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México de conciencia

Crónica de un motín: la represión policial en Rosarito

Los periodistas Manuel Ayala y Joebeth Terríquez sufrieron la represión policial y la falta de respaldo de sus medios durante el desalojo del plantón de Rosarito.

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Por Manuel Ayala / Fotos de Joebeth Terríquez

Sin filtros, sin edición, sin palabras bonitas más que el puro sentimiento de aquella noche es lo que quiero expresar. Porque no hay manera más digna de decirlo más que con la sensación pura de cómo pude expresarlo en palabras. Solo por eso, acá mi testimonio de lo que sucedió el pasado sábado 7 de enero en la ciudad de Rosarito, Baja California, y mi manifiesto ante la nula participación de respaldo de nuestros medios a los que representamos en aquella manifestación. 

La sangre quedó plasmada en gran parte del bulevar Benito Juárez de Playas de Rosarito. Los cartuchos quemados “antimotín” quedaron regados en el mismo lugar, incluso las caretas de algunos celulares que fueron destruidos en ese momento. Piedras, palos y algunas prendas de vestir también fueron parte de aquel abanico de cosas que uno podía encontrarse al paso mientras asimilamos toda la situación.

Por un lado todavía quedaban algunos curiosos que a lo lejos observaban a quienes, de pie, reían y platicaban como si hubiera sido un simple trabajo más que tenían que cumplir. La oscuridad y la noche eran pasmosas. El temor y la adrenalina corrían tomadas de la mano por todo mi cuerpo. No sabía qué más podía pasar, estaba incomunicado y lo único que nos quedaba a todos los reporteros era buscarnos, encontrarnos y mantenernos siempre juntos. La amenaza era latente y yo estuve a punto de renunciar. ¿Pero cómo, si todos los accesos estaban resguardados por los policías? Los callejones eran peligrosos a esa hora y con esa tensión.

Ese día parecía ser un sábado cualquiera -7 de enero-. Aunque no hay días cualesquiera ni todos los días pasa lo mismo, me desperté pensando que cumpliría mi jornada laboral como cualquier otra. Pero la alerta comenzó cuando me llegó la orden de que teníamos que ir a Rosarito porque las cosas se estaban saliendo de control y no había nadie allá de nuestro medio. Era una manifestación pacífica, era un desalojo, era algo común que en mi tierra -Michoacán- se vive a cada momento y no me tomó por sorpresa pensar que “las cosas se estaban saliendo de control”.

Tomé mis cosas y una chamarra para protegerme del frío si así lo requería y abordé un taxi directo a Rosarito. Mi amigo y compañero fotoreportero Joebeth Terríquez ya iba en camino. Las dos o tres veces que había pasado por Rosarito habían sido como simple turista y no esperaba un ambiente distinto.

Durante el trayecto la gente hablaba por celular, todos parecían estarse reportando con sus familiares para decirles que estaban bien, que el taxi tomaría una ruta distinta a donde se encontraba el conflicto. Pensar que yo iba ahí, al conflicto, me erizó la piel y comencé a sentir esa sensación de nervios que pasa cuando no sabes a lo que te vas a enfrentar pero que sabes bien será algo muy diferente a un espacio de confort. Una persona me explicó dónde me tenía que bajar y que tenía que cruzar por un puente peatonal para llegar a mi destino. “¿Pero a qué vas? Allá se están agarrando a madrazos”, me dijo. “Soy reportero, y tengo que cubrir el evento”, le respondí, y bajé del taxi todavía con un poco de malestar por la noche anterior que salí con otros amigos reporteros.

En el puente peatonal había varias personas observando desde arriba. A lo lejos el mar de Rosarito resplandecía claro y puro. Arriba de nosotros sobrevolaba un helicóptero de la Policía Federal y entre el mar y el puente peatonal se observaba un tumulto de personas alardeando cosas que a la distancia eran incomprensibles. Bajé del puente y caminé pensando infinidad de cosas. Mientras caminaba hacia el lugar me enteré que a mi amiga periodista Laura Sánchez Ley, de El Universal, y su esposo, también periodista Luis Alonso Pérez, de Animal Político, habían sido brutalmente golpeados y que a mi amigo fotoreportero Jesús Bustamante, de Frontera,  también lo habían agredido con gas pimienta.

Eso me hizo pensar entonces que la situación era mucho más grave de lo que parecía y en cuanto llegué lo primero que hice fue buscar a mi amigo Joe. Lo primero que vi fue una valla enorme de policías  federales muy bien formados, además de elementos de las policías municipales de Rosarito y Tijuana, la estatal y algunos agentes ministeriales. En ese momento la situación era tranquila, alguna consigna por aquí y otra por allá por parte de los manifestantes, pero sobre todo mucho diálogo entre ellos.

Había señoras, niños, personas de la tercera edad, jóvenes, señores, maestros, gente de pueblo reclamando el alza al precio de la gasolina que, días atrás, se había unido para bloquear la planta de Pemex que se encuentra en el lugar, lo cual estaba provocando cierto desabasto de combustible en esa región, Tijuana y Tecate. Ahí me enteré que por la mañana los habían desalojado violentamente de esas instalaciones y que en ese operativo Laura, Luis y Jesús habían sido agredidos. La gente se había reagrupado pero ya en el bulevar Benito Juárez.

