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Mala mujer no tiene corazón, de Abelardo Gómez Sánchez, cumple 25 años

El libro de cuentos Mala mujer no tiene corazón, de Abelardo Gómez Sánchez termina el año 2018 cumpliendo 25 años de haber sido escrito, por lo que presentamos dos reseñas de 1993

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25 años de Mala Mujer no tiene corazón

Los textos siguientes son los de la presentación del libro de cuentos, Mala Mujer no tiene corazón (1993, Cuadernos de Cantera), del escritor Abelardo Gómez Sánchez, en la Librería Bonilla de la Ciudad de México. He aquí estas reseñas críticas, cuyos autores son Ignacio Trejo Fuentes y Armando González Torres escritores representativos, de la sana y lúcida crítica literaria en México, como lo atestiguan sus, ahora, sólidas obras.

La Mala Mujer cumple 25 años, y para celebrarlos volverá a ver la luz  en su primera edición electrónica. Presentamos la portada de esta modalidad editorial cuya ilustración, Mala mujer es una tinta china del gran maestro pintor Raúl Herrera.

Mala mujer no tiene corazón

Ignacio Trejo Fuentes. *

La revista Cantera verde extendió sus proyectos a la edición de libros, sobre todo de autores que incursionan por vez primera en esos terrenos. Uno de ellos es Abelardo Gómez Sánchez (México, 1961), quien debuta con el volumen de relatos Mala mujer no tiene corazón.

Me parece, de entrada, que Gómez Sánchez es uno de esos escritores que nacen con la camiseta puesta, que posee una garra natural, de esos que nacen para contar historias de la mejor manera. Cuenta, además, con una cualidad que pareciera rara avis en la narrativa mexicana: el humor, la cachondería verbal, el regocijo. El autor asume la literatura como lo que debiera ser siempre, como un juego, como un divertimento que hay que compartir con los lectores, lo cual no desestima que en medio de esa fiesta surjan consideraciones de otro nivel, que pueden ser, son, muy serias. Esto es, la seriedad se desliza como una serpiente venenosa en medio del inocultable tono juguetón. Y eso, qué duda cabe, es una virtud.

Abelardo es un desenfadado, casi un irreverente; pero no lo es en cuanto a las formas: tiene un profundo respeto por la técnica. Su desenfado va en otra dirección, en la que los asuntos tienen capital importancia. Para ilustrarlo basta remitirnos a la lectura de cuentos como Odió a su prójimo como a sí mismo, en el que el protagonista, Garrido, vive empeñado en no vivir, aferrado a la idea del suicidio. Lo intenta varias veces, fracasando en todas. Imagino que otro autor hubiera hecho del tema una verdadera tragedia, un monumento a la fatalidad; en cambio, aunque en el fondo es una historia terriblemente desoladora por sus implicaciones existenciales, Abelardo ha hecho de ella una suerte de sustitución, y lo que debería alarmarnos más bien nos regocija.

Varios más de los cuentos de Gómez Sánchez tienen ese tono, por ejemplo, el que da título al libro y No sucede otra cosa que una rosa. Ambos son verdaderos delirios de los protagonistas, emmascarados con el tono socarrón utilizado por el narrador. El segundo de los mencionados, al último tiene algo de grotesco, de absurdo, pero al parecer Gómez Sánchez quiere ilustrar que la vida no es menos grotesca y absurda que esas ficciones. Si se lee de este modo, se entenderá la forma en que, como decía, el autor cuela entre el aparente desmadre conceptos de mucha seriedad: Su idea de la vida grotesca, a veces sin sentido coherente, sería una de esas propuestas.

Sobresale en Mala Mujer no tiene corazón el cúmulo de referencias culturales que hace el autor en sus narraciones, referencias que casi siempre se asientan en un trasfondo popular, proveniente de manifestaciones musicales y cinematográficas. El cuento titulado ¡Por qué Pepe ya no puede ser el Toro!, parece un homenaje a toda esa cultura pedroinfantesca, además de que está tejido con un lenguaje peculiarísimo, poderoso y por eso convincente.

Pero la raigambre del tono popular se manifiesta claramente en Mala mujer no tiene corazón. Nutrido fundamentalmente de los ecos del bolero (desde el título), va mucho más allá: el ritmo narrativo, las cadencias verbales son esencialmente hijas de la música, y eso no es cosa fácil de conseguir: es posible advertir que el lector baila mientras lee.

