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Peñuelas

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Por Mónica del C. Aguirre

 

Al alma de mi abuelo
que aún me visita en sueños.

El rancho de Peñuelas está ubicado al norte del estado de Zacatecas, a tan sólo cinco kilómetros del municipio de Cañitas, de Felipe Pescador. El municipio, de 5 mil habitantes, está partido a la mitad por las vías del tren que cruza mercancías de México a Estados Unidos. Gracias a la vía ferroviaria hay algo de comercio local, así como un par de médicos, una clínica y una escuela primaria de infraestructura pobre y decaída ya por los años. En el resto de las municipalidades cercanas, la única actividad económica es la agricultura, la cual depende de un clima necio y semidesértico.

Los hombres del pueblo visten como vaqueros; caminan erguidos y con pasos precisos y talante orgulloso sobre las terracerías; usan pantalones de mezclilla, botas picudas de pieles exóticas; y tienen el pecho y las manos tostadas por el sol. Se transportan en caballos flacos y hablan con un acento golpeado, como si en cada afirmación hubiera una pregunta disimulada y una melodía prematura. Abunda la leche bronca, espesa y fresca, que los habitantes intercambian como trueque. Las mujeres, con delantales amarrados sobre sus holgados camisones de colores pasteles y de telas floreadas, se ocupan del hogar, de las tortillas y de las gallinas gordas.

La terracería que conduce de Cañitas a Peñuelas corre paralelo a la solitaria vía del tren; la máquina y el andar del ferrocarril, producen un sonido que viaja sin obstáculos a través del campo, sin flora robusta que se interponga, ni edificios, ni viviendas. El llano es plano y del suelo se levantan pocos árboles de ramas delgadas, lo cual permite una vista panorámica y placentera hacia los confines de la tierra. Los que van en coche o a caballo, alcanzan a ver a lo lejos los mezquites en movimiento al son de un viento bailarín, cuya danza produce un chasqueo seco, como si les crujieran tripas ásperas; y cráneos de ganado (víctimas de los coyotes salvajes de la noche) esparcidos en el camino y cuyos ojos, musculatura y viscosidades, fueron devorados por buitres hambrientos y desesperados. Los cactus permanecen firmes y, en su rebeldía, no obedecen al danzón del viento. El polvo es insubordinado e independiente, se mueve a su propio ritmo y se eleva detrás del que pasa por ahí, como si reprimiera el importuno de los visitantes que alteran la calma e interrumpen el chiflido del viento.

A mitad del trayecto se asoman Las Tetillas: dos cerros de idéntica estatura y forma que están cubiertos con faldas de cactus grisáceos. A la hora del crepúsculo, las faldas parecen estar en llamas, como si quisieran fundirse con el tenso hilo del horizonte que esconde al astro y muestra la paleta sobrecargada del atardecer.

Para entrar a Peñuelas, hay que cruzar un portón de metal que protege la entrada. La casa se encuentra al final del camino; fue construida en 1950 y nunca fue beneficiaria de una remodelación. Los muros descarapelados del interior son víctimas del tiempo estricto; las vigas de madera en el techo chillan por las noches y los azulejos que cubren las paredes de la angosta cocina, están cubiertos de grasa aferrada por tantas jornadas de freír frijoles con manteca de cerdo; pero el decorado floral de los azulejos, son la nostálgica evidencia de una época de oro.

En la sala se encontraba el dueño y administrador, Don Pepe, el cacique de Tetillas, el ganadero de reputación intachable y de ojos claros. Con su camisa de botones aperlados, sus botas puntiagudas de piel de víbora curtida, y con su cinturón piteado… escucha en la radio el amenazante avance del ejido que está despojando a los hombres de sus tierras. Oscurecía y el horizonte púrpura se desvanecía sigiloso cuando Don Pepe encendió la planta de diésel. Enseguida, prendió las luces y se puso de pie con las piernas entreabiertas, de frente a la pared en donde se encontraban colgados sus rifles de cacería y los arreadores eléctricos de ganado de colores fosforescentes. Contemplaba. A su espalda, estaban las dos camas matrimoniales en donde dormían su esposa Jovita y él; y no era porque tuvieran una relación distante, ni siquiera como el espacio minúsculo que separaba las camas, sino por mera comodidad. Don Pepe tomó uno de los rifles y limpió el cañón del arma. Cuando llegase el ejido, él estaría listo para enfrentarlos… Prefería morir, a ver cómo lo despojaban de las tierras que habían sido de su padre desde que emigró de España y desde que su corazón cambió de nacionalidad, o más bien, encontró su verídica bandera.

