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Olinalá rinde homenaje a sus muertos con color y sabor

Olinalá, en el estado de Guerrero, destaca por sus altares dentro de sus casas para rendir homenaje a sus muertos

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Altar de muertos en Olinalá, Guerrero Foto: Sergio Ferrer

Por Sergio Ferrer

OLINALÁ, Guerrero.- El acoso de la delincuencia organizada y la situación de inseguridad, no evitaron que habitantes de la cabecera municipal de Olinalá, municipio donde también habitan pueblos nahuas, celebraran a sus difuntos con variados platillos como el mole, tlaxcallis o tamales de frijol.

En una visita a dos hogares, en el primero la señora Eva R. recordó que desde hace más de 30 años prepara una ofrenda a su difunto esposo, a una hija y a familiares que han fallecido, en la cual sirve de comer las tres veces al día desde calabaza, mole, pipián, huaxmole y todo lo que recuerda que le gustaba a su esposo.

Doña Eva, aprendió a realizar figuritas de pan las cuales después da color y cuelga en un altar del cual se siente orgullosa, a las generaciones actuales, les hizo un llamado para que continúen con la tradición y que en México no caigan en costumbres ajenas como Halloween.

Por su parte, otra familia mostró su ofrenda dedicada a integrantes de la familia que partieron. En esta ocasión tienen un “nuevo” difunto al cual rezó toda la familia a las doce del día. En esa casa, que inicia con un camino de flor, huele a fruta, las candelas están encendidas y una alegre familia muestra el mole que prepararon y una olla ya vacía que contenía tamales.

La ofrenda recuerda a don Ciriaco Escobedo Mejía que falleció a los 84 años y a su esposa Cointa Mejía Rendón que murió a los 80, no sin haber celebrado sus bodas de oro.

 

Doñ Eva, treinta años de tadición en el Día de muertos en Olinalá, Guerrero Foto: Sergio Ferrer

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Revelación

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Por Mónica del C. Aguirre

El inspector González despertó de una de sus familiares pesadillas. Siete años de trabajo en el Departamento de Homicidios lo habían expuesto a situaciones e imágenes que se repetían en su memoria: mutilaciones, sobredosis, suicidios, violaciones, sesos, tripas, y cuerpos morados que encontraban en el río donde los criminales arrojaban a sus víctimas. La memoria no tiene jefe, no obedece jerarquías; proyecta los recuerdos que le vienen en gana y, generalmente, son aquellos que desearíamos reprimir.

Apenas amanecía cuando el inspector González despertó. Estaba sudando, su corazón latía de prisa y sintió sus venas casi explotar por la presión de la sangre. Soñó, como solía, con otro asesinato. Pero esta vez, el asesino era él. Le pareció tan real que, cuando abrió los ojos, estaba confundido: no sabía si su habitación era el sueño, y la mujer degollada del bosque había sido una noche más de investigación.

Su habitación comenzó a iluminarse, pero aún se sentía exaltado y con una penumbra que le pesaba sobre su cabeza. Se rascó el pecho. No, no se había acostumbrado a ver tanta crueldad. Se persignó con prisa y pidió a Dios que liberara a la tierra de todo mal… y también de las prostitutas.

Sonó su teléfono, era el agente de la Policía local. Fue breve. Le informó que se le requería de inmediato en el bosque, junto al río, a cien metros de la bifurcación: habían degollado a una mujer que por su apariencia parecía tratarse de una prostituta.

El inspector González se vistió de prisa y antes de salir, se preparó con manos temblorosas una taza de café instantáneo. Mientras hervía el agua, se permitió un momento de reflexión. ¿Una prostituta? Meneó la cabeza.

Cuando llegó al lugar, los escalofríos lo sacudieron y el trago de café le supo más amargo de lo normal. Una prostituta. Mallas de red rotas. Degollada. ¿Acaso esta vez había soñado el futuro? En la mano que yacía sobre las hojas muertas, la mujer sostenía el libro “Memorias del subsuelo”, de Dostoyevski. Ése era el libro favorito del inspector González.

Dio breves y rápidas instrucciones a sus subordinados. Sin decir más, se dirigió a su casa. Buscó su ejemplar, de prisa. Confirmó que la prostituta asesinada llevaba consigo el mismo libro de su colección.

 

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Los puntos negros del concierto de Silvio Rodríguez en el Zócalo de la Ciudad de México

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Por Alberto Farfán

Por supuesto que la presencia del cantautor Silvio Rodríguez en México es todo un acontecimiento tanto por sus canciones como por erigirse en un símbolo de lucha de la izquierda latinoamericana y por ser un digno representante de la revolución cubana en todo el mundo.

