vale la pena llegar a comprenderlos.

La importancia del libre comercio

O eso es lo que nos dicen. La semana pasada, decidí ver varias horas de diferentes discursos de Trump. Vi al hombre que divaga, cuenta, amenaza e incluso se regodea cuando algunos de sus detractores son expulsados de sus mítines. Yo estaba indignado por esas cosas, del mismo modo que Trump me ha desagradado durante los últimos 20 años. Pero también me di cuenta de algo sorprendente. En cada uno de los discursos que vi, Trump pasó una buena parte de su tiempo hablando de una preocupación puramente legítima, un asunto que podríamos considerar de izquierdas.

Sí, Donald Trump habló de comercio. De hecho, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que pasó repasando este tema, es muy posible que el comercio sea su única y gran preocupación, y no la supremacía blanca. Ni siquiera su plan para construir un muro en la frontera con México, aquel controvertido tema que le dio fama política. Durante el debate del 3 de marzo lo volvió a hacer: cuando le preguntaron sobre su excomunión política por Mitt Romney, Trump regateó el envite y empezó a hablar de…comercio.

Parece estar obsesionado con eso: los tratados de libre comercio que han firmado nuestros líderes, las numerosas empresas que han trasladado sus centros de producción a otros lugares, las llamadas que hará a los presidentes de esas empresas para amenazarlos con elevar los aranceles si no vuelven a Estados Unidos.

Trump adorna esta visión con otra de sus ideas de izquierda: bajo su dirección, el Gobierno podría “empezar a hacer una oferta competitiva en la industria farmacéutica” (para reducir el precio de los fármacos). “¡No tenemos una oferta competitiva!”, exclamaba asombrado y habla de otro asunto real, el despilfarro legendario que se produjo bajo el Gobierno de George W. Bush. Trump extiende sus críticas al ámbito militar, describiendo cómo el Gobierno está obligado a comprar aviones pésimos pero muy caros gracias a la influencia que ejercen los grupos de presión de la industria.

De este modo llegó su curiosa propuesta: como él mismo es tan rico, detalle del que suele presumir, no se va a ver afectado por estos grupos de presión empresariales ni por las donaciones. Debido a que está libre del poder corruptor de la financiación de campañas, el famoso negociador Trump puede hacer ofertas en nuestro nombre que serán “buenas” en vez de “malas”. La posibilidad de que en realidad lo consiga, por supuesto, es pequeña. Él parece ser un hipócrita en este tema, igual que en otros muchos. Pero al menos Trump habla de estas cosas.

La clave para entender su éxito

Todo esto me sorprendió porque, en todos los artículos que había leído de Trump en los últimos meses, no recordaba que el comercio entrase a colación muy a menudo. Aparentemente Trump abandera una sola cruzada relacionada con los blancos. ¿Cabe la posibilidad de que el comercio sea una clave para la comprensión del fenómeno Trump?

El comercio es un tema que divide a los estadounidenses en función de su estatus económico. Para la clase media, que incluye a la amplia mayoría de estrellas mediáticas, los economistas, los altos cargos federales y los demócratas poderosos, lo que denominan ‘libre comercio’ es algo tan obviamente bueno e incluso noble que no requiere explicación o consulta, ni siquiera que se piense mucho en ello. Los líderes republicanos y demócratas están de acuerdo en esto a partes iguales, y nada puede hacerles salir de su modelo económico soñado.

Para el resto, el 80% o el 90% de Estados Unidos, el comercio significa algo muy diferente. Hay un vídeo que recorre Internet en los últimos días que muestra una sala lleno de trabajadores en una fábrica de aparatos de aire acondicionado en Indiana a la que informan de que la fábrica se va a trasladar a Monterrey, México, y que todos van a perder sus puestos de trabajo.

Mientras lo veía, pensé en todos los debates sobre comercio que hemos tenido en este país desde el principio de los 90, todas las dulces palabras que nuestros economistas han dedicado a las delicias del libre comercio, todas las formas en que la prensa se burla de quienes dicen que acuerdos como el Tratado de Libre Comercio del Atlántico Norte permiten que las empresas se lleven el empleo a México.

