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Con voz propia

México vive una crisis de ética, donde se penaliza la diferencia

La sociedad mexicana penaliza la diferencia porque es sexista, clasista y racista. Vive una crisis de ética. El escritor Armando Bartra ofrece esta reflexión.

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Armando Bartra*

No necesitamos un Dios que nos haga llegar sus instrucciones, hay ética porque los humanos nos reconocemos como tales. Y si ser ético es saberse parte del género humano, el impulso fundante de la ética es literalmente la generosidad.

Pero no hay generosidad cuando se ofende, se humilla, se niega al otro por diferente. La crisis mexicana de entre siglos es una crisis de ética porque somos una sociedad donde se penaliza la diferencia: porque somos una sociedad racista, sexista y clasista.

Ante los mexicanos se abren dos caminos: o nuestras abismales carencias profundizan el encono social –como quieren los que atizan la guerra contra los traidores a la patria– o en la carencia florece la solidaridad y con ella la lucha por erradicar el colonialismo interno, la inequidad de género y la explotación.

En 2012 la disyuntiva es continuar en la República del odio gestada en los gobiernos del PRI y abismada en los del PAN, o construir una República solidaria y fraterna, una República amorosa. Y la disyuntiva es de naturaleza ética.

La guerra contra el narco que emprendiera el gobierno de Calderón, y a su modo prometen continuar los candidatos del PAN y del PRI, es muy semejante a lo que describe con ironía Charles Dickens en El misterio de Edwin Drood: “Su filantropía olía a pólvora (…) Había que abolir la guerra, pero declarándola antes encarnizadamente a aquellos que la fomentaban (…) Era menester establecer la concordia universal, pero para ello había que exterminar a cuantos no quisieran ponerla en práctica”. A esta filantropía iracunda, Andrés Manuel López Obrador opone la reconciliación y llama a construir una República amorosa ¿Ocurrencia de campaña?, ¿confusión conceptual?, ¿ingenuidad política? Nada de eso.

Según Hanna Arendt, a diferencia de los principios de la moral individual, los conceptos de perdón, respeto, promesa y amor –empleados reiteradamente por López Obrador– corresponden a la condición humana de la pluralidad (pues) se basan en la presencia de los demás, de modo que se trata de principios de ética política. Si bien para la filósofa alemana el amor pertenece a una esfera superior: “El amor no es mundano, y por esta razón (…) no sólo es apolítico sino antipolítico, quizá la más poderosa de las fuerzas antipolíticas humanas”. Nada nos impide apoyarnos en la fuerza antipolítica del amor para avanzar hacia una pospolítica, hacia una sociedad basada un el reconocimiento radical del otro como el que propicia la pasión y el desinterés propios del amor.

Armando Bartra, escritor, sociólogo, UAM Xochimilco, México

1. En el lado soleado del espectro político hemos avanzado en reconocer las virtudes de la pluralidad, al punto de que en vez de izquierda ahora decimos izquierdas. También ponderamos las virtudes del diálogo intercultural que Boaventura de Sousa Santos ha llamado hermenéutica diatópica.

Hay razón en hacer de la interculturalidad una consigna. La historia de los sistemas imperiales –de los que el capitalismo es epítome– es la historia de los colonialismos. Y colonizar es estigmatizar al extraño e imponer la unanimidad de pensamiento. El humanismo de los griegos no se extendía a los bárbaros y la democracia ateniense dejaba fuera a los esclavos; el ecumenismo judeocristiano convive con la idea de que hay un pueblo elegido y el resto son infieles; las revoluciones liberales instauraron la universalidad de la ciudadanía pero por muchos años las mujeres no votaban; para el capitalismo colonialista el trabajo libre era cosa de anglosajones mientras que a los amarillos, negros y cobrizos había que obligarnos a laborar; la presente cruzada del imperio contra el terrorismo sataniza al Islam y a los pueblos árabes.

En México el colonialismo es historia, estructura económica y sistema político. Pero también cultura, de modo que descolonizarnos es valorar nuestra prodigiosa diversidad, al tiempo que desmontamos el racismo, el sexismo y el clasismo que la hacen discriminatoria.

