Morelos, AMLO y Solalinde: el ‘troleo’ a costa de los migrantes

Rodolfo Soriano Nunez

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Religión y vida pública

Por Rodolfo Soriano-Núñez

La tarde del lunes 10 de abril, el presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador, publicó en su cuenta de Twitter un brevísimo mensaje que, a la letra, dice: “Platiqué con el padre Solalinde sobre migración y justicia.” Más relevante que el mensaje en sí mismo, es la fotografía que le acompaña.

El presidente Andrés Manuel López Obrador y el presbítero Alejandro Solalinde, 10 de abril de 2023. De la cuenta de Twitter del presidente.

En ella, sentados en un mismo sofá negro, de ésos que abundan en las oficinas de gobierno en México, López Obrador y Alejandro Solalinde ocupan un mismo plano. Encima de ellos, dominando la escena, está uno de los muchos retratos que uno encuentra también en cualquier oficina de gobierno en México de don José María Morelos y Pavón, uno de los curas rebeldes a los que, a despecho de lo que dicen los defensores a ultranza del “Estado laico”, México debe su existencia como país.

Apenas el 7 de abril, varios medios de comunicación, notablemente El Heraldo de México, hicieron públicas las diferencias entre las posiciones sostenidas por Solalinde y la Conferencia del Episcopado Mexicano, la organización que aglutina a todos los obispos, superiores jerárquicos en la estructura del catolicismo, de Solalinde.

Primera plana de El Heraldo de México del 7 de abril de 2023.

Además, durante la mañanera del lunes, AMLO se lanzó implacable en una retahíla de alabanzas al papa Francisco y a despotricar contra papas anteriores , luego de que insinuó que los obispos mexicanos además de rechazar su propuesta de una Coordinación encabezada por Solalinde, tienen coincidencias con los senadores republicanos que bufan a favor de una intervención militar en México.

No está por demás recordar que Morelos, como había ocurrido años antes con don Miguel Hidalgo y Costilla, murió laicizado, es decir, despojado de su condicón de sacerdote, pues los obispos que Roma enviaba a México, con la venia de los Borbón, los titulares del trono español, consideraron que el activismo político de sacerdotes como Hidalgo y Morelos, era contrario a la naturaleza de su condición como sacerdotes. Luego de que fueron arrestados, Hidalgo en enero de 1811 y Morelos en diciembre de 1815, fueron sometidos a juicios sumarios en los ámbitos civil y canónico. En el ámbito civil fueron condenados a muerte. En el canónico, se les excluyó de la condición de sacerdotes y, brevemente, estuvieron en condición de excomulgados. Se sabe que no murieron excomulgados, porque una vez muertos, sus cuerpos fueron enterrados según las normas vigentes para la época, lo que hubiera sido imposible si no hubieran sido readmitidos en la comunión.

En todo caso, la imagen del triángulo que forman López Obrador, Solalinde y Morelos es digna de una sesión de un curso de postgrado en semiótica, historia de México o de sociología de la religión. Es una suerte de santísima trinidad de las infinitas complejidades de los vínculos entre lo religioso y la vida pública en México. Ahí están los disruptores de la vida pública mexicana, AMLO y Solalinde, amparados, protegidos por Morelos, el Siervo de la Nación.

Morelos, que fue ejecutado por la soldadesca a las órdenes de Fernando VII, el rey de España, y laicizado, es decir, castigado, por obispos que estaban más interesados en quedar bien con don Fernando que por dar testimonio de consistencia evangélica o por ser solidarios con los naturales de la, todavía entonces, Nueva España.

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Hasta ahí uno podría suponer que López Obrador está tirando un juego perfecto y que llega a la sexta entrada sin que nadie siquiera pueda soñar con pegarle de hit. Sin embargo, hay cosas que, por más optimista que uno quiera ser, simplemente no cuadran con la imagen de esa santísima trinidad de lo político y lo religioso en México y menos con la metáfora del juego perfecto pues, como todo equipo arrogante, el de AMLO es experto en cometer errores para los que no hay defensa.

La entrevista de Proceso con Solalinde.

El error más notable se puede observar en la entrevista que la revista Proceso publicó con el mismo Solalinde la tarde del Sábado Santo, lo que antes del Concilio Vaticano II se llamaba el Sábado de Gloria. En ese texto, hay demasiados huecos, agujeros negros que uno no puede soslayar u olvidar.

