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Con voz propia

Segunda tortura, en Islas Marías: acusada del falso secuestro Wallace

Testimonio de Brenda Quevedo Cruz sobre su segunda tortura aplicada por agentes ministeriales para que se incriminara por el falso secuestro de Hugo Wallace

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Segunda y última parte

Testimonio

El martes 12 de octubre de 2010, aproximadamente como a las 9 de la noche, llegó un grupo de marines y custodias, dirigidos por el comandante Javier Jiménez Santana y la directora María Teresa López Avoites, a realizar una revisión en el campamento donde me encontraba. Era Zacatal, un campamento de población de sentenciadas en Islas Marías. Yo no he sido sentenciada, mi proceso sigue abierto, y sin embargo me enviaron a ese lugar.

Aquel 12 de octubre, yo estaba fuera del dormitorio. Conversaba con una interna cerca de una cancha de básquetbol. Los custodios llegaron y nos ordenaron que nos formáramos cada una afuera de sus dormitorios. Hicieron una revisión de los cuartos y fue cuando la custodia Verónica Chávez Rojas encontró supuestamente debajo de mi cama unas pastillas –que de hecho no estaban ahí cuando yo hice mi cama en la mañana de ese mismo día–, y me dijo que eran unas pastillas controladas. Cuando me trasladaron a Islas Marías, en el avión me hicieron una revisión exhaustiva; y cuando bajé del avión, me revisaron de nuevo para entrar al campamento. No me encontraron nada, ni en mi cuerpo ni en mis cosas, era imposible que yo hubiera metido unas pastillas al cuarto donde recién me internaban, claramente me las estaban “plantando”.

La custodia lo reportó al comandante Santana. Después entró la directora del penal y me llamaron para preguntarme dónde había conseguido esas pastillas. Yo respondí lo que sabía: no eran mías, nadie me las había dado y desconocía qué tipo de pastillas eran. Me pidieron que me uniformara y me bajaron a la guardia, antes de esto pasamos al hospital a certificarme y después me llevaron a la guardia de Seguridad del campamento Valleto, al que le llaman la “Borracha”, donde están los castigados.

La persona que estaba encargada en ese lugar de nombre Eisa Aguilar Cárcamo me recibió como a las 9:45 pm., y estuve ahí hasta 3 de la madrugada del 13 de octubre. Me sacaron de ahí y me subieron a una camioneta pick-up blanca. Iban las custodias Verónica Chávez Rojas y Eneyda Pérez Tiquet, y al volante iba el comandante Javier Jiménez Santana. Me sentaron entre las dos custodias y yo les pregunté que a dónde me llevaban. Pero no respondieron, sólo me dijeron que no hablara. Pasaron por la Marina y cuatro marines subieron unas sillas y una mesa de plástico y luego se montaron ellos en la parte de atrás de la camioneta.

Estuvimos en la carretera una media hora o quizá cuarenta minutos, yo alcanzaba a ver alrededor cómo rodeábamos la isla, esto lo sé porque escuchaba y veía los destellos del mar, aunque estaba demasiado obscuro. Entonces me empecé a poner muy nerviosa y les pedí por favor me dijeran a dónde me llevaban, porque yo tenía mucho miedo, ya tenía la experiencia del Penal de Santiaguito, en donde me habían golpeado y temía por mi vida y mi integridad física. Empecé a temblar y a sentir que me faltaba aire. El comandante intentó calmarme, me dijo que él no iba a permitir que me golpearan, que unas personas sólo querían hablar conmigo, que sabía que mi caso era muy delicado. Yo empecé a llorar, le pregunté por qué me llevaban tan lejos y de noche. Me dijeron que por mi bien cooperara y guardara silencio. Ya no dijeron nada más.

Llegamos a una zona cerca de un despeñadero al lado del mar. Había mucha vegetación, sin casas, hasta que llegamos a una casita abandonada de color blanco. Me bajaron ahí, y el comandante me dijo:

–Si llegas a lastimar a alguna de las custodias te las vas a ver conmigo.

–¡Ésa no es mi intención! Sólo les pido que no me dejen sola –y el comandante me respondió con estas palabras textuales:

–¡Te prometo que no dejaré que te toquen ni un chingado cabello!

Me metieron a la casa. Todo estaba obscuro, no había luz eléctrica, me metieron a un pequeño cuarto y me dijeron que iban a cerrar, que descansara, que ahí había una cobija vieja en el piso. La casa estaba como en obra negra, los apagadores, y otros detalles todavía ni siquiera estaban instalados. De nuevo les pedí que por favor me dijeran de qué se trataba todo eso, pero no me respondieron y se marcharon. Alcancé a escuchar cómo se secreteaban afuera de la casa con el comandante, y después él sólo se fue en la camioneta.

