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Con voz propia

La democracia mexicana, una mera ilusión

Ha quedado al descubierto la ilusión de lo que es difundido como democracia mexicana por el propio gobierno federal y el INE en estas elecciones intermedia

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Voto nulo en Guerrero. Foto: Associated Press

Voto nulo en Guerrero. Foto: Associated Press

El abstencionismo no es el gran mal de la democracia mexicana, pues el número absoluto de votantes no parece afectar las proporciones de sus preferencias según se observa en iteraciones markovianas sobre el voto indeciso. Por otro lado, para poder aspirar a mayor número de alternancias, es imprescindible cambiar la cantidad de competidores por calidad en los mismos, puesto que además, a mayor número de participantes, menores son las probabilidades de vencer las estructuras hegemónicas partidistas regionales. Sobre las candidaturas independientes hay que señalar que parten de la desigualdad, por lo que su real eficacia solamente podrá ser observada en la medida que se reduzcan –o desaparezcan- los partidos políticos: hasta no conseguir esto, lo único que tenemos es una pobre simulación de democracia.

Por Emmanuel Ameth

Bajo el sistema de participación ciudadana actual para la elección de representantes populares, donde no existe diferencia sustancial alguna entre el abanico de opciones que se nos presentan en la boleta electoral y sobre todo, estando a merced de unos pocos que controlan un sistema que corrompe y tergiversa la reglas del juego, no hay utilidad alguna en haber emitido o no un sufragio, visto esto desde distintos escenarios que nos plantean herramientas matemáticas, así como tampoco las llamadas candidaturas independientes son suficientes para poder aspirar a mejorar la democracia mexicana.

Porque los que forman parte del sistema, en su perversión, nos inducen a creer que la democracia es la simple libertad de decidir nuestro voto, sí, pero omitiendo el hecho de que se limita a la baraja de aspirantes que nos es impuesta. Estos grupos de poder que controlan los partidos políticos no sólo restringieron a los ciudadanos el derecho sobre estas que son sus instituciones, sino que acostumbraron a su propia militancia a asentir sin preguntar y a resistir sin protestar.

Las llamadas candidaturas independientes no son suficientes para revitalizar la democracia mexicana, toda vez que parten siempre de una condición natural de desigualdad en contra de quienes son los verdaderos enemigos del país, a saber, los partidos políticos.

La Paradoja del mexicano

Los partidos políticos compiten en condiciones desiguales pues sus recursos dependen de los sufragios inmediatos anteriores, si bien los ‘nuevos’ parten de una asignación mínima que puede o no corresponder con la proporción de simpatizantes que requirieron cubrir para formalizar su registro.

Cada partido observa como componente de sus votos una proporción de ‘voto duro’, es decir, aquel mínimo que le brindan sus estructuras, además de una proporción complementaria que decidió apoyarle en ese momento, independientemente de si lo hizo por convicción, castigo o bien, como estrategia para impedir la victoria de otro partido cuya opción considere excluyente.

La composición del ‘voto duro’ es tan grande que casi siempre garantiza la victoria de un partido hegemónico, pero no lo suficiente como para impedir transiciones. Por ello el PRI ha ganado 13 elecciones presidenciales y perdido 2 bajo esquemas de mayoría simple.

Tomemos por válida la encuesta realizada por Parametría y promediemos la identidad partidista del primer trimestre de 2015 para estimar cuál es el voto duro de cada partido:

El PRI observa un 24%, el PAN 16%, el PRD un 6% y el conjunto de los demás partidos, 9%. Lo anterior destaca que la jornada podría cerrar con resultados globales del 29, 24, 10 de acuerdo con dichas proyecciones. Después de que las mismas tuvieron lugar, se puede notar que la variación fue mínima y que solamente cambió para el PAN con 19 puntos.

Quienes están en contra de la anulación del voto suponen que los votantes que no se acercan a las urnas, en caso de ser convencidos, preferirán impulsar los partidos chicos y/o distribuirán su voto casi uniformemente, lo cual es un error. Ciertamente, por analogía, los partidos chicos saldrían más beneficiados si se distribuye de dicha forma y no de una forma cuasi proporcional, aunue para su mala fortuna, son tan diversas las causas por las que existe el abstencionismo y tan variadas las personas que optan por dicha vía que, incluso si pudieran ser ‘obligados’ a emitir su sufragio, lo más probable es que la distribución de sus preferencias no difiriera de aquella que sí dirigió su voto a una opción de la papeleta.

