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Con voz propia

MORENA: Implicaciones para la Izquierda electoral

La decisión de MORENA de convertirse en partido político obligará a un reacomodo de la izquierda electoral sobre todo para Movimiento Progresista

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Escenario donde AMLO informó al pueblo que MORENA se convertiría en su partido político Foto: Martín Moreno

Alberto Buitre*

MORENA se convertirá en partido político antes que termine este año para competir en las elecciones legislativas del 2015, y en la presidencial del 2018 con Andrés Manuel López Obrador como su seguro candidato. Así avanza – o se termina, según se vea-, la travesía del tabasqueño como dirigente político alterno, proponiéndose ahora consolidar su propia plataforma partidaria, para lo cual se preparó desde que le arrebataron las presidenciales del 2006.

A la fecha de sus propias cifras, MORENA ha obtenido la afiliación de más de 4 millones de personas desde su gestación como “Gobierno Legítimo” a las que se sumarían las afiliadas al partido Movimiento Ciudadano, antes Convergencia, quien cedería su registro para la conformación del nuevo partido lopezobradorista, sin que el Movimiento de Regeneración Nacional tenga que cumplir con los requisitos asamblearios que obliga la ley electoral para el registro de una nueva asociación política nacional. Porque MORENA no cuenta con suficiente dinero para su organización ni la cantidad suficiente de militantes a pesar de lo que digan sus números y porque muchos de quienes le representaron en Comités ciudadanos, municipales, territoriales o estatales, también militan en el PRD, PT o el MC.

Este es el primer problema para el nuevo Partido, pues AMLO se valió de la estructura electoral de los partidos del Movimiento Progresista para la representación de MORENA. Muchos de ellos, politiquillos locales quienes verán en la nueva empresa lopezobradorista el empeño por hacerse de un nuevo feudo, incluso, sin perder el anterior. Seguramente ésto no les gustará a quienes creen a sobreestima en López Obrador, por lo que se generará al interior de la organización la primera gran pelea por saber quién merece y quien no, sus títulos honorarios.

Así, MORENA se establecerá como partido ejecutivo más, entrando en crisis rápidamente por su disímbola estructura ideológica en la que lo mismo cabrán tránsfugas, revisionistas, trapecistas y quienes se consideran obradoristas de cepa, al amparo de que “para ser de izquierda basta ser honesto y pensar en el prójimo”.

Inclusive, ya mismo se advierte éste cisma en el lopezobradorismo. Primero, entre los morenos que cómicamente se ponen en pie entre sí; segundo, entre las organizaciones que ya surgieron a la tangente de MORENA tipo noroñistas, el #YoSoy132 o la OPT del SME; y tercero, entre quienes apoyan fanáticamente a AMLO al grado de poderlo seguir hasta éste decidiera regresar al PRI de donde salió, y quienes al demostrarle apoyo, lo hacen creyendo que en México se vive un proceso democrático inacabado o traicionado por el cual se debe luchar “ciudadanamente”.

Y sin embargo, ni uno ni otra es opción, al confirmarse en un tercer fraude electoral que no existe salida a la crisis dentro del camino que propone el aparato institucional. Y ese es el mismo camino que se propone andar MORENA, tal como López Obrador mismo pronunció este domingo: “siempre debe intentarse la transformación por la vía pacífica y electoral” ¿Y a quién pedirá AMLO el aval de su nuevo Partido, sino al IFE y al TRIFE, instituciones a las que supuestamente mandó al diablo en dos elecciones consecutivas?

Es decir, la MORENA partidaria resultará en la pretendida solución al mismo mal, pero con la misma receta y hasta el mismo doctor. El infantilismo de creer que hay salida al sistema dentro del sistema. Y quizá mañana como hoy hace 23 años cuando la creación del PRD, alguien más clame por un nuevo Partido para que, cómo en el presente próximo 2018, se grite “¡fraude electoral!”, y a los pocos meses vuelva la mula al trigo.

Implicaciones

Mas, obviando las inconsistencias en el nuevo proyecto de López Obrador, su anuncio abre un drama en el llamado Movimiento Progresista con base en dos preguntas ¿Quiénes se separarán de sus partidos de origen para unirse a MORENA? Y ¿Cómo quedaría conformada dicha alianza una vez acomodadas las nuevas fuerzas?