«Que te jodan»

Bueno, ahí está el vídeo de la empresa que se muda a México, cortesía de NAFTA (siglas en inglés del Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Esto es lo que aparece. Uno de los ejecutivos de Carrier habla en un tono familiar y profesional sobre la necesidad de “ser competitivo” y “de ser extremadamente sensible con los precios de mercado”. Un trabajador grita “que te jodan” al directivo. Tras esto, el directivo pide que estén callados para poder “compartir” su “información”. Su información es que todos ellos perderán su empleo.

No tengo ninguna razón especial para dudar de que Donald Trump es un racista. O lo es o, como el cómico John Oliver dice, pretende hacerse pasar por ello, lo que viene a ser lo mismo. Pero hay otra manera de interpretar el fenómeno Trump. El mapa de sus apoyos combinado con búsquedas racistas también se puede cruzar mejor con la desindustrialización y la desesperación, con zonas de miseria económica provocadas por 30 años de libre mercado dictado por Washington.

Hay que destacar que a Trump no le falta razón en sus ataques a esa empresa de aire acondicionado de Indiana que aparece en el vídeo de sus mítines. Eso sugiere que se está refiriendo tanto a la indignación por la economía como al racismo. Muchos de sus seguidores son fanáticos, no hay duda, pero muchos más probablemente están entusiasmados con la perspectiva de un presidente que parece decir lo que piensa cuando critica nuestros acuerdos comerciales y promete acabar con el empresario que te despidió y que destrozó tu ciudad, no como Barack Obama y Hillary Clinton

Este es el hecho más relevante sobre sus seguidores: cuando hablamos de gente blanca, de la clase trabajadora que le apoya, en vez de imaginar simplemente todo aquello que ellos quizá dicen, nos encontramos con que lo que más les preocupa a estas personas es la economía y el lugar que ellos ocupan en la misma. Esto es lo que sacó a la luz un estudio publicado por Working America, una organización política dependiente de la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO), que entrevistó a 1.600 votantes blancos de clase trabajadora de los suburbios de Cleveland y Pittsburgh en diciembre y enero.

«Más miedo que odio»

El estudio reveló que el apoyo a Donald Trump es alto entre esas personas, incluso en los que se identificaban a sí mismos como demócratas, y no porque todos deseen que un racista ocupe la Casa Blanca. Lo que hace que Trump se convierta en el líder favorito es “su actitud”, su contundencia y su forma directa de hablar. En cuanto a las cuestiones que suele referirse, “la inmigración” se sitúa en el tercer puesto de sus preocupaciones, muy por detrás de la preocupación número uno de estos estadounidenses: “buenos puestos de trabajo y economía”.

«La gente tiene más miedo que odio», es la descripción del estudio que me hace  Karen Nussbaum, directora de  Working America. La encuesta «confirma lo que escuchamos siempre. La gente está harta, la gente sufre, están descontentos por el hecho de que sus hijos no tienen futuro» y «porque no ha habido una recuperación tras la recesión, porque todas las familias sufren de una manera u otra».

Tom Lewandowski, presidente del Consejo del Trabajo del Noreste de Indiana, lo dejó aún más claro cuando le pregunté por los partidarios de Trump de clase trabajadora. «Esta gente no es racista, no más que el resto», dice de los seguidores de Trump que conoce. «Cuando Trump habla de comercio, pensamos en el Gobierno de (Bill) Clinton, primero con NAFTA y luego con China (los acuerdos comerciales con Pekín), y aquí en el noreste de Indiana eso supuso una hemorragia de empleos».

«Ven todo eso, y aquí aparece Trump hablando de comercio de forma muy extraña, pero al menos representa sus sentimientos. Tenemos a todos los políticos apoyando todos los acuerdos comerciales, y apoyamos a esa gente, y luego tenemos que luchar contra ellos para conseguir que nos representen».

Y ahora, paremos un momento y examinemos esta perversidad. Los partidos de izquierda en todo el mundo se fundaron para mejorar el destino de los trabajadores. Pero el partido de izquierdas en EEUU –uno de los dos del duopolio– eligió hace tiempo dar la espalda a las preocupaciones de estas personas, convirtiéndose en el estandarte de la clase profesional ilustrada, una «clase creativa» que hace cosas innovadoras como los derivados financieros y aplicaciones para smartphones. Los trabajadores por los que el partido se preocupaba antes no tienen otro sitio dónde ir, piensan los demócratas, por usar la famosa expresión de los años de Clinton. El partido ya no cree que deba escucharlos más.