De hecho, si a partir del gráfico anterior observamos las preferencias de julio de 2012 y las comparamos con las votaciones que se tuvieron al final de la jornada, las probabilidades de que los electores indecisos se fijen en los partidos chicos siguen jugando en contra de estos, ocupando para ello iteraciones markovianas suficientes para apreciar estacionalidad, es decir, que ni siquiera en un teórico largo plazo representarían beneficios.

En la siguiente imagen puede apreciarse una matriz de transición que destaca la composición del voto complementario cuyas preferencias siguen beneficiando al partido hegemónico. Es de destacar que mientras mayor sea el número de partidos, las distancias entre las proporciones de los sufragios obtenidos entre el ganador y el resto de ellos se incrementan.

Así, y por analogía matemática –no intuitiva, como suele hacerse-, aumentar el número de partidos es lo que en realidad beneficia la hegemonía de un solo dominante, afirmación que coincide, incluso, con los procesos democráticos de años y/o décadas anteriores donde una mayor cantidad de participantes nunca resultó en una mejor democracia. Por si fuera poco, tener mayor número de partidos tampoco supone una mayor participación de los ciudadanos en las elecciones y más importante aún, de ninguna forma abre las puertas a la participación de los mismos en las decisiones que estos toman.

Respecto del voto nulo, como bien señaló Roberto Duque Roquero, un aumento de éste da la apariencia de incrementar la ‘fuerza electoral’ de los llamados partidos grandes, perjudicando a los pequeños por añadidura, pero como recién se señaló, también es cierto que ese mismo efecto de buscar la permanencia de los partidos chicos aumenta los márgenes de ventaja entre el ganador y el resto de participantes, desincentivando una verdadera competencia, único instrumento que podría –siendo optimistas- cambiar las estrategias actuales de los partidos políticos. En otras palabras, independientemente del número de votantes en una elección, el factor que posibilita una competencia real o no en una elección es el número de opciones que se tengan: con dos competidores la moneda está en el aire y con tres hay un poco de variabilidad… pero esta desciende a medida que se incrementan los competidores.

Así, asegurar que una baja participación ciudadana lastima particularmente a los partidos chicos es cierto, pero paradójicamente, este mayor número de ‘opciones’ tiende a dificultar las transiciones hacia las alternancias.

Algún asesor de Osorio Chong lo ha comprendido bien y por ello le recomendó impulsar otro partido político, a saber Encuentro Social. Porque no es que ganara una decena de curules en el Congreso sino que en donde se percibían elecciones más apretadas, inclinó la balanza a favor del PRI.

El investigador de la UNAM también dijo que “mientras no cambien las reglas, que no van a cambiar por ahora, votar nulo, no es buena idea”, pero ¿votar por un partido político sí lo es? Cuando se es experto en las reglas del juego, se conoce quien las elabora así como sus últimas consecuencias, parece extraña la invitación a participar en una simulación donde los que ganan, no son los ciudadanos.

A los partidos ni siquiera les conviene competir

Los partidos no suelen tener los estímulos suficientes para modificar sus estrategias dado el juego en el que se ven inmersos, es decir, los equilibrios que se presentan no se harían para buscar un mayor pago, o en este caso la victoria, sino que para la mayoría de estos, su estrategia se centraría no perder su poder político actual como veremos en un planteamiento auxiliándonos ahora en la Teoría de Juegos.

Planteemos un esquema sencillo muy parecido a las tendencias que se presentan en el marco de elecciones actual. Existe un jugador al que llamaremos dominante puesto que de no existir estrategia alguna, así como en la mayor parte de las combinaciones de las mismas, resulta ganador, por lo que es en este jugador sobre el que se centran las estrategias de los otros dos competidores. Así, los jugadores, que tienen deseo por ganar, saben que deben buscar una forma de restarle preferencias para aspirar a que, con una combinación determinada, puedan llevarse la victoria. El único inconveniente es que para restar un punto a un competidor, perderán uno propio frente a la opinión pública –como sucede con la mal llamada guerra sucia-. Nótese también que es infructífero que un partido no dominante centre su estrategia en otro no dominante.

