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La amistad como poesía: el adiós a David Huerta

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Miguel Angel Sánchez de Armas se despide de David Huerta, la amistad como poesía, así le dedica esta columna

Por Miguel Sánchez de Armas

Ha poco que un grupo de amigos viejos disfrutamos por enésima ocasión de la anfitrionía de Elías Chávez y de sus hijas. 

Alrededor de la mesa que organiza con cuidado, precisión y cariño talmúdicos, nos vimos y escuchamos camaradas que tuvimos un primer encuentro en la primavera de la vida y que hoy, a la manera de Chaplin, nos seguimos queriendo entre candilejas.

Somos primero periodistas, unos derivados en escritores, documentalistas, historiadores y profesores, pero todos lectores voraces y almas que no han perdido la capacidad de asombro que engarzó nuestra amistad hace más de medio siglo.

Y entre nosotros, el poeta, hijo de poeta, progenitor de generaciones de poetas, heredero universal de la palabra: David Huerta.

Para leer más del autor: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

Nadie pensó que asistíamos a una asamblea del adiós. Poco después, el lunes 3 de octubre, nos llenó de estupor la noticia de que David Huerta había partido a la casa de su padre.

Hoy comparto el recuerdo que Rafael Cardona guarda del amigo con el que creció. En dos columnas, en Crónica y en El Universal, da un testimonio cotidiano, personalísimo, cálido, de este bardo mexicano y universal que vivió entregado a su mester de poesía.

Los textos de Rafael hablan por muchos de quienes conocimos, de cerca o de lejos, a David Huerta

“Su amistad era como un mérito en la vida, el privilegio de sentirlo tan cercano, tan bueno, en el sentido purificador de la palabra bondad.

“En febrero de 1996, cuando el siglo XX se enfilaba hacia su fin, David Huerta Bravo, el enorme poeta de mi generación y muchas otras, escribió una dedicatoria luminosa, para su “hermano, colega y mil otras cosas que quedan encendidas en el corazón de nuestra inquebrantable amistad.” El libro se titula La sombra de los perros.

“Cierto. Esa amistad jamás se fracturó. No pudieron contra ella ni los bandidos del campo, ni mi velocidad alcohólica en un auto contra cuyo parabrisas el poeta quedó con la cabeza abollada; ni la distancia, ni el mal tiempo, ni los viajes, ni las diferencias políticas; tampoco la suerte, mucho menos los trabajos, ni los relojes o los calendarios, y desde ayer, tampoco la muerte, porque  David, ‘a quien tanto quería’, también se me murió como del rayo, si  se vale usar esta línea de Miguel Hernández cuya lectura escuchaba -hace apenas unas semanas-, en su voz precisa, clara y sabia en un conversatorio sobre el poeta de Orihuela en el Ateneo Español.

Lee más: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

“Fue mi última vez con el David Huerta escénico, el David catedrático, quien dominaba la palabra y tomaba la atención de la audiencia como si la sujetara del cuello.

“Acentuaba sus lecturas -o las citas surgidas de su formidable memoria-, con los dedos aéreos como cuando cosechaba los arpegios de su hermosa guitarra, porque aunque muchos no lo sepan, digitaba con maestría músicas de Bach o Villa-Lobos y entonces era un espectáculo inquietante; dueño de la cátedra, describía, una tensa flecha en el arco de la poesía, los versos ajenos o las obras propias, el análisis profundo de la literatura, las líneas invisibles surgidas de Góngora y seguían por la ramazón de la palabra hasta Hernández o Juan Ramón  Jiménez.

“Esa tarde lo llevé a su casa. Lo dejé en la puerta y nos prometimos comer juntos. No hubo más tiempo excepto para innumerables pláticas telefónicas con intercambio de recetas y consejos medicinales. La última, el uno de octubre.

“Poco antes, una circunstancia generosa de su parte nos reunió en el mes de junio.

