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“¡Muera la barbarie!”

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Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Cuando hace algunos años escuché tal soflama lanzada a voz en cuello por un admirado escritor, mi primer impulso fue poner pies en polvorosa.

El rugido se produjo en la sala de Raúl Prieto, a quien mis lectores recordarán con el remoquete de Nikito Nipongo, cuando en la columna de un gris comentarista por fortuna olvidado, leyó que la juventud “debía accesar la vida espiritual”.

La hilada de imprecaciones que soltó el autor de La Santa Madre Academia fue de furia tal, que si se comparara con el cabreo del jefe de los bucaneros del pirata Drake, este quedaría cual acólito de la parroquia de San Protasio.

Raúl se pasó la vida defendiendo de los bárbaros al idioma español. Lo hizo con el arma mortal del humor -lo que aún no se le perdona en el madrileño Retiro, concretamente en el número 4 de la calle Felipe IV.

(Dato cultural: ahí se encuentra la sede de la Real Academia Española, apolillada institución que con los reflejos de Carlos II, “El Hechizado”, sólo tardó 200 años en aceptar que la palabra “aguacate” si merece ser reconocida… provisionalmente y con reservas.)

Otro feroz enemigo de la barbarie fue el periodista inglés John Richards, hoy compañero de andanzas de Nikito en el más allá. Encaboronado por la impudicia con que los súbditos de la Corona asestan puñaladas traperas al idioma de Shakespeare, fundó la “Sociedad de protección del apóstrofo”, que a la manera de nuestro propio y muy leal “Ateneo de Angangueo”, defendía nobles causas.

Tal cofradía quiso poner a salvo el diminuto signo de puntuación inglés, una “pobre criatura indefensa” cuya existencia, clamaba Richards, corría peligro a medida que la tecnología fomentaba cada vez más la velocidad sobre la precisión gramatical y hundía a The English Speaking Peoples (Churchill dixit)en una vergonzosa forma de semianalfabetismo.

La semana pasada compartí un texto sobre la militancia política de George Orwell, uno de los pensadores más originales y profundos de su tiempo.

No dije que Orwell fue también un gran “guerrero de la lengua”. A su pluma debemos textos que contribuyeron a descubrir el verdadero rostro del “socialismo” estalinista y que se alzaron contra la barbarie que azotó como vendaval de invierno al mundo en la primera mitad del siglo pasado.

(Hoy vemos en Ucrania una reedición del fascismo soviético.)

Dice Christopher Hitchens que si Lenin no hubiera acuñado la máxima “el corazón en llamas y el cerebro en hielo”, esta habría sido el lema heráldico de George Orwell, “cuya pasión y generosidad sólo fueron superadas por su desprendimiento y reserva”.

En 1946 publicó «La política y el lenguaje inglés», un ensayo sobre la relación de la política y el lenguaje que es un clásico del pensamiento político y la literatura del siglo XX.

Lejos de alumbrar el camino a una sociedad más igualitaria y democrática, el lenguaje de la política, dice Orwell, pareciera levantar muros y colocar obstáculos. Esto lo comprobamos cotidianamente en nuestro entorno mexicano.

Lea usted esta cita del autor de El camino a Wigam Pier. No tiene desperdicio:

“Mientras escribo, hombres altamente civilizados vuelan sobre mí empeñados en reducirme a cenizas”, escribió en uno de los ensayos más lúcidos sobre el frenesí exterminador nazi.

Trece palabras para explicar la vesania de la “raza superior”.

Estas referencias vienen a cuento por que ayer celebramos el “Día Mundial del Libro” proclamado por la UNESCO en 1995. Es una fecha que debiera ser lanzadera para una revolución literaria.

Tiene algo de pleonasmo hablar de la relación que tenemos con los libros. Es como hablar de la relación que tenemos con lo humano.

Un momento cualquiera vamos por la vida atendiendo nuestros propios asuntos y en el siguiente un tono de voz, un aroma, un roce de piel o el primer párrafo de un libro, tienen el efecto de un rayo y ya no volvemos a ser iguales.

La correspondencia espiritual con lo impreso ha sido materia de largas y espléndidas disquisiciones. Tomemos a Henry Miller. De entre su obra, Los libros en mi vida me hipnotiza. Es un texto de una belleza extraña porque hace las veces de confesionario de las lecturas de mayor influencia en este autor.

