Connect with us

Con voz propia

Obama, llévame a Cuba

Del 20 al 22 de marzo, Obama realizará histórica visita a Cuba. Esto no tiene contento a algunos.

Avatar

Published

on

Barack Obama. FOTO: Agencias

Barack Obama. FOTO: Agencias

L. Alberto Rodríguez

Los Rolling Stones tocarán gratis en Cuba y pocos han hecho alarde de ello. En buena medida porque no toleran que la banda de rock más grande del mundo dé un concierto en lo que consideran es una isla subyugada bajo una dictadura comunista que, entre otras cosas -dicen-, cercena las libertades y quema en las plazas la ideología del capitalismo foráneo. De manera que alardear de este evento sería reconocer que sus opiniones anti-Cuba están equivocadas. En cambio, ¿quién se imagina a Mick Jagger cantando sin cobrar en México o España? A muchos la simple idea nos frustra pues esto es imposible. Si fuera cubano (oprimido por el castro-comunismo), iría gratis; pero como soy mexicano tengo la “libertad” de pagar 80 dólares para entrar; ya dentro, una cerveza, una pizza, otros 20 dólares. Paradoja de lo que se considera opresión.

Otra de las cosas que intentan componer a antojo es la visita de Barack Obama a la isla entre el 20 y 22 de marzo (vaya primer tercio de año para Cuba, por cierto), como parte del proceso de normalización de relaciones entre Washington y La Habana. Al respecto uno puede leer la facilidad con la cual opinadores y voceros del llamado anti-castrismo hablan sobre este evento. Vociferan contra ambos gobiernos, por igual (lo que no termino por entender, ya que por décadas dijeron que EEUU era el bueno y Cuba el malo, ¿a qué hora los dos pasaron a ser malos-malos?) y se dan a la tarea de prejuzgar el encuentro.

En su infinita sabiduría, estos grupúsculos con sede en Miami fustigan a Obama porque dicen que le está dando concesiones a Cuba a cambio de nada; pero se auto-regulan afirmando que la Casa Blanca le impone a la isla un ritmo de negociación que ésta no podrá resistir. O sea que mal, pero bien. O mal, pero no tanto. Se debaten, pues, entre el Estados Unidos macartista que les contaron, y el Estados Unidos real, abatido por los errores de su política externa, liderado por un presidente con sentido común.

No obstante -y esta es la verdad-, a Obama no le está alcanzando con sus buenas intenciones. Su gobierno está adoptando en estas negociaciones medidas parciales y limitadas con respecto a sus capacidades. Quiere, pero no puede; o puede, pero no quiere. Y así cómo. Decía mi abuela, ¿para qué tanto brinco estando el piso tan parejo?

Cuba ha sido clara desde el principio. Ha dicho a Estados Unidos que si quiere dialogar, que sea entre iguales. Por una sencilla razón: aislado cada vez más del mundo, Washington no está en posición de comportarse como un bravucón. Lejos están esas épocas. Y si no, pregúntenle a China (uno de los principales aliados cubanos), el primer dueño de la deuda estadounidense. ¿De otro modo la Casa Blanca se habría puesto a negociar con la Revolución Cubana? Por supuesto que no. No digo que repetiría el desastre de Bahía Cochinos, pero sin duda arreciaría con sus planes de desestabilización por vía de la violencia como hizo por 50 años, cuando pagó mercenarios (aún los hay), o patrocinó bombazos en hoteles y hasta en un avión. Pero algo pasó. Washington se vio forzada a reconocer su fracaso y cambiar su actitud. Se dio cuenta la isla perseveró en sus posiciones.

¿Entonces por donde caminan las negociaciones? Es fácil responder eso. El ritmo lo marcan los avances en el levantamiento del bloqueo comercial y económico que desde 1962 Estados Unidos tiene sobre la isla (sí, por eso no puedes comprar en internet tus puros Cohíba, o medicinas para la diabetes). Ese es el “match point” de la mesa. Sabe Washington que si quiere lograr algo, debe ceder a eso. A cambio pide que La Habana le indemnice por las empresas socializadas tras el triunfo de la Revolución. Pero Cuba le responde que los miles de millones perdidos por décadas de embargo rompen la lógica de ese pedido y que, no obstante, EEUU debe indemnizar al pueblo cubano por eso. Y que aún falta la devolución de la base de Guantánamo. Por su parte la Casa Blanca le pide a la isla más “democracia”. Dice esto porque no puede reconocer abiertamente que, lo que en realidad le gustaría, es que no hubiera más Revolución. Si fuera una relación de novios sería como quien le pide a su pareja abandonar su familia, trabajo, amistades, tierra, riqueza, que nada le exija y que además ponga todos sus bienes a su nombre, a cambio de una promesa de amor… El chiste se cuenta solo.

Así que todo está por verse. Es un proceso complicado pero que ya está en marcha, aunque algunos no les guste. Sobre todo a aquellos grupúsculos que por años han vivido de simular una oposición al gobierno cubano -puede citarme aquí-, sólo por 30 dólares al mes y exposición internacional para premios y cosas así. Está próximo el día en el que la Casa Blanca le corte el financiamiento a clubes como las Damas de Blanco y anexas (dinero, por cierto, salido de los impuestos de la clase trabajadora estadounidense) y se dará cuenta que estos actuaron más interesados por los patrocinios externos que por un (inexistente) proyecto político. Lo verá Obama en su visita. Dicen que se reunirá con ellos; él o alguien más. Ojalá ocurra. El Presidente no es tonto, y los “opositores” deberían estar nerviosísimos por cuidar que no se les caiga el teatro.

Además, Obama sabe ya que su vista a Cuba será la oportunidad para constatar por el mismo si es cierto aquel viejo cuento con el que creció de que en la isla no se respetan los derechos humanos. Yo podría aconsejarle que pasee en cocotaxi por el malecón. O que vaya a la avenida quinta a beberse una Bavaria, cerveza holandesa, con suerte participa en uno de sus concursos y le toca divertirse una de sus acostumbradas rumbas, con salsa y reguetón. Verá qué mal se la pasan en la isla. Corroborará el Presidente aquello que canta Pablo Milanés: al sentir que el sol entra en su piel, irá sintiendo que no es él y perderá hasta su bandera. ¿Será por eso que en Miami se oponen a su visita?

Twitter: @albertobuitre

Más en http://buitresenlaciudad.com/

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

Continue Reading

Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

Published

on

Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

Continue Reading

Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

Published

on

                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

Continue Reading

Trending