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«Las humillaciones de Francia» en controles de identidad abusivos, señala Human Rights Watch

Informe de Human Rights Watch denuncia la violación de derechos humanos en Francia por controles de identidad abusivos. Un reporte de Periodistas en Español.

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Foto: Periodistas en Español

PARÍS, Francia (PES).- La policía francesa emplea facultades excesivamente amplias para llevar a cabo controles de identidad injustificados y abusivos de jóvenes y niños de color y de origen árabe, señala en un informe Human Rights Watch.

El informe de 55 páginas, The Root of Humiliation: Abusive Identity Checks in France (“El origen de la humillación: Controles de identidad abusivos en Francia”), señala que es común que se intercepte a jóvenes que pertenecen a minorías, incluidos niños de tan sólo 13 años, quienes se ven obligados a responder numerosas preguntas, a ser palpados de manera invasiva y a que se revisen sus artículos personales. Estas detenciones arbitrarias pueden producirse incluso cuando no hay indicios de que se haya cometido algún delito, según comprobó HRW. Es habitual que se utilicen expresiones ofensivas, algunas de índole racial, y en algunos controles la policía aplica un uso excesivo de la fuerza.

“Es escandaloso que se permita, e incluso suceda, que jóvenes y niños negros y árabes sean puestos contra la pared por la fuerza y palpados arbitrariamente por policías sin que haya pruebas reales de algún delito”, señaló Judith Sunderland, investigadora senior para Europa Occidental de HRW: “Sin embargo, para los jóvenes de algunos barrios de Francia es parte de la vida cotidiana”.

El informe se basa en decenas de entrevistas realizadas a ciudadanos franceses que pertenecen a minorías, incluidos 31 niños, en París, Lyon y Lille.

El derecho francés otorga a la policía amplias facultades discrecionales para llevar a cabo controles de identidad sin ningún tipo de sospecha de delito, incluso en estaciones de transporte público y cualquier otra área que haya sido designada por un fiscal. La policía no lleva a cabo ningún registro sistemático de estas detenciones, y quienes son interceptados no reciben ningún documento escrito que explique o deje constancia del incidente. A la mayoría de las personas entrevistadas por HRW nunca se les dio ninguna explicación en las numerosas oportunidades en que fueron detenidas. Al no haber registros, es muy difícil evaluar la efectividad o la licitud de una detención, afirmó HRW.

Los testimonios contenidos en el informe corroboran las pruebas estadísticas y anecdóticas que indican que miembros de la policía francesa actúan en función de criterios selectivos de tipo étnico al detener a personas, es decir, adoptan decisiones según la apariencia de un individuo, como su origen racial o étnico, en vez de tener en cuenta su conducta o la existencia de una sospecha razonable de que se cometió un delito.

Farid A., un joven de 16 años de Sainte-Geneviève-des-Bois, en las afueras de París, contó que él y otros cinco amigos fueron interceptados tres veces cerca de la Torre Eiffel: “Salimos del metro, y había un control. Caminamos 200 metros, nos hicieron otro control. Caminamos 200 metros más, y hubo un nuevo control. Había muchísima gente, pero sólo nos pararon a nosotros”.

Un estudio hecho en 2009 por la Open Society Justice Initiative y el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia comprobó que en ese país las personas negras tienen una probabilidad 6 veces mayor que las personas caucásicas de ser detenidas, mientras que en el caso de los árabes la proporción es casi ocho veces superior. Muchas de las personas entrevistadas por HRW estaban convencidas de que su origen étnico y su vestimenta, que se asocia con los banlieues -un término que hace referencia a suburbios de grandes ciudades donde las condiciones económicas son menos favorables— fueron factores decisivos.

“Interceptar a personas en función del color de su piel constituye un uso ineficiente de recursos policiales y alimenta el resentimiento contra esta fuerza”, aseveró Sunderland. “Los operativos policiales deberían estar basados en pruebas y medidas de inteligencia, no en estereotipos”.