Me quedé dormida en esa cobija en el suelo, y cuando desperté ya era de día y escuché que llegaba una camioneta. Era de nuevo el comandante, lo vi por una ventana pero no me dejaban salir, vi que de la ventana del otro lado donde había un baño mal terminado se veía el mar y una pequeña Isla con una piedra grande. En eso me hablaron para decirme si quería comer algo, y se volvió a arrancar la camioneta, ya no pude hablar con el comandante. Las dos custodias me abrieron la puerta y me dieron un plato con huevo y frijoles y había una bolsa con manzanas, naranjas y alegrías. También me dieron una bolsa de plástico con agua de horchata, yo no comí más que una manzana. Les insistí a las custodias que me dijeran por favor porqué estaba yo allí, que me dijeran si era un castigo o qué, pero ellas dijeron que no sabían tampoco que ya no hiciera más preguntas porque la orden era que no hablaran conmigo. Les pedí llorando que si pasaba algo que por favor no me dejaran sola, que tenía mucho miedo. Ellas me dijeron que no me iba a pasar nada, que no me podían dejar sola, pero que me metiera de nuevo al cuarto y no saliera. Así pasaron las horas, era como la una de la tarde cuando escuché una camioneta que se estacionó fuera de la casa. Me asomé a la ventana y alcancé a ver una Van color blanco con los vidrios polarizados. Entró la custodia Eneyda Pérez Tiquel y me dijo que me sentara en el suelo y cerró de nuevo.

Mientras yo estaba ahí sentada, rezando porque no fuera nada malo, abrieron la puerta y entraron cinco o seis hombres encapuchados. Vestían pantalón de mezclilla, zapatos negros y playeras de tirantes blancas. Uno de ellos, él que llegó primero me empezó a gritar.

–¡Ahora sí, ya chingaste a tu madre! ¿Te acuerdas de nosotros? ¡Por más que grites, ahora nadie te va a oír!

Yo empecé a llorar. Les supliqué que no me lastimaran. En eso me vendaron los ojos y me envolvieron en una cobija todo el cuerpo sujetada con cinta canela. Me mojaron toda. Me quitaron los zapatos y los calcetines.

–¡Ya no vamos a aguantar tus pendejadas! –me dijeron– ¡ahora sí, vas a ver lo que es bueno!

Me acostaron en el suelo y me echaron agua en la nariz y en la boca para intentar ahogarme. Cuando vomitaba el agua me volteaban hacia abajo.

–¡Ya estamos cansados de tus chingaderas! –repetían– ¿no te da lástima que tu mamá la pague por tus chingaderas? ¿No es cierto que la acaban de operar de los ojos?

–¡Pobrecita! –dijo otro hombre– ¡qué mal y fea se veía con esos lentes tan feos!

–¡La íbamos a matar el día de la operación o a dejarla ciega, pero luego pensamos que ella no tiene la culpa!

–Ya te dejó sola también tu esposo Fernando, ya anda con otra más guapa. Así todos te van a ir dejando sola.

Me pegaron en la cabeza con la mano abierta, eran dos los que hablaban siempre. A uno de ellos le reconocí los ojos de color café claro, al otro, que se me montaba encima, alcancé a verlo que era de complexión robusta y muy velludo hasta en los hombros, tenía vellos muy negros y también le alcancé a ver los ojos. Esto fue porque con el agua que me echaban se me resbalaba la venda. Me golpearon en diferentes partes del cuerpo, a veces ya no sabía con qué era, no distinguía si era con el puño o el codo o las rodillas. Uno de ellos me metió varias veces la mano cerrada entre las piernas, muy fuerte, lastimándome hasta sangrarme.

–¿Qué se siente? –me preguntaba, mientras seguía haciéndolo.

–Quien te viera así, ¡una puta edecán de cuarta! ¡Toda meada y greñuda! ¡Vales para pura madre!

–¿Ahora sí ya sabes de parte quién venimos?

–Sí –respondí como pude– de la señora Isabel Miranda… –y siguieron golpeándome en la cabeza y en el torso.

–¿Por qué estamos aquí? ¿Sabes por qué estamos aquí?

Yo les dije que por favor pararan, que yo iba a cooperar, pero sus golpes siguieron.

–¡¿Sabes por qué tú estás aquí?!

–Por el secuestro de Hugo…

En eso, uno de los hombres me golpeó tan fuerte en la cabeza que pensé que me había reventado el oído, porque ya no oí bien de ese lado, solo un zumbido doloroso, y me gritó:

–¡Del señor Hugo, para ti!

Continuaron insultándome y golpeándome. Dijeron que ahora ya tenían a Jacobo (Tagle), que “el pendejo pensó que nunca iba a salir de su bunker”, pero que ya lo habían agarrado, y que por mi bien yo tenía que decir lo que ellos querían oír. Encendieron una grabadora y me sentaron. Un hombre me amarró un alambre en el dedo gordo del pie derecho y otro me echaba más agua. Me preguntaron que si yo le había escrito una carta a César (Freyre). Dijeron que ellos tenían esa carta, y que César ya había hablado todo, porque “lo amenazaron con el Ruso, que ahí fue cuando ya no aguantó más”, y que Jacobo también había hablado, que más me valía a mí también hablar y decir que habíamos sido nosotros los que secuestramos y matamos a Hugo Alberto Wallace.

Empezaron a ahogarme con el agua otra vez, y les pedí que por favor ya iba a hacer lo que ellos quisieran, pero que por favor pararan. Todos ellos me sentaron y luego de nuevo me acostaron y volvieron a ahogarme y a sentarme. Lo repitieron una y otra vez. Yo ya no podía hablar porque me estaba ahogando, así que me dejaron sentada y me dieron toques en los pies. Les grité que por favor ya no podía, qué era lo que tenía que hacer. Me dijeron que tenía que decir que llevamos a Hugo al departamento de Perugino, y de ahí lo matamos y sacamos en bolsas de plástico su cuerpo, y manejamos en mi coche hasta botarlas.