Cuando llegó el momento, manejó en su Chevrolet pick-up hacía la entrada de Peñuelas y esperó a los ejidatarios de pie, ante el portón de metal y con su rifle cargado. Con el sol de frente y sus diez mil hectáreas detrás, amenazó con disparar en los varios días consecutivos de su protesta. Los ejidatarios iban y regresaban. Don Pepe estaba siempre en la puerta salvaguardando sus tierras; la rabia se reflejaba en su mirada y la valentía no abandonó a su voluntad.

Al final, logró proteger la mitad de su territorio, y así fue como cinco mil hectáreas pasaron a ser ejidales. Cumplieron con la única solicitud de Don Pepe y le dejaron la mitad del terreno que estaba junto a las vías del tren. El ejido se quedó la otra mitad que estaba bajo las faldas de Las Tetillas.

Don Pepe era mi abuelo. Crecí en su rancho escuchando la historia de su enfrentamiento con el ejido. Cada vez que visualizábamos Las Tetillas a lo lejos, no faltaba quién señalara el llano de tierras abandonadas, desperdiciadas y sin sembrar, y dijera que aquello llegó a ser también de mi abuelo, y que la primera televisión en Las Tetillas la había patrocinado él, hasta que convirtió aquel espacio en un pequeño cine. Pero cuando le quitaron la mitad de su terreno, se alejó de la población de los cerros femeninos. En Las Tetillas, nunca se dejó de hablar de su leyenda.

Los mejores años de mi vida fueron en Peñuelas, junto a mis abuelos. Ahí pasé los meses de verano y de invierno mientras cursaba la primaria, la secundaria y la preparatoria en un municipio al sur de Cañitas de Felipe Pescador. Aquella dulce vida campirana, ascética y tranquila, forjó mi carácter, mi piel, mi corazón y mi filosofía.

A las siete de la mañana nos despertaba el tren que, por costumbre, pitaba cuando transitaba frente a la casa a no más de cincuenta metros. Pasaba cinco veces al día. Mi abuelo me contó que una vez se descompuso el tren justo en el momento en que pasaba frente a su casa gris de concreto y que les regaló a los mecánicos unas cervezas. Estuvo con ellos hasta que llegó ayuda desde Cañitas y arreglaron la falla. Los mecánicos se secaron el sudor y la grasa con las mangas de sus camisas a cuadros, y mi abuelo pasó la tarde conversando con ellos mientras mi abuela les cocinaba tacos de frijoles de olla con queso fresco.

Yo dormía con mi abuela, en su cama. Las sábanas eran de franela y las cobijas las recuerdo siempre de tonalidades oscuras. Cuando despertábamos, la luz que entraba por la casa era templada, suave, y si tuviera un color, diría que era plateada. Entonces, mi abuela nos preparaba a mí (desde los ocho años) y a mi abuelo, café con leche. Acompañábamos el café con Napolitanos: esos panqués de la marca Marinela que tenían una capa de chocolate con líneas blancas y que estaban rellenos con pasas. Mi abuelo aborrecía las pasas, pero tenía una peculiar obsesión por aquellos panqués, pues los desayunó hasta el día de su muerte. A mí sí me gustaban las pasas, pero como mi abuelo las espulgaba con elegancia y minuciosidad para luego juntarlas sobre una servilleta desechable, lo mismo hacía yo, aunque no con los mismos finos y pacientes ademanes (los cuales adoptaría años después). Al terminarnos los panqués, yo me comía mi montañita de pasas y después, las de mi abuelo.

Al terminar de desayunar, yo salía a montar a caballo y visitaba mis lugares favoritos de Peñuelas, los cuales, según yo, eran mi propio descubrimiento y nadie más los visitaba. Observaba a los caballos y les ponía nombres de piedras preciosas según sus colores. Durante el invierno (antes de navidad), en esas cabalgadas, mi abuela me pedía que cortara heno de los árboles para decorar su nacimiento de cerámica.

