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La historia de amor de Ricardo y Amalia

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Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Los héroes más grandes son aquellos que cumplen con responsabilidad sus deberes diarios y sus asuntos domésticos con devoción mientras el mundo sigue girando.

Quizás por eso la historia de Ricardo Guillermo López España y Amalia López Arcos nos devuelve la fe en el amor.

Este lunes 7 de febrero es su aniversario de bodas y el cumpleaños de ambos.

Ricardo y Amalia son dos personas de origen indígena que reconstruyeron sus corazones al unirse en matrimonio para dar sentido a sus vidas –lejos de la tierra que los vio nacer- en la riqueza de sus coexistencias.

Han salido adelante aun en los escenarios más adversos; su encuentro fue mágico y nada ha sido impedimento para que –desde que se conocieron- sigan cumpliendo sus sueños.

Ricardo Guillermo López España nació el 7 de febrero de 1976 en la comunidad Reyes Llano Grande, municipio de Santa María Yucuhiti, distrito de la heroica ciudad de Tlaxiaco, Oaxaca, y su lengua materna es la mixteca, un idioma indígena en peligro de extinción.

En su pueblo Yucuhiti, cuyo significado en lengua mixteca quiere decir Cerro de Ocote, tiene una hectárea de tierra que cultiva su papá Santiago López García, ejidatario.

Desafortunadamente su mamá Modesta España Ortiz murió en octubre de 2021 por COVID-19.

Ricardo es el mayor de siete hermanos: cuatro hombres y tres mujeres. Una de sus hermanas, Carolina López España, es enfermera en el Hospital Pediátrico de Culiacán.

A temprana edad, aprendió a trabajar en el campo en la poda y limpia de cafetal y con el paso del tiempo aprendió las técnicas de la agricultura tradicional de su comunidad.

Desde que era niño aprendió a amar la tierra y los frutos que esta ofrece; sus manos se volvieron diestras para evitar el crecimiento de malezas en los cafetales, cortar las ramas del tallo, ligeramente inclinado y sin astillar, algunas veces apoyándose en pedazos de yute.

Su niñez fue difícil en la región del nudo mixteco de Oaxaca pues sufrió violencia intrafamiliar de parte de su abuelo, aunado al acoso escolar pues era un pequeño tímido y callado.

Creció rodeado de paisajes hermosos pero en condiciones de pobreza extrema.

Su pueblo, al igual que otras comunidades de la zona, es también una de las áreas más pobres de México pues se estima que el nivel de pobreza supera el 90 por ciento de la población, donde la mayoría vive en viviendas inadecuadas sin acceso a agua potable.

Casi la mitad se encuentra en condiciones de pobreza alimentaria y otras carencias sociales son el rezago educativo y la falta de seguridad social.

Su amor a la tierra y su deseo de superación fueron la motivación que lo llevó a convertirse en doctor en agronomía por la Facultad de Agronomía de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), haciendo sus prácticas profesionales en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Actualmente, Ricardo es maestro de agricultura sustentable y protegida en la Universidad Tecnológica de Culiacán (UTC) y se considera un ciudadano activo de su pueblo, al cumplir con la cuota anual en la agencia y en el municipio; se siente orgulloso de hablar la lengua mixteca y pertenecer a una cultura ancestral.

Adicionalmente, Ricardo aspira a trabajar en un proyecto comunitario y contribuir con sus conocimientos en la Agroecología de su tierra natal.

7 de febrero, una fecha especial

Ricardo puede dar testimonio de lo que es el amor en tiempos del Facebook pues conoció a su esposa Amalia López Arcos a través de esta red social. El flechazo fue inmediato y se casaron el 7 de febrero de 2013.

Amalia también nació un 7 de febrero. Por eso ambos decidieron casarse un 7 de febrero.

Amalia López Arcos nació el 7 de febrero de 1984 en Chilón, Chiapas, un pueblo ubicado en la región Tulijá-Tseltal-Chol. Han formado un hogar con Julissa, de 14, y Ricardo Natanael, de 8. Ambos nacidos en Culiacán.

Amalia habla tzeltal y desde los 12 años de edad aprendió el oficio de partera tradicional de su tía Manuela López Gómez.

Su tía Manuela, una de las parteras más reconocidas y avaladas por el sector salud en Chiapas, de quien aprendió el idioma español y los secretos como partera tradicional, murió en 2020.

