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Con voz propia

Mexicano en EEUU realiza cuarta huelga de hambre por Ayotzinapa

Leobardo Santillán, activista por la justicia de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, realiza cuarta huelga de hambre y anuncia la quinta en EEUU

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Leobardo Santillán realiza su cuarta huelga de hambre para exigir justicia por los 43 estudiantes desaparecidos en México. Foto: Francisco Ramírez/Radio Rebeldía NY

Leobardo Santillán realiza su cuarta huelga de hambre para exigir justicia por los 43 estudiantes desaparecidos en México. Foto: Francisco Ramírez/Radio Rebeldía NY

Francisco Ramírez

Radio Rebeldía/La Voz del Migrante en NY

El 21 de marzo del año en curso tuvimos la visita solidaria, aquí en Nueva York, del activista Leobardo Santillán, proveniente de Houston, Texas, quien con una acción casi suicida desafiaría las condiciones del gélido clima, la lluvia y el acoso de la policía del Estado. Con la cuarta huelga de hambre y en su recorrido itinerante por los Estados Unidos, se plantó frente al edificio de Naciones Unidas para dar visibilidad y pedir justicia por los 43 estudiantes de Ayotzinapa, víctimas de desaparición forzada el pasado 26 de septiembre de 2014, y por otros actos impunes perpetrados por el narcoestado mexicano.

El apoyo recibido por activistas de Nueva York que con eficiencia y armonía se organizaron para recibir a este “Tigre” fue muy positivo y relevante para la causa, más aún por la espontaneidad con la que se unieron al movimiento, especialmente las mujeres que con su fuerza y corazón cuidaban de Leobardo Santillán en esas noches de desvelo, lluvia y frío.

Foto: Francisco Ramírez/ Radio Rebeldía

Foto: Francisco Ramírez/ Radio Rebeldía

Durante nueve días en huelga de hambre, varios hombres y mujeres solidarios durmieron a la par del activista por Ayotzinapa, soportando también el desfavorable clima y el acoso policial. La lección de vida y carencia de egoísmo que Santillán nos vino a regalar es inconmensurable. El clima no hacía mella en su idealismo y sentado en un jardín frente a la ONU enfrentaba los acosos policíacos.

¿Por qué lo hacía?, se le preguntó, y su respuesta fue contundente: él también era padre de familia y se ponía en los zapatos de los padres de Ayotzinapa. Allí conoció a Antonio Tizapa, padre de uno de los estudiantes desaparecidos que varias veces se quedó con él apoyando esta inusual acción política.

Originalmente, la huelga de hambre era por diez días, pero debido a las condiciones climáticas y de salud del activista, decidió terminarla en el noveno día, el 29 de marzo, y en el cual casi el desenlace  es fatídico.

Después de levantar la huelga de hambre, se dispuso entregar una carta a la ONU siguiendo los protocolos establecidos por esta institución. Fue allí donde se desarrolló el incidente que casi cuesta la vida al compañero Santillán, quien sufre del corazón y presión alta. Los hechos narrados por algunos testigos señalan que la reacción de los custodios de seguridad cayó en la falta de educación y respeto quienes al ver a Santillán portar una camisa que siempre usa como símbolo de solidaridad de los activistas que lo conocen y en la cual lleva estampadas la firma de todos ellos en señal de apoyo y cariño, se dirigieron a él con lenguaje soez y haciendo alusión a su camisa exigiéndole que se la quitara para poder entrar.

Santillán respondió que tenía derecho a entrar vestido de esa manera. Sin embargo, la sicosis de las autoridades por los recientes actos de “terrorismo” no se hizo esperar ante la insistencia de Santillán. Los policías inmediatamente pidieron más refuerzos y lo arrestaron. Pero ya esposado, Santillán se mareó y se le subió la presión por su condición médica y las secuelas de la huelga de hambre. Apenas pudo sentarse en el suelo, pero posteriormente acabó en una camilla del Hospital Bellevue.

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Varios activistas de Nueva York acompañan en el hospital a Leobardo Santillán después de su noveno día de huelga de hambre. Foto: Radio Rebeldía

Postrado en la cama de hospital, mientras se recuperaba física y anímicamente, nos advirtió que recuperaría su camisa. En unos meses, dijo, que realizará su quinta huelga de hambre.

La historia queda aquí documentada con fotografías, testimonios y videos. Sin duda, la historia de un hombre con convicción, corazón y decidido a entregar la vida para que se haga justicia por los 43 jóvenes desaparecidos por las mismas autoridades mexicanas. Queda registrado también la solidaridad de activistas de Nueva York que siguen la lección de vida del llamado “Tigre de Houston”, Leobardo Santillán.

Video: Entrevista a Santillán

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Con voz propia

Corrupción en México, una avalancha sin contención

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SIN ANESTESIA

Por Gilberto Meza

Hablemos de cosas serias. Desde que hace dos semanas varios medios de comunicación, entre ellos Proceso y el portal noticioso de Carmen Aristegui publicaron un reportaje titulado “Sembrando Vida y la Fábrica de Chocolates”, en una clara referencia a la historia de Willy Wonka, en el que se revela la oscura relación de los hijos del presidente López Obrador y el que es quizás el principal programa de políticas públicas de su administración (en la que sus hijos participan como productores de cacao y con una empresa chocolatera). Las cosas no han ido bien en Palacio. Como es ya una costumbre a la que no deberíamos acostumbrarnos, estalló en cólera y lanzó dardos envenenados tanto a la revista como a la periodista, a la que siguió una campaña de descalificación y la difusión de un libelo infamante. El reconocido periodista Rogelio Hernández, en su columna en el portal del diario Eje Central, escribió el martes 7 de diciembre su temor de que “alguien agrediera físicamente” a la periodista, hoy convertida en blanco por el mandatario. Las redes y el libelo destilan odio, y siguen la ruta de otros muchos y reiterados ataques contra otros periodistas críticos de su gobierno.

