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Con voz propia

Segunda tortura, en Islas Marías: acusada del falso secuestro Wallace

Testimonio de Brenda Quevedo Cruz sobre su segunda tortura aplicada por agentes ministeriales para que se incriminara por el falso secuestro de Hugo Wallace

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Segunda y última parte

Testimonio

El martes 12 de octubre de 2010, aproximadamente como a las 9 de la noche, llegó un grupo de marines y custodias, dirigidos por el comandante Javier Jiménez Santana y la directora María Teresa López Avoites, a realizar una revisión en el campamento donde me encontraba. Era Zacatal, un campamento de población de sentenciadas en Islas Marías. Yo no he sido sentenciada, mi proceso sigue abierto, y sin embargo me enviaron a ese lugar.

Aquel 12 de octubre, yo estaba fuera del dormitorio. Conversaba con una interna cerca de una cancha de básquetbol. Los custodios llegaron y nos ordenaron que nos formáramos cada una afuera de sus dormitorios. Hicieron una revisión de los cuartos y fue cuando la custodia Verónica Chávez Rojas encontró supuestamente debajo de mi cama unas pastillas –que de hecho no estaban ahí cuando yo hice mi cama en la mañana de ese mismo día–, y me dijo que eran unas pastillas controladas. Cuando me trasladaron a Islas Marías, en el avión me hicieron una revisión exhaustiva; y cuando bajé del avión, me revisaron de nuevo para entrar al campamento. No me encontraron nada, ni en mi cuerpo ni en mis cosas, era imposible que yo hubiera metido unas pastillas al cuarto donde recién me internaban, claramente me las estaban “plantando”.

La custodia lo reportó al comandante Santana. Después entró la directora del penal y me llamaron para preguntarme dónde había conseguido esas pastillas. Yo respondí lo que sabía: no eran mías, nadie me las había dado y desconocía qué tipo de pastillas eran. Me pidieron que me uniformara y me bajaron a la guardia, antes de esto pasamos al hospital a certificarme y después me llevaron a la guardia de Seguridad del campamento Valleto, al que le llaman la “Borracha”, donde están los castigados.

La persona que estaba encargada en ese lugar de nombre Eisa Aguilar Cárcamo me recibió como a las 9:45 pm., y estuve ahí hasta 3 de la madrugada del 13 de octubre. Me sacaron de ahí y me subieron a una camioneta pick-up blanca. Iban las custodias Verónica Chávez Rojas y Eneyda Pérez Tiquet, y al volante iba el comandante Javier Jiménez Santana. Me sentaron entre las dos custodias y yo les pregunté que a dónde me llevaban. Pero no respondieron, sólo me dijeron que no hablara. Pasaron por la Marina y cuatro marines subieron unas sillas y una mesa de plástico y luego se montaron ellos en la parte de atrás de la camioneta.

Estuvimos en la carretera una media hora o quizá cuarenta minutos, yo alcanzaba a ver alrededor cómo rodeábamos la isla, esto lo sé porque escuchaba y veía los destellos del mar, aunque estaba demasiado obscuro. Entonces me empecé a poner muy nerviosa y les pedí por favor me dijeran a dónde me llevaban, porque yo tenía mucho miedo, ya tenía la experiencia del Penal de Santiaguito, en donde me habían golpeado y temía por mi vida y mi integridad física. Empecé a temblar y a sentir que me faltaba aire. El comandante intentó calmarme, me dijo que él no iba a permitir que me golpearan, que unas personas sólo querían hablar conmigo, que sabía que mi caso era muy delicado. Yo empecé a llorar, le pregunté por qué me llevaban tan lejos y de noche. Me dijeron que por mi bien cooperara y guardara silencio. Ya no dijeron nada más.

Llegamos a una zona cerca de un despeñadero al lado del mar. Había mucha vegetación, sin casas, hasta que llegamos a una casita abandonada de color blanco. Me bajaron ahí, y el comandante me dijo:

–Si llegas a lastimar a alguna de las custodias te las vas a ver conmigo.

–¡Ésa no es mi intención! Sólo les pido que no me dejen sola –y el comandante me respondió con estas palabras textuales:

–¡Te prometo que no dejaré que te toquen ni un chingado cabello!

Me metieron a la casa. Todo estaba obscuro, no había luz eléctrica, me metieron a un pequeño cuarto y me dijeron que iban a cerrar, que descansara, que ahí había una cobija vieja en el piso. La casa estaba como en obra negra, los apagadores, y otros detalles todavía ni siquiera estaban instalados. De nuevo les pedí que por favor me dijeran de qué se trataba todo eso, pero no me respondieron y se marcharon. Alcancé a escuchar cómo se secreteaban afuera de la casa con el comandante, y después él sólo se fue en la camioneta.