Era medio día y el sol resplandecía. No había comido nada, la ausencia de alimentos y el clima me estaban haciendo estragos, cosa que no me preocupó porque sabía que antes de las 4 de la tarde tenía que regresar a la oficina para hacer la guardia subiendo notas. Así pasaron esas horas, sin mayor percance más que mi preocupación por llegar a la oficina, ya que yo había tenido que cubrir a un compañero y no tenía porqué haber estado ahí ese día. Decidimos entonces retirarnos del lugar y me comuniqué a la oficina para avisar que ya estaba en camino. Me dijeron que no, que necesitaban a alguien en Rosarito y que ya otra persona me cubriría en la oficina, así que regresamos al lugar. Fuimos a buscar algo que comer pero estaba cerrado. Solamente una pizzería estaba vendiendo algo de comida pero antes de meternos al local observamos a lo lejos que había mucho movimiento entre las personas y la policía.

“Les acaban de advertir (la Policía federal) que tienen 10 minutos para dispersarse a los manifestantes”, me dijo otro amigo reportero, Daniel Ángel que colabora en Síntesis TV y Newsweek. Me preparé entonces con mi celular para hacer una transmisión en directo, tenía poca pila pero pensé que aguantaría para cubrir lo que todos entendimos que vendría tras la amenaza. Saqué mi gafete de prensa, acomodé mi chamarra y mis cosas y me quedé atento. La orden se escuchó y los que hacían la valla comenzaron a marchar lentamente hacía los manifestantes. “Es una manifestación pacífica”, “Tranquilos, no estamos haciendo nada”, “Ustedes también son pueblo”, gritaba la gente mientras los policías seguían avanzando.

En cuanto los policías toparon con algunos manifestantes sacaron macanas para dispersar a la gente. Muchos comenzaron a correr y lo que era una valla de policías “bien estructurada” se convirtió en una jauría de perros que comenzó a correr tras los manifestantes. Yo traía mi celular en mano documentando lo que sucedía y corrí junto con los manifestantes. Era la primera vez que me encontraba en una situación así y lo que mi impulso me dictó fue tratar de cubrirme de las piedras que los manifestantes ya lanzaban y que los policías también devolvían.

Comencé a ver patadas, a escuchar gritos y balas antimotines (de goma). Por un lado vi golpes, lágrimas, sangre, mucha sangre y más que aterrorizado estaba asustado sin saber hacia dónde dirigirme. Erróneamente corrí hacia donde iban los manifestantes y vi como venían los policías de ellos, con piedras, con pistolas lanzando balas de goma antimotines, algunas de ellas me pegaron a la distancia y entonces me resguardé atrás de un muro. Dos piedras de dos ministeriales llegaron a mí sin lograr impactarme y me salí de ahí en dirección contraria como los salmones. Corrí hacia donde estaban los policías porque ahí estaban otros de mis compañeros periodistas. “Vamos, vamos, a chingarlos a todos”, gritó un policía que estaba a mi lado y avanzaron todos como si fuera una horda llena de rabia.

“¿En qué momento va a parar todo esto?”, me pregunté. Estaba asustado, pero la adrenalina me llevaba a estar en el momento tratando de documentar todo lo que sucedía. Vi varias personas siendo sometidas con golpes, patadas, macanazos, incluso cuando ya estaban en el suelo. No les bastaba con agarrarlos, había que ponerles en su madre como para saber que así estaban cumpliendo con su encomienda. En los callejones golpeaban más personas, los policías pateaban las puertas de las casas, por momentos solamente escuchaba “soy prensa” y corría siempre cuidando mi gafete. Avanzamos varios kilómetros hasta que la gente se dispersó, los rondines llegaron incluso hasta la carretera Escénica, donde las policías seguían deteniendo a quien se cruzaba en su camino.

Todos los reporteros que estábamos cubriendo el evento nos reencontramos en el punto donde comenzó todo el conflicto, en la salida de la planta de Pemex. Parecía que había vuelto la calma. Ya eran más de las 5 de la tarde y parecía que ya estaba todo “bajo control”. Algunos compañeros todavía andaban dispersos y tratábamos de comunicarnos con ellos para saber que estaban bien. Por fortuna todos estaban sanos y salvos. Ante la situación ya tranquila, algunos compañeros se retiraron y otros llegaron. Había que reportar todavía el momento en que salieran las pipas de Pemex para abastecer las gasolineras de las distintas ciudades. Fue entonces que mi compañero Joe y yo decidimos retirarnos ya del lugar para regresar a Tijuana. La pila de nuestros celulares se estaba terminando y había que mandar las notas y fotos de todo lo acontecido.

La noche estaba llegando y la oscuridad se hacía presente. Estábamos por marcharnos del lugar cuando comenzamos a escuchar consignas y a lo lejos un grupo de personas se aproximaba nuevamente al mismo sitio. Todos nos quedamos con cara de “no mames, es va a continuar”, mientras una bandera de México ondeaba en uno de los semáforos. Era un grupo más pequeño al anterior quienes decían venir en son de paz. La mayoría de ellos eran jóvenes y muchos venían de Tijuana para apoyar la manifestación. Incluso uno de ellos les regresó un escudo a los policías y otro les obsequió un pañuelo blanco para demostrar que todo era de manera pacífica. La valla de policías se integró nuevamente y los manifestantes comenzaron a lanzar consignas de inconformidad ante el incremento de la gasolina.