“-Tienes que hacer una presentación; yo te ofrezco La Casa del Poeta.

“-David, pero es un libro de testimonios periodísticos, nada que ver con Ramón.

“-No digas que no, vamos a hacerlo.

“Y lo hicimos, y él leyó una nota elogiosa hacia mi trabajo y yo sabía que todo eso no me lo merecía por los textos sino por ser su amigo, por su enorme corazón, porque su amistad era como un mérito en la vida, el privilegio de sentirlo tan cercano, tan bueno, en el sentido purificador de la palabra bondad.

“Ésa fue la segunda casa del poeta. La primera, enfrente de mi puerta, en la Segunda Colonia del Periodista, con Mireya, su madre, y sus hermanas, Andrea y Eugenia.  

“En el año 2015 David recibió el Premio Nacional de Letras. Se lo entregó Enrique Peña Nieto a quien no le profesaba aprobación alguna. Lo más sencillo hubiera sido un desplante en la triste alfombra.

“Pero David no hizo eso. Recibió el diploma con sencillez y orgullo y le entregó al presidente, una carta crítica con claridad y respeto. El cetro y la pluma, habría dicho Octavio Paz cuya cátedra Huerta coordinaba en la UNAM.

“Hoy muchos comenzarán el interminable análisis de su poesía. De su compleja y altísima obra. Hablarán de Incurable y algunos conocedores se remitirán a El jardín de la luz, su primer libro. O al Cuaderno de noviembre.

No te pierdas: Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

“Yo me quedo con estos versos, dignos de esta noche en que escribo al cobijo de su cercano recuerdo:  


“…Está la muerte visiblemente aquí, en el horror de una cabeza que está ahora en el agua -se sumerge, lirios y ramas cubren ya su descenso- lo que se ve es toda la muerte ahora.

Además de salvar el recuerdo, Rafael escribe a David una carta póstuma:

“Me acabo de dar cuenta, hermano, de cuántas cosas hiciste por mí, de verdad, y también me arrepiento ahora de nunca haberte escrito otra carta, pero eso es insignificante porque a pesar de nuestros mutuos y muchos viajes, entre la adolescencia y la vejez, jamás cultivamos el cada vez menos frecuente arte de la epístola, lo cual queda maravillosamente sustituido por las tabletas y los correos electrónicos y ese espacio mundial llamado wasap, o como se quiera escribir, pero no es eso el motivo de mis letras desordenadas y tristes, porque ahora resulta sin importancia cualquier cosa frente al hecho tremendo, irrebatible, irreparable de tu muerte, sí, muerte dije y escribí como si se tratara de un episodio más en nuestras vidas y eso no es verdad de ninguna manera, porque tú y yo hace apenas unos días estábamos hablando y pensando en los días de diciembre y las cálidas playas de Acapulco para buscar ahí un alivio a tu condición  respiratoria, porque me dijiste, estoy “short of breath” y con esa frase (hija de tus afanes de espléndido traductor), sintetizabas tu escasa capacidad pulmonar asociada a los demás quebrantos de tu salud, pero nuestras pláticas, así hayan sido al final solamente por el teléfono, nos hacían pasar pronto por alto todas esas cosas y nos regresaban a los parloteos desordenados de quienes nada necesitan decirse porque se han dicho todo a lo largo de sesenta años de amistad sin fisuras; quizá con pausas, pero sin  desafectos, sin  desapegos, por eso ahora leo y releo tus dedicatorias en los muchos libros cuya vida conocí desde antes de verlos publicados, porque tú y yo tuvimos muchos episodios hermosos en unas vidas cercanas, como habría dicho Nicolás Guillén, desde la infancia y aun antes, por la relación de tu padre y mi abuelo, muchos años atrás, y ahora es tiempo para recordar juntos, porque yo no sé si la memoria se va con la vida o quien parte se lleva consigo los recuerdos de una vida entera y en otra dimensión, en otro mundo o en otro no mundo, como sea, pueda sacar esas hebras de pensamiento terrenal y con ellas tejer la otra mortaja, no lo sé, pero a mí nadie me quita aquel verbo inventado por nosotros al alimón, como toreaban los antiguos sevillanos; juntos, el verbo “lopezvelardear”, cuya materia consiste en hallar los significados ocultos en la ramazón de los poemas; explicar el sentido –por ejemplo—de esos versos crípticos en los cuales dice LV: Antes de que deserten mis hormigas, Amada, déjalas caminar camino de tu boca, y como éramos jóvenes e irrespetuosos, sugeríamos tanta cachondería, tanto erótico denuedo, tan microscópicas como veíamos a las hormigas seminales, camino de imaginarias bocas, ciertamente ignorantes del ejemplo zacatecano, cosas, además sencillas, íbamos al estadio, veíamos partidos interminables del aburrimiento necaxista o del “Aclante” y cuando había tiempo y un poco de dinero, nos marchábamos a los balnearios de la carretera de Puebla y nadábamos felices y torpes en las heladas aguas de una alberca mohosa, con resonancias napoleónicas: balneario Elba, ¿te acuerdas? O  lo mejor no, porque yo no sé si cuando uno está muerto los demás están presentes cómo tú en la mente interminable de ellos, lo cual me parecería muy sensato, equilibrado y parejo; yo te recuerdo y te pienso y te digo ahora, por escrito, lo mismo de tantas otras veces, gracias, David por tu amistad y tus libros y tus poemas y tu sencillez y por los miles de tragos de nuestra juventud y por otras cosas ahora privadas, nuestras, ocultas en el misterio cifrado y revelado, porque ahora, por ti repito aquello de Quevedo: Nadar sabe mi llama el agua fría, y ya sabemos, la llama ha sido nuestra amistad, inmune a los rigores del agua helada de la muerte.”