Me quedé dormida en esa cobija en el suelo, y cuando desperté ya era de día y escuché que llegaba una camioneta. Era de nuevo el comandante, lo vi por una ventana pero no me dejaban salir, vi que de la ventana del otro lado donde había un baño mal terminado se veía el mar y una pequeña Isla con una piedra grande. En eso me hablaron para decirme si quería comer algo, y se volvió a arrancar la camioneta, ya no pude hablar con el comandante. Las dos custodias me abrieron la puerta y me dieron un plato con huevo y frijoles y había una bolsa con manzanas, naranjas y alegrías. También me dieron una bolsa de plástico con agua de horchata, yo no comí más que una manzana. Les insistí a las custodias que me dijeran por favor porqué estaba yo allí, que me dijeran si era un castigo o qué, pero ellas dijeron que no sabían tampoco que ya no hiciera más preguntas porque la orden era que no hablaran conmigo. Les pedí llorando que si pasaba algo que por favor no me dejaran sola, que tenía mucho miedo. Ellas me dijeron que no me iba a pasar nada, que no me podían dejar sola, pero que me metiera de nuevo al cuarto y no saliera. Así pasaron las horas, era como la una de la tarde cuando escuché una camioneta que se estacionó fuera de la casa. Me asomé a la ventana y alcancé a ver una Van color blanco con los vidrios polarizados. Entró la custodia Eneyda Pérez Tiquel y me dijo que me sentara en el suelo y cerró de nuevo.

Mientras yo estaba ahí sentada, rezando porque no fuera nada malo, abrieron la puerta y entraron cinco o seis hombres encapuchados. Vestían pantalón de mezclilla, zapatos negros y playeras de tirantes blancas. Uno de ellos, él que llegó primero me empezó a gritar.

–¡Ahora sí, ya chingaste a tu madre! ¿Te acuerdas de nosotros? ¡Por más que grites, ahora nadie te va a oír!

Yo empecé a llorar. Les supliqué que no me lastimaran. En eso me vendaron los ojos y me envolvieron en una cobija todo el cuerpo sujetada con cinta canela. Me mojaron toda. Me quitaron los zapatos y los calcetines.

–¡Ya no vamos a aguantar tus pendejadas! –me dijeron– ¡ahora sí, vas a ver lo que es bueno!

Me acostaron en el suelo y me echaron agua en la nariz y en la boca para intentar ahogarme. Cuando vomitaba el agua me volteaban hacia abajo.

–¡Ya estamos cansados de tus chingaderas! –repetían– ¿no te da lástima que tu mamá la pague por tus chingaderas? ¿No es cierto que la acaban de operar de los ojos?

–¡Pobrecita! –dijo otro hombre– ¡qué mal y fea se veía con esos lentes tan feos!

–¡La íbamos a matar el día de la operación o a dejarla ciega, pero luego pensamos que ella no tiene la culpa!

–Ya te dejó sola también tu esposo Fernando, ya anda con otra más guapa. Así todos te van a ir dejando sola.

Me pegaron en la cabeza con la mano abierta, eran dos los que hablaban siempre. A uno de ellos le reconocí los ojos de color café claro, al otro, que se me montaba encima, alcancé a verlo que era de complexión robusta y muy velludo hasta en los hombros, tenía vellos muy negros y también le alcancé a ver los ojos. Esto fue porque con el agua que me echaban se me resbalaba la venda. Me golpearon en diferentes partes del cuerpo, a veces ya no sabía con qué era, no distinguía si era con el puño o el codo o las rodillas. Uno de ellos me metió varias veces la mano cerrada entre las piernas, muy fuerte, lastimándome hasta sangrarme.

–¿Qué se siente? –me preguntaba, mientras seguía haciéndolo.

–Quien te viera así, ¡una puta edecán de cuarta! ¡Toda meada y greñuda! ¡Vales para pura madre!

–¿Ahora sí ya sabes de parte quién venimos?

–Sí –respondí como pude– de la señora Isabel Miranda… –y siguieron golpeándome en la cabeza y en el torso.

–¿Por qué estamos aquí? ¿Sabes por qué estamos aquí?

Yo les dije que por favor pararan, que yo iba a cooperar, pero sus golpes siguieron.

–¡¿Sabes por qué tú estás aquí?!

–Por el secuestro de Hugo…

En eso, uno de los hombres me golpeó tan fuerte en la cabeza que pensé que me había reventado el oído, porque ya no oí bien de ese lado, solo un zumbido doloroso, y me gritó:

–¡Del señor Hugo, para ti!

Continuaron insultándome y golpeándome. Dijeron que ahora ya tenían a Jacobo (Tagle), que “el pendejo pensó que nunca iba a salir de su bunker”, pero que ya lo habían agarrado, y que por mi bien yo tenía que decir lo que ellos querían oír. Encendieron una grabadora y me sentaron. Un hombre me amarró un alambre en el dedo gordo del pie derecho y otro me echaba más agua. Me preguntaron que si yo le había escrito una carta a César (Freyre). Dijeron que ellos tenían esa carta, y que César ya había hablado todo, porque “lo amenazaron con el Ruso, que ahí fue cuando ya no aguantó más”, y que Jacobo también había hablado, que más me valía a mí también hablar y decir que habíamos sido nosotros los que secuestramos y matamos a Hugo Alberto Wallace.