Pero ése fue sólo el preámbulo. En los días siguientes, el día 6 de este mes, para ser exactos, han continuado las revelaciones contra su círculo más cercano, en notas principales de los diarios Reforma y El Universal, revelando, cada uno por su lado, operaciones millonarias y la compra de al menos 122 autos de lujo por parte del fiscal general de la nación, así como operaciones millonarias en sus cuentas y, no podía faltar, cuentas en paraísos fiscales, como las también recientemente reveladas en los Pandora Papers. Esto en Reforma. El Universal, por su parte, reveló operaciones inmobiliarias de su recién removido jefe de la Unidad de Inteligencia Financiera, encargada de combatir la corrupción, por más de 24 millones de pesos, sólo en los tres años que detentó el cargo y lo que no se corresponde con sus percepciones, pero sobre todo con la austeridad republicana que se pregona desde Palacio.

Por si esto fuera poco, el periodista Carlos Loret de Mola circuló en redes un video de 2017 en el que su secretario particular se forma una y otra vez en la fila de un banco para hacer depósitos (él y otros cinco de sus allegados) de 50 mil pesos para evitar que el manejo de efectivo sobrepasara los límites impuestos por el gobierno, en una cuenta abierta presuntamente, con aportaciones de la ciudadanía, para apoyar a los damnificados del terremoto de ese mismo año, y que el Instituto Federal Electoral había considerado un delito pues el dinero, casi 90 millones de pesos, fue a parar directamente a las campañas políticas del partido del presidente, un modus operandi con el manejo de efectivo que ya se había revelado en escándalos anteriores. Desde aquella fecha, 2004, se han revelado varios sucesos como éste, que incluye incluso a dos de sus hermanos, del presidente, y a muchos cercanos a su movimiento. La publicación de los videos le valió al periodista Loret de Mola que el presidente lo calificara de “corrupto”. El periodista le respondió en Twitter que los corruptos eran, justamente, los que recibían dinero en efectivo, como sus hermanos, o contratos amañados, como su prima, o Bartlett, director de la Comisión Federal de Electricidad y dueño de una inmensa fortuna en propiedades inmobiliarias.

Como fuere, es claro que el presidente está dañado en donde más le duele, es decir en su combate a la corrupción. La lista de corruptos cercanos al presidente, cada día más cercanos, crece día con día, y es una avalancha que no se ve cómo pueda detenerla.

De ahí su animadversión, para decirlo suavemente, a los periodistas y la prensa crítica. Cuando alguna nota o reportaje descubren la corrupción en la Presidencia, ataca a los medios, a los reporteros, a los periodistas, en lugar de atacar la corrupción de sus allegados, por más que hayan sido filmados en video, grabados en audio o fotografiados cometiendo un posible delito. Se dice atacado, casi incomprendido, y la prensa y los periodistas peligran. Van 45 asesinados desde que asumió el poder, y no parece que este recuento haya concluido.

Lo que es un hecho es que los periodistas le han perdido el miedo.

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Arteleaks

El futuro de los reporteros, sólo en sus manos

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Por Gilberto Meza*            

No soy un reportero; ni siquiera estoy seguro de ser un periodista, por más que haya pasado largos años en las redacciones de periódicos, revistas o agencias de noticias. Lo que sí soy es un escritor con intereses múltiples que intenta acercarse a la realidad desde diferentes frentes. O por lo menos es lo que he creído de mí mismo y de mi trabajo.

También sé que el periodismo ofrece oportunidades inestimables para abordarla, pero en su sino este acercamiento se ofrece como la que podría tener un entomólogo. Quiero decir que mi forma de abordarla parte de al menos dos fuentes: los libros, periódicos, revistas y todo tipo de material de investigación, incluidos estudios, informes, entrevistas, la clase adecuada de material forense, como se dice ahora, y que uno necesita cuando investiga, y de la observación y experiencias personales, de mis preocupaciones y de mi voluntad por poner un grano de arena ante una realidad que desde que tengo memoria me resulta injusta, dolorosa, indignante, pero sobre todo transformable. Es cierto que no me considero optimista sobre la deriva de la humanidad, y que a veces creo no estar muy lejos de la misantropía, pero también es verdad que siempre he estado convencido del valor de la palabra, de las palabras. Es por ello que no he cejado, en toda mi vida adulta, de hacer de ellas mi principal arma de batalla. Son mi trinchera particular.

Todo esto para decir que mi visión es libresca, limitada y parcial, como es siempre el trabajo de un escritor más o menos solitario que apuesta a la escritura para descifrar el mundo y lanzar su conjuro en un golpe de dados que, como quería Mallarmé, nunca suprimirá el azar. Tal vez la suerte falle y no logre su cometido, pero la experiencia me ha enseñado lo que muchos otros, hombres y mujeres, han logrado con ellas, con sólo un puñado de ellas, lo que me da un poco de confianza, y porque he visto también que es en la escritura donde cada uno de nosotros puede revelar si es capaz de expresarse correctamente, es decir de forma verosímil. Esa es la apuesta. Porque tal vez todo consiste en hacer las preguntas adecuadas, es decir en hacérnoslas nosotros para que sepamos qué buscar en la realidad, cómo encajan en ella nuestros prejuicios y limitaciones, y decidir con base en ello qué escribir y cómo, porque a veces estas decisiones pueden ser la diferencia.

