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Con voz propia

Los tweets de Calderón que incitan al odio

Los tweets del presidente Felipe Calderón incitan al odio de los mexicanos, por el grado de cinismo que muestran. Un artículo de opinión de Guadalupe Lizárraga.

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Guadalupe Lizárraga

Las bromas del presidente Felipe Calderón en Twitter nos producen un dolor extraño a periodistas y a muchos mexicanos, porque no entendemos cómo puede llegar a esos grados de cinismo. Leer sus tweets nos incitan a odiarlo y a desearle que tenga la oportunidad de experimentar al menos un poco el dolor que han padecido las familias mexicanas por su mala gestión pública. Ahora con motivo del 95 aniversario de la Constitución, sus palabras fueron: “cada día ponemos nuestro empeño en hacerla valer (la Constitución) para todos los mexicanos”.

Y odiarlo es inevitable. Las amenazas permanentes a las libertades y derechos fundamentales de periodistas y activistas de derechos humanos parecerían ser un asunto que finge desconocer. Sin embargo, claramente es un acto de cinismo y burla no sólo a la Constitución mexicana, sino a las familias que han sido víctimas de la corrupción y la violencia de su gestión, porque no hay manera de desconocer el daño que él mismo y sus funcionarios han causado a los ciudadanos mexicanos.

Son miles las denuncias en los informes de organismos nacionales e internacionales de derechos humanos que documentan las graves violaciones, como desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, homicidios, tortura, amenazas de muerte, malos tratos y detenciones arbitrarias, perpetradas por miembros del ejército, por policías federales, por funcionarios federales y estatales y por policías en los estados.

Decenas de miles, no son unos cuantos casos aislados, por allá en una sierra perdida. Las violaciones de derechos humanos, desde Baja California hasta Chiapas, han sido constantes y sistemáticas en el gobierno de Felipe Calderón. Cada vez somos más los periodistas amenazados de muerte, golpeados o asesinados por ejercer nuestra profesión y denunciar hechos de corrupción de su gobierno. Los activistas que buscan justicia para las víctimas terminan asesinados o exiliados. No hay manera de desconocer qué es lo que está pasando en nuestro país, cada día.

Calderón lanza un tweet a la red, como si fuera un asistente de una oficina de comunicación de bajo presupuesto, repitiendo titulares de boletines en 140 caracteres que les escriben sobre la ficción de su gestión pública. Su cinismo “online” va directo al corazón real de las víctimas de quienes fueron violados sus derechos constitucionales, de los familiares de quienes el estado no pudo garantizarles la vida, de quienes no se les respetaron sus libertades y ahora vivimos expulsados de nuestro seno familiar y de nuestro país. Lanza un tweet, y el odio se desata viralmente hacia su persona y hacia sus funcionarios.

Vivimos los años más violentos e inseguros de la historia de México, en la que los principales agresores son las propias autoridades; pero el presidente, en 140 caracteres, nos dice que se empeña todos los días en garantizar nuestros derechos y libertades fundamentales. Me pregunto si sabrá realmente lo que significa ello. Me pregunto cuántos tweets se necesitarían para regresarle su odio y su cinismo para que llegaran hasta su corazón provocándole movimientos arrítmicos que le robaran el aire cada que leyera: “no finjas @felipecalderon, eres el presidente de un país que hundiste, no un twitero de comunicación del partido oficial”.

Y recordarle, así en tweets y en su cara, que en el 2011, cada 40 minutos, una persona fue asesinada, en incidentes relacionados con el crimen organizado. Que el narcotráfico, lo sabe muy bien Calderón, no sólo deja muerte y dolor, también deja más de 40 mil millones de dólares cada año a la elite de cómplices de la que él mismo forma parte.

Tampoco ignora que nuestros niños mexicanos tienen derecho a vivir una vida sin violencia y digna. Y aunque en 140 caracteres, él asegura que se empeña todos los días en hacer valer estos derechos, la realidad no cabe en un tweet ni es para sonreír frente a su Blackberry. Según los pocos y temerosos seguimientos de los organismos de derechos humanos mexicanos, hay más de 43 mil menores de edad en las filas del crimen organizado. Niños, a quienes el estado mexicano no pudo garantizarles el derecho a vivir en un ambiente de paz con la oportunidad de ir felizmente a la escuela. Ello, sin contar las decenas de miles de niños que van quedando huérfanos por la guerra parcial contra el narcotráfico.

Si seguimos las cifras de informes y análisis publicados en la materia, nos encontramos que cada día son secuestrados unos 60 migrantes, que en estos secuestros participan los “coyotes”, narcotraficantes, agentes policíacos y funcionarios del gobierno mexicano. Que sucede lo mismo en las desapariciones de mujeres jóvenes y feminicidos, como en los asesinatos de periodistas y defensores de derechos humanos. No hay un crimen de este tamaño, en los que no estén involucrados también funcionarios de gobierno de diferentes niveles y sus policías.

