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La prodigiosa memoria de Felipe Ayala, hijo de una Adelita

Felipe Ayala, un artesano de coronas de muertos, hijo de una Adelita de la revolución, recién ha fallecido, después de contar su vida y sus memorias.

Miguel Alonso Rivera

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Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

(Segunda Parte) *

Tiene la nariz y las orejas de Walter Matthew. Aunque no puede ver, la mirada de sus ojos entrecerrados es picante y está a tono con su personalidad dicharachera.

Hay más ceguera en los que ven sin ver. Sabe observar atentamente aunque perdió el sentido físico de la vista. Su espíritu mira y los años lo enseñaron a escuchar. Su gesto dibuja una eterna sonrisa socarrona que se burla de la solemnidad.

No está privado de la luz pues tiene una imagen clara del universo. La oscuridad no está presente en su mundo ya que puede referir con detalle, a profundidad, lugares y distancias. Puede hablar de los colores y del movimiento de los cielos.

A pesar de sus noventa años de edad, su complexión es sólida y su nariz es la cereza del pastel de un carácter campechano y gracioso. Es un hombre expresivo y simpático que posee el poder de la seducción en sus expresiones tan humanas.

Cuando habla, medio en broma medio en serio, se convierte en el carismático y absoluto protagonista de la sobremesa con historias que nos remontan al pasado con rigurosa exactitud.

José Felipe Ayala Medina no es un ser convencional, goza de una prodigiosa memoria fotográfica a la que nos introduce relatándonos lo inimaginable con sabrosa complicidad. Sus recuerdos están atados a sus cinco sentidos, incluso al de la vista perdida.

Nos narra las anécdotas y motivaciones sexuales de la vida de un hombre enamorado de las mujeres de Sonora y Sinaloa.

Nos cuenta los sentimientos de un macho de antaño que siente, ahora como caballero maduro y reflexivo por la edad, el placer del empoderamiento femenino.

Felipe Ayala nos lleva a escenarios fascinantes de indescifrables misterios por los caminos seguidos a lo largo de su existencia y aunque parezcan fantásticos e irreales, son ciertos. Parafraseando a Zenón de Citio: “el don de la palabra es una virtud, por eso se la tiene que usar sólo para enseñar y contar la verdad”.

“Yo nunca fui mentiroso. A mí no me gusta echar mentiras y no soy ratón de un sólo agujero, anduve por arriba y por abajo, por todos lados, buscando el pan de cada día”, me dijo cuando lo conocí en su casa en los primeros días del 2013. Ese día conversamos mucho, después se sumarían días enteros hablando de su afición y gusto por jugar el béisbol, de la vida y del amor.

El ombligo y el misterio de la vida

Los seres humanos somos como los árboles que echan raíces. Nuestros orígenes nos dan sentido de pertenencia a la tierra que nos vio nacer. El ombligo representa las raíces de nuestra vida y por eso se entierra.

Quizás por eso Felipe comenzó a frecuentar a su mamá biológica al cumplir los 18 años de edad. Ella lo había abandonado debido a que no podía criarlo por culpa de la maldita pobreza.

Petra Camacho Gaxiola, aguerrida Adelita revolucionaria, había enviudado del ejidatario José Urquiza con el que había procreado a Antonio. Felipe se hizo cargo de ella y de su medio hermano Antonio, quien se dedicó a sembrar la tierra.

Felipe les llevaba la despensa, les arregló la casa y compró el terreno de a lado. Con el tiempo, Doña Petra murió de 104 años y don Felipe la sepultó junto a su padre, Teodoro Ayala Camargo.

En esa misma tumba reposan los restos de su amada esposa Esther Díaz Sandoval de Ayala, quien murió a causa de diabetes el primero de abril de 2005.

Cuando José Felipe tenía 25 años de edad, murió su mamá Concepción Ibarra Castro, un 19 de septiembre de 1949, a las cinco de la tarde, en la Farmacia Nacional de don Rosendo Flores. Ella fue su madre de crianza desde los cuatro años de edad.

Un poco antes, los primeros días de agosto de 1949, como nefasto presagio, destruyeron la fachada del Teatro Apolo, inaugurado el 14 de abril de 1895, y que durante muchos años fue testigo de sus recuerdos de niño.

Conchita tenía 60 años cuando fue a la farmacia, acompañada de una hermana de crianza de Felipe, a comprar unas medicinas.