Tiene razón el escritor Jaime Lorenzo cuando en la cuarta de forros afirma que Abelardo se apoya con frecuencia en la parodia, y sobre todo cuando señala que este escritor hace recordar a Jorge Ibargüengoitia. El recordatorio no es gratuito, porque, como se señaló una de sus virtudes radica en su sensacional sentido lúdico. Para terminar, he de volver a la idea principal de esta nota: Abelardo Gómez Sánchez sabe manejar, con excelentes recursos, el sentido del humor para revestir situaciones esencialmente dramáticas, lo que es sin duda un motivo para acercarse a su libro.

Ciudad de México

Septiembre de 1993.

*Ignacio Trejo Fuentes (Pachuca, Hgo., 1955) es cronista, novelista, ensayista, periodista y crítico literario. Académico de larga y prolífica trayectoria en la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y la Universidad Iberoamericana. Conocedor profundo de tradiciones narrativas varias, y especialmente la mexicana: es clarificador lúcido de este vasto continente del relato. Autor de Segunda voz (ensayos sobre novela mexicana), Faros y sirenas (aspectos de la crítica literaria), las crónicas de Loquitas pintadas y la novela Hace un mes que no baila el muñeco, entre una docena de libros.

Mala mujer no tiene corazón.

Armando González Torres. *

Pese al desparpajo y liberalidad con que se concibe al lenguaje literario después de la onda, es un hecho que, con pocas excepciones, la narrativa mexicana reciente es dominada por una escolástica de la solemnidad y el aburrimiento. No es, sin duda, el corsé de la corrección gramatical lo que da un aire irremediablemente tedioso a muchos de los productos narrativos actuales, sino ese tomarse demasiado en serio, que, en sus versiones más pobres, produce una narrativa de rictus congelados o de intensidades cretinescas. Frente a esta parálisis facial de la escritura, producto de un clima de ideas que muy bien describe George Steiner, probablemente una de las actitudes más sanas sea una carcajada franca, inteligente. Esta, precisamente, ha sido la elección narrativa de Abelardo Gómez que, armado de un inusual dominio del oficio y de un escalpelo irónico, afilado al máximo, descubre con carcajadas crueles, estentóreas, a menudo terapéuticas, las cicatrices y deformidades de la realidad.

En esta tarea, Abelardo Gómez muestra un apetito omnívoro por la ingestión de géneros y cultiva con soltura diversas modalidades narrativas que van desde un estilizado costumbrismo que hace guiños con los lugares comunes de nuestra cultura clasemediera hasta la ciencia ficción. La variedad y profusión del humor de Abelardo Gómez son casi ostentosos y no se agotan en la invención de situaciones, sino que van acompañadas de una respiración rítmica y una enorme riqueza de motivos verbales que permiten raras y afortunadas entre la construcción sintáctica, la atmósfera y el carácter de los personajes. Esta madurez estilística tan rara en un primer libro, se refleja en todas las aristas de los cuentos, ya sea la verosimilitud cinematográfica de las atmósferas; la traducción límpida de los tonos, o el despliegue puntual, exacto, de las tramas.

Pero el libro no es sólo un muestrario de depurada capacidad narrativa, Abelardo Gómez es un auténtico kultkritiker, que, a la manera de los filósofos cínicos o los maestros zen, utiliza el humor y la sorpresa como estrategia pedagógica de choque para realizar lo mismo una cirugía de nuestros mitos culturales, que una reflexión sobre la condición humana. En este sentido, el libro es mucho más que una mera sucesión de sketches y constituye una mirada agria sobre el estado de la cultura, sobre lo relativo de nuestros valores y lo ridículo de nuestras tentativas, sobre la pobreza de nuestra percepción estética y la artificialidad de nuestros vínculos sentimentales.

Aunque, a primera vista, todos los relatos parecen ejercicios magníficos de humor negro, en esas vidas yermas que vegetan tragicómicamente en un mundo de convivencias fantasmales, podemos encontrar una de las experiencias más plausibles y cercanas a nuestra cotidianeidad, un perplejo costumbrismo. Así, si en “El malestar en la cultura” el autor mezcla su muy jocosa imaginería sentimental con retazos, saldos de la cultura popular y de la midcult para lograr un fabuloso efecto de perspectiva y presentar una visión poco esperanzada de los excesos, las falsas intensidades y prosopopeyas de nuestras costumbres sentimentales; en “No sucede otra cosa que la rosa” desarrolla ya una metáfora desgarradora de la misantropía, a través de la figura imperturbable, narcotizada de un burócrata, figura, por otra parte, emblemática de una socialidad autófaga en la que cualquier suceso resulta lejano e impenetrable.