En voz de dos de las principales figuras que han apoyado a AMLO en su travesía de seis años, el senador perredista Alejandro Encinas y el dirigente del PT, Alberto Anaya, la conformación de MORENA como Partido apenas alcanzará a acumular bases militantes de sus dos partidos correspondientes.

Difícilmente Encinas abandonaría el PRD que fundó y al que pertenece desde la liquidación del antiguo Partido Comunista Mexicano, apostándole a lo que él llama “renovación” de ese partido político en pos de la nueva configuración de un Partido-Frente entre el PRD, el PT y el Movimiento Ciudadano, en el cual, ha señalado, “MORENA debe integrarse como movimiento social”. Sin embargo, la posibilidad de abandonar el perredismo no es ajena a Encinas y ésta es paradigmática en el cúmulo de perredistas que desde ese Partido han permanecido fieles a la causa obradorista: el práctico atrincheramiento en el PRD de la tribu de Los Chuchos que lidera Jesús Ortega y el actual presidente del Sol Azteca, Jesús Zambrano, teniendo como consecuencia, la negación a la renovación/refundación de ese instituto, tan ansiada por el hoy Senador del Estado de México. Entonces y sólo entonces, Encinas, acompañado de una fuerte base militante histórica del perredismo, saldría de su partido de origen para fortalecer en buena medida la apuesta de López Obrador.

Anaya, en tanto, a pesar de su apuesta infranqueable por MORENA y AMLO, a quienes dotó de la mayoría de sus espacios en candidaturas y de prácticamente todo su presupuesto en medios y prerrogativas, no cuenta como opción cancelar al Partido del Trabajo que domina y atesora. Anaya no sólo es el máximo dirigente de ese Partido sino que el PT es su propio patrimonio, desde el cual ha logrado construir dependencias nacionales y relaciones internacionales con muchos Partidos llamados de izquierda, en el mundo. Solamente una entrega ciega hacia López Obrador haría que Alberto Anaya entregara su organización a la causa de MORENA, sin que antes se desate una cruenta batalla al interior del petismo por los pocos espacios de poder que se han reproducido bajo las alas del dirigente vitalicio, y desde donde han sabido negociar espacios y prebendas con los gobiernos locales.

Además, la entrega del PT a AMLO no tendría fines prácticos, si para el registro de MORENA como Partido, el tabasqueño ya cuenta con la disposición del Movimiento Ciudadano, por lo que la fusión de dos Partidos en uno sólo sería tanto un error de cálculo político como financiero. Así, el Movimiento Progresista seguramente quedará como está, con el PRD, PT y la sustitución del MC, por el nuevo Partido de López Obrador que, dicho sea de paso, podría alcanzar su propia bancada en la Cámara de diputados y representación en el Senado sin competir formalmente en elección alguna.

Lo que sea que pase al respecto, tanto a Encinas y similares, como a Anaya, no les queda mucho tiempo para decidirse. A pesar que la conformación de MORENA como Partido es prácticamente un hecho con la entrega del registro de Movimiento Ciudadano -, lo cual les libraría de cumplir con la obligación de competir en solitario en las elecciones intermedias del 2015 para la ratificación de su registro-, existe la remota posibilidad –pero posibilidad al fin-, que MORENA decida ir solo; es decir, sin el registro del MC, teniendo que cumplir con sus disposiciones asamblearias y alcanzar el mínimo requerido de tres mil afiliados por al menos 20 Estados y 300 en 200 distritos electorales, lo que obligaría a AMLO a enfrentar un reto inapelable: lograr la permanencia de su Partido con al menos el dos por ciento del padrón electoral, y así poder participar en las elecciones presidenciales del 2018.

Ahí se pondrán a prueba los presuntos 4 millones de afilados que el tabasqueño dice tener, porque a la hora de construir Partido, muchos se negarán a salir del cual ya pertenecen, y tantos otros por no estar de acuerdo con que MORENA se convierta en un Partido más. Por supuesto, López Obrador no se dejará fracasar, pero ante el riesgo ¿PRD y PT se desfondarán para no dejar morir al tabasqueño? Se vienen meses de mucho drama en la izquierda electoral.

@albertobuitre

 

*El autor es Premio Nacional de Periodismo en México

 

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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