Suponiendo que las decisiones se toman al mismo tiempo y que como de hecho sucede, todos cuentan con la información suficiente para denunciar al otro, solamente hay dos estrategias convenientes (porque no sólo se trata de obtener una mayor puntuación sino que esta supere la de los contrincantes). La primera es que ninguno denuncie al otro por temor –un equilibrio de Nash- y la segunda, que busque convencer al rival de enfrascarse en una guerra contra el partido dominante.

Así, incluso para la matemática, los partidos políticos de manera natural están destinados a callar sobre los otros –para no ser denunciados a su vez-, así como a buscar siempre la forma de engañar a los demás. Los comportamientos descritos son consecuencia del sistema político actual y deriva en una condición irreversible de inequidad que es fomentada por las reglas que los partidos dominantes plantean y autorizan. Una elección en desigualdad de circunstancias para los jugadores es injusta; por lo tanto, no puede tomarse por legítima en ningún caso.

En las votaciones no dominan las convicciones sino el miedo, un criterio Maxi-Min donde se cree que votar por “el menos dañino” representa una verdadera opción, siendo esta resignación la causante de que el país guarde una condición miserable.

Sobre las candidaturas ciudadanas independientes, aquellos que resultaron ganadores tuvieron detrás de sí una estructura partidista operando para ellos como fue el caso de Jaime Rodríguez Calderón y César Valdés Martínez que en Nuevo León tuvieron a su servicio maquinaria de extracción priista; por su parte Manuel Jesús Clouthier Carrillo, Alfonso Martínez Alcázar y Alberto Méndez Pérez también gozaron de estructuras panistas.

Así, de los seis ganadores, solamente Pedro Kumamoto Aguilar llegó a una representación popular sin filiación ni estructura partidista alguna, aunque para que ello sucediera, tuvo que concentrarse la estructura de una organización estatal en un solo distrito además de existir el escenario más negativo del que se tuviera memoria para los partidos políticos hegemónicos. En otras palabras, para contar con más Kumamotos en el país, la respuesta sigue siendo la de minimizar y/o desaparecer la influencia de los partidos políticos.

La propuesta de candidatos ciudadanos independientes en el esquema actual no hace otra cosa que legitimar un sistema de elecciones viciado. Si tenemos en cuenta que fuera de las estructuras de los partidos y de los grupos de poder solamente una propuesta ‘libre’ resultó ganadora, en realidad, es mayor el beneficio que recibió el Sistema al refrescarse que aquello que en la realidad pueda resultar beneficioso para nuestra democracia.

La alternativa

Quien insista en que la única alternativa con la que se cuenta para mejorar las condiciones actuales es elegir entre las opciones electorales que se nos presentan, está faltando a la verdad.

Ciertamente una sociedad necesita de representantes y de administradores para la realización de ciertas funciones, pero ello no quiere decir que necesite de gobernantes, pues son figuras distintas. Para aspirar a un proceso democrático aceptable, las consultas deben ser realizadas a las mayorías.

Si en el país, para poder votar basta con alcanzar una mayoría de edad, entendida esta como la etapa en la que se cuenta con madurez suficiente para hacer pleno uso de nuestras facultades así como de poder decidir sobre nosotros mismos y nuestros destinos, en realidad, no hay impedimento alguno para poder ser capaces de votar directamente las reformas de mayor trascendencia.

Pero como funciona el sistema ‘democrático’ mexicano, los partidos son responsables de formular las leyes que les rigen como instituciones. Por ridículo que parezca, siendo representantes de grupos de poder –no de nosotros-, son los únicos que deciden la forma en la que se asignan presupuestos, sueldos, derechos y hasta deciden qué sanciones imponerse a través del Congreso.