Creció con siete hermanos en un hogar machista donde su padre, siendo maestro de primaria, nunca quiso enseñar a leer y escribir a su esposa.  La mamá de Amalia es analfabeta estando casada con un profesor.

Amalia no quiso ese futuro y a la primera oportunidad viajó en búsqueda de mejores horizontes. Fue así como estudió en la Escuela de Enfermería de la Universidad Autónoma de Sinaloa en Culiacán.

Es difícil plasmar en unas líneas la lucha y todas las dificultades que enfrentó Amalia en esta etapa de su vida. Fueron episodios de sufrimiento y resiliencia que no se pueden describir con brevedad. Baste decir que las grandes decepciones a menudo definen momentos de cambio positivo y algo inexplicable y misterioso quiso, un día, que conociera a Ricardo en el mágico universo de las redes sociales.

Actualmente Amalia, como licenciada en enfermería, está al frente del departamento de salud de la Universidad Tecnológica de Culiacán (UTC).

La historia de Ricardo y Amalia nos demuestra que los sentimientos deben ser más que palabras, demostrarse en los hechos, en las acciones que producen resultados y que, al fin de cuentas el amor y el éxito en la vida son aprendizaje, sacrificio y trabajo duro que, durante el camino, también producen alegría y satisfacciones.

Por eso, cuando el amor verdadero llega a nuestros corazones, experimentamos la felicidad.

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Revelación

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Por Mónica del C. Aguirre

El inspector González despertó de una de sus familiares pesadillas. Siete años de trabajo en el Departamento de Homicidios lo habían expuesto a situaciones e imágenes que se repetían en su memoria: mutilaciones, sobredosis, suicidios, violaciones, sesos, tripas, y cuerpos morados que encontraban en el río donde los criminales arrojaban a sus víctimas. La memoria no tiene jefe, no obedece jerarquías; proyecta los recuerdos que le vienen en gana y, generalmente, son aquellos que desearíamos reprimir.

Apenas amanecía cuando el inspector González despertó. Estaba sudando, su corazón latía de prisa y sintió sus venas casi explotar por la presión de la sangre. Soñó, como solía, con otro asesinato. Pero esta vez, el asesino era él. Le pareció tan real que, cuando abrió los ojos, estaba confundido: no sabía si su habitación era el sueño, y la mujer degollada del bosque había sido una noche más de investigación.

Su habitación comenzó a iluminarse, pero aún se sentía exaltado y con una penumbra que le pesaba sobre su cabeza. Se rascó el pecho. No, no se había acostumbrado a ver tanta crueldad. Se persignó con prisa y pidió a Dios que liberara a la tierra de todo mal… y también de las prostitutas.

Sonó su teléfono, era el agente de la Policía local. Fue breve. Le informó que se le requería de inmediato en el bosque, junto al río, a cien metros de la bifurcación: habían degollado a una mujer que por su apariencia parecía tratarse de una prostituta.

El inspector González se vistió de prisa y antes de salir, se preparó con manos temblorosas una taza de café instantáneo. Mientras hervía el agua, se permitió un momento de reflexión. ¿Una prostituta? Meneó la cabeza.

Cuando llegó al lugar, los escalofríos lo sacudieron y el trago de café le supo más amargo de lo normal. Una prostituta. Mallas de red rotas. Degollada. ¿Acaso esta vez había soñado el futuro? En la mano que yacía sobre las hojas muertas, la mujer sostenía el libro “Memorias del subsuelo”, de Dostoyevski. Ése era el libro favorito del inspector González.

Dio breves y rápidas instrucciones a sus subordinados. Sin decir más, se dirigió a su casa. Buscó su ejemplar, de prisa. Confirmó que la prostituta asesinada llevaba consigo el mismo libro de su colección.

 

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Los puntos negros del concierto de Silvio Rodríguez en el Zócalo de la Ciudad de México

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Por Alberto Farfán

Por supuesto que la presencia del cantautor Silvio Rodríguez en México es todo un acontecimiento tanto por sus canciones como por erigirse en un símbolo de lucha de la izquierda latinoamericana y por ser un digno representante de la revolución cubana en todo el mundo.

Además, porque a diferencia de muchos de sus colegas comprometidos en contra de las injusticias vividas en América Latina, finalmente hicieron a un lado esa plausible entrega para situarse en la posición que siempre cuestionaron: la canción comercial, los boleros pseudoamorosos y lacrimógenos que perpetúan estereotipos y que no conducen a ninguna parte, más que a la cosificación del individuo. Pensemos en Pablo Milanés, Amaury Pérez, Tania Libertad, Guadalupe Pineda y otros más. En cambio, Silvio continúa en la misma dirección, sigue siendo el mismo necio en pro de un cambio.