Calderón y sus empeños ante la libertad de expresión

La periodista Olga Wornat fue amenazada con lujo de violencia verbal por un libro que aún no publica sobre la administración de Felipe Calderón. Por las amenazas constantes se vio obligada a dejar con urgencia el país para salvar la vida, ella, su familia y su colaborador. Le mandaban amenazas de muerte e insultos hasta en el celular de su joven hija. Un trabajo profesional de análisis sobre el desempeño del gobierno que realiza cada sexenio, se convirtió con Calderón en una pesadilla sin que fuesen respetados sus derechos más elementales, como la libertad de expresión.

Lidya Cacho, con sus investigaciones ya publicadas, sobre corrupción, tráfico sexual y pederastia de políticos y sacerdotes mexicanos, es otro blanco de amenazas y su vida corre grave peligro. Pese a las campañas de solidaridad internacional, sus derechos constitucionales han sido afectados. Incluso ha denunciado en varias ocasiones que es vigilada y perseguida, pero sería un suicidio aceptar la protección de las autoridades.

También hay otros periodistas en el exilio que han tenido menos atención mediática, pero con problemas no menos graves en los que las autoridades son las protagonistas de las amenazas. Es el caso de Karla Lotinni, seudónimo de la periodista Karla García Ramírez, quien denunció, en formato de novela, la corrupción de Conaculta, institución encargada de promover la cultura en el país.

Varios periodistas provenientes de Acapulco, Ciudad Juárez y Veracruz a quienes recientemente han sido aprobados sus asilos políticos en Estados Unidos, después de demostrar a las autoridades de migración las amenazas y tortura física por ejercer el periodismo en sus ciudades de origen. Y, por medio, aún después del asilo piden discreción para su identidad.

La autora de esta misma entrega, fue amenazada de muerte a través de su celular, en Los Ángeles, California, a raíz de una serie de reportajes publicados sobre los cadáveres retenidos en la morgue de Ciudad Juárez y la corrupción de la fiscal Rosa María Sandoval, responsable de las investigaciones de feminicidios.

El contundente fracaso del estado mexicano para dar garantía constitucional a la libertad de expresión, pues, ha quedado de manifiesto cada año con el asesinato de varias decenas de periodistas, aunque esté formalmente escrito en nuestra Constitución. Ni siquiera los medios de comunicación coinciden en las cifras de los asesinatos de periodistas, pero es evidente que no reflejan el verdadero número de estas graves violaciones.

Los casos más difundidos son los que llegan a los medios por denuncias de los familiares con el deseo de que se haga justicia a las víctimas. Sin embargo, no son pocos los casos de periodistas agredidos que se quedan en la oscuridad de un escritorio en algún Ministerio Público, o que son incriminados y desprestigiados por las mismas autoridades declarándolos después de muertos como miembros de bandas criminales.

Están los casos de periodistas agredidos y activistas que llegan hasta organismos de derechos humanos internacionales, con las denuncias sólidamente documentadas. Pero, con frecuencia, las autoridades mexicanas no investigan estos informes de forma inmediata, imparcial y eficaz para garantizar que los responsables de las violaciones de derechos humanos sean puestos a disposición judicial, y se hagan valer los derechos de las víctimas.

Éstos son algunos casos de periodistas. Pero hay casos de impunidad avalados por Felipe Calderón que despiertan un gran odio, como es el de la Guardería ABC o el de los feminicidios de Juárez, en los que están involucrados funcionarios federales. ¿De qué empeño Calderón se habla a los tuiteros? Es inevitable el odio.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es un documento pisoteado principalmente por Felipe Calderón. Él sabe perfectamente que con su guerra a los cárteles rivales de su cártel protegido, no sólo mueren los criminales, sino también inocentes. Y ello es una violación de derechos humanos. Calderón sabe que cada periodista que es amenazado, golpeado o asesinado es porque estaba en el camino correcto para revelar una verdad y su agresión es una violación a la Constitución mexicana. Calderón sabe que como cabeza del estado mexicano es incapaz de proteger la vida de las personas y de hacer que se respeten las garantías constitucionales. Y ello es una grave ineptitud, por la que debería haber renunciado hace años.

Calderón lo sabe. Por eso sus tweets que sólo muestran testarudez y cinismo, incitan al odio. Pero por mucho que su partido y sus funcionarios se empeñen en camuflar y trastocar las evidencias de sus crímenes, nuestra conciencia se hace cada vez más concreta y más presente, y el país deberá recordar en el interior de sí mismo que no todo pasa con el tiempo, y que en 140 caracteres también hay una memoria viva.

 

Arteleaks

Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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