Queda claro pues, en todas las exploraciones y periplos del bisturí burlesco de Abelardo Gómez, en sus entremeses metafísicos, que el humor no se reduce a pastelazos y que precisa de un trabajo complejo de invención narrativa, imaginación lingüística e inteligencia. Gracias a estas virtudes encontramos en Mala mujer…, no un libro de chistes, sino un instrumento de punción cuasi socrático, una mayéutica intelectual y moral para interrogar el estado de cosas del mundo, para explorar sus posibilidades y sus soteriologías más insospechadas (la felicidad de la necrofilia, el íntimo decoro del suicidio o la ataraxia). Por ello, al final de cuentas, las narraciones de Abelardo Gómez son parábolas piadosas que nos reconstituyen, a través de la recreación de proyectos, situaciones de vida y personajes a los que, merced al humor, es posible mirar dos veces, reconocerlos y reconocernos, en su dignidad y en su desprotección.

Ciudad de México

Septiembre de 1993.

*Armando González Torres (México D. F. 1964) internacionalista por profesión, es poeta, ensayista y agudo crítico cultural y literario dotado de amplio espectro temático. Es autor de autor de La sed de los cadáveres, Eso que ilumina el mundo, Las guerras culturales de Octavio Paz, ¡Que se mueran los intelectuales! entre una decena de libros. Colaborador de décadas en múltiples suplementos y revistas con una prosa brillante, decantada, y con frecuencia muy cáustica.

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Censura en la era de la estupidez: el caso de Charles M. Blow

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Todo pareciera indicar que estamos viviendo bajo el manto de la era de la estupidez. Basta con observar que frente al importante margen de libertad en que nos vemos inmersos nos comportamos de manera peculiar –por decirlo de una manera menos drástica–, pues esa misma libertad la utilizamos para censurar, prohibir, cancelar, eliminar aquello que se considera políticamente incorrecto.

En los últimos días a través de los medios de comunicación hemos podido conocer que incluso las caricaturas que todos hemos visto alguna vez van a ser objeto de censura porque afectan supuestamente a las nuevas perspectivas de integración y/o cohesión social.

Así, Pepe Le Pew, Speedy Gonzales, The Flintstones, Pucca, Betty Boop, Johnny Bravo, entre otros dibujos animados, han sido puestos en tela de juicio tanto por la industria del entretenimiento como por diversas voces, pero sobre todo por los ya inevitables usuarios de redes sociales, siendo ellos una parte importante de la llamada generación de cristal, pues todo les molesta. Considerando por lo tanto que deben suprimirse por completo tales cartoons.

Es conveniente agregar que esta polémica se debe al columnista de The New York Times, Charles M. Blow, quien escribió, entre otras cosas, que a su parecer el actuar del personaje Pepe Le Pew contribuye a la “cultura de la violación”. Recordemos que Pepe Le Pew es un zorrillo con muy mal olor, quien se encuentra enamorado de Penélope, que es una gatita de color negro, que accidentalmente le cayó pintura blanca en su lomo, dándole apariencia de un zorrillo. Ella lo rechaza una y otra vez tanto por su olor como porque no son de la misma especie. Pero él como buen enamorado insistirá siempre en conquistarla. ¿Realmente esto nos llevaría a cometer una violación? Yo no lo creo.

A su vez, Blow asevera que la caricatura del ratón Speedy Gonzales fomenta los pensamientos racistas sobre los mexicanos. A este respecto, conviene evocar que las aventuras del “ratón más veloz de todo México” consistían en enfrentar a sus némesis, el gato Silvestre y el pato Lucas, pues ellos agredían a los demás ratones y Speedy intervenía exitosamente para salvarlos. Si bien este dibujo animado se encuentra estructurado con ciertos estereotipos, ¿el que un ratón siempre gane la batalla nos conduce al racismo?

Desafortunadamente el columnista nunca ofrece elementos de juicio objetivos para sustentar sus tesis y con ello poder responder punto a punto a su postura. De modo que, por consiguiente, cualquiera puede afirmar lo mismo que él. Todo en aras de la corrección  política. ¿Pero quién le concedió a este tipo de periodistas el carácter de juez, jurado y verdugo para decidir sobre lo que es “políticamente correcto” para todos?

Peor aún, he notado que estos personajes que se constituyen en el nuevo Santo Oficio del siglo XXI suelen caer en una especie de doble moral, pues lo que les llamó la atención desde una óptica totalmente subjetiva lo critican y piden su censura, pero cuando se trata de otras expresiones “artísticas” evidentemente objetables no dicen nada.