Empezaron a ahogarme con el agua otra vez, y les pedí que por favor ya iba a hacer lo que ellos quisieran, pero que por favor pararan. Todos ellos me sentaron y luego de nuevo me acostaron y volvieron a ahogarme y a sentarme. Lo repitieron una y otra vez. Yo ya no podía hablar porque me estaba ahogando, así que me dejaron sentada y me dieron toques en los pies. Les grité que por favor ya no podía, qué era lo que tenía que hacer. Me dijeron que tenía que decir que llevamos a Hugo al departamento de Perugino, y de ahí lo matamos y sacamos en bolsas de plástico su cuerpo, y manejamos en mi coche hasta botarlas.

Apagaban y prendían la grabadora, y me repetían lo que yo tenía qué decir, que lo dejamos en un acueducto y unas maletas en un terreno… Uno de ellos me dijo:

–¡Y más te vale no ir de nuevo a hacer tus pinches desmadres de derechos humanos! ¡Date cuenta del poder que tienen para ir hasta ese lugar y entrar hasta ahí, ellos tienen mucho poder, y tú te metiste con la persona que no debías!

–¡Eso te pasa por molestar a la señora y a su esposo y a su familia!

–Ellos saben perfectamente en donde está tu hermano, y que tu mamá está muy enferma por tus mamadas. Ellos van a hacer los siguientes, y así como estás tú ahora, te vamos a traer fotos de tu mamá hasta que aceptes todo.

Yo empecé a llorar más fuerte, y les supliqué que por favor no le hicieran nada a ella, que no le hicieran nada a mi familia… Me dijeron que tenía que decir que había tomado fotos del cuerpo de Hugo, y volvían a encender la grabadora, y me gritaron que yo tenía que decir que después de las fotos fuimos a tirar el cuerpo. Después de los golpes y los insultos me dijo uno:

–¡Ahora fíjate qué poder tenemos! ¡Vamos a seguir hasta que hagas lo que te decimos! ¡Aquí vamos a estar toda la semana! Vas a pedir hablar con el juez y le vas a decir que te arrepientes de todo el mal que has hecho, y que es cierto todo lo que dijo Juana Hilda y que tú aceptas tu responsabilidad. Le vas a pedir perdón a la señora Isabel Miranda y le vas decir que tiraron el cuerpo de Hugo a un canal en bolsas de plástico. Si no lo haces, y le quieres echar más huevos o le platicas a alguien de esto, se van a ir en contra de tu mamá. La van a levantar, la van a torturar y a desaparecerla. Y así van a hacer lo mismo con tu hermano, y de todos modos vamos a regresar a verte…

–¡Yo no voy a decir nada! ¡Mejor mátenme! –grité desesperada.

–Ah, y eso también te lo vamos a cumplir pero luego, de hecho vas a ver pronto a Jacobito aquí contigo, bueno no aquí, bien encerrado, y si haces todo lo que te decimos, te vamos a regresar a Santa Martha, así de grande es nuestro poder.

Empezaron a desatarme y a quitarme la cinta canela. Uno que gritaba mucho, me dio una fuerte cachetada y me dijo:

–¡Pobre de ti sí le dices esto a alguien! ¡Sobre tu puta madre nos vamos y no estamos jugando, no vas a comentar de esto a nadie!

Yo les dije que no iba a decir nada, pero que no lastimaran a mi familia. Cuando me sentaron se oyó cómo empezaron a salir, y el último me quitó la venda. Me dijo que me agachara, que pobre de mí si volteaba, y se fue. Luego entró la custodia Verónica Chávez Rojas y me preguntó qué había pasado. Yo empecé a llorar y le dije que por qué me habían dejado sola que se los había pedido. Ella dijo que los señores habían dicho que eran mis abogados, y que iban a hablar conmigo y que a ellas las metieron a una camioneta a preguntarles cosas de mí, les grité que las iba a demandar por prestarse a esto.

Me encerraron de nuevo en el cuarto, estuve ahí hasta las cuatro de la mañana, cuando llegó la camioneta del comandante Santana. Me subieron, y nadie me dijo nada, yo no podía caminar y tuvieron que ayudarme. Me dejaron en la comandancia de nuevo, en la “Borracha” de castigo. Allí se encontraba la custodia Eisa Aguilar de encargada. Estuve hasta las seis de la mañana del 14 de octubre. Después me sacaron de ahí y me llevaron a una comandancia del campamento “Bellavista”. Me pusieron sola en un cuarto, y la orden a los custodios era “que nadie hablara conmigo” y que yo no podía salir de ese cuarto.