El primero y más notable es que, justo en el párrafo con el que se presenta la entrevista, Solalinde informa que su amigo López Obrador le ha encargado “dialogar con Washington para que Estados Unidos deje de imponerle a México medidas represivas contra los migrantes” (p.28). El texto remacha esa idea un poco más adelante cuando dice que la Coordinación Nacional de Asuntos Migratorios y Extranjería, la CNAME o CONMEXICO, según a quién le pregunte uno en el universo de la Cuarta Transformación, desarrollará “políticas migratorias de manera ‘colegiada’”, además de que “‘dialogará’ con el gobierno estadunidense para que deje de imponerle a México medidas represivas contra los migrantes”.

Eso es algo muy positivo. Nadie podría decirse en contra de que México lograra algo así, pero ¿no se supone que para eso están la secretaría de Relaciones Exteriores a cargo de Marcelo Ebrard y la embajada de México en Washington, DC, a cargo de Esteban Moctezuma? ¿Es una admisión de que no cumplen con sus tareas o de que no tienen la capacidad para cumplir con esa tarea?

Y ante eso es inevitable preguntarse ¿cómo le hará Solalinde para lograr algo que ni Ebrard ni Moctezuma han logrado o, si leemos entre líneas, son incapaces de lograr? Aunque el presidente Joe Biden está lejos de ser un troglodita como Donald Trump, también está muy lejos de tener algo parecido a un control del legislativo de su país. En el Senado los demócratas se aferran a la más tenue de las mayorías posibles, la que les dan las reglas de ese órgano legislativo que permite que la vicepresidenta Kamala Harris pueda ser el voto decisivo en caso de un empate. Los demócratas tienen 48 escaños propios. Los republicanos tienen uno más. Los demócratas “controlan” el Senado gracias a tres senadores que a veces votan con ellos y a veces no. De esos tres, los demócratas tienen dos votos seguros: los de los senadores de Maine, Bernie Sanders y Angus King.

La tercera independiente nominalmente afiliada al caucus demócrata es la senadora de Arizona, Kyrsten Sinema, quien lo mismo vota con los demócratas en unos temas que con los republicanos en otros asuntos. Y aunque dice ser demócrata, el senador de Virgina Occidental, Joe Manchin es tan impredecible como la señora Sinema, de modo que ahí no hay nada parecido a un voto seguro para Biden o para una propuesta que eventualmente pudieran pactar Biden y López Obrador.

En la Cámara Baja o de Representantes la situación de los demócratas es más difícil. Tienen 213 escaños contra 222 de los republicanos. Son minoría; de modo que, ¿con qué republicano podría pactar Solalinde una reforma de las leyes y las prácticas de migración de Estados Unidos? ¿Con Trump? ¿Con el presidente de esa cámara, el republicano Kevin McArthy?

Y la situación en Ottawa, la capital de Canadá no es tan difícil para Justin Trudeau, pero entre las sospechas de corrupción que ahogan a su gobierno y la oleada de populismo de derecha que lidera Pierre Polievre, el líder del Partido Conservador, se antoja difícil imaginar un escenario en el que Solalinde pudiera pactar con Trudeau algo más que una comedida declaración general deseándole buena suerte a López Obrador en el tema de la migración.

Y quien crea que las redes de la Iglesia católica en Estados Unidos podrían ayudar pierden de vista que aunque la Iglesia allá hace y mucho, como demuestra, entre otros, el obispo de El Paso, Texas, Mark J. Seitz, quien todas las semanas cruza el puente hacia Ciudad Juárez y ayuda tanto como puede en los albergues ubicados en México, su ayuda no logra convencer ni siquiera a los legisladores republicanos que se dicen católicos de votar a favor de una reforma de la migración.

De hecho, Seitz y su equipo recientemente participaron en movilizaciones en Twitter para pedirle al presidente Biden que no hubiera retrocesos en las prácticas en materia de migración en su país, como se puede ver en este tweet de CLINIC, una organización sin fines de lucro que ayuda a migrantes a permanecer de manera legal en Estados Unidos y que fue retuiteado por la cuenta del obispo Seitz en esa red social, pero que, incluso con su apoyo, sólo logró 409 impresiones y cuatro retweets, incluido el de Seitz.

Tweet de CLINIC, organización sin fines de lucro que ayuda a migrantes a tramitar su estancia legal en EU, retuiteado por el obispo de El Paso, Mark Seitz.