Me he debatido sobre la forma en que lo haría, pero mientras investigaba escribía y escribía textos, desentrañaba misterios y buscaba las preguntas. Porque no tenía respuestas; de hecho, si algo puedo ofrecer ahora son preguntas, unas abiertas y otras cerradas, pero sólo preguntas. Y son las que quisiera dejar hoy aquí entre los oyentes.

Tal vez nada me haya impresionado más que haber tenido la oportunidad de visitar los gabinetes de trabajo de dos grandes figuras históricas. El primer de ellos escribió: Si quieres cambiar el mundo, toma la pluma y escribe. Me refiero, desde luego a Martín Lutero, y el gabinete al que me refiero era la torre de un castillo medieval al sur de Alemania, un espacio pequeño, iluminado por una vela de cebo, con una mesa me madera brusca y una silla del mismo material. Y una biblia en latín. Y el segundo era el de Goethe, también en Alemania, en la ciudad de Weimar. En el primero Lutero traducía la biblia al alemán vulgar, lo que constituyó la mayor herejía de su tiempo, y de paso cambió la historia primero de las religiones y luego de la misma forma de mirar al mundo, y el segundo contenía una de las mayores bibliotecas de su tiempo, con poco más de seis mil volúmenes y a la que pude asomarme tímidamente. Ambas se asemejan porque me dejaron ver que no hay un solo camino para bosquejar la realidad.

La Ofensiva

Pero entremos en materia. El periodismo debe ser un espacio de reflexión, dice Alma Guillermoprieto, premio Princesa de Asturias. Y ese es el rasgo que ella atribuye a esta profesión lo que la hace tan insoportable para el poder, en un momento de nuestra historia en que la prisa parece dominarlo todo. Tenemos prisa por gastarnos el tiempo, por divertirnos, por ganar dinero. Las bolsas de valores del mundo desde hace decenios, conscientes de que el tiempo era insuficiente, decidieron inventar un nuevo instrumento: los mercados de futuros. Sí, un futuro que ellos pueden planear, vender desde ya, ganar más y más condicionando la producción, sobre todo de materias primas, con una regla básica: si las cosechas superan sus expectativas, ellos ganan más; pero si no las alcanzan, los que pierden son los productores. Y así vivimos cada día más todos nosotros, esperando que el presente pase rápido para comprar el último modelo de teléfono inteligente.

Y todo ello, ¿por qué?, se preguntan los periodistas, reflexionan los editores, indagan los reporteros. Y eso es malo para el negocio. Pero esa es su función: investigar lo que hay detrás de todo lo que hacemos, tratar de darle sentido a lo que vivimos como sociedad.

Y eso, insisto, molesta al poder, sea político, económico, financiero o del tipo que sea.

En el año 1992 la periodista bielorrusa Svetlana Aleksievich debió enfrentar un proceso, largo y desgastante, por la denuncia de una de las madres que había entrevistado para su libro Los muchachos del zinc, en la que narra los hechos silenciados por el Kremlin sobre la intervención que dejó un saldo mortal de un millón de muertos afganos y más de 15 mil soviéticos en la guerra entre 1979 y 1989, una década de muerte.

La autora, galardonada en 2015 con el Premio Nobel de Literatura por sus meticulosos testimonios, dueña de un estilo que no ahorra al lector la crudeza de los hechos que reseña, salió airosa de esa prueba que, como se denunció entonces, fue montada por las autoridades de Moscú, con la intención de desacreditarla y cuestionar la verdad que su libro muestra.

Otros no han tenido tanta suerte. Es el caso de la periodista rusa Ana Politkóskaya, asesinada en su domicilio en un crimen nunca aclarado pero que se cataloga como crimen de Estado por la fuerte crítica que ejercía sobre la represión del gobierno de Putin en la guerra de Chechenia.

Su caso, ciertamente, no es ni nuevo ni novedoso, ha sido una estrategia constante contra periodistas y reporteros, incómodos desde que tenemos memoria. Si algo sorprende acaso es la rabia con que se presenta hoy.

Se trata, en esencia, del viejo enfrentamiento entre la libertad de expresión y el poder, que se pretende dueño de ese derecho que compete a los ciudadanos.

Pese a las subdivisiones que se han hecho en el periodismo actual. Y esa esencia es lo que lo hace tan incómodo al poder, pues lo cuestiona y confronta, le obliga a explicar sus acciones, algo a lo que no está acostumbrado, y pone en duda sus intenciones al confrontarlas con la realidad.

En México algo sabemos de eso. Es el caso de Javier Valdez, uno de los fundadores de RíoDoce ejecutado en una calle de Culiacán el 15 de mayo de 2017 por sus denuncias contra el crimen organizado y sus relaciones con el poder, o el de la reportera Miroslava Breach, también asesinada en Chihuahua el 23 de marzo de ese mismo año, y así podríamos seguir hasta llegar a los 45 reporteros asesinados sólo en el curso de los últimos tres años. Sí, durante este gobierno. Si consideramos los últimos tres sexenios la cifra llega a muchos más de 100. Eran 104 contando a Miroslava, o 105 a Valdez, pero desde entonces el número se incrementa con increíble velocidad. Casi no hay semana en que no se ejecute a algún periodista o luchador social, ecologista o defensor de reservas forestales.

En los últimos diez años 278 periodistas han sido asesinados en el mundo, de acuerdo con una reciente investigación del Comité para la Protección de los Periodistas, una organización mundial que reclama su protección. Sí, la profesión de los periodistas, es decir de los reporteros, es riesgosa. Lo significativo es que casi el 90% de esos crímenes siguen impunes. En México son víctimas, me atrevería a decir que por igual, lo mismo por los criminales que por alguna instancia de poder, por el gobierno; lo mismo podemos decir de los luchadores sociales, incómodos también para los negocios del poder.