Cuando llegué, me recibió la custodia Janet Mijangos Sánchez. Ella estuvo a cargo durante una hora y yo le comenté que necesitaba ir al doctor. Respondió que iba a consultarlo, y llamó por radio pero le dijeron “negativo”, que yo no podía salir. Después, como a las ocho de la mañana llegó la custodia María Teresa Velázquez Avilés, cuando llegó me encontró llorando y me preguntó si estaba bien. Le dije que no, me dijo que le platicara por qué no podía caminar y estaba manchado de sangre mi pantalón. Le dije que tenía miedo de decirle algo, porque me habían advertido de que no dijera nada, porque me iría peor. Ante su insistencia, le conté todo. Se quedó sorprendida, y me dijo que me tranquilizara, que iba a tratar de ayudarme para que me llevaran al hospital.

Al medio día llegó el guardia Medardo Alegría Muñoz, me vio lastimada. Me preguntó si estaba bien, me dijo que él era el encargado del campamento. A él yo ya lo había visto antes, me preguntó qué estaba haciendo ahí. Le dije que me sentía muy mal, que por favor me llevara al doctor y le preguntó a la custodia si me habían revisado cuando llegué, que si tenía golpes o algo. Ella dijo que no, y el oficial Medardo le dijo que entrara y me revisara por si tenía algún golpe lo anotara porque él no se iba “a aventar la bronca de las tonterías que andaba haciendo esa gente”.

Cuando me revisó la oficial, tenía una hematoma a la altura de la cadera del lado derecho, no sé si lo apuntó o no, pero le pedí ir al doctor, pero cada que hablaba el custodio, solamente le decían que ellos le iban a avisar. Así estuve hasta el viernes 15 de octubre, cuando me trasladaron al Jurídico con la custodia Mónica Limas Martínez y Medardo Alegría. Me metieron a hablar con la directora del penal María Teresa López Avoites, y le comentaron que me habían golpeado y que necesitaba ir al doctor. Ella respondió que después, que yo estaba ahí para otra cosa, para que le dijera lo de las pastillas, para ver cuánto tiempo iba a estar castigada por el Consejo. Volví a decirle que las pastillas no eran mías, que yo acababa de llegar a la Isla, no podía haberlas conseguido; le insistí que me habían golpeado, y ella sin hacer ni un gesto me pregunto “¿quién?”. No lo sé, le dije, eran unos hombres encapuchados. Pero vi que ella no estaba impresionada ni mostraba ninguna sorpresa con lo que estaba diciendo. Le dije que mejor lo olvidara, me levanté de la silla y le dije:

–Solamente quiero hacer una llamada, y hablar con Derechos Humanos.

–¡Tú estás castigada! No puedes hacer ninguna llamada hasta que me digan cuánto tiempo vas a estar castigada y se te acabe el castigo.

Al día siguiente, sábado en la noche, le insistí al oficial que me sentía muy mal y me llevó a Urgencias, donde me detectaron un absceso en un seno por los golpes y no pude explicarle a la doctora lo que me había pasado, porque entre con la custodia Mónica y me dijo que “no podía hablar con nadie”.

Brenda Quevedo Cruz, incriminada por un falso secuestro.

Brenda Quevedo Cruz, incriminada por un falso secuestro.

Así fue como me tuvieron aislada. Fue hasta un mes después que me dejaron hablar por teléfono. No querían devolverme mi agenda de teléfonos, solamente me dejaron copiar unos números y se la volvieron a llevar. Después me pidieron copia de esos números.

He estado segregada del resto de las demás internas. La orden de “no tener contacto con nadie”, sigue hasta ahora, y no puedo hablar ni con las custodias que me cuidan, que no salga de donde estoy con nadie y ahora dicen que porque soy “procesada” y no puedo estar con las demás. No me han dejado ir al Ministerio Publico, entre otras cosas; no me permiten comprar en la tienda, todo lo tengo que pedir por medio de Trabajo Social que viene muy esporádicamente.

Así fue mi segunda tortura en Islas Marías. Ratifico que todo es verdad y pido ayuda a todas las instancias de derechos humanos. Temo por mi vida y la de mi familia, si no me echo la culpa.

Para leer Primera parte

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De escándalo en escándalo y AMLO nos manda al carajo

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TRAS BAMBALINAS  

Por Jorge Octavio Ochoa

De escándalo en escándalo, el régimen 4teísta va dando tumbos, pero esta vez se enfrentará a sus demonios internos.

Del nuevo hallazgo de otra mansión en Houston, que López Obrador ve como “modesta”, al descubrimiento de medicinas echadas a perder en Tabasco y Veracruz, no hay “a cuál irle”, como dicen en el barrio.

Ambos casos son, más que debate, motivo de demandas penales y llamados a cuentas por el Congreso de la Unión. Pero, como ya sabemos, al menos en la Cámara de Diputados no hay nada que hacer.

El agrónomo director de Pemex, Octavio Romero Oropeza tendrá que explicar, en primer lugar, porque una muchacha sin experiencia en el sector petrolero es directora de una filial de la paraestatal.