Lo que  Lewandowski y Nussbaum están diciendo debería ser obvio para cualquiera que se haya atrevido a mirar más allá de los prósperos enclaves de las costas Este y Oeste. Los acuerdos comerciales mal diseñados, los generosos rescates de bancos, los beneficios garantizados para las empresas de seguros, pero sin una recuperación económica real para la gente corriente… todas estas políticas están dejando su sello. Como dice Trump, «hemos reconstruido China y por el contrario nuestro país se cae a trozos. Nuestras infraestructuras se están cayendo a trozos. Nuestros aeropuertos parecen del Tercer Mundo».

Los mensajes de Trump dan forma al contraataque populista contra el liberalismo que ha ido cobrando forma lentamente durante décadas y podría llegar a ocupar la Casa Blanca, cuando todo el mundo se verá obligado a tomar en serio sus locas ideas.

Sin embargo, aún no podemos afrontar esta realidad. No sabemos admitir que nosotros, los de ideas progresistas, tenemos alguna responsabilidad en el ascenso de Trump, a causa de la frustración de millones de personas de clase trabajadora, de sus ciudades arruinadas y sus vidas en caída libre. Es mucho más fácil burlarse de ellos por sus almas retorcidas y racistas, y cerrar los ojos ante la evidente realidad de la que el trumpismo es sólo una expresión vulgar y cruda: que el neoliberalismo ha fracasado por completo.

* Nota de Correspondencia de Prensa: Thomas Frank es uno de los más destacados comentaristas políticos de Estados Unidos y autor del libro de referencia ¿Qué pasa con Kansas?, en el que explica que el rechazo a los acuerdos de libre comercio y el empobrecimiento de la clase trabajadora son los hechos más relevantes. En su texto ¿Por qué los pobres votan a la derecha? (Agone, 2013), regresa a su Kansas natal para tratar de entender lo que él llama «la gran reacción», el desplazamiento a la derecha del electorado y su compromiso con un movimiento vituperante, focalizado en cuestiones de la sociedad, tales como el aborto, a expensas de las cuestiones económicas. En su más reciente ensayo, Listen, Liberal (Metropolitan Books, que se tradujo en Agone,) culpa al Partido Demócrata, “esta izquierda en limusina”, por no hacer nada para reducir la desigualdad.

 

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Lo populista se revierte

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Una Colorada (vale más que cien descoloridas) 

Por Lilia Cisneros Luján

Parece consecuencia inexorable, que algún líder político que inicia con altos puntos de populismo, termine siendo muy impopular. Sin que se pueda llegar a lo genérico, ése parece ser el destino de quienes, a fuerza de retórica, llegan al poder con altísimos márgenes de aceptación –tal cual ocurrió con Nerón en la antigua Roma, Hitler o Franco en Europa- siendo su final el rechazo popular casi siempre por su imposibilidad de reconocer con cierto grado de humildad sus imperfecciones.

En América podemos escoger de entre varios gobernantes populistas, que terminaron agredidos o quizá odiados por el mismo pueblo que en un principio les aduló; y el cuestionamiento es simple ¿Qué es lo que espera la gente que ellos realicen? ¿Por qué en Colombia es casi seguro el triunfo de un guerrillero amigo de narcotraficantes, autodefinido como de izquierda?

En nuestro país, son muchos los enunciados de campaña que emocionaron a los votantes en diversas etapas de “cambio” –en el caso del actual primer mandatario no solo los pobres- aunque la mayoría de ellos suponen un cierto grado de inclusión en términos laborales o económicos ¿En el ámbito emocional tiene algún peso la posibilidad de “cobrársela” a quien recientemente nos excluyó o dejó de considerarnos en sus planes? ¿Por ello es relativamente fácil allegarnos la voluntad de los desempleados, resentidos, temerosos o empobrecidos? No hay que tropezarse con la misma piedra, decían las abuelas, pero si alguien tiene propensión de hacerlo son justamente los seres humanos.

En esta fase de desarrollo gubernamental más que análisis cuasi académico, es pertinente pensar en cosas especiales que nos llevan al punto de justificar en la mitad de actual gobierno las bondades del PRI y hasta del PAN ¿Conoces gente que teniendo hasta maestrías no han sido convocadas a ser parte en gobiernos del cambio? ¿Sabes de personas convocadas que a la hora de la verdad son “corridas” sin que se les liquide o cuando menos se les den las gracias por el trabajo prestado?

