Connect with us

Arteleaks

“La marabunta ataca otra vez”

“Y el país no se balcanizó”. Capítulo Seis de la Crónica de un viaje al epicentro de la tierra, por Vinicio Chaparro.

Avatar

Published

on

Crónica de un viaje al epicentro de la tierra

(Un estudio profundo del inconmensurable fenómeno del zapatismo)

Foto: La División del Norte

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Seis

Bueno, después de un viaje al futuro para ver a Rosa López, dejemos de hacerle al Michael J. Fox y volvamos a La Garrucha, en el tiempo y en el espacio. En el relato.

Creo que es conveniente, sólo para recuperarnos, (fueron muchas las emociones del capítulo anterior), volver a unos días atrás, a la cancha donde teníamos nuestras casas de campaña.

No se van a imaginar, pero justo cuando regresábamos, risa y risa del arroyo donde se cayó Jimmy, ya con las filas rotas (las filas, las de, “¡Rooooompan filas! ¡Yá!”, debo aclarar esto, ya ven como es la raza de malpensada), La División del Norte se encontró con otro espectáculo digno de contar.

Así que vamos a ponernos tiernos. Seguro. Terapia pura para nuestro ajado corazón.

Se requiere.

¿Dónde nos quedamos? Ah, regresábamos del arroyo y aún nos hablaba Jimmy de la maravillosidad de las ruinas de Palenque y Javier y el General Ányol le preguntaban detalles con interés, atentos, cuando al arribar a nuestras tiendas de campaña, la cancha estaba llena. Nos detuvimos con cara de ¡What!, (también les voy a cobrar por las clases de inglés), inesperadamente ¡¡¡la marabunta, había vuelto!!! Pero ahora había conquistado a todos los karakolos. ¡Ayyyy güey!, exclamé espontáneamente.

Ya sabía, ya sabía que aquella no era una marabunta normal. Habían aprovechado nuestra ausencia para invadir, ooootra vez, al campamento. ¿Qué pasaba?, nuestras emociones no cesaban.

Debí decir que los invasores éramos nosotros, la cancha era de ellas, pero me ganó mi sangre mestiza y mi mala educación (mestiza, también). Nos la habían prestado, (la cancha) y el pago que exigían a cambio era sólo juego. Jugar, es lo que querían, como cualquier niño en cualquier otra parte del país. También debo aceptar que aquella primera mañana de nuestra estancia en La Garrucha, cuando nos observaban desde la banqueta de la escuela “con sus antenitas llenas de ilusión” y que las catalogué como antropologuitas, cometí una falsa apreciación. Hoy lo comprendía, lo que aquellos niños pensaban en esa ocasión era: “¿Qué tan buenos serán estos greñuditos para jugar?”, seguramente eso pensaban, por eso vale la pena hacer la corrección. Pero fijamos nuestros ojos biónicos y apreciamos…era un juego.

La División se apostó bajo la sombra del primer árbol de casuarina que encontró y se dispuso a observar atentamente la situación. Nada debía pasar desapercibido ante nuestras vistas de águila cruzadas con perrillo de la pradera. Nos manteníamos en misión a pesar de la rotura de filas. Joy, joy.

Pero en ese momento, con un gesto, el General Ányol nos indicó que estábamos libres de misión, que disfrutáramos del juego. Ésos son los buenos generales, ¿para qué tanto grito si la complicidad era suficiente para entender? ¿Cuáles kaibiles guatemaltecos?, nuestra disciplina era superior y nos comunicábamos por medios telepáticos. Nos la pellizcaban, fácil. Como de aquí a la luna. ¡Viva Villa!, canijos.

Foto: En apoyo a las comunidades zapatistas / Facebook

Ányol observaba atentamente a los niños pero por el rabillo de sus ojos heavymetaleros no dejaba de seguir con la mirada a la bella Miranda. Parecía decir, “si no fueras de Argentina te llevaría a mi bello San Luis Potosí, te pondría en una hamaca, te llenaría de amor, te cortaría las uñas de los pies… con los dientes”. El General Ányol era ácido, muy ácido. Es, perdón, todavía no se muere. Tan ácido, que lo creo capaz de pensar así. Yo sabía que lo de ellos era sólo amistad pero me empeñaba en molestar al General, era demasiado rígido y había que ilusionarlo con algo. Le faltaba una compañera, (pero heavymetalera, decía), para cortarle las uñas de los pies. Javier sólo fijaba sus ojos en la marabunta y de pronto tenía espasmos que lo hacían querer saltar a la cancha, pero creía que todavía La División estaba en misión encubierta. No había entendido la señal telepática. Chuky, el primo lejano de Charlie Brown, filmaba todo con sus ojos pajaritos, cada detalle, cada movimiento, (¿ya lo vieron en la foto de Facebook?, ¿a poco no los tiene pajaritos?). Quería incorporarse al juego pero era tímido, muy tímido y contuvo sus emociones.