Apagaban y prendían la grabadora, y me repetían lo que yo tenía qué decir, que lo dejamos en un acueducto y unas maletas en un terreno… Uno de ellos me dijo:

–¡Y más te vale no ir de nuevo a hacer tus pinches desmadres de derechos humanos! ¡Date cuenta del poder que tienen para ir hasta ese lugar y entrar hasta ahí, ellos tienen mucho poder, y tú te metiste con la persona que no debías!

–¡Eso te pasa por molestar a la señora y a su esposo y a su familia!

–Ellos saben perfectamente en donde está tu hermano, y que tu mamá está muy enferma por tus mamadas. Ellos van a hacer los siguientes, y así como estás tú ahora, te vamos a traer fotos de tu mamá hasta que aceptes todo.

Yo empecé a llorar más fuerte, y les supliqué que por favor no le hicieran nada a ella, que no le hicieran nada a mi familia… Me dijeron que tenía que decir que había tomado fotos del cuerpo de Hugo, y volvían a encender la grabadora, y me gritaron que yo tenía que decir que después de las fotos fuimos a tirar el cuerpo. Después de los golpes y los insultos me dijo uno:

–¡Ahora fíjate qué poder tenemos! ¡Vamos a seguir hasta que hagas lo que te decimos! ¡Aquí vamos a estar toda la semana! Vas a pedir hablar con el juez y le vas a decir que te arrepientes de todo el mal que has hecho, y que es cierto todo lo que dijo Juana Hilda y que tú aceptas tu responsabilidad. Le vas a pedir perdón a la señora Isabel Miranda y le vas decir que tiraron el cuerpo de Hugo a un canal en bolsas de plástico. Si no lo haces, y le quieres echar más huevos o le platicas a alguien de esto, se van a ir en contra de tu mamá. La van a levantar, la van a torturar y a desaparecerla. Y así van a hacer lo mismo con tu hermano, y de todos modos vamos a regresar a verte…

–¡Yo no voy a decir nada! ¡Mejor mátenme! –grité desesperada.

–Ah, y eso también te lo vamos a cumplir pero luego, de hecho vas a ver pronto a Jacobito aquí contigo, bueno no aquí, bien encerrado, y si haces todo lo que te decimos, te vamos a regresar a Santa Martha, así de grande es nuestro poder.

Empezaron a desatarme y a quitarme la cinta canela. Uno que gritaba mucho, me dio una fuerte cachetada y me dijo:

–¡Pobre de ti sí le dices esto a alguien! ¡Sobre tu puta madre nos vamos y no estamos jugando, no vas a comentar de esto a nadie!

Yo les dije que no iba a decir nada, pero que no lastimaran a mi familia. Cuando me sentaron se oyó cómo empezaron a salir, y el último me quitó la venda. Me dijo que me agachara, que pobre de mí si volteaba, y se fue. Luego entró la custodia Verónica Chávez Rojas y me preguntó qué había pasado. Yo empecé a llorar y le dije que por qué me habían dejado sola que se los había pedido. Ella dijo que los señores habían dicho que eran mis abogados, y que iban a hablar conmigo y que a ellas las metieron a una camioneta a preguntarles cosas de mí, les grité que las iba a demandar por prestarse a esto.

Me encerraron de nuevo en el cuarto, estuve ahí hasta las cuatro de la mañana, cuando llegó la camioneta del comandante Santana. Me subieron, y nadie me dijo nada, yo no podía caminar y tuvieron que ayudarme. Me dejaron en la comandancia de nuevo, en la “Borracha” de castigo. Allí se encontraba la custodia Eisa Aguilar de encargada. Estuve hasta las seis de la mañana del 14 de octubre. Después me sacaron de ahí y me llevaron a una comandancia del campamento “Bellavista”. Me pusieron sola en un cuarto, y la orden a los custodios era “que nadie hablara conmigo” y que yo no podía salir de ese cuarto.

Cuando llegué, me recibió la custodia Janet Mijangos Sánchez. Ella estuvo a cargo durante una hora y yo le comenté que necesitaba ir al doctor. Respondió que iba a consultarlo, y llamó por radio pero le dijeron “negativo”, que yo no podía salir. Después, como a las ocho de la mañana llegó la custodia María Teresa Velázquez Avilés, cuando llegó me encontró llorando y me preguntó si estaba bien. Le dije que no, me dijo que le platicara por qué no podía caminar y estaba manchado de sangre mi pantalón. Le dije que tenía miedo de decirle algo, porque me habían advertido de que no dijera nada, porque me iría peor. Ante su insistencia, le conté todo. Se quedó sorprendida, y me dijo que me tranquilizara, que iba a tratar de ayudarme para que me llevaran al hospital.

Al medio día llegó el guardia Medardo Alegría Muñoz, me vio lastimada. Me preguntó si estaba bien, me dijo que él era el encargado del campamento. A él yo ya lo había visto antes, me preguntó qué estaba haciendo ahí. Le dije que me sentía muy mal, que por favor me llevara al doctor y le preguntó a la custodia si me habían revisado cuando llegué, que si tenía golpes o algo. Ella dijo que no, y el oficial Medardo le dijo que entrara y me revisara por si tenía algún golpe lo anotara porque él no se iba “a aventar la bronca de las tonterías que andaba haciendo esa gente”.

