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Con voz propia

La interpretación de un homicidio: el caso Javier Covarrubias

Las violencias en el caso de Javier Covarrubias, asesino de sus dos hijos. Un interesante análisis de Edwin Sáchez Ausucua sobre el concepto de vida en un contexto criminal.

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Edwin Sánchez Ausucua*

El día 10 de junio del 2010 el periódico La Jornada presenta las declaraciones del joven de 20 años que vivía en Tepito que ha ocupado los espacios noticiosos de manera sobreabundante. Un adolescente más que será sentenciado por el doble crimen contra los dos seres por él y su compañera procreados. “Mató a sus hijos” se puede leer en las portadas de la nota roja que ha sido elevada al horario estelar. Sin embargo en esta ocasión no se trata de una nota sangrienta más pues permanece tras todo el ruido noticioso aquello que no es posible nombrar, lo impronunciable del homicidio en su sentido civilizatorio y antropológico que la impartición de justicia evade reduciendo los sucesos a procesos de técnica pericial.

Foto: elinformador.com.mx

La sucesión de los acontecimientos es reveladora en más de un sentido. La primera declaración del joven Javier Covarrubias fue en realidad una denuncia contra el secuestro de sus hijos. Tal declaración genera una revuelta social en el barrio de Tepito. La segunda declaración, tras los enredos y falsas afirmaciones del declarante, fue que había dado a los hijos a cuenta por una deuda que tenía con una mujer.

En esta falsa pero verosímil declaración los hijos son reducidos a un valor de cambio en un sentido mercantil. El suceso y los argumentos que lo rodean permiten elevar el caso a otro nivel de la reflexión pues se halla en juego la reproducción social de los sujetos y las condiciones necesarias requeridas para que la vida en sociedad sea posible. La falsa declaración permite señalar lo que justamente no podría considerarse como una norma social. Esto es, considerar a los hijos como mercancías con las que se pueden
hacer negocios.

Se trata entonces de la interpretación de la vida misma y no solamente la causalidad que lleva al joven a matar a quienes ha engendrado, en la crónica de un horrendo crimen. Cabe señalar que los menores procreados nunca alcanzan el estatuto subjetivo de ser hijos para el joven que no llega a ocupar el lugar de padre. Para los fines de esta reflexión se trata de un filicidio en ese sentido que implica también lo jurídico.

¿Qué representa en lo político un filicidio para un Estado? Si se considera el tema en términos estrictamente científicos, el soporte biológico que se reproduce según las leyes de los mamíferos superiores, y los seres así nacidos, no son condición suficiente para existir social y psicológicamente, aunque sí una condición necesaria, para que la vida humana se socialice y pueda ingresar a la esfera de los intercambios que supone la reproducción social. Es decir el nacimiento biológico no garantiza la reproducción de sujetos sociales, es necesario el reconocimiento y el deseo de los padres que les transmiten sus dones para que esas vidas tengan una oportunidad de realización.

Desde la perspectiva del conocimiento psicoanalítico, tenemos en este doble crimen la ausencia de una transmisión esencial imprescindible para que los niños, una vez nacidos, vuelvan a nacer a la vida desde la función simbólica/parental. Esta función constituye la condición necesaria para que la vida sea incorporada a los intercambios fundantes de la norma, y la prohibición, en un sentido antropológico de los términos cuyo alcance es también sociopolítico y psicosocial.

 

Se trata en suma de la retribución simbólica de la deuda de los padres realizada en el ejercicio de su paternidad, es decir, en el renunciar a la posición subjetiva del hijo para que la descendencia pueda ocupar lo que le corresponde en la diferenciación genealógica.

Es una formulación genealógica definida por la transmutación simbólica de lugares que no se realiza en Covarrubias quién no puede dejar el lugar del hijo en el cual se halla atrapado con manifestaciones narcisísticas de omnipotencia y de privación subjetiva. Los efectos concretos de esta transmisión y sus dificultades se hacen evidentes en la fenomenología del dar, recibir, retribuir, postergar las satisfacciones, inhibir las pulsiones más inmediatas por el rodeo que exige la normatividad y su regulación.

Son las pautas de una matriz civilizatoria transmitida a los padres para que ellos incorporen la vida de los hijos/biológicos a los vectores sociales de la realidad que definen al sujeto. Es parte del proceso normativo de la transmisión. A diferencia de la vida meramente biológica, la humana existencia se instituye desde la Ley para garantizarla y hacerla posible.

