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Los distintos nombres que los parásitos toman

Los políticos pueden tener diferentes nombres, pero cuando son depredadores, todos se llaman igual: parásitos. Una crónica del escritor Vinicio Chaparro.

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Elba Esther Gordillo, una más Foto:red

Vinicio Chaparro*

Crónicas Rancheras

Hace un frío de la patada, bueno, así decimos acá cuando los dedos de los pies ya no se sienten, cuando duelen y no dejan discernir, cuando la leña y el gas escasean, cuando los pensamientos se congelan. Sobre todo cuando son fríos, los pensamientos.

Y luego, para acabarla de amolar, cuando vas por las tortillas, el viento helado te encorva, como viejito de bastón. De por no.

Y apenas está saliendo el frente frío número 34, nos faltan como diez, pero la parte fuerte de este invierno ya va de salida. La semana pasada se congregaron en un espectáculo fenomenal decenas de miles de grullas grises y gansos bancos de la Laguna de Bustillos para partir al norte; algo espectacular, como para un programa de National Geographic, informando con ello que el frío ya bailó; solo nos restan unos días más de hielo, y los aires de Cuaresma, y ya la hicimos. Sobrevivir al invierno casi significa un año más de vida; si sobrevives al invierno, ya la armaste. Acá, pocos muertos se mueren en verano.

Es el norte de México, el antiguo Septentrión Novohispano, un lugar al que los españoles, llamaron “La Gran Apachería”; un lugar difícil de conquistar, donde el frío y el calor se confrontan cada año para ver cuál es el dios más fregón de la pradera; los termómetros rompen récords y aumentan la incidencia de artritis, por los extremosos climas de Chihuahua. Hielo y lumbre.

Hoy nos toca hielo. Sin llorar.

Ok, ok, ok, estábamos hablando del zapatismo, analizándolo, escudriñando, que no empiecen las críticas anticipadas; la realidad es que hace un frío terrible y el calor se necesita en el cuerpo y en el corazón. Me imagino ahora lo que Dostoyevski sufrió para escribir su obra, en las frías estepas de la vieja Rusia, con los dedos congelados. N´oooombre, si les platico como sufrió, lloran. Crimen y castigo. ¿Qué me motiva estar acá, en lugar de en las cálidas arenas de Cancún? Pendejez pura. ¿Qué más?

Es que, la tierra jala. Sea fría, sea cálida, es la tierra.

Pero bueno… hay que enderezarse, tallar las manos, hay que extender y apretar los dedos, una y otra vez, recuperar el movimiento. Hay que recordar una y otra vez al sufrimiento humano. ¿Se acuerdan de aquel gran ejército de Napoleón cuando sucumbió ante el peso de las candelillas del invierno ruso, en sus sueños de más grandeza? Napoleón era un estratega temible, no cabe duda, pero el frío de mi pueblo está más cañón que Waterloo.

Vean por qué lo digo: con los últimos comunicados del EZLN y la escuelita que empezaron, la llamada “Compartición”, (¿ya los leyeron?, ¿no?, pues no van a entender ni madres), me hicieron pensar, -Pichis zapatistas, (con todo respeto), siguen mortificando como tábanos, como sólo ellos lo saben hacer; aparecieron de la nada, levantaron una mano y lanzaron su proclama de “¿Escucharon a su mundo derrumbándose?”, (aunque la pretensión de Peñita Nietito de subir el IVA nos indica que no, que no escucharon), nos dejaron la víbora chillando, luego les dio diarrea de comunicados y con ella arruinaron mis vacaciones y, por si fuera poco, siguen escribiendo que es un contento. No paran. Les hizo daño el silencio. Y, sin querer, con su reaparición y su lluvia de comunicados, me ataron aquí. A un témpano de hielo.

Para un reportero de guerra (en tiempos de paz) hay tiempos de nomadismo, hay tiempos de sedentar; si tuviera suerte debiera estar en el DF, en el zócalo o en Chiapas, (o de perdis en La Garrucha), anticipando los días que estremecerán al mundo, pero, “Stop, in the name of love”, (cantaban Las Supremes y la bella Diana Ross).

-Stop, hay que reflexionar primero-, me volví a decir otra vez, haciendo alarde de mi dedicación a esta tesis ranchera sobre el inconmensurable fenómeno del zapatismo. Lo dicho en ese comunicado es algo importante. ¿Cómo pensar en otra cosa?, la aprehensión de Elba Esthercita Gordillito sólo es un arreglo de cuentas, una película de El Padrino, pero Luca Brassi ya murió, ahora se trata sólo de ganas de que Peña Nieto se sienta presidente, favor de no distraerse, (me avisan cuando caiga Deschamps), lo importante ahora, es ver que traen los zapatistas, ofrecerles a ustedes, con toda libertad, los análisis rancherosos y venenosos que no se ven tu país, (insisto en que los análisis rancheros son los más apasionados de todos los análisis del mundo, sin exagerar).

