Connect with us

Con voz propia

Imaginando que otra educación es posible

Imaginar que otra educación es posible en un mundo controlado por el cálculo, es una tarea dificil pero forja nuevos caminos humanistas

Avatar

Published

on

Imaginando otro mundo Foto: National Library of Jamaica

Rodolfo Rezola Amelivia*

Ya sea por grupos o individualmente, la vida humana siempre conlleva un diálogo continuo entre lo que podría ser y lo que es, entre lo posible y lo real. Una mezcla sutil de creencia, conocimiento e imaginación conforma ante nuestros ojos la imagen siempre cambiante de lo posible. A esta imagen ajustamos nuestros deseos y nuestros temores. A ese «posible» adecuamos nuestro comportamiento y nuestros actos. En cierto sentido, muchas de las actividades humanas, las artes, las ciencias, las técnicas o la política, no son sino formas específicas, cada una con su propias reglas, de practicar el juego de lo posible.
François Jacob: El juego de lo posible

¿Qué significa que otra educación es posible? Las personas, al parecer, somos animales de metáforas, y ésta sería nuestra diferencia, la de los animales humanos. Éstas, las metáforas, son las formas, los juegos de lenguaje, las redes de relaciones que establecemos y con las que hacemos habitable, como mundo, un entorno que de suyo carece de significado e ignora que somos organismos que habitamos en él. La realidad calla, no nos dice cómo debemos vivir: a quién tenemos que elogiar o de quién es conveniente disentir; qué es bueno para comer y cómo vestirnos; a qué dedicar nuestro tiempo libre y nuestros esfuerzos; qué es lo que debería inquietarnos y qué no; cómo educar a nuestros hijos y cómo reeducarnos con ellos; de quién tenemos que enamorarnos o cómo cuidar mejor nuestras fragilidades, los deseos por conquistar, los miedos por afrontar y los rencores por superar. Nacemos sin saber cómo vivir y en eso nos ocupamos el resto del tiempo, en aprender formas, usos y estilos de vida, en imaginar una fantasía de identidad personal con los usos públicos del lenguaje.

Si las formas o los significados son los usos, es decir, las técnicas o relaciones simbólicas con las que habitamos un entorno; entonces, si podemos llegar a concebir otras redes de relaciones que están aún por que las hagamos venir, especialmente las que urdimos en asociación con otras personas, también podemos creer que somos capaces de crear otros mundos, otras maneras alternativas de vivir. Que otra educación sea posible significa que podemos vivir de otra manera.

Cuando interpretamos la vida como un arte o creación personal, como una novela que vamos inventando a la primera, como el boceto de un cuadro que sólo dejaremos de retocar en el momento de nuestra muerte; estamos reconociendo que la educación, la comunicación en el proceso mismo de vivir juntos, también es un arte: el arte de la convivencia, el arte de la política. La educación, así concebida, es acción política: la configuración o imaginación narrativa compartida de nuestras maneras de convivir en los espacios públicos de asociación humana.

Taller con niños The Dream Rocket

Uno de esos estilos de vida es el sueño incierto, frágil y siempre por reinventar de las sociedades democráticas, que son formas de vida -como quería Dewey-, estilos de juego entre personas, ejercitando el arte de la política y de la educación con un saber cómo hacernos personas, creciendo en el empoderamiento filosófico -crítico, creativo y cuidadoso- que cuestiona las reglas de juego vigentes con otras metáforas para transformar las instituciones y relaciones de poder entre individuos a favor de la igualdad de oportunidades vitales de cuantas más personas mejor.

La educación puede ser entonces las técnicas de comunicación en cuyo proceso, como una experiencia de vida, acontece una forma de practicar el juego de lo posible, es decir, el juego mismo de la vida humana que cuenta con la conciencia (y sospecho que también con el resto de redes neuronales) como humana medida del tiempo cuando construye el antes y el después en ese diálogo abierto entre lo que nos es dado, como realidad o naturaleza creada (natura naturata), y lo que puede llegar a ser porque está aún por hacer, como realidad o naturaleza cultural (natura naturans humana). Si nuestras metáforas de vida son técnicas para establecer relaciones en el entorno, los educadores somos todas aquellas personas que cuidamos los usos posibles de lenguaje entre personas para cultivar un estilo u otro de convivencia, unas maneras u otras de comunicar estilos de vida en común. Para aprender las habilidades del juego de lo posible usamos unas técnicas de comunicación u otras.