Así, los partidos, por más innecesarios que sean bajo su esquema actual, no desaparecerán mediante sufragio. Votar en la autodenominada democracia mexicana es aceitar un automóvil, viejo y descompuesto, con la esperanza de que este vuele, cuando ello va contra su propia naturaleza. No hay forma de cambiar al sistema partidista que no sea mediante un giro radical en la estructura de poder en un periodo de tiempo muy corto… o resignarnos a que los más de 90 millones de mexicanos que viven en condiciones de pobreza y vulnerabilidad sigan padeciendo para beneficio de una muy pequeña minoría.

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Radicalismos, contra miembros de MORENA

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TRAS BAMBALINAS

Por Jorge Octavio Ochoa 

No fue necesario esperar mucho para confirmar lo dicho: el 2022 será más violento y aciago que los dos años anteriores, y así será para el resto del sexenio. 

En tan sólo dos semanas transcurridas, van más de 600 asesinatos violentos a manos de dos cárteles sanguinarios, que deja cadáveres ante oficinas de gobierno, sin que el Estado los pueda confrontar.  

El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y el de Sinaloa, van por el territorio esparciendo muerte. El “Culiacanazo” ya suena más como alianza, que como pretexto. Por si esto no fuera suficiente, y la pandemia no hubiera hecho ya su labor con más de 650 mil muertes en exceso, nos tendremos que soplar la pugnacidad que se ha desatado por la sucesión presidencial. 

Y es el mismísimo presidente de la república, quien nos habla de una próxima “radicalización”, como si el país no tuviera ya suficiente intranquilidad y pocos resultados del actual régimen. Sin embargo, el término “radicalización”, esta vez parece más una advertencia para los fieles de MORENA, que para la población en general. Todo, a resultas de una entrevista que fue sacada de contexto. 

Ricardo Monreal le puede caer a usted bien o mal. Puede estar de acuerdo o no con sus planteamientos políticos, pero hay un hecho incontrastable, innegable. Es el único, dentro del nuevo aparato de Estado que se llama Morena, en atreverse a decir NO al presidente de la república, y eso, en estos tiempos, es digno de reconocerse, sobre todo por las reacciones amenazantes que ya se ven. 

La primera advertencia, vino con la detención en Veracruz, de un alto funcionario de la Cámara de Senadores, a quien se le imputa la autoría intelectual de un asesinato en el que, paradójicamente, no hay prueba alguna. La detención fue poco después de que Monreal planteó la necesidad de abrir la elección interna de MORENA para elegir candidato en el 2024, más allá de las encuestas, que sólo han dejado una cauda de sospechas sobre manipulación. 

Ya para entonces, López Obrador andaba bastante enojado por el tema de la Reforma Eléctrica, pues si bien en la Cámara de Diputados tenía mayoría aplastante para plancharla con puntos y comas, en el Senado no. 

Y no era sólo un asunto de mayorías. La actitud de Monreal, de “conciliar” antes que imponer, no le gustó al señor de Palacio, como se vio después con el tema de la UNAM y el CIDE. De hecho, está pendiente la comparecencia de la señora Buylla. 

Descontextualizar, mentir y crear culpables 

Pero, al margen de esto, nos concentraremos en la entrevista que el zacatecano dio a Reforma, y que fue motivo de la violenta respuesta del presidente, que hoy se erige como el más radical de los radicales. 

El senador fue muy claro: “Los que creen que siendo más radicales pueden obtener el cargo o la posición política que anhelan, allá ellos. Se equivocan, porque no va a quedar país para nadie, el aniquilamiento sólo deja destrucción”. 

Luego declaró que fue un error adelantar la sucesión presidencial en MORENA, y dijo que “los radicales” quieren aniquilarlo políticamente. Roberto Zamarripa le preguntó: ¿Esta sucesión es depuración? “Pugna y purga, a nadie le conviene”, contestó aquel. 

Después insistió en que esta sucesión adelantada “ha provocado una guerra temprana y, lamentablemente, si no hay reglas claras y compromisos políticos internos, se va a agudizar”. 

“No se requiere ser tan sabio para prever que esto puede terminar mal”, sentenció tajante,  

“Ni reclamo patrocinio ni que se incrusten en el gobierno personajes que simpaticen conmigo; lo único que quiero es que se democratice la decisión del partido en el momento de tomarla”. 