Pero, ya, ya, ya, entremos en materia, aaaatención, ¡¡¡Fiiiiiirmes!!!, ¡Páaaaso redoblado!, ¡¡¡Yáaaaa!!!, empecemos. Les platicaré, agárrensen con las 20 uñas, sufran, si tienen frío, reflexionen, piensen, ya es tiempo. Joy, joy.

Acabé de leer por enésima ocasión el comunicado del EZLN, el “ELLOS Y NOSOTROS. VII.- L@s más pequeñ@s” y me quedé pensando en que la canción favorita de los zapatistas era “Cartas Marcadas”. Fumando un cigarrillo, (Marlboro, no vayan a pensar mal), mirando las ruedas que daban vueltas, como Lennon, fui filosofando y…  cacté, (del verbo cactar, comprender, entender, dilucidar, agarrar la onda, caer el veinte), pues, no lo van a creer pero sí, finalmente cacté, con un gran esfuerzo de mi dolorida alma, lo logré, pero para no hacérselas muy larga (la historia), les voy a decir como logré cactar la esencia de ese comunicado de los zapatosos.

El tiempo apremia para saber qué viene después

No podemos permanecer apacibles como si nada pasara en México o como si nada fuera a pasar. Imposible. Además, (los pumas de la UNAM andan muy mal, aunque le hayan ganado al Puebla)… hay trabajo intelectual, los buenos revolucionarios tienen que anticipar con anticipación lo que vendrá. Si mi tío Lenin viviera estaría pendiente de lo que está sucediendo en este país de contrastes, de hambre y yates.

En muchas partes del mundo también están pendientes de lo que sucederá en México con el llamamiento a cambiar el mundo de unos pobres indígenas que apenas tienen para comer, y que hablan de Zapata, Pancho Villa y de El Ché. Los revolucionarios del mundo están a la expectativa de esa locura, de esa futura confrontación, pero nomás en México no lo vemos así. Seguimos creyendo que nada pasará. El control de los medios de comunicación es apabullante, una venda en los ojos. Televisa hace estragos con la mente de mis rancheros hermanos. Y no hay otra fuente de información. Aquí no hubo ni siquiera necesidad de tarjetas Soriana. No hay ni Sorianas.

Pero visto desde de otra óptica, sin chascarrillos, el llamamiento de los zapatistas, es un desafío increíble, no sólo es al gobierno mexicano, va más allá, su enemigo principal es el capitalismo. O sea, todo el mundo.

Me acordé de las protestas de Seattle. Símbolo de lucha contra el neoliberalismo. Del inicio.

Por eso, lo primero que pensé en cuanto se me calentó la chompeta, es que, desde el principio, su enemigo principal de los zapatistas no era Calderón o Peña Nieto, Fox o Salinas, era el capitalismo, el sistema mundial. Por eso se tornaron caracoles. La labor era un poco más compleja. Su tardanza y su silencio eran cosas de estrategia, de siete años de planeación. Falta teorizar un poco sobre ello. Urge.

Digo, afirmo y confirmo que esta vez, los zapatistas “se fueron grandes” cuando informan que no solo pretenden cambiar a México, sino al mundo entero. Ya desde aquellas reuniones intergalácticas de antaño se veía el interés de los zapatistas en buscar extender sus proclamas de “para todos todo”, “un mundo donde quepan muchos mundos”, “mandar obedeciendo”, etc., a todos los rincones del planeta.

¿Y si las Juntas de Buen Gobierno se extendieran por la faz de la tierra?

Los movimientos libertarios del mundo se han visto influidos por el fenómeno del zapatismo, según las teorías de Boenaventura De Souza y Pablo González Casanova, los teóricos de la revolución venidera. Así que, el “Cambiaremos al mundo” de los zapatistas, confirma esas teorías. La lucha contra el capitalismo ya empezó, desde el 21 de diciembre, estoy seguro, me mochan una oreja si no, (oreja, dije oreja). Es el inicio de una nueva era. Los mayas no sólo eran astrónomos. Y, ahora, ya hasta saben usar el fusil.