En el ambiente impuesto por la pandemia y reforzado por el temor producido por el relato continuo de muertos, secuestrados, extorsionados, asaltados y hasta quemados, salvo el uso de la herramienta electrónica que sustituye la emoción de tener enfrente a un ser vivo que nos abrace y converse, la realidad universal se denomina soledad. A quienes están en el sexto piso y más de la vida, la televisión sirve de murmullo para imaginar que alguien les acompaña, los más jóvenes ponen su música estridente –con audífonos o al natural- y casi todos esperan con ansia el zumbido del celular, a fin de comprobar que estamos en la mente de alguien que nos ha enviado un mensaje. Los que tienen un gran espacio físico ocupado por casetes o diskettes, no encuentran como hacer funcionar su viejo y anticuado reproductor de tales materiales viviendo entonces la ironía de una opulencia que ni siquiera pueden escuchar menos disfrutar. Y así es como mucha riqueza se arroja a la basura.

A finales de los ochenta, con el acompañamiento de mexicanos sobresalientes[1][1], logramos llamar la atención acerca de un problema de salud que por sus números parecía no importar al sector ¡hasta construimos un hospital en Querétaro! A escasos metros de donde se terminó atendiendo un niño al que compañeros de la tele-secundaria, quemaron al parecer de forma intencional. ¿Saben cómo influyó un ex jefe de gobierno para atacar a esta OSC en favor de los niños quemados en la ciudad de México? ¿Qué hicieron los diversos gobiernos del cambio para defender esa obra de la sociedad civil en el bajío? ¿Cómo es posible que todavía hoy después de tanto esfuerzo por difundir medidas de prevención haya una maestra que recomiende ponerle cebolla en las heridas al infante víctima?

Quemar –bosques, coches, locales, ciudades o personas- como una forma de presión y hasta venganza, debiera ser entendida por los populistas como un aviso de que se está llegando al límite de la tolerancia. Ocurre por la impotencia de ser verdaderos agentes de cambio sobre todo a imprudentes votantes que lo hicieron con las vísceras y no con la cabeza ¿quiénes facilitaron la llegada de personas notables en algunos casos que a la hora de gobernar no la hacen, sienten culpa? ¿De que sirvió a los ciudadanos guiados por Nerón su poesía y gusto por la música? ¿Qué suponen elecciones de una minoría movida por la compra del voto? ¿El abstencionismo es solo un aviso o una verdadera tragedia democrática? Han escrito los entendidos que en el declive populista la abstención es hoy rey de reyes, que domina procesos electorales derrotando la democracia misma al permitir que déspotas y dictadores triunfen mediante la corrupción de los ciudadanos.

El desempleo, el hambre, el miedo al castigo y sobre todo el mal ejemplo –como pedir diezmos a trabajadores, no pagar a empleados o proveedores, mentir, proteger a los infractores o delincuentes- son aspectos que toman en cuenta los que tienen la inteligencia, y la humildad para reconocer que se equivocan al encumbrar a alguien que no lo merecía. Una vez reconocido el error “democrático” lo pertinente es actuar, dejando de promover, aun con críticas, al populista y sobre todo acercándose a la gente capaz, ¡que si la hay y México está pletórico de buenos mexicanos!

____________

[1][1] El paido-psiquiatra Eduardo Dallal y su alumna Patricia Romano, el epidemiólogo José Carrillo Coromina, el maestro en salud pública Rodolfo Gracia Robles, el Dr. Andrés de Witt Green, Fernando Ortiz Monasterio, entre muchos otros que son extraños para los actuales funcionarios.

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Verdad, justicia, reparación de daño y no repetición, un largo y tortuoso camino en México

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Cuando los mexicanos lleguemos a la verdad, la justicia, la reparación del daño y la no repetición, habrá paz en cada corazón de las familias mexicanas, mientras eso no ocurra seguiremos caminando al lado de las víctimas para buscar a los desaparecidos

Twitter: @kausirenio 

La Guerra Sucia empezó en Guerrero por miembros del Ejército mexicano en contra de la población civil en la década de los años 50, 60 y 70. En esa época hubo desaparecidos y pueblos arrasados para restarle la base social a la guerrilla de Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos. Investigar los excesos por militares para llegar a la verdad y justicia.

Si bien es cierto que el presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), reconoció que los militares participaron directamente en contra de la población, y eso es un avance, hay que esperar la apertura del archivo militar en poder de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

Además de investigar a los autores intelectuales de estos crímenes: Caballero Aburto, Alarcón, Figueroa… así como rastrear fosas y cárceles clandestinas donde fueron torturados y asesinados estudiantes, campesinos y colonos.