Una vez que son detenidos, los jóvenes que pertenecen a minorías suelen ser sometidos a controles humillantes que incluyen ser palpados y que se revisen sus artículos personales. Los cacheos pueden ser sumamente invasivos. Said, un joven de 25 años de Lyon, contó al respecto: “Tocan nuestras partes íntimas cada vez más”. Y muchos de los entrevistados se quejaron de esto. Los funcionarios de seguridad pública defienden los cacheos y señalan que se trata de una medida de seguridad necesaria, aunque su uso, pese a ser sistemático, no está claramente regulado por el derecho francés.

HRW también recibió varios relatos perturbadores sobre hechos de violencia ocurridos durante los controles de identidad, en los cuales las víctimas señalan haber recibido bofetadas, patadas y descargas aplicadas con armas eléctricas.

Ismael Y., un joven de 17 años de un banlieue al sur de París, fue detenido junto con otros amigos por policías en las afueras de la estación de trenes de Sainte-Geneviève-des-Bois, a principios de 2011: “Cuando estábamos allí con las manos contra la pared, giré hacia él [el oficial que lo estaba registrando] y me dio un golpe en la cabeza. Dije algo así como ‘¿por qué me está golpeando?’, y me contestó que me callara, ‘¿Acaso quieres que te arrojemos gases [lacrimógenos] o qué?’”.

En ocasiones, quienes no cooperan, hacen demasiadas preguntas o protestan por el trato recibido durante un control de identidad pueden ser acusados en el ámbito administrativo o penal, en muchos casos del delito de “insulto a un funcionario”. Esto otorga una dimensión coercitiva a los controles de identidad y disuade a las personas de reivindicar sus derechos, afirma HRW.

Yassine, un joven de 19 años de Lille, indicó que policías le habrían propinado patadas tras demostrar dónde había pasado la noche en un control de identidad. Luego debió permanecer 15 horas en la estación de policía por haber supuestamente insultado a un oficial, pero finalmente se retiró la acusación y fue liberado.

Los controles de identidad abusivos tienen un impacto sumamente negativo para las relaciones entre la policía y la comunidad, asevera HRW. La ira reprimida por los abusos policiales, entre ellos los controles de identidad autoritarios, fue determinante durante los disturbios que se produjeron en Francia en 2005 y parece ser la causa de innumerables conflictos de baja intensidad entre policías y jóvenes que se producen en zonas urbanas de todo el país.

Human Rights Watch

Experiencias como ser interceptados varias veces en un mismo día o ser seleccionados en medio de la multitud agravan la sensación, que prevalece entre los jóvenes de minorías, de que son perseguidos en forma deliberada, expresa HRW.

La conducta irrespetuosa por parte de policías, como el uso rutinario del apelativo informal “tu” (“tú”) y diversos insultos, contribuyen a incrementar el resentimiento. Las personas entrevistadas para el informe dijeron que las habían llamado “sucio árabe” y “maldito árabe”. Un joven de 19 años de Lille nos contó que eran tantas las veces que lo habían llamado “sucio árabe” que “ya no nos sorprende, es normal”. Un niño de 13 años de Évry, en las afueras de París, relató que un policía lo había llamado “negro sucio”.

Tanto el derecho francés como el derecho internacional prohíben la discriminación, la injerencia injustificada en el derecho a la privacidad y las violaciones de la dignidad y el derecho a la integridad física. Los estándares internacionales y nacionales también exigen un trato respetuoso por parte de la policía.

HRW insta al Gobierno francés a reconocer los problemas asociados con la facultad policial de efectuar controles de identidad, y a adoptar reformas legales y de políticas para evitar que se adopten medidas selectivas en función del origen étnico y que las personas que son interceptadas reciban un trato abusivo. Todos los controles de identidad y los cacheos deben llevarse a cabo sobre la base de sospechas razonables e individualizadas. Todas las personas que sean interceptadas por policías deberían recibir una constancia escrita, donde se indique información relevante como sus datos personales, los oficiales que intervinieron y el fundamento legal de la detención.