El escritor no defiende en él sus preferencias literarias, sólo las presenta. Es como una larga reseña de sus lecturas, a las que no califica sino explica cómo las percibió, cómo las sintió, con cuáles se quedó y por qué.

Dice Miller que el libro que yace inane en un anaquel es munición desperdiciada. Que los libros deben mantenerse en constante circulación, como el dinero. Que el libro no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar amigos. Que enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza.

Goethe estaba convencido de que al leer no se aprende nada, sino que nos convertimos en algo. La lectura no como un ejercicio erudito sino como una forma de vivir.

Máximo Gorki encontraba que al platicar sobre sus lecturas las distorsionaba y les agregaba cosas de su propia experiencia. Y ello ocurría porque literatura y vida se le habían fundido en una sola cosa. Para él un libro era una realidad viviente y parlante. Menos una “cosa” que todas las otras cosas creadas o a crearse por el hombre.

Edmundo Valadés vivió convencido de que el libro que uno desea con toda el alma siempre encuentra el camino hacia nosotros.

Podría escribir un libro con citas así. Como de Samuel Johnson, quien, según sus contemporáneos, no leía libros sino bibliotecas. O sobre la defensa de los tomos subrayados de Sáinz, para quien un texto se convierte en la lectura única e intransferible de un ser singular cuando este le mete pluma y resaltador a las páginas.

O quizá sobre el aspecto subversivo y liberador de la literatura, magistralmente abordado en La tentación de lo imposible por Vargas llosa.

¿Por qué destruyen libros los hombres? Tal vez… los motivos profundos estén en una declaración de Fred Hoyle, astrónomo y novelista. En De hombres y galaxias, escribió que cinco líneas bastarían para arruinar todos los fundamentos de nuestra civilización. Esta posibilidad terrible, impertinente, codiciosa, dice Báez, nos aturde y no habría razones para no pensar que, tras la excusa autoritaria, se esconda la búsqueda obsesiva del libro que contenga esas cinco líneas.

En un libro olvidado, Lecturas que me han gustado, de un autor más olvidado, Clifton Fadiman, publicado en 1945, este sostiene que en algunos casos la lectura “se convierte en una suerte de enfermedad, un fascinante y progresivo cáncer de la mente”, y que más allá de auxiliar al conocimiento de uno mismo, la literatura tiene una función más elevada e impersonal: “es un reto lanzado por un espíritu superior, el autor, a uno inferior, el lector”.

Dejo la provocación en la cancha del lector.

Un mar de tinta y una montaña de papel no bastarían para consignar todo lo que puede escribirse acerca de lo que Robert Darnton llamó El coloquio de los lectores y yo, las afinidades secretas.

Rubén Darío nos dijo que el libro es fuerza, es valor, es poder, es alimento; antorcha del pensamiento y manantial del amor.

Federico García Lorca, al dedicar la primera biblioteca de su pueblo Fuente Vaqueros en septiembre de 1931, confesó que como poeta no hablaba… leía. Y estremeció a sus paisanos al declarar que pues no sólo de pan vive el hombre, “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro”.

En el vigésimo séptimo aniversario del “Día Mundial del Libro”, regalo a los lectores de Juego de ojos un texto de mi autoría.

Medio pan y un libro

Descargable durante 8 días en:

https://we.tl/t-MEtVLN0wg9

***

Fuente: juegodeojos.mx

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Septiembre

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kissinger y nixon golpe de estado Chile

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Si alguien dudaba que algo tiene de inquietante el mes de septiembre, el pasado lunes 19 borró toda incertidumbre.

Septiembre significa “séptimo mes”, pero en el calendario es el noveno y además transcurre bajo la protección de Vulcano, dios de muy corta mecha. Es una anomalía lunaria.

Quienes tuvieron el presentimiento de que el viaje de Isabel II para encontrarse con Cerdic de Wessex precisamente en septiembre anunciaba el fin de la civilización occidental, seguramente confirmaron su corazonada.

No pretendo alarmar a mis lectores ni escribo en la negra sombra del recelo por un evento que tenía 0.0000021% de posibilidades de ocurrir. El sismo de 2007 me cambió la vida y el lunes anterior no fue un día fácil, pero garantizo que tengo firme la rienda en el oficio de articulista no político.