A mediodía, regresaba a casa. Mi abuela cocinaba y mi abuelo, recién bañado y perfumado, se subía a su pick-up y yo lo seguía en mi caballo. Nos deteníamos cuando nos encontrábamos a Sancho en los alrededores de la casa: un chivo domesticado que alimentábamos con cigarros sin filtro y caramelos que mi abuelo llevaba siempre consigo. Me detenía a acariciarlo y alimentarlo; siempre me llamó la atención el movimiento drástico de sus mandíbulas que parecían viajar de una oreja a otra. Visitábamos las pilas de agua, los corrales, las caballerizas y supervisábamos a los vaqueros cuando descornaban al ganado. Mi abuelo me contó que se trajo a esa raza de vacas Limousin desde Canadá. Tenían, todas, un pelaje anaranjado que contrastaba divinamente con el llano amarillezco y el manto celeste. También me enseñó qué plantas podía comer e incluso chupar, pues había unas florecillas rosas que tenían gotas de néctar suave y que endulzaban el paladar después de horas de respirar y tragar tierra árida.

Al concluir nuestras rondas, regresábamos a la casa a comer y mi abuela me ordenaba que llevara para los vaqueros del rancho: el tortillero y recipientes de peltre con salsa molcajeteada, guisados, arroz y frijoles. Al terminar de comer, mi abuela me ponía pomada De la tía (un ungüento veterinario) en las piernas, pues regresaba siempre con rasguños de los mezquites y con los tobillos y los costados de las rodillas rosados, o incluso sangrando, a causa del roce de mis botas y de mis pantalones de mezclilla con los estribos y la silla charra. Cuando las heridas eran aún más graves, mi abuelo me ponía moradito (un antiparasitario y antiséptico para el ganado) que ardía hasta el tuétano. Hablando de medicamentos veterinarios, recuerdo que mi abuelo una vez le eliminó a mi hermano un mezquino que tenía en la mano con el descornador de vacas. Sí le quito el mezquino, pero le dejó una cicatriz honda, ancha y tan brillosa que parecía haber sido pulida por los demonios.

En las tardes, jugaba cerca de las vías del ferrocarril juntando las piedritas moradas que arrojaba el tren; o hacía pasteles de tierra sobre la barda que rodeaba la casa, y veía como el calor del sol los secaba: un horno natural para la repostería de las lombrices; o al atardecer, veía a mi abuelo trabajar en el taller que estaba entre las caballerizas y el cuarto de la planta de diésel. A veces, después de comer, íbamos al cerro De la Cruz y mis abuelos hacían llamadas por la radio y en veces llamábamos a mis padres. El cerro De la Cruz era el único lugar en donde teníamos señal; era el punto más alto de Peñuelas. Y en efecto, el cerro tenía una cruz blanca enterrada en la cima. Ahora caigo en cuenta que nunca pregunté quién fue el que la colocó.

Cuando el sol se ocultaba, mi abuelo encendía la planta de diésel un par de horas. En ese tiempo tan preciado de electricidad, mi abuelo escuchaba la radio y mi abuela y yo tejíamos: ella hacía cobijas y yo cadenitas de tejido para practicar las puntadas. Antes de ponerme el pijama, mi abuela me suplicaba que me bañara, a lo que yo me negaba siempre. Mi abuelo me defendía.

—Deja a la niña hacer lo que quiera —le ordenaba mi abuelo.

En mi lógica infante, no tenía caso bañarme, pues al día siguiente volvería a ensuciarme, volvería a abrazar a los caballos sudados, y jugaría otra vez con la tierra.

Antes de las diez de la noche, mi abuelo nos avisaba que iba a apagar la planta y mi abuela y yo corríamos a lavarnos los dientes. Ir al baño sin electricidad, era un deporte extremo; la oscuridad era tan profunda que a veces pensaba con congoja que me había quedado ciega. En ocasiones, después de que se apagaba la planta, mi abuelo y yo salíamos a ver las estrellas.

—¿Sabes cuántas estrellas hay en el cielo? —me preguntó mi abuelo.

—¡Cientos! —Afirmé.

—No.

—¡Miles!

—No.

—¿Millones?

—No.

—¿Cuántas, abuelito?

—Cincuenta.

Después de contar cincuenta estrellas y de comprobar que aún faltaban más luces estelares por incluir en la cuenta, le dije:

—Estás mal, hay más de cincuenta.

—No. Escucha bien. Hay “sin cuenta”.