Me tiré un clavado en el baúl de mis libros olvidados, de las teorías fenecidas y, a leer. Había que dar una explicación, si no, ¿para qué sirven los analistas rancheros? Y, batallando, di con las premisas y la conclusión del problema, como en una clase de Lógica, (¿tampoco han leído a mi compa Aristóteles?, ¡uh, que sal!, ¿entonces cómo nos vamos a entender?), ese llamamiento a cambiar al mundo era llamado por los revolucionarios antiguos, “El internacionalismo proletario”. Sí, sí, sí, así se llamaba la teoría marxista-leninista de un llamamiento mundial a la revolución. La que decía que un país no podría sobrevivir solo, después de una revolución, (por qué se lo iba a comer de una mordida el imperialismo, y ya ven lo que pasó). Los zapatistas saben que en muchos países los apoyan quienes creen que otro mundo es posible, entonces todo esto significa que llamarán a la rebelión, no solo a los mexicanos sino a todos los indignados del mundo. Su lucha particular depende de la solidaridad de todos los, que en su país, luchan contra el capitalismo voraz.

Y vino a mi mente un viejo libro que empezaba diciendo: “Un fantasma recorre al mundo…”, ¿se acuerdan de aquel gran llamamiento mundial? Pues a pensar, hay mentes que todavía no sucumben ante la industria electoral.

Y si leemos a Wallerstein o a Chomsky podremos entender al nuevo movimiento-mundo que ha surgido por todos lados. Movimiento al que los zapatistas pretenden, no dirigir, sino solo incitar. Compartir lo aprendido en 19 años de lucha sin cuartel.

“La práctica como último criterio de veracidad”, decía en estas circunstancias Vladimir Ilich Ulianov, otro tío político que tuve hace mucho tiempo.

La nave del capitalismo hace agua por todos lados.

Desde hace algunos años varios movimientos libertarios, no solo revolucionarios, iniciaron una reconstrucción del mundo. Expulsaron dictadores de gran calado, escondidos bajo un nombramiento de dios. La Primavera Árabe, se llamó. El descontento de los indignados del mundo cada año crece más. Hasta en Europa. La interminable voracidad del capitalismo ha provocado una gran inconformidad mundial que se ha manifestado en movimientos antisistema aislados, pero con una lucha común, la lucha mundial contra el neoliberalismo, la última etapa del capitalismo.

De ahí el llamamiento mundial del EZLN.

Pero ya será demasiado tarde…

Ahora, si ya se conectaron, (sin albur), veamos el comunicado en cuestión, para ver cómo anda la revolución, (sin esfuerzo), no lo podemos reproducir todo, se nos acabaría el espacio, así que veremos solo algunas partes esenciales de él, donde dice:

“Desde hace varios años, mientras en la política de arriba se disputaban el botín de una Nación hecha añicos, mientras los medios de comunicación callaban o mentían sobre lo que bajo estos cielos sucedía, mientras los pueblos originarios pasaban de moda y volvían al rincón del olvido: sus tierras saqueadas, sus habitantes explotados, reprimidos, despojados, despreciados…

Sin comentarios.

Bueno, sí, solo uno: Un fantasma recorre el mundo. Sigamos leyendo…

Los pueblos indígenas zapatistas, cercados por el ejército federal, perseguidos por las policías estatales y municipales, agredidos por los grupos paramilitares formados y pertrechados por los distintos gobiernos de todo el espectro político en México (PRI, PAN, PRD, PT, PVEM, MC y los distintos nombres que los parásitos de la clase política mexicana toman), acosados por agentes de las distintas centrales de espionaje nacionales y extranjeras, viendo a sus hombres y mujeres, bases de apoyo del EZLN, golpead@s, despojad@s y encarcelad@s…

¡Parásitos!. ¡Dios mío!, les llaman, a los políticos, parásitos. -¡Ave María purísima!-, decía mi abuela Bernabé en casos como éste, y lo decía tomándose el corazón y frotando las manos, con preocupación. Y me pregunto, ¿por qué serán los zapatistas así? Tan irreverentes. Tan claros. Tan desafiantes. Tan certeros. Desde Mi general Villa no habíase visto tanta claridad, pero no se desvíen, sigamos…

Los pueblos indígenas zapatistas, sin alardes, sin más imperativo que el deber, sin manuales, sin más líderes que nosotr@s mism@s sin otro referente que no fuera el sueño de nuestros muertos, sólo con las armas de la historia y la memoria, mirando cerca y lejos en calendarios y geografías, con la guía de Servir y no Servirse/ Representar y no Suplantar/ Construir y no Destruir/ Obedecer y no Mandar/ Proponer y no Imponer/ Convencer y no Vencer/ Bajar y no Subir.

Los pueblos zapatistas, los indígenas zapatistas, las indígenas zapatistas, las bases de apoyo del ezetaelene, con una nueva forma de hacer política, hicimos, hacemos, haremos, la libertad. LA LIBERTAD ¡NUESTRA LIBERTAD!”

