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La política, el periodismo, los libros, las mujeres…

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Juego de ojos

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

El jueves tres de marzo de 1983, la trabajadora doméstica Amelia Marino se presentó como cada día en el número 8 de Montpelier Square en el barrio Knightsbridge de Londres.

La casa estaba en silencio total. Sobre la mesilla de la entrada encontró una nota manuscrita: “Por favor, no suba a la planta alta. Comuníquese con la policía y pida que venga una patrulla”.

Así lo hizo. Llegaron los bobbies. En la sala de estar encontraron los cadáveres de Cynthia Jeffries y Arthur Koestler en vestimenta formal, él con traje de tweed y un vaso de whisky en la mano. 

Dos copas de vino con restos de un polvo blanco y un frasco de miel estaban sobre la mesa. Se habían suicidado 36 horas antes, el martes en la tarde. 

En un cuaderno Koestler escribió: “El propósito de esta nota es dejar inequívocamente claro que tengo la intención de suicidarme tomando una sobredosis de drogas sin el conocimiento o la ayuda de ninguna otra persona. Las drogas han sido obtenidas legalmente y guardadas durante un tiempo considerable.”

Después se supo que antes de quitarse la vida llevaron al veterinario a su perro, David, para dormirlo.

El New York Times del día siguiente recordó que “en su agitado viaje por la historia del siglo veinte, con frecuencia el señor Koestler parecía ir delante de su tiempo”.

Así terminaron los días de uno de los autores más influyentes de la posguerra y la guerra fría. Sus epígonos dijeron que murió como vivió, sin aceptar interferencias en su destino. Para sus detractores el suicidio fue la consecuencia natural de una vida extraviada.

Lo que nadie atinó a explicar fue por qué Cynthia, un cuarto de siglo menor que Arthur y en perfecta salud, hubiese decidido acompañar a su esposo, enfermo de leucemia y Parkinson. 

“Le guardaba una sumisión patológica” fue el comentario de un conocido de la pareja.

En momentos santificado y en otros denunciado como agente de la reacción, criticado por advenedizo a la comunidad intelectual y ridiculizado por sus investigaciones parapsicológicas, Koestler fue sin embargo una de las mentes más originales del siglo. Fenómenos como la caída de la cortina de hierro y la globalización, fueron anticipados por él desde los años cuarenta.

En una reseña en Letras Libres, Daniel Gascón dice que “Tony Judt lo definió como un intelectual ejemplar; Christopher Hitchens lo describió como un fanático. Alguien señalaba que tenía la facultad de defender sus posiciones de la manera más irritante para su interlocutor. La poeta Regina Ullmann le dijo: ‘Pareces tan convencido de tus ideas que eres incapaz de comprender a quienes no las comparten’. ‘Como alguien que habla de ética todo el día -le dijo sobre Koestler Cyril Connolly al crítico Edmund Wilson-, no se te ocurriría dejarlo solo con tu mujer media hora’”.

Su obra es de un diversidad asombrosa. Si hay libros que no se pueden leer impunemente, Koestler fue autor de varios de ellos. Textos políticos como Oscuridad al mediodía, novelas como Ladrones en la noche y volúmenes autobiográficos como Flecha en el azul y La escritura invisible, marcaron a muchas generaciones. 

Los sonámbulos y El espíritu en la máquina siguen siendo textos obligados en las facultades de ciencias.

Su vida estuvo marcada por relaciones neuróticas con las mujeres, con los amigos, con la política, con los gobiernos, con el dinero, con su judaísmo y con su sionismo militante. Mas produjo un notable y profundo testimonio del siglo con el que creció.

Difuminó sus orígenes en una autobiografía cuidadosamente hilvanada para resaltar sus facetas de luchador social, intelectual, novelista y pensador y ocultar su misoginia, su misantropía, su inseguridad y su maltrato a mujeres y amigos, al grado de que uno de sus biógrafos asegura que lo único que se sabe de él con precisión fue que nació las 8:30 de la mañana del 5 de septiembre de 1905 y pesó 4.8 kilos. 

