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Con voz propia

ONG defensora del caso Cassez responde a periodista Jorge F. Menéndez

La organización civil de defensa en el caso Cassez responde al periodista Jorge Fernández Menéndez por su artículo en el que favorece a Isabel Miranda

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El periodista Jorge Fernández Menéndez publicó el 4 de junio en el diario Excélsior el artículo “Cassez y Brenda: dos secuestradoras y una estrategia”, a raíz del reportaje de Los Ángeles Press donde difunde documentos oficiales que dan cuenta de rastros de vida de Hugo Alberto Wallace Miranda. El periodista asemeja el análisis del caso de Florence Cassez con el de Brenda Quevedo Cruz, ésta última brutalmente torturada y humillada sexualmente a fin de que se declarara culpable. Para Menéndez, las pruebas más contundentes, en el caso de Cassez, son las declaraciones de las supuestas víctimas, pasando de largo que en México, la tortura, la intimidación, la mentira, la corrupción, el tráfico de influencias son recursos recurrentes en los procesos judiciales por quienes tienen poder económico para alterar la verdad.

A continuación presentamos la respuesta a ese artículo del coordinador de la organización civil que estuvo a cargo de la defensa solidaria de México por Florence Cassez.

Pascal Beltrán del Río
Director editorial
Excélsior

En apego a nuestro derecho de réplica, pido atentamente la publicación de nuestra misiva al articulista Jorge Fernández Menéndez  quien publicó el día de ayer un artículo titulado “Cassez y Brenda: dos secuestradoras, una estrategia”.

El autor de este artículo se dirige a nosotros, por lo que queremos y debemos contestar.

En primer lugar, Ud. Sr. Menéndez, sugiere –más bien afirma– que existe algún tipo de “parentesco” entre el caso de Florence Cassez y el caso de Brenda Quevedo Cruz; y escribe: “Florence Cassez fue liberada ignorando la prueba más importante que existía en su contra: las declaraciones de las víctimas…”. Un periodista con ética profesional, y respetuoso de las instituciones pilares del Estado de Derecho, no ignoraría deliberadamente lo que no decide ignorar:

– El hecho de que las supuestas víctimas en caso Cassez / Vallarta se prestaron al montaje mediático de las autoridades, que todas sus declaraciones carecen de validez ya que fueron obtenidas a raíz del montaje y no independientemente de ello;

– Que Florence Cassez no fue liberada por acuerdos políticos sino por decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuya decisión honra a México y fue saludada a nivel internacional. Son pocas las veces que México se distingue por su apego a los derechos humanos.

– Que el hecho de manchar el nombre de Florence Cassez al señalarla de delincuente cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó precisamente invalidar la totalidad de las supuestas pruebas en su contra por haber sido obtenidas de manera ilegal, mediante la violación sistemática a los derechos humanos fundamentales, los cuales protegen a todos los ciudadanos contra las arbitrariedades del poder. Esto, Sr. Menéndez es prueba de su profunda o deliberada ignorancia puesta al servicio de la mentira.

Sin embargo, el punto de nuestra respuesta a su artículo, Sr. Menéndez, no es el de volver al caso de Florence Cassez, a quién hemos defendido a lo largo de su infierno de más de siete años, y de la que sabemos –porque nosotros sí investigamos– es absolutamente inocente, y no solo inocente, sino víctima de un sistema de fabricación de culpables del cual la familia Vallarta también es víctima y cuyos responsables tenemos perfectamente identificados. Florence Cassez fue y sigue siendo víctima de esta epidemia de fabricación de culpables en México, epidemia a la propagación de la cual contribuyen periodistas como Ud., Menéndez. Para nosotros es un honor haberla defendido, haber trabajado de manera voluntaria durante más de cinco años. Y seguiremos defendiendo su nombre, su memoria, su inocencia y su dignidad. Gracias a ella, se ha abierto en México, un estrecho camino, pero al fin camino, hacia un verdadero sistema democrático en el que no se tolera ninguna violación a los derechos humanos. Si Ud. no lo puede reconocer o por lo menos intuir, Sr. Menéndez, entonces no merece el título de periodista y el derecho a la expresión que acompaña ese título.

Podríamos evidenciar o recordar cómo evidenciamos y de qué manera Isabel Miranda de Wallace se involucró en el caso Cassez; no para defender a las supuestas víctimas, sino por complicidad con Eduardo Margolis. Lo demostramos en su momento en múltiples ocasiones, y nuevamente le aconsejamos Sr. Menéndez que haga lo que todavía no ha hecho: nada más el trabajo periodístico que le incumbe. Con ello sabría la verdad.