Jimmy, se alejó del lugar y sentado en una barda observaba todo el caracol, tranquilo. Sereeeeno. De pronto, jalaba aire con dificultad. El golpazo todavía hacía estragos con su respiración. No obstante, escudriñaba todo con porte de indio maya picado de chilango, (joy, joy). Su perfil era de postal.

Gema se arrimó a nosotros y nos abrazó a todos con sus enormes ojotes netzaualcoyos, su bella mirada confirmaba su adhesión absoluta a la ideología y amistad divisionnortista. Y nos acompañaba con devoción villista (¡uh!, verso sin esfuerzo) a pesar de ser chilanga de corazón, igual que Jimmy, el extraordinario chilango de cepa. El sur se acercaba al norte. O el norte al sur, no sé.

La marabunta y los karakolos se habían enfrascado en un gran juego llamado Agua y Hielo. Más de cincuenta de ellos, revueltos en la cancha, se decían agua y otros tantos se decían hielo.

Foto: La División del Norte

El juego consistía en que se formaron dos equipos, enormes y, mezclada con los karakolos, la marabunta empezó a correr sin ton ni son, porque si las tocaban los del otro equipo y decían ¡Hielo!, tenían que quedarse congeladas hasta que un compañero las tocaba de nuevo diciéndoles ¡Agua¡ Y se formaban largas culebras de marabuntas y karakolos agarrados de las manos para tratar de salvar a una marabuntita congelada al otro lado de la cancha que saltaba animosa y levantaba sus manitas gritando, ¡Agua, agua, agua! Y hasta allá iba la larga culebra a descongelarla, encabezada por El Piquetero Mayor, un singular personaje de Argentina del que hablaremos después.

Destacaron en ese juego, por el lado nuestro: El Piquetero Mayor, Daniel, el mejor antropólogo de la caravana (claro, era el único), su novia Itzel, Tanya, Pedro (al rato veremos su trabajo, para que se enfermen de la risa), Danilú, la mamá de Danilú, María Luisa, Nicasia, Laurita (ay, Laurita) y un largo etcétera. Todos habían sido conquistados por la inocencia (y aquellos irresistibles ojos negros zapatistas que encantaban a cualquiera) de aquellos niños que vivían en aquél México tan, pero taaaaan diferente, y todos corrían por toda la cancha como caballos desbocados.

Como nosotros estábamos ausentes cuando se organizó aquel juego febril, los únicos inconquistados éramos los valerosos y perspicaces divisionistas. ¡A güi güi! Y nos mantuvimos ajenos a la emoción, (aparentemente). Y la marabunta ni nos pelaba, por aburridos y amargados. Y sí, tenían razón… pero éramos La División. A güigüi.

Mientras los veía jugar, vino a mi memoria aquella ocasión en que al proponer la Cocopa los Acuerdos de San Andrés, los jilguerillos del sistema, es decir, los intelectuales del gobierno, decían que con la autonomía y el reconocimiento de los pueblos indios que proponían los zapatistas, el país se iba a balcanizar ¿recuerdan?

Y lo que veía, me decía claramente que los zapatistas, después de que el gobierno se negó a cumplir con dichos acuerdos, lo hicieron. Construyeron su autonomía. Un lugar donde sus hijos pudieran jugar. Libres.

Cartas marcadas, era la canción favorita de los zapatosos.

Lo que observábamos nosotros era otro país. El país de los indígenas. De los verdaderos americanos. Su organización. Su sociedad. Lo que el zapatismo hacía con las uñas, para construir su autonomía. Y, hay que aclararlo, esto que mis ojos veían no le hacía daño a nadie: los funcionarios seguían robando sin el menor pudor, los diputados seguían levantando el dedito (y la mano, el día de pago), López Obrador seguía tratando de ser presidente sentado ingenuamente alrededor de una mesa rodeada de tahúres profesionales con las bolsas llenas de fajos de billetes (y credenciales de elector), el pueblo mexicano seguía soportando el baño de sangre producto de la dizque guerra contra el narcotráfico, los narcotraficountrys seguían moviendo la droga y matando gente con toda libertad, los supremos jueces seguían ganando medio millón de pesos al mes. ¿Qué les hacía que en el sur se construyera otro país? ¿En qué les afectaba? En nada. Pero nadita de nada. Ellos eran felices, jugando al gobiernito y a la lucha electoral.

Y el país no se balcanizó.

Y la tele seguía repitiendo sin cesar que todo estaba en calma en este lugar.