Arthur fue hijo único del ingeniero y lingüista aficionado húngaro Henrik Koestler y de Adele Zeiteles, una mujer voluble y no muy joven a quien la quiebra de su padre parecía haber condenado a la soltería hasta que apareció en escena el guapo -y pobre- Henrik. 

En su vida adulta, Arthur descargó su hostilidad hacia su madre con todas las mujeres que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su camino. Fue un Don Juan que tuvo tres esposas: Dorothy Ascher, Mamaine Paget y Cynthia Jeffries, ésta originalmente su secretaria, quien, según sus conocidos, era de una “tolerancia enfermiza” con un Koestler legendariamente infiel y abusivo. 

Estos orígenes, combinados con su baja estatura y su búsqueda infructuosa de una patria, le allegaron un complejo de inferioridad que él calificaba como “el más grande y mejor de todos”.

Arthur fue educado según la tradición victoriana en una familia judía de la pequeña burguesía. Su ambivalencia con respecto a su condición de judío y los tiempos marcados por los conflictos y la zozobra previa a la primera gran guerra, lo llevaron a una vida agitada. 

Sus primeros pasos profesionales fueron en el periodismo en Europa y en el Medio Oriente, principalmente Palestina. De esas experiencias nacieron libros, entre ellos Ladrones en la noche y Testamento español, y forjó la pasión neurótica que lo ató toda su vida al Estado israelí. 

A los 22 años ya se le consideraba uno de los reporteros sobresalientes del siglo XX. Fue un hombre profundamente comprometido en lo político. Militó en el Partido Comunista, fue encarcelado y estuvo a punto de ser fusilado en España.

Vislumbró las dimensiones y el terror de la “solución final” nazi y durante años se dedicó a organizar y financiar movimientos para el rescate de judíos, en un tiempo en que las élites políticas en América y Europa cerraban los ojos al holocausto que se anunciaba, ya para no incomodar a una Alemania fuerte y agresiva, ya por suponer que la “persecución” antisemita era una maniobra propagandística del sionismo. 

Encarcelado en una prisión española durante la guerra civil y condenado al paredón, Koestler tiene una epifanía. Comprende que todas las consignas y toda la militancia para aniquilar a los “enemigos de clase” pierden sentido al pasar de militante a víctima. 

Se libró de la ejecución y experimentó lo que después llamaría la “sensación oceánica” (Oceanic Feeling), algo semejante a una visión cósmica que subyace a toda su obra. 

De su desencuentro con el comunismo nació Oscuridad al mediodía, libro de enorme influencia en donde el paraíso de los trabajadores es expuesto como un infierno a través del protagonista de la novela. Rubashov (basado en el dirigente bolchevique Bugarín), víctima de las purgas estalinistas, es arrestado por la policía secreta y obligado a confesar crímenes ajenos.

Koestler fue un judío errante en el sentido literal de la palabra. Vivió en Inglaterra, Francia, Austria, Suiza, Hungría, Palestina, Israel y Estados Unidos. Fue un sionista convencido y comprometido, un escritor profundo en unos temas y superficial en otros a quien alguna vez se acusó de ser “gran sintetizador de ideas ajenas” y “pobre productor de ideas propias … un plagiario”. 

La originalidad y lo atractivo de su pensamiento se refleja en una idea tomada de sus memorias: para él en lo político, primero tenía lugar un compromiso emotivo y sólo posteriormente se insertaba la racionalidad de este: “Todas las evidencias tienden a demostrar que la libido política es esencialmente tan irracional como el impulso sexual, y condicionada, como este, por experiencias tempranas parcialmente inconscientes”.

En Euforia y utopía, Koestler define este rasgo de su personalidad: “Uno aprende a pensar a través de los libros y aprende a vivir a través de las mujeres”.

Algunos rasgos del Dr. Jekyll y Mr. Hide hay en esta asombrosa personalidad. Pero no crea el lector que describo a un hombre lúgubre, retraído, circunspecto y confinado a las sombras y rincones. No. 

Koestler tenía fama de anfitrión generoso y divertido, muy dispuesto a beber y conversar horas y días… siempre y cuando una de sus mujeres estuviese a mano para guisar, atender, limpiar y servir de pareja en la parranda. 