“Estas cargadas previas y aceleradas van a generar un problema serio”. Estamos a tiempo, dijo, de evitar que la característica principal de la etapa moderna de Morena sea la pugna y la purga, y no el diálogo y la conciliación”. 

Finalmente, se pronunció en contra de la radicalización y dijo que el corrimiento hacia el centro es lo que permitió “la contundencia” del triunfo de López Obrador en el 2018. 

Pero López Obrador descontextualizó la entrevista y centro la discusión en la palabra “radicalización”. Dijo ser radical, porque busca arrancar de raíz la corrupción, al régimen corrupto, de injusticias y privilegios. 

Y de ahí, hilvanó nuevamente un mensaje a los militantes: “nada se logra con las medias tintas, con el centrismo, la moderación”. De lo contrario, no podría hacer la “Cuarta Transformación”; no llegué al poder para engañar y simular. 

El detalle es que, en términos reales, el líder del Senado nunca dijo estar en contra de esos ideales. Sólo centró sus críticas en las actitudes que impiden la participación de los militantes, debido a decisiones verticales.  

El problema es que, al estar inspirado en una figura hegemónica, en los códigos no escritos de Morena, aspirar está prohibido; no se puede ir contra de las decisiones del partido, ni mucho menos del presidente de la República.  

Así se ve a la luz del caso Susana Harp, donde las encuestas sólo fueron una artimaña para validar una decisión que ya estaba tomada. Esto, dicho por la propia artista, curiosamente hija de uno de los primeros dueños de Banamex. 

Pero las fricciones vienen de más lejos, cuando Monreal quiso ser candidato a la Jefatura de Gobierno, y López Obrador impuso a Sheinbaum como candidata. Monreal estuvo a punto de salir del llamado “movimiento”. 

A la larga, la oferta que le hicieron fue exponencialmente mejor. De hecho, no tuvo que cargar con la derrota electoral más desastrosa que ha sufrido Morena en su corta historia de vida, precisamente en la capital de la república. 

Así, desde el Senado, Monreal ha podido mediar en varios conflictos, concitar el acuerdo con PRI-PAN-PRD, frenar temas escabrosos y enfrentar el embate que encabeza aparentemente el gobernador de Veracruz.  

La farsa de la radicalización 

Así pues, la radicalización de la que habla López Obrador es una farsa. No va siquiera contra los que alguna vez llamó “La Mafia del Poder”. Simplemente, tres de ellos, la semana pasada fueron nominados para quedarse con Banamex. 

Los que podrían “nacionalizarlo”, según López Obrador, son Carlos Slim, Ricardo Salinas Pliego y Carlos Hank. Libres y ufanos, ahí andan los dos tocayos de nombre y apellido de Carlos Salinas. 

Del otro, existen versiones públicas de haber sido quien lavó dinero para los Beltrán Leyva, en Tijuana. Todo, como si el tiempo y los hechos se hubieran borrado mágicamente.  

Tampoco va contra los principales líderes del narcotráfico en México, que son quienes han desatado el salvajismo y las ejecuciones en los últimos dos años. 

Las mentiras, como heces fecales, flotan 

Gota a gota, las mentiras, como las heces fecales, flotan. Y recomendar a unos para recortar sus gastos, pero no decir nada por la erogación de 850 millones para promocionar una imagen, es poco menos que cínico. Sheinbaum sabe de eso. 

Peor aún: guardar silencio por el desvío de 4.5 millones de pesos con la retención del 10% de salario a 550 empleados durante 5 años del gobierno municipal de Texcoco, es algo más que escandaloso. Son exactamente igual que los de antes.  

Delfina Gómez Álvarez quizá aspira a ser la nueva Elba Esther, por el grado de cinismo que encierra este acto. Hasta el momento, la Presidencia de la República, ni el presidente López Obrador han dicho nada al respecto. 

Pero ahí viene la revocación. Tengan cuidado con lo que piden, porque se les puede cumplir. Bueno, para eso está el rancho. 