Pero, peor aún. El Senado de la República debe llamar a cuentas a los gobernadores de Veracruz y Tabasco por el criminal desperdicio de medicinas y vacunas, al margen de las demandas penales que les inicie la población.

Moralmente, ambas investigaciones profundizan el debilitamiento que la imagen del presidente de la república sufrió desde que se reveló el caso de su hijo José Ramón López Beltrán, del que no ha podido salir el mandatario.

En medio de todo este drama, los grupos al interior de MORENA empiezan a lanzarse obuses mortales y tarde o temprano echaran mano a estos temas, así como a la disputa entre el fiscal Gertz Manero y el ex consejero presidencial Julio Scherer.

Es muy factible que, por lo pronto, Cuitláhuac García y Carlos Merino, gobernadores de Veracruz y Tabasco, sea citados a comparecer en el Senado, luego de confirmarse el quebranto por miles de fármacos que caducaron embodegados.

Los radicales de MORENA, encabezados por John Ackerman, dirán que esto es culpa de Mario Delgado, por permitir el ingreso de advenedizos y pecadores. Los otros dirán que es resultado del avasallamiento, soberbia y autoritarismo de los Ayatolas.

López Obrador podrá decir que Cuitláhuac y Merino son “gente de primera”, pero al margen de su humilde opinión, ambos tienen que explicar cómo fue que se echaron a perder 100 mil 100 cajas en Tabasco y 884 mil 822 en Veracruz, de piezas de medicina contra el cáncer.

El escándalo adquiere otros niveles cuando el primer mandatario de la nación acaba de mandar “al carajo” a todos sus conciudadanos de la oposición, a quienes también gobierna, por criticar su decisión de traer médicos cubanos “especialistas”, para enviarlos a zonas apartadas porque los mexicanos no quieren ir.

Hasta la fecha López Obrador no ha precisado en qué se gastaron 285 millones 873 mil 177 pesos para el pago a 585 presuntos especialistas de la isla que vinieron a “asesorar” a los mexicanos, y cuántas vidas salvaron los galenos durante la pandemia.

El presidente descalifica, insulta y todo le parece modesto. Pero seguimos sin saber cómo se justifica el gasto por sólo tres meses de servicio de cada uno de los médicos cubanos, que ganaron en ese lapso 437 mil 390 pesos por cabeza. Aunque en realidad el dinero fue a parar a las arcas del gobierno de Cuba.

Es un insulto para miles de médicos mexicanos, que sólo ganan 17 mil pesos mensuales en muchos casos. Pero a él le parece poca cosa gastar por ejemplo, tan sólo en 2020, alrededor de 14 millones 884 mil pesos por gastos de “hospedaje, alimentación y servicios generales”.

Es ofensivo y fuera de todo orden, que el presidente nos mande “al carajo” por estar inconformes, luego de dos años de pandemia, en que su régimen nunca tuvo un gramo de empatía para condonar impuestos, diferir pagos de algunos servicios públicos o hacer descuentos. Nada, no hubo ningún apoyo.

Un insulto a la inteligencia del pueblo 

Enfurecido, por este último escándalo de la casona, López Obrador también trata de aplastar, sepultar, evadir el escándalo de la hija de su secretario particular, Alejandro Esquer, y cree que con su sola palabra lo libra a él y al director de Pemex, Octavio Romero Oropeza, de todo pecado.

No sólo se trata de la casa de 8 millones de pesos, adquirida en Houston por Carmelina Esquer, a tan sólo 15 minutos de la que ocupaba el hijo mayor del presidente, José Ramón López Beltrán, quien pagó la renta con su sueldo de una empresa radicada en Estados Unidos, propiedad “del hijo de un amigo”.

Hay toda una cadena de irregularidades, como el hecho de que Carmelina fue designada directora de Pemex Procurement Internacional (PPI) en julio de 2019, con tan sólo cinco meses de experiencia en el sector petrolero, luego de ser solo “coordinadora de área”.

Éste es un asunto grave, que por sí solo amerita explicación de Romero Oropeza. Ella tiene un sueldo mensual de 270 mil pesos, superior a lo que gana el presidente, y contraviene la Ley Federal de Remuneraciones de los Servidores Públicos, promovida por el propio López Obrador.

En 2019, tras el triunfo de AMLO, ella fue nombrada delegada de la Secretaría del Bienestar y un mes después, en febrero de 2019 llegó a Pemex como coordinadora de área, para después ascender a la dirección de PPI. Ahí se confirma aquello de que «90% de lealtad y 10% de capacidad».

Es aberrante, un insulto a la inteligencia del pueblo, porque además la filial de Pemex fue creada por el “odiado Peña Nieto y los conservadores de antes”; ha mantenido contratos con Baker Hughes, la empresa de donde salió un funcionario que le rentó su “casita” a José Ramón López Beltrán.