Había sido operada de unos quistes en el Sanatorio Bátiz Ramos. Cuando salía tropezó en un escalón y se cayó de golpe, le dio un síncope cardiaco. Fue socorrida por la Cruz Roja y llegó sin vida al Hospital Civil. Ese día llovía tristeza.

“Crucé volando el puente de madera, estaba lloviendo. Llegué y me metí por la subida con todo y carro hasta adentro, hasta donde estaba la ambulancia, me metí de cabeza. Entré y pregunté por ella y me dijeron:

-Pase, aquí está. La encontré acostada en una plancha. Ahí estaba el doctor viéndola y me dijo que ya no tenía palpitaciones ni nada. Su mamá está muerta, me dijo.

Le cortó una vena para ver si había sangre, pues no, no había palpitaciones, ya no corría sangre. La señora ya estaba muerta. Como a los cinco o seis minutos, se le empezaron a poner los párpados oscuros, los labios, las uñas, es por la muerte de corazón que le llaman, y se ponen las manos negras, y los dedos negros.

Como pude, me la llevé en los brazos y la metí al carro yo solo. ¡Era una señora tan pesada, que no supe de dónde me salieron las fuerzas!”

Era una mujer gordita, muy bonita, recuerda. Felipe la veló en una caja después de tratar los servicios funerarios con Gonzalo Rea. La sepultó en San Pedro de Rosales.

Su papá murió el 6 de mayo de 1965, de 68 años, joven, fuerte, callado y dormido, su corazón se detuvo.

Dicen que la costumbre de honrar a los muertos con ofrendas florales se remonta a la antigüedad cuando los cuerpos eran expuestos a la intemperie y al descomponerse se desprendía de los restos un desagradable olor. Para enmascarar esos hedores se quemaba incienso y se cubría el cuerpo con flores para aromatizar el ambiente.

Don Felipe Ayala prefiere las flores y los recuerdos a los panteones. Se convirtió en el mejor artesano de coronas de flores para los muertos, oficio que había aprendido de su padre Teodoro. Sin embargo, ir a los cementerios es como una corona de espinas.

“Lo que son los panteones y las cárceles apenas por enfrente les paso, los que están adentro no pueden salir y los que andamos afuera no queremos entrar. Así es la ley de la vida”, comentó.

Felipe Ayala con su esposa Esther Díaz. Foto: cortesía

Las mujeres, la milpa de la vida

Las mujeres son como la milpa fecunda donde se planta la semilla de la vida que nace con la lluvia. Don Felipe Ayala es un conocedor de la Milpa de la vida, dice.

En esas charlas interminables siempre recuerda a su gran amor. Duraron cuatro años de novios, Esther Díaz Sandoval tenía 20 años cuando Felipe Ayala, con 21, se la robó. Ella era maestra rural normalista.

Felipe por poco se quedaba con la hermana que también le hacía ojitos, pero el destino quiso que se casara el 25 de julio de 1944 con Esther, mujer que nació el 10 de enero de 1925, en el Camino Real de Piaxtla, hija de una ama de casa y un ferrocarrilero.

La conoció en el estadio de la Universidad de Sinaloa, donde jugaba béisbol y ella iba a verlo acompañada de una amiga. Esther también fue deportista de hueso colorado y con el equipo Cuatro inauguró el Parque Revolución.

Felipe Ayala aprendió a manejar desde los doce años en los carros de sus amigos y en el auto del doctor Emigdio Flores Sarmiento, que “pisteaba” con su padre y lo enviaba a mandados.

Fue chofer policía del presidente municipal Roberto Lizárraga (1943-1944), del inspector de la policía, Modesto Castro, y de “La Perica”, hasta que tuvo un choque en una patrulla y lo cambiaron a inspector donde duró tres días, porque era muy corajudo. También trabajó en el taller de laminación de carros de Antonio Ochoa.

En las interminables charlas que sostuvimos desde que lo conocí, me habló del Pachuco Villa, de los Tacuarineros, que después fueron los Tomateros.

Jugador desde los trece años de edad, gracias a sus habilidades como beisbolista, luego de separarse de su padre, le dieron trabajo en el Ejército y en la Comisión Nacional de Irrigación (hoy Comisión Nacional del Agua), aunque en aquel tiempo pagaban poco.

Trabajó con el ingeniero Manuel Rivas, quien se convirtió en dueño de Rivas Automotriz, en la perforación de pozos artesianos trayendo agua para los agricultores entre 1942 y 1944.