En una ocasión le pregunté si podía dormir afuera, sobre el césped que estaba frente a la casa; le dije que quería dormir bajo las estrellas. Me dijo que sí, como a todo. Sacó unas cobijas y una almohada y me tendió una cama. Mi abuelo me dejó y se metió a la casa que, desde mi tendido, parecía un tabique negro y gigante en contraste con la luz de la luna y las estrellas. Me puse a contemplar el cielo y a escuchar la melodía nostálgica de los grillos. ¡Me pertenecía el manto estrellado más hermoso del mundo! Una saturación de luces elegantes y mágicas. Quince minutos después de un deleite cósmico, mis huesos no pudieron tolerar el frío de aquel clima semidesértico y regresé corriendo a la casa con las cobijas en los brazos. Titiritaba. También me tuve miedo de un ataque por parte de los coyotes, de que me comieran como a las vacas. No alcancé a tocar la puerta, cuando mi abuelo me abrió la puerta y el mosquitero. Había adivinado el tiempo preciso que me tomaría regresar.

Quién diría que llegaría el día en el que sólo visito Peñuelas en mis sueños; ahí, en la vida que se desarrolla en el inconsciente, y camino nuevamente bajo las vigas de madera y acaricio las paredes frías que ahora sostienen el techo de mi valentía.

Lo que impide que visitemos ahora, fue lo que sucedió en el año 2008: un cartel del narcotráfico se apoderó de aquella casa y de aquel terreno. Se adueñaron de las tierras que mi abuelo defendió con puños blancos y bravura. Después de que lo despojaron de sus tierras, el espíritu de mi abuelo se marchitó, y con él, su cuerpo, su salud. Mi padre lo llevó a España, al País Vasco, para que conociera las tierras de sus ascendientes, pero tampoco eso logró reanimarlo. Antes de morir, pidió que lo llevaran a Peñuelas una última vez, pero la vida no es como en las películas. Nadie pudo cumplir su último deseo.

Don Pepe, mi abuelo, también está en mis sueños. Cuando lo veo en el mundo onírico, a pesar de que no estoy consciente, de alguna manera sé que ya no caminamos sobre el mismo suelo y lo abrazo… lo abrazo mucho.

Ciudad de México, 2022

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Ignacio Solares: el infierno del alcoholismo

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nacho solares

Por Alberto Farfán

El extraordinario escritor, ensayista, dramaturgo, editor y periodista mexicano Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945) se atrevió a desarrollar un interesante proyecto en el cual buscaría adentrarse en el lado oscuro del alcoholismo, cuyos resultados fueron impecables e importantes, al grado de que su libro fue un éxito de ventas al salir a la luz en 1992 y ha tenido una edición conmemorativa en 2015.

Y a través de documentación de expertos, de la investigación en lugares como Alcohólicos Anónimos, de conversaciones con los adictos y de los testimonios directos de éstos, bajo una prosa literaria de gran aliento, logró cristalizar sus esfuerzos en su texto Delirium tremens. Título que retoma quizás por los resultados que obtuvo, pues además esta forma de delirio es sumamente grave y peligroso, debido a que implica temblores, confusión y, sobre todo, alucinaciones, cuando el individuo entra en estado de abstinencia, generalmente.

Así, el infierno a que estos seres acceden los devora de manera atroz. Pesadilla insoportable que sobreviene inexorable fundamentalmente desde el instante en que cruzan esa línea invisible, entre considerarse bebedores fuertes y plenamente alcohólicos, pues al rebasarla adquieren sin quererlo su plena entrada a la compulsión por beber, que nada ni nadie podría parar. Y no obstante que experimentan un sufrimiento intolerable al vivir bajo el alcohol, tanto físico como mental, vuelven a beber una y otra vez. Una sola copa es suficiente para desencadenar este proceso.

Pero las fases más agudas que viven son aquellas que, en definitiva, padecen al ser tragados por el delirium tremens. Cúmulo de imágenes diversas −objetos, animales, personas, seres inanimados o elementos de orden religioso, el diablo, ángeles− que buscan, aparentemente, la devastación del que se halla bajo esta psicosis alcohólica, misma que ha sido provocada por una lesión cerebral. La interrupción brusca de la bebida, así como volver a ingerirla, círculo vicioso infernal, propician que emerja una y otra vez este infierno de imágenes, absolutamente verdaderas para ellos.