Y como lo realizara quien esto escribe tiempo atrás con relación a un concierto de la fallecida cantante Mercedes Sosa en el Auditorio Nacional por llamar a un masculino producto made in Televisa a acompañarla al escenario a cantar, dando como resultado el que una parte importante de los presentes la abuchearan legítimamente para increparla, con lo cual coincidí, me temo que hay que señalar ciertos puntos negros que se pudieron observar en torno a la actuación del cantante cubano en el zócalo capitalino el pasado 10 de junio de este año.

Para empezar, es interesante que el régimen que emplea una y otra vez el concepto clasismo en contra de la oposición o en detrimento de todo aquel que disiente, se haya perpetrado sin que nadie lo apuntara. Es decir, mientras cientos de mexicanos de escasos recursos en su mayoría ─“el pueblo bueno”, diría el presidente de la nación─, tuvieron que acudir horas antes e incluso de madrugada para obtener un lugar cercano al escenario ─la cita era a las 20 horas─ y resistir la lluvia que se desató; por el contrario, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y el cuestionado líder de su partido, Mario Delgado, con toda comodidad disfrutaron del espectáculo en un balcón del Antiguo Palacio del Ayuntamiento. O sea, los de alto nivel bien resguardados y confortables en tanto que el pueblo de a pie en la explanada.

Por otro lado, resulta paradójico, absurdo o patético el que un gobierno que no ha disminuido sustancialmente los feminicidios ni las desapariciones de mujeres incluyera como telonera del concierto a la cantante sólo conocida en redes, Vivir Quintana, quien esgrime como su máximo éxito una canción que denuncia a las autoridades por las agresiones a sus congéneres, “Canción sin miedo”. Autora cuyas composiciones son más bien ideologizantes y burdas, que apuntan a la perspectiva afectivo-emocional con el objeto de anular la conciencia crítica del escucha y para nada a la de la reflexión, como sí lo lleva a cabo Silvio en todas sus canciones, a partir del empleo de una poética multívoca que propicia el pensar en la realidad circundante y sobre uno mismo. Y todo indica, debido a esta disparidad, que el haberla incluido fue más bien un acto demagógico, o acaso preelectoral en aras de la presidencia para la contienda del 2024.

Así las cosas, entre otras, no queda más que esperar que la serie de conciertos que ha anunciado el gobierno de esta ciudad para fechas posteriores no obedezcan a la búsqueda de cierto posicionamiento más que evidente con respecto a las aspiraciones de su titular y en realidad sean para la genuina diversión de los posibles asistentes. Pues no me gustaría escribir posteriormente que “al pueblo pan y circo”.

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Julia

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Por Mónica del C. Aguirre

Volví a ver a Julia García. Estaba tal y como la recordaba. Julia. La vi meciéndose en un columpio y sujetaba con sus delgados brazos las cuerdas curtidas por el tiempo. Julia. Se veía fresca y feliz la muy maldita.

Su melena rubia en movimiento se iluminaba por un sol de otoño que contrastaba divinamente con el color cobrizo de los árboles. Tenía puesto el vestido azul cielo que usó aquel día que la llevé en tren a Valencia; un vestido que resaltaba su exquisita figura y apretaba sus blancos pechos haciéndolos brillar. Julia.

Me acerqué y la olí. Cómo extrañaba esa fragancia natural que emanaba su cuerpo. Su piel suave olía a jabón y a cebo delicado, y su cabello a flores salvajes. Maldita sea, ¡cómo la deseaba!

La besé y su sabor a fresas me enloqueció. Ella, me devolvió el beso, pero rechazó mi cuerpo que se abalanzaba. Desperté.

Hace más de diez años que no sé de ella. La extraño tanto que me duele el pecho y el aire me falla. La vida puede ser muy larga y el tiempo muy vanidoso cuando se espera a alguien que no regresará.

Por el resto del día, sólo bastaba con cerrar los ojos y un poco de concentración para volver a saborear las fresas, oler su piel y sentir sus labios vivarachos.

Hoy ella jugará con su cuerpo y no pensará en mí. ¡Maldita seas, Julia García!

Ciudad de México

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