Cuando me revisó la oficial, tenía una hematoma a la altura de la cadera del lado derecho, no sé si lo apuntó o no, pero le pedí ir al doctor, pero cada que hablaba el custodio, solamente le decían que ellos le iban a avisar. Así estuve hasta el viernes 15 de octubre, cuando me trasladaron al Jurídico con la custodia Mónica Limas Martínez y Medardo Alegría. Me metieron a hablar con la directora del penal María Teresa López Avoites, y le comentaron que me habían golpeado y que necesitaba ir al doctor. Ella respondió que después, que yo estaba ahí para otra cosa, para que le dijera lo de las pastillas, para ver cuánto tiempo iba a estar castigada por el Consejo. Volví a decirle que las pastillas no eran mías, que yo acababa de llegar a la Isla, no podía haberlas conseguido; le insistí que me habían golpeado, y ella sin hacer ni un gesto me pregunto “¿quién?”. No lo sé, le dije, eran unos hombres encapuchados. Pero vi que ella no estaba impresionada ni mostraba ninguna sorpresa con lo que estaba diciendo. Le dije que mejor lo olvidara, me levanté de la silla y le dije:

–Solamente quiero hacer una llamada, y hablar con Derechos Humanos.

–¡Tú estás castigada! No puedes hacer ninguna llamada hasta que me digan cuánto tiempo vas a estar castigada y se te acabe el castigo.

Al día siguiente, sábado en la noche, le insistí al oficial que me sentía muy mal y me llevó a Urgencias, donde me detectaron un absceso en un seno por los golpes y no pude explicarle a la doctora lo que me había pasado, porque entre con la custodia Mónica y me dijo que “no podía hablar con nadie”.

Brenda Quevedo Cruz, incriminada por un falso secuestro.

Brenda Quevedo Cruz, incriminada por un falso secuestro.

Así fue como me tuvieron aislada. Fue hasta un mes después que me dejaron hablar por teléfono. No querían devolverme mi agenda de teléfonos, solamente me dejaron copiar unos números y se la volvieron a llevar. Después me pidieron copia de esos números.

He estado segregada del resto de las demás internas. La orden de “no tener contacto con nadie”, sigue hasta ahora, y no puedo hablar ni con las custodias que me cuidan, que no salga de donde estoy con nadie y ahora dicen que porque soy “procesada” y no puedo estar con las demás. No me han dejado ir al Ministerio Publico, entre otras cosas; no me permiten comprar en la tienda, todo lo tengo que pedir por medio de Trabajo Social que viene muy esporádicamente.

Así fue mi segunda tortura en Islas Marías. Ratifico que todo es verdad y pido ayuda a todas las instancias de derechos humanos. Temo por mi vida y la de mi familia, si no me echo la culpa.

Para leer Primera parte

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Claudia Sheinbaum, entre la demagogia electoral y la violación a derechos laborales

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claudia sheinbaum en campaña

Por Alberto Farfán

En agosto pasado cuando la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, acudió a Tabasco por sus actividades proselitistas para posicionarse como representante de su partido para las elecciones presidenciales del 2024, lo cual debe ser cuestionado. fue recibida por algunos grupúsculos y unos cuantos funcionarios con el grito de ¡presidenta, presidenta!

Días después, seis de esos servidores públicos fueron cesados de sus funciones. Ante ello, la gobernante indicó a la prensa: “No creo que esté bien, la verdad, yo creo que no está bien dentro del movimiento”. Pues según ella, se deben respetar los derechos políticos y de libertad de expresión de todos, porque la mandataria, además, actúa bajo esos principios.

En este contexto, el gobernador interino, Carlos Manuel Merino, explicó que “los despidos fueron simultáneos por coincidencia y pidió no hacer una novela por este caso”. Tal y como hubiera querido la viajera capitalina. Para ocultar lo que en realidad lleva a cabo con los empleados bajo su cargo en el gobierno de la capital, cuando no le son afines.

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Ficción o no, para el último día del mes en cuestión, una funcionaria del gobierno de la ciudad en su cuenta de Twitter acusa que ha sido despedida por su apoyo y aprecio a Marcelo Ebrard, otro de los posibles candidatos de Movimiento Regeneración Nacional (Morena) a la Presidencia. Luz María Rodríguez, adscrita a la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación (Sectei), prácticamente dijo lo mismo que Sheinbaum, indica: “Nuestras preferencias no deberían ser motivo de división, al contrario, son tiempos de unidad…”

Y al igual que Merino, la Sectei se deslinda de asuntos político-electoreros en sus acciones, respondiendo que fue una confusión, un error. Pero para fortuna de esta mujer influyente le indicaron que el cargo quedaba a su disposición si así lo decidía. Y no cabe duda de que el poder de Ebrard logró que se echara abajo el despido de la funcionaria Rodríguez. Y si esto no forma parte del amiguismo de las mejores épocas del Partido Revolucionario Institucional (PRI), no sé qué pueda ser.

Lamentablemente, decenas de servidores públicos que carecen de influencias han perdido sus empleos por los operadores de Sheinbaum en beneficio de su precampaña política.

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Ha habido decenas de despidos injustificados, acoso laboral, acoso sexual, casos de nepotismo, intimidación, amenazas directas, uso de la fuerza pública, tanto en el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) de esta ciudad con la imposición de Rebeca Olivia Sánchez Sandín, como en la Procuraduría Social de esta capital (Prosoc), con la hoy procuradora Claudia Ivonne Galaviz Sánchez, por citar sólo algunas dependencias, argumentando las déspotas nuevas titulares que tienen bastantes compromisos con mucha gente que deben incluir en las vacantes que exigen queden libres.