Tras la experiencia anterior y pensando que los “nuevos” manifestantes no hacían nada más que expresar su sentir ante la situación, me relajé un poco de la tensión que me había provocado el enfrentamiento anterior. La pila de mi celular ya no me daba para grabar más, ni siquiera para una foto, así que lo guardé y solo esperé a que se resolviera el conflicto o continuara la noche. Entonces salió nuevamente el Comisario General de la Policía Federal en Baja California, Pedro Hernández Hernández, para advertir a la gente que se retirara del lugar porque querían dejar salir las pipas para abastecer de gasolina a las ciudades. Los manifestantes se resistieron bajo la consigna de que se trataba de una manifestación pacífica y continuaron en el lugar.

Minutos después se volvió a escuchar la orden y los policías avanzaron, pero ya no de forma “coordinada”, sino contra todo quien se encontraba en su camino. Yo ya no tenía con qué documentar y ante la incertidumbre lo que pensé fue en replegarme con los compañeros para no estar solo. Los policías madreaban a todos los que detenían incluso cuando todavía por un megáfono algunas personas pedían la calma. Ya estaba totalmente oscuro y a los policías no les importó que fueran niños, señoras o personas de la tercera edad, incluso que fuéramos prensa, pues a todos empezaron a soltar golpes a diestra y siniestra. Fue cuando me percaté que a mi amigo el reportero Iván Molina (Frontera), lo estaban sometiendo entre tres policías. Él les decía que era prensa, que lo soltaran, pero no cedían. “Tu gafete wey”, le grité. No sé si me escuchó pero como pudo sacó su acreditación que traía sobre el cuello y se lo puso en la frente para que observaran que era de prensa, fue así como lo soltaron y le pedí que se viniera conmigo, pero él seguía documentando y se movió hacia otro lado.

La tensión creció y yo no sabía qué hacer, pensaba que en cualquier momento recibiría un golpe o sería uno de los detenidos, así que corrí hacia donde observé que varios policías tenían sometida a una persona en el suelo mientras con sus botas le restregaban la cara en el suelo. A lo lejos me pareció ver que se trataba de Daniel Ángel y me acerqué para cerciorarme. Efectivamente era el reportero de Síntesis TV a quien tenían en el suelo. “Es de prensa”, grite exaltado. Pero les valió madre y traté de buscar a alguien de los compañeros para que hiciéramos paro. Vi entonces cómo al “Ville”, camarógrafo de Televisa, le estaban impidiendo grabar la escena aventándolo con sus escudos, tratando de arrinconarlo contra la pared. Grité nuevamente “él es de prensa” y los oídos se hacían sordos. A la escena se acercó Armando, camarógrafo de Síntesis TV y le dije: “Wey, es el Daniel, no mames, lo tienen en el piso y lo están madreando”. Cuando observó los hechos comenzó a grabar pero los policías le impedían que grabara conteniéndolo con sus escudos y algunas lámparas incandescentes que obstruían las grabaciones, se acercó también Jorge Nieto, camarógrafo de Imagen Televisión para documentar los hechos.

En ese momento sentí un fuerte golpe en mi espalda baja, del costado izquierdo. Grité “no mames” y mi reacción fue voltear para ver de qué se trataba cuando sentí otro madrazo pero del lado derecho. Entonces escuché que alguien dijo: “A este cabrón también llévenselo”, era un policía federal que estaba justo frente a mí. Le dije: “Soy prensa, soy prensa”, pero no les importó y uno de ellos me tomó del brazo izquierdo para someterme, como queriendo ponerme el cincho. Volví a decirles que yo era prensa y el que estaba a mi derecha tomó mi gafete con su mano y comenzó a jalonearlo como queriendo arrancarlo. Lo hizo varias veces sin éxito y les dije: “No mamen, soy de prensa, por qué me golpean”, mientras me metían varios madrazos en la espalda y en las piernas como para debilitarme y bajarme al piso.

No era la primera vez que me madreaba un policía, ya dos veces antes lo habían hecho pero yo en calidad de civil. Pensé en las posibles repercusiones si me rompían mi gafete, el hecho de no poder identificarme les daría la pauta para que me madrearan vinito si lograban someterme y llevarme detenido. Pero me repuse y logré zafar mi mano derecha, con la cual agarré mi gafete y se lo puse en la jeta al policía que tenía frente a mí. “Soy de prensa”, grité con algo de coraje contenido y me soltaron otros madrazos en la cabeza. Me preguntó entonces mi nombre y se lo dije. “No mames, tú eres uno de esos pendejitos que andan aquí de revoltosos desde la mañana”, me contestó el policía. “Soy de prensa”, le dije nuevamente. “Ahora resulta que todos se creen prensa, no mames”, me contestó y pidió que me soltaran.

En cuanto me soltaron me dirigí nuevamente a ver dónde y cómo estaba Daniel, pero ya lo llevaban entre varios policías. Ahí me encontré a Alfonso Elenes, reportero y camarógrafo de Uniradio y Uno TV, quien estaba siendo amedrentado por varios policías federales y ministeriales. “Es por tu seguridad cabrón, retírate, es por tu seguridad”, le decían. Elenes no respondió a la intimidación y siguió grabando. Pero seguían jodiendo que dejara de grabar porque era por su seguridad y él les dijo que solamente estaba haciendo su trabajo. Fue entonces que uno de los elementos se le acercó y le dijo “ya deja de grabar cabrón, retírate”, mientras le jaloneaba su cámara logrando tirarla al suelo y otros de los policías tomaron el lente de la misma. A empujones nos sacaron de esa parte de la calle y yo me moví rápidamente para buscar un lugar donde no pudieran amedrentarme. Pero no sabía qué hacer. Mi inexperiencia y el temor a volver a ser agredido me contagiaron y lo único que pude hacer fue correr hacia el otro extremo de la calle.