Por eso, en el resto de México se creía que los zapatistas estaban muertos, mientras estos… trataban de mostrarnos que otro mundo era posible. El de “para todos, todo”.

El juego continuó hasta que el hielo se derritió y el agua se convirtió en vapor.

Luego, cuando la cancha se despejó, porque desde la cocina asomaron dos cabecitas greñudas entre una nube de humo del fogón, que gritaban ¡Véngansen a comer, cof, cof, la comida está lista!, pudimos acercarnos a nuestras tiendas de campaña y al fin pudimos esconder nuestros calcetines fosilizados, sin que nadie se percatara. ¡Uf! Al fin.

(Hace hambre, nos vemos en el siguiente capítulo…).

 

Continue Reading
1 Comment

1 Comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

Continue Reading

Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

Published

on

                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

Continue Reading

Arteleaks

Ricardo Raphael plagia título del libro sobre la vida de Luka Modric, El hijo de la guerra

El título del nuevo libro de Ricardo Raphael plagiado de los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte.

Avatar

Published

on

Por Guadalupe Lizárraga

Ricardo Raphael plagia el título “Hijo de la guerra” para su nuevo libro, bajo el sello editorial Seix Barral, a los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte, quienes publicaron originalmente en febrero de 2016, el título Luka Modric: El hijo de la guerra, bajo el sello Espasa Calpe, en España.

La publicación de Raphael, de acuerdo con su descripción en la prensa mexicana, es una serie de conversaciones con un presunto confundador del cártel de los Zetas. Mientras que El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, trata sobre la difícil vida como refugiado del futbolista del Real Madrid, de origen croata Luka Modric, quien sufrió los embates de la guerra de los Balcanes, y llegó a ser uno de los jugadores más reconocidos del mundo.

El periodista y escritor José Manuel Puertas al darse cuenta de la situación dijo que hablaría con su editorial para saber cómo actuar, porque era la primera vez que le sucedía.

Por otra parte, el abogado mexicano, especialista en derechos de autor, Jorge León, señaló que jurídicamente no existe el plagio, sino “el uso no autorizado de un contenido literario”, y que los derechos de autor protegen al contenido de la obra y no a los títulos.

Sin embargo, el especialista también apuntó que si hubiera similitudes del Hijo de la guerra, de Raphael, con El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, podría haber un conflicto autoral, aunque se trate de contextos y personajes distintos. También enfatizó que la situación propiciada en este caso resultaba interesante porque tenía varias vertientes, y una de ellas es que el autor mexicano podría beneficiarse del éxito de la obra de los españoles, más si se trata de un libro reconocido a nivel global.

Un caso similar se dio en España con el caso de la escritora Lucía Etxebarria, quien en su novela Ya no sufro por amor (2005) copió fragmentos del texto “Dependencia emocional y violencia doméstica”, del psicólogo Jorge Casteló. Cuando se le demostró el plagio a la escritora reconoció que parte del éxito de su libro se debía a las acusaciones de plagio.

El escritor mexicano Abelardo Gómez Sánchez, autor de varios libros de cuentos, crónica, ensayo y novela, e instructor de Literatura, opinó que “tiene que ver mucho la intencionalidad del autor que plagia, porque podría ser por ignorancia, pero si lo sabes y lo haces, es una chingadera”. Gómez Sánchez dio el ejemplo de su libro Mala mujer no tiene corazón. “Es el nombre de una canción de Matancera, y alude a Bienvenido Granda, Celia Cruz, Daniel Santos… a muchos de ellos, e incluso el personaje principal es un cantante y a través de éste hago un homenaje a la Matancera; estoy usando esa frase de la canción pero para hacer una apología de la Matancera”.  

El abogado Jorge León, por su parte, insistió en que “al final, si el contenido es similar o partes de la redacción del libro Hijo de la guerra, del autor mexicano al de El hijo de la guerra, de los autores españoles, ahí sí, sería un tema de piratería o estaría copiando el contenido de la obra original, o sería una obra derivada de ésta, si tuviera la autorización de los españoles”.

Es la segunda ocasión en que Ricardo Raphael es exhibido de usar contenidos no autorizados de otros autores, y enfrenta una denuncia formal ante la Fiscalía General de la República en México, por adjudicarse la investigación El falso caso Wallace, de la periodista Guadalupe Lizárraga, quien desde 2014, ha publicado más de cien reportajes, videos y un libro. Ricardo Raphael la entrevistó en su programa de televisión, en Canal 11, el 12 de diciembre de 2018, y a partir del 24 abril de 2019, el conductor se ha presentado a los medios como el “investigador” del caso, con un reportaje publicado en la revista Proceso, conteniendo datos e información que Lizárraga había publicado en su libro en 2018, y en el portal de noticias Los Ángeles Press.

Continue Reading

Trending