Y aunque todos estos exempleados de ambos sexos han acudido a las instancias correspondientes no han recibido respuesta favorable alguna, debido en definitiva a que ningún funcionario desea quedar mal con la jefa de Gobierno, no obstante que sus obligaciones radiquen en defender a los trabajadores frente al patrón o a los servidores públicos frente a su jefe, que en este caso su máximo patrón o jefe es una política a quien le deben pleitesía y su lugar de labores.

¿Y las nuevas ofertas de trabajo, el apoyo a la mujer y a las personas de la tercera edad, la cero tolerancia a acciones de acoso sexual o laboral, el rechazo al nepotismo y al amiguismo, y un largo etcétera con que nos bombardea diariamente? Todo esto se va al bote de la basura con las decenas y decenas de personas que han quedado literalmente en la calle gracias a la mayor responsable de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum.

 

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Foro Público: Caso Ayotzinapa, la imborrable huella del Estado homicida

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Lo único real del caso Ayotzinapa es que el ejército y Guerreros Unidos se coludieron para cometer el crimen

Foro Público

Este día se cumplen ocho años de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa y lo único real es que el Estado fue el ejecutor de este crimen en colusión con el cártel de “Guerreros Unidos” y la impunidad permanece como resultado de los uno de los episodios más trágicos en la historia reciente del país.

Hace unos días, el presidente de la comisión de la Verdad, Alejandro Encinas, dio a conocer los resultados de la nueva investigación que desarrollan por el caso Ayotzinapa, misma que evidenció que la versión oficial de la “verdad histórica” impuesta por el ex titular de la Procuraduría General de la República (PGR), Jesús Murillo Karam, fue fabricada para tratar de silenciar los reclamos de la opinión pública.

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Las nuevas investigaciones mostraron que hubo participación del Ejército mexicano, pues los integrantes de la 27 Zona Militar de Iguala colaboraron para desaparecer a los estudiantes, situación que confirma lo que los padres de las víctimas y diferentes organizaciones defensoras de los derechos humanos habían señalado, los militares sí sabían sobre la operación delictiva e incluso colaboraron en la misma.

No sólo eso, sino que también se confirmó que seis de los estudiantes desaparecidos estuvieron en algún momento en el cuartel militar de Iguala, por lo cual participaron los agentes del Estado para beneficiar a un grupo del crimen organizado que supuestamente había actuado bajo las órdenes del entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca, quien era al mismo tiempo líder de “Guerreros Unidos”.

Las nuevas investigaciones indican que Abarca habría ordenado la detención de los normalistas que presuntamente intentaban boicotear un evento público en donde participaba su esposa, María de los Ángeles Pineda, quien era presunta integrante del crimen organizado, pero en el proceso de captura, los narcotraficantes habrían considerado que entre los estudiantes se encontraban miembros de la banda rival “Los Rojos”, por lo cual fueron asesinados y desaparecidos.

A través del nuevo informe de la comisión de la verdad se constató que uno de los 43 estudiantes era un soldado infiltrado que tenía la misión de conocer el comportamiento de los normalistas, y una vez que el gobierno federal se enteró de los hechos habría ordenado la salida de Abarca del gobierno municipal y comenzar a fabricar la denominada “verdad histórica”.

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Aunque diferentes columnistas cercanos al gobierno de Enrique Peña Nieto negaron que hubiera responsabilidad del Ejército mexicano, las nuevas pruebas confirman que hubo presencia significativa del personal castrense, lo que daña la imagen de la institución por su colusión tan evidente con el crimen organizado.

Ayotzinapa indudablemente es un crimen de Estado, en el que la policía municipal de Iguala, el Ejército y el gobierno federal participaron tanto en la desaparición de los estudiantes normalistas como en la presentación de la versión oficial para tratar de cerrar el caso que a ocho años sigue abierto y sigue doliendo a la sociedad.

Los estudiantes normalistas de Ayotzinapa fueron desaparecidos por la sinergia entre el crimen organizado y el Estado, por lo cual las autoridades federales trataron de encubrir la verdad con diferentes mensajes divulgados en medios de comunicación sobre documentales, reportajes, libros y hasta series que trataron de reforzar esa visión.

Ayotzinapa se ubica en la misma dimensión de tragedia que lo fue la matanza del 2 de octubre de 1968, donde los agentes del Estado también causaron la muerte de jóvenes en Tlatelolco.

Nota aparte: Aunque se han evidenciado los elementos que participaron en la desaparición de los estudiantes normalistas, no significa que habrá justicia, pues es algo que no vivido México.

 

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¿Quiénes fabricaron los delitos? Desde la prisión Santa Martha Acatitla, la columna del periodista Héctor Valdez

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hector valdez periodista en santa martha

Por Héctor Valdez

A todos mis amigos y a cualquiera que pudiera importar leer y compartir este texto, si le es posible.

Me acerco a la Ciudad de México a los dos años de estar recluido en prisión por un delito que jamás cometí y que fue ordenado en su fabricación, según abundantes evidencias, por personajes del poder del estado de Quintana Roo.

Como casi todos ustedes amigos y conocidos saben, salí de Tulum desde mayo del 2019, en medio de amenazas de todo tipo y luego del asesinato a balazos de dos amigos periodistas. Primero, José “El Güero”, en el municipio de Felipe Carrillo Puerto; y luego, el de Rubén Pardo, en Playa del Carmen, municipio de Solidaridad. Ambos vecinos de Tulum. En esos años de violencia y sangre sin freno, denuncié periodísticamente la coalición de mafias y bandas criminales con los más altos niveles del poder político.