Con respecto al caso Wallace, y las publicaciones de Proceso en México y Los Ángeles Press en Estados Unidos,  es un hecho que Isabel Miranda de Wallace no tiene todas las respuestas a la mano. En vez de ello, ella y sus consejeros se han enfocado en descalificar a la periodista Anabel Hernández, y a prestarle una intención vengativa, e incluso personal contra ella, cuando lo que está en juego es la verdad, la vida de los inculpados, la de su propio hijo, y sobre todo la de un sistema de justicia agonizante. Isabel Wallace se presenta nuevamente como víctima, blanco de una ofensiva generalizada en su contra, simplemente por haber defendido el derecho de las supuestas víctimas y haberse opuesto a la liberación de Florence, desviando el punto central de las investigaciones recientemente publicadas por los medios ya mencionados: los rastros de vida de su hijo Hugo Alberto Wallace Miranda, después de la fecha de su presunto homicidio.

Isabel Miranda Torres es la figura ejecutiva de una fábrica de culpables en México, que ha usurpado la voz de la ciudadanía, una figura de la instrumentalización del dolor de las verdaderas víctimas, de las madres que realmente perdieron a sus hijas o a sus hijos, muchos de los cuales murieron a consecuencias de la supuesta guerra contra el narcotráfico iniciada por el presidente más vergonzoso que México haya tenido en su historia contemporánea: Felipe Calderón Hinojosa, el mismo que entregó a Isabel Miranda el premio nacional de derechos humanos en 2010, como una gran burla del sistema a los millones de mexicanos aún con dignidad.

La única razón por la cual tenemos que enfocarnos en la persona, en la historia turbia y oculta, en las mentiras, y en las actividades de Isabel Miranda de Wallace, es por las personas inocentes que están muriendo en la cárcel por secuelas de las torturas, por un crimen que no se cometió. Y para lograr este objetivo: la liberación de todos los inocentes, no solamente los del caso Wallace, tenemos que evidenciar la verdad, a través de investigaciones independientes, honestas y profesionales, a pesar de las amenazas, represalias, calumnias, y de los supuestos periodistas como Ud. Menéndez que usa su posición para insultarnos y a través de nosotros a todos los inocentes injustamente encarcelados de su país.

Asimismo queremos rectificar su dicho Sr. Menéndez cuando escribe:

“Que, siguiendo el camino Cassez, todos los detenidos niegan ahora su participación en los hechos, aseguran que sus declaraciones fueron sacadas mediante torturas (a pesar de que, como en el caso Cassez, hay otras pruebas testimoniales en su contra) y todos, obviamente, dicen ser inocentes.”

1)   Florence Cassez siempre negó su participación en los delitos que le imputaron injustamente. El camino es distinto, ya que en el caso Wallace tenemos que demostrar la falsedad de las confesiones auto incriminatorias de los acusados.

2)   Florence Cassez fue torturada psicológicamente, aterrorizada, amenazada, golpeada levemente, jalada por el cabello, e intimidada con una pistola en la frente para que firmara los papeles ya armados en los que se le exigía su autoincriminación, a lo que se negó rotundamente. Pero su integridad física no fue afectada brutalmente, como ha sido con los inculpados de Isabel Miranda. A lo mejor, su nacionalidad francesa sirvió en ese momento para evitar ese tipo de tortura. Al parecer, las autoridades todavía tienen un poco de reserva cuando se trata de torturar a una persona extranjera.

Decir Sr. Menéndez que nosotros seguimos la misma estrategia que implementamos en el caso Cassez, muestra su falta de atención analítica. No, Sr. Menéndez: el caso de los acusados en el caso Wallace es más complejo todavía y requiere otro tipo de estrategia, que sólo una investigación seria y profesional puede revelar quién es Isabel Miranda Torres, que se autoproclama la voz de la ciudadanía, mientras pisa y quiebra el sistema de justicia mexicano, y que –para sorpresa de todos– se niega rotundamente a considerar la posibilidad de que su hijo esté vivo, aun cuando se le presentan sólidas líneas de investigación que ella misma decide no seguir u ocultar. ¿Quién es esta madre que finge buscar los huesitos de su hijo en el canal de Cuemanco?  ¿Quién es esta persona que a pesar de su perfil delictivo y de haber estado en la cárcel, logra con la simple negación de los hechos seguir en el poder? ¿Quién es esta persona que usa los espectaculares de su propia empresa Showcase para difundir los rostros de las personas que ella misma decidió inculpar por la desaparición de su hijo, violando los derechos de ellos y sobre todo la presunción de inocencia? ¿Quién es esta persona que puede acudir a los penales y a la SIEDO para entrevistarse con los acusados en el caso Martí para proponerles un arreglo si se declaran culpables y si denuncian a los co-inculpados que se les presentan? ¿Quién es esta persona que puede liderar un operativo policíaco sin ser una autoridad  judicial? ¿Quién es esta persona que hace caso omiso de las denuncias en su contra ante la CNDH sin que haya ninguna consecuencia? ¿Quién es esta persona que goza el apoyo incondicional del presidente de la CNDH, Raúl Plascencia, victorioso de la candidatura que ella misma presentó?