Escribe Solares: “el amor, el odio, el sexo, el temor, se viven durante el delirium tremens en negativo y llevados hasta sus últimas consecuencias. El sexo, por ejemplo, es siempre doloroso y puede adquirir la forma de un enorme demonio de color encendido que arroja chorros de semen por un gran falo; semen que borbotea como lava y produce profundas quemaduras. La paciente que lo padeció tenía después del delirio todos los síntomas que producen las quemaduras de tercer grado, y durante varios días, dijo, no soportaba el ardor, aunque su piel no registrara ninguna huella visible”.

A este respecto se desprende una reveladora observación del autor. Al parecer existe, en general, una relación directa entre las alucinaciones con el conflicto psicológico que el enfermo guarda en su psique. Es decir, la serie de imágenes del delirium tremens se configuran como reflejo de la conciencia del propio individuo, como si su problemática personal se proyectara en forma de símbolos.

El alcohólico al caer en esa inevitable situación crítica, según Solares, tendría la posibilidad, paradójicamente, de acceder a su verdadero ser, pues se efectuaría en él una especie de purga del sentimiento de culpa que venía arrastrando y alimentando desde siempre, el cual no le permitía comprender su interior resquebrajado. En uno de los testimonios se lee: “Mientras no sepa quién soy no voy a dejar de beber”.

Señala Solares: “El diablo no aparecía siempre como una figura repulsiva sino como reflejo de la propia conciencia. La culpa nacía de lo que había dejado de hacerse −la vida no vivida− y no de lo que se había hecho. Así, más que por la imagen misma, la angustia era provocada por el vacío en que cayó la existencia como en un pozo interminable. A una mujer el diablo le mostraba las fotos de los hijos que ella pudo haber tenido: ‘Mira, le decía. Pudiste haber tenido este hijo, y este otro, si hubieras tenido el valor de entregarte a un hombre’”.

Todo indicaría que el enfrentamiento inexorable con lo que uno desconoce de sí mismo o simplemente con lo que nos negamos a aceptar de nuestro no−ser es el umbral ineludible para no continuar como muertos en vida. Refiere uno más de los entrevistados: “Aun el infierno es preferible al vacío”.

Transitar por el infierno que a todas luces es la enfermedad del alcoholismo como forma de autoconocimiento y plataforma de liberación de la misma parece ser una terrible opción. No obstante, como uno de ellos dice: “Ninguno de los que estamos en Alcohólicos Anónimos somos normales… Ningún alcohólico que lo haya sido deveras vuelve a adaptarse (al mundo). Hay una huella. ¿Es una persona normal el que tiene que repetirse cada vez que abre los ojos que las próximas veinticuatro horas no beberá?”

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Con voz propia

La persecución del periodismo independiente en México: Seminario Kapuscinski en Chihuahua

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La violencia contra el periodismo independiente y quienes lo ejercen se mostró en el Seminario Kapuscinski

 

Por Miguel Montesinos León

El fin de semana fue muy intenso en la vida política nacional, sin embargo, los medios masivos de información no hicieron eco del asesinato del periodista Pedro Pablo Kumul en Veracruz.

Durante los cuatro años de este gobierno, la violencia contra periodistas y defensores de derechos humanos se acrecentó a tal grado que para la sociedad es normal la persecución, la fabricación de carpetas de investigación en contra de periodistas qué sufren persecución, encarcelamientos injustos o son asesinados por decir la verdad.

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En el X Seminario Internacional Ryszard Kapuscinski de Periodismo, Derechos Humanos, Migración y Fronteras, fundado por la Universidad Miguel Hernández, de Elche España, y que ahora se realizó en Chihuahua por primera vez, del 16 al 18 de noviembre, donde periodistas de diversos países expusieron los peligros y desafíos de la prensa, específicamente de medios y periodistas independientes que manifestaron su preocupación por la ola de violencia en contra del gremio periodístico en México. Un seminario qué cruzo el Atlántico para darle vida al periodismo, que en palabras de los conferencistas de talla internacional se encuentra postrado al poder político de México.

Marco Lara Klahr, en su ponencia destacó la importancia del periodismo en su magistral participación denominada Acoso, desprestigio y criminalización de periodistas, en la que destacó que el periodismo no es un oficio, porque no se basa en prácticas reiterativas. El periodismo es una función crecientemente compleja, el periodismo es una profesión. El periodismo se ejerce en el marco de un derecho humano qué es la libertad de expresión, en un segundo nivel al ser un derecho humano es un mecanismo de información, especificó el ponente.