La policía debería además llevar un registro interno de todos los casos en que se intercepta a personas y el Gobierno debería publicar datos desglosados en forma periódica. La discriminación por parte de funcionarios de seguridad pública debería estar expresamente prohibida.

“A decir verdad, las relaciones entre la policía y la comunidad en Francia están profundamente deterioradas, y todos lo saben”, afirmó Sunderland. “Adoptar medidas concretas para prevenir controles de identidad abusivos —una de las principales causas de tensión— sería un paso verdaderamente positivo que haría una gran diferencia en la vida cotidiana de las personas”.

Testimonios del informe

Ouamar C., 13 años, París:

Estaba sentado con algunos amigos… y vinieron a hacer un control. Yo no dije nada porque si hablas te llevan al centro de la ciudad. Abrieron mi bolso. También me palparon. Igual que siempre. No me encontraron nada. Fue la primera vez que sucedió frente a mi escuela. Te dicen: ‘Contra la pared’. Te revisan, y cuando terminan dicen gracias y se van… Al principio tenía miedo, pero ahora me estoy acostumbrando.

Haroun A., 14 años, Bobigny:

Estaba en el centro comercial divirtiéndome con algunos amigos. Ellos [los policías] vinieron con armas y nos apuntaron. Eran tres. Nos dijeron: ‘Control de identidad’. Dos de ellos tenían las Flash-Balls [armas que disparan balas de goma] en la mano. Nosotros éramos cinco o seis. No estábamos haciendo nada. Simplemente nos paran todo el tiempo como esa vez. Cuando estamos en grupo, nos paran inmediatamente. Nos preguntaron si teníamos drogas. Nos pusieron contra la pared. Nos revisaron incluso los calcetines y los zapatos. No encontraron nada. No siempre nos piden los documentos.

Halim B., 17 años, Lille:

El autobús se detuvo y subieron policías. Yo estaba sentado en el fondo. Eran las 7:20 de la mañana. El autobús estaba lleno… Señalaron a un sujeto y le dijeron ‘Levántate y ven con nosotros’. Yo miraba lo que sucedía. Pensé que se trataba de un criminal. Y luego me indicaron a mí también que descendiera. Hicieron bajar a tres personas, dos de ellas árabes. El autobús estaba lleno. Había muchas personas paradas. Había más franceses [caucásicos] en el autobús… Ellos [la policía] tienen derecho a hacer estos controles cuando les apetece, pero en verdad fue desagradable. Me sentí como un ladrón, un criminal buscado. Tuve miedo cuando me dijeron que descendiera. No entendía qué se suponía que había hecho. Cuando bajé [del autobús], dijeron ‘contrôle [control de identidad], ¿llevan algo ilegal?, vacíen los bolsillos’. Revisaron mi bolso y luego me dejaron ir. Llegué a la escuela un poco tarde. Honestamente, no estaba mal vestido ni nada, iba a la escuela.

 

Información: Periodistas en Español  y Human Rights Watch

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Europa

Corte Penal Internacional emite orden de arresto contra el presidente Putin por crímenes de guerra

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putin cpi

Por primera vez en la historia de la CPI, se dicta una orden de arresto contra el presidente de un país miembro del Consejo de Seguridad de la ONU

La Corte Penal Internacional (CPI) emitió este viernes una orden de arresto contra el presidente ruso, Vladimir Putin, como “presunto responsable” de la deportación ilegal de niños y su traslado de zonas ocupadas en Ucrania hacia Rusia, lo que supone un crimen de guerra.

También emitió otra orden de arresto contra la política rusa María Lvova-Belova, comisionada presidencial para los Derechos del Niño en Rusia, con la misma acusación.

 El fiscal general ucraniano agradeció hoy a la Corte Penal Internacional (CPI) la orden de arresto dictada por este tribunal con sede en La Haya contra el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin, bajo acusaciones de haber deportado ilegalmente a Rusia a niños ucranianos.

