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Con voz propia

La democracia mexicana, una mera ilusión

Ha quedado al descubierto la ilusión de lo que es difundido como democracia mexicana por el propio gobierno federal y el INE en estas elecciones intermedia

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Voto nulo en Guerrero. Foto: Associated Press

Voto nulo en Guerrero. Foto: Associated Press

El abstencionismo no es el gran mal de la democracia mexicana, pues el número absoluto de votantes no parece afectar las proporciones de sus preferencias según se observa en iteraciones markovianas sobre el voto indeciso. Por otro lado, para poder aspirar a mayor número de alternancias, es imprescindible cambiar la cantidad de competidores por calidad en los mismos, puesto que además, a mayor número de participantes, menores son las probabilidades de vencer las estructuras hegemónicas partidistas regionales. Sobre las candidaturas independientes hay que señalar que parten de la desigualdad, por lo que su real eficacia solamente podrá ser observada en la medida que se reduzcan –o desaparezcan- los partidos políticos: hasta no conseguir esto, lo único que tenemos es una pobre simulación de democracia.

Por Emmanuel Ameth

Bajo el sistema de participación ciudadana actual para la elección de representantes populares, donde no existe diferencia sustancial alguna entre el abanico de opciones que se nos presentan en la boleta electoral y sobre todo, estando a merced de unos pocos que controlan un sistema que corrompe y tergiversa la reglas del juego, no hay utilidad alguna en haber emitido o no un sufragio, visto esto desde distintos escenarios que nos plantean herramientas matemáticas, así como tampoco las llamadas candidaturas independientes son suficientes para poder aspirar a mejorar la democracia mexicana.

Porque los que forman parte del sistema, en su perversión, nos inducen a creer que la democracia es la simple libertad de decidir nuestro voto, sí, pero omitiendo el hecho de que se limita a la baraja de aspirantes que nos es impuesta. Estos grupos de poder que controlan los partidos políticos no sólo restringieron a los ciudadanos el derecho sobre estas que son sus instituciones, sino que acostumbraron a su propia militancia a asentir sin preguntar y a resistir sin protestar.

Las llamadas candidaturas independientes no son suficientes para revitalizar la democracia mexicana, toda vez que parten siempre de una condición natural de desigualdad en contra de quienes son los verdaderos enemigos del país, a saber, los partidos políticos.

La Paradoja del mexicano

Los partidos políticos compiten en condiciones desiguales pues sus recursos dependen de los sufragios inmediatos anteriores, si bien los ‘nuevos’ parten de una asignación mínima que puede o no corresponder con la proporción de simpatizantes que requirieron cubrir para formalizar su registro.

Cada partido observa como componente de sus votos una proporción de ‘voto duro’, es decir, aquel mínimo que le brindan sus estructuras, además de una proporción complementaria que decidió apoyarle en ese momento, independientemente de si lo hizo por convicción, castigo o bien, como estrategia para impedir la victoria de otro partido cuya opción considere excluyente.

La composición del ‘voto duro’ es tan grande que casi siempre garantiza la victoria de un partido hegemónico, pero no lo suficiente como para impedir transiciones. Por ello el PRI ha ganado 13 elecciones presidenciales y perdido 2 bajo esquemas de mayoría simple.

Tomemos por válida la encuesta realizada por Parametría y promediemos la identidad partidista del primer trimestre de 2015 para estimar cuál es el voto duro de cada partido:

El PRI observa un 24%, el PAN 16%, el PRD un 6% y el conjunto de los demás partidos, 9%. Lo anterior destaca que la jornada podría cerrar con resultados globales del 29, 24, 10 de acuerdo con dichas proyecciones. Después de que las mismas tuvieron lugar, se puede notar que la variación fue mínima y que solamente cambió para el PAN con 19 puntos.

Quienes están en contra de la anulación del voto suponen que los votantes que no se acercan a las urnas, en caso de ser convencidos, preferirán impulsar los partidos chicos y/o distribuirán su voto casi uniformemente, lo cual es un error. Ciertamente, por analogía, los partidos chicos saldrían más beneficiados si se distribuye de dicha forma y no de una forma cuasi proporcional, aunue para su mala fortuna, son tan diversas las causas por las que existe el abstencionismo y tan variadas las personas que optan por dicha vía que, incluso si pudieran ser ‘obligados’ a emitir su sufragio, lo más probable es que la distribución de sus preferencias no difiriera de aquella que sí dirigió su voto a una opción de la papeleta.