Cuando no se presenta el proceso de transmisión de la Ley, el resultado es la muerte, la locura, el incesto, o el crimen, como este cuya elocuencia nos ocupamos en comentar. Es necesario reiterar lo dicho ante el acoso de la ciencia médica: la reproducción biológica meramente mamífera de la especie no reproduce la carga de la existencia psicológica, social y espiritual que garantiza el acceso a lo específicamente humano que es el deseo, el lenguaje, el vínculo.

En Javier Covarrubias no existía el don de la transmisión, que para realizarse ha de cumplirse desde la generación anterior, en los nuevos hijos. Es la característica genealógica que define el sentido de ser abuelo, padre, hijo.

Para fines prácticos de la peritación, estas consideraciones que pueden resultar demasiado abstractas o difíciles de asimilar, ha de considerarse necesariamente la historia de vida de Javier Covarrubias, ¿quién fue su padre? ¿quién fue su madre? ¿Quiénes fueron sus abuelos? ¿Qué ocurrió en sus vínculos esenciales para que decidiera dar la muerte a los dos niños? ¿Quiénes fueron los padres de la madre para que ella lo eligiera como pareja?

El crimen ocurrido requiere que se le devuelva toda su carga de horror en un sentido trágico, se trata de un suceso que se encuentra en el lugar de otra violencia extrema ocurrida en la esfera simbólica. Es decir, Javier Covarrubias intentó acreditar en su segunda versión sobre la desaparición de sus hijos, que él mismo los había entregado a una mujer, como pago a cuenta de una deuda no saldada.

En esta versión, el elemento de la verdad sobre la deuda simbólica es apuntalado en la emergencia de lo real desde un faltante que sobrelleva Javier Covarrubias en su desgraciada existencia. Dicho de otra manera, el elemento deficitario, forcluido para usar el término analítico, es de tan grandes consecuencias y proporciones que no puede dar como resultado que el joven simplemente convierta a sus hijos en mercancías. Es algo que al interior de la constelación determinante del acto homicida no tiene cabida: convertir a los hijos en un valor mercantil de intercambio. La sin razón del pasaje al acto apunta en dirección de esa imposibilidad.

Conclusión

Las condiciones de estructura necesarias, de naturaleza significante, para que las vidas de esos niños tuvieran la posibilidad de encontrar una realización en el mundo social de los intercambios simbólicos, no se había cumplido en la transmisión y el deseo. En términos psicoanalíticos, la metáfora paterna no tuvo lugar en la vida de Javier Covarrubias, no hubo acceso al significante del nombre del padre y en consecuencia no pudo cumplir la función paterna que el destino le inducía a cumplir en su búsqueda personal.

La referida nota periodística de La Jornada indica señalamientos del peritaje de la PGJDF: Javier Covarrubias es un generador de violencia familiar. Parecería una afirmación de Perogrullo o incluso una insensatez que no resulta insólita tratándose de la PGJDF, ¿tras el asesinato se concluye que es un generador de violencia familiar? Sin embargo, la violencia del acto de Covarrubias con toda y su carga sacrificial es en realidad precedida de otra violencia, la de un rechazo violento y extremo, radical, cuyo escenario es la constelación de los significantes que lo determinan como sujeto.

La violencia que precede a Covarrubias es desde luego inaccesible a los procedimientos e indagatorias de los peritos de la PGJDF y no constituye ningún elemento a favor del actor que ha de dar cuenta de su acto criminal ante la justicia. En Covarrubias, se encarna un doble sacrificio generacional cuyo violento surgimiento apunta a la verdad y esencia relacional y vinculante de lo humano. Sacrificio que coloca ante nuestra mirada el resultado horroroso de otra violencia primigenia de la vinculación deudora de la vida.

Si algo permanece de sagrado en nuestra época de ultraliberalismo económico depredador, tendrá que ser la vida misma, que no nos pertenece del todo y por tanto no se puede mercantilizar como si se tratara de un elemento más de la desregulación económica. Entre tanto, los periódicos chorrean sangre cotidianamente, los asesinados son arrojados a la intemperie, insepultos como desechos y testimonio de la imparable destrucción de la cultura. Ante este panorama, el caso Covarrubias interroga de nueva cuenta, con su sacrificio, lo que subyace al homicidio y su correlación con el sentido de la existencia. Justamente, en tanto la vida humana se comercializa como mercancía, se vende como utilería, como noticia, como daño colateral, como basura reciclada, ante un auditorio ávido de noticias sangrientas. ¿De qué lado de la ley y la civilización se hallan instalados los criminales?