Incluso si fuera sincero lo que Solalinde le ha dicho a Proceso y a otros medios luego de la tragedia en Ciudad Juárez, se antoja difícil que pudieran cumplir con lo que ofrecen. Y ofrecen mucho. En una parte de la entrevista, Solalinde dice que cambiarán las tareas del actual Instituto Nacional de la Migración una vez que se cree la Comisión.

Quizás Solalinde se acordó de sus clases de filosofía en el seminario cuando dijo: “Y al cambiar el ser, consecuentemente también se cambiará su quehacer”. Hasta ganas de decir amén me dan, pero es difícil hacerlo cuando uno ve el descuido con el que promete, un poco más adelante, que “de volada vamos a eliminar esas cárceles (del Instituto Nacional de la Migración) que ya se han generalizado en todo el país” (p. 29).

De nuevo, si fuera una jaculatoria, yo me tropezaría para decir “amén”, pero en el mundo de la administración y las políticas públicas hay poco espacio para ese tipo de actitud. Si “de volada” se van a eliminar esas cárceles, ¿con qué se van a sustituir “de volada” esas cárceles? ¿Albergues? ¿Refugios? ¿Estancias? El nombre es lo de menos. Lo de Ciudad Juárez no era formalmente una cárcel, pero si camina como pato y habla como pato, entonces es un pato.

* * *

El problema con las declaraciones de Solalinde y el incesante troleo de su amigo, el presidente de la República, tiene que ver con dos asuntos. El primero es el de generar falsas expectativas acerca de la capacidad de México para albergar personas de otros países. Yo soy de los que cree que México podría absorber fácilmente a todos los migrantes que desearan quedarse aquí, pues México perdió entre los noventa y la primera década del siglo XXI mucha de su población. Pero hay quienes en México repudian esa idea, pues también tenemos racistas que le apuestan a cuidar alguna noción de pureza racial que yo no comparto. Esas falsas expectativas siempre pasan factura a quienes las construyen y alimentan. No tiene sentido hacerlo, además, con los migrantes que sólo están de paso por México.

El segundo problema se asoma en las acusaciones que hacen, además de López Obrador sobre las supuestas coincidencias entre los obispos mexicanos y los senadores republicanos de EU, en las que hacen los dirigentes de Morena en Guerrero contra los obispos católicos de ese estado de que pretenden desestabilizar y de que están aliados con el narcotráfico y que fueron publicadas por el diario El Sur en su edición del 11 de abril.

Insistir en esa lógica para reactivar de manera artificial un conflicto entre la Iglesia católica y el Estado es una manera mezquina de proceder. Es apostarle a crear el río revuelto del que López Obrador salga ganador. Lo grave es que, al actuar así, sólo logrará hacer más difícil cualquier solución a los problemas asociados a la migración y a la violencia en los que, a querer o no, las religiones, no sólo los obispos o los sacerdotes católicos como Solalinde, tienen algo que decir.

Solalinde juega un juego todavía más peligroso pues ha echado por la borda sus diez años de ministerio en el ámbito de la migración para convertirse en un clérigo de Estado, en el monsieur L’abbé de López Obrador. Invocar el “Estado laico” no va a resolver esta situación. Felipe Calderón y Enrique Peña lo intentaron con Solalinde y el tiro les salió por la culata. Un Estado confesional tampoco resolvería el problema, como lo demuestran los problemas que vive Perú, donde la situación es tan o más grave como la que vive México o las que viven otros países en los que no se cae en alguna de esas dos posibles soluciones al problema de los vínculos entre la religión y la vida pública.

Los obispos mexicanos tendrían que ser extremadamente cautos para no permitir que se les asocie con las propuestas de mayor militarización de la lucha contra el narcotráfico en México.

En teoría un presidente debería estar más preocupado por otros problemas que por cómo usar su cuenta de Twitter para trolear a sus adversarios. Tristemente, la realidad de México hoy es que para López Obrador, el troleo es más importante que la hechura o la evaluación de políticas públicas. Debemos aceptar eso como una realidad y no caer en el juego. Creo.

 

(La imagen destacada de este texto recupera una de las representaciones del momento en que un pelotón del Ejército de Nueva España fusiló en San Cristóbal Ecatepec, a José María Morelos y Pavón en 1815).

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