También tuvo contratos con la empresa holandesa Vitol, vinculada a sobornos comerciales. Aun así, la filial de Pemex en Houston firmó convenios con ellas.

Pero no es todo. La filial de Pemex mantiene prácticas de opacidad, heredadas de los de antes, como el conservar en secreto su nómina y los contratos multimillonarios que ha suscrito. Todo, bajo el pretexto de que se rige por leyes extranjeras y por tanto, “no es un ente obligado”.

El blindaje de opacidad creado por el gobierno de Peña Nieto bajo la dirección del actual indiciado Emilio Lozoya, es el mismo que mantiene el impoluto régimen de López Obrador. Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), tuvo que obtener la información a través de una fuente que ha colaborado para PPI.

Pero López Obrador justificó la contratación de Carmelina, el sueldo, el cargo y la propiedad de una residencia en Estados Unidos. “Ella estudió y tiene un trabajo en Houston y compró una casa, un departamento, pero modesto…”

Sin más argumentos, se fue de boca contra el diario Reforma y otros diarios estadounidenses, así como contra el periodista Jorge Ramos, menciona a Carlos Loret. Pero no aclara ninguno de los puntos legales. El presidente de México otra vez falta a la verdad, a la ética y a la legalidad.

¿No pasa nada? ¿Qué es lo que ya cambió, señor presidente? Me gustaría rematar esta entrega y aplicarle la misma que usted nos recetó por criticar la contratación de médicos cubanos.

Pero ¿sabe algo? Entre las pocas cosas en que estamos de acuerdo, debo decirle que, efectivamente, “no somos iguales”. Nosotros sí tenemos todavía autoridad moral y educación. No puedo mandarlo ni a su rancho.

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Con voz propia

Fiesta familiar de gobernador de Hidalgo se hizo con la Sonora Dinamita y Mariana Seoane

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Para la celebración anual de la familia Meneses, el gobernador del Estado habría gastado junto con su familia alrededor de 1.7 millones de pesos en una fiesta privada

Por Emmanuel Ameth

Omar Fayad Meneses, gobernador de Hidalgo (Méx), se puede dar lujos desde el poder que para el resto de los mortales sería imposible. Y es que según se observa en un video en propiedad de este medio, el mandatario contrató a la Sonora Dinamita así como a Mariana Seoane para amenizar la reunión familiar anual de la familia Meneses, misma que tuvo una asistencia de al menos 2 mil 100 invitados.

La reunión, que es llevada cada año, sufrió un salto exponencial en cuanto a los artistas contratados con Omar Fayad en el poder y con su primo, el entonces alcalde de Zempoala Héctor Meneses Arrieta, toda vez que invitaron a artistas de talla internacional.

Durante el video que fue compartido a este medio, se observa al gobernador de la entidad dirigiendo unas palabras a los asistentes:

“Hoy tengo el orgullo y el agrado de presentar un espectáculo maravilloso con dos grandes artistas. Por una parte una sonora muy caliente ¡La Sonora Dinamita! van a pasar para deleitarnos con muchas de sus canciones. También quiero presentarles a una amiga muy querida, una mujer guapísima, actriz… (pausa) ese chiflido se quedó corto… va a estar aquí esta tarde animando a nuestra familia y ella es ¡Mariana Seoane!”, dice Omar Fayad en el video que corresponde a su reunión familiar anual 2019.

Fayad Meneses agradeció también el prestar el recinto (municipal) a su primo el entonces presidente municipal Héctor Meneses Arrieta.

El costo del evento

Si bien el costo de los artistas depende de la agencia que los contrate, el personal que lleve, la producción, la distancia de la Ciudad de México, si el evento es público o privado y sobre todo la fecha en que son contratados, este medio hizo una aproximación del valor pagado a los artistas para su presentación.

De acuerdo con blogs especializados en redes, hace una década, contratar a la cantante y actriz Mariana Seoane costaba unos 350 mil pesos por presentación, cifra que habría subido a por lo menos medio millón de pesos en 2019.

En el caso de la Sonora Dinamita, la revista Proceso reveló que la suma de todos los costos asociados a su presentación, en un día cotidiano -el evento e Fayad fue en fin de año-, supera el millón de pesos.

Es así que entre ambos personajes, independientemente del costo del recinto, la cifra erogada asciende a por lo menos millón y medio de pesos solamente de la presentación, pues también se departió una cena para los más de 2 mil asistentes, lo que añadiría por lo menos otros 200 mil pesos al total.

Y es que aunque en el caso de Fayad Meneses así como el de su esposa Victoria Ruffo, podría existir un precio especial -o incluso ninguno- por parte de los artistas, los costos asociados a su traslado y equipo de producción siguen siendo millonarios.

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Arteleaks

Un amigo de Dios

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JUEGO DE OJOS

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

En esta entrega comenzamos con un acertijo. ¿Podrá el lector adivinar de quién hablo?