De hecho, si a partir del gráfico anterior observamos las preferencias de julio de 2012 y las comparamos con las votaciones que se tuvieron al final de la jornada, las probabilidades de que los electores indecisos se fijen en los partidos chicos siguen jugando en contra de estos, ocupando para ello iteraciones markovianas suficientes para apreciar estacionalidad, es decir, que ni siquiera en un teórico largo plazo representarían beneficios.

En la siguiente imagen puede apreciarse una matriz de transición que destaca la composición del voto complementario cuyas preferencias siguen beneficiando al partido hegemónico. Es de destacar que mientras mayor sea el número de partidos, las distancias entre las proporciones de los sufragios obtenidos entre el ganador y el resto de ellos se incrementan.

Así, y por analogía matemática –no intuitiva, como suele hacerse-, aumentar el número de partidos es lo que en realidad beneficia la hegemonía de un solo dominante, afirmación que coincide, incluso, con los procesos democráticos de años y/o décadas anteriores donde una mayor cantidad de participantes nunca resultó en una mejor democracia. Por si fuera poco, tener mayor número de partidos tampoco supone una mayor participación de los ciudadanos en las elecciones y más importante aún, de ninguna forma abre las puertas a la participación de los mismos en las decisiones que estos toman.

Respecto del voto nulo, como bien señaló Roberto Duque Roquero, un aumento de éste da la apariencia de incrementar la ‘fuerza electoral’ de los llamados partidos grandes, perjudicando a los pequeños por añadidura, pero como recién se señaló, también es cierto que ese mismo efecto de buscar la permanencia de los partidos chicos aumenta los márgenes de ventaja entre el ganador y el resto de participantes, desincentivando una verdadera competencia, único instrumento que podría –siendo optimistas- cambiar las estrategias actuales de los partidos políticos. En otras palabras, independientemente del número de votantes en una elección, el factor que posibilita una competencia real o no en una elección es el número de opciones que se tengan: con dos competidores la moneda está en el aire y con tres hay un poco de variabilidad… pero esta desciende a medida que se incrementan los competidores.

Así, asegurar que una baja participación ciudadana lastima particularmente a los partidos chicos es cierto, pero paradójicamente, este mayor número de ‘opciones’ tiende a dificultar las transiciones hacia las alternancias.

Algún asesor de Osorio Chong lo ha comprendido bien y por ello le recomendó impulsar otro partido político, a saber Encuentro Social. Porque no es que ganara una decena de curules en el Congreso sino que en donde se percibían elecciones más apretadas, inclinó la balanza a favor del PRI.

El investigador de la UNAM también dijo que “mientras no cambien las reglas, que no van a cambiar por ahora, votar nulo, no es buena idea”, pero ¿votar por un partido político sí lo es? Cuando se es experto en las reglas del juego, se conoce quien las elabora así como sus últimas consecuencias, parece extraña la invitación a participar en una simulación donde los que ganan, no son los ciudadanos.

A los partidos ni siquiera les conviene competir

Los partidos no suelen tener los estímulos suficientes para modificar sus estrategias dado el juego en el que se ven inmersos, es decir, los equilibrios que se presentan no se harían para buscar un mayor pago, o en este caso la victoria, sino que para la mayoría de estos, su estrategia se centraría no perder su poder político actual como veremos en un planteamiento auxiliándonos ahora en la Teoría de Juegos.

Planteemos un esquema sencillo muy parecido a las tendencias que se presentan en el marco de elecciones actual. Existe un jugador al que llamaremos dominante puesto que de no existir estrategia alguna, así como en la mayor parte de las combinaciones de las mismas, resulta ganador, por lo que es en este jugador sobre el que se centran las estrategias de los otros dos competidores. Así, los jugadores, que tienen deseo por ganar, saben que deben buscar una forma de restarle preferencias para aspirar a que, con una combinación determinada, puedan llevarse la victoria. El único inconveniente es que para restar un punto a un competidor, perderán uno propio frente a la opinión pública –como sucede con la mal llamada guerra sucia-. Nótese también que es infructífero que un partido no dominante centre su estrategia en otro no dominante.

