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Con voz propia

La tortura de Sergio Méndez Martínez, una historieta de terror

Los hermanos Sergio y Efrén Méndez Martínez han vivido la misma pesadilla de la tortura por agentes de la PGJEM para obtener una confesión de secuestro

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Caricatura sobre la tortura de Sergio Méndez Martínez dibujada por él mismo. Foto: Limeddh

Caricatura sobre la tortura de Sergio Méndez Martínez dibujada por él mismo. Foto: Limeddh

Sergio Méndez Martínez

Serie: Testimonios de tortura

Todo comenzó el 10 de febrero de 2003. Eran las 11:45 de la noche y yo iba en mi auto. De repente, una camioneta tipo Van azul oscura me cerró el paso y de su interior bajaron más de diez agentes armados. Al mismo tiempo, unos vehículos se pararon en el costado derecho de mi auto y otros detrás. Entonces escuché un grito:

–¡Apaga el auto y baja con las manos arriba! –y lanzaron unos disparos.

Los impactos de arma en mi auto se pueden apreciar en la fotografía que obra en mi expediente. Pero los agentes aprehensores quisieron justificar esta agresión manifestando en su declaración ministerial que repelieron mi agresión, porque dijeron que yo les disparé primero. Un hecho que lo desmiente es el estudio de rodizonato de sodio con resultado negativo.

Al momento que uno abrió la puerta, otro me jaló del cabello y empuñó su arma en mi cabeza. Me dijo con palabras altisonantes que me bajara y caminara; mientras, otro me cubrió con un saco negro con gris y por dentro con forro negro. Me obligaron a subir a una camioneta Van oscura y en su interior pude ver y sentir la alfombra de la misma porque me acostaron, y ahí me golpeaban y me apuntaban con sus armas.

Durante una media hora me mantuvieron en esas condiciones mientras el chofer llegaba a su destino. Cuando se detuvo la camioneta, me bajaron con lujo de violencia y me introdujeron a un lugar donde pude apreciar un pequeño cuarto sin aplanado en donde había una pequeña mesa y una cama matrimonial. Ahí me acostaron para ponerme una franela en la cara y arrojarme agua. Algunos agentes me sujetaban y me golpeaban en el estómago y otras partes de mi cuerpo. Me gritaban que debía confesar lo que ellos querían. Cuando yo me negué, ellos se enfurecieron aún más, y por órdenes de quien ahora es su comandante llevaron más agua y cables de luz. Me bajaron el pants y la ropa interior para arrojarme el agua a los testículos. Otro me ordenó que me quitara la sudadera. En esas condiciones quedé sentado en la cama, y enseguida ellos conectaron los cables de luz en un contacto que estaba a no más de un metro de altura del lado derecho de la cama. Pusieron los cables en mi espalda para obligarme a aceptar el delito imputado y que yo era el jefe de una banda de secuestradores, que habíamos cometido varios secuestros en el Estado de México y en Distrito Federal.

Yo seguí negándolo, y ellos torturándome. Al no poder soportar más los toques eléctricos en mis testículos les dije que aceptaba decir lo que ellos quisieran, pero que ya no me dieran esas descargas.

Antes de retirarme de ese lugar, ellos me volvieron a dar las indicaciones e hicieron que repitiera varias veces la misma declaración para asegurarles que yo había memorizado lo que les diría a su jefe en otro lugar al cual me llevarían.

Me subieron a la misma camioneta y de la misma manera fui conducido a lo que ahora son las oficinas de “la torre de Tlalne”, en la Subprocuraduría Regional de Tlalnepantla del Estado de México. En ese lugar pude grabarme en la mente algunas características del entorno y algunas personas que lo ocupan. En primer lugar, vi a alguien que vestía una gabardina gris oscura, un hombre alto, robusto, de tez clara y algo calvo. Él me obligó a rendir una declaración ante la cámara de filmación operada por un hombre de estatura baja. Antes de manifestar lo que filmaron, fui torturado de nuevo con golpes y una bolsa de plástico en la cabeza. Me amarraron de pies y manos en una silla que era sujetada por algunos de los agentes aprehensores, quienes también me golpearon y me amenazaron. La tortura vino de nuevo porque cuando me ingresaron a esa oficina por un momento pensé que esa persona al mando me daría su apoyo para recuperar mi libertad. Traté de explicarle cómo me detuvieron y lo que pretendían. Le dije que me había negado a confesar algo que no había, que estaba fuera de toda realidad. Sin embargo, en vez de ayudarme, junto con su gente, me torturó hasta lograr su fin. El video se difundió en los medios masivos de comunicación que dio inicio al efecto corruptor de la causa penal.

Permanecí varias horas en manos de ellos, quienes me golpearon y torturaron en sus instalaciones negándome el derecho de realizar una llamada y der ser asistido por algún abogado o persona de confianza.

Cuando ellos aseguraron el video continuaron con la rueda de prensa en donde nos obligaron a posar con armas que sacaron de un escritorio color café ubicado al lado de la oficina ministerial de dicha entidad.

En este lapso de tiempo, me trasladaron a casa de mi madre con el pretexto de pedirle dinero para dejarme en libertad; sin embargo, una vez que llegamos detuvieron a mi hermano Efrén y lo involucraron como participante de la organización criminal, y también me trasladaron al domicilio que yo habitaba para sustraer todo lo que para ellos fuera de valor. Era casi el amanecer del 11 de febrero del 2003.

Luego se pararon cerca de mi domicilio en un puesto para comer quesadillas y tomar refrescos, fue cuando recibieron una llamada del mismo sujeto que me obligó a firmar el video, quien siempre los etiquetó de “pendejos”, dándoles la indicación que me llevaran a la ciudad de Toluca, porque “su jefe estaba bien encabronado y no había tiempo” (en referencia a Navarrete Prida).

Llegamos a Toluca a las 9:30 am y estuve esperando por un tiempo. Después intentaron declararme culpable por mi propia voz y volví a negar los hechos lo que les volvió a molestar bastante y me volvieron a golpear. Luego me pasaron a las instalaciones, en donde permanecí una media hora junto a las otras personas que estaban involucrando en este mismo delito. De pronto me llevaron afuera, me subieron a la camioneta Van oscura, y condujeron hasta parar en una esquina donde había un lote baldío y allí había una cáscara oxidada de un auto. Me bajaron y me obligaron a tomar una de sus armas para que realizara algunos disparos de la misma arma de fuego que recibió el auto que yo conducía. Pero para sorpresa de ellos tiempo después me tomaron el estudio de rodizonato de sodio y salió negativo.

Yo creo que el estudio de parafina salió negativo porque al momento que me obligaron a tomar el arma, el agente encargado de someterme puso sus manos encima de las mías y jaló el gatillo de la escuadra y además sus manos eran mas grandes que las mías.

Después me trasladaron de nueva cuenta a las instalaciones donde me habían golpeado antes y me encerraron en una galera, incomunicado y en condiciones inhumanas. Lo demás es historia.

Comparecí a declarar ante el agente del Ministerio Público enseguida de mi hermano. Eran las 7 de la tarde del día 12 de febrero de 2003. Sin embargo, ya habían difundido mi persona a través de los medios masivos de comunicación e internet como “una bestia”, al igual a mi hermano y a otras personas. Antes de decir nuestra versión de los hechos, ante dicho agente ministerial ya éramos culpables: así lo decía el periódico La Prensa, publicado el mismo día 12 de febrero del año 2003 y los diferentes noticieros televisivos.

Historieta sobre la tortura de Sergio Méndez Martínez

Arteleaks

Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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