Un escritor, nacido alrededor de 1890, es famoso por tres novelas. La primera es corta, elegante, un clásico inmediato. La segunda, su obra maestra, presenta a los mismos personajes, aunque es más larga y compleja, e incorpora en forma creciente elementos míticos y lingüísticos. La tercera es enorme, casi una locura exuberante de la imaginación.

Una pista: no se trata de Joyce.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, denunció la producción masiva, el estruendo del tráfico y el descarno y fealdad de la vida moderna europea, y amó los árboles y la verdura de la campiña inglesa en donde vivió de niño, así como a las pequeñas y delicadas criaturas con las que se topó en las leyendas nórdicas.

Una pista: no se trata de D. H. Lawrence.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, mezcló porciones de literatura antigua con su propia obra maestra, aderezándolas magistralmente conforme avanzaba.

Una pista: no se trata de Ezra Pound.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, se declaró monárquico y católico.

Una pista: no se trata de T.S. Eliot.

Los más antiguos de mis lectores –antiguos en el sentido clásico- quizá hayan adivinado ya de quién hablo.

Y si son mis contemporáneos y fueron como yo vagamundos y en su camino a Damasco se toparon en un callejón con el grafiti “¡Frodo vive!”, entonces ya lo saben de cierto.

Para los más jóvenes, quizá un cuento les ayude:

“Había una vez un cuarentón, profesor de lingüística y filología, que sabía más que nadie en el mundo sobre las antiguas lenguas nórdicas y el Beowulf. El maestro había quedado huérfano muy joven, y el ejército de su país lo mandó a una guerra terrible en donde estuvo a punto de perder la vida.

“Anegado en el lodo sanguinolento de las trincheras y apabullado por el estruendo del cañón y la metralla y los lamentos de amigos y enemigos, quizá haya imaginado el mundo que creó cuando muchos años después interrumpiera por un momento la calificación de un examen para escribir al reverso de la hoja: “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”.

Es claro que el escritor de quien hablo, nacido alrededor de 1890 en África del Sur, es John Ronald Reuel Tolkien, hoy una referencia doméstica gracias a Hollywood, pero en mi adolescencia y primera juventud, vicario de un rito arcano cuyos miembros nos reconocíamos por señas secretas y conjuras pronunciadas en voz baja como la de “¡Frodo vive!”

Me asombra que haya sido hasta fines de los ochenta que encontré en mi propio país con quien hablar sobre la tetralogía de Tolkien y sus asonancias y disonancias con, entre otros, Joyce, Lawrence, Pound y Eliot, de la manera juguetona que se consigna al inicio de este texto y que ojalá fuera mía, pero lo es de Jenny Turner, la espléndida periodista autora de Razones para amar a Tolkien.

He aquí un personaje deslumbrante y paradójico. De él se dice que era aburrido en una sociedad y un siglo de tiesuras, y que su devoción por la filología se percibía anticuada incluso entonces.

Pero la obra de este flemático inglés nacido en Sudáfrica, quien nunca alzaba la voz, vestía siempre en tweed y chaleco y fumaba pipa, despertó una corriente pasional pocas veces vista en la literatura.

Jenny Turner confiesa que le asusta haber pasado “demasiado tiempo” de su adolescencia en compañía del demiurgo de El señor de los anillos y que ya adulta si bien encuentra los libros repetitivos y “ruidosos”, éstos siguen conectándose a su espíritu de manera inquietante.

“Hay una succión, un algo primigenio que se transmite entre ambos, como cuando una nave espacial se enchufa a la nave madre. Es como el seno materno, es un alivio infantil… que también es como un hoyo negro”.

Escalofriante memoria, pero humana y generosa si la comparamos con otros juicios, como el de mi admirado Edmund Wilson: “Hipertrofiado… Un libro infantil que de alguna manera se salió de madre… Una pobreza creativa casi patética…”.

John Heath-Stubbs estima que la obra es “Una mezcla de Wagner y el osito Winnie Pooh, mientras Germaine Greer exclama que fue “su pesadilla”.

Vaya, pues. Supongo que el viejo profesor, tan enemigo de las pasiones terrenas, nunca imaginó que la obra iniciada con la frase, “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”, fuera a despertar tantas y tan opuestas durante tantas generaciones, pues a estas alturas del siglo y mal que me pese gracias al cine, la cofradía tolkiense es ya una muchedumbre.

No escapa a la aguda e inteligente mirada de Jenny Turner la paradoja: si los libros son tan criticables, ¿por qué a tantos millones les han apasionado?

No es una pregunta fácil, pero tengo mi propia experiencia. El Hobbit (1937) me encontró, aún adolescente, en el aeropuerto de Londres, olvidado o escondido por alguien entre el Time, el Newsweek y el Life.

Lo compré por no dejar, por tener algo que leer en el vuelo de interminables horas que me esperaba. ¿Por no dejar? ¿O fue que se cumplió el adagio de Edmundo Valadés sobre los libros que nos están destinados en la vida?