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Con voz propia

El 16 de enero, entre la utopía, el atentado a Joel Ramírez y los cien años de Luis Echeverría

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Camilo Valenzuela

Sin memoria no sabríamos ni hablar.
Luis Cardoza y Aragón

46 años marcan este día como un momento histórico. Ni los apuros que la pandemia y la crisis económica que la acompaña nos provocan amnesia, ni los cambios ideológicos que el neoliberalismo impuso, ni la desmemoria que traen dilatados tiempos, ni las omisiones fingidas, pueden hacernos olvidar el 16 de enero de 1974. Eran tiempos de acumulación de riquezas en los campos hortícolas y de miserias entre sus jornaleros. Había sonado la hora de una vanguardia estudiantil que, con diferentes experiencias regionales en movimientos universitarios, acercamientos con precaristas solicitantes de tierras en el campo y pobres sin vivienda en la ciudad, organizaron una huelga general entre los trabajadores agrícolas del Valle de Culiacán.

El saldo oficial de aquella aciaga jornada fue la paralización de la actividad económica en el emporio de hortalizas, la pérdida de 8 vidas, cuatro de ellas de los jóvenes activistas de ese día y cuatro de las fuerzas policiales, una ofensiva policial y militar que no paró hasta el mes de marzo y detuvo a decenas de militantes de la organización responsable de promover la huelga general: la Liga Comunista 23 de Septiembre.

Unos años atrás, en 1968 y 1971, los jóvenes habíamos salido a la calle demandando diálogo y democracia en México, la respuesta fue el rechazo a los planteamientos y la represión, como lo probó la noche de Tlatelolco aquel 2 de octubre y el trágico Jueves de Corpus (10 de junio). Y como no hay democracia sin pan, jóvenes de Sinaloa, Chihuahua, Nuevo León, Jalisco y otros estados, fundadores de la Liga, consideraron importante realizar lo que llamaron El asalto al Cielo: la Huelga General de obreros agrícolas.

El balance obligado a la distancia de casi medio siglo es que a consecuencia de aquellas acciones aparecieron programas de gobierno atendiendo la seguridad social, algunos problemas de vivienda, de educación y otros. No resolvían la columna vertebral de los problemas, desde luego. Eran los paliativos que el sistema ofrecía, buscando evitar un nuevo 16 de enero. También hay que mencionar que se desplegaron esfuerzos por organizar en sindicatos a los obreros agrícolas, en los que destacan afanes de la CIOACS y de la Corriente Socialista.

Y tenemos que reconocer que algunas de las infamias que ya tenían arraigo en 1974, como el trabajo infantil en los surcos de los campos agrícolas aún subsiste, como la ausencia de una seguridad social plena y la orfandad en la aplicación de las leyes que los protegen, pues basta revisar el número de inspectores del trabajo que deben vigilar la enorme cantidad de empresas, superficie sembrada y trabajadores, para observar que los jornaleros no son prioridad en las políticas públicas estatales y federales.

Por otra parte, la entrañable fecha del 16 de enero evoca al día que le sigue: el 17. Porque si la vida y el tiempo tienen continuidad, también la lucha la posee. Y cuando hablamos de esa lucha que no pierde de vista la utopía por más sinuoso que esté el camino y aunque haya que desandar algunos pasos, nos referimos a la lucha urbana que se desplegó por los pobres que arribaron a la ciudad sin recursos, demandando empleos, educación para sus hijos y lotes para construir viviendas.

Los años setenta, ochenta y noventa del siglo pasado, fueron testigos de infinitas acciones de invasión de latifundios urbanos con el fin de satisfacer esa ingente necesidad. En esa lucha destacó el hombre de teatro, cantor y activista Joel Ramírez Montes “el Chuco”. No estaba solo, era parte de la Coordinadora Nacional de Movimientos Urbanos, pero los dueños de las reservas territoriales de las ciudades no sólo son poderosos, tienen el respaldo de autoridades y no se detienen ante nada en la protección de sus propiedades. Las reservas debieran ser patrimonio de los ayuntamientos, pero son privados. Las amenazas contra Joel Ramírez Montes culminaron con el grave atentado contra su vida el día 17 de enero de 1996. Joel es el símbolo de esas familias pobres que llegaron a las ciudades expulsadas de sus pueblos rurales, por la violencia, por la ruina económica y por la contrarreforma agraria salinista.