Como por ejemplo –aclarando que el que esto escribe no es un mojigato–, el baile que llaman los jóvenes “perreo”, en el cual las mujeres se frotan a los varones en posición cánida simulando tener relaciones sexuales. Otro ejemplo, las letras de las canciones del género reguetón, en donde el afán de obtener un coito es explícito, empleando un lenguaje totalmente soez.

De este modo, tenemos a los miembros de la corrección política de doble moral y por otro lado a los jóvenes de la generación de cristal, los cuales en círculo vicioso se conjugan y alimentan unos con otros, fomentando lo que nos indica la Real Academia Española respecto a la estupidez: “Torpeza notable en comprender las cosas”.

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Stephen King y el escapismo literario

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

No cabe duda de que en ocasiones en una entrevista el personaje a interrogar desliza involuntariamente ciertas verdades que lo colocan en el sitio que mejor le corresponde. O quizás al contrario, se define tal y como considera que es en realidad, sin importarle las críticas que puedan surgir por ello.

Acaso el best seller número uno de la Unión Americana, Stephen King es un prolífico escritor que ha publicado alrededor de 61 novelas, siete libros de no ficción y cerca de 200 relatos y novelas cortas. Y por toda su obra se estima que ha vendido más de 350 millones de copias.

Generalmente se le sitúa como un autor de historias de terror. Pero en entrevista concedida a The Associated Press (25/02/21), no rechaza abiertamente tal indicación, sin embargo, responde diciendo que lo pueden encasillar como quieran.  “Mi idea es contar una buena historia, y si cruza ciertos límites y no encaja en un género particular, está bien”. Y resulta interesante que él mismo lo afirme pues en realidad al analizar con detenimiento sus obras más representativas sólo se observa eso, que nos relata una simple historia, no una ficción de terror.

Pensemos en Carrie, The Shining y en Misery, la estructura de estas tres novelas es lineal, el discurso narrativo es sumamente elemental y en lo absoluto complejo, los personajes obedecen a estereotipos, se exagera en las historias –sin fortuna alguna– para anular las escenas previsibles y no hay profundidad acerca del entorno de los personajes ni sobre sí mismos. Todo lo cual, en suma, nos entrega tres libros de factura puramente comercial para un público nada exigente y conformista. No por nada los críticos y académicos estadounidenses de notoriedad omiten a King de la alta literatura.

No obstante, hay que mencionar que estas obras en formato cinematográfico sufren una metamorfosis por demás inquietante y plausible. Es decir, como películas son bastante aceptables y dignas de verse. ¿Cuáles serían las razones? En el caso de Carrie, que el director fue el enorme Brian De Palma y por las extraordinarias actuaciones de Sissy Spacek (Carrie White) y Piper Laurie (Margaret White), madre e hija, respectivamente.

The Shining cobra relevancia por su director, el magistral Stanley Kubrick, y la incomparable interpretación del inigualable Jack Nicholson como protagonista. Y en Misery, sin duda alguna, la participación de la actriz Kathy Bates, quien como personaje principal realiza un trabajo perversamente perfecto.

De este modo, podríamos afirmar que al rehacer las obras de mediano nivel literario de King por verdaderos creadores de historias visuales y por excelentes actores de personajes memorables, todo cambia de manera favorable para un público más exigente y difícilmente condescendiente.

De ahí que sea sumamente revelador que Stephen King en el marco de la entrevista sobre sus pasiones como la política y sucesos de actualidad, pero sobre todo al referirse a la literatura y la política, estime lo siguiente: La ficción ha sido un “escape” de la política, no un foro. Y claro, si es sólo un escape, ¿por qué no seguir escribiendo pésimos best sellers? ¿Por qué no continuar enriqueciéndose sin aportar nada para el pensamiento reflexivo de sus lectores? Una posición apolítica siempre es política.

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Los sobrevivientes de la milenaria lengua Tu’un savi

Kau Sirenio

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La tarea es enorme, pero es el deber de los hablantes tu’un savi escribir, transcribir y divulgar su literatura, porque de lo contrario solo vivirán en la constante victimización sin aportar nada que ayude a reforzar la construcción de una identidad lingüística

Por Kau Sirenio

En el fondo de la montaña de Puebla, Oaxaca y Guerrero se pinta el arcoíris con la lluvia que sopla el viento del sur. Ahí, entre el colorido de la vestimenta de las mujeres Ñuu Savi (mixteca) y la música tradicional se forma el espiral de la lengua tu’un savi de un pueblo que se niega a morir. A pesar de los años, aún sobreviven los hablantes de esta lengua milenaria que resisten en todas las trincheras para no desaparecer ni quedarse en el olvido.

