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Molotov dará concierto gratuito en apoyo al #YoSoy132

Concierto de Molotov en apoyo al #YoSoy132 el 16 de junio en el Zócalo de la Ciudad de México y marcha de Tlatelolco a Televisa el 30 de junio

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En apoyo al #YoSoy132


REDES SOCIALES.- El grupo de música Molotov dará un concierto gratuito en el Zócalo de la Ciudad de México, el próximo sábado, 16 de junio. Este evento lo ofrece la banda capitalina en apoyo a las causas de los estudiantes que integraron el movimiento #YoSoy132, según la difusión en las redes sociales. También se enfatizó en que los jóvenes tomen medidas de seguridad y no cedan a provocaciones, para evitar nuevos enfrentamientos como lo sucedido recientemente en el Estadio Azteca, en la que los jóvenes del 132 fueron agredidos por presuntos miembros del PRI, después de que se les atribuyeran los gritos de  «!Peña puto!» frente a la transmisión televisiva del partido.

De acuerdo a la información de las redes, el evento de Molotov para los jóvenes del #YoSoy132 fue acordado durante la asamblea del martes en el Instituto Politécnico Nacional y forma parte de una serie de actividades artísticas y de información sobre la manipulación de los medios de comunicación sobre las elecciones del primero de julio.

La coordinación del movimiento estudiantil, Yo Soy 132, también dio a conocer que se llevará a cabo una marcha masiva de Tlatelolco a Televisa y de ahí al Zócalo, el 30 de junio. Los representantes de universidades públicas y privadas crearon una agenda de actividades masivas, tras diez horas de discusión, y destacaron que harán brigadas informativas sobre las elecciones, marchas, y otras actividades artísticas, como parte de los compromisos cívicos acordados en el Campus de la Universidad Iberoamericana.

Molotov iniciará a las 20:00 horas, en la plancha del Zócalo, 16 de junio.

Redacción LApress

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Peñuelas

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Por Mónica del C. Aguirre

 

Al alma de mi abuelo
que aún me visita en sueños.

El rancho de Peñuelas está ubicado al norte del estado de Zacatecas, a tan sólo cinco kilómetros del municipio de Cañitas, de Felipe Pescador. El municipio, de 5 mil habitantes, está partido a la mitad por las vías del tren que cruza mercancías de México a Estados Unidos. Gracias a la vía ferroviaria hay algo de comercio local, así como un par de médicos, una clínica y una escuela primaria de infraestructura pobre y decaída ya por los años. En el resto de las municipalidades cercanas, la única actividad económica es la agricultura, la cual depende de un clima necio y semidesértico.

Los hombres del pueblo visten como vaqueros; caminan erguidos y con pasos precisos y talante orgulloso sobre las terracerías; usan pantalones de mezclilla, botas picudas de pieles exóticas; y tienen el pecho y las manos tostadas por el sol. Se transportan en caballos flacos y hablan con un acento golpeado, como si en cada afirmación hubiera una pregunta disimulada y una melodía prematura. Abunda la leche bronca, espesa y fresca, que los habitantes intercambian como trueque. Las mujeres, con delantales amarrados sobre sus holgados camisones de colores pasteles y de telas floreadas, se ocupan del hogar, de las tortillas y de las gallinas gordas.

La terracería que conduce de Cañitas a Peñuelas corre paralelo a la solitaria vía del tren; la máquina y el andar del ferrocarril, producen un sonido que viaja sin obstáculos a través del campo, sin flora robusta que se interponga, ni edificios, ni viviendas. El llano es plano y del suelo se levantan pocos árboles de ramas delgadas, lo cual permite una vista panorámica y placentera hacia los confines de la tierra. Los que van en coche o a caballo, alcanzan a ver a lo lejos los mezquites en movimiento al son de un viento bailarín, cuya danza produce un chasqueo seco, como si les crujieran tripas ásperas; y cráneos de ganado (víctimas de los coyotes salvajes de la noche) esparcidos en el camino y cuyos ojos, musculatura y viscosidades, fueron devorados por buitres hambrientos y desesperados. Los cactus permanecen firmes y, en su rebeldía, no obedecen al danzón del viento. El polvo es insubordinado e independiente, se mueve a su propio ritmo y se eleva detrás del que pasa por ahí, como si reprimiera el importuno de los visitantes que alteran la calma e interrumpen el chiflido del viento.

A mitad del trayecto se asoman Las Tetillas: dos cerros de idéntica estatura y forma que están cubiertos con faldas de cactus grisáceos. A la hora del crepúsculo, las faldas parecen estar en llamas, como si quisieran fundirse con el tenso hilo del horizonte que esconde al astro y muestra la paleta sobrecargada del atardecer.

