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Con voz propia

México: Estado fallido y terrorismo mediático

México se ha convertido en un estado fallido que niegan los medios de comunicación, mientras difunden la versión oficial de las autoridades

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El procurador de Coahuila, Heriberto Ramos, dando la noticia a los medios sobre la supuesta ejecución del narcotraficante Humberto Lazcano. Foto: milenio.com

Alberto Buitre*

Por la noche del lunes ocho de octubre, el gobierno de México a través de la Secretaría de Marina emitió un comunicado en donde informaba que tenía “fuertes indicios” sobre la presunta muerte de Heriberto Lazcano , líder del Cartel de Los Zetas, una de las organizaciones criminales más fuertes del país. La caída del capo supone para el sexenio de Felipe Calderón y la burguesía nacional, una condecoración frente a Estados Unidos y la Unión Europea por los éxitos de la “guerra contra el narcotráfico” que subyace la creación de un clima propicio para las llamadas “reformas estructurales”, inversiones del capital que, entre otras cosas, se mantienen a la expectativa de la casi inevitable privatización del sector energético mexicano (PEMEX y CFE) acompañada de la reforma laboral que liquida la constitucionalidad de la defensa de los derechos laborales en cualquier sector productivo.

Sin embargo, esa noche y por la mañana del martes, el gobierno nunca mostró evidencia de los “fuertes indicios” sobre la muerte del narcotraficante. Sólo detalla en boletín oficial que ésta resultó de un combate armado sucedido no el lunes ocho, sino un día antes, domingo siete, alrededor de la una de la tarde en la ciudad de Sabinas, Coahuila. Todo comenzó cuando de la cuenta de Twitter del conductor del principal noticiario de Televisa, Joaquín López Dóriga, salió la versión que el apodado “El Lazca” “habría sido” “muerto o capturado” en un enfrentamiento con marinos en el lugar citado. Y más aún, el periodista se atrevió a adelantar que la Secretaría de Marina emitiría un comunicado al respecto, cosa que efectivamente sucedió unos minutos después, y enseguida era leído por el canal 2 por el propio López Dóriga.

¿Y luego? La versión pasó de la incredulidad al chiste cuando desde la oficialidad se informó que la Marina sí habría abatido al capo, pero que no presentaría el cuerpo porque éste fue sustraído de la morgue del lugar. Así, pasadas las primeras horas de la mañana del martes, el otro conductor estelar de noticias de Televisa, Carlos Loret de Mola, adelantaba que fuentes “MUY cercanas” le habían informado que la Marina en breve presentaría fotografías del cadáver de El Lazca que “no dejarán lugar a dudas” sobre la muerte del capo.

Y en efecto, las fotos se conocieron al mediodía, junto a la versión del gobierno de Coahuila que, en conferencia de prensa, narró que la balacera en donde habría muerto Lazcano, un ex militar adscrito al Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, entrenado en contrainsurgencia y operativos de reacción, ocurrió cuando éste se encontraba en un partido de beisbol con un acompañante cuando de repente abordó su camioneta y se topó, o huyó y luego fue interceptado, con la Marina, siendo abatido en la calle sin que los marinos supieran que se trataba del líder de Los Zetas hasta que los peritos locales les avisaron, claro, hasta después que un comando armado habría asaltado la funeraria particular a donde supuestamente depositaron el cadáver, y que por eso no presentaban el cuerpo.

Los analistas del narcotráfico analizarán las posibles consecuencias y ambages que pueden resultar del aparente deceso de Lazcano. Un asunto que propiciaría el morbo y acaso en lo más importante: que la gente se entere cómo esto repercutirá en su cotidianidad, con sus pueblos y ciudades tomadas como plazas de la criminalidad armada. Sin embargo, existe algo más dentro de la forma en cómo se dio a conocer, y luego cómo se manejó esta información.

A sabiendas que las redes sociales en México son caldo de cultivo para el rumor, es muy fácil para la burguesía propietaria de los medios masivos de comunicación acuñada en Televisa, que actualmente controla el aparato del poder público nacional, desatar indicios de un hecho para que sean atados por la histeria colectiva en múltiples versiones de una supuesta verdad.

La tarea principal de esta táctica de terrorismo mediático es sembrar con violencia supuestos una pretendida verdad a través de los medios masivos con un fin político o económico.

No es casualidad que la información sobre el abatimiento de Heriberto Lazcano se haya producido justo en el día que el Senado de la República aprobara el dictamen de Reforma Laboral. Y no sólo por esta iniciativa en particular. La maniobra se conecta con la transición del poder presidencial y los intereses creados para salvaguardar el gran negocio de la explotación de los recursos a través de su legitimación política, económica y armada, en medio de la crisis global del capitalismo que busca asegurarse su futuro con la privatización de bienes públicos en países inestables. Piénsese que México es un país situado en África y confírmese su calidad de Estado fallido, sin que esto sea negado por los medios de comunicación.

En la trama superior del poder político y económico de los monopolios a través de acciones armadas –legales o ilegales-, la muerte de El Lazca es tan sólo la muerte de un capo, como la caída de un Secretario suele serlo, sustituible como cualquiera. Quien paga, manda. Y quien paga, es el gran capital donde lo mismo caben banqueros, políticos, industriales y poderosos narcotraficantes, casi siempre, todos interconectados por sus áreas de inversión.

Así sucedió con la operación Contra-Nicaragua en la década de 1980, cuando desde Washington se alentó la producción de cocaína para poder financiar la compra-venta de armas para equipar los operativos de anti-insurgentes en contra de la Revolución sandinista. De acuerdo a los documentos desclasificados ofrecidos por la periodista Anabel Hernández en su libro “Los señores del narco”, esto propició el crecimiento de grandes capos como Amado Carrillo Fuentes en México y Pablo Escobar Gaviria en Colombia, alzados y hechos caer de la mano de Estados Unidos.

Claro, abajo la guerra puede tornarse tan cruenta e impune como se ve en los caminos de México. Pero la del narco, como cualquier guerra, también es un negocio que involucra compra y venta de armas, equipamiento militar, rutas, vehículos, investigación y exploración de nuevos mercados, con ganancias tan estratosféricas que hacen lucir imposible su cancelación. Y con la protección de los organismos políticos y judiciales de todo orden, la inversión es segura. Pero ninguna guerra es eterna, y esto lo sabe bien la plutocracia mundial. Por ello hay que abrirse a nuevas facturas. La explotación privada de los recursos naturales, principalmente el agua y el petróleo, es el negocio en boga y detrás de ellos, los minerales. La idea es neutralizar la rebelión mediante la legalización, también, de la explotación humana.

Más en: http://buitre.blog.com

 

*El autor es periodista mexicano, Premio Nacional de Periodismo.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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