Tenía miedo. Tenía también el antecedente de mis amigos Laura, Luis y Jesús y no quería ser una víctima más después de todos los madrazos que ya había recibido. Buscaba por todos lados a mi amigo Joe y no lo veía. Fue entonces que a la desesperada, y con la poquísima batería que tenía en mi celular, compartí un mensaje en Facebook para informar que los policías ya se habían metido con la prensa y que nos estaban golpeando. Parecía que habían esperado la noche para empezar como perros a cazar a sus presas. Parecía que la instrucción había sido ir contra todo aquel que se moviera esa noche. A cualquier lugar que me movía tenía que gritar “soy de prensa” para que no me hicieran nada. Era un caos total, ya no sabíamos si era un operativo para dispersar a la gente o para someter a todo aquel que estuviera presente en el lugar.

Conforme la situación se fue tranquilizando y la gente se fue alejando, nos comenzamos a replegar todos los reporteros. Sabíamos bien que algo andaba mal y era riesgoso estar dispersos e incomunicados. Estábamos encabronados, emputados porque todos habíamos sido víctimas y testigos de la golpiza que les dieron no solamente a las personas, sino a nosotros mismos. Queríamos respuestas inmediatas y nos dirigimos hacia el contingente de policías queriendo encontrar al coordinador de la Policía Federal. Estábamos tensos, buscando soluciones, hablando de todo lo sucedido y todos teníamos algo qué decir de lo acontecido. Estábamos encabronados. Se nos coartó la libre acción y el derecho de ejercer nuestra labor de informar.

Nos golpearon, nos ultrajaron, nos sometieron y nos sobajaron. Había un descontento generalizado entre periodistas y un amargo sentimiento por todo lo que vivimos en esos momentos. ¿Cómo era posible que eso estuviera sucediendo? Más de 15 periodistas golpeados en un mismo lugar sin importarle el más mínimo respeto. Yo seguía teniendo miedo, estaba incomunicado y pensaba en la preocupación que podían tener en ese momento mi novia, familiares y amigos por ese mensaje que había compartido en Facebook. Estábamos sobre todo indignados por la situación.

A varios días de aquel acontecimiento, las imágenes siguen vivas. Quizá las hematomas de los golpes ya se borraron pero el sentimiento y la rabia siguen fluyendo. Las cicatrices morales siguen abiertas. Fue una situación de terror la que vivimos aquel día y lo peor de todo es que algunos de nuestros medios siguen considerando que fue cosa menor por la que pasamos aquella tarde-noche. Yo estoy asqueado de todo, estoy desencantado de muchas cosas: del gobierno, las autoridades, los dueños de los medios ¿dónde está su respaldo cuando más lo necesitamos? Afortunadamente de inmediato medios como Newsweek y Lindero Norte, la Comisión Estatal de los Derechos Humanos y organizaciones como Article 19 y PEN México nos respaldaron, cosa que agradecemos sobremanera, pero, ¿dónde está el pronunciamiento de los dueños de los medios para exigir respuestas ante nuestras agresiones? ¿Dónde están sus reuniones para pedir-exigir la destitución del coordinador de la Policía Federal en Baja California? A varios días de esa situación algunos todavía no podemos olvidarlo.

Si no son ellos, los jefes, al menos yo sí muestro mi solidaridad con mis amigos y compañeros periodistas el Joe, Ivan, Laura, Luis, Jesús, Daniel, Elenes, Armando, Ville, Julieta, Gaby, Jordi, Nieto, Córdova, y todos los que esa noche estuvimos en uno de los actos más penosos para Baja California y la Policía Federal.

«No más agresiones a periodistas»

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México de conciencia

Carmen Meza, periodista de la salud en Culiacán, 4 años en la radio informando a la comunidad

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carmeza periodista de la salud en sinaloa

El periodismo libera, dice Carmen Meza, con el alma de una guerrera espiritual que permanece en lucha con un sentido de vida para ser feliz: informar.

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Nació periodista, con la tinta en las venas, con las imágenes y los sonidos que buscan la verdad y la justicia. Creció devorando las enciclopedias y las obras del librero de su casa donde se sumergía en los misterios de un universo sin fin y en maravillosas historias que despertaron en su corazón una pasión insaciable por la lectura.

María del Carmen Meza Rodríguez vino al mundo en Culiacán, Sinaloa, el 26 de septiembre de 1977. Se licenció en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa en el 2000.

Fue la tercera hija del matrimonio conformado por María del Socorro Rodríguez y Florentino Meza García, ambos ya fallecidos.

Llegaron de las tierras nayaritas a Sinaloa, donde conformaron una familia con seis hijos: Gerardo, quien en vida fue de oficio mecánico; Silvia Karina, enfermera; María del Carmen, periodista; Yadira Rafaela, docente de primaria; Geisha Angélica, arquitecta, y María del Socorro Meza Rodríguez, enfermera.

En su historia familiar no existen antecedentes de que algún miembro haya sido periodista, se pueden encontrar buen número de enfermeras, médicos y docentes. Pero recuerda ver a su padre leyendo el periódico, y de ahí nació su ímpetu por el periodismo.

Siendo una familia numerosa y muy humilde, no contaban con clases extracurriculares, así que empezó a leer todas las enciclopedias que tenían en un viejo librero que repasaba cada vez que los concluía, en especial fueron lecturas que tenían que ver con el área de salud, de alcohólicos anónimos y mil cosas más.