Pongan atención en dos postulados, cuando dicen: “Solo con las armas de la historia”. Me pareció sobresaliente esta aseveración. Ojo, no ignorar esto de las frías armas de la historia. No es cotorreo. ¿Cuando han visto a los zapatistas blofear?

Y hay otro postulado importante, donde dicen: “Con una nueva forma de hacer política”. Eso, se los dejo de tarea, al rato hablamos, hay pájaros en el alambre.

Y luego, a los críticos del zapatismo los pone como palo de lugar con gallinas…Pichi Sub, se dejó caer. Felón. Los mandó con Justin Bieber. Hasta a mí me dolió. Lean para que me puedan comprender…

“A quienes no son compas y tratan de burlarse, polemizar, discutir o replicar, les recordamos que eso de leer y comentar la correspondencia ajena lo hacen l@s chismos@s y/o la policía. Así que ahí lo vean en cuál categoría entran. Por lo demás, con sus comentarios sólo reflejan un racismo ramplón (son muy críticos de la TV y sólo repiten sus clichés), expresan una redacción lamentable y reiteran su falta de imaginación (que es una consecuencia de la falta de inteligencia… y de su pereza para leer). Aunque, claro, ahora tendrán que ampliar la cantaleta de “marcos no, ezln sí” y pasar a “marcos y moisés no, EZLN sí“; luego “CCRI-CG no, EZLN sí“. Después, si llegan a conocer las palabras directas de las bases de apoyo zapatistas (que lo dudo) tendrán que decir “ezln no, ezln tampoco“, pero ya será demasiado tarde.

Oh, no se pongan tristes, cuando pongamos videos musicales de Ricardo Arjona, Luis Miguel, Yustin Bibier o Ricky Martin, podrán sentirse convocados. Mientras tanto esperen sentados, sigan mirando al calendario de arriba (3 ó 6 años se pasan rápido), muévanse un poco más a la derecha (total, ya están acostumbrados), y háganse a un lado, no los vayamos a salpicar…”

Personalmente, creo que cuando salten las salpicaduras, en efecto, ya será demasiado tarde. Y son salpicaduras que huelen feo. A popó. Favor de preguntar a la Gordillo.

(Pero no le pregunten ya, esperen a que regrese a Santa Martha, no tan pronto, ´tá malita, dejen que se aliviane, no sean felones, como el Sub.)

E-e-e-e-e-so es todo, amigos.

 

*El autor es escritor mexicano radicado en Chihuahua. Su última obra es «El otro lado de la luna».

 

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Peñuelas

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Por Mónica del C. Aguirre

 

Al alma de mi abuelo
que aún me visita en sueños.

El rancho de Peñuelas está ubicado al norte del estado de Zacatecas, a tan sólo cinco kilómetros del municipio de Cañitas, de Felipe Pescador. El municipio, de 5 mil habitantes, está partido a la mitad por las vías del tren que cruza mercancías de México a Estados Unidos. Gracias a la vía ferroviaria hay algo de comercio local, así como un par de médicos, una clínica y una escuela primaria de infraestructura pobre y decaída ya por los años. En el resto de las municipalidades cercanas, la única actividad económica es la agricultura, la cual depende de un clima necio y semidesértico.

Los hombres del pueblo visten como vaqueros; caminan erguidos y con pasos precisos y talante orgulloso sobre las terracerías; usan pantalones de mezclilla, botas picudas de pieles exóticas; y tienen el pecho y las manos tostadas por el sol. Se transportan en caballos flacos y hablan con un acento golpeado, como si en cada afirmación hubiera una pregunta disimulada y una melodía prematura. Abunda la leche bronca, espesa y fresca, que los habitantes intercambian como trueque. Las mujeres, con delantales amarrados sobre sus holgados camisones de colores pasteles y de telas floreadas, se ocupan del hogar, de las tortillas y de las gallinas gordas.

La terracería que conduce de Cañitas a Peñuelas corre paralelo a la solitaria vía del tren; la máquina y el andar del ferrocarril, producen un sonido que viaja sin obstáculos a través del campo, sin flora robusta que se interponga, ni edificios, ni viviendas. El llano es plano y del suelo se levantan pocos árboles de ramas delgadas, lo cual permite una vista panorámica y placentera hacia los confines de la tierra. Los que van en coche o a caballo, alcanzan a ver a lo lejos los mezquites en movimiento al son de un viento bailarín, cuya danza produce un chasqueo seco, como si les crujieran tripas ásperas; y cráneos de ganado (víctimas de los coyotes salvajes de la noche) esparcidos en el camino y cuyos ojos, musculatura y viscosidades, fueron devorados por buitres hambrientos y desesperados. Los cactus permanecen firmes y, en su rebeldía, no obedecen al danzón del viento. El polvo es insubordinado e independiente, se mueve a su propio ritmo y se eleva detrás del que pasa por ahí, como si reprimiera el importuno de los visitantes que alteran la calma e interrumpen el chiflido del viento.