Gracias, Rafael.

 9 de octubre de 2022

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Un amigo del Mahatma

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Gandhi y Fisher

 

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Hace dos semanas se cumplieron 53 años de la muerte de Louis Fischer, el periodista que dio a la profesión uno de sus momentos esplendentes el siglo pasado. 

Quienes son aficionados al cine, sin duda, identificarán el nombre con la extraordinaria película de Richard Attenborough, Gandhi (1982), basada en el libro homónimo de este hijo de un vendedor de pescado y fruta nacido el 29 de febrero del bisiesto 1896 en Filadelfia, Estados Unidos.

En un tiempo de gigantes del periodismo y la literatura, Fischer fue una cumbre. Al igual que Jack Reed, Arthur Koestler y George Orwell -por mencionar a sólo tres- fue arrastrado por la ola de entusiasmo que la revolución soviética levantó en el mundo. 

Y como otros de sus contemporáneos un día abrió los ojos al terror estalinista y puso distancia con el paraíso de los trabajadores.

Su desencanto se vertió en uno de los capítulos de El Dios que fracasó, en donde André Gide, Ignazio Silone, Stephen Spender, Richard Wright y Arthur Koestler, también plasmaron sus reflexiones sobre el eclipse del sueño socialista.

El abrir el corazón y la mente a la realidad del horror pergeñado por el padrecito Stalin debió ser para Fischer algo profundamente doloroso. Había viajado a Ucrania en octubre y noviembre de 1932, como corresponsal de The Nation, y aunque fue alarmado por lo que vio, escribió: […] “Creo que no hay hambre en ningún lugar de Ucrania, por ahora. Después de todo sólo acaba de recogerse la cosecha, aunque fue una mala cosecha.”

Por si es de tu interés: Invasión de Rusia a Ucrania desencadenará la peor hambruna mundial de la historia, advierte ONU – Los Ángeles Press (losangelespress.org)

 

Y si bien críticó la política soviética de compras de grano, en febrero de 1933 avaló la política que responsabilizaba de la hambruna a nacionalistas ucranianos, contrarrevolucionarios y “saboteadores”. 