En cualquier caso, si las técnicas, como querían Ortega y Marías, nos sirven para hacer posible lo imposible, es decir, para transformar el entorno con nuestra humana medida, entonces las técnicas de comunicación -el arte de educar personas entre personas- también nos servirán para dar un sentido u otro al juego mismo de lo posible. ¿Qué usos lingüísticos juegan más y mejor a favor del estilo de vida soñado en la convivencia democrática, los usos epistemológicos o los usos narrativos dialogados en comunidades de investigadores-narradores (CIN)?

Las técnicas de comunicación epistemológicas imaginan que educar es que las generaciones de los anteriores transporten los intereses, proyectos y valores que ya tienen y que sienten como suyos, como lo que les hace ser lo que son y les da su identidad, a las nuevas generaciones. Para los epistemólogos, educar es, ante todo, fabricar seres humanos con la dialéctica de enseñar y aprender, mostrando a los demás por dónde, cómo y para qué deben caminar, transportando información de unas mentes a otras, y usando el lenguaje que dice la verdad de los sueños ya soñados que los posteriores a nosotros tienen que aprender, o sea, repetir, copiar e imitar. Los anteriores o educadores son los que tienen la adecuada medida del saber y quienes enseñan demostrando cómo se debe vivir, sentir y pensar, a los aprendices que ignoran que las respuestas a las incógnitas de la vida ya están resueltas y que basta con que nosotros se las pongamos a mano para que deseen reconocerlas y asumirlas, y si no lo hacen será peor para ellos porque se estarán situando fuera del juego de las metáforas y los lenguajes ya dados, en un territorio extraño y excluido del nosotros que ya está instituido como tal. Lo que hay que hacer posible es ese milagro del ladrillo epistemológico viajando desde unas mentes a otras; de lo que se trata, pues, es de programar a los nuevos ciudadanos para que mantengan los conocimientos y valores, las emociones y sentimientos, los usos y costumbres establecidos.

Improvisando Foto: Anaid Worker

Educar es ante todo el arte de programar, de insertar a cada individuo en el lugar que le corresponde, de dar forma a las mentes de los posteriores para que reproduzcan lo que ya se sabe y se comporten como se espera de ellos y solamente de esta manera. Por eso, la metáfora de la Verdad es tan necesaria para la convivencia en este estilo de juego, porque es el parámetro, la medida o autoridad no humana, no provisional ni cuestionable, para discernir acerca de los asuntos humanos e inhumanos (si acaso esto segundo fuera posible). Digamos que es el instrumento por excelencia de dominio sobre los demás con la seguridad que da suponer que tenemos todas las respuestas a mano.

Ahora, a ese mundo que necesariamente es como debe ser, lo llamamos el mundo de los mercados, un mundo en el que nadie puede ni siquiera imaginar otras reglas de juego, porque las cosas son como son y no se puede hacer sino lo que se hace. Los sacerdotes que cuidan de la verdad mitológica, definitiva y despiadada, del pensamiento único y verdadero, predican los nuevos storytelling que nos recuerdan a cada momento que no nos queda otra que con-formarnos con el bloque compacto de la metafísica y globalizada economía de mercado (la niebla del olvido que diluye la voluntad y el deseo de nuevos sueños por soñar).

Y como quiera que esto es así, el fin de todos sus esfuerzos por darnos una educación como es debida reside en formarnos como productores-consumidores y prepararnos para ocupar el lugar que nos corresponde en el mercado laboral. El juego de lo posible se cierra sobre sí mismo y la imaginación se agota en el esfuerzo incesante por mantener el orden establecido con sus perversas relaciones de poder y de dominio de unas personas sobre otras. Las palabras de Galeano “La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado”, bastan para llenar de sentido el deseo urgente e imprescindible de ejercitar una vida reflexionada.

Imagino que una ley que quisiera regular un estilo educativo epistemológico al servicio de la metáfora metafísica de la verdad, belleza y bondad de los mercados y de su sujeto productor-consumidor, podría comenzar así:

“La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.”

Por su parte, las técnicas de comunicación narrativas imaginan la educación recíproca de las personas como una conversación abierta en la humanidad para cultivar el deseo continuo de crecimiento personal en comunidades de investigadores-narradores (CIN). En este estilo de juego para la convivencia, educar es, ante todo, formar parte de un proceso social de comunicación, de una expectativa incesantemente abierta a la interlocución mutua y recíproca entre iguales, entre ignorantes de respuestas absolutas y definitivas, entre personas que creemos que nos damos forma a nosotros mismos jugando a reconocemos en todas las otras personas como constructoras de sentido que nos entrenamos en las habilidades para transformar el ambiente con las redes sociales que inventamos.

Los educadores o anteriores son quienes ponen en una situación u otra, en unos estilos de juego para la convivencia o en otros, a los humanos que van naciendo e incorