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Con voz propia

La traición de los periodistas

Los periodistas en México están dando la espalda a las víctimas de derechos humanos y al pueblo que demanda la información como derecho y no como mercancía

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Guadalupe Lizárraga

Los periodistas de México están cada vez más dispuestos a traicionar todo aquello que su formación intelectual y los códigos éticos de la profesión representan. Lejos de mantener una función social en la que la información es un derecho y no una mercancía, les ha resultado muy fácil contaminar las mentes de sus audiencias.

En general, la traición al pueblo mexicano se ha convertido en una práctica distintiva de la clase política y de los intelectuales que los secundan por acomodarse en el círculo del poder. Aún así, se mantenía cierta esperanza y credibilidad en el periodismo crítico, aunque muchos de estos profesionales que hoy lo ejercen fueran impulsados desde las campañas salinistas con la etiqueta de “objetivos” y desde entonces no han dejado de encarecerse en el mercado de las influencias.

El escritor checo Karel Capek publicó un artículo periodístico en 1934 sobre el papel de los intelectuales en el contexto del ascenso al poder de los nazis en Alemania. Que en el contexto del PRI actual, en México, cobra mucho sentido.

“Allí donde la violencia es ejercida contra la humanidad civilizada nos encontramos con intelectuales que están ampliamente implicados en ello, e incluso hacen ostentación de argumentos ideológicos para justificarla. Ya no se trata de una crisis o de una enfermedad de la clase intelectual, sino de su tácita y general complicidad con el caos moral y político de la Europa actual […] Ningún valor civilizado puede ser obsoleto hasta que se abandona […] La decadencia de la clase intelectual es el camino hacia la barbarie de todo.” (The Spirit of Praga, 1990).

El periodismo en México se ha convertido en la reproducción sistemática de boletines gubernamentales y en entrevistas a políticos hechas a modo para imprimir en la audiencia la percepción de “señor indispensable” para la vida pública. Pero también, es un arma sicológica que vuelve invisibles a las verdaderas víctimas, y a los victimarios los convierte seres humanizados, al grado de suscitar solidaridad con éstos e indiferencia con aquellas.

Podemos identificar por grupos a los portadores de estas armas en México. Hay un grupo de periodistas que ha estado embelesado en legitimar, por ejemplo, el fraude electoral, y con la demagogia del PRI han justificado todo cuanto ha sucedido en el país respecto a violaciones de derechos humanos: terror, asesinatos, persecución política y encarcelamiento de inocentes sólo engrosan las tímidas denuncias de los familiares de las víctimas.

En estos últimos años, la violencia no ha dejado de ser la respuesta del poder contra toda esta energía en movimiento por intentar al menos una endeble democracia en la vida pública. Desde las desapariciones forzadas, presos políticos en Chiapas, atentados contra Agustín Estrada (expareja homosexual de Enrique Peña Nieto), violaciones en Atenco, masacres en Guerrero y el Noreste, feminicidios y los asesinatos despiadados de los periodistas en Veracruz, Tamaulipas y Nuevo León (territorio Zeta), entre otras miles de atrocidades, forma parte del silencio de los periodistas mediáticos.

Estos periodistas favorecen de forma directa el narcopoder para consumar la imposición de Enrique Peña Nieto, y son los que moldean las mentes dóciles de la audiencia masiva, por televisión. Los nombres y sus caricaturas grotescas circulan en las redes sociales, con una lista, mejor conocida como “Los prostitutos del poder”.

Pero hay otro grupo de periodistas que si bien no expresaron su apoyo al narcopoder, han tolerado sin ninguna objeción la violación sistemática de derechos humanos y abusos en contra del pueblo mexicano. Pueden identificarse por niveles, en cada entidad, en cada ciudad, en cada medio de comunicación. Su silencio es completamente funcional a la corrupción y al abuso de los políticos. Y un tercer grupo más exclusivo por su nivel de influencia, que es identificado con la etiqueta de objetividad e impulsa la agenda de la vida mediática mexicana.