“Agradezco personalmente al fiscal de la CPI Karim Khan esta histórica decisión”, escribió en su cuenta de Twitter el jefe de la Fiscalía ucraniana, Andriy Kostin, que recordó que la justicia ucraniana está investigando la deportación forzosa a Rusia de más de 16.000 niños ucranianos de territorios ocupados por Moscú.

“Tememos que los números reales sean mucho más altos”, agregó el fiscal general ucraniano, que explicó también que las autoridades de Kiev han compartido con La Haya más de 40 volúmenes y un millar de páginas de pruebas que documentan estos casos.

Kostin recordó que la orden dictada por La Haya obliga a los países que forman parte del tribunal a detener y entregar al presidente ruso a la CPI. “Los líderes del mundo deben pensárselo dos veces antes de darle la mano o sentarse con Putin”, remacha el fiscal ucraniano.

Ucrania había iniciado varios procesos contra Rusia en La Haya por los más de 70.000 crímenes de guerra rusos que dice haber documentado en el territorio.

Es la primera vez en la historia que la CPI dicta una orden de arresto contra el presidente de un país miembro del Consejo de Seguridad de la ONU.

***

Con información de EFE

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Rusia ha cometido crímenes de guerra y posibles crímenes contra la humanidad en Ucrania, concluye comisión de la ONU

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ONU expertos crimenes de guerra

Por Icíar Gutiérrez

La comisión independiente de expertos enviada por la ONU a Ucrania ha concluido que las autoridades rusas han cometido una “gran variedad” de violaciones del derecho internacional en diversas regiones del país, “muchas de las cuales equivalen a crímenes de guerra”.

En su informe final, presentado este jueves, detallan profusamente, entre los crímenes cometidos por Rusia, ataques contra civiles, homicidios intencionados, confinamiento ilícito, tortura, trato inhumano, violación y otros actos de violencia sexual, así como traslados forzosos y deportaciones de niños. Sostienen también que las olas de ataques contra infraestructuras energéticas desde el otoño y el uso de la tortura por parte de las autoridades rusas pueden constituir crímenes contra la humanidad.

Durante su investigación, el grupo de expertos visitó 56 localidades y entrevistó a casi 600 personas –348 mujeres y 247 hombres–. Sus investigadores inspeccionaron lugares destruidos, fosas, lugares de detención y tortura, así como restos de armas, y consultaron un gran número de documentos e informes.

Si bien la mayoría de los abusos han sido ampliamente documentados desde el estallido de la guerra hace más de un año, ahora quedan plasmados en una investigación respaldada por la comunidad internacional. La llamada Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre Ucrania está formada por tres expertos –Erik Møse, presidente de la misma, Jasminka Džumhur y Pablo de Greiff–, y fue creada por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas para investigar las violaciones y abusos de derechos cometidos en el contexto de la invasión rusa. Tras presentar sus hallazgos preliminares el pasado otoño, ahora publican sus conclusiones y recomendaciones finales ante el Consejo. Según han explicado los miembros de la comisión en una rueda de prensa este jueves, las autoridades rusas no han colaborado en la investigación.

Preguntado al respecto por los periodistas, Møse ha respondido que la comisión no ha “constatado que se haya producido un genocidio en Ucrania”. “Algunos aspectos pueden plantear interrogantes”, ha agregado.

En el texto, el grupo señala que han documentado un “pequeño número” de violaciones cometidas por las fuerzas armadas ucranianas, “incluidos probables ataques indiscriminados y dos incidentes calificados de crímenes de guerra”, en los que se disparó, hirió y torturó a prisioneros de guerra rusos.

Los supervivientes reiteraron a la comisión de la ONU la importancia de identificar a los responsables y hacerles rendir cuentas. En este sentido, los expertos recomiendan que se investiguen todas las violaciones y crímenes y que los responsables rindan cuentas, ya sea a escala nacional o internacional. En este sentido, reclaman un enfoque integral que incluya tanto la responsabilidad penal como el derecho de las víctimas a la verdad, la reparación y la no repetición.