Tuvo una infancia feliz, nunca se dio cuenta de las necesidades materiales gracias al trabajo de su padre como yesero, y a que su madre nunca dejó de servir un plato caliente a la mesa.

Ella y sus hermanas siempre fueron muy dedicadas a la escuela, y tuvieron que estudiar y trabajar a la vez para poder salir adelante.

Aunque su sueño era convertirse en licenciada en Ciencias de la Comunicación, el camino la llevó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UAS, donde conoció a la periodista Patricia Silva Peñúñuri, hija del reconocido periodista, Silvino Silva Lozano, fundador de los periódicos Noroeste y La Hora; quien le dio por primera vez la oportunidad de ingresar al mundo del periodismo, lo cual sucedió después de ser encargada del departamento de Comunicación Social del Centro Comunitario Contra las Adicciones “Diez Mil Amigos”, A.C. de 1998 a 1999.

En 1999, ingresó al noticiero “Panorama Sinaloa” de Grupo ACIR donde permaneció hasta el 2002, y a su vez fue correctora del periódico El Debate de Culiacán.

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En 2002, inició su labor en el noticiero radiofónico «Línea Directa» de Radio Sistemas del Noroeste, como reportera de locales, y luego con trabajos especiales en el área de salud, labor que ha realizado durante las dos últimas décadas de manera ininterrumpida.

Del 2010 al 2012,  fue docente de grupo impartiendo la materia de español en el nivel secundaria de la Secretaría de Educación Pública y Cultura.

En 2011, ingresó al Centro Cultural del Magisterio Sinaloense “Profesora Agustina Achoy Guzmán”, conocido como “Casa Achoy”, de la Secretaría de Educación Pública y Cultura, donde actualmente labora como encargada del programa de Lectura y del área de comunicación social.

El 7 de septiembre de 2012 recibió el cargo como presidenta de la Asociación de Comunicadoras de Sinaloa, A.C. para el periodo 2012 – 2014.

Carmen Meza es absolutamente todo lo que debería ser una periodista de calidad, empezando porque es buena persona.

Quien es buena persona lo es en todos los ámbitos –familiar y social- incluyendo el profesional.

Podría seguir escribiendo y extenderme en este renglón, pero no terminaría nunca. Lo único que puedo destacar para concluir esta parte es que ella es un personaje del periodismo al que se le tiene mucho cariño.

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El periodismo libera

 Cierta vez un sacerdote, figura emblemática de la Iglesia católica en Sinaloa, se le acercó y le dijo:

– Perdona, todo se solucionará, y tú liberación está en el trabajo que desarrollas, el periodismo-.

Sobre ese episodio Carmen reflexiona:

A veces la vida nos hace pasar por difíciles pruebas, quizás las más duras, dejándonos sin fuerzas, casi sin aliento. Las he tenido, y nunca he cuestionado a mi Dios por qué a mí, sólo le he pedido que me enseñe el camino y me dé las fuerzas para superarlo, y eso lo he convertido en fortaleza”.

Carmen Meza piensa que Dios le envió ese mensaje a través de ese icónico sacerdote que quizás un día sea canonizado.

“Todavía estoy pensando cómo supo todo eso sin contarle nada, creí en ese momento estar soñando. Para muchos será sólo una historia o parte de mi imaginación. Pero para mí ha sido un mensaje que me ha ayudado”.

El periodismo libera, pero este mensaje no se refiere a la prensa liberadora de la independencia y libertad de la nación, ni de los individuos, sino a la libertad del alma de una guerrera espiritual que permanece en lucha con un sentido de vida para ser feliz: el periodismo.

 

Línea de la salud

La primera emisión del programa “Línea de la Salud, para Sentirte Bien” bajo la conducción de la periodista María del Carmen Meza Rodríguez fue el sábado 8 de septiembre del 2018, en el marco del Día Mundial del Periodista.

Fue un inicio accidentado pues su primer invitado la dejó plantada. En lugar de enojarse por una descortesía y un fallo humano rápidamente le dio solución al problema.

De esa manera, su primer invitado fue el Dr. José Luis Espinoza Beltrán, médico cirujano dentista con cuatro décadas de experiencia docente y en el ámbito de la salud pública. El tema fue “Salud Bucodental” y fue un arranque de excelencia pues el programa fue sumamente interesante.

Desde ese 8 de septiembre de 2018 a la fecha, Carmen Meza es conductora del programa de radio “Línea de la Salud”, que se transmite en vivo todos los sábados de 11:00 a 12:00 mediodía a través de la estación “La Bestia” 102.5 FM Culiacán, y Línea Directa Portal de Radio Sistemas del Noroeste, programa que es televisado por las redes sociales.

Grupo Radio Sistema del Noroeste (RSN) es el importante grupo radiofónico de Sinaloa que da vida al Sistema Informativo Línea Directa.

Es en este espacio que Carmen Meza cumplió en septiembre de 2022, cuatro años al aire exitosamente, informando incansablemente a la población con la participación de médicos y especialistas, así como el respaldo de todo su equipo de trabajo, lo que ha convertido este programa en el más popular en el ámbito  la salud en Sinaloa.

Debo subrayar que nunca se ha vuelto a repetir la desagradable experiencia del programa número uno cuando ese invitado falló a su cita, y también debo enfatizar que Carmen Meza, un tiempo después, aceptó con amabilidad, humildad e indulgencia la solicitud de ese funcionario de la salud para acudir a su programa donde finalmente estuvo en cabina.