El periodismo mexicano, en efecto, está postrado al poder político porque muchísimos periodistas que ejercían de contrapeso democrático ahora son voceros del gobierno en turno. Periodistas como voceros oficiosos que antes ejercían el saludable contrapeso democrático en la sociedad mexicana. Pero el periodismo está de luto en ese sentido, y en ese sentido el periodismo ha dejado de ser el cuarto poder.

Lee más: INAI ordena a Segob informar sobre medidas de protección para periodistas

Hoy en la boca de populistas como López Obrador o Bukele el cuarto poder es algo denigrante. Sin embargo, cuando el periodismo ejerce la función de cuarto poder en un sentido de contrapeso de los otros tres poderes, se vuelve un poder necesario, indispensable para la salud democrática, porque sin periodismo profesional, que sirva de contrapeso, no hay salud democracia.

¿Dónde dice qué la libertad de expresión es un derecho humano y tiene contraprestaciones?, pregunta Lara Klahr ante la audiencia del seminario.

Está en los tratados internacionales, específicamente está en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas, en el Artículo 19, y está en el artículo 13 de la Convención Interamericana sobre Derechos Humanos, y también está en el artículo 7 de la Convención Europea de Derechos Humanos y en el artículo sexto de la Constitución Mexicana donde se establece el derecho a la libertad de expresión como un derecho humano.

No obstante, el periodismo está postrado hoy en México, y tiene que recapitalizarse.

¿Quién es el sujeto obligado, quién está obligado a garantizar el derecho humano a la libertad de expresión? De acuerdo con los tratados internacionales y la Constitución mexicana la obligación de garantizar la libertad de expresión es del Estado, y en consecuencia quienes ejercen el poder público. Ese sujeto obligado de acuerdo con los tratados internacionales y la Constitución está obligado a respetarla, está obligado a protegerla, pero ahora en México tenemos un presidente qué es el redactor en jefe, es el que arma las primeras planas a la luz de los Guacamaya Leaks.

En esta magistral conferencia el maestro Marco Lara dejó en claro que los medios están postrados al poder público ya que dependen del presupuesto público y por ende no pueden morder la mano de quien les da de comer. Es de suma importancia que los periodistas profesionales sean independientes, pero eso en México se traduce en persecución política, fabricación de carpetas penales o incluso en asesinato.

El caso del periodista Héctor Valdez, quien acudió a Palacio Nacional y le pidió la protección y apoyo al presidente de México lleva dos años preso en el penal de Santa Martha Acatitla, caso que fue expuesto en Chihuahua en el marco del seminario, al igual que las agresiones, amenazas de muerte y persecución al periodista Alfredo Griz.

El periodismo en México tiene que empoderarse, tener aliados, crear redes internacionales, volver a inyectarle la dignidad para ser un pilar en la democracia. De lo contrario, será más de lo mismo, cárcel, muerte o exilio, fueron parte de las conclusiones del evento en los salones de Palacio Nacional del gobierno del estado de Chihuahua, donde se habló sin tapujos de los problemas del ejercicio de la libertad de expresión.

La editora recomienda: Persecución judicial y tortura a periodistas de Quintana Roo, expuestos en el Seminario Kapuscinski en Chihuahua

 

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Héctor Belascoarán, el detective de Paco Ignacio Taibo II, que brincó de la Condesa a Netflix

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Uno de los personajes de Paco ignacio Taibo ahora saltará al steaming con una serie

Un detalle para Mireya, en su cumple. Muchas felicidades.

Por Zavianny Torres Baltazar 

En la última década del siglo XX, Paco Ignacio Taibo II ya tenía publicados más de cuarenta libros en México. El detective chilango Héctor B. Shayne se movía como Pedro por su casa entre jóvenes universitarios, lectores en las fábricas, las escuelas, sindicalistas, incluso algunos clubs temáticos. Su zona de confort era en los territorios de olores a productos químicos, lodazales, viajes en los “guajoloteros” del Estado de México que transportaban a la zona industrial de Xalostoc, municipio de Ecatepec.