Pero el 16 de enero este año nos refresca la memoria recordando los saldos dolorosos que nos dejaron el 2 de octubre del 68 y el 10 de junio de 1971. ¿Por qué lo decimos? Porque este lunes 17 cumple cien años el expresidente Luis Echeverría, un nefasto personaje central de aquellas fechas. Y si el Macondo de García Márquez vivió Cien años de Soledad, la sociedad mexicana podrá lamentar este lunes próximo que, en esos dilatados cien años de Echeverría, al menos hay más de 50 en la impunidad.

Hay una gigante deuda con los jornaleros agrícolas, con los héroes que buscaron un cambio social y murieron en la lucha en esos sacrificados años y en los siguientes. La deuda no es menor con Joel Ramírez y todos los activistas urbanos que cayeron en la lucha o padecieron la infaltable represión. Lo mismo reiteramos para las víctimas de 1968 y de 1971.

¡Viva el 16 de enero! ¡Viva Joel Ramírez! ¡Viva el 2 de octubre! ¡Viva el 10 de junio!

Ciudad Heroica de Culiacán Rosales, Sinaloa, a 16 de enero de 2022.

MOVIMIENTO DE UNIDAD SOCIALISTA-SINALOA (MUS-SIN)

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Arteleaks

Mario Vargas Llosa, persona non grata

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Por Alberto Farfán

Abordar al escritor peruano-español Mario Vargas Llosa (1936) desde una perspectiva literaria no presenta problema alguno, debido a que es un autor a carta cabal que ha escrito grandes obras, pero si lo hacemos desde un punto de vista político-ideológico emergerán una serie de aristas que lo situarán en el atroz fascismo de las ultraderechas de nuestro continente.

Y sin embargo, nos guste o no, todo indica que hay que separar ambos aspectos cuando uno ejerce la crítica literaria por simple ética. Un ejemplo de ello sería cuando a un personaje de renombre se le otorga algún galardón propio de su ámbito. Y al peruano le concedieron en 2010 el Premio Nobel de Literatura, entre una docena más de distinciones, evidentemente por su obra literaria, sin tomar en cuenta sus opiniones políticas.

De ahí que llame gratamente la atención la oposición de un grupo de académicos e intelectuales a que Vargas Llosa pase a formar parte de la Academia Francesa de la lengua, al ser elegido el 25 de noviembre de 2021 como miembro de la misma, cuyo nombramiento oficial se efectuará de manera formal por alrededor de un año o más a manos del presidente de la República.

Y si bien es cierto que lo primero que esgrimió este grupo opositor fue el respaldo público del peruano-español al candidato ultraderechista a la presidencia de Chile, José Antonio Kast, declarándose éste abiertamente seguidor del legado del dictador Augusto Pinochet, quien al final de las elecciones realizadas el 21 de noviembre de 2021 resultó perdedor frente al izquierdista Gabriel Boric Font. También evocaron el apoyo hacia el autoritario y represor presidente colombiano Iván Duque, a la candidata presidencial ultraderechista Keiko Fujimori, hija del exdictador Alberto Fujimori, y su llamado en 1995 a que los argentinos deberían “enterrar el pasado”, aludiendo a que olvidaran los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura cívico-militar.

No obstante, también existen argumentos no políticos que deberían anular la acreditación del novelista. En el plano formal, uno de ellos es la edad; se puede ingresar a la Academia a los 75 años y Vargas Llosa tiene 85. En el orden implícito, el primer requisito es escribir en Francés y él sólo ha escrito su obra en español. Otro más es si piensa radicar en Francia con el objeto de asistir a las reuniones semanales de la institución. Luego está el de si va a naturalizarse francés, que aunque no es obligatorio este requisito sí es relevante para la Academia.

Ahora bien, si el objetivo fundamental de la Academia Francesa es salvaguardar la calidad y desarrollo de la lengua y de editar el Diccionario oficial de la Academia, me pregunto: un hombre que no cumple con el requisito de la edad y que nunca ha desarrollado su obra literaria en el idioma francés, aunque lo habla fluidamente, ¿qué oportunidad deberá tener de ser ratificado? Ninguna, sin lugar a dudas. Al contrario, debería ser declarado persona non grata por arribista y falto de ética.

 

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