En 1945, se fue a trabajar con su papá a La Cantina de don Teodoro, donde iban desde gobernadores, catrines y adinerados, hasta gente humilde, calzonudos y huarachudos.

En esa época nació su primera hija, María de los Ángeles, el 21 de mayo de 1945, atendida por su suegra y una partera. Luego nació Felipe en 1946.

En 1946, se fue a laborar a la construcción de la Presa Sanalona y del Palmito, Durango, donde su jefe fue el ingeniero Carlos Carvajal. En 1939 había iniciado la construcción de la Presa Sanalona sobre el río Tamazula, que fue terminada en 1948.

Para entonces ya tenía esos dos hijos. El 10 de noviembre de 1948 inauguraron el Estadio Ángel Flores, donde también le tocó jugar.

En 1950, trabajó para el general revolucionario Juan José Ríos, quien tenía unas góndolas, en las cuales acarrearon unos tubos para la carretera Internacional.

En 1950 se fue a Sonora, donde estuvo trabajando en el cierre de la cortina de la Presa del Oviachi, en el Canal Alto o principal y en la presa del Mayo, la Presa de El Mocuzari.

Víctor Manuel nació en 1950, luego vino al mundo José Luis y después Miguel Ángel. En el segundo aire nacieron Concepción, Carlos, Laura Alejandra y Roberto.

Cuando José Felipe vivió en Sonora se juntó con una enfermera y tuvo tres hijos con ella: Concepción, Roberto y Aidé, Ayala Lizárraga, registrados en Navojoa.

Con el tiempo, todos sus hijos estudiaron, la mayoría son profesionistas y ciudadanos productivos, de trabajo.

Sin embargo, José Felipe siempre fue pata de perro, viajó a muchas partes del mundo siguiendo la Serie del Caribe y con su esposa recorrió el territorio nacional.

En sus vagancias, fue mujeriego, le gustaba comer en los restaurantes donde vendían cerveza y nalguear a las muchachas, “sobre todo a las corajudas y ésas eran las que me adoraban”.

A Culiacán regresó el 22 de marzo de 1957. José Felipe, a causa del glaucoma, se quedó totalmente ciego en 1998, pero todavía en 2005 alcanzó a ver la carita de su esposa que murió a consecuencia de la diabetes, diciéndole adiós después de 60 años de matrimonio.

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

Fotografías de Moisés Juárez Iribe.

 

E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

Fanpage: https://www.facebook.com/licmiguelalonsoriverabojorquez

Facebook: miguelalonsorb

PRIMERA PARTE

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Poeta Amanda Gorman en la inauguración presidencial de Biden: “Incluso mientras lloramos, crecimos”.

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Los Ángeles Press

La poeta Amanda Gorman, de 22 años, ha compuesto y recitado un poema sobre la unidad nacional para la ceremonia de inauguración del periodo presidencial de Joe Biden. La poeta destacó en una entrevista con el New York Times que el asalto al Capitolio del pasado 6 de enero le ayudó a terminar la composición y varios versos hacer referencia al ataque contra el Congreso. Pero también usó un lenguaje que hace referencia a las escrituras bíblicas y, a veces, eco de la oratoria de John F. Kennedy y el reverendo Martin Luther King Jr.

Comienza preguntando: “¿Dónde podemos encontrar luz? ¿En esta sombra interminable? y usó su propia poesía e historia de vida como respuesta.

“De alguna manera, hemos resistido y hemos sido testigos de una nación que no está rota, sino simplemente inacabada. Nosotros, los sucesores de un país y una época en la que una chica negra delgada, descendiente de esclavos y criada por una madre soltera, puede soñar con convertirse en presidente, sólo para encontrarse ahora declamando para uno”, dijo Gorman.

“Hemos visto una fuerza que destrozaría nuestra nación en lugar de compartirla; que destrozaría nuestro país si ello supusiese retrasar la democracia; y este esfuerzo casi triunfa. Pero aunque la democracia puede ser retrasada, nunca puede ser derrotada”, reza el poema.

Gorman es la poeta más joven que ha participado en una ceremonia de toma de posesión presidencial. Ha recitado su poesía en la Biblioteca del Congreso, el Symphony Hall de Boston, la plataforma de observación del Empire State Building y en todo el país, actuando para políticos como Hillary Clinton, Al Gore y Lin-Manuel Miranda.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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