Veamos algunas razones por las que atisbo nubarrones en este mes. El primero de septiembre de 1939 los nazis desencadenaron la II Guerra Mundial, que terminaría en el mismo mes con la rendición de Japón seis años después. 

El onceavo día me parece particularmente siniestro. Ese día de 1973 se concretó en Chile el golpe de estado asestado por Mr. Nixon y Herr Kissinger en contra del gobierno de Salvador Allende y en el 2011 tuvo lugar en Nueva York el espeluznante ataque a las Torres Gemelas

Un repaso histórico revela otros episodios hórridos del séptimo mes que se creyó noveno. Se dirá que fueron casualidades o no, mas no siendo la parapsicología hagiográfica el fuerte de JdO, permítaseme una ociosa reflexión septembrina en lugar de la apología patriótica de la temporada mexicana.

Para leer más del autor: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

En la noche del 10 al 11 de septiembre de 1541 fue la catástrofe que costó la vida a doña Beatriz de la Cueva, viuda de Pedro de Alvarado, noticia que conocemos como “Relacion del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en las Yndias en una ciudad llamada Guatimala es cosa de grade admiración y de grande exemplo para que todos nos enmendemos de nuestros pecados y estemos aprescibidos para cuando Dios fuerere servido de nos llamar”, crónica del notario Juan Rodríguez que inaugura el género periodístico en América. 

Un año después, las fuerzas de Michimalonco destruyeron la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura, en territorio que hoy llamamos Chile. En 1649 Cromwell se cubrió de gloria con la masacre de Drogheda y en 1714 Barcelona es arrasada por las tropas borbónicas.  

En 1943 los nazis iniciaron el exterminio de los judíos en los guetos de Minsk y Lida. En 1965 llegó a Vietnam la primera división de caballería del ejército yanqui y quedó sellado el destino de cientos de miles de jóvenes gringos y vietnamitas, peones en un tablero de ajedrez manipulado desde Washington, Moscú y Pekín. 

En 1972 el comando palestino “Septiembre Negro” secuestró a once israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich. En 1973 el general Augusto Pinochet derrocó al presidente Salvador Allende. En 1982, Israel invadió Líbano y se dieron las masacres de Sabra y Shatila.

De todos esos acontecimientos, sólo uno, el de Guatemala en 1541, fue un desastre natural. Todos los demás tienen que ver con lo humano. Permítaseme el lugar común: “Homo lupus hominem”. 

Mas el tiempo, que todo pone en su lugar, un día levanta los velos y nos enteramos de las razones ruines, casi siempre impunes, con que los poderosos siegan vidas y destruyen pueblos por “razones de Estado”, cuidando siempre que tales “razones” se cumplan puntualmente en las vacas del vecino y no en las reses propias. 

Hay en el documental Fahrenheit 9/11 de Michael Moore una escena conmovedora en donde el robusto director se apuesta a las afueras del Congreso e invita a los padres de la Patria que acaban de votar la invasión a Irak a que enlisten a sus hijos para defender la tierra que los vio nacer. Todos sin excepción -a semejanza del señorito Aznar, que en un encuentro con estudiantes en México declaró que había sido “engañado” en ese asunto-, huyen con risas nerviosas. En mi rancho a eso le llamamos mariconería.

Hace tiempo el Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad de Georgetown (NSA por sus siglas en inglés), desveló las transcripciones de telefonemas entre el señor presidente Richard Nixon, el señor profesor Henry Kissinger (asesor de seguridad nacional y Premio Nobel de la paz), el señor secretario de Estado William Rogers y el señor director de la CIA Richard Helms, que confirman lo que todos sabíamos: en 1973 el gobierno de Estados Unidos organizó y estuvo tras el golpe militar de Pinochet, tal como organizó y estuvo tras los asesinatos de Madero y Pino Suárez en 1913, en contubernio con Inglaterra y Alemania. 

Nixon murió hace 28 años, Rogers hace 21, Helms hace 20. Pero el professor K. sigue vivito y coleando a los 99. ¿Pisará la cárcel por acciones que hubiesen tenido cabida en el tribunal de Núremberg? Apueste usted a que no.