Habría que decir en su descargo que no las obligaba a manejar. Esa era su tarea y acumuló la más extensa relación de accidentes automovilísticos de que se tenga memoria en la República las Letras. En más de una oportunidad fue confinado a la comisaría por manejar en estado de ebriedad.

Hay a lo largo de su obra, como corresponde a un hombre inteligente, una línea conductora de humor. Tomo otro ejemplo de Euforia y utopía en el que Arthur atribuye los hechos a un amigo cuyo nombre se le ha escapado y sonaba algo así como “Ehrendorf” … aunque me inclino a pensar que en realidad el protagonista de la historia es el propio Koestler. 

Sucedió durante el carnaval de 1932 en Berlín. Ehrendorf-Koestler conoce a una belleza de 19 años, alegre y desenvuelta, en cuya blusa destaca en rojo una cruz gamada. La convence de acudir a su departamento en donde ella accede a todos los requerimientos eróticos que es capaz de imaginar un hombre joven, sano y fantasioso. 

En el momento de la culminación, sudorosos y desnudos en una cama vieja y ruidosa, “la muchacha se levantó sobre un codo, extendió el brazo derecho a la manera del saludo de Roma y, en medio de un suspiro y con voz desfalleciente, pronunció un fervoroso: ¡Heil Hitler!”. 

La excitación de Ehrendorf-Koestler es bruscamente interrumpida por el gesto y el deseo lo comienza a abandonar aceleradamente. 

“Cuando se recobró, la rubia le explicó que ella y un grupo de jóvenes amigas habían hecho el voto solemne de recordar al Führer cada vez que se encontraran en el momento más sagrado en la vida de la mujer”.

Hoy en día Koestler ya no es un autor leído. Al grado de que durante las reflexiones posteriores al derrumbe de la URSS su nombre no figuró, habiendo sido instrumental con su obra Oscuridad al mediodía, en la corriente de pensamiento crítico anticomunista.

Es posible que ello se deba a ese rasgo de su personalidad descrito líneas arriba como judío errante. No sólo vivió permanentemente cambiando de lugar: sus intereses intelectuales también fueron, por decirlo de alguna manera, volátiles. 

En un momento de su vida dejó de lado los temas políticos y sociológicos para incursionar en los terrenos científicos y después se entregó a lo oculto y a la parapsicología. 

Llegó al extremo de mandar instalar en su casa de Londres una compleja báscula electrónica y ofreció recompensas en efectivo a quien pudiese demostrar capacidad de levitación medida por el instrumento. Para ser justos, Koestler no exigía nada extraordinario, sino tan sólo, digamos, una elevación de medio metro… o la perdida de unos gramos de peso, debidamente registrada en la báscula. De cientos de concurrentes, Arthur pudo consignar solo un “caso exitoso”.

Esta y otras excentricidades minaron su prestigio, le dieron fama de charlatán y opacaron su obra anterior. Esto no le resta a Koestler un ápice de consistencia como uno de los más importantes pensadores de su tiempo. 

Tanto así que incluso sus investigaciones sobre lo material y no material hoy no parecen tan descabelladas, en un mundo en donde es ya moneda corriente el análisis serio de la relación entre la biología y la ética y cuando hay una corriente de hombres de ciencia entregados seriamente al estudio de la astrología.

17 de julio de 2022

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Ucrania retira a los autores rusos y bielorrusos del temario de secundaria

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Ucrania retira a los autores rusos y bielorrusos del temario de secundaria

 

El Ministerio de Educación y Ciencia de Ucrania ha anunciado que retirará a los autores rusos y bielorrusos del programa de la enseñanza secundaria de cara al curso que empieza.

Según el temario actualizado, en la asignatura de Literatura extranjera solo se estudiará a partir de ahora a los autores de obras en lengua rusa nacidos en la actual Ucrania o que tuvieran una relación especial con este país.

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“Revisar y actualizar el contenido del currículum general de la educación secundaria es una reacción ante los retos surgidos en relación con la agresión armada a gran escala de la Federación Rusa contra Ucrania,” ha indicado el ministerio en un comunicado.