El caso de Julián Assange es distinto. Él no es periodista, sino un luchador social por los derechos civiles y la libertad de prensa, al igual que Edward Snowden, un ex analista informático de la CIA, quien como Assange hicieron públicos documentos clasificados, aunque él pudo escapar, mientras que Assange, luego de diez años, lucha por no ser extraditado a EU donde sería juzgado por traición y seguramente condenado de cadena perpetua.

Pero todos ellos forman parte de esa misma familia, la que reclama los derechos civiles, o humanos, o a la privacidad o simple y sencillamente el derecho a una prensa libre, derechos por cierto consagrados por las constituciones de los países que los condenan. Para unos se pide prisión; para otros, silencio.

Los riesgos

Desde la promulgación de la llamada Ley Patriota en los Estados Unidos esa ha sido la constante, que ha dejado ya varias víctimas. Pensamos, desde luego, en Assange, pero hay muchos otros que han enfrentado cárcel y exilio. Prácticamente todos esos casos enarbolan en muchos sentidos uno de los elementos que han cambiado el mundo del periodismo, es decir el que se abrió paso, a codazos, en el universo digital que trajeron consigo las nuevas tecnologías de la información. Hablamos del derecho a saber.

Este hecho contrasta, y actualiza, los métodos extremos de que se habían valido los reporteros para investigar, denunciar y poner en evidencia la explotación, el expolio o la degradación de amplias capas de la población, como Gunter Wallraff, autor de los libros El periodista indeseable, Cabeza de turco, y varios más. Su método conocido como investigación encubierta, o periodismo de inmersión, nos dio algunos de los mejores libros de reportaje de la segunda mitad del siglo pasado. Y cómo olvidar a Oriana Fallaci, herida de bala el 2 de octubre de 1968 durante la represión del ejército en la ciudad de México. Hablamos, desde luego, de una vertiente del periodismo de investigación, que vive en México uno de sus momentos estelares, casi tanto como el que se conoce como periodismo narrativo, con sus grandes estrellas como Gabriel García Márquez (Historia de un secuestro o Retrato de un náufrago), así como la obra de Ryszard Kapuscinski (El Emperador, El Sha, Ébano…), o la obra que sigue escribiendo el cronista Jon Lee Anderson.

El hecho es que hoy contamos también con reporteros bien formados, preparados intelectualmente y con buena pluma, lo que nos habla de años de trabajo formativo en las distintas redacciones de nuestro país y en muchas del mundo. Son reporteros comprometidos con el oficio; la mayoría jóvenes y bien plantados, que hablan lenguas extranjeras y son capaces de entender el idioma de las nuevas tecnologías y de sus plataformas, lo que también nos habla de profesionales atentos al acontecer mundial. Esto quiere decir que dejamos el provincianismo y si me apuran diría la actitud parroquial que ha sido la marca del periodismo mexicano durante larguísimas décadas, iluminadas apenas por el trabajo de autores como Manuel Buendía, algunos de cuyos asesinos comparten hoy el poder de la 4T, o Miguel Ángel Granados Chapa o el mismo Julio Scherer García. No es que antes no hubiera mujeres brillantes, las había, pero el sistema les impedía brillar, aunque permitió la existencia de una Poniatowska.

Tampoco es que los periodistas que acabo de mencionar hayan sido los únicos. En la mal llamada provincia mexicana han existido siempre reporteros y periodistas de enorme valía, pero no existían los instrumentos que permitieran compartir su trabajo con los demás.

Habría que decir que al menos en ese sentido el desarrollo de la tecnología de la información nos ha dado herramientas que nos permiten salir del ostracismo. Ha sido, sin lugar a dudas, la mayor revolución en los últimos 50 años. Que haya sido utilizada para tan diversos fines de la globalización no es su responsabilidad: las herramientas no tienen ideología, sólo se les da el uso que se quiere o se puede, y sí las tecnologías de la información es lo mejor que nos pudiera haber ocurrido a los individuos, aunque tarde y desafortunadamente no ocurrió lo mismo con la industria de la información, que entregó su modelo de negocios sin entender lo que perdía frente a los nuevos gigantes, ¿cómo es que Google, Facebook y el centenar de empresas como ellas se hacen de los recursos que les corresponderían a los diarios? En 2009, Andrew Neil, ex director de The Sunday Times de Londres, aguerrido defensor del acceso gratuito en sus orígenes, y quien reflejó entonces el gran desengaño que sufren hoy los grandes diarios, y los periodistas, cuando señaló: “La tecnología era nueva y no la entendíamos. Nos dijeron que si conseguíamos muchos lectores el dinero vendría después. Pues los conseguimos y el dinero no llegó”. Y eso fue el principio del fin.

Algunos datos como los siguientes ilustran las consecuencias de este fenómeno. En julio de 2017, el día 10 para ser exactos, News Media Alliance, asociación integrada por unos dos mil grupos de medios, entre los que se cuentan los influyentes The New York Times y The Wall Street Journal, acusó en un comunicado que frente a Google y Facebook se ven forzados “a entregar sus contenidos y jugar bajo sus normas sobre cómo presentar, priorizar y monetizar las noticias y la información”, toda vez que dichas plataformas “distorsionan el valor económico que se obtiene haciendo buen periodismo”, y puntualizó que sólo estas dos empresas se llevaron más del 70% de los 73 mil millones de dólares que se gastan actualmente en publicidad en la Web.

“Pero estos dos gigantes digitales no emplean reporteros. No hurgan en los archivos públicos para descubrir corrupción, ni envían corresponsales a zonas de guerra ni cubren el juego de anoche. Ellos esperan que la económicamente exprimida industria de noticias haga por ellos ese costoso trabajo”, escribió en el WSJ el director ejecutivo de la News Media Alliance, David Chavern.