Es comprensible que los periodistas honestos no critiquen de forma explícita el terror del estado, porque en ello va su vida y la de sus familias. Sin embargo, no todos estos periodistas quedan relegados a un segundo plano, marginados, en su silencio. Sino que se suman a la elite del régimen con cargos y condecoraciones, en algunos casos, o ayudan a la enajenación de las audiencias respecto a la tragedia que vive México. Y esto es lo más difícil de comprender cuando vemos estas imágenes absurdas de quienes identificamos con un periodismo “objetivo”.

El asesinato del hijo de Moreira es un buen ejemplo que cómo se trató en los medios y de cómo el nombre de un criminal en voz de un periodista con reconocimiento, puede cambiar la percepción en un giro de 180 grados. Este reportaje fue recomendado por Jenaro Villamil, de su casa editorial Proceso.

@jenarovillamil  “Reportaje muy recomendable de @ArturoRodríguez sobre la tragedia de Moreira y la desgracia de Coahuila http://fb.me/1jYwqUXcz

 

Se puede entender que su promoción responde a un intento de solidaridad con su colega. Lo que no se puede entender es porqué favorecer un velo mediático ante una situación de corrupción y crimen.

Sacerdote consuela a Humberto Moreira. Foto: EFE

El autor dice “Como gobernador –en referencia a Moreira– solía confrontarse con Felipe Calderón: varias veces le recriminó la militarización exacerbada del país. Desde Coahuila ayudó a varios de sus compañeros de partido a ser gobernadores, entre ellos a su hermano Rubén, quien lo sucedió.”

La forma de plantear el conflicto, por parte del reportero, favorece a quien ha cometido crímenes peores. Cualquier crítico de la militarización, no lo hace reivindicador de los derechos humanos ni lo exime de sus propias violaciones. Moreira era crítico de la militarización, pero por su desplazamiento como jefe tribal que controla el tráfico de influencias en la región.

Los militares protegen a un cártel y Moreira a otro. La militarización comandada desde la PGR, abre la competencia en el tráfico y esto genera enfrentamientos. Así me lo hizo saber una fuente confidencial, que antes de recurrir a Los Ángeles Press para revelar parte de esta información, recorrió varios medios en México. Ningún medio digital ni impreso quiso investigar más allá de la versión oficial. Se trata del pago que hacen periódicamente los Zetas a militares como Avigaí Vargas Tirado, director del centro de espionaje de la PGR, por dar información. Ésta es la “confrontación” de Moreira con Calderón, su desplazamiento a fuerza de balas en la que le tocó al hijo.

El reportero de Proceso, Arturo Rodríguez, escribe que Moreira es “crítico de la militarización”, y que “se convirtió en víctima de la violencia que azota al país y en estos días sobre todo al norte de Coahuila. En sus palabras, padece “en carne propia” el saldo de la “guerra absurda” declarada por Calderón al inicio de su mandato”.

Se insiste, Moreira no es víctima de la violencia y sus críticas no responden a los mismos motivos que de los defensores de derechos humanos.

El periodista no lo puede ubicar en el mismo plano de las niñas secuestradas de Juárez para su depredación sexual y venta de órganos, por ejemplo, sin perder rigor analítico. O de los miles de “daños colaterales” de los que cínicamente se deslindó Felipe Calderón. Moreira no está en desgracia, como lo califica el reportero, compite claramente en el mundo del narcotráfico y su deuda al estado de Coahuila sólo representa uno de tantos crímenes que se pueden cometer en México en completa impunidad, si se pertenece a la clase política.

Llevar a Moreira a juicio es imposible, y meterlo a la cárcel por dos o tres decenios, inimaginable. Y de igual manera resulta para cualquier político del narcopoder. La forma en que sólo pueden aplacarlos, cuando su avaricia está desbordada es afectando a sus propios intereses: “su carne propia”. El ejército y la PGR aparentan estar al mando de Calderón, pero hoy más que nada necesitan demostrar que aún son los pilares del control del tráfico, aun cuando sea con ayuda de los rivales de Moreira y compañía, porque se juegan los mandos burocráticos en este par de meses con sueldos onerosos.