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El periodismo de la salud 

 Sinceramente no recuerdo como conocí exactamente a Carmen Meza, pero si de algo estoy seguro es que no siempre fuimos amigos.

Cuando estuve a cargo del área de comunicación social en la Secretaría de Salud en Sinaloa hubo algunos malos entendidos y muchos desencuentros.

Carmen era una aguerrida y apasionada periodista que no sabía ser indulgente cuando se trataba de su trabajo y aún recuerdo su extrema dureza.

Tenía convicción en sus criterios y los defendía a capa y espada. Afortunadamente pude demostrarle mi disposición y resolver varios asuntos que marcaron el inicio de nuestra amistad.

“Cuando las amistades son reales, no son hilos de vidrio ni escarcha, sino las cosas más sólidas que podemos conocer”, dijo alguna vez Ralph Waldo Emerson.

Hemos coincidido en el periodismo de salud, esa maravillosa práctica profesional cuya principal función es responder a una necesidad informativa especializada.

Sin embargo, uno de los principales desafíos de este tipo de periodismo es el manejo del vocabulario médico y resignificar los términos a un lenguaje claro que permita su comprensión por toda la población.

La comunicación y la salud deben ir de la mano para que el auditorio entienda aspectos fundamentales que tienen impacto en su bienestar y calidad de vida.

Uno de los retos más grandes para el periodista de la salud, insisto, es presentar un material complejo de una forma clara, atractiva y amena.

Precisamente Carmen Meza, comunicóloga, periodista de la salud y conductora de noticieros radiofónicos, con más de dos décadas de experiencia, tiene esa habilidad natural.

“Lo que más me llena de fortaleza es mi adorada familia, que siempre está allí, que no se raja. Es de esta manera como me lleno de vida, realizando mi trabajo que tanto me apasiona y pasar tiempo con mi familia y amigos. Y he entendido que está vida está llena de retos y momentos felices, me quedo con todos ellos. Gracias Dios, Gracias Familia, Gracia trabajo, Gracias todo”, confiesa Carmen Meza a quien felicito por llegar este año, según mis cuentas, a los 45 años de edad como una mujer de lucha y con la generosidad de su gran corazón y su eterna, bella e inconfundible sonrisa.

 

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México de conciencia

Congreso de Energía Veracruz, en busca de proyectos que alcancen la soberanía energética

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El congreso se realizará a partir del miércoles y concluiría el próximo viernos

A unos días de que inicie el Cuarto “Congreso de Energía Veracruz: Refinación, Gas y Petroquímica«, y que se llevará acabo del 7 al 9 de septiembre en el World Trade Center (WTC) de Boca del Río, todo indica que será un evento de gran impacto, ya que contará con la participación de organismos gubernamentales y privados, donde expondrán el panorama global del sector y los proyectos que buscan alcanzar la soberanía energética.

En el encuentro en el que participarán Rocío Nahle García, secretaria de Energía, Cuitláhuac García, Gobernador de Veracruz y Raquel Buenrostro, jefa del Servicio de Administración Tributaria (SAT), entre otros funcionarios de Estado.

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En el acto inaugural la secretaria de energía, Rocio Nahle, impartirá una conferencia magistral. En esta edición el Congreso de Energía Veracruz regresa de manera presencial, luego de que en los dos años anteriores se llevara cabo de manera virtual y semipresencial por la pandemia de Covid-19. Entre las empresas y dependencias que reúne este evento se encuentran: Comisión Nacional de Hidrocarburos, Centro Nacional de Control de Energía, Hokchi Energy, Nuvoil, TC Energía y ENGIE México.

Las charlas abordarán temas relevantes como la transición energética, nuevas tecnologías en exploración y producción, prospectiva del gas natural, Sistema Eléctrico Nacional, entre otros.

La trascendencia de esta entidad en el tema de producción de energía es lo que motiva a que sea la sede. Es de conocimiento público que Veracruz cuenta con: la Refinería Lázaro cárdenas, plantas petroquímicas, Centros procesadores de gas natural, puertos de altura y la Central Nucleoeléctrica.

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Cabe recordar que la Central Nucleoeléctrica ‘Laguna Verde’ es única en el país y genera tres veces más electricidad que la que se usa en el estado. Se tiene programado que el evento inicie el miércoles 7 de septiembre a las 16:00 horas con la participación de la titular de la Secretaría de Energía Rocío Nahle como conferencista principal. La apertura del evento estará a cargo del gobernador Cuitláhuac García Jiménez y de la jefa del Servicio de Administración Tributaria, Raquel Buenrostro Sánchez. Del mismo modo, en la exposición se contará con un área de acceso al público en general y gratuito.

 

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México de conciencia

Ramona Rebeca Padilla, pionera de trabajo social en la Secretaría de Salud de Sinaloa

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La historia de Ramona Rebeca Padilla es una de altruismo y de amor al prójimo

La primera jefa del servicio de trabajo social en el Hospital General de Culiacán comparte su historia: ¡Siempre hay que ayudar a quienes más nos necesitan!

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Aquí está su vida, su historia y su familia. Ramona Rebeca Padilla fue durante muchos años una figura emblemática y entrañable en el Hospital General de Culiacán. Un ángel de uniforme azul marino bien planchado y una permanente sonrisa que recorría los pisos como dínamo, cama por cama, llevando consuelo y esperanza a los pacientes, sobre todo a los necesitados de todo.