Para entrar a Peñuelas, hay que cruzar un portón de metal que protege la entrada. La casa se encuentra al final del camino; fue construida en 1950 y nunca fue beneficiaria de una remodelación. Los muros descarapelados del interior son víctimas del tiempo estricto; las vigas de madera en el techo chillan por las noches y los azulejos que cubren las paredes de la angosta cocina, están cubiertos de grasa aferrada por tantas jornadas de freír frijoles con manteca de cerdo; pero el decorado floral de los azulejos, son la nostálgica evidencia de una época de oro.

En la sala se encontraba el dueño y administrador, Don Pepe, el cacique de Tetillas, el ganadero de reputación intachable y de ojos claros. Con su camisa de botones aperlados, sus botas puntiagudas de piel de víbora curtida, y con su cinturón piteado… escucha en la radio el amenazante avance del ejido que está despojando a los hombres de sus tierras. Oscurecía y el horizonte púrpura se desvanecía sigiloso cuando Don Pepe encendió la planta de diésel. Enseguida, prendió las luces y se puso de pie con las piernas entreabiertas, de frente a la pared en donde se encontraban colgados sus rifles de cacería y los arreadores eléctricos de ganado de colores fosforescentes. Contemplaba. A su espalda, estaban las dos camas matrimoniales en donde dormían su esposa Jovita y él; y no era porque tuvieran una relación distante, ni siquiera como el espacio minúsculo que separaba las camas, sino por mera comodidad. Don Pepe tomó uno de los rifles y limpió el cañón del arma. Cuando llegase el ejido, él estaría listo para enfrentarlos… Prefería morir, a ver cómo lo despojaban de las tierras que habían sido de su padre desde que emigró de España y desde que su corazón cambió de nacionalidad, o más bien, encontró su verídica bandera.

Cuando llegó el momento, manejó en su Chevrolet pick-up hacía la entrada de Peñuelas y esperó a los ejidatarios de pie, ante el portón de metal y con su rifle cargado. Con el sol de frente y sus diez mil hectáreas detrás, amenazó con disparar en los varios días consecutivos de su protesta. Los ejidatarios iban y regresaban. Don Pepe estaba siempre en la puerta salvaguardando sus tierras; la rabia se reflejaba en su mirada y la valentía no abandonó a su voluntad.

Al final, logró proteger la mitad de su territorio, y así fue como cinco mil hectáreas pasaron a ser ejidales. Cumplieron con la única solicitud de Don Pepe y le dejaron la mitad del terreno que estaba junto a las vías del tren. El ejido se quedó la otra mitad que estaba bajo las faldas de Las Tetillas.

Don Pepe era mi abuelo. Crecí en su rancho escuchando la historia de su enfrentamiento con el ejido. Cada vez que visualizábamos Las Tetillas a lo lejos, no faltaba quién señalara el llano de tierras abandonadas, desperdiciadas y sin sembrar, y dijera que aquello llegó a ser también de mi abuelo, y que la primera televisión en Las Tetillas la había patrocinado él, hasta que convirtió aquel espacio en un pequeño cine. Pero cuando le quitaron la mitad de su terreno, se alejó de la población de los cerros femeninos. En Las Tetillas, nunca se dejó de hablar de su leyenda.

Los mejores años de mi vida fueron en Peñuelas, junto a mis abuelos. Ahí pasé los meses de verano y de invierno mientras cursaba la primaria, la secundaria y la preparatoria en un municipio al sur de Cañitas de Felipe Pescador. Aquella dulce vida campirana, ascética y tranquila, forjó mi carácter, mi piel, mi corazón y mi filosofía.

A las siete de la mañana nos despertaba el tren que, por costumbre, pitaba cuando transitaba frente a la casa a no más de cincuenta metros. Pasaba cinco veces al día. Mi abuelo me contó que una vez se descompuso el tren justo en el momento en que pasaba frente a su casa gris de concreto y que les regaló a los mecánicos unas cervezas. Estuvo con ellos hasta que llegó ayuda desde Cañitas y arreglaron la falla. Los mecánicos se secaron el sudor y la grasa con las mangas de sus camisas a cuadros, y mi abuelo pasó la tarde conversando con ellos mientras mi abuela les cocinaba tacos de frijoles de olla con queso fresco.