A mitad del trayecto se asoman Las Tetillas: dos cerros de idéntica estatura y forma que están cubiertos con faldas de cactus grisáceos. A la hora del crepúsculo, las faldas parecen estar en llamas, como si quisieran fundirse con el tenso hilo del horizonte que esconde al astro y muestra la paleta sobrecargada del atardecer.

Para entrar a Peñuelas, hay que cruzar un portón de metal que protege la entrada. La casa se encuentra al final del camino; fue construida en 1950 y nunca fue beneficiaria de una remodelación. Los muros descarapelados del interior son víctimas del tiempo estricto; las vigas de madera en el techo chillan por las noches y los azulejos que cubren las paredes de la angosta cocina, están cubiertos de grasa aferrada por tantas jornadas de freír frijoles con manteca de cerdo; pero el decorado floral de los azulejos, son la nostálgica evidencia de una época de oro.

En la sala se encontraba el dueño y administrador, Don Pepe, el cacique de Tetillas, el ganadero de reputación intachable y de ojos claros. Con su camisa de botones aperlados, sus botas puntiagudas de piel de víbora curtida, y con su cinturón piteado… escucha en la radio el amenazante avance del ejido que está despojando a los hombres de sus tierras. Oscurecía y el horizonte púrpura se desvanecía sigiloso cuando Don Pepe encendió la planta de diésel. Enseguida, prendió las luces y se puso de pie con las piernas entreabiertas, de frente a la pared en donde se encontraban colgados sus rifles de cacería y los arreadores eléctricos de ganado de colores fosforescentes. Contemplaba. A su espalda, estaban las dos camas matrimoniales en donde dormían su esposa Jovita y él; y no era porque tuvieran una relación distante, ni siquiera como el espacio minúsculo que separaba las camas, sino por mera comodidad. Don Pepe tomó uno de los rifles y limpió el cañón del arma. Cuando llegase el ejido, él estaría listo para enfrentarlos… Prefería morir, a ver cómo lo despojaban de las tierras que habían sido de su padre desde que emigró de España y desde que su corazón cambió de nacionalidad, o más bien, encontró su verídica bandera.

Cuando llegó el momento, manejó en su Chevrolet pick-up hacía la entrada de Peñuelas y esperó a los ejidatarios de pie, ante el portón de metal y con su rifle cargado. Con el sol de frente y sus diez mil hectáreas detrás, amenazó con disparar en los varios días consecutivos de su protesta. Los ejidatarios iban y regresaban. Don Pepe estaba siempre en la puerta salvaguardando sus tierras; la rabia se reflejaba en su mirada y la valentía no abandonó a su voluntad.

Al final, logró proteger la mitad de su territorio, y así fue como cinco mil hectáreas pasaron a ser ejidales. Cumplieron con la única solicitud de Don Pepe y le dejaron la mitad del terreno que estaba junto a las vías del tren. El ejido se quedó la otra mitad que estaba bajo las faldas de Las Tetillas.

Don Pepe era mi abuelo. Crecí en su rancho escuchando la historia de su enfrentamiento con el ejido. Cada vez que visualizábamos Las Tetillas a lo lejos, no faltaba quién señalara el llano de tierras abandonadas, desperdiciadas y sin sembrar, y dijera que aquello llegó a ser también de mi abuelo, y que la primera televisión en Las Tetillas la había patrocinado él, hasta que convirtió aquel espacio en un pequeño cine. Pero cuando le quitaron la mitad de su terreno, se alejó de la población de los cerros femeninos. En Las Tetillas, nunca se dejó de hablar de su leyenda.

Los mejores años de mi vida fueron en Peñuelas, junto a mis abuelos. Ahí pasé los meses de verano y de invierno mientras cursaba la primaria, la secundaria y la preparatoria en un municipio al sur de Cañitas de Felipe Pescador. Aquella dulce vida campirana, ascética y tranquila, forjó mi carácter, mi piel, mi corazón y mi filosofía.

A las siete de la mañana nos despertaba el tren que, por costumbre, pitaba cuando transitaba frente a la casa a no más de cincuenta metros. Pasaba cinco veces al día. Mi abuelo me contó que una vez se descompuso el tren justo en el momento en que pasaba frente a su casa gris de concreto y que les regaló a los mecánicos unas cervezas. Estuvo con ellos hasta que llegó ayuda desde Cañitas y arreglaron la falla. Los mecánicos se secaron el sudor y la grasa con las mangas de sus camisas a cuadros, y mi abuelo pasó la tarde conversando con ellos mientras mi abuela les cocinaba tacos de frijoles de olla con queso fresco.