Según ha indicado la agencia ucraniana “Unian”, esto implica que los alumnos ya no estudiarán al poeta nacional ruso Alexander Pushkin, aunque el programa sí incluirá a Nikolái Gogol y Mijaíl Bulgákov, ambos nacidos en el territorio de la actual Ucrania aunque escribían en ruso.

Obras de otros autores como rusos y soviéticos (que no nacieron en Ucrania) como Leon Tolstói, Fiodor Dostoyevski, o Alexander Pushkin, tampoco podrán enseñarse en los programas escolares, según informó hoy (16.06.2022) el portal de noticias Strana. Además, también se prevé que ‘Guerra y paz’, de Tolstói, tampoco estará disponible para los alumnos, porque se consideró que «glofirifica al ejército de Rusia«.

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Andri Vitrenko, viceministro de Educación y Ciencia de Ucrania, adelantó en una entrevista para la cadena Ucrania 24 que la novela ‘Guerra y paz’, también de Tolstói, sería eliminada del programa ya que «glorifica» al Ejército de Rusia, al igual que todas aquellas que hicieran «propaganda rusa».

Sin embargo, en ese momento no había especificado que obras literarias abarcaría esta medida hasta que finalmente se hicieron oficiales los anuncios actuales para el futuro de los planes educativos de Ucrania.

 

A través de EFE.

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Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Pasamos por alto que el arte tiene una función comunicadora. Cierto que la estética habla con un lenguaje propio al espectador y despierta emociones que escapan a la razón, pero una escultura o una pintura también pueden contener un mensaje social o una declaración política. El Guernica de Picasso es un ejemplo clásico. 

El cuadro fue comisionado por la Segunda República durante la guerra civil para la Exposición Universal de París de 1937. Picasso plasmó la destrucción de la villa de Guernica por la Legión Cóndor nazi el 26 de abril de 1937. Es una combinación única de elementos cubistas y expresionistas y su presentación provocó un profundo impacto y desató polémicas que hoy siguen vivas.

El muralismo mexicano utilizó las técnicas de la pintura para informar una visión del mundo y lo mismo se puede decir del arte religioso. 

Otras columnas del autor: Cervantes y Freud en el diván de un mexicano

 

Es en las obras del pasado en donde mejor se puede apreciar que la pintura, la escultura y la arquitectura tenían, a más de las expresiones propias de la creación, funciones no tan diferentes a las que hoy cumplen los medios masivos. Veamos algunos ejemplos:

La matanza de los inocentes de Pieter Breugel El Viejo (1565). El relato bíblico del infanticidio de Herodes ha sido un tema recurrente entre los pintores de la antigüedad y modernos, desde El Geronés en 1275 hasta Gjertson en 1991, pasando por Pisano, Fra Angelico, Mocetto, Aspertini, Tintoretto, Poussin, Castello, Doré y Rubens. Breugel lo usa para describir un episodio de la ocupación de los Países Bajos ordenada por Felipe II para reprimir la herejía calvinista y anabaptista, cuando la tropa española y un escuadrón de valones, al mando del Duque de Alba, masacran a los habitantes de un pueblo flamenco.

El cuadro, entonces, adquiere carácter de una declaración. Reseña un episodio histórico, pero es a la vez una denuncia. Provocó tal repulsión que eventualmente hubo de ser retocado para reemplazar con animales domésticos los dibujos de los niños que eran pasados a cuchillo por las tropas invasoras. Esto es el equivalente a la moderna eliminación de escenas en una película.

La ejecución de Maximiliano de Edouard Manet (1867). El artista pintó tres versiones, todas censuradas en Francia por razones políticas y una de ellas seccionada y recuperada entre 1890 y 1912 por Edgar Degas. Hoy se exhiben los fragmentos en la Galería Nacional de Londres.

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Un mexicano educado en la historia de ángeles y demonios que se imparte en nuestras aulas puede experimentar sentimientos encontrados frente al cuadro, dependiendo si considere a Maximiliano salvador o anticristo. ¿Pero Manet? Por sus convicciones republicanas no era simpatizante de Napoleón III. Si examinamos la composición del cuadro y recordamos las circunstancias de la época, la conclusión es que nos encontramos no ante una obra de arte, sino frente a una pieza de propaganda política.

