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Las opciones electorales en México

Las opciones electorales en México: entre el “menos peor” y el que “acabará con las ratas”

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14 elecciones en México el 7 de julio. Foto: lainformacion.com

14 elecciones en México el 7 de julio. Foto: lainformacion.com

Entre el “menos peor” y el que “acabará con las ratas”

Ricardo V. Santes Álvarez *

El proceso electoral que se desarrolla en 14 entidades mexicanas para elegir diputados locales y presidentes municipales (y gobernador en una de ellas) el próximo 7 de julio, confirma por enésima ocasión el penoso nivel de la política y los políticos. El vituperio, la mofa, la difamación del adversario o incluso la amenaza a su vida son moneda corriente en estas “competidas” campañas. Sistemáticamente se deja de lado aquello que hace tanta falta en el país: la propuesta concreta y viable.

Por voces favorables a una determinada opción, o por reprobables anónimos, nos enteramos de toda la negatividad que encierra un candidato o una candidata de la posición contraria. Se nos dicen cosas “espantosas”: que ha amasado una fortuna de manera inexplicable; que en una ocasión se le vio abrazando a La Maestra; que en su última gestión dejó vacías las arcas públicas; que tiene vínculos con el crimen organizado; etcétera. Al mismo tiempo, la instancia oficial encargada de “vigilar imparcialmente” el proceso electoral, llena el espectro mediático con una cantaleta hartante; apelando al buen juicio de los ciudadanos, les conmina a ejercer su deber cívico y derecho a votar libremente y de modo informado por quien consideren la mejor opción. Advierte también que, si se abstienen, permitirán que otros decidan por ellos, con lo que estarán contribuyendo al deterioro de la democracia.

Con esa presión, el mexicano de a pie parece atrapado. Le indigna enterarse que por quien pensaba votar es acusado de los peores actos (aun cuando éstos no han sido probados) y se decepciona al voltear hacia otras alternativas percatándose que son iguales o peores. ¿Votar por quien es señalado de haber robado recursos públicos, o por quien es acusado de poseer propiedades adquiridas con dinero de dudosa procedencia? La ciudadanía se pregunta si no hay otros: ¿Qué tal un candidato que no pertenezca a partido político alguno? NO, por ahora eso es prácticamente imposible. ¿Y qué tal si no se vota? NO, porque la perorata democrática y del deber cívico persigue a los ciudadanos por todas partes, incluso después de la elección.

El órgano electoral invita a votar libremente por quien se considere mejor. Claro, pero siempre y cuando se elija de un menú de abanderados por los partidos políticos. Sí, de los mismos partidos que sancionan la conformación del órgano electoral. ¡Vaya circularidad! Asimismo, la recomendación es emitir un voto informado, pero resulta que poco o nada agradable se sabe de los aspirantes, puesto que, como se confirma en la propaganda que abunda en las calles, antes que destacar las virtudes y objetivos del aspirante propio, los institutos políticos prefieren difundir especies acerca del volumen y hedor del estiércol que significa la postulación del adversario.

Peor aún, cuando los candidatos dan a conocer de viva voz SU propuesta, nos encontramos con banalidades o retórica hueca a más no poder. “Tenme confianza, no te voy a fallar”, dice uno. “En mi gobierno no me temblará la mano”, expresa otro. “Conmigo tú mandas”, señala uno más. “Trabajaré día y noche”, agrega otro; y un largo etcétera. Usted, lector, ¿les cree? Porque como se dice coloquialmente, esos políticos “de lengua se comen un kilo”. Y a todo esto, ¿dónde está la propuesta para que las cosas mejoren?, ¿Dónde están los “qué”, “cómo”, “cuándo”, “dónde” y “quiénes”, concretos y viables?

Gubernatura en Baja California

En esa entidad se realiza uno de los espectáculos más emblemáticos de la política nacional… y de sus políticos. Pese a compromisos de civilidad y limpieza, la “guerra sucia” entre los dos abanderados con posibilidades reales de ser elegidos para asumir la gubernatura no se ha hecho esperar. Se ha dado una pugna entre grupos de simpatizantes que lo mismo molestan por las calles y por vía telefónica a quien menos culpa tiene de sus conflictos (los ciudadanos), que montan por doquier inmensos espectaculares para “informar” el lado negro del aspirante contrario. Quizás el lector haya recibido llamadas telefónicas donde le piden colaboración para responder supuestas encuestas, pero en donde solamente le enuncian aspectos que agreden al adversario; y finalmente le preguntan “Y usted, ¿por quién piensa votar?”.