Yo dormía con mi abuela, en su cama. Las sábanas eran de franela y las cobijas las recuerdo siempre de tonalidades oscuras. Cuando despertábamos, la luz que entraba por la casa era templada, suave, y si tuviera un color, diría que era plateada. Entonces, mi abuela nos preparaba a mí (desde los ocho años) y a mi abuelo, café con leche. Acompañábamos el café con Napolitanos: esos panqués de la marca Marinela que tenían una capa de chocolate con líneas blancas y que estaban rellenos con pasas. Mi abuelo aborrecía las pasas, pero tenía una peculiar obsesión por aquellos panqués, pues los desayunó hasta el día de su muerte. A mí sí me gustaban las pasas, pero como mi abuelo las espulgaba con elegancia y minuciosidad para luego juntarlas sobre una servilleta desechable, lo mismo hacía yo, aunque no con los mismos finos y pacientes ademanes (los cuales adoptaría años después). Al terminarnos los panqués, yo me comía mi montañita de pasas y después, las de mi abuelo.

Al terminar de desayunar, yo salía a montar a caballo y visitaba mis lugares favoritos de Peñuelas, los cuales, según yo, eran mi propio descubrimiento y nadie más los visitaba. Observaba a los caballos y les ponía nombres de piedras preciosas según sus colores. Durante el invierno (antes de navidad), en esas cabalgadas, mi abuela me pedía que cortara heno de los árboles para decorar su nacimiento de cerámica.

A mediodía, regresaba a casa. Mi abuela cocinaba y mi abuelo, recién bañado y perfumado, se subía a su pick-up y yo lo seguía en mi caballo. Nos deteníamos cuando nos encontrábamos a Sancho en los alrededores de la casa: un chivo domesticado que alimentábamos con cigarros sin filtro y caramelos que mi abuelo llevaba siempre consigo. Me detenía a acariciarlo y alimentarlo; siempre me llamó la atención el movimiento drástico de sus mandíbulas que parecían viajar de una oreja a otra. Visitábamos las pilas de agua, los corrales, las caballerizas y supervisábamos a los vaqueros cuando descornaban al ganado. Mi abuelo me contó que se trajo a esa raza de vacas Limousin desde Canadá. Tenían, todas, un pelaje anaranjado que contrastaba divinamente con el llano amarillezco y el manto celeste. También me enseñó qué plantas podía comer e incluso chupar, pues había unas florecillas rosas que tenían gotas de néctar suave y que endulzaban el paladar después de horas de respirar y tragar tierra árida.

Al concluir nuestras rondas, regresábamos a la casa a comer y mi abuela me ordenaba que llevara para los vaqueros del rancho: el tortillero y recipientes de peltre con salsa molcajeteada, guisados, arroz y frijoles. Al terminar de comer, mi abuela me ponía pomada De la tía (un ungüento veterinario) en las piernas, pues regresaba siempre con rasguños de los mezquites y con los tobillos y los costados de las rodillas rosados, o incluso sangrando, a causa del roce de mis botas y de mis pantalones de mezclilla con los estribos y la silla charra. Cuando las heridas eran aún más graves, mi abuelo me ponía moradito (un antiparasitario y antiséptico para el ganado) que ardía hasta el tuétano. Hablando de medicamentos veterinarios, recuerdo que mi abuelo una vez le eliminó a mi hermano un mezquino que tenía en la mano con el descornador de vacas. Sí le quito el mezquino, pero le dejó una cicatriz honda, ancha y tan brillosa que parecía haber sido pulida por los demonios.

En las tardes, jugaba cerca de las vías del ferrocarril juntando las piedritas moradas que arrojaba el tren; o hacía pasteles de tierra sobre la barda que rodeaba la casa, y veía como el calor del sol los secaba: un horno natural para la repostería de las lombrices; o al atardecer, veía a mi abuelo trabajar en el taller que estaba entre las caballerizas y el cuarto de la planta de diésel. A veces, después de comer, íbamos al cerro De la Cruz y mis abuelos hacían llamadas por la radio y en veces llamábamos a mis padres. El cerro De la Cruz era el único lugar en donde teníamos señal; era el punto más alto de Peñuelas. Y en efecto, el cerro tenía una cruz blanca enterrada en la cima. Ahora caigo en cuenta que nunca pregunté quién fue el que la colocó.

Cuando el sol se ocultaba, mi abuelo encendía la planta de diésel un par de horas. En ese tiempo tan preciado de electricidad, mi abuelo escuchaba la radio y mi abuela y yo tejíamos: ella hacía cobijas y yo cadenitas de tejido para practicar las puntadas. Antes de ponerme el pijama, mi abuela me suplicaba que me bañara, a lo que yo me negaba siempre. Mi abuelo me defendía.