A los 16 años y en pleno 1969, ella era una chica con gran vocación de servicio a la que le sobraban corazón y energía.

Ramona Rebeca Padilla ingresó a trabajar en la Secretaría de Salud el 16 de septiembre de 1969, incorporándose a su adscripción en el Centro de Salud Urbano de Culiacán, y se jubiló el 1 de enero de 1998 en el Hospital General de Culiacán, unidad médica en la que nació su hijo, murió su madre y dejó los mejores años de su vida profesional como trabajadora social.

Enfermera Ramona Rebeca Padilla

Un personaje de la Salud

Nació el 10 de junio de 1953. No tuvo papá, y su mamá era muy pobre. Vivían por la calle Constitución al oriente, en la colonia Miguel Alemán.

A su mamá le tocó una época demasiado dura. Estudió para secretaria y escribía bien a máquina pero no la ejerció. En cambio, para salir adelante trabajó en las tortillerías de Ramón Madueña. Entraba a las dos de la mañana y salía a las cuatro de la tarde. “Gracias a ella soy lo que soy”, apuntó.

Cuando Rebeca Ramona Padilla tenía once años de edad, nació su hermano Claudio un 10 de mayo de 1964. Claudio Padilla trabaja actualmente en Caravanas de la Salud y fue jefe de Servicios Generales del Hospital General de Culiacán.

“Me quedaba a cargo de mi hermano y mi mamá se iba a trabajar. Es muy duro sacar adelante el hogar sin compañero. Mi abuelita vivía con nosotros. Era muy pesado ver a mi mamá trabajar tanto”, expuso.

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Por eso desde temprana edad Rebeca Ramona Padilla decidió estudiar una carrera corta para trabajar y ayudar a su mamá, quien al cumplir sesenta años fue dada de baja de las tortillerías y la liquidaron considerando el tiempo transcurrido.

Enseguida de su casa vivía el doctor Domingo Vega Rodríguez, quien perteneció a la planta docente de la Casa Rosalina. Fue consejero universitario y profesor de la Escuela de Enfermería y Obstetricia de la Universidad de Sinaloa.

Rebeca tenía tres meses de haber culminado sus estudios de comercio en el Instituto Webster, escuela que estaba ubicada por la avenida Ruperto L. Paliza, entre Antonio Rosales y Rafael Buelna.

«Yo te voy a ayudar», le propuso Vega a Rebeca.

Fue así como, después de cumplir satisfactoriamente con un examen, ingresó a trabajar al Centro de Salud Urbano de Culiacán, donde fue secretaria del director Rigoberto Armienta Canizalez, quien después en los años ochenta se haría cargo del Hospital Civil de Culiacán.

Canizalez, su primer jefe, fue uno de los primeros jóvenes sinaloenses de talento que fue becado para estudiar por la “Casa de Sinaloa” en la Ciudad de México, recibiéndose como médico cirujano por la UNAM en 1957.

“Yo empecé desde abajo haciendo mandados y haciendo los certificados médicos porque tenía mucha velocidad para escribir a máquina”, recuerda.

 

Rebeca también trabajó con el doctor Nicolás Vidales Tamayo, ilustre personaje sinaloense vinculado a los bomberos y a la labor sanitaria. “Ahí consultaba en el Centro de Salud”, comentó.

Luego la cambiaron a las oficinas centrales de la Secretaría de Salud, cuando se encontraban en un edificio ubicado por la avenida Gral. Álvaro Obregón, entre las calles Gral. Antonio Rosales y Gral. Rafael Buelna.

Posteriormente, las oficinas de la Secretaría de Salud estuvieron en la esquina de la calle Ignacio Zaragoza y avenida Ruperto L. Paliza, a un costado del DIF Sinaloa, donde duró un buen tiempo.

Fue una época de mucho esfuerzo en la que Ramona Rebeca Padilla trabajaba de día y estudiaba de noche. Luego de egresar de la secundaria y la preparatoria nocturna, estudió trabajo social y la licenciatura.

Al culminar su carrera como trabajadora social, solicitó al director de las oficinas centrales su cambio al recién inaugurado Hospital General de Culiacán, donde al llegar recibió su nombramiento como jefa del departamento de Trabajo Social en 1990, donde muchas personas la recuerdan cariñosamente como “Rebequita” o “Monchita”.

“Tenía 21 años de servicio como secretaria de cinco jefes, y en el hospital duré siete años como jefa de trabajo social”, comentó.

Un ángel azul

De 1990 a 1997 fue la primera jefa del Departamento de Trabajo Social del Hospital General de Culiacán “Dr. Bernardo J. Gastélum”. Al año de trabajar en el hospital nació su hijo Julián el 6 de enero de 1991, producto del hogar formado con el maestro de primaria Víctor Manuel Leal Ontiveros.

“Cuando empecé como trabajadora social atendía personas en el escritorio y subía con los médicos a pasar visita. Ahí conocía la realidad de cada paciente”, expuso Ramona Rebeca Padilla.

Atendió muchos casos de migrantes mutilados por el tren en movimiento, atendidos por amputaciones de brazos o piernas, golpeados por los vagones al caer del ferrocarril y con lesiones graves, casi todos eran enfermos sin familiares ni recursos.

“Buscaba la manera de ayudarlos cuando los daban de alta, para regresarlos a su lugar de origen. Mi labor era conseguir un boleto de avión, de autobús o de tren para que pudieran volver a su tierra”, aseveró.