Los crímenes constatados

La comisión indica que sus pruebas demuestran que, en las zonas que quedaron bajo su control, las autoridades rusas han cometido homicidios intencionados de civiles o de personas que no participaban en los combates, que constituyen crímenes de guerra y violaciones del derecho a la vida.

Los expertos dicen estar “impresionados por la magnitud de la destrucción” que vieron durante sus visitas. Las fuerzas armadas rusas han llevado a cabo ataques con armas explosivas en zonas pobladas “con una aparente indiferencia por los daños y el sufrimiento de la población civil, sin tomar las precauciones necesarias”. Estos ataques, en línea con lo que también han documentado diferentes organizaciones internacionales, fueron indiscriminados y desproporcionados y el uso de este tipo de armamento ha sido una de las principales causas de víctimas civiles, según explican.

En el informe también hacen mención a las olas de ataques que las fuerzas armadas rusas comenzaron a lanzar contra las infraestructuras relacionadas con la energía ucranianas a partir del pasado 10 de octubre, a raíz de los cuales regiones enteras y millones de personas se quedaron durante temporadas sin electricidad ni calefacción, especialmente con temperaturas bajo cero. En el documento la comisión deja por escrito que tales ataques pueden constituir crímenes contra la humanidad y recomiendan que esto se investigue más a fondo.

Los expertos también constataron un patrón de confinamiento ilegal generalizado en zonas controladas por las fuerzas armadas rusas, dirigido contra “amplias categorías de hombres, mujeres y niños”. Según detallan, el confinamiento y la detención en instalaciones de Ucrania y Rusia iban acompañados de métodos “sistemáticos” de tortura “contra determinadas categorías de personas por parte de las autoridades rusas”. La comisión –que pone el ejemplo de una persona que fue detenida y sometida a palizas como “castigo por hablar ucraniano” y por “no recordar la letra del himno de la Federación Rusa”–, este patrón de tortura “puede constituir crímenes de lesa humanidad y debe investigarse más a fondo”.

Entérate: Una red de 20 centros de tortura en la región de Jersón fue planeada y financiada por Rusia –  (losangelespress.org)

 

La comisión halló numerosos casos de violación y violencia sexual y de género cometidos por las autoridades rusas cuando hacían visitas casa por casa en localidades que estaban bajo su control y durante confinamientos ilícitos. La violencia sexual ha sido un aspecto importante de la tortura ejercida por las autoridades rusas, según el grupo.

Los expertos también se muestran preocupados tras investigar los traslados de niños de Ucrania a Rusia, y en este sentido constatan también que se han cometido violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Explican que las situaciones relativas al traslado y deportación de niños que han examinado también equivalen a crímenes de guerra. De acuerdo con los testigos que hablaron con el grupo, muchos de los niños más pequeños trasladados no pudieron establecer contacto con sus familias y podrían perder el contacto con ellas indefinidamente.

Fuente: eldiario.es

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Una red de 20 centros de tortura en la región de Jersón fue planeada y financiada por Rusia

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Descargas eléctricas, intentos de asfixias, el himno de Rusia y gritos de “viva Putin” para obtener información de las posiciones de Ucrania: investigadores de crímenes de guerra

Por Gabriela Sánchez / Olmo Calvo

Jersón (Ucrania) —

La artillería lanzada desde el otro lado del río Dniéper resuena en los alrededores de una pequeña tienda de ultramarinos de Jersón, mientras Tatiana Dmitrona sale del comercio a paso lento, abrazada a una barra de pan. Con una bolsa en su otra mano, pasa por delante de un portón metalizado coronado con alambre de cuchillas, y continúa el camino hacia su vivienda. El rugido de las explosiones ya no le asusta, pero los gritos desgarradores, escuchados cada día desde el salón de su casa durante los meses de ocupación rusa en la ciudad, no llegan a dejar de sonar en su cabeza.