En Estados Unidos, donde es posible seguir desde sus inicios este fenómeno, entre 2001 y 2016 los periodistas perdieron 328 mil empleos: de 9,310 empresas de medios que existían en ese primer año, sólo sobrevivieron 7,623 al concluir el segundo, es decir 18% menos. Los empleos en el sector cayeron 57.8%, y esta situación se repite con sus particularidades en prácticamente todo el mundo Occidental, excepto en los llamados países emergentes, donde el periodismo cobra fuerza, quizás por el hecho de que estas naciones llegaron tarde al proceso de mundialización y sus efectos todavía no se dejan ver en toda su crudeza.

En México, por ejemplo, de acuerdo con una investigación del periodista Roberto Fuentes Vivar (en su columna Diario Ejecutivo), de 2008 a diciembre de 2017 (no hay cifras previas en el sector), el número de periodistas, diarios y revistas se habría reducido apenas 15.1% y 18.2%, números que sorprenderían si no fuera porque ahora cada periodista empleado realiza el trabajo de cuatro, en una sobreexplotación tolerada por todos ante la creciente falta de opciones. Todo ello en un país, México, con 875 diarios reportados en 2014, 328 revistas, 53 empresas televisivas y 857 radiofónicas, pero donde el tiraje sumado de todos sus periódicos no alcanza el millón, y bajando, como escribió Jenaro Villamil en Proceso en 2017.

El Metauniverso

Por si todo esto fuera poco, hoy los periodistas deben competir contra un nuevo enemigo, el del universo mágico. Así, es común leer, luego de repasar las noticias que nos trae cada día nuestra compleja realidad, la información correspondiente a la de los héroes y heroínas y los villanos de ese metauniverso que ya forma parte de nuestra cotidianidad. Nos enteramos así que todos los actores y bellas actrices encarnarán a tal o cual personaje de ese universo Marbel, o de Amazon o de cualesquiera de las plataformas que inundan nuestra vida y nos hacen tan felices, que de eso se trata, de darle alegría a nuestra aburrida realidad. Convierten en glamour la vida de los narcotraficantes, los ladrones internacionales, los espías y, quién lo duda, algunos terroristas, siempre desde la visión maniquea a la que estamos tan acostumbrados en México. Una realidad sin matices, en blanco en negro, y que vuelve a esos personajes tan cercanos, tan parecidos a nosotros mismos, o al menos a nuestras aspiraciones, y que quizás por todo ello nos permiten interiorizar la violencia que vivimos, a normalizarla, a verla como algo natural.

Ya vivimos otras ficciones, complots habría que llamarles, en el pasado, y tuvieron la misma fuente. Que ahora se presente en forma tan inocente no debe engañarnos. Ni el comunismo durante la Guerra Fría, ni la lucha contra las drogas a partir de los 70 o del terrorismo en el 2000 deben engañarnos.   Lo que ese metauniverso, alternativo, busca es alejarnos de la realidad cotidiana. Su necesidad se hizo evidente como parte de la estrategia de reencantamiento del mundo, lo que quiere decir de hacernos volver al mundo mágico que había sido superado hace ya más de un siglo por la ciencia y la filosofía, por el psicoanálisis y la biología. En ese mundo mágico las cosas no ocurren debido a nuestros actos, sino a la suerte, al destino o por intervención divina, es decir por alguna fuerza más allá de nuestros actos y sus consecuencias, lo que nos exime de cualquier responsabilidad. Es el karma, se suele decir, y de esta manera quedamos a salvo. Como pueden apreciar, es un pensamiento atractivo.

Es contra estos problemas que los periodistas de hoy deben batallar.

En este proceso todos perdimos. Periódicos y periodistas, pero también los ciudadanos, que no sólo han ido perdiendo derechos sustantivos sino a quienes además se les escamotea su privacidad, una batalla que tomó siglos concretar. Hoy ya no la tenemos, y estamos enfocados en un proceso en el que la misma información se trasmuta de pública a privada. ¿Que qué quiero decir? Que el objetivo último de las empresas tecnológicas es que los ciudadanos nos convirtamos en el objeto, en el objetivo de la información. Y lo están logrando.

Lo que no debemos olvidar es que desde hace al menos dos siglos, el periodismo ha permitido ordenar al mundo. Y es justo por eso por lo que resulta tan peligroso para la clase política, el crimen organizado o el nuevo orden financiero mundial.

Porque el periodismo, y los reporteros en primerísimo lugar, tratan de explicar el mundo, los hechos, más allá de una visión social en blanco y negro. La realidad, lo hemos sabido siempre, está hecha de matices cuyo origen pretendemos desentrañar. Los hechos, la represión, los crímenes, no ocurren por ensalmo, ni se eliminen por conjuro, para continuar con la metáfora. Hay una palanca que los mueve, intereses que se benefician, poderes que se confirman. Hay una razón y un interés porque determinados hechos ocurran. Los reporteros indagan los resortes que los impulsan, los negocios detrás de la opacidad gubernamental. ¿Quién se beneficia de ella?, es la pregunta.

¿Por qué el poder tiene tanto miedo a la información?, ¿por qué se prefiere el silencio?, ¿por qué les da tanto miedo que un reportero, o un medio, investigue el tráfico de influencias en el poder? Ésta y muchas otras preguntas son las que motivan al nuevo periodismo, que no es sólo político, sino también ambiental, social, educativo…, pónganle el adjetivo que deseen, en todos van a descubrir los intereses ocultos que el discurso del poder intenta ocultar de los ojos de los ciudadanos. Eso explicaría por qué al menos 45 periodistas han sido asesinados en lo que va de este sexenio, o los 94 defensores ambientales.