La participación directa de tropas del Ejército mexicano en la masacre de 17 personas en Chilpancingo, Guerrero, el 31 de diciembre de 1960.  El 18 de Mayo de 1967, en un mitin que convocó la Sociedad de Padres de Familia de la escuela primaria “Juan N. Álvarez, la Policía judicial del estado de Guerrero incursiona en el plantel y abre fuego en contra de la multitud, asesinando a 11 personas. Ese día Lucio Cabañas se refugió en la Sierra.

Las masacres fueron las formas de hacer política en Guerrero. En Acapulco, durante la asamblea de cada domingo, en las oficinas de la Copra, fueron asesinados 38 copreros a manos de pistoleros, El Chante Luna, El Zanatón, Pay Radilla y El Animal, el 20 de agosto;  años después, los asesinos fueron homenajeados con corridos por el valor prestado a la tiranía. Ellos no actuaron por sí solos, sino por órdenes de personajes oscuros del PRI-gobierno de entonces, que pronto escalaron como espuma en lo más altos niveles políticos. Rigoberto Pano Arciniega fue premiado como magistrado y después procurador de Justicia del estado; otro que premiado fue Orbelín Soberanis Núñez, quien llegó a ser diputado local.

Cuando se creía que el talante represor había desaparecido en Guerrero, el 28 de junio de 1995, en el Vado de Aguas Blancas, fueron asesinados 17 campesinos e hirieron a 23 más. Los responsables: policías judiciales, antimotines y la Policía Motorizada, al mando del mayor Manuel Moreno González.

La madrugada del 7 de junio de 1998, un operativo contrainsurgente cercó la Escuela Primaria Caritino Maldonado Pérez, ubicada en las faldas de los cerros antes de llegar a la  comunidad Ñuu Savi de El Charco, municipio de Ayutla. Al mando iba el comandante de la 27 Zona Militar, el general Alfredo Oropeza Garnica. La balacera duró una hora y media. Ahí fueron asesinados 11 personas y cinco resultaron heridas –un niño de 13 años de edad, entre las víctimas–  pero en el comunicado oficial solo se supo de la detención de 22 personas.

Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús, estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, fueron asesinados por policías federales,  estatales y agentes ministeriales, durante el violento desalojo en la Autopista del Sol México-Acapulco, el 12 de diciembre de 2011, en Chilpancingo.

En Iguala, el viernes 26 de septiembre de 2014, policías municipales, estatales y federales desaparecieron a 43 normalistas de Ayotzinapa con la complacencia del Ejército mexicano, y el saldo de ese día fue de seis personas asesinadas.

En todos estos hechos de violencia sistemática en contra de la población civil, el Ejército mexicano, la Marina, la Policía Federal y Estatal de Guerrero, actúan como escuadrón de la muerte, con total impunidad. Las autoridades civiles, lejos de investigar y sancionar, se han encargado de opacar y ocultar la información.

Cuando los mexicanos lleguemos a la verdad, justicia, reparación de daño y la no repetición, ese día habrá paz en cada el corazón de la familia mexicana, mientras esto no ocurra seguiremos caminando a lado de las víctimas para buscar a los desaparecidos.

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Eliminación de hospitales psiquiátricos, una orden del presidente López Obrador

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Por Alberto Farfán

La ansiedad y la depresión como algunos de los factores desencadenantes del suicidio, y asimismo, la imperativa necesidad de que los hombres y mujeres con algunas de estas condiciones mentales deben ser tratados de inmediato en hospitales psiquiátricos para preservar su vida, fue parte de lo que apuntamos en El suicidio en México con índices de gravedad. Ahora es importante resaltar lo que ha ocurrido desde el Gobierno federal con relación a la orden del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) de eliminar dichos nosocomios.

Y sin dejar de lado el galimatías  seudolegal u oficioso ─lo digo como lingüista─, del decreto en el que hubo cambios a la Ley General de Salud en materia de Salud Mental y Adicciones, texto que provoca ambigüedad, confusión, contradicciones, aspiraciones vanas y hasta demagogia, tratemos de entender qué es lo que en realidad nos intentan decir en lo medular.