Los constantes chillidos procedían del otro lado del portón gris, del otro lado del muro situado frente a la casa de Tatiana, desde donde la mujer de 75 años escuchaba los aullidos de dolor de hombres y mujeres encerrados en uno de los centros donde oficiales rusos detuvieron y torturaron a civiles ucranianos, según la Fiscalía regional de Jersón. Un grupo de investigadores de crímenes de guerra concluyó a principios de marzo que una red de al menos 20 centros de tortura en la región de Jersón, al sur de Ucrania, fue “planeada y financiada directamente por el Estado ruso”.

Tatiana camina hacia su casa, situada frente a uno de los centros de detención rusos. Foto: Olmo Calvo

Detrás de las paredes de uno de esos centros, gritó Viacheslav Lukashchuk. Su sonrisa remolona, la que dice ser su seña de identidad, no logra ocultar el dolor de los siete días que pasó detenido por las autoridades rusas durante la ocupación de Jersón. Junto a una cancha de baloncesto donde acaba de jugar una pachanga, Lukashchuk muestra un vídeo. En la pantalla aparece la bandera rusa. Los colores blanco, azul y rojo preceden a la imagen de un grafiti plasmado en un muro de Jersón durante los días de ocupación: “Gloria a las tropas ucranianas”.

Un hombre, de espaldas, agarra un rodillo y lo sumerge en un cubo de pintura verde. Empieza a borrar la inscripción, mientras una voz en off habla de “vándalo”, de “pintada extremista” y de “arrepentimiento”. En la parte inferior de la pantalla, un rótulo advierte de que se trata de la televisión difundida por la autoproclamada autoridad rusa en Jersón durante los meses de ocupación. El joven, con aspecto demacrado, dice ante la cámara: “Me siento culpable por esto y en el futuro esto no volverá a pasar”.

detalle video

Detalle de video.

Viacheslav guarda su teléfono de nuevo y tuerce su sonrisa. “Éste soy yo”, dice el joven ucraniano de 27 años, casi seis meses después de la grabación forzada del vídeo por parte de los funcionarios rusos. Tras siete días de cautiverio, en los que asegura haber sido víctima de tortura y prácticas abusivas, sus carcelarios le permitieron volver a casa con la condición de tachar, delante de la cámara, una de sus habituales pintadas de apoyo a Ucrania. El vídeo fue difundido como parte del aparato de propaganda rusa en la región.

Pero Viacheslav insiste en empezar por el principio. Cuenta su detención despacio, en un relato plagado de detalles. El 12 de septiembre de 2022, su hermana le avisó de que “los rusos” se acercaban a su casa. Durante las semanas anteriores, había realizado distintas pintadas por la ciudad en apoyo a las fuerzas armadas ucranianas, una estrategia impulsada por civiles de Jersón para evidenciar su resistencia a la ocupación, que finalizó en noviembre del año pasado cuando Kiev recuperó la ciudad.

Vratislav denuncia haber sido víctima de tortura durante la ocupación rusa de Jersón. Olmo Calvo

Sabía que podría tener consecuencias. Eran diez militares, recuerda. “Preguntaron directamente por mí”, dice el joven. Requisaron la documentación de todas las personas que estaban en su casa en ese momento: él, su madre, su novia, su hermana y un amigo. “Registraron nuestros teléfonos. En una conversación con mi novia, vieron que habíamos comentado algo de la muerte de un colaborador –un ciudadano de Jersón que colaboraba con la ocupación rusa–”. Empezaron los golpes: “Un militar ruso me dio con el codo en la cabeza. Me dio otro golpe, caí al suelo. Me levanté, me dio otra vez. Y otra vez. Me empezó a golpear en las piernas, me pusieron de rodillas, me pegaban por todas las partes”. Su familia contemplaba la escena en el salón de su casa, sin poder hacer nada.