El fusilamiento de Maximiliano fue motivo de gran descrédito para el dictador sobrino del Corzo, quien primero alentó y apoyó la aventura mexicana de Maximiliano y después, con el retiro de sus ejércitos, le despejó el camino al Cerro de las Campanas. Es en este contexto que la intención de Manet debe considerarse. 

El peso del cuadro está en el pelotón de fusilamiento, no en los fusilados cuyo destino ha quedado sellado con la descarga. Pero los militares mexicanos visten uniformes franceses. El artista nos dice que fueron Francia y Napoleón, no México y Juárez, los responsables de la muerte de Maximiliano y sus generales. 

¿Que se derramó sangre real? No es cosa que concierna al Imperio y así nos lo dice el despreocupado jefe del pelotón, quien ajusta su fusil para el tiro de gracia. El mensaje del conjunto es una acerba crítica a Napoleón III. Así se entendió en su momento y ni una de las tres versiones pudo ser exhibida en Francia. ¿Le recuerda el lector el caso de La sombra del caudillo, la película maldita de la cinematografía mexicana?

La ejecución de Lady Jane Grey de Paul Delaroche (1834). Cuando se presentó en París, arrancó exclamaciones de dolor en la concurrencia y uno que otro desmayo entre las sensibles damas de la aristocracia. Habían transcurrido apenas 40 años de la decapitación de María Antonieta y la visión de otra joven reina momentos antes de sufrir la misma suerte conmovió al público.

 

Jane Gray era nieta de Enrique VII y fue proclamada reina de Inglaterra en 1553 a la edad de 17 años, pero sólo ocupó el trono durante nueve días. Los seguidores de María Tudor la depusieron, fue encerrada en la Torre de Londres y decapitada el 12 de febrero de 1554. He aquí todos los elementos de una tragedia romántica (hoy llamada telenovela): una princesa joven, bella y virginal es atrapada en la lucha entre protestantes y católicos; los complotistas de la Corte organizan su coronación; el bando rival la derroca; se convierte en un símbolo incómodo para todas las facciones y es entregada al verdugo.

En el cuadro de Delaroche, la joven se dispone a colocar el cuello sobre el bloque de madera, gentilmente auxiliada por el Guardián de la Torre, frente a un verdugo de semblante grave y decidido. Jane Grey viste un fondo de satén blanco y lleva vendados los ojos. Es la imagen misma de la fragilidad, la inocencia y el desamparo. A un lado, una dama de compañía se ha desmayado, mientras que otra llora con el rostro contra la piedra, incapaz de atestiguar la escena.

Es en verdad una imagen conmovedora. La técnica realista y las dimensiones del cuadro (2.5 por 3 metros) dan al conjunto un aire trágico. Sólo que, a la manera de los productores actuales de telenovelas, Delaroche conocía a su público y se permitió algunas licencias para exprimir al máximo su sentimentalismo. En la realidad, Jane Grey fue decapitada en los jardines de la Torre de Londres, no en su celda. No le vendaron los ojos y vestía un ajuar completo. Y el pelo, que en la pintura es una cascada dorada, lo habría llevaba en un chongo. Puesto que se trató de un acto político que involucraba nada menos que la sucesión al Trono del Imperio Británico, fue atestiguado por un numeroso grupo. Así, de un hecho histórico documentado, el pintor construye un drama para mover a las masas. ¿Suena conocido?

Alegoría con Venus y Cupido de Agnolo di Cosimo di Mariano Tori, llamado El Bronzino (1545), es una de las pinturas más conocidas y apreciadas del manierismo, el estilo artístico de transición del renacimiento al barroco. Para el espectador moderno el primer impacto es el de una exquisita mezcla de texturas, colores y formas que se resuelve en un conjunto de fuerza y equilibrio: una Venus nívea recibe de Cupido un beso en el centro de un conjunto de personajes de posturas artificiosas y expresiones contrastantes. 

