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Con voz propia

La UACM como capital político del Distrito Federal

La UACM fue pensada para responder a la necesidad de estudiantes marginados de la Ciudad de México y comunidades con rezagos significativos

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Protesta del 6 de noviembre en la UACM Foto: Isabel Sanginés F.

Roxana Rodríguez Ortiz*

Es innegable que la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) tiene tintes políticos desde su creación, hace más de diez años, en el Distrito Federal. También es innegable que dicho proyecto educativo ha sido fuertemente cuestionado por una lógica eficientista de entregar resultados, cuando las bases teóricas del modelo están dadas en función de lo cualificable y no de lo cuantificable.

Desde su creación, el proyecto educativo de la UACM está pensado para estudiar o analizar las problemáticas y necesidades de la Ciudad de México, con miras a mejorar las condiciones de vida de la población que la habita. Esto se puede observar en los planes y programas de casi todas las licenciaturas e ingenierías que se ofrecen desde sus inicios, e incluso en los programas de posgrado o en los centros de investigación que actualmente existen en la UACM.

El estudiante en el modelo educativo de la UACM es responsable de su educación. El docente es un facilitador del conocimiento, mas no un transmisor de información. El cuerpo académico-administrativo de la UACM es responsable de planear las rutas curriculares afines a las necesidades de los estudiantes y de ofrecer herramientas pedagógicas que faciliten el desarrollo de habilidades en el estudiante, tanto en su tránsito por la universidad como a lo largo de su vida profesional.

Este proyecto también está pensado para tender puentes con la comunidad que lo acoge. Esto es sumamente significativo principalmente porque la ubicación de por lo menos tres planteles (Casa Libertad, San Lorenzo Tezonco Cuautepec, aunado a los programas que se ofrecen en los reclusorios) está pensada para darle voz a aquellos estudiantes que viven en los márgenes (políticos, económicos, sociales, culturales) de la Ciudad de México y que simbólicamente empiezan a apropiarse de espacios que antes les estaban negados.

A lo largo de por lo menos un lustro de la conformación de ciertos planteles (San Lorenzo Tezonco) se han observado cambios positivos para el entorno en tres niveles: en lo económico porque atrae pequeños inversionistas (casi siempre mujeres) que abren las puertas de sus casas para emprender microempresas (vinculadas con los alimentos); en lo simbólico, la instalación de los planteles ha coadyuvado a recomponer el tejido social de comunidades tanto con una tradición ancestral (pueblos originarios), como comunidades con rezagos significativos (zona conurbada); en lo político, mayor participación de la comunidad en la toma de decisiones.

Ahora bien, si consideramos los enormes retos que trae consigo echar a andar un proyecto como éste, en una ciudad como la nuestra, podríamos afirmar que es una batalla casi perdida desde su creación, por eso no me sorprende que en poco más de diez años de su conformación las críticas contra la comunidad que trabaja o estudia en la UACM sean tan devastadoras. Sin embargo, los que se han encargado de denostar el modelo educativo quizá no se han dado cuenta que la riqueza política del mismo está en revertir la condición social de la gente que habita la ciudad de México en distintos niveles que se vinculan principalmente con la reapropiación urbana de la ciudad.

Capitalización del capital humano de la UACM

Más allá de señalar lo que no se ha hecho tanto a nivel federal como local con la educación superior, o de plantear una serie de errores propios de la comunidad universitaria que debe pasar por la autocrítica, me interesa precisar que observo por lo menos tres escenarios, que van del corto al largo plazo, en los que se puede capitalizar el modelo educativo de la UACM en el Distrito Federal.

El primero de ellos, el de corto plazo, consiste en utilizar a la UACM como bastión político de los partidos de izquierda cada vez que hay elecciones en el Distrito Federal. En este sentido, el proyecto ha redituado en poca ganancia política debido a que prevalece en los gobiernos locales la lógica eficentista de entregar resultados en el corto plazo. Esto ha evitado que la UACM se convierta en una hueste política del partido que impulsó el proyecto de sus inicios, pero ha traído consigo un condicionamiento presupuestal a la entrega de resultados cuantificables (número de estudiantes titulados) que impide (o limita) la investigación e innovación científica, tecnológica y humanista.

El segundo escenario, el de mediano plazo, es el que estamos atravesando. Después de una década de actividades ya se puede hacer un corte de caja, acompañada de una autocrítica, para reconocer si el modelo de la UACM funciona como está o se le deben hacer cambios (considero que se debe normativizar la horizontalidad de la toma de decisiones, más que hacerle cambios sustanciales al modelo educativo de la UACM). En el mediano plazo se observa que al menos una generación de estudiantes empieza a focalizar su atención en sus comunidades de origen y a desarrollar investigaciones vinculadas con su entorno bajo la tutela de los y las docentes, en lugar de salir a competir por un trabajo mal remunerado y con pocas expectativas de desarrollo profesional. Quizá lo que ha faltado para capitalizar políticamente dichos proyectos son programas que promuevan habilidades vinculadas con la planeación estratégica, viabilidad y sustentabilidad de dichos proyectos en el largo plazo.

El tercer escenario, el de largo plazo, es el escenario en el que deberíamos estar trabajando tanto con las dependencias de gobierno como con diferentes actores sociales (ya sean públicos o privados). Este escenario no es nuevo en la educación pero bien aprovechado y vinculado con la educación crítica y comprometida con la sociedad que se promueve en la UACM puede generar cambios sustanciales en el Distrito Federal. Es decir, en el momento que el estudiante se hace consciente de su responsabilidad social frente a su comunidad (modelo de la UACM) cambia todo el escenario de participación política, social, económica y cultural, puesto que no será un estudiante que piense solamente en “buscar” trabajo al terminar sus estudios, sino que será un estudiante que ofrecerá salidas a las problemáticas de su comunidad. Esta idea es similar a lo que promueven las universidad privadas con sus programas emprendedores, solo que en el caso de la UACM no es una materia más que se debe cursar, sino que implica una concientización subjetivada de su necesaria aplicación en un época donde existe un déficit de recursos materiales, ideológicos y políticos.

Es claro que en los últimos dos escenarios descritos se necesita voluntad política (no de un partido en particular, sino de la sociedad en general) para lograr los resultados esperados. También se necesita visón para capitalizar el capital humano de por lo menos 14 mil estudiantes que actualmente están inscritos en la UACM, más los que se inscriban posteriormente. En este sentido, para capitalizar políticamente el modelo educativo de la UACM es necesario cambiar el paradigma positivista de la producción en línea y transitar a la economía de servicios que implica tanto la innovación científica y tecnológica como el desarrollo de modelos sociales, políticos y éticos afines a las democracias contemporáneas.

 

*La autora es profesora investigadora de la Academia de Filosofía e Historia de las Ideas y Coordinadora del Centro de Estudios Fronterizos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Dra. en Teoría de la literatura y literatura comparada. Miembro del SIN. roxrodri@gmail.com

http://roxanarodriguezortiz.com/

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Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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