Como trabajadora social atendió el caso de un reo que sabía que su muerte estaba cerca debido a una enfermedad terminal y pedía, al menos, esperar su final en casa y no regresar a la prisión en las Islas Marías.

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Rebeca luchó por hacer valer los derechos humanos inherentes a la persona enferma aunque se trataba de un paciente privado de su libertad y obtuvo el apoyo de la Barra de Abogados, consiguiendo su libertad humanitaria para que pudiera morir en paz y con dignidad en su casa, al lado de sus seres queridos.

“Estaba en un estado crítico, le quedaban pocos días de vida y lo iban a trasladar de regreso al centro penitenciario en las Islas Marías. Solicité el apoyo de la Barra de Abogados para gestionar una libertad humanitaria para que pudiera morir en paz y con dignidad en su casa, como era su deseo”, dijo.

Narró que en su época como trabajadora social, hacía visitas domiciliarias para conocer la situación de la familia y su relación con el paciente. Averiguaba por qué no venían, debido a que en algunas ocasiones el enfermo era abandonado.

“Clara Damken trabajaba en la mañana. Elsa de Jesús Limón estaba en la tarde. Después nos trajeron a Lupita y Bertha Alicia, poco a poco fue creciendo el  servicio de trabajo social”, precisó al subrayar que en ese tiempo la labor era ardua y en ocasiones extremadamente difícil y espinosa porque se luchaba contra muchas dificultades.

Sostiene que una cuestión que fue de mucho apoyo en su época fue la colaboración de las damas voluntarias. “Las esposas de los médicos ayudaban mucho y en esa colaboración me conocieron de presidentes municipales para arriba. Aunque las necesidades siempre son demasiadas”, explicó.

“No es lo mismo la teoría que la práctica, no es lo mismo estudiar que ejercer la profesión y estar en contacto con el paciente. No es lo mismo la escuela, que la vida en un hospital. Los maestros dicen una cosa, pero aquí cuenta mucho el criterio porque a veces el paciente no tiene dinero y uno tiene que buscar la manera. En algunos casos se podían hacer convenios, otros no tenían nada”, refirió sobre el trabajo en el frente en aquellos tiempos.

Ramona Rebeca Padilla siempre realizó un trabajo con sentido humano de trascendencia social, sobre todo en beneficio de las personas que más la necesitaron, pacientes y familiares en situación de desamparo.

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El doctor Jesús Enrique Reyes Ramos recuerda las posadas que se organizaban para los niños con asma con el apoyo de trabajo social, como un botón de sus múltiples actividades diarias que dejaron un legado para la historia del hospital.

Siempre sonriente, en su incansable recorrido ofrecía palabras de aliento a los pacientes y sus familiares para brindar consuelo y aliviar su sufrimiento. “En una ocasión una paciente me regaló una playera con mi nombre”, dijo al recordar un gesto de gratitud que la emocionó en lo profundo del alma.

Sin embargo, confiesa que después como usuaria tuvo desafortunadas experiencias con una trabajadora social, un médico al que le hizo en su momento muchos favores y otras personas que le dieron la espalda cuando las necesitó. “Me fui con mucho sentimiento porque yo no trataba así a la gente y me hicieron llorar”, afirmó.

Siempre hay que ayudar al prójimo 

El 1 de enero de 1998 se jubiló para cuidar a su mamá y a su hijo, cuando ambos se enfermaron y no tenía quién se los cuidara. Ambos se recuperaron, pero su mamá murió en 2004 en el Hospital General de Culiacán.

“Me hicieron mal la jubilación, me pusieron todo volteado, un sueldo que no debían”, lamentó. “Soy proletaria, ando en camión. Salgo cada fin de mes para ir a cobrar”, aseveró al confiarnos que actualmente vive en la primera etapa del Fovissste Chapultepec.

Ramona Rebeca Padilla desea reivindicar sus derechos como jubilada pues argumenta que su jubilación del ISSSTE se le paga de manera incorrecta.

Hace dos meses pidió audiencia directamente en el despacho del gobernador Rubén Rocha Moya y pasaron sus datos al secretario particular, pero hasta la fecha no le han hablado.

Tiene su pelo blanco y un mechón negro en la frente. A principios de 2022 estuvo grave al contraer el COVID-19. “Mi esposo se contagió al ir al banco y me pasó la enfermedad. A él no le fue tan mal. Yo estuve un mes mal a pesar de que tenía cuatro aplicaciones de la vacuna, perdí el oído, el olfato, el gusto, la voz, no podía comer y tenía vómito”, dijo al recordar esa experiencia.

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Cuenta que desde que inició la pandemia no se pinta el pelo y cuando vaya al salón de belleza no se lo pintará porque piensa que es una gracia que Dios le dio.

“Cuando vives el trabajo social cambia por completo tu forma de pensar y tu vida, aprendes a valorar lo especial que es cada persona y al dar amor recibes una satisfacción y una paz espiritual, no hay mejor recompensa”, confesó al recordar que al retirarse entregó la estafeta a la licenciada en trabajo social Reyna Guadalupe Valenzuela Soto, “Lupita”, quien duró en el cargo de 1997 a 2017.

Al concluir la entrevista, Ramona Rebeca Padilla fue al encuentro de los recuerdos en su querido y entrañable hospital. Recorrió los pasillos con la profunda emoción de una trabajadora social jubilada que vivió a diario el acontecer de la más importante responsabilidad y el reto de mayor alcance que ha tenido en su vida: trabajar por el bienestar de sus semejantes.

 

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