Si el periodista pierde vista el contexto político de esta ejecución, nos presenta, en efecto, una víctima más. Y termina contaminado la mente de sus lectores, motivándolos a inclinarse hacia un criminal. Mientras que las verdaderas víctimas siguen en el anonimato y la injusticia.

Otro ejemplo complicado de entender es la entrevista de Carmen Aristegui a Aleph Jiménez, quien fue reportado por desaparición forzada. Aristegui termina acorralando a un hombre de 32 años que le explica, aún amedrentado, el contexto de la privación de su libertad o el porqué se vio obligado a esconderse. Como quiera que sea, hubo un móvil. La periodista hace abstracción de ello y caricaturiza una grave violación de derechos humanos contra este hombre e ignora el resto.

Aristegui no se preocupa por la represión en Ensenada que dio motivo a las denuncias públicas de Jiménez. Tampoco se preocupa por el ejercicio cabal de la libertad de expresión del activista. No pregunta cómo el senador Blázquez Salinas, usurpador de la izquierda, colaborador de Jorge Hank Rhon, aparece en la escena como su “protector”. Ni tampoco Aristegui creó en su agenda un espacio para entrevistar al presidente municipal de Ensenada, Enrique Pelayo Torres, responsable de la represión el 15 de septiembre, con 19 detenidos, dos heridos y la situación no clara de Jiménez.

Tampoco se preocupó Aristegui, en su presunto papel de periodista, por qué los homicidios en torno a los científicos del CICESE, o porqué los dos feminicidios que fueron perpetrados a principios de septiembre no han sido investigados, pese a las alertas que ha mandado Tijuana. Por qué la ejecución del consuegro del presidente municipal que cultivaba marihuana en su domicilio. Mucho menos el acoso de paramilitares encapuchados a las comunidades indígenas, que denunciaba #YoSoy132 Ensenada. Todos estos hechos, que en total fueron nueve homicidios en una semana, no pueden extraerse del contexto y sólo “regañar” públicamente a un hombre que buscaba salvar su vida, después de que su delito fue denunciar violaciones de derechos humanos.

#Yosoy132 Ensenada Foto: red

Son hechos que en voz de periodistas reconocidos por sus medios o por sus trayectorias, fácilmente son manipulables y mal entendidos en términos de valores y principios por las audiencias. Imágenes absurdas que trivializan la violación de derechos y libertades en México, y muestran cómo una víctima puede terminar desintegrada ante los ojos de la opinión pública o un victimario atraer la solidaridad del pueblo por una baja en su familia.

En el caso de Aleph Jiménez, incluso, Aristegui incita al coraje de sus radioescuchas contra la víctima, al mencionarle directamente sin fuentes ni referencias precisas que “dicen que hiciste el ridículo” ante la movilización de redes sociales y medios para alertar sobre el riesgo que corría. Una asociación lingüística muy grave, en voz de Aristegui, porque lleva a desarticular completamente el drama que vivió la víctima y, por ende, la solidaridad popular.

Se requiere mucha fuerza moral, pues, para resistir al narcorégimen. Sin embargo, no se justifica ninguna de estas acciones que hacen invisibles a las víctimas. Hacerlo, es traicionarlas a ellas y al pueblo de México.

Y en este contexto, desde luego que es posible ser vocero del PRI o de cualquier otro partido cómplice de sus violaciones, después de los feminicidios en Ciudad Juárez donde por veinte años no ha habido un solo culpable. Es posible cerrar los ojos, después de las masacres y fosas comunes en cada entidad donde entra el ejército y se enfrenta con los controles locales peleando por lo mismo.

Es posible seguir volteando al lado opuesto donde degüellan, mutilan y torturan a los colegas por hacer su trabajo cabalmente. Sí, es posible sacudirse el pudor y legitimar la versión oficial con cada crimen perpetrado contra el pueblo sin poder, y desde luego es posible difundir rutinariamente la versión oficial de que el narcotráfico es un ente aparte de los gobiernos locales y de la misma presidencia.

Pero lo que no es posible, es seguir siendo periodista, con los mismos principios y códigos éticos, que requiere la profesión.

 

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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