Escribió que “pueblos enteros” habían sido “contaminados” por esos traidores, lo que había forzado la mano de Moscú para deportarlos a campos de explotación forestal y a zonas mineras en áreas lejanas. 

El Kremlin se vio obligado a tomar estas medidas”, escribió Fischer, “aunque los soviéticos estaban aprendiendo a gobernar sabiamente”.

Fischer estaba dando una gira de conferencias por Estados Unidos cuando se publicaron noticias verídicas sobre la hambruna, pero las negó ante sus públicos universitarios y pasó la primavera de 1933 haciendo campaña por el reconocimiento diplomático yanqui de la Unión Soviética.

El desengaño llegó inevitablemente y Fischer colaboró en El dios que fracasó de 1949. Hasta su muerte, se vio a sí mismo como “un liberal de centro-izquierda, antiimperialista y promotor del cambio social”.

La de Fischer fue una compleja personalidad. Hiperactivo, con aspecto de niño malcriado y pasión por el trabajo, fue al mismo tiempo un hombre generoso que regaló los derechos cinematográficos de su obra e intervino a favor de Eisenstein en la disputa con Upton Sinclair sobre el costo de Tormenta sobre México, que el cineasta ruso filmó en 1933.

A lo largo de su vida escribió más de 20 libros y fue un reportero incansable que se involucró activamente en las corrientes que estaban modelando la historia del mundo. Tan sólo sus cartas ocupan 68 archiveros en la Universidad de Princeton, donde impartió cátedra al final de su vida. 

Principalmente en inglés, pero también en alemán, ruso, hebreo y francés, las cartas dan cuenta del abanico de intereses que tuvo y la influencia que ejerció a lo largo de su carrera. 

Josip Tito, Sukarno, Robert Oppenheimer, Eleanor Roosevelt, Robert Kennedy, Jawaharlal Nehru, Gandhi, George Chicherin, Franklin Roosevelt, John F. Kennedy, Dwight D. Eisenhower, Dag Hammarskjöld, Henri Spaak y Anthony Eden, entre muchos otros políticos y estadistas, compartieron con Fischer su visión del mundo a vuelta de correo

Gran parte de su correspondencia se refiere a la India, país que visitó en 1942. De sus encuentros con el padre de la independencia habría de escribir Una semana con Gandhi y La vida de Mahatma Gandhi, el alucinante volumen que en lo particular considero lo mejor que se ha escrito sobre esa gran figura. Es uno de esos libros por cuya autoría yo habría dado el brazo izquierdo. 

En él, Fischer despliega, desde el párrafo inicial y a lo largo de 50 capítulos y más de 500 páginas, el estilo sobrio y directo que logran muy pocos de quienes se dedican a este oficio: 

“A las cuatro y media de la tarde, Abha se presentó con la última comida que habría de tomar: leche de cabra, verduras crudas y cocidas, naranjas y una infusión de jengibre, limón agrio, mantequilla y jugo de áloe. Sentado en el piso de su cuarto en la parte posterior de Birla House en Nueva Delhi, Gandhi comió mientras conversaba con Sardar Vallabhbhai, primer ministro adjunto del nuevo gobierno de la India independiente.”

Al igual que Arthur Koestler, Fischer fue un errante que buscó encontrarse y conciliarse con sus herencia étnica. Después de estudiar pedagogía y dar clases, se enlistó como voluntario en la Legión Judía organizada por el ejército inglés y sirvió en Palestina durante 15 meses, entre 1919 y 1920. 

Más información: Amnistía Internacional pide a UE responsabilizar a Israel por ‘crimen apartheid’ vs población Palestina (losangelespress.org)

Luego vivió en la URSS y sirvió al partido. En 1936 viajó a España como corresponsal de guerra y participó en las Brigadas Internacionales, en donde supongo habrá conocido a Orwell y a Hemingway.