Entre las muchas amenazas que recibí, una incluso fue muy cordial, pues mientras un dirigente político me invitaba un café, me dejó saber que el jefe de ese político estaba harto de mí y me aconsejaba que aprendiera de aquellos amigos periodistas muertos, porque de hecho los que acabaron con ellos, me aseguró, se habían «saltado a Tulum donde estaba el que seguía», refiriéndose por supuesto a mí. Y agregó con desparpajo que precisamente por ser mi amigo, era que transmitía el peligro de no ser dócil con el gobernador y su gente, y que podían ser muy generosos conmigo si yo fuera su amigo.

Para saber más del tema: Periodista preso Héctor Valdez, trasladado con tratos crueles y aislado en Santa Martha Acatitla por revelar corrupción

También me dijo que el entonces presidente municipal de Tulum, Víctor Mas Tah, era uno de los más cercanos al gobernador, «era su gente». Después de esa amenaza -y por no suspender mi trabajo periodístico de denuncia sustentada y sin esbozo-, recibí un atentado a mi vida y otros más a mi patrimonio. Entre algunas bombas incendiarias a mi casa y a mis vehículos e incluso mi más cercano círculo familiar se vio afectado.

Por supuesto, en todos los casos interpuse denuncias formales tanto en la fiscalía de Quintana Roo, donde varias veces intentaron negarme su recepción, incluso cerrando las puertas de la fiscalía. Como después las interpuse ante la Procuraduría General de la República, que así era entonces, a través de la Fiscalía Especializada en la Atención de Delitos contra la Libertad de Expresión, denuncias que sumaron en esos tiempos, quizá una docena, y en las que, por supuesto, no hubo avance ni esclarecimiento de ningún tipo.

De todos es sabido el clima de terror que invadió a Quintana Roo, en el gobierno de Carlos Joaquín González, que está por terminar; y a Tulum, sobre todo durante la presidencia del jefe de criminales Víctor Mas Tah, quien comandó por esos años a su banda familiar llamada “Los Cebúes”, también con otros grupos delincuenciales asociados a su banda.

No me arrepiento ni de los riesgos a los que me expuse entonces ni a los de ahora. Ni de las consecuencias a mis denuncias periodísticas que siempre han sido frontales, pero también siempre han sido responsables y fundamentadas y además firmadas con mi nombre.

No me arrepentiré nunca porque con ese trabajo y con el de otros libres periodistas, algunos acallados triste e impunemente a balazos, una gran parte de la sociedad de Tulum y de Quintana Roo abrió los ojos y en las elecciones pasadas pudo sacudirse parcialmente de esos personajes.

Aunque el posible retorno de ese nefasto poder continuar vigente, ya que la próxima gobernadora mantiene una cercanía muy estrecha con el todavía gobernador, que en la realidad siempre la impulsó. Y políticos como Víctor Mas Tah saltaron del partido que se hunde en su descrédito, al Partido Acción Nacional donde militaban a las nuevas banderas políticas de la llamada 4T.

Nada de qué sorprenderse, ya que antes el gobernador Carlos Joaquín González, como el presidente municipal Víctor Mas Tah, habían saltado del PRI donde militaron casi toda su vida al PRD, y luego de ahí rápidamente al PAN, donde Carlos Joaquín González fue incluso presidente nacional de la convención de gobernadores.

Para leer más sobre el autor: Una voz que no se silencia, la del periodista preso Héctor Valdez Hernández en CDMX

Ahora como el símil de las ratas que, para no ahogarse abandonan el barco que se hunde y se suben al que flota, esos y muchos otros políticos han de inocular su miseria a los partidos de la llamada ‘Cuarta transformación’, que por eso no llegará a hacerlo, no llegará a ser transformación. Pues con esas nuevas militancias a revista empezará demasiado pronto su descomposición, para desgracia de quienes creímos y votamos siempre por esas opciones políticas con la esperanza de que el país pudiera cambiar.

El teatro de la humanidad y su pretensión de poder es la historia del hombre y quizás sobre todo en lo que al género se refiere.

En estos casi 22 meses en prisión, he podido confirmar que la mayor reserva de humanidad que tiene el hombre está depositada en las mujeres, cuyo aprecio y respaldo he recibido en abundancia.

No me detendré en los detalles del delito que me imputaron falsamente y por el que me condenaron sin pruebas verdaderas, excluyendo además prácticamente todas las pruebas presentadas por mi defensa, entre ellas testimonios de los vigilantes de mi departamento, señores de la tercera edad, un hombre y una mujer que afirmaron nunca haber percibido ningún disturbio en ese departamento.

Y durante más de dos semanas, en referencia al supuesto delito que me imputaron, aseguraron haber visto todos los días entrar y salir a la supuesta víctima sin ninguna asomo de aflicción, e incluso dieron testimonio que en dos ocasiones esta supuesta víctima les ofreció dinero por ser sus testigos en un ataque que les aseguró había ocurrido semanas atrás de cuando les pidió que fueran sus testigos. Ellos se negaron, por supuesto, y en cambio declararon posteriormente ese intento de cohecho ante la Fiscalía de la Ciudad de México y en referencia a mi acusación y a mi caso.

En el proceso que duró casi un año para condenarme, la juez del caso no tomó en cuenta esos testimonios, pero además excluyó dos peritajes uno médico y otro criminalístico que concluían varias incongruencias entre las declaraciones de la supuesta víctima y las evidencias que más bien apuntaban a falsedad de declaraciones.