En la sala de espera comencé la lectura y a la mitad del vuelo maldije no haber adquirido los tres tomos de la secuencia, conocida como El Señor de los Anillos (1954).

Caí en la red del viejo profesor, atrapado, de nuevo, en el vicio solitario que nos libra para siempre de la soledad. No descansé hasta que pude fatigar la trilogía con pasión talmúdica y transité los caminos de toda la obra del viejo profesor y de lo que su hijo Christopher editó amorosamente en memoria del demiurgo de la Tierra Media.

Y como dicen los angloparlantes, al final del día lo que me quedó fue una profunda identificación con la obra, una suerte de simbiosis que, ahora lo pienso, tiene en verdad algo de misterio sobrecogedor.

Leo y releo los libros. Sé de memoria pasajes enteros. Y cada vez que los visito descubro algo novedoso. Quizá ahí esté la explicación. Tolkien fue capaz de comunicarse con otros espíritus en un nivel anímico primario que escapa a toda explicación y que tiene como hilo conductor las emociones y sensaciones más humanas.

Desde luego que una mirada crítica, como apunto arriba, descubre inconsistencias en el texto, en los diálogos, en los personajes y en la narrativa.

Yo daría cristiana sepultura a Tom Bombadil, un personaje arbóreo que transcurre cantando tonadillas hueras y que no tiene mayor consecuencia en el resto de la historia, y trabajaría la estructura interna de algunos protagonistas así como la lógica de varios episodios.

Y ya que de utopías hablamos, también sacaría del mercado la horrenda traducción al español de Taurus, con su majadera “castellanización” de nombres que en vez de un Bilbo Baggins nos sirve un “Bilbo Bolsón” amén de otras aberraciones asestadas a la obra del viejo profesor. No ha nacido el argentino que se deje intimidar por los versos aliterativos del Beowulf. ¡No señor!,

Y a todo esto, ¿quién fue este personaje, esa suerte de hobbit mayor?

John Ronald Reuel Tolkien nació el domingo 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, África del Sur, después de un parto difícil y prolongado. Apunto este detalle íntimo porque lo encuentro en la biografía de muchos escritores.

Sus padres fueron Arthur Tolkien y Mabel Suffield. A ese país habían emigrado en busca de fortuna y ahí creció, un niño débil y enfermizo. A la muerte de Arthur en 1896, Mabel regresó a Inglaterra, en 1900 se convirtió al catolicismo y en 1904 murió de diabetes, enfermedad incurable en la época.

La madre es un personaje fascinante por derecho propio y creo que su personalidad impregna a los espíritus etéreos y fuertes de las pocas mujeres en la obra de J.R.R.

Antes de casarse con Arthur a los 21 años, había sido misionera de la Iglesia Unitaria en África y, créalo o no el lector, ¡impartió catecismo en el harén del sultán de Zanzíbar!

Ahora bien, imaginémonos a esta familia de la clase media pobre en la Inglaterra anglicana y victoriana de entonces y las consecuencias que sin duda estos hechos tuvieron sobre la sensible personalidad del niño J.R.R.

¿Recuerda el lector a Shelob, el mefistofélico ser que en forma de tarántula gigante custodia el paso de Cirith Ungol a Mordor por donde deben transitar Bilbo y Samwise merced a las intrigas de Gólum?

Pues en Sudáfrica el niño John tuvo experiencias que aparecerán reflejadas en su obra: un encuentro con una tarántula peluda que lo picó, y con una serpiente.

Y un mozo de la familia “lo tomó prestado” durante varios días para llevarlo a su aldea y presumirlo a su extensa parentela, con las consecuencias que el lector podrá imaginar.

Creo que su niñez africana, su adolescencia en la campiña inglesa, su estancia en las trincheras en la primera guerra mundial -donde el gas mostaza daño su salud para siempre y en donde perdió a la mayoría de sus amigos- , su vida enclaustrada como profesor de filología y sajón antiguo… toda su existencia, pues, está reflejada en la saga de los Baggins, desde la fiesta a la que asisten los enanos sin invitación, hasta la última escena en que Bilbo, Frodo y otros personajes abandonan para siempre la inolvidable Tierra Media.

Pero me estoy saliendo de cauce. Si el viejo profesor pudiera leer estas cuartillas y en particular el anterior párrafo, sin duda las haría confeti, ya que detestaba a los críticos y a los exégetas… ¡y a fe mía que tenía razón! Así que en resumen diré que los cuatro libros de la saga (El Hobbit,  El Señor de los Anillos, Las dos torres y El regreso del rey) con El Silmarilion, integran una república abierta a quien desee pedir la ciudadanía del país mayor del gozo, que es la tierra de la imaginación.

Reuel, el tercer nombre de Tolkien (John Ronald), es un apelativo heredado de padres a hijos en esa familia, y quiere decir, literalmente, “Amigo de Dios”. Sin duda el viejo profesor lo fue.

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Fuente: juegodeojos.mx

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