Yo dormía con mi abuela, en su cama. Las sábanas eran de franela y las cobijas las recuerdo siempre de tonalidades oscuras. Cuando despertábamos, la luz que entraba por la casa era templada, suave, y si tuviera un color, diría que era plateada. Entonces, mi abuela nos preparaba a mí (desde los ocho años) y a mi abuelo, café con leche. Acompañábamos el café con Napolitanos: esos panqués de la marca Marinela que tenían una capa de chocolate con líneas blancas y que estaban rellenos con pasas. Mi abuelo aborrecía las pasas, pero tenía una peculiar obsesión por aquellos panqués, pues los desayunó hasta el día de su muerte. A mí sí me gustaban las pasas, pero como mi abuelo las espulgaba con elegancia y minuciosidad para luego juntarlas sobre una servilleta desechable, lo mismo hacía yo, aunque no con los mismos finos y pacientes ademanes (los cuales adoptaría años después). Al terminarnos los panqués, yo me comía mi montañita de pasas y después, las de mi abuelo.

Al terminar de desayunar, yo salía a montar a caballo y visitaba mis lugares favoritos de Peñuelas, los cuales, según yo, eran mi propio descubrimiento y nadie más los visitaba. Observaba a los caballos y les ponía nombres de piedras preciosas según sus colores. Durante el invierno (antes de navidad), en esas cabalgadas, mi abuela me pedía que cortara heno de los árboles para decorar su nacimiento de cerámica.

A mediodía, regresaba a casa. Mi abuela cocinaba y mi abuelo, recién bañado y perfumado, se subía a su pick-up y yo lo seguía en mi caballo. Nos deteníamos cuando nos encontrábamos a Sancho en los alrededores de la casa: un chivo domesticado que alimentábamos con cigarros sin filtro y caramelos que mi abuelo llevaba siempre consigo. Me detenía a acariciarlo y alimentarlo; siempre me llamó la atención el movimiento drástico de sus mandíbulas que parecían viajar de una oreja a otra. Visitábamos las pilas de agua, los corrales, las caballerizas y supervisábamos a los vaqueros cuando descornaban al ganado. Mi abuelo me contó que se trajo a esa raza de vacas Limousin desde Canadá. Tenían, todas, un pelaje anaranjado que contrastaba divinamente con el llano amarillezco y el manto celeste. También me enseñó qué plantas podía comer e incluso chupar, pues había unas florecillas rosas que tenían gotas de néctar suave y que endulzaban el paladar después de horas de respirar y tragar tierra árida.

Al concluir nuestras rondas, regresábamos a la casa a comer y mi abuela me ordenaba que llevara para los vaqueros del rancho: el tortillero y recipientes de peltre con salsa molcajeteada, guisados, arroz y frijoles. Al terminar de comer, mi abuela me ponía pomada De la tía (un ungüento veterinario) en las piernas, pues regresaba siempre con rasguños de los mezquites y con los tobillos y los costados de las rodillas rosados, o incluso sangrando, a causa del roce de mis botas y de mis pantalones de mezclilla con los estribos y la silla charra. Cuando las heridas eran aún más graves, mi abuelo me ponía moradito (un antiparasitario y antiséptico para el ganado) que ardía hasta el tuétano. Hablando de medicamentos veterinarios, recuerdo que mi abuelo una vez le eliminó a mi hermano un mezquino que tenía en la mano con el descornador de vacas. Sí le quito el mezquino, pero le dejó una cicatriz honda, ancha y tan brillosa que parecía haber sido pulida por los demonios.

En las tardes, jugaba cerca de las vías del ferrocarril juntando las piedritas moradas que arrojaba el tren; o hacía pasteles de tierra sobre la barda que rodeaba la casa, y veía como el calor del sol los secaba: un horno natural para la repostería de las lombrices; o al atardecer, veía a mi abuelo trabajar en el taller que estaba entre las caballerizas y el cuarto de la planta de diésel. A veces, después de comer, íbamos al cerro De la Cruz y mis abuelos hacían llamadas por la radio y en veces llamábamos a mis padres. El cerro De la Cruz era el único lugar en donde teníamos señal; era el punto más alto de Peñuelas. Y en efecto, el cerro tenía una cruz blanca enterrada en la cima. Ahora caigo en cuenta que nunca pregunté quién fue el que la colocó.

Cuando el sol se ocultaba, mi abuelo encendía la planta de diésel un par de horas. En ese tiempo tan preciado de electricidad, mi abuelo escuchaba la radio y mi abuela y yo tejíamos: ella hacía cobijas y yo cadenitas de tejido para practicar las puntadas. Antes de ponerme el pijama, mi abuela me suplicaba que me bañara, a lo que yo me negaba siempre. Mi abuelo me defendía.

—Deja a la niña hacer lo que quiera —le ordenaba mi abuelo.