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La beatífica expresión de la Diosa, la juguetona mirada del infante a la derecha, el anciano que extiende un brazo protector o la doncella que parece lanzar una mirada ausente a los demás personajes, nos arrancan expresiones de asombro y admiración. ¡He aquí una gran obra de arte!

Pero en su momento fue un cuadro erótico en la corte florentina de los Medici y en los salones de Francisco I de Francia, si bien hoy sus significados más ocultos no han sido del todo esclarecidos: domina el cuadro la figura de Venus, quien besa a Cupido, su hijo, al tiempo que con la mano derecha le sustrae una de sus flechas y en la izquierda sostiene la Manzana Dorada, regalo del pastor Paris. 

El niño que se acerca por la derecha es Frivolidad, quien además de estar a punto de arrojar sobre la pareja las rosas del placer, lleva en el tobillo los cascabeles del bufón de la Corte. A sus espaldas vemos el rostro de una bella joven que ofrece un trozo de colmena, símbolo del placer; pero un examen más detallado revela que sus manos están invertidas y su cuerpo es el de un monstruo cuya garra está entre las piernas de Frivolidad, mientras que con la otra mano sostiene el aguijón en el que culmina su cola escamosa. En la parte superior derecha, Tiempo impide que Olvido, representado por una máscara y una peluca, arroje su manto sobre la escena.

Los públicos del siglo XVI entendieron -y sin duda se regocijaron- con la trama: Venus se involucra en una relación incestuosa con su hijo, Cupido, quien cínicamente pisotea los votos de fidelidad marital de su madre, representados por la paloma en la parte inferior izquierda. 

Frivolidad ciega a la pareja a las consecuencias de su conducta, que además del engaño puede traer enfermedades, lo cual sería un amargo aguijoneo a su placer, posibilidad que también se les oculta. Sólo Tiempo podrá revelar la verdad de los hechos y frena la intención de Olvido para ocultarlos. 

Sabemos que El Bronzino modificó la obra conforme avanzaba en ella, y hay personajes que sufrieron hasta tres cambios de postura. Eso nos habla del carácter dinámico del arte, rasgo que no siempre es evidente para el espectador moderno, acostumbrado al movimiento en la pantalla del televisor. He aquí el sueño de la llorada Corín Tellado.

En Los Embajadores, cuadro pintado por Hans Holbein el Joven (1533), tenemos otra muestra de la naturaleza comunicativa y simbólica del arte pictórico. 

 

A primera vista es un retrato más para adornar la estancia de un palacio. Dos hombres jóvenes ricamente ataviados miran al espectador con aplomo y seguridad. A la izquierda, Jean de Dinteville, embajador francés ante la corte inglesa; a la derecha, su amigo Georges de Selve, obispo de Lavaur y enviado a la Santa Sede. 

Estos poderosos y jóvenes personajes -29 y 25 años respectivamente- tuvieron participaciones destacadas en los movimientos religiosos y políticos desatados por la Reforma.

Frente a una cortina de rico brocado, y apoyados en un elegante mueble, De Dinteville y De Selve parecen tomar un respiro a la mitad de alguna discusión filosófica, científica o teológica. En los entrepaños se agrupan diversos objetos propios de su interés, como libros, aparatos para la astronomía, globos terráqueos, instrumentos musicales, un compás y un catalejo.

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Un extraño objeto en la parte inferior llama la atención y nos introduce a la multiplicidad de mensajes contenidos en el óleo: Los Embajadores es en realidad un apunte biográfico. De Dinteville simboliza la vida secular y De Selve la contemplativa. Hay entre los amigos un complemento y equilibrio perfecto. El objeto a sus pies, visto desde el ángulo inferior derecho, es una calavera humana, distorsionada, que no sólo simboliza la brevedad de la vida, sino que dice al espectador que, sin importar la condición económica, social o académica, todos deberemos rendir cuentas. 

Los objetos narran la vida de los personajes. Los instrumentos para medir el tiempo y para comprender el movimiento de los astros, hablan de lo que la racionalidad de aquel momento no podía comprender. 

Otros objetos se refieren a actividades mundanas: un globo, una mandolina, un libro de matemáticas, un estuche de flautas y un himnario abierto en la traducción de Lutero a “Viene el Espíritu Santo”, mensaje que en su época no pasó desapercibido, pues la Reforma protestante estaba en su apogeo. 