Además, porque a diferencia de muchos de sus colegas comprometidos en contra de las injusticias vividas en América Latina, finalmente hicieron a un lado esa plausible entrega para situarse en la posición que siempre cuestionaron: la canción comercial, los boleros pseudoamorosos y lacrimógenos que perpetúan estereotipos y que no conducen a ninguna parte, más que a la cosificación del individuo. Pensemos en Pablo Milanés, Amaury Pérez, Tania Libertad, Guadalupe Pineda y otros más. En cambio, Silvio continúa en la misma dirección, sigue siendo el mismo necio en pro de un cambio.

Y como lo realizara quien esto escribe tiempo atrás con relación a un concierto de la fallecida cantante Mercedes Sosa en el Auditorio Nacional por llamar a un masculino producto made in Televisa a acompañarla al escenario a cantar, dando como resultado el que una parte importante de los presentes la abuchearan legítimamente para increparla, con lo cual coincidí, me temo que hay que señalar ciertos puntos negros que se pudieron observar en torno a la actuación del cantante cubano en el zócalo capitalino el pasado 10 de junio de este año.

Para empezar, es interesante que el régimen que emplea una y otra vez el concepto clasismo en contra de la oposición o en detrimento de todo aquel que disiente, se haya perpetrado sin que nadie lo apuntara. Es decir, mientras cientos de mexicanos de escasos recursos en su mayoría ─“el pueblo bueno”, diría el presidente de la nación─, tuvieron que acudir horas antes e incluso de madrugada para obtener un lugar cercano al escenario ─la cita era a las 20 horas─ y resistir la lluvia que se desató; por el contrario, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y el cuestionado líder de su partido, Mario Delgado, con toda comodidad disfrutaron del espectáculo en un balcón del Antiguo Palacio del Ayuntamiento. O sea, los de alto nivel bien resguardados y confortables en tanto que el pueblo de a pie en la explanada.

Por otro lado, resulta paradójico, absurdo o patético el que un gobierno que no ha disminuido sustancialmente los feminicidios ni las desapariciones de mujeres incluyera como telonera del concierto a la cantante sólo conocida en redes, Vivir Quintana, quien esgrime como su máximo éxito una canción que denuncia a las autoridades por las agresiones a sus congéneres, “Canción sin miedo”. Autora cuyas composiciones son más bien ideologizantes y burdas, que apuntan a la perspectiva afectivo-emocional con el objeto de anular la conciencia crítica del escucha y para nada a la de la reflexión, como sí lo lleva a cabo Silvio en todas sus canciones, a partir del empleo de una poética multívoca que propicia el pensar en la realidad circundante y sobre uno mismo. Y todo indica, debido a esta disparidad, que el haberla incluido fue más bien un acto demagógico, o acaso preelectoral en aras de la presidencia para la contienda del 2024.

Así las cosas, entre otras, no queda más que esperar que la serie de conciertos que ha anunciado el gobierno de esta ciudad para fechas posteriores no obedezcan a la búsqueda de cierto posicionamiento más que evidente con respecto a las aspiraciones de su titular y en realidad sean para la genuina diversión de los posibles asistentes. Pues no me gustaría escribir posteriormente que “al pueblo pan y circo”.

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Julia

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Por Mónica del C. Aguirre

Volví a ver a Julia García. Estaba tal y como la recordaba. Julia. La vi meciéndose en un columpio y sujetaba con sus delgados brazos las cuerdas curtidas por el tiempo. Julia. Se veía fresca y feliz la muy maldita.

Su melena rubia en movimiento se iluminaba por un sol de otoño que contrastaba divinamente con el color cobrizo de los árboles. Tenía puesto el vestido azul cielo que usó aquel día que la llevé en tren a Valencia; un vestido que resaltaba su exquisita figura y apretaba sus blancos pechos haciéndolos brillar. Julia.

Me acerqué y la olí. Cómo extrañaba esa fragancia natural que emanaba su cuerpo. Su piel suave olía a jabón y a cebo delicado, y su cabello a flores salvajes. Maldita sea, ¡cómo la deseaba!

La besé y su sabor a fresas me enloqueció. Ella, me devolvió el beso, pero rechazó mi cuerpo que se abalanzaba. Desperté.

Hace más de diez años que no sé de ella. La extraño tanto que me duele el pecho y el aire me falla. La vida puede ser muy larga y el tiempo muy vanidoso cuando se espera a alguien que no regresará.

Por el resto del día, sólo bastaba con cerrar los ojos y un poco de concentración para volver a saborear las fresas, oler su piel y sentir sus labios vivarachos.

Hoy ella jugará con su cuerpo y no pensará en mí. ¡Maldita seas, Julia García!

Ciudad de México

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