 

* El autor es psicoanalista mexicano y su blog personal es edwinsanchezpsi.blogspot.com

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Con voz propia

Andrés Manuel López Obrador, analfabetismo en Comunicación y las nuevas autodefensas.

Ramses Ancira

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Diario de un Reportero

Ramsés Ancira

La definición clásica de Comunicación es un intercambio de mensajes entre un emisor y un receptor. Con una conferencia diaria de más de dos horas parecería que Andrés Manuel López Obrador sería un excelente comunicador, pero como sólo habla y no escucha, en realidad es el peor, al menos desde que este reportero tiene memoria; y no es una memoria corta, porque he cubierto ocasional o con cierta permanencia las administraciones desde José López Portillo hasta Enrique Peña Nieto, e incluso ésta.

Incluso cuando el PRI mataba periodistas, como sucedió con Manuel Buendía, (cien por ciento un crimen de Estado) yo tenía una estrategia que nunca me fallaba: cuando acreditación en mano el Estado Mayor Presidencial no me dejaba pasar a un evento, quizá porque me habían comisionado de último momento o no era el reportero de la fuente, yo me ponía a gritar “¡Están agrediendo a la prensa! Evitar escándalos era prioritario, así que como mí única arma visible era mi gafete de periodista, siempre acababan cediéndome el paso, con tal de que me callara.

La ocasión más reciente fue con Enrique Peña Nieto, en un evento en Los Pinos al que me pidieron acudir como corresponsal de Hispan TV. Si el lector me juzga un irrespetuoso de la autoridad o un abusivo del “cuarto poder”, está en todo su derecho, pero se lo cuento tal como ocurrió.

Estaba alzando la voz cuando llegó el entonces gobernador de Guerrero, René Juárez Cisneros y me llamó a la tolerancia. Yo estaba tan enojado que no sé exactamente lo que le contesté, pero fue algo así como que a nadie le interesaba lo que dijera el presidente y que yo estaba ahí para cubrir una orden y no por gusto. Finalmente pasé.

En otras dos ocasiones, cuando Andrés Manuel López Obrador estaba en su segunda campaña presidencial me pidieron solicitarle una entrevista exclusiva. La primera vez en un evento en Coyoacán, su jefe de prensa, César Yáñez, al que conocía desde que López Obrador era jefe de gobierno de la Ciudad de México, me invitó a acercarme personalmente a pedírsela.

Como el entonces candidato estaba sentado en primera fila en un evento de proselitismo, cuando me le acerqué de frente para hablar con él, noté que tapaba la visión de las personas que se encontraban en las sillas de atrás, así que me puse en cuclillas. De inmediato López Obrador me extendió el brazo para ayudarme a levantar y pidió que me cedieran una silla junto a él. “Póngase de acuerdo con César” me dijo amable, pero pasaron meses sin que recibiera respuesta.

Finalmente, un día me llamó César Yáñez para decirme que había una oportunidad durante una gira por Puebla y Veracruz. Lo perseguí todo el día en carreteras y mítines, pero siempre se retrasaba en sus actos de campaña y salía corriendo al siguiente. Esa noche mi equipo de producción y yo pernoctamos en el puerto y seguimos yendo a enormes mítines sin poder hablar con él. Finalmente, mi asistente, jugándose la vida al volante condujo al aeropuerto de Veracruz.

Mi camarógrafo y yo lo sorprendimos al bajar de su auto en carril de descenso y mientras salía su avión, él y su entonces compañero Dante Delgado me concedieron la anhelada exclusiva.

¡Ah, pero ése era otro López Obrador y no el más presidencialista de los presidentes que ha tenido México en el último medio siglo!

Todos estos antecedentes vienen a cuento porque el empresario y activista de Quintana Roo Carlos Mimenza Novelo dijo en una conferencia de prensa celebrada el 28 de octubre,  (ignorada por casi todos los grandes medios de información)  que está cansado de mandarle a Jesús Ramírez Cuevas, vocero de López Obrador, información sobre los asesinatos y desapariciones que ocurren a diario en su estado, detrás de los cuáles se encuentra la policía, misma que fue integrada con  el cártel morelense de Los Rojos y  ataviada con uniformes, por lo que ahora pueden secuestrar, violar y matar, con placas y toletes que les proporciona el mismo gobierno estatal.

El actual gobernador de Quintana Roo, Carlos Manuel Joaquín González, medio hermano del ex secretario de Energía, de Enrique Peña Nieto, y ex presidente del PRI, Pedro Joaquín Cadwell.