Posible tortura en el salón de su casa

Un militar ruso salió de la habitación de Viacheslav con una camisa, de estampado militar, en la mano. “¿De quién es esto?”, preguntó, recuerda el joven. “Era mía, de cuando hice el servicio militar obligatorio antes de la guerra. Y se lo dije”, relata. Le golpearon aún más. “Me acusaban de muchas cosas y no era capaz ni de entender por qué. Me culparon de ser colaborador del Ejército y de enviar coordenadas de las posiciones rusas”, cuenta.

“Estaban sacando los cuchillos. Me amenazaban con que iban a cortarme las orejas delante de mi familia, dentro de mi casa. Cuando me cogían la oreja, yo me resistía para evitarlo, pero me ataron las manos. Me acosaban de nuevo, me hacían preguntas. Me preguntaban quién recaudaba dinero para las tropas ucranianas. Metían y sacaban las balas de la pistola, presionándome todo el tiempo”, recuerda el joven.

“Uno de ellos se acercó. Puso la pierna entre el cuello y el pecho. Estaba presionando, intentando asfixiarme. Después se calmó un poco, pero luego se fijó en una bolsa de plástico que estaba cerca. Me la puso encima de la cabeza. Y cerró la bolsa. Sentía que me asfixiaba”, continúa. “Al principio me estaba apretando el cuello con las manos, pero luego me cogió de la garganta, como si intentase arrancarme la nuez. Tiraba y tiraba”, dice el ucraniano.

Parece necesitar soltar todo, cada detalle de los abusos y posibles torturas sufridos antes de llegar al centro de detención. “Luego se acercaban todos, sacaban los cuchillos, me pegaban con el arma. Bromeaban entre ellos a mi costa: ‘venga, que sería mi cuarta oreja’. Otro contestaba: ‘la mía, la sexta’”, detalla.

Hasta que, cuenta Viacheslav, un agente del servicio de inteligencia ruso entró de nuevo en el salón: “Es nuestro. Vamos a llevárnoslo”. Le dijeron que cogiese un gorro. No sabía para qué. Pronto lo descubriría.

El centro de tortura

Después de obligarle a visitar distintos puntos donde había pintado grafitis, que tuvo que borrar y sustituir por una “Z” roja [el símbolo atribuido al Ejército del Kremlin], Viacheslav llegó al centro de detención. “Me metieron en una habitación oscura. Me dejaron ahí y me dijeron: ‘te quedas ahí quieto o disparamos’. Pensaba que me iban a matar”, recuerda el ucraniano, a quien cortaron la goma que sujetaba su pantalón para que se le cayese. “Me decían: ‘Estos hombres llevan mucho tiempo sin estar con una mujer. Te van a follar’”, relata. Después de golpearle una decena de veces con una porra en las piernas, le metieron en su celda, siempre según su relato. Era una cámara con tres camas, donde debían dormir siete personas, por lo que debían hacer turnos para descansar.

Lukashchuk cometió un error: mirar a los ojos a uno de los soldados rusos: “Me dijo: ‘¿Por qué me estás mirando?’. Uno de los agentes me golpeó en la espalda y me caí dentro de la habitación. No sabía qué hacer, cómo comportarme, entonces pregunté a los compañeros de celda. Hasta llegué a preguntar si me podía sentar en la cama. Todo me daba miedo”.

Pronto supo cómo debía comportarse los prisioneros para reducir las posibilidades de ser agredido. Según la experiencia de Viacheslav, los detenidos no podían mirar a la cara ni a los ojos del personal del centro, que solía ir con el rostro semicubierto con pasamontañas negro. Lo primero que debía hacer a su llegada, le dijo un compañero, era aprenderse el himno de Rusia. “Cuando entraban agentes del centro, todos teníamos que levantarnos y mirar la ventana. Y todos teníamos que gritar a la vez: ‘Gloria a Putin, gloria a Shoigú [Serguéi Shoigú, ministro de Defensa ruso] y gloria a Rusia”, explicita.