Resumiendo: el respeto por el otro es un imperativo ético, el reconocimiento de la pluralidad sociocultural que conforma nuestro país, una urgencia política, y la construcción de un marco legal que consagre jurídicamente los derechos de los diversos grupos étnicos –originarios del continente o no– es una perentoria necesidad institucional.

Los estados plurinacionales de Ecuador y Bolivia son en esto ejemplo a seguir, no sólo por naciones donde predominan los descendientes directos de los pueblos originarios de este continente sino por todos los países socioculturalmente diversos, es decir por todos los países. Pero en México tenemos nuestra propia tradición de pluralidad virtuosa y diálogo intercultural. En México tenemos milpas. Más que policultivo donde se entreveran maíz, frijol, calabaza, chile, tomatillo y cuanto hay, la milpa es paradigma civilizatorio. Porque los imperios precolombinos sustentados por la milpa eran despóticos y tributarios, pero también culturalmente tolerantes; eran, como sus milpas, pluralistas. Virtud que no tiene la cultura occidental y que, por supuesto, no tenían los conquistadores.

Las palabras del nieto de Netzahualcóyotl y cacique de Texcoco, Carlos Ometochtzin, objetando la imposición por los españoles de religión, idioma, costumbres y normas morales, son una proclama pluralista e intercultural que a casi cinco siglos de distancia conservan su filo:

Y así tenían también nuestros antepasados cada uno sus dioses y sus maneras de trajes y sus modos de sacrificar y ofrecer, y aquello hemos de tener, y seguir como nuestros antepasados (…) Mira que los frailes y los clérigos cada uno tiene su manera (…) Así mismo era entre los que guardaban a los dioses nuestros, que los de México tenían una manera de vestido y una manera de orar y ofrecer y ayunar, y en otros pueblos de otra (…) Sigamos aquello que tenían y seguían nuestros antepasados y de la manera que ellos vivieron, vivamos.

Por esas subversivas ideas, Carlos Ometochtzin, también conocido como Chichimecatecuhtli, fue quemado vivo el 30 de noviembre de 1539.

2. Tan urgente es reconocer nuestra multiculturalidad como urdir un nuevo universalismo incluyente y pluralista que no reniegue de las diferencias sino que se alimente de ellas. Descolonizar no es balcanizar y fomentar la diversidad identitaria no significa extremar los particularismos. Ni en México ni en el mundo es bueno apostar por la atomización social, de modo que habrá que desguanzar la opresiva articulación hegemónica a la vez que urdimos nuevas convergencias nacionales y globales de los diversos. El egoísmo identitario es de derecha y encarna en los racistas anglosajones, los suprematistas blancos, los neofascistas. El pluralismo de los oprimidos, en cambio, es generoso: afirma nuestra pertenencia a la muchedumbre humana bajo la forma de la diversidad solidaria, polifónica, danzante; bajo la forma de la milpa.

Las viejas éticas universalistas demandaban al individuo un compromiso moral con la humanidad sin distingos sexuales, étnicos, económicos, sociales, culturales o religiosos. Humanismos de dientes para afuera que con frecuencia solapaban órdenes sexistas, clasistas y racistas. Y los universalismos falaces y alienantes siguen ahí, pero va cobrando fuerza una nueva exigencia de universalidad. Humanismo generoso al que la globalización presta sustento práctico y base material. Hoy en verdad nada humano nos puede ser ajeno, pues cada vez más lo que duele a uno duele a todos. Las causas que en verdad importan: paz, equidad de género, justicia e inclusión social, libertades civiles, erradicación del hambre, preservación del medio ambiente… son movimientos mundiales respaldados por un activismo planetario.

México está roto, quebrantado. Expresión mayor de la agobiante crisis es la pérdida del sentido de pertenencia a una nación económica, social y políticamente colapsada en la que ya no nos reconocemos. Recuperar la identidad que nos cohesionaba es asunto de vida o muerte; no la engañosa unidad nacionalen torno de la nefanda guerra de Calderón sino la efectiva convergencia de los mexicanos –todos– en torno de un gran proyecto de regeneración nacional.