Otra declaración contraria a la verdad por su parte Sr. Menéndez: las pruebas que se presentaron y difundieron en los medios, no son las mismas que las pruebas que Isabel Miranda de Wallace decidió callar en el 2007. Son nuevas. Basta que las revise para que se dé cuenta.

Reconocemos una cosa. Ud. Sr. Menéndez nos acusa de poner en duda el “hecho de que los secuestradores de Hugo Alberto han reconocido ampliamente su participación en ese crimen.”

Precisamente es lo que hacemos: cuestionamos lo incuestionable. Ponemos en duda lo que los demás dan por hecho, a pesar de que lo deberían hacer porque se trata de su deber como periodistas. Dichas confesiones, lejos de comprobar el  delito, revelan contradicciones y discrepancias más allá de lo aceptable. Estas contradicciones a su vez comprueban que el delito de secuestro y asesinato de Hugo Alberto Wallace fue fabricado, y mal fabricado. Un simple vistazo a estas declaraciones genera sospechas. Un estudio amplio de las mismas nos hace cambiar totalmente de perspectiva en cuanto a la realidad del caso Wallace. Sea lo que sea, Ud. Sr. Menéndez no hizo ni uno ni lo otro, y no creemos que por falta de tiempo, ni por incompetencia, sino por elección. Y esto es anti-ético.  Los nuevos elementos de prueba que se filtraron a la prensa ponen en duda lo que hasta hace poco era considerado como un hecho irrefutable: la culpabilidad de los acusados en el caso Wallace por su declaración, pese a que no había ni cuerpo ni pruebas periciales físicas que sostuviera el homicidio. De presuntos culpables se convirtieron en presuntos inocentes.

Ahora el por qué cuestionamos lo incuestionable: Porque no queremos ser parte de un sistema que encarcela a inocentes.  Porque como seres humanos y humildes ciudadanos nos negamos a vivir sin dignidad en un país en el que se violan los derechos humanos por motivos ajenos a la justicia. Y finalmente porque tenemos confianza que algún día México pueda ser una verdadera democracia en la que los criminales pagan por lo que han cometido, y los inocentes están a salvo de los abusos del poder. Una fórmula tan sencilla de felicidad pública, y que México merecería alcanzar, empezando por erradicar los “acusadores públicos”, papel que personas como Isabel Miranda de Wallace y Alejandro Martí han desempeñado a lo largo de estos años, gozando prebendas económicas y privilegios judiciales con ello.

Es un deber salirnos de las ilusiones en las que hemos permanecido. Es un deber dejar de ser un niño que se cree que las historias que le cuentan, historias de hadas y brujas, historias de justicieros y de malos, historias del bien y del mal, son la realidad.

Es un deber salir de la psicosis generalizada por la que nos dejamos contaminar cuando, por primera vez vimos una señora que buscaba a los plagiarios de su hijo. Entendemos que nos cuesta reconocer que nos hemos equivocado, que nos hemos dejado engañar, que caímos en una trampa. El error es humano. El deseo de justicia y seguridad es legítimo y por esa legitimidad, se vuelve comprensible nuestro error: el de haber creído en la realidad del caso Wallace. Ahora bien, lo que no sería ni legítimo, ni digno del intelecto humano, sería quedarnos voluntariamente en ese error con tal de que no enfrentemos el mundo real. En ese mundo real, Isabel Miranda de Wallace no es una madre que agarró ella sola a los plagiarios de su hijo, sino una persona protegida con una red de complicidades que permite el dinero y encarcela a quien le trata de poner ante los ojos la alta probabilidad de que su hijo sigue vivo y nunca fue secuestrado.

En ese mundo real, son siete personas las que han sido acusadas públicamente por un crimen que no sucedió, y que pasarán el resto de sus vidas encarceladas si nadie toma su defensa.

En conclusión, le queremos dedicar nuestras últimas palabras Sr. Menéndez, ahora que nos ataca públicamente. Para nosotros, resulta ser un honor leer que usted tacha nuestra campaña de “infame, imposible calificarla de otra manera”. Es un honor para nosotros, en calidad de humilde grupo de defensa de los derechos y de la libertad de las verdaderas víctimas, recibir de su parte un intenso desprecio, usted siendo parte y, por su artículo, vocero de un sistema que encarcela a inocentes mediante tortura, intimidación, amenazas, violaciones a los derechos humanos y al debido proceso.

Aprovechamos la ocasión para mandar un afectuoso saludo a los otros inocentes encarcelados a la defensa de los cuales tratamos de contribuir: Pablo Solórzano Castro (caso Martí), María Elena Ontiveros x (caso Martí), Noé Robles Hernández (caso Martí), Cynthia Cantú Muñoz, Israel Vallarta Cisneros (caso Zodiaco), a los miles de Mexicanos injustamente encarcelados, y por supuesto a todos los acusados en este infame caso Wallace. Les decimos lo que un día le dijimos a Florence: los tenemos de la mano, y no los soltaremos.

Nolverto Sanchez. A.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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