Aparte de los insulsos ataques personales que en nada contribuyen a elevar la calidad de la democracia, los debates entre los concursantes por el gobierno de Baja California sólo sirvieron para testimoniar el triste nivel discursivo y el raquítico acervo de presuntas propuestas. Las campañas terminan con similares traspiés a como empezaron; un candidato declarando: “Queremos empleo mejor pagado”… pues, ¿qué no es él quien debe generar las condiciones para ofrecer más y mejores empleos? Y el otro contendiente ofreciendo refritos maravillosos, como el de echar a andar las escuelas de tiempo completo… ¿Acaso no le han informado que eso ya está contemplado en el Compromiso 10 del Pacto por México y se recoge en la Meta III del Plan Nacional de Desarrollo?

El tira-tira de la política y los políticos en Baja California alcanza niveles climácicos. Y no es para menos, pues está en juego la joya de la corona azul (que azul ha pintado por 24 años), la cual otros desean que adquiera un tono tricolor. Siendo la primera gubernatura que se concursa durante la administración Peñista, ganarla significaría, supuestamente, empezar con el pie derecho.

Baja California necesita un cambio hacia una mejoría. En eso hay acuerdo. La duda es, en un flanco, si el aspirante azul hará diferencia y tomará distancia de las inercias que heredaría de los correligionarios que le preceden, o simplemente repetirá la receta. En el otro lado, si el candidato tricolor dará nuevo, mayor y sobresaliente impulso al desarrollo integral de la entidad, o solamente hará eco de las prácticas deleznables que campean en otras entidades donde gobierna el tricolor. El panorama es incierto y parece que, últimamente, los ciudadanos saldrán a votar no por la opción mejor sino por la “menos peor”. Francamente, lo positivo de las campañas en Baja California es que ya concluyeron.

Alcaldía de Xalapa

La ausencia de candidaturas de altura es generalizada en el país. Tal vez por eso, en Xalapa ha surgido una alternativa para la alcaldía que ha puesto a temblar a los políticos de siempre y las estructuras electorales que esos mismos políticos de siempre han construido. Se trata de una posibilidad que no surge formalmente de los partidos, es más bien un candidato ciudadano… bueno un felino, pero definitivamente el preferido de muchos electores. Es el Candigato Morris. En efecto, el simpático animalito ha tenido tanto éxito que ya trascendió las fronteras nacionales, y ha generado gran preocupación en la clase política local. A grado tal que las felinas intenciones de Morris de ser alcalde de Xalapa “para acabar con las ratas” han sido atajadas contundentemente por la presidenta del Instituto Electoral Veracruzano (IEV), aduciendo que todo voto por él se considerará nulo.

Al debate pronto entraron representantes de partidos, como es el caso del Comisionado Nacional del PT en el estado, quien calificó como “una estupidez” el que muchos xalapeños pretendan votar por Morris, aduciendo que tal acción sólo favorecerá al PRI y dañará a la oposición. Se sumó a la discusión una ex-consejera electoral, afirmando que el IEV miente sobre la nulidad del voto por el gatito, pues se puede escribir en un recuadro de la boleta el nombre de un postulante no registrado. “No es un voto nulo ni inválido, son votos que cada vez toman más fuerza para que se formalicen las candidaturas ciudadanas”, aseveró. Contribuyó también a levantar ámpula un magistrado del Tribunal Electoral de Veracruz, quien afirmó que inclusive si el 40 por ciento votara por el candigato la elección sería válida, porque “dichos votos no se contabilizarían, por lo que el triunfo sería para el candidato que obtenga el segundo lugar de sufragios a favor”.

Entre tanta alharaca, los dueños/representantes de Morris han enviado una carta al IEV, solicitando con argumentación jurídica que los votos por su mascota sean respetados y se contabilicen, precisamente, como sufragios por “candidato no registrado”. Asimismo, invitan a los simpatizantes a escribir en el recuadro correspondiente de la boleta electoral la leyenda “voto x el gato Morris”. El pequeño animalito es popular; vamos, muy popular, y tiene mucho mayor “arrastre” que cualquiera de los postulantes humanos que sueñan con ocupar la alcaldía xalapeña. Queda claro que no será Alcalde, pero el lamento principal para quien ocupe próximamente ese encargo será haber quedado en segundo lugar en las preferencias electorales, atrás de “un simple gato”.

Se comenta que detrás del candi-gato hay una estrategia armada por el partido gobernante para pulverizar el voto opositor y así seguir perpetuándose en el poder. Todo es posible en este México tan creativo para la engañifa política, pero sería una miopía pensar que el fenómeno Morris concluirá el 7 de julio. Por el contrario; éste y otros “candigatos” que posteriormente se han postulado en otros municipios, anuncian el inicio de las reformas necesarias, las que, en tanto la clase política de siempre siga manteniéndose ciega y sorda ante las demandas ciudadanas, avanzarán por canales informales y adquirirán, sí o sí, cada vez más peso en el espacio público.

(*) Analista político

Twitter: @RicSantes

 

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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