—Deja a la niña hacer lo que quiera —le ordenaba mi abuelo.

En mi lógica infante, no tenía caso bañarme, pues al día siguiente volvería a ensuciarme, volvería a abrazar a los caballos sudados, y jugaría otra vez con la tierra.

Antes de las diez de la noche, mi abuelo nos avisaba que iba a apagar la planta y mi abuela y yo corríamos a lavarnos los dientes. Ir al baño sin electricidad, era un deporte extremo; la oscuridad era tan profunda que a veces pensaba con congoja que me había quedado ciega. En ocasiones, después de que se apagaba la planta, mi abuelo y yo salíamos a ver las estrellas.

—¿Sabes cuántas estrellas hay en el cielo? —me preguntó mi abuelo.

—¡Cientos! —Afirmé.

—No.

—¡Miles!

—No.

—¿Millones?

—No.

—¿Cuántas, abuelito?

—Cincuenta.

Después de contar cincuenta estrellas y de comprobar que aún faltaban más luces estelares por incluir en la cuenta, le dije:

—Estás mal, hay más de cincuenta.

—No. Escucha bien. Hay “sin cuenta”.

En una ocasión le pregunté si podía dormir afuera, sobre el césped que estaba frente a la casa; le dije que quería dormir bajo las estrellas. Me dijo que sí, como a todo. Sacó unas cobijas y una almohada y me tendió una cama. Mi abuelo me dejó y se metió a la casa que, desde mi tendido, parecía un tabique negro y gigante en contraste con la luz de la luna y las estrellas. Me puse a contemplar el cielo y a escuchar la melodía nostálgica de los grillos. ¡Me pertenecía el manto estrellado más hermoso del mundo! Una saturación de luces elegantes y mágicas. Quince minutos después de un deleite cósmico, mis huesos no pudieron tolerar el frío de aquel clima semidesértico y regresé corriendo a la casa con las cobijas en los brazos. Titiritaba. También me tuve miedo de un ataque por parte de los coyotes, de que me comieran como a las vacas. No alcancé a tocar la puerta, cuando mi abuelo me abrió la puerta y el mosquitero. Había adivinado el tiempo preciso que me tomaría regresar.

Quién diría que llegaría el día en el que sólo visito Peñuelas en mis sueños; ahí, en la vida que se desarrolla en el inconsciente, y camino nuevamente bajo las vigas de madera y acaricio las paredes frías que ahora sostienen el techo de mi valentía.

Lo que impide que visitemos ahora, fue lo que sucedió en el año 2008: un cartel del narcotráfico se apoderó de aquella casa y de aquel terreno. Se adueñaron de las tierras que mi abuelo defendió con puños blancos y bravura. Después de que lo despojaron de sus tierras, el espíritu de mi abuelo se marchitó, y con él, su cuerpo, su salud. Mi padre lo llevó a España, al País Vasco, para que conociera las tierras de sus ascendientes, pero tampoco eso logró reanimarlo. Antes de morir, pidió que lo llevaran a Peñuelas una última vez, pero la vida no es como en las películas. Nadie pudo cumplir su último deseo.

Don Pepe, mi abuelo, también está en mis sueños. Cuando lo veo en el mundo onírico, a pesar de que no estoy consciente, de alguna manera sé que ya no caminamos sobre el mismo suelo y lo abrazo… lo abrazo mucho.

Ciudad de México, 2022

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Revelación

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Por Mónica del C. Aguirre

El inspector González despertó de una de sus familiares pesadillas. Siete años de trabajo en el Departamento de Homicidios lo habían expuesto a situaciones e imágenes que se repetían en su memoria: mutilaciones, sobredosis, suicidios, violaciones, sesos, tripas, y cuerpos morados que encontraban en el río donde los criminales arrojaban a sus víctimas. La memoria no tiene jefe, no obedece jerarquías; proyecta los recuerdos que le vienen en gana y, generalmente, son aquellos que desearíamos reprimir.

Apenas amanecía cuando el inspector González despertó. Estaba sudando, su corazón latía de prisa y sintió sus venas casi explotar por la presión de la sangre. Soñó, como solía, con otro asesinato. Pero esta vez, el asesino era él. Le pareció tan real que, cuando abrió los ojos, estaba confundido: no sabía si su habitación era el sueño, y la mujer degollada del bosque había sido una noche más de investigación.

Su habitación comenzó a iluminarse, pero aún se sentía exaltado y con una penumbra que le pesaba sobre su cabeza. Se rascó el pecho. No, no se había acostumbrado a ver tanta crueldad. Se persignó con prisa y pidió a Dios que liberara a la tierra de todo mal… y también de las prostitutas.