Los reporteros, por fortuna, prefieren hablar, es decir escribir, publicar sus hallazgos, y hacerlo incluso de manera estridente para que los escuchen. Bien fundamentadas sus investigaciones para que no puedan ser negadas, y lo más ampliamente posible para que alcancen a los más.

Llama la atención, por lo menos a mí, que únicamente las investigaciones periodísticas hayan puesto a la discusión pública los grandes asuntos nacionales, de la famosa Casa Blanca a la Estafa Maestra o el escándalo Odebrecht. Para el poder nunca existieron. Incluso hoy no hay apenas avances. A la autoridad no le interesa investigar, castigar, poner ejemplo. No puedo dejar de recordar el caso del periodista hidalguense Alfredo Rivera Flores, quien en un libro extraordinario, La Sosa Nostra, porrismo y gobierno coludidos en Hidalgo, revelo los negocios sucios del poder en ese estado, y que le costó un larguísimo proceso de 18 años y el pago de una multa estratosférica por evidenciar una poderosísima organización criminal que opera como aliada de los poderes en turno, incluyendo, cómo no, al actual. Porque se le considera un aliado, no un adversario político.

Pero, hay que decirlo, justo para eso sirve el periodismo. Para, como dije antes, ordenar el mundo, darle coherencia e intentar crear un lugar mejor.

La transición hacia el periodismo del siglo XXI, sin embargo, no ha sido fácil, ni para los medios ni para, sobre todo, los reporteros. Es verdad que en muchos sentidos la incorporación a la vida cotidiana de la llamada red de redes ha venido a facilitarnos la vida y a ampliar los márgenes de la comunicación. Gadgets, redes y comunicación vía satélite, sin embargo, han creado nuevos problemas para los reporteros, fotógrafos y editores. Hoy los teléfonos inteligentes han transformado a cada poseedor en testigo y difusor de los hecho, sin criterios ni experiencia, pero que responden, todos, a la simultaneidad tan apreciada por las nuevas generaciones, y esa simultaneidad ha obligado también a los medios a entrar a esa carrera en la que tiene todas las de perder.

Hemos traslapado el interés público por el privado. El mundo es un lugar que es interesante sólo porque yo estoy en él. Esto encierra también todos los riesgos a la privacidad, a la individualidad y a una vida cotidiana plena, que es donde todos realizamos nuestra vida. Y esa es la apuesta de las empresas tecnológicas. Su apuesta es a que como todos tenemos una vida cotidiana sin sorpresas ni emociones, como aspiramos que sea, entonces lo que le ofrecemos es diversión, una inagotable lista de diversiones que le permitan matar el tiempo, función que un día llegaron a cumplir los crucigramas.

Pero ese es otro asunto. Para lo que nos ocupa, valga decir que esas coberturas en tiempo real nos han llevado a que se desvalorice el periodismo de investigación, el análisis de fondo, los enviados de guerra, los fotógrafos y camarógrafos profesionales y, desde luego, los corresponsales. Ya no los necesitamos por alguien subirá una foto, un video, un comentario jocoso o, todavía mejor, alguien transmitirá el atentado, el accidente o lo que sea desde el mismo lugar de los hechos y con su imagen incluida. Ha sido un largo proceso de desvalorización en el que, sin embargo, no podemos culpar a nadie sino a los propios medios, incapaces de entender lo que significó la toma del internet por parte de las empresas tecnológicas, que no sólo se apropiaron de su información sino también, lo que resultó más grave, de su negocio.

La cabeza de Medusa

La pregunta no es, no debe ser, sobre cuál es el futuro de los reporteros, sino si los reporteros tienen algún futuro. No estoy hablando del periodismo como tal. Es indudable que apenas por entrar a la tercera década de este siglo XXI que tantas sorpresas nos ofrece, el periodismo se está viendo obligado a reinventarse, y los reporteros enfrentan su propia disyuntiva: subsistir o desaparecer.

Sé que suena drástico, sobre todo después de más de cien años en los que su trabajo ha sido indispensable para explicarnos la historia que vivimos, por la transformación que experimentan los medios tradicionales, donde habían encontrado un espacio. Esto en momentos en que la nota informativa se ha convertido en la reina del festejo.

Es cierto también que los reporteros no se han dormido en sus laureles. Desde hace muchísimos años, han encontrado en el libro un espacio privilegiado, que ha su vez ha dado lugar a géneros, y subgéneros, de la crónica al periodismo narrativo, altamente apreciados por los lectores que buscan no sólo la sorpresa de sus revelaciones sino también el goce de estilos que podemos considerar icónicos. Pero hay que reconocer que sólo unos pocos han alcanzado esa excelencia; la mayoría sobrevive en los medios tradicionales, sin más esperanza que completar la quincena.

Los medios más fuertes y visionarios siguen apostando por el reportaje, y han formado baterías de reporteros de altísima calidad, pero son los menos, y su futuro sigue atado al destino de aquellos que acaban de encontrar, luego del avasallamiento a que fueron sometidos al fenómeno de las así llamadas empresas tecnológicas.

Por sin esto fuera poco, deben trabajar en un mundo cambiante y cada vez más violento, en el que acaban convertidos en blancos de esa violencia criminal.

Hasta hace algunas décadas, los periodistas eran las víctimas de regímenes autoritarios, pero hoy, aunque aquella situación persiste, son más bien objetivos de la criminalidad que arrastran consigo los grupos criminales. Lo peor es cuando las dos situaciones se conjuntan. Reporteros sin Fronteras y otras organizaciones similares han alertado de esta situación en muchos países, destacadamente México, con uno de los peores registros de asesinatos de periodistas en tiempos de paz, una paz condicionada por la actividad criminal y la violencia que ejercen los dueños del poder político. Los reporteros tocan sus intereses, los hacen peligrar al revelarlos mediante su trabajo de investigación.