Suponiendo que las decisiones se toman al mismo tiempo y que como de hecho sucede, todos cuentan con la información suficiente para denunciar al otro, solamente hay dos estrategias convenientes (porque no sólo se trata de obtener una mayor puntuación sino que esta supere la de los contrincantes). La primera es que ninguno denuncie al otro por temor –un equilibrio de Nash- y la segunda, que busque convencer al rival de enfrascarse en una guerra contra el partido dominante.

Así, incluso para la matemática, los partidos políticos de manera natural están destinados a callar sobre los otros –para no ser denunciados a su vez-, así como a buscar siempre la forma de engañar a los demás. Los comportamientos descritos son consecuencia del sistema político actual y deriva en una condición irreversible de inequidad que es fomentada por las reglas que los partidos dominantes plantean y autorizan. Una elección en desigualdad de circunstancias para los jugadores es injusta; por lo tanto, no puede tomarse por legítima en ningún caso.

En las votaciones no dominan las convicciones sino el miedo, un criterio Maxi-Min donde se cree que votar por “el menos dañino” representa una verdadera opción, siendo esta resignación la causante de que el país guarde una condición miserable.

Sobre las candidaturas ciudadanas independientes, aquellos que resultaron ganadores tuvieron detrás de sí una estructura partidista operando para ellos como fue el caso de Jaime Rodríguez Calderón y César Valdés Martínez que en Nuevo León tuvieron a su servicio maquinaria de extracción priista; por su parte Manuel Jesús Clouthier Carrillo, Alfonso Martínez Alcázar y Alberto Méndez Pérez también gozaron de estructuras panistas.

Así, de los seis ganadores, solamente Pedro Kumamoto Aguilar llegó a una representación popular sin filiación ni estructura partidista alguna, aunque para que ello sucediera, tuvo que concentrarse la estructura de una organización estatal en un solo distrito además de existir el escenario más negativo del que se tuviera memoria para los partidos políticos hegemónicos. En otras palabras, para contar con más Kumamotos en el país, la respuesta sigue siendo la de minimizar y/o desaparecer la influencia de los partidos políticos.

La propuesta de candidatos ciudadanos independientes en el esquema actual no hace otra cosa que legitimar un sistema de elecciones viciado. Si tenemos en cuenta que fuera de las estructuras de los partidos y de los grupos de poder solamente una propuesta ‘libre’ resultó ganadora, en realidad, es mayor el beneficio que recibió el Sistema al refrescarse que aquello que en la realidad pueda resultar beneficioso para nuestra democracia.

La alternativa

Quien insista en que la única alternativa con la que se cuenta para mejorar las condiciones actuales es elegir entre las opciones electorales que se nos presentan, está faltando a la verdad.

Ciertamente una sociedad necesita de representantes y de administradores para la realización de ciertas funciones, pero ello no quiere decir que necesite de gobernantes, pues son figuras distintas. Para aspirar a un proceso democrático aceptable, las consultas deben ser realizadas a las mayorías.

Si en el país, para poder votar basta con alcanzar una mayoría de edad, entendida esta como la etapa en la que se cuenta con madurez suficiente para hacer pleno uso de nuestras facultades así como de poder decidir sobre nosotros mismos y nuestros destinos, en realidad, no hay impedimento alguno para poder ser capaces de votar directamente las reformas de mayor trascendencia.

Pero como funciona el sistema ‘democrático’ mexicano, los partidos son responsables de formular las leyes que les rigen como instituciones. Por ridículo que parezca, siendo representantes de grupos de poder –no de nosotros-, son los únicos que deciden la forma en la que se asignan presupuestos, sueldos, derechos y hasta deciden qué sanciones imponerse a través del Congreso.

Así, los partidos, por más innecesarios que sean bajo su esquema actual, no desaparecerán mediante sufragio. Votar en la autodenominada democracia mexicana es aceitar un automóvil, viejo y descompuesto, con la esperanza de que este vuele, cuando ello va contra su propia naturaleza. No hay forma de cambiar al sistema partidista que no sea mediante un giro radical en la estructura de poder en un periodo de tiempo muy corto… o resignarnos a que los más de 90 millones de mexicanos que viven en condiciones de pobreza y vulnerabilidad sigan padeciendo para beneficio de una muy pequeña minoría.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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