Sonó su teléfono, era el agente de la Policía local. Fue breve. Le informó que se le requería de inmediato en el bosque, junto al río, a cien metros de la bifurcación: habían degollado a una mujer que por su apariencia parecía tratarse de una prostituta.

El inspector González se vistió de prisa y antes de salir, se preparó con manos temblorosas una taza de café instantáneo. Mientras hervía el agua, se permitió un momento de reflexión. ¿Una prostituta? Meneó la cabeza.

Cuando llegó al lugar, los escalofríos lo sacudieron y el trago de café le supo más amargo de lo normal. Una prostituta. Mallas de red rotas. Degollada. ¿Acaso esta vez había soñado el futuro? En la mano que yacía sobre las hojas muertas, la mujer sostenía el libro “Memorias del subsuelo”, de Dostoyevski. Ése era el libro favorito del inspector González.

Dio breves y rápidas instrucciones a sus subordinados. Sin decir más, se dirigió a su casa. Buscó su ejemplar, de prisa. Confirmó que la prostituta asesinada llevaba consigo el mismo libro de su colección.

 

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Los puntos negros del concierto de Silvio Rodríguez en el Zócalo de la Ciudad de México

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Por Alberto Farfán

Por supuesto que la presencia del cantautor Silvio Rodríguez en México es todo un acontecimiento tanto por sus canciones como por erigirse en un símbolo de lucha de la izquierda latinoamericana y por ser un digno representante de la revolución cubana en todo el mundo.

Además, porque a diferencia de muchos de sus colegas comprometidos en contra de las injusticias vividas en América Latina, finalmente hicieron a un lado esa plausible entrega para situarse en la posición que siempre cuestionaron: la canción comercial, los boleros pseudoamorosos y lacrimógenos que perpetúan estereotipos y que no conducen a ninguna parte, más que a la cosificación del individuo. Pensemos en Pablo Milanés, Amaury Pérez, Tania Libertad, Guadalupe Pineda y otros más. En cambio, Silvio continúa en la misma dirección, sigue siendo el mismo necio en pro de un cambio.

Y como lo realizara quien esto escribe tiempo atrás con relación a un concierto de la fallecida cantante Mercedes Sosa en el Auditorio Nacional por llamar a un masculino producto made in Televisa a acompañarla al escenario a cantar, dando como resultado el que una parte importante de los presentes la abuchearan legítimamente para increparla, con lo cual coincidí, me temo que hay que señalar ciertos puntos negros que se pudieron observar en torno a la actuación del cantante cubano en el zócalo capitalino el pasado 10 de junio de este año.

Para empezar, es interesante que el régimen que emplea una y otra vez el concepto clasismo en contra de la oposición o en detrimento de todo aquel que disiente, se haya perpetrado sin que nadie lo apuntara. Es decir, mientras cientos de mexicanos de escasos recursos en su mayoría ─“el pueblo bueno”, diría el presidente de la nación─, tuvieron que acudir horas antes e incluso de madrugada para obtener un lugar cercano al escenario ─la cita era a las 20 horas─ y resistir la lluvia que se desató; por el contrario, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y el cuestionado líder de su partido, Mario Delgado, con toda comodidad disfrutaron del espectáculo en un balcón del Antiguo Palacio del Ayuntamiento. O sea, los de alto nivel bien resguardados y confortables en tanto que el pueblo de a pie en la explanada.

Por otro lado, resulta paradójico, absurdo o patético el que un gobierno que no ha disminuido sustancialmente los feminicidios ni las desapariciones de mujeres incluyera como telonera del concierto a la cantante sólo conocida en redes, Vivir Quintana, quien esgrime como su máximo éxito una canción que denuncia a las autoridades por las agresiones a sus congéneres, “Canción sin miedo”. Autora cuyas composiciones son más bien ideologizantes y burdas, que apuntan a la perspectiva afectivo-emocional con el objeto de anular la conciencia crítica del escucha y para nada a la de la reflexión, como sí lo lleva a cabo Silvio en todas sus canciones, a partir del empleo de una poética multívoca que propicia el pensar en la realidad circundante y sobre uno mismo. Y todo indica, debido a esta disparidad, que el haberla incluido fue más bien un acto demagógico, o acaso preelectoral en aras de la presidencia para la contienda del 2024.

Así las cosas, entre otras, no queda más que esperar que la serie de conciertos que ha anunciado el gobierno de esta ciudad para fechas posteriores no obedezcan a la búsqueda de cierto posicionamiento más que evidente con respecto a las aspiraciones de su titular y en realidad sean para la genuina diversión de los posibles asistentes. Pues no me gustaría escribir posteriormente que “al pueblo pan y circo”.

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