Por eso las cifras de reporteros asesinados en México son escalofriantes, y suben en número año con año, no importa que se declaren alertas para su protección o que tampoco se declare abiertamente la censura. En los hechos, se les persigue y se les asesina, no importa lo que digan los gobiernos en turno, y tampoco si se declaran de derecha, centro o izquierda. La persecución a que son sometidos, y los reclamos desde el poder les ponen una marca, una especie de estigma, que los convierte de esta manera en objetivos críticos, y por lo tanto molestos. Prescindibles.

Lo que hemos descubierto a lo largo de las últimas décadas es que los reporteros han sido blanco del poder. Son seres incómodos, inquisitivos, preguntones, que además no se conforman con las respuestas oficiales, que quieren saber más: de dónde vienen las políticas públicas, por ejemplo; que es lo que esperan, a quién benefician, cómo se financian, por qué esa y no otra. En fin, que nunca quedan satisfechos. Y es esa insatisfacción lo que les da la oportunidad de ser un eslabón imprescindible en las sociedades. Y sí, se les contiene, se los reprime, se les cortan caminos para que puedan ejercer su oficio. Se les restringe y, la verdad, quisiera acabárseles, exterminarlos, y a veces lo consiguen, pero han probado ser como el mito de la Medusa: por cada cabeza que le cortan, surgen más. Dos, diez, cientos de nuevos reporteros que toman el relevo donde el otro lo dejó. Y exigen respuestas. Si se les acota en los diarios, buscan otras rutas, más independientes, más libres, menos frágiles, porque hoy la Red de Redes, que no es sólo las redes sociales ni las empresas tecnológicas, ofrecen ventajas comparativas que antes no tenían. Hoy su mensaje, como las palomas en los inicios de la agencia Reuters, llega a todos, sin pleonasmo. Como los mensajes del papa, urbi et orbi.

Y con esto intento responder la pregunta: sí, los reporteros tienen futuro, y ese futuro está, por primera vez en nuestra historia, sólo en sus manos. Es decir, estamos iniciando una época en que los reporteros no dependen de un editor, un jefe de redacción o el propietario del diario, la radio o la televisora. El gran reto es qué hacer con esa libertad.

 

*El autor es escritor, periodista y editor de Luna Media. Esta ponencia fue presentada en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, dentro del marco FIL Pensamiento Foro de Periodismo Cultural el 3 de diciembre de 2021.

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Con voz propia

AMLO: De la radicalización a la amargura

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TRAS BAMBALINAS  

Por Jorge Octavio Ochoa

Su rostro aquél, antes sonriente y lleno de bonhomía, se ha transformado en una mueca, que se marca en la comisura de sus labios. Las imágenes más recientes no dejan mentir. Su mirada es más dura, cruzada quizá por la amargura de tener en sus espaldas, la terrible loza de más de 460 mil muertos por una pandemia, que está muy lejos de terminar.

Es preocupante y empieza a dar miedo lo que ocurre en México. La radicalización ha empezado. Pero, en esta segunda mitad, ya no es sólo contra los “adversarios”, “conservadores” o “neoliberales”. No. Ahora viene el aviso para los feligreses. El control sobre MORENA es ya evidente y ya se registró el primer manotazo: ¡Nada de elección primaria o interna! Van por encuesta. Y Claudia Sheinbaum empieza a figurar a un lado del “manda más”.

Son imágenes y señales, al más puro y viejo estilo priista, acompañados ellos dos, por las cabezas de las fuerzas armadas, como un mensaje terrible en el uso del poder omnímodo.

“Los tenemos rodeados”, dijo alguna vez. Pero no es sólo contra sus enemigos; hoy, es también contra sus aliados. Se deshará de ellos, igual que lo hizo con el PRD. Anulará a todos los apóstatas. ¿No lo creen? Basta ver el caso Arturo Herrera.

“El movimiento soy yo”, es su máxima, y después será: “el partido soy yo”, y “la República soy yo”, con dictados verticales que no admiten objeción, porque ya los principales factores del poder están de su lado: El Ejército, la Marina, el Poder Judicial, el Legislativo, los tiene controlados; acompasado por una manipulación de masas, ahítas de apoyos, que nada garantiza que perduren, pero sí que hagan más grande la pobreza nacional.

Militarización 

En términos estrictos, México no vive todavía esa militarización que tanto se teme. Al menos no hemos vivido el terror de los “toques de queda” o la suspensión generalizada de las garantías individuales, como ya lo vivieron Argentina, Chile, Brasil, Paraguay.

Sin embargo, los índices de criminalidad que se han registrado en estos tres años son ya motivo de atención mundial. Dos de las ciudades más peligrosas del mundo están radicadas en México, sin contar la ruta del fentanilo. Más de 106 mil asesinatos violentos en su gobierno; más de 96 mil desaparecidos sin averiguación; el hallazgo de más campos de exterminio; indicios de actos de terrorismo con autos bomba y misivas explosivas.

El panorama es aterrador, y se refleja en la mutación del rostro del que ahora nos gobierna. Por momentos pareciera que está a punto de anunciar una depuración, lejos de todo intento de diálogo.

Los sucesos en el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), más los vituperios en contra de la UNAM y demás universidades públicas “por haberse derechizado”, son el toque de alarma que hoy resuena. Lejos de haber tomado lecciones de la pandemia y de las distorsiones abismales que vive la estructura del país, entró al cuarto año de su gobierno, todavía más radicalizado, enfurecido, y acuciado por los pecados de su círculo más cercano.