En el otoño de 1993, por encomienda universitaria de la carrera de Periodismo en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Campus Aragón, contacté al creador del personaje que retoma la serie de Netflix, ahora en boga. En ese año se publicó la entrevista del bonachón y buen amigo Paco Ignacio Taibo II, en la revista institucional de la ENEP Aragón de la UNAM, ubicada en la zona oriente del Valle de México, que tuvo una excelente recepción por parte de los lectores.

En ese tiempo Paco y Paloma -su compañera de toda una vida- vivían en un departamento de la calle Benjamín Hill, muy cerca del otrora cine Bella Época. El autor chilango participaba en el primer concurso internacional “Premio Planeta Joaquín Mortiz”, con su novela histórica La lejanía del tesoro, obra literaria que a la postre le amplió las puertas al mercado internacional de la industria editorial.

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De lo más alentador de esas entrevistas es haber aprendido que la inspiración viene de la nalga. Así lo descifra el desfachatado Paco. A pregunta expresa el autor de Cosa fácil diría: “La inspiración viene de la nalga, diez horas sentado, diez horas de inspiración. Cero horas sentado, cero horas de inspiración”.

De esa relación amistosa con su familia, conocí a Paloma Saiz, su esposa y creadora del proyecto “Para leer de boleto en el metro”, Marina, su hija y fotógrafa profesional, sus hermanos Benito y Carlos, uno director de Radio UNAM y el otro productor de cine y en Netflix, respectivamente- y sus padres -Don Paco y Doña Maricarmen, tan generosos y solidarios.

En esta columna seriada comparto fotografías inéditas, que en su momento Taibo II me obsequió para ilustrar mi tesis de licenciatura, que titulé: “Paco Ignacio Taibo II. Una historia No/velada”, y que obtuvo el reconocimiento de la máxima casa de estudios, de la UNAM, con una mención honorífica, tesis que tiene algunos fragmentos vinculados con el detective de la saga Héctor Belascoarán Shayne, detective que le precede cierto origen irlandés.

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Paco Ignacio Taibo II en los 90. Foto: cortesía.

Sobre la lectura como el principio del placer

La gente no lee porque en primer lugar no sabe, y los que sí, han dejado de hacerlo, se han convertido en analfabetos funcionales y nuestro país está basado en este grupo. Una parte de la clase media no lee porque en su época de estudiante, lo obligaron a leer cosas que no le gustaron, y se quedó con la sensación de que leer es un castigo: ¡qué gueva, leer!, ¡qué pinche leer!, decían, y no descubrió el placer de la lectura.

La educación pública mexicana ha logrado crear no lectores por todos lados, a pesar de los sanos intentos de mucha gente, pero el resultado final es la des-promoción de la lectura. Mucha gente con la capacidad de leer se va por los caminos fáciles, opta por la competencia qué significan los medios audiovisuales. La imagen vía cine, televisión, video y el sonido vía radio, le resuelve el problema de la lectura y de la información no han descubierto el tremendo placer de la lectura. Y por último, hay un espacio de no lectores que pudiendo hacerlo no les es posible, porque una gran parte de la población se debe dedicar al pluri-empleo y te roba un montón de horas libres, que en otras condiciones dedicaría a la lectura.

Sobre la censura

Mucho se dice que actualmente nuestro país vive en la democracia, qué se puede hablar libremente, sin tapujos, sin embargo, para nadie es un secreto que aún existen las presiones vía Gobernación, la censura, pues. ¿Cómo la describes y entiendes ésta?

La censura es el hijo de puta que traemos adentro, pero además es el hijo de puta que está afuera esperando que el que está adentro haga su papel y si no, para darle con el pinche palo. Es una combinación entre el miedo por el espacio en el que te mueves y una presión real qué se ejerce desde los aparatos gubernamentales, o llamadas a los directores de diarios, boletines, instrucciones.

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Un detective irlandés

¿Por qué escribir literatura considerada como “subgénero”?

La idea era nacionalizar el género, romper los esquemas gringos y traer la propuesta de literatura de detectives a México y no era nacionalizar por los caminos de que el personaje se llamará González o Pérez, por eso elegí un nombre tan exótico como Belascoarán, para demostrar que la nacionalización del género no debería pasar por simples apariencias, sino por la mayor complejidad de construir la atmósfera de la Ciudad de México, la atmósfera humana.