Fischer murió de un infarto en Hackensack, Nueva Jersey, el 16 de enero de 1970. La noticia de su muerte ocupó pequeños espacios en páginas interiores de periódicos gringos.

29 de enero de 2023

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Paloma Saiz, 40 años en la promoción de la cultura en CDMX

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Paloma Saiz promovió actividades culturales en Nezahualcóyotl

 

  • Durante el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas, iniciamos un proyecto llamado “Artes por todas partes”.

  • “Letras en guardia” es un programa de lectura para policías que se implementó con éxito en Netzahualcóyotl

Por Zavianny Torres Baltazar.

Paloma Saiz estudió en la misma universidad y carrera que el afamado escritor Paco Ignacio Taibo II, sin embargo, nunca se conocieron ahí. Quien los presentó fue el escritor y promotor cultural Belarmino Fernández (quien recientemente se nos adelantó. Un abrazo fraternal a donde quiera que esté). A los seis meses de conocerse Paloma y su pareja empezaron a vivir juntos. Desde entonces han pasado 51 años.

La promotora cultural independiente tiene una trayectoria de más de 40 años aportando a nuestra metrópoli programas culturales emblemáticos y reconocidos allende nuestras fronteras. Programas y proyectos enfocados al acceso democrático a las diversas manifestaciones culturales, a la adquisición de libros a bajo costo y sobre todo el fomento a la lectura.

Paloma Saiz también fue parte importante del equipo que organizaba año con años “La semana negra de Gijón”, que llegaba a recibir a más de un millón de visitantes.

En retrospectiva, hace treinta años visité por primera vez su casa -todavía vivían en Benjamín Hill–  el novelista de apellido Mahojo iniciaba su exitosa carrera, por entonces concursaba para el Premio Planeta con su novela “La lejanía del tesoro” ¿Qué ocurría en esos años en el quehacer profesional de Paloma Saiz?

Cuando nos fuimos a vivir juntos militábamos en la izquierda y hacíamos trabajo de asesoría a sindicatos independientes. Vivíamos de trabajitos esporádicos, él de pronto escribía para algún periódico, hacía crónica o cosas así. Yo aplicaba encuestas o cualquier cosa que me llegara y nos diera para sobrevivir.

Para leer más del autor: Ministerio Público de Cuatitlán Izcalli dispensa a automovilista ebrio, responsable de homicidio

Y dedicábamos mucho tiempo a la militancia.

Después nos fuimos a vivir dos años a España porque él quería escribir sobre la revolución de octubre del 34 de Asturias. Ya de regreso a México me puse a trabajar en el programa cultural de las fronteras, haciendo el “Festival de la Raza” y el “Festival del Caribe”. Estuve dos o tres años haciendo cosas ligadas a la cultura. Al mismo tiempo hacía algo de fotografía e ilustración para la SEP.

En el 97, cuando gana Cuauhtémoc Cárdenas, me voy a trabajar a la delegación Cuauhtémoc, primero en la subdelegación Roma-Condesa y después dirigí las casas de la cultura. También por esos años inicié en la secretaría de cultura del gobierno de la CDMX. En donde iniciamos un proyecto llamado “Artes por todas partes”.

El antecedente del proyecto “Para leer de boleto en el metro”, se da cuando tenía a mi cargo la subdirección de literatura de la secretaría de cultura. Fue y es un programa de gran impacto y muy ambicioso. En sus inicios parecía muy arriesgado. Sin embargo, a la fecha ha sido el programa de fomento a la lectura más reconocido. No sólo a nivel nacional.

El programa “Para leer de boleto en el metro” no sólo ha sido reconocido en México, sino en  muchos otros países. En primer lugar, porque fue un proyecto que impactaba a mucha gente, un programa masivo. Basado en la confianza hacia la gente.