En mi lógica infante, no tenía caso bañarme, pues al día siguiente volvería a ensuciarme, volvería a abrazar a los caballos sudados, y jugaría otra vez con la tierra.

Antes de las diez de la noche, mi abuelo nos avisaba que iba a apagar la planta y mi abuela y yo corríamos a lavarnos los dientes. Ir al baño sin electricidad, era un deporte extremo; la oscuridad era tan profunda que a veces pensaba con congoja que me había quedado ciega. En ocasiones, después de que se apagaba la planta, mi abuelo y yo salíamos a ver las estrellas.

—¿Sabes cuántas estrellas hay en el cielo? —me preguntó mi abuelo.

—¡Cientos! —Afirmé.

—No.

—¡Miles!

—No.

—¿Millones?

—No.

—¿Cuántas, abuelito?

—Cincuenta.

Después de contar cincuenta estrellas y de comprobar que aún faltaban más luces estelares por incluir en la cuenta, le dije:

—Estás mal, hay más de cincuenta.

—No. Escucha bien. Hay “sin cuenta”.

En una ocasión le pregunté si podía dormir afuera, sobre el césped que estaba frente a la casa; le dije que quería dormir bajo las estrellas. Me dijo que sí, como a todo. Sacó unas cobijas y una almohada y me tendió una cama. Mi abuelo me dejó y se metió a la casa que, desde mi tendido, parecía un tabique negro y gigante en contraste con la luz de la luna y las estrellas. Me puse a contemplar el cielo y a escuchar la melodía nostálgica de los grillos. ¡Me pertenecía el manto estrellado más hermoso del mundo! Una saturación de luces elegantes y mágicas. Quince minutos después de un deleite cósmico, mis huesos no pudieron tolerar el frío de aquel clima semidesértico y regresé corriendo a la casa con las cobijas en los brazos. Titiritaba. También me tuve miedo de un ataque por parte de los coyotes, de que me comieran como a las vacas. No alcancé a tocar la puerta, cuando mi abuelo me abrió la puerta y el mosquitero. Había adivinado el tiempo preciso que me tomaría regresar.

Quién diría que llegaría el día en el que sólo visito Peñuelas en mis sueños; ahí, en la vida que se desarrolla en el inconsciente, y camino nuevamente bajo las vigas de madera y acaricio las paredes frías que ahora sostienen el techo de mi valentía.

Lo que impide que visitemos ahora, fue lo que sucedió en el año 2008: un cartel del narcotráfico se apoderó de aquella casa y de aquel terreno. Se adueñaron de las tierras que mi abuelo defendió con puños blancos y bravura. Después de que lo despojaron de sus tierras, el espíritu de mi abuelo se marchitó, y con él, su cuerpo, su salud. Mi padre lo llevó a España, al País Vasco, para que conociera las tierras de sus ascendientes, pero tampoco eso logró reanimarlo. Antes de morir, pidió que lo llevaran a Peñuelas una última vez, pero la vida no es como en las películas. Nadie pudo cumplir su último deseo.

Don Pepe, mi abuelo, también está en mis sueños. Cuando lo veo en el mundo onírico, a pesar de que no estoy consciente, de alguna manera sé que ya no caminamos sobre el mismo suelo y lo abrazo… lo abrazo mucho.

Ciudad de México, 2022

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Revelación

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Por Mónica del C. Aguirre

El inspector González despertó de una de sus familiares pesadillas. Siete años de trabajo en el Departamento de Homicidios lo habían expuesto a situaciones e imágenes que se repetían en su memoria: mutilaciones, sobredosis, suicidios, violaciones, sesos, tripas, y cuerpos morados que encontraban en el río donde los criminales arrojaban a sus víctimas. La memoria no tiene jefe, no obedece jerarquías; proyecta los recuerdos que le vienen en gana y, generalmente, son aquellos que desearíamos reprimir.

Apenas amanecía cuando el inspector González despertó. Estaba sudando, su corazón latía de prisa y sintió sus venas casi explotar por la presión de la sangre. Soñó, como solía, con otro asesinato. Pero esta vez, el asesino era él. Le pareció tan real que, cuando abrió los ojos, estaba confundido: no sabía si su habitación era el sueño, y la mujer degollada del bosque había sido una noche más de investigación.

Su habitación comenzó a iluminarse, pero aún se sentía exaltado y con una penumbra que le pesaba sobre su cabeza. Se rascó el pecho. No, no se había acostumbrado a ver tanta crueldad. Se persignó con prisa y pidió a Dios que liberara a la tierra de todo mal… y también de las prostitutas.

Sonó su teléfono, era el agente de la Policía local. Fue breve. Le informó que se le requería de inmediato en el bosque, junto al río, a cien metros de la bifurcación: habían degollado a una mujer que por su apariencia parecía tratarse de una prostituta.

El inspector González se vistió de prisa y antes de salir, se preparó con manos temblorosas una taza de café instantáneo. Mientras hervía el agua, se permitió un momento de reflexión. ¿Una prostituta? Meneó la cabeza.

Cuando llegó al lugar, los escalofríos lo sacudieron y el trago de café le supo más amargo de lo normal. Una prostituta. Mallas de red rotas. Degollada. ¿Acaso esta vez había soñado el futuro? En la mano que yacía sobre las hojas muertas, la mujer sostenía el libro “Memorias del subsuelo”, de Dostoyevski. Ése era el libro favorito del inspector González.

Dio breves y rápidas instrucciones a sus subordinados. Sin decir más, se dirigió a su casa. Buscó su ejemplar, de prisa. Confirmó que la prostituta asesinada llevaba consigo el mismo libro de su colección.

 

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Los puntos negros del concierto de Silvio Rodríguez en el Zócalo de la Ciudad de México

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Por Alberto Farfán

Por supuesto que la presencia del cantautor Silvio Rodríguez en México es todo un acontecimiento tanto por sus canciones como por erigirse en un símbolo de lucha de la izquierda latinoamericana y por ser un digno representante de la revolución cubana en todo el mundo.

Además, porque a diferencia de muchos de sus colegas comprometidos en contra de las injusticias vividas en América Latina, finalmente hicieron a un lado esa plausible entrega para situarse en la posición que siempre cuestionaron: la canción comercial, los boleros pseudoamorosos y lacrimógenos que perpetúan estereotipos y que no conducen a ninguna parte, más que a la cosificación del individuo. Pensemos en Pablo Milanés, Amaury Pérez, Tania Libertad, Guadalupe Pineda y otros más. En cambio, Silvio continúa en la misma dirección, sigue siendo el mismo necio en pro de un cambio.

Y como lo realizara quien esto escribe tiempo atrás con relación a un concierto de la fallecida cantante Mercedes Sosa en el Auditorio Nacional por llamar a un masculino producto made in Televisa a acompañarla al escenario a cantar, dando como resultado el que una parte importante de los presentes la abuchearan legítimamente para increparla, con lo cual coincidí, me temo que hay que señalar ciertos puntos negros que se pudieron observar en torno a la actuación del cantante cubano en el zócalo capitalino el pasado 10 de junio de este año.

Para empezar, es interesante que el régimen que emplea una y otra vez el concepto clasismo en contra de la oposición o en detrimento de todo aquel que disiente, se haya perpetrado sin que nadie lo apuntara. Es decir, mientras cientos de mexicanos de escasos recursos en su mayoría ─“el pueblo bueno”, diría el presidente de la nación─, tuvieron que acudir horas antes e incluso de madrugada para obtener un lugar cercano al escenario ─la cita era a las 20 horas─ y resistir la lluvia que se desató; por el contrario, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y el cuestionado líder de su partido, Mario Delgado, con toda comodidad disfrutaron del espectáculo en un balcón del Antiguo Palacio del Ayuntamiento. O sea, los de alto nivel bien resguardados y confortables en tanto que el pueblo de a pie en la explanada.

Por otro lado, resulta paradójico, absurdo o patético el que un gobierno que no ha disminuido sustancialmente los feminicidios ni las desapariciones de mujeres incluyera como telonera del concierto a la cantante sólo conocida en redes, Vivir Quintana, quien esgrime como su máximo éxito una canción que denuncia a las autoridades por las agresiones a sus congéneres, “Canción sin miedo”. Autora cuyas composiciones son más bien ideologizantes y burdas, que apuntan a la perspectiva afectivo-emocional con el objeto de anular la conciencia crítica del escucha y para nada a la de la reflexión, como sí lo lleva a cabo Silvio en todas sus canciones, a partir del empleo de una poética multívoca que propicia el pensar en la realidad circundante y sobre uno mismo. Y todo indica, debido a esta disparidad, que el haberla incluido fue más bien un acto demagógico, o acaso preelectoral en aras de la presidencia para la contienda del 2024.

Así las cosas, entre otras, no queda más que esperar que la serie de conciertos que ha anunciado el gobierno de esta ciudad para fechas posteriores no obedezcan a la búsqueda de cierto posicionamiento más que evidente con respecto a las aspiraciones de su titular y en realidad sean para la genuina diversión de los posibles asistentes. Pues no me gustaría escribir posteriormente que “al pueblo pan y circo”.

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