En el colmo de la evidente juez de consigna para declararme culpable, ésta permitió que la parte acusadora jamás se presentara las audiencias del caso y no sólo eso, sino que validó el argumento de esa falsa víctima y del Ministerio Público de que yo era “muy poderoso política y económicamente” y que por eso podía mantener agentes en Tulum -donde afirmó- se refugiaba a escondida, pues por mis órdenes amenazaban su vida.

La aceptación de tan burdo como falso argumento por parte de la juzgadora me dejó en absoluta vulnerabilidad legal, al no poder rebatir ni contrastar en nada mi defensa ante una juez que decidió por supuesta perspectiva de género, condenarme sin prácticamente atender a ninguna prueba, más que a la fe ciega de una falsa acusación que decidió hacer verdadera para ella.

La fe, la creencia ciega, la fe sin pruebas y dogmáticas alumbró hace siglos el nacimiento de la inquisición que condenaba igual y sin defensa posible a muchos acusados. Hoy, algunos jueces y juezas aprovechan la coyuntura necesaria de la justa lucha del feminismo y la perspectiva de género para cumplir consignas, para castigar inocentes, para subir índices de castigo y los acusados son pobres en su mayoría o personas que tenían consigna en contra de ellos, porque una defensa adecuada cuesta demasiado dinero, y a veces ni con eso es suficiente para lograr justicia donde debía imponerse al menos la duda razonable.

La muerte me ha rondado mucho en estos últimos años, pues además de los dos amigos periodistas que mencioné, habían matado antes de salir de Quintana Roo un tercer periodista también amigo mío. Fue muerto a balazos en Playa del Carmen, apenas unos días después de que yo abandonara el estado para salvar mi vida. Más de un año después de esto y ya prisionero con la ominosa figura de prisión preventiva que tanto daño hace a miles de gentes.

Apenas al comenzar mi proceso, mataron también a balazos a mi abogado defensor titular. Lo mataron el 1 de julio del 2021, por supuesto no hay ningún avance en su investigación. Es terrible y debilita mucho el alma un clima tan sangriento.

Apenas en marzo pasado, ya en medio de otros peligros en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México, donde positivamente terco sigo siendo periodista y lo seguiré siendo así, una trifulca campal dio inicio con la versión circulada entre algunos reclusos de que mi persona supuestamente protegida -desde hace poco antes por las autoridades penitenciarias, pero en realidad duramente segregada por la autoridad penal-, había regresado a mi antiguo dormitorio y con facilidades de elementos policíacos fungiendo como custodios penitenciarios, un grupo de internos que forman parte de la mafia local de “Los Duques”, del dormitorio anexo 7, intentó tomar por asalto al dormitorio 3, donde antes yo estuve y donde el rumor era que yo había regresado.

Por eso empezó ese caos que se sofocó horas después y que en medios de comunicación se calificó como ‘intento de motín’ con un saldo, un triste saldo, de dos fallecidos.

Queridos amigos, estoy seguro de que muchos pueden aterrorizarse, no desgraciadamente para quienes idearon y operaron mi entrada a la cárcel. Quizá tenían previsto que mucho antes de finalizar mi proceso, yo habría muerto en prisión donde muere tanta gente, tanta gente, incluso por constantes y extraños suicidios en los que quien supuestamente se quita la vida parece amordazado y maniatado, tal vez ésa podría ser su previsión que muriera en esas condiciones u otras completando así el asesinato civil que me impusieron abundantemente en decenas de medios de comunicación, tanto nacionales como estatales, y voy a citar algunos ejemplos: “Resultó un violador el reportero que intentó desacreditar en la mañanera de AMLO al tolerante y respetuoso buen gobierno de Carlos Joaquín en Quintana Roo”, eso podía leerse en un medio digital de Guerrero. Otro ejemplo: “Periodismo criminal: el caso del reportero Héctor Valdés”, eso pudo leerse en el periódico Excélsior, de circulación nacional, uno de los más antiguos del país, pero también de los más desprestigiados y reconocidos como conservadores.

Hace unos momentos decía que la mayor reserva de la humanidad son las mujeres, y tengo sobrados motivos para confirmarlo. Ni el aberrante delito que me causaron con falsedad y por el que ahora estoy prisionero, incluso siendo inocente, ha hecho dudar a tantas mujeres amigas a quienes ahora debo tanto y a quienes no quiero dejar de mencionar.

Nunca tendré con qué compensar el aprecio, la calidez, la ayuda emocional, las charlas larguísimas por teléfono y la ayuda de todo tipo incluso económica que muchas veces recibí en estos casi dos años de parte de tantas mujeres valiosas.

Gracias a Nancy mi admirada y brillante, intelectual y profesional amiga que me ha regalado tanto tiempo y tanto cariño; gracias a Laura, que como Nancy, me mostró un inacabable afecto y que -incluso sabiendo mi imposibilidad de devolver-, me ayudó económicamente por muchos meses en los que benefició a otros ocho reos que vieron cambiar completamente sus condiciones de reclusión, pues la celda comunal en la que entonces el Reclusorio Oriente, estaba terrible, ruinosa, ominosa y opresiva, pudo renovarse y equiparse por esas posibilidades. Uno de los compañeros internos siempre me decía “tu amiga es una santa, dile que Dios la bendiga”… en realidad mi querida Laura es una empresaria exitosa y una política íntegra y de verdadera convicción social.