De entrada, en el Diario Oficial de la Federación (DOF) del 16 de mayo del año en curso se pontifica lo siguiente en el artículo 74 de la Ley General de Salud: “Asimismo, para eliminar el modelo psiquiátrico asilar, no se deberán construir más hospitales monoespecializados en psiquiatría; y los actuales hospitales psiquiátricos deberán, progresivamente, convertirse en centros ambulatorios o en hospitales generales dentro de la red integrada de servicios de salud”.

Esto quiere decir que los centros de internamiento psiquiátrico ─o sea, los monoespecializados, en los cuales el paciente es atendido por el tiempo que sea necesario bajo el modelo asilar; cuyo significado es dar asilo o albergar─ deben ser eliminados para dar paso a lugares en donde sólo se otorgue atención momentánea y transitoria ─los propiamente psiquiátricos que a partir de ahora serán ambulatorios u hospitales generales─, sin considerar en modo alguno a los sujetos afectados psicoemocionalmente, que requieren de ser ingresados por la gravedad que puedan presentar, como en los casos de intentos de suicidio, por ejemplo. Y en suma, no sólo se habla de ya no construir más nosocomios, cuando los actuales no se dan abasto para todos los solicitantes, sino de eliminar los ya existentes.

Más claro aún, el subordinado del presidente AMLO, el secretario de Salud, Dr. Jorge Alcocer, semanas previas al decreto, fue quien justificó en la conferencia matutina del jefe del Ejecutivo, del 24 de abril de este año, la desaparición de los hospitales psiquiátricos por la sencilla razón de que no era una situación propia de nuestro país, sino que era una tendencia en otras latitudes, la cual tiene a su favor que el aquejado con problemas de salud mental al no encontrarse internado podrá recibir toda la atención por parte de su familia y amigos. Y esto es francamente una estupidez, por más que en dicho decreto se diga que a los familiares se les va a informar y capacitar para la pertinente atención del allegado. Si médicos especializados suelen cometer errores, ¿qué va a ocurrir con aquéllos que son ajenos a conocimientos de esta índole? Nada bueno.

No vamos a negar que históricamente en los hospitales psiquiátricos de nuestro país por la irresponsabilidad de las autoridades competentes se suele abusar, agredir y hasta torturar a los pacientes que se encuentran ingresados indefinidamente. Pero eliminar per se a dichas instituciones no resuelve el problema y menos si nos prometen que con cursos de capacitación y sensibilización a médicos generales, auxiliares y familias la situación va a cambiar. En este sentido, los resultados positivos si es que se dan se podrán palpar en décadas. Por lo tanto, la demagogia es la que habla por sí sola.

Además del término asilar hay otro que repiten hasta el cansancio, el de voluntad anticipada. El cual significa en sentido llano que el individuo será quien determinará cómo, cuándo y dónde recibirá tratamiento médico, o negarse a él. ¿Ahora el afectado diagnosticará al especialista? Pero nótese lo que indica el artículo 75 Bis: “La persona con trastornos mentales… es quien ostenta el derecho a consentir o denegar el permiso para cualquier tratamiento o internamiento, por lo que deberá presumirse que todos los pacientes tienen capacidad de discernir y deberán agotarse los esfuerzos para permitir que una persona acepte voluntariamente el tratamiento o el internamiento”.

Por fin, es el indispuesto quien decide o no arguyendo su voluntad anticipada, cuando al final lo van a internar, pero además, ¿en dónde? Si ya no va a haber hospitales monoespecializados. Aunado a ello, un afectado con trastorno bipolar, esquizofrenia, con trastorno depresivo mayor o trastorno de ansiedad generalizada en plena crisis, ¿podrá tomar la decisión más adecuada? Me temo que no. Lo interesante del caso es que en el artículo 51 Bis 2, leemos: “No se entenderá que la persona no puede dar su consentimiento cuando se estime que está en un error o que no tiene conciencia de lo que hace”. ¿Si no tiene conciencia de lo que hace es prudente que él decida su tratamiento?

En conclusión, debo añadir que aún me pregunto cuál es el objetivo de todo esto. Pues la población que mayoritariamente requiere de estos servicios es de escasos recursos, y si mal no recuerdo AMLO ha dicho que “primero los pobres”, ¿entonces?

Contexto

En México existen 51 centros integrales de salud mental; 32 hospitales psiquiátricos para la atención asilar de 4 mil pacientes, y 54 villas de transición hospitalaria.

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