Poco después de la asunción de Allende en 1973, este feroz retoño de Metternich gritaba a Helms: “¡No permitiremos que Chile se vaya por el drenaje!” 

No te pierdas: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Leemos en la transcripción del Archivo Nacional de Seguridad: “Después de que Nixon habló personalmente con Rogers, Kissinger grabó una conversación en la que el secretario de Estado estuvo de acuerdo en que, ‘como tú dices, deberíamos decidir a sangre fría qué hacer y después llevarlo a cabo’; mas aconsejó proceder ‘con prudencia para que no nos salga el tiro por la culata’. El secretario Rogers consideró que ‘después de lo que hemos dicho acerca de las elecciones, si la primera vez que un comunista gana los E.U. intentan impedir el proceso constitucional, nos vamos a ver muy mal’”.

Demos dar gracias a la diosa Walpurga o a nuestra deidad favorita de la antigua Alemania, de que el señor profesor Kissinger, a imagen y semejanza de los represores de izquierda y derecha con los que seguramente no estaría dispuesto a convivir, haya grabado secretamente sus conversaciones telefónicas como la que tuvo el ¡16 de septiembre! de 1973 con su jefe Nixon. Es posible que tenga efectos eméticos en algunos lectores, por lo que se recomienda precaución:

(Saludos respetuosos. Nixon pregunta si hay novedades.)

K. No. Nada de importancia. El asunto chileno se está consolidando. Claro que los periódicos están desgarrándose porque un gobierno pro-comunista fue derrocado.

N. Vaya, vaya. Qué cosas.

K. Digo, en vez de celebrar. En la administración de Eisenhower seríamos héroes.

N. Bueno, no lo hicimos –como sabes- no aparecimos en esto.

K. No lo hicimos. Quiero decir los ayudamos ______ generamos condiciones tan amplias como fue posible.

N. Así es. Y así es como se va a jugar. Pero escúchame, en lo que toca a la gente, déjame decir que no se van a tragar ninguna mierda de los liberales en ésta.

K. De ninguna manera.

N. Saben que es un gobierno pro-comunista y eso es lo que es.

K. Exactamente. Y pro-Castro.

N. Bueno, lo principal fue… Olvidémonos de lo pro-comunista. Fue un gobierno totalmente antiestadounidense.

K. Ferozmente.

N. Y los fondos de que dispusiste. Vi el memorándum que giraste acerca de la plática confidencial _________ para una política de reembolsos para expropiaciones y cooperación con Estados Unidos y por romper relaciones con Castro. Bien; diablos, ése es un gran aliciente si lo piensan. No, de ninguna manera te fijes en las columnas y en los desgarres sobre eso.

K. Oh. No me molesta. Sólo se lo informo a usted.

N. Sí. Me lo informas porque es típico de la mierda a la que nos enfrentamos.

K. Y la increíblemente sucia hipocresía…

N. Eso lo sabemos.

K. De esa gente. Cuando se trata de Sudáfrica, si no los derrocamos arman un escándalo.

N. Sí. Tienes razón.

En fin, ¡otra historia septembrina!

25 de septiembre de 2022

@juegodeojos  facebook.com/JuegoDeOjos sanchezdearmas.mx

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El amante, un encuentro con la escritura de Marguerite Duras

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El amate, de Marguerite Duras, es un viaje a la memoria de la autora

 

Por Guadalupe Lizárraga

De París a Saigón. De la adolescencia al “envejecimiento brutal” en tan sólo dos años. Es El amante de Marguerite Duras. La escritora viaja –a través de su memoria– no sólo hacia el pasado, sino hacia el interior de sí misma, para construir de nueva cuenta aquellas fronteras que a sus quince años traspasó apenas sin percibirlas y que inseminaron su ser-escritora. Transgresora de culturas, el amor la transforma en “Otra”, re-descubriéndose, despojándose de la sombra de su propio origen, para entregarse a lo “extraño”, a lo extranjero, en una fusión que le asigna una nueva esencia, desde donde aprende a contarse su transición, mucho tiempo después.

“Tengo un rostro destruido. Diré más, tengo quince años y medio. El paso de un transbordador por el Mekong. La imagen persiste durante toda la travesía del río. Tengo quince años y medio. En ese país, las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.”