En otro punto de la ciudad, Boris (nombre ficticio), otro civil que asegura haber pasado por el mismo centro de detención, relata la misma dinámica: “Siempre teníamos que decir ‘gloria a Putin, gloria Shoigú y gloria a Rusia’. Te obligaban a aprender el himno de Rusia…”. Él fue detenido, precisamente, por negarse a decírselo a unos agentes rusos en el exterior del centro. “Vivo cerca de este centro y, la primera vez, me pararon y me obligaron a decirlo. No lo hice y me encerraron”, recuerda. La primera vez fue detenido cinco días. La segunda, 24 horas. Luego, fue trasladado a otro centro ubicado en los alrededores de la ciudad, donde estuvo un mes.

Se agacha y levanta su pantalón. Boris muestra las marcas que aún guarda de sus días en las prisiones rusas. Las aprieta con sus dedos. Aún sale pus de las costras. “Esto me lo hicieron con descargas eléctricas. Todavía no está curado”, sostiene el hombre, quien asegura tener las mismas heridas en su espalda.

“A veces te tumbaban en el suelo, ponían una toalla húmeda en la cara, conectan un cable en la mano y otro sobre el pene. Y, entonces, encienden la corriente. Cuando vertían agua sobre la toalla, sentía que me ahogaba. No hay palabras para describir cómo duele”, detalla Boris para ejemplificar la tortura que asegura haber sufrido en el mismo centro que Viacheslav. Ambos hombres, desconocidos entre sí, calculan que había unos 130 detenidos en el momento en el que pasaron por este centro.

Salir de la celda exigía un ritual. “Los hombres me explicaron que, cuando abrían los agentes, teníamos que salir al pasillo, ponernos el gorro en los ojos para no ver nada. Teníamos que salir, agachados y con las manos a la espalda. Preparados para que te llevasen a algún sitio”, continúa Viacheslav. Así fue como le trasladaron a los despachos donde, el primer día, fue interrogado en dos ocasiones.

“En cada sala vi manchas de sangre en las paredes. Me hicieron varias fotos y me revisaron todos los tatuajes. Luego pasaban las imágenes de los tatuajes por una especie de escáner, en el ordenador, para comprobar si coincidían con algunos símbolos”, dice. En los interrogatorios le preguntaban por los nombres de militares, jueces, policías. Le pedían direcciones, información sobre las posiciones ucranianas… Dijo no saber ninguna de las respuestas, cuenta.

“La segunda vez, me dijeron: ‘Si no nos dicen nada que nos interese, nos ocupamos de tu madre. Pero no dije nada”, recuerda. Tras ese interrogatorio,Viacheslav Lukashchuk pasó siete días encerrado en el centro sin salir de la celda. Al séptimo día, le llamaron. “Salí, me agaché, me puse el gorro, puse mis manos por detrás. Algunos me decían que debía bajar la cabeza al máximo, pero un soldado me dijo que por qué agachaba tanto la cabeza”, rememora, evidenciando su miedo a cualquier movimiento que pudiese molestar. “Me bajaron a la primera planta. Uno de los agentes me levantó la gorra para que yo pueda ver. Vi que tenía mi pasaporte y me preguntó: ‘¿Qué tal? ¿Has acogido al mundo ruso? ¿Ya estás de acuerdo con el mundo ruso? ¿Quieres volver a casa?”, cuenta.

Le dijo que sí, que quería volver a casa.

Después de acudir a borrar otra pintada de apoyo a las fuerzas ucranianas, la que sale reflejada en el vídeo publicado en medios rusos, el joven fue abandonado en un punto más o menos próximo a su casa. Primero caminó hasta casa de su novia, quien había sido retenida durante un día, para comprobar que estaba bien. Lo estaba y, juntos, fueron a su vivienda: “Vi que mi madre estaba recogiendo algo al lado de casa. Cuando vi que era ella estaba feliz. Estiré los brazos. Se dio la vuelta y, al ver que estaba delante, se puso de rodillas y se puso a llorar. Ya estaba en casa”.

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