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Con voz propia

Plan Nacional de Desarrollo en México, sin diferencias

El Plan Nacional de Desarrollo presentado por Enrique Peña Nieto guarda la misma cosmovisión estratégica del de Felipe Calderón

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Francisco Bedolla Cancino*

Vistos en retrospectiva, los planes nacionales de desarrollo pueden ser vistos como víctimas perennes de la realidad que, rebelde como es, se niega a disciplinarse a la voluntad política; y que, por lo mismo, terminan en el basurero de la historia, convertidos en una especie de muro de las lamentaciones por todo lo que pudo haber sido y no fue. Vistos prospectivamente, en cambio, pueden ser interpretados como una suerte de tomografía o autorretrato del consciente y el coeficiente cerebral, que la élite gubernamental en turno utiliza estratégicamente como tarjeta de presentación y, a la vez, como solicitud de membresía al selectivo club de los que mecen la cuna de la gobernanza mundial.

A propósito de lo anterior, pretensiones aparte de sus respectivos equipos intelectuales de confección, no hay mayor diferencia entre el Plan Nacional de Desarrollo de Felipe Calderón y el presentado recientemente por Enrique Peña Nieto. Existen, cierto, diferencias en cuanto a nomenclatura, estilo, matices y armado de sus componentes, pero la cosmovisión estratégica es exactamente la misma: impulsar en nuestro país un marco institucional y de políticas apto para el desarrollo económico. En buena lógica, la traducción es que el fin último estriba en la homogeneización funcional del Estado mexicano al imperativo del desarrollo económico planetario, entendido éste al entre inconfesado e inconsciente modo de entender economicistamente a la elite global.

En tal contexto, nada de extraño tiene que a unas cuantas horas de su entrada en escena, el PND 2013 haya ameritado la felicitación por parte de la OCDE, que aglutina a las elites centrales que operan en el sistema económico mundial. Muy probablemente, dichas elites encontraron en el último apartado, el núcleo verdaderamente duro del PND, las señales incuestionables que querían ver: la formulación de un paquete de indicadores que revelan la disposición gubernamental a evaluarse a través de los indicadores de desempeño utilizados internacionalmente. Resaltan aquí, entre otros, los índices de productividad del trabajo, integridad global, gobierno electrónico, carencias de la población pobre, competitividad, presencia global y globalización.

En sí misma, valga la aclaración, lejos de ser cuestionable, resulta loable que el PND se haga cargo explícitamente del objetivo del desarrollo económico del país. En un país azolado por las carencias y por la crudeza de la pobreza extrema, por decir lo menos, sería una completa necedad solicitar mayor argumentación acerca de la relevancia de dicho fin. Igualmente impertinente, o más, resultaría izar las velas propias en contra de los vientos de la economía global; o, peor aún, desconocer que la eficiencia económica está en función del impulso de equivalentes de política a los obstáculos que ésta enfrenta a lo largo y ancho del planeta. La lista es larga y compleja, pero sin duda cada uno de los indicadores puede ser visto en clave de grado de efectividad en la superación de los obstáculos al desarrollo económico.

Otro problema es si la ecuación del desarrollo económico global, el alfa y el omega de las elites de la gobernanza mundial, descansa en una comprensión científico-social consistente, tal que sus derivaciones técnicas (políticas estratégicas y políticas públicas) ofrezcan buenas posibilidades de éxito en nuestro país. Vale la pena cuestionarse al respecto, en el entendido de que dicha fórmula, en buena medida, entraña el relato autodescriptivo de las prácticas exitosas en las zonas centrales de la economía-mundo que, a juzgar por los datos emanados de las encuestas internacionales en la materia, no han sido precisamente las más exitosas en promover la felicidad humana.

Adicionalmente, en el caso específico de nuestro país, una cuestión clave a elucidar es si los componentes políticos de la ecuación global del desarrollo económico, que mal que bien sí operan en las zonas centrales de la sociedad mundo, están o no dados; a saber, una estructura estatal fuerte, asentada en una asignación más o menos eficiente de derechos de propiedad, a partir de la cual la elite gobernante pueda “conducir” a la sociedad hacia el desarrollo económico y, de esa forma, dar vigencia al lema peñanietista del PND: “Un México donde cada quien pueda escribir su propia historia de éxito y sea feliz”; y un régimen democrático capaz de procesar el conflicto, generar representación política legítima y dar sustento a la gobernabilidad democrática, cualquiera sea lo que ello signifique.

Y es precisamente el componente político del PND 2013 el que hay que colocar en duda, cuando no en alerta roja. La intensidad con la que se discuten hoy temas como el estado fallido, el control sobre vastas zonas del territorio nacional por parte de las bandas del crimen organizado o la existencia de privilegios monopólicos de ciertos grupos de interés al amparo de la elite gubernamental actual son apenas muestras sintomáticas de la honda brecha que nos separa de los supuestos de la ecuación global del desarrollo. Todo ello sin tener en cuenta el impacto corrosivo de la corrupción, que alcanza a miembros conspicuos de la clase política.

Igualmente preocupante que la fragilidad estatal es el trato tangencial y falaz que en el PND se da al diagnóstico de la democracia y a las tareas que en torno a ella es preciso realizar. Más allá de afirmaciones vagas sobre los logros en cuanto a su institucionalidad y el déficit de ciudadanía, quedan en el olvido las crisis postelectorales de las dos últimas contiendas electorales presidenciales y la debacle de la confianza en las partidizadas instituciones responsables organizarlas y juzgarlas. Así, más importante que democratizar el régimen político, para el PND resulta más relevante “democratizar la productividad”, que en el doméstico y precario entender conceptual de sus elaboradores “significa que las oportunidades y el desarrollo lleguen a todas las regiones, a todos los sectores y a todos los grupos de la población.” Curioso, por no decir frívolo, concepto y propuesta de democracia para un país que se bate en el dilema de la consolidación democrática o la regresión autoritaria.

Así las cosas, más allá de si el economicismo de la elite mundial responde a los ideales o la utopía propios, la pregunta urgente a responder es ¿disponemos o no de las bases políticas (imperio de la ley y democracia) necesarias para el impulso de las políticas del desarrollo económico? Valga ésta como ejercicio preventivo para evitar sorpresas por la rebeldía de la realidad o para el balance nostálgico de llorar, a toro pasado, por lo que pudo haber sido y no fue.

*Analista político

@franbedolla

 

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Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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