Lee también: Nueva agenda de la Embajada de México en Colombia incluirá acuerdos de pacificación con las FARC y comunidades indígenas

Después de un receso, regresé a la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, y realizamos un proyecto más amplio de fomento a la lectura, en total nueve con policías, con bomberos, en hospitales, con los jóvenes, para ciegos y débiles visuales, el tianguis del libro y el libro club.

Casi al mismo tiempo, tuvimos la Feria del Libro del Zócalo y el Remate de Libros.

Paco Ignacio y Paloma al frente. Foto: especial

Paco Ignacio y Paloma al frente. Foto: cortesía.

¿Qué experiencia tuvieron con el programa “Letras en Guardia”, llevado a cabo en Nezahualcóyotl?

Ese programa quien lo coordinó fue el escritor Juan Hernández Luna, porque cuando nos lo vinieron a proponer el presidente municipal, yo estaba en la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y no podía hacerlo desde ese espacio. Y fue que le pedimos a Juan que se encargara del programa.

Fue entonces que se diseñó un programa para que todos los policías de Neza se incorporaran. Primero, se hizo una antología que se repartió a todos, y cada quince días o cada semana se reunían para discutir sobre el libro o sobre temas relacionados con la lectura y la literatura. Fue un programa tan reconocido en otros países, porque fue el año en el que se cumplieron 500 años de El Quijote de La Mancha.

Entonces, a un grupo de policías de Neza se les ocurrió una cosa innovadora. Y en una de las reuniones nos dijo: ¿Puedo leerles una cosa? Y lo que hizo fue convertir el primer capítulo del “El Quijote de La Mancha” a lenguaje policial: En un lugar 23 de cuyo 48 no quiero …

Incluso recibió un reconocimiento en España por ese motivo.

La idea de ese programa era quitar la imagen de policía represor, del policía corrupto, del policía gandalla -que se los habían ganado a pulso- y que a través de este programa queríamos darles herramientas culturales. Fue en ese contexto que el jefe de policía de nombre Jorge Amador -mis respetos para esta persona- quien cambió radicalmente el concepto y proceder de los elementos de la Policía de Nezahualcóyotl.

Actualmente Jorge Amador da conferencias y fue gracias a que él se empeñó a que no solamente leyeran, sino les cambió los uniformes, les dio armamento nuevo, hizo cosas innovadoras que provocó grandes cambios. Y por eso funcionó el programa.

Era muy motivante, porque las actividades que llevábamos a cabo a través del programa, llegabas algún auditorio con conferencistas y la mitad del auditorio eran “azules” y la otra mitad de estudiantes de preparatoria. ¿cuándo se ha visto un auditorio con estas características?

En Nezahualcóyotl hemos repetido esta experiencia con Juan Hugo de la Rosa y actualmente con Adolfo Cerqueda. Y sabemos que se lo propondrán a Delfina para que sea una propuesta de campaña para el tema de seguridad y capacitación de las policías municipales y estatales.

***

 

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Ricardo Garibay y su necesaria vigencia, a 100 años de su nacimiento

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Alberto Farfán habla sobre el escritor Ricardo Garibay a casi 100 años de su nacimiento

 

Por Alberto Farfán 

Nacido un 18 de enero, pero de 1923 en Tulancingo, Hidalgo, el excelente escritor Ricardo Garibay nos dejó como legado más de una decena de libros, que abarcan novela, cuento, dramaturgia, guion cinematográfico, reportaje, crónica, memorias y ensayo, entre otros. Todo lo cual bajo una extraordinaria factura tanto en contenido como en estructura.

Resaltemos que Garibay (1923-1999) estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero optó por dedicarse a la literatura. Y por cierto que intentar destacar lo mejor de su obra en todos los géneros en que incursionó no es tarea fácil, por lo que sólo mencionaremos parte de lo realizado en la esfera novelística. Así, tenemos que nos brinda grandes novelas como Beber un cáliz (1965), La casa que arde de noche (1971), Taíb (1989), Triste domingo (1991) y Trío (1993), entre otras más; obteniendo galardones como el Premio Mazatlán en 1992, por la primera aquí enlistada; premio al mejor libro extranjero publicado en Francia en 1975 por la segunda y por Taíb le otorgarían el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada en 1989. Sin dejar de mencionar que fue laureado con el Premio Nacional de Periodismo en 1987.