Durante muchos años, era impensable que las comunidades indígenas usaran su usanza en fiestas o que desfilaran en las calles para celebrar el día internacional de lengua materna, así ha sido siempre, maestros bilingües tratan de recuperar la memoria cultural de sus comunidades, sin embargo, no todos lo hacen, el miedo al rechazo aún es mayor.

En 2019, se celebró en San Luis Acatlán el encuentro de hablantes de tu’un savi, ese día, cientos de niños y jóvenes salieron a las calles para gritar que ahí están y que su lengua materna aún vive y que pueden cantar y gritarlo, durante el recorrido los muchachos bailaron al compás de las bandas tradicionales que no pararon en tocar piezas Ñuu Savi.

La fiesta era emotiva, sin embargo, algo faltaba en la pachanga Ñuu savi, a pesar de que los directivos permitieron que sus alumnos desfilaran, pero solo fue para los hablantes, mientras que los niños y jóvenes mestizos no tuvieron la oportunidad de convivir con sus compañeros que negaban su identidad en salón de clase.

Esta ciudad fundada por el español Pedro de Alvarado en 1522, de inmediato se convirtió en el sexto ayuntamiento de la Nueva España. De ese linaje “español” San Luis Acatlán cargó con sus prejuicios durante años sin reconocer a la población indígenas que la compone: Ñuu Savi, Me´phaa (tlapaneco) y nahua, a los que siempre llamaron como “huanco”, “indio”, “montañeros”, entre otros motes que les ponían a los indígenas que bajaban a mercar cada domingo.

La carga racista en este municipio no ha cambiado en lo absoluto, los partidos políticos se opusieron para que los pueblos indígenas eligieran a sus autoridades por usos y costumbres, es más hicieron contra labor a la consulta que el Instituto Electoral y Participación Ciudadana de Guerrero (IEPC-Guerrero), llegaron al grado de usar a los líderes indígenas para desinformar a la población los pros y los contras de la elección por uso y costumbres.

A pesar de todo, el IEPC-Guerrero, encontró que hay un 65.2 por ciento de población indígenas y sobreviven las lenguas maternas en barrios y colonias de la cabecera municipal. A pesar de los datos duros que se tienen, el ayuntamiento no cuenta con información en lengua materna y mucho menos espacios culturales que promuevan la identidad cultural lingüística.

Los funcionarios de la alcaldía dan por hecho que no necesitan intérpretes o difusión de información en lengua materna porque tienen trabajadores que hablan su lengua madre, sin embargo, nada está resuelto porque en San Luis Acatlán, lo que menos quieren los indígenas es aceptarse como tal para no ser discriminados.

Lo que debe de preocuparse que, en diez años, la lengua pierde portadores o los padres de familia prefieren enseñar a sus hijos a hablar el español, lo triste de todo es que de 6.6% hablantes de lenguas indígenas en 2010 bajó a 6.1% en 2020.

Así las cosas, a 21 años de que la Unesco declaró el Día Internacional de la Lengua Materna, no ha cambiado nada, no hubo cambio de fondo en el sistema educativo, la educación intercultural bilingüe, en nivel básica continúa con el mismo esquema “castellanizante”, porque solo se enseña la lengua materna en el aula por unas cuantas horas, aún peor, los profesores son analfabetos de su propia lengua.

El activismo lingüístico debe continuar desde todas las trincheras, porque es necesario repensar la política pública dirigida a las poblaciones indígenas. Porque no basta con celebrar cada 21 de febrero, para desempolvar la ropa tradicional, pero al día siguiente se guardan y los hablantes se enmudecen para no dar explicaciones si hablan una lengua o un dialecto como se educó durante años para enterrar las lenguas maternas que aún florecen en las comunidades indígenas.

Por lo pronto, los maestros Ñuu Savi deben reclamar el espacio para hablar y escribir tu’un savi, y generar condiciones para que la música, la poesía, el teatro, el periodismo, la literatura y el discurso ceremonial se repitan en tu’un savi.

La tarea es enorme, pero es el deber de los hablantes escribir, transcribir y divulgar la literatura en tu’un savi, porque de lo contrario solo vivirán en la constante victimización sin aportar nada que ayude a reforzar la construcción de una identidad lingüística.

Fuente original: piedepagina.mx

 

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