La primera novela la escribí relativamente rápido, en tres o cuatro meses. Escribía en la oficina y por las noches en un departamento, en la Colonia del Valle, dónde no habían puesto todavía la luz y escribía con velas, era de los más exótico. Al terminar le hice algunas correcciones y Paloma me dijo: Mándalo a una editorial. No sé porque decidí Grijalbo. La mandé y cómo a los quince días me llegó un telegrama diciendo órale, dije ¡Ah caray!, ¡tan fácil es! Así es como arranca la saga de Belascoarán.

¿Por qué escribir sobre la Ciudad de México, sus habitantes y lo cotidiano?

El punto de partida era construir el DF que conocía, y bien, pues en aquella época era organizador sindical y me movía de una punta a la otra del Distrito Federal. Conocía muy bien los barrios, las calles, las caminaba, tenía horas muertas entre una chamba y otra. Me movía por las periferias de la capital. Paseaba, tenía una visión muy rica del mundo y de aquel periodo y de lo que se estaba convirtiendo esta ciudad, la transición a la ciudad Industrial, la ciudad monstruo.

Tu detective sale un tanto del canon de lo que ha sido la novela policíaca, a partir de que Los detectives de se desenvuelven en un contexto geográfico delimitado, sin embargo. Belascoarán ya viajo a España. ¿Cuál es la intención de este experimento?

La intención de salirse del DF. Es verlo desde lejos, a pelear mi propio catálogo de sensaciones. Dos meses al año me vuelvo a trabajar a España en la organización de La Semana Negra de Gijón, entonces tenía una especie de percepción lejana. Y quería que Belascoaran contara nuestra ciudad no estando en ella. La posibilidad de ir a Madrid a resolver el absurdo caso del Pectoral de Moctezuma me daba la oportunidad de adquirir esta percepción de distancia.

De hecho, cada vez que se diseña una de la novela de Belascoarán hay una doble intención, por un lado, la intención de contar una historia, y hay una anécdota dentro de cada novela, y hay la intención de contar una situación. Hay novelas en las que lo que más me preocupa es hablar de la nostalgia de los amigos; otra, me interesa hablar de los desamores, el fenómeno del miedo, entrar en las conexiones del poder y de la violencia urbana, cada una de las novelas tiene una segunda intención: una muy clara y la otra, una intención anecdótica. Por ese lado, sigo el consejo de mi amigo Roger Simón, quién dice que una novela debe contarse en cuatro palabras: esta novela es miedo, esta novela es nostalgia, bueno. Adiós Madrid es distancia.

 

La aceptación y crítica del Belascoarán de Netflix ha sido buena -y la comparto- la serie de tres capítulos que se asemeja más a una película, se estrenó el 12 de octubre, y los comentarios en las redes sociales, en general son positivos. Sin duda, nos remiten a las fotos en sepia y esas nostalgias de la Ciudad de México, que se desvaneció en el tiempo.

La adaptación del guionista y la actuación de Luis Gerardo, sin duda, nos deja una buena impresión y con el ánimo de que el compás de espera para disfrutar las siguientes entregas, no demoren tanto. Deseable que en los próximos capítulos el guionista nos obsequie escenas donde el detective chilango se desenvuelva en la zona norte del Valle de México. Esta geografía y sus circunstancias, que le sirvieron para curtir el carácter y ver ese México profundo y chingón, entre el sector de la población más humilde, más jodida.

novela policiaca Taibo II

Durante la Semana Negra de Gijón, que albergaba a escritores del Género Negro de todos los continentes. Foto: cortesía

Para terminar

En entrevista el productor de la serie, Rodrigo Santos, narró que cuando apenas tenía 17 años se inició en la zaga del detective Héctor Belascoarán Shayne, el personaje del fundador del neo-policiaco Latinoamericano. Cuenta que su profesor de literatura le recomendó Días de combate, el primer tomo de la saga, que, dice, “disfruté muchísimo”, por lo que cuando Netflix le propuso involucrarse en la empresa de recrear el mundo y los casos por resolver de Belascoarán, pensó que se trataba de “un cuento de hadas, un proyecto encantador”.

Parafraseando a un gran amigo común de Paco y quien esto escribe, Juan Hernández Luna “Al paso del tiempo cuando la gente se quiera enterar de cómo era la ciudad de México del fin del siglo XX, tendrán que leer a Paco Ignacio Taibo II”.

 

 

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