 

Incluso el diseño del piso es otro capítulo de la historia, pues se deriva de los símbolos cósmicos de la Abadía de Westminster. La cuerda rota en la mandolina simboliza ya sea la fragilidad de la vida o las consecuencias de los enfrentamientos religiosos; en tanto el libro de salmos un ruego por la unidad cristiana. Este cuadro en su época fue el equivalente a uno de los tomos de la Biografía del poder de Enrique Krauze.

14 de agosto de 2022

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Aristas históricas en torno a la sexualidad

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 Por Alberto Farfán

Al indagar sobre el papel de la sexualidad en el ámbito social que ha registrado nuestra singular humanidad civilizada, me encontré con ciertos datos que no dejan lugar a dudas acerca del control de ésta a través de la censura o del rechazo sistemático por parte de la esfera del poder.

La prostitución organizada, el adulterio tanto de hombres como de mujeres, los delitos sexuales, los mitos orientales, la danza del vientre y el remedio para eliminar enfermedades venéreas, serían algunos de los puntos que Emmett Murphy nos revela en su estudio Historia de los grandes burdeles del mundo de una manera accesible y amena.

Por ejemplo, con relación a los castigos infligidos a los transgresores de la moral, nos dice Murphy: “En el año 450 d. C. la tradición tribal dictaba que se debía azotar en público y cortar la nariz a las mujeres dedicadas a la prostitución, desagradable costumbre que pervivió en Inglaterra hasta una época tan tardía como el siglo XVIII. Por otra parte, ya en el año 100 a. C., Tácito nos informa que entre los castigos impuestos a las prostitutas por los teutones se contaban, como formas preferidas de ejecución, el ahogamiento de la culpable en excrementos o la extracción de las vísceras”.

No obstante, hay que resaltar la postura más tolerante y permisiva sobre este tema por parte de la India en el siglo III a. C., pues sucedía “que los negocios sexuales se veían con indulgencia o se fomentaban desde el templo, la corte y el burdel,” lo cual no quería decir que se admitiera el adulterio. Ya que acerca de esta materia, “Manu, el eminente legislador indio, recomendaba castigar la infidelidad conyugal con la pena capital. El Manu Smriti Samhita cita 371 delitos sexuales a los que deben aplicarse castigos severos. Al marido adúltero se le podía quemar vivo, mientras la mujer acusada del mismo delito sería castigada a ser devorada por perros”.

Por otro lado, resulta interesante la visión de las prostitutas japonesas del siglo XIX con relación a ciertas características de sus clientes: “se pensaba que los hombres de pelo rizado eran extremadamente lujuriosos y que un estornudo estaba cargado de presagios: si se estornudaba una vez significaba que alguien estaba hablando bien de ti, si se estornudaba dos veces alguien estaba hablando mal de ti, tres estornudos significaban que alguien te quería y cuatro que habías cogido un resfriado”.

Y acerca de la mítica danza del vientre de la Arabia del siglo XV, se indica: “Dado que acumular numerosas grasas se consideraba como un signo de gran riqueza y poder, los sultanes, khanes, visires e incluso los pachás locales tendían a sobrealimentarse. El resultado era que sus grandes barrigas convertían en muy difícil, si no imposible, el mantener relaciones sexuales en las posturas comunes. Por ello, la sehniqueh se veía obligada a realizar contorsiones frente al obeso cliente hasta conseguir excitarle”.

Pero acaso la arista que mayormente llama la atención no es más que aquella que en la Inglaterra del siglo XIX todavía siguió vigente como un hecho irrefutable y rotundo, es decir, “el mantener relaciones sexuales con una mujer virgen como un remedio para las enfermedades venéreas”.

En definitiva, hablar de sexualidad desde una perspectiva histórica es conocer y/o re-conocer que ésta ha sido y será un tema sensible que implica moral y poder. Y que se ha visto oscilando entre la brutalidad inhumana y su opuesto. Nunca en el justo medio aristotélico, que esperamos algún día alcanzar.

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