Lee más: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Su escritura es un acto solitario en la búsqueda de los confines de su corta edad. De una existencia que configura su sentido en una amalgama de sentimientos y desazones que sólo podía comprender a través de la existencia necesaria del “otro”: su amante chino. La adolescente envejecida escudriña, a través de la escritura, sus pudores, sus ocultamientos, sus miedos, sus deseos y liviandades; “para ellos”, un acto moral, para ella, nada; y mientras escribe va corriendo el velo de esa su historia que no existe y que sin embargo da origen a su realidad de futuro:

“Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. Él le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. Él dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Él sabía que ella había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.”

El amante. Marguerite Duras, Madrid, Ed. El País, 2002.

Reseña.

el amante

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Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán

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Alberto farfán reseña el último libro de la escritora Martha Robles

La condena: Biografías clandestinas

Por Alberto Farfán

La extraordinaria ensayista literaria y profunda analista de escritoras mexicanas, Martha Robles, guarda entre sus diversos libros publicados un volumen de orden trascendental para nuestras letras por su elevada composición estética y su contenido temático incuestionable.

Autora de La sombra fugitiva. Escritoras en la cultura nacional, Entre el poder y las letras: Vasconcelos en sus memorias, Espiral de voces, y Mujeres, mitos y diosas, entre otras obras, Martha Robles (1948) nos entrega en La condena: Biografías clandestinas (FCE) una especie de monólogo testimonial, que pone de relieve las aristas enquistadas en una relación de pareja entre un hombre y una mujer a todas luces antagónicos.

Para leer más del autor: Del feminismo sexista sobre el tema de la sexualidad, la perspectiva de María Teresa Döring

Sin embargo, la estructura de espiral ascendente en que descansa el discurso que ofrece nuestra autora permitirá que éste paulatinamente tome consistencia de una genuina catarsis, cuyo objeto central por resolver adquirirá visos universales: el punto en cuestión particular e intimista dará paso a uno de carácter ontológico, en donde el ser del sujeto logrará su cristalización integral e individualizadora, es decir, su propia identidad.

Escrito por una mujer culta para lectores cultos, este texto se encuentra obligado a oscilar, sin menoscabo del feminismo crítico subyacente, entre la política, la historia y la filosofía en el contexto de nuestro país en décadas pasadas, debido a que dichas disciplinas forman parte del acervo del gran intelectual a que se hace referencia en este monólogo. Mientras ella es una principiante de 25 años, él ya es una connotada autoridad a sus 57, edades en las que ambos contraen nupcias.

La extraordinaria fluidez narrativa empleada correrá paralela a diversas líneas de hondura lírica y filosófica, en ese afán exorcizante y revelador. Emancipación necesaria de su entorno, cuyos demonios la anulan como mujer y profesionista, hasta convertirla en un vulgar receptáculo del rencor de un anciano frustrado y decadente, así como también de los vicios del mundo a que éste pertenecía, los cuales tendría que enfrentar posteriormente debido a su rompimiento conyugal.

Lee más: Aristas históricas en torno a la sexualidad

Al ir depurando y afirmando su identidad, la voz femenina trazará múltiples hallazgos de toda índole respecto al matrimonio, al amor, al hombre y a la mujer, los cuales la afianzarán en su perspectiva liberadora; como cuando hace alusión a su esencial vocación ya recuperada. El drama que ella vive por reencontrarse con la literatura resulta fundamental.

Leemos al respecto: “La fidelidad a lo que se es y la decisión de llevar a cabo un proyecto por encima de todo conllevan precios que sólo estamos dispuestos a pagar quienes conocemos la hondura del propio don, la señal de la gracia”.

O cuando hace referencia a la condición femenina: “Hija de mi raza, intervenir en ciertos asuntos era tanto como atentar contra la masculinidad o contra la jefatura del tribuno: la palabra, ya se sabe, no es recurso de mujeres, sí el palabrerío, el que distrae con ruido el acto del pensar”.

 

Autobiográfico o no, este extenso monólogo climático de una mujer en su afán por afirmarse como individuo irreprochable y consecuente, resulta sumamente cautivante y enriquecedor. Y más si consideramos la decadencia y el sin sentido que se vive en esta etapa del siglo XXI.

 

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