Un proyecto que será ético no por convocarnos a ser buenos sino por incorporar la dimensión moral en los asuntos mundanos. Si hasta un pensador tan materialista como Carlos Marx propugnaba por una economía sustentada en la ética y denunciaba al capital que en su impulso ciego y desmedido derriba las barreras morales, cuantimás nosotros. En vez de la desalmada dictadura del mercado los mexicanos necesitamos una economía moral y solidaria; en vez de un desarrollo entendido como crecimiento de la producción a cualquier precio, necesitamos vivir bien y promover el florecimiento humano: un despliegue de nuestras potencialidades cuyos indicadores son la libertad, la justicia, la dignidad, la felicidad y no los llamadosfundamentales de la economía; en vez del ogro filantrópico del que hablaba Octavio Paz, necesitamos un Estado de puertas abiertas comprometido con el bienestar de la población.

3. Para avanzar en la utopía habrá que abandonar prejuicios, ideas rancias y rutinas intelectuales. No adoptar ideologías de moda y ser políticamente correctos sino algo más simple, infrecuente y difícil: practicar el pensamiento crítico.

Y el pensamiento crítico empieza por casa. Sin autocrítica cuestionar al prójimo deviene soberbia intelectual; no podemos ser intolerantes con los demás y complacientes con nosotros mismos. Pero reconocer los errores propios no es verdadera autocrítica: la clave de la autocrítica es el humor. Sólo la risa es en verdad caladora, de modo que cuestionarse en serio supone tomar distancia y reírse de uno mismo. Para salir del hoyo los mexicanos necesitamos mucha autocrítica y mucho sentido del humor, para sobrevivir a la desgracia habremos de reír y –liberados por la risa– emprender risueños la reconstrucción.

“La risa tiene algo de revolucionario –escribía el ruso Alexander Herzen a mediados del siglo XIX–. En la iglesia, en el palacio, frente al jefe nadie ríe. Sólo los iguales ríen. Si a los inferiores se les permitiera reír frente a sus superiores, eso querría decir que se acabó el respeto.”

Es bueno para la salud social burlarse de los viles, de los obscenos, de los prepotentes… y también de las lacras que compartimos justos y pecadores, que en el pantano nacional no vuelan aves impolutas. Pero ante todo hay que caricaturizar al poder y profanar sus símbolos, hay que desacralizar la riqueza, hay que sobajar a los alzados.

Siguiendo a Mijail Bajtin, para quien la risa es subversiva, creo que llegó la hora de carnavalizar la política. Es necesario poner el mundo patas arriba como lo han hecho siempre los pueblos tradicionales antes de la Cuaresma, como lo hacían los caricaturistas políticos que escarnecían a Porfirio Díaz, como lo hicieron los iconoclastas neozapatistas chiapanecos en los años 90 del siglo pasado, como lo hizo la creativa resistencia lopezobradorista al fraude electoral en los tiempos del megaplantón, como lo hacen hoy los ocupa y los indignados de todo el mundo.

Frente a la barbarie cotidiana se justifica la indignación moral. Pero igual se vale la carcajada ética, opción que hizo de Carlos Monsiváis la conciencia crítica de México. (Por cierto, habrá que pedirle a Francisco Toledo –no a Sebastián– que le vaya haciendo un monumento a Carlos y a sus gatos sonrientes, a sus gatos de Cheshire.)

La seriedad es un robo, sostenía Monsiváis. Tenía razón. Carnavalicemos, pues, la política y hagamos de México una República amorosa, sí, pero también una República risueña, una República humorosa.

Sonríe, vamos a ganar, decíamos hace seis años. Hoy, yo les diría: Rían, porque si pese a todo somos capaces de reír, ya ganamos.

* Ponencia presentada en la mesa Ética y pensamiento crítico, de Los grandes problemas nacionales. Diálogos para la regeneración de México. El autor es Investigador de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM-Xochimilco.

 

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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