Gracias a otra amiga Laura que también, como Neus y como Karina, no dudaron ni un poco en enviar cartas de buena referencia y de confianza dirigidas a un juez de encauzamiento en el caso inicial, en el que narraban una constante convivencia conmigo, competencia que siempre fue de respeto hacia ellas, y a muchas mujeres. Y la seguridad -decían ellos- de que lo que se me trataba un día con mi persona.

Gracias a Gaby, a mi amiga y ex jefa que tanto me ha animado y también tanto me ha rogado que evite los riesgos de seguir siendo periodista en la prisión.

Gracias a Liliana, una corresponsal extranjera, por el ánimo. Gracias a América por sus palabras, gracias a Gabriel las mayores muestras de aprecio que tanto le costaron y que nunca podría pagar con nada, también gracias a su madre de quien recibí por su intermedio muchas oraciones que, seguro estoy pudo con varios males y demonios. Gracias a varios amigos que, pese al señalamiento del que fui objeto, del que soy víctima, pese a eso, durante los meses previos a mi detención y todavía en libertad, me visitaron para hacerme sentir su afecto y su confianza me visitaron directamente al departamento.

Gracias incluso a dos amigas que pude conocer en esos días, los últimos meses en que estuve libre y que igual conociendo la infamia que se me achacó profusamente en medios de comunicación, decidieron regalarme su amistad y su confianza durante varios meses.

Gracias a quienes más dulcemente quiero y a quienes por las dudas callo. Gracias finalmente a muchas mujeres y hombres de la CNDH, específicamente del Mecanismo contra la Tortura, que hace meses ya se enfrascan en conservar intacta mi vida de prisionero.

Pero sobre todo gracias a una de las mejores periodistas y luchadoras de derechos humanos de México que trabaja desde los Estados Unidos. A quien ahora le debo varias veces la vida, a Guadalupe Lizárraga, quien no sólo en los primeros días de mi encierro y sin que yo lo esperara, me hizo llegar hasta aquella celda de 12 metros cuadrados que estuvimos más de 20 días 22 prisioneros, hasta allí me hizo llegar un milagroso paquete de sobrevivencia que consistió en ropa, en libros, en artículos de higiene, en dinero, en una tarjeta telefónica.

Y aquí de verdad quiero hacer mención esto porque es necesario, sin eso no hubiera yo podido sobrevivir, porque es necesario decir que las cárceles de México son no sólo de las más corruptas en el mundo, sino también de las más salvajes, de las más sorpresivas, y créanlo en esas cárceles mucho menos las de la Ciudad de México, no mejoran en nada; tristemente empeoran en estos tiempos de supuesta transformación del país.

A Lupita, (Guadalupe Lizárraga) pues que desde aquellos días asumió una defensa mediática al contemplar la injusticia terrible de la que soy objeto, defensa que hasta ahora continúa, junto con la de otros inocentes cuya causa enarbola.

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A mis amigos hombres, la fortuna es que son muy pocos por mencionar y en el infortunio he aprendido que los hombres somos poco empáticos y pocos solidarios. Gracias Carlos B., ese catalán formidable que además de brillante académico es un comprometido con sus amigos. Gracias a él por sus muchos libros, por la ropa, los insumos en sus visitas. Gracias también en su memoria a dos grandes amigos fallecidos, víctimas del Covid, que tanto me mostraron aprecio fuera y luego en prisión. Al doctor Juan Mena Ramos, de Tulum, Quintana Roo, que en vida trató de interceder por mí con algún otro amigo que pudo ayudar en aquel momento.

Gracias también a la memoria de Luis, un amigo a quien conocía en la Ciudad de México y que en pocos meses se convirtió en leal amigo, falleciendo el año pasado en Playa del Carmen. Gracias a Francisco Canul, periodista y antiguo colaborador de mi portal de noticias “Tulum en Red”. Gracias por recibirme algunas llamadas y también gracias por aconsejarme, buscar y rogar por mi libertad al gobernador Carlos Joaquín y al nefasto Víctor Mas Tah. Gracias por ese consejo que tuvo sus fundamentos, tristemente, porque él mismo también estuvo en prisión en Playa del Carmen, acusado falsamente también de esos delitos que les gusta fabricar el gobierno de Quintana Roo, de un delito incluso más ominoso que el que se me fabricó.

Francisco tuvo rogar por su libertad a esos terribles señores del poder y fabricantes de delitos, a quienes tuvo que prometer sometimiento y servicio. No me lo contó nadie, lo sé por él mismo, pues solo así logró -con la intervención de estos señores- que un juez lo exonerara después de seis meses de prisión.

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¿Quién puede criticar? ¿Quién busca salvar su vida, conseguir su libertad y reparar su honra lastimada? ¿Quién puede criticar a esas personas? Yo no podría. Pero espero que tampoco se me critique por ejemplificar fehacientemente lo que pueden hacer y el grado de daño que pueden lograr impunemente los hombres del poder en México.

Después de todo ya lo dijo Don Quijote de la Mancha: “solo hay dos cosas por las que sin dudar deben exponerse la vida, una es la libertad y la otra la honra, no lo olvides nunca Sancho”, decía Don Quijote. Creo que todos debemos ser Sanchos. Sigo luchando por salvar al menos mi honra, que es mi dignidad, sobre todo ante ustedes queridos amigos a quienes va dirigido este mensaje de la penitenciaría de la Ciudad de México en Santa Martha Acatitla, en los días de septiembre.

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Gracias a la periodista Joselaine Gutiérrez por la asistencia en edición.

 

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