Es por eso por lo que, en los hechos, en el plano administrativo, sí se ha iniciado un proceso de militarización, con una evidente presencia del ejército y la marina en la administración de puertos marítimos y un futuro control de los aeropuertos. No se han dado a conocer las últimas cifras de ingreso a las escuelas de Educación superior en el ejército, marina y fuerza aérea, pero cada vez se incrementa la solicitud de jóvenes que buscan entrar a ese sector, para asegurar su futuro.

En suma, hay una negación de la realidad, tanto personal como colectiva. Por un lado, un presidente que se aferra a crear sus propias circunstancias; por el otro, una sociedad harta del encierro, incrédula de que la pandemia y la militarización existen.

Negación de la realidad

Después de 460 mil muertes y casi dos años de pandemia, el mandatario tronó otra vez contra los medios y los catalogó de “amarillistas”, luego de ocultar toda una noche el ingreso del primer infectado de Ómicron en el país.

“Al parecer hay un mexicano que estuvo en Sudáfrica y está internado en un hospital particular con síntomas de covid-19 y le hicieron la prueba y al parecer sí es ya, la nueva variante (Ómicron)”.

Fue la forma elíptica con que dio a conocer el ingreso de la nueva cepa. Y lo hizo igual que al inicio de la pandemia, hace ya casi dos años: minimizando, politizando un tema que está más allá de la voluntad de unos y otros. Pero él dijo que sus opositores “están utilizando a medios de comunicación para generar escándalos y dar un manejo sensacionalista sobre este caso”. En su concepción teológica, siente que con eso puede exorcizar al mal.

Al entrar Ómicron, advierte: “Eso no significa que haya más riesgos o que, como se llegó a decir, que era tan peligrosa esta nueva variante que no servía la vacuna. La vacuna sí protege de todas las variantes, por eso no debe de haber preocupación, mucho menos sensacionalismo de los medios, amarillismo para atemorizar sin elementos”.

Extraviado y exaltado  

En las imágenes de los últimos días, se ve a un mandatario exaltado, extraviado. Con una irritación sin límite contra aquellos que fueron sus aliados y que hoy empiezan a abandonarlo. Por eso viene la radicalización.

Concentrar a 250 mil simpatizantes, fue el acto más irresponsable de cuantos ha cometido en su mandato. Por mucho que su planteamiento teórico justifique gran parte de sus proyectos, la ejecución y las formas no guardan ningún rigor legal. Su discurso en el Zócalo fue casi impecable, como antaño, cuando encabezaba los mítines en todas las plazas públicas. El problema es que ya la mitad de su sexenio se terminó. No hay logros tangibles.

Los ejemplos más claros los tenemos, insistimos, en las universidades Benito Juárez, el INSABI o la Banca del Bienestar; en un aeropuerto que no acaba de gustar a muchos especialistas, y una reforma energética sumamente retrógrada.

Él necesitaba ese acto masivo, para oxigenarse nuevamente, para inspirar las almas de esos cuerpos que, él cree, todavía le son fieles. Eso lo empodera, excita su ánimo y su orgullo, pero los hechos lo van ahogando.

Es por eso por lo que, en varios tramos de su discurso, asomó un dejo de amargura, pero también de amenaza a quienes no sigan el ideario de lo que él busca implantar: un régimen socialista apuntalado con el ejército y demás fuerzas armadas.

Su mensaje, fue en parte para los jóvenes, pero también para los que aspiran a sucederlo: “¡Nada de zigzagueos!”, gritó desde Palacio, y dibujó en palabras a los que considera sus enemigos, en un discurso de odio que marca y divide en clases.

La imagen de los pecadores

“Los publicistas del periodo neoliberal, además de la risa fingida, el peinado engominado y la falsedad de la imagen, siempre recomiendan a los candidatos y gobernantes correrse al centro, es decir, quedar bien con todos…”

“Pues no, eso es un error. El noble oficio de la política exige autenticidad y definiciones. Ser de izquierda es anclarnos en nuestros ideales y principios, no desdibujarnos, no zigzaguear”.

Ese mitin fue la asonada, el “fuera máscaras” para quienes pretendan sucederlo en el 2024. Él es el gran elector, el dedo flamígero, el patriarca que marca el rumbo y decidirá los destinos del nuevo partido de Estado:

“Si se pronuncian a favor de los jóvenes y la justicia, manténganse, porque así sin perder la autenticidad, de manera consecuente, se va a contar con la simpatía, no solo de los de abajo, también de la clase media”, les dijo a los candidatos.

A los jóvenes les dijo que “la política no se hace en las cúpulas, con publicidad o redes sociales, sino con el pueblo”; “lo fundamental es la comunicación con el pueblo, con la gente…”

“Pero además no hacerlo fingido, sino tenerle amor al pueblo como nos enseñaron los buenos políticos”. El jefe de MORENA recordó así los viejos tiempos del antiguo PRI, que ahora busca refundar.

La arenga es fácil, de cara a la miseria monumental que vive México: “Con el pueblo, todo; sin el pueblo, nada”.  “¡Nada de medias tintas!”, les exige a los suyos, para que así demuestren su lealtad, so pena de ser señalados.

Así justificó la mayor presencia del ejército y marina en las áreas administrativas de su gobierno y rechazó, molesto, que esto signifique una militarización. Las fuerzas armadas nacieron con la Revolución Mexicana…

Los soldados son “pueblo uniformado”, acuñó en su discurso. “Las acusaciones de que se está militarizando el país carece de toda lógica, no se les ha pedido a las fuerzas armadas que se involucren en acciones represivas”.

Queda resonando ese discurso, porque del “pueblo uniformado” podríamos pasar a los “militares sin uniforme”; que espían, acechan, investigan y denuncian al traidor, tal y como lo hacía la GESTAPO.

¡Mexicanos, cuidado con lo que desean, porque se les puede hacer realidad!

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