Mimenza Novelo dice que Joaquín González es “asesino, extorsionador e invasor de terrenos, involucrado con el narco”, y las pruebas fueron entregadas tanto a Alfonso Durazo, Secretario de Seguridad Pública (actualmente en fuga para convertirse en candidato a la gubernatura de Sonora) como a Jesús Ramírez Cuevas, vocero del presidente Andrés Manuel López Obrador, por lo que es imposible que el presidente las ignore.

El empresario es también activista por los derechos humanos, sostiene una fundación para la atención de niñas violadas y sujetas al comercio sexual, situación en la que, según Mimenza, Quintana Roo ocupa el primer lugar nacional.

Entre muchas acusaciones, asegura que una persona de Tulum, llamada Héctor Valdez fue amenazado de muerte por el gobernador, y luego golpeado policía enfrente del director de Seguridad Pública de Quintana Roo, Alberto Capella.

En ese estado todos los días se padecen extorsiones, secuestros y desapariciones forzadas, pero no se habla de esto porque los medios “están siendo callados a punta de billetazos”, dijo Mimenza, quien agregó que el 95 por ciento de los informativos locales están al servicio del gobernador” y los medios nacionales tampoco atienden el problema.

El cobro de piso a los empresarios y los pequeños comerciantes, dice el empresario y activista, es realizado en su mayoría por gente de Seguridad Pública de Quintana Roo.

Capella, agrega el denunciante, llegó al estado precedido de acusaciones de corrupción en Tijuana y Morelos. El propio gobernador de este estado, Cuauhtémoc Blanco, le advirtió a Carlos Manuel Joaquín los riesgos de darle ese puesto. Sus advertencias fueron desoídas.

Como consecuencia Capella importó de Morelos a integrantes de la organización delictiva “Los Rojos”, involucrada en la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, y los vistió de policías que se dedican al secuestro, entre otros del comisario ejidal de Playa del Carmen por quien pidieron un cuantioso rescate.

Según el denunciante, también ha llegado a Quintana Roo, desde la Ciudad de México, la banda criminal llamada Unión Tepito. Además, acusó al gobernador de tener como secretario particular a Óscar Montes de Oca, quien antes fue Secretario de Turismo y despojó de sus tierras a varias personas en Tulum, acusándolos falsamente de distintos delitos, que los mantienen en la cárcel.

Tulum, será una de las estaciones más representativas del Tren Maya, por lo que algunos de los principales beneficiarios serán los que inventaron falsos culpables, para apoderarse de sus tierras.

Toda esta información le ha sido proporcionada a López Obrador, sin que se haya actuado al respecto durante más de dos años. De manera que hace dos semanas decidieron formar un grupo de autodefensas en Tulum, que ya tuvo su primer éxito, la captura de un falso guardia nacional que se dedicaba al cobro de piso.

Si el presidente López Obrador no hace nada para detener los delitos atribuidos al gobernador y a su secretario de Seguridad Pública, varios empresarios, que ya antes habían apoyado al doctor José Manuel Mireles en Michoacán, están dispuestos a financiar autodefensas en los once municipios de Quintana Roo.

Así que además de los gobernadores del PRD, PAN, Movimiento Ciudadano y el independiente de Nuevo León, quienes integran la alianza federalista, mayoritariamente en el Norte del país, el presidente tendrá que sumar la inconformidad de empresarios organizados en el sureste, indignados por las mujeres violadas y las personas despojadas de sus tierras, que además de tener que pagar para que les reciban denuncias en el Ministerio Público, no tienen seguimiento de sus demandas.

¿Se acordará el presidente López Obrador que, en 1847, Zacatecas, ¿uno de los estados con más recursos económicos y militares se negó a participar en la defensa de la Nación durante la invasión de Estados Unidos?

Hoy el gobernador de Durango dice que: “El diálogo deberá ser el único instrumento que nos ayude a resolver puntos de vista distintos. Coincidimos en que a México y a nuestra entidad les vaya mejor. Confiamos en la sensibilidad del presidente”.

El problema es que para dialogar se necesitan al menos dos; pero como el nuevo personaje de López Obrador solo sabe hablar, y no escuchar, porque, según él, solo se trata de maniobras electoreras, los ciudadanos tenemos que rezar para que “sus datos” sean ciertos y   la 4a transformación no consista en una nueva fragmentación, como empezó sucediéndonos  con Texas, antes de perder dos millones de kilómetros cuadrados que hoy ocupan California, Nevada, Utah y Nuevo México.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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