Para leer más del autor: Claudia Sheinbaum: la explotación laboral de los promotores culturales

Nuestro autor, cabe destacar, también incursionó en otros ámbitos, por ejemplo, en la televisión cultural con programas como Calidoscopio: Temas de Garibay, como jefe de prensa de la Secretaría de Educación Pública, como colaborador de la Revista de la Universidad de México, del semanario Proceso, de los periódicos Novedades y Excélsior, y fue presidente del Colegio de Ciencias y Artes de Hidalgo, en Pachuca. Intelectual y periodista versátil como pocos, Garibay, no obstante, llamó además poderosamente la atención por su fuerte y peculiar personalidad.

Para el escritor Adolfo Castañón, por ejemplo, «Ricardo Garibay aparece como un artesano riguroso de la palabra eclipsado por la fuerza de una personalidad malhumorada, a veces estrepitosa, orgullosa hasta el enfado. Algo en él recuerda a Ernest Hemingway: el culto del hombre rudo, la devoción machista, aparejada a un deportivo virtuosismo del cuento real” (El País Semanal Blogs 27/01/14). Se habla de que era altivo, arrebatado, tosco, gran bebedor y demás, al grado de que le fascinaba no hacer amigos, sino enemigos. Y era directo y visceral en sus aseveraciones.

En virtud de lo cual resultará interesante retomar algunas de sus observaciones y aforismos más célebres. Y más ahora que vivimos bajo la era de la estupidez, de la corrección política, de la ideología de género, etc. En el terreno literario dijo sobre la británica Agatha Christie “¿Qué me importa a mí quién mató al idiota de la primera página? La novela policiaca es la forma literaria de la estupidez”. Y acerca del mexicano autor de Pedro Páramo, Juan Rulfo, vaca sagrada de infinidad de intelectuales y académicos con los que quien esto escribe no concuerda, Garibay arremetió señalando que era un “estreñido y (que por lo tanto) escribió sólo dos libros folclóricos” (MásCultura 09/08/16).

No te pierdas: Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán

Y abundando sobre la vida, el poder y otros tópicos nos encontraremos con lo siguiente (frasesypensamientos s/f). Escribe sobre la vida en general: “La vida es una porquería, pero tenemos el sentido del misterio para poder vestirla y hacerla soportable. El alcohólico tiene el alcohol para probarla con algo más que la piel de los días”.

Con respecto a la relación del poder y el intelectual, y me atrevo a añadir al periodista, nuestro autor es contundente aseverando: “Frente al Poder, el intelectual tiene un único papel natural: poner en entredicho las acciones del Estado, echar por delante la crítica, hacer ver el error o el desvío antes que los aciertos y aun de propósito pasar por alto los aciertos y alejarse de toda forma de aplauso. Ésta es la crítica dentro de un sistema democrático, y es también la autocrítica, vista la trascendencia que tiene forzosamente el juicio de los ciudadanos que entregan la vida ‘más a saber que a vivir’”. Palabras de gran envergadura, no obstante cierto vínculo que sostuvo con quien fuera presidente de la República en esa época, Luis Echeverría Álvarez, del nefasto Partido Revolucionario Institucional.

Y acaso escrita hoy mismo imaginando el México en que vivimos, su frase más lapidaria y conocida: “Amo a mi patria casi infinitamente, como se podría amar a un hijo imbécil o malvado”. A 100 años de su nacimiento, estimado lector, conmemoremos a Ricardo Garibay leyendo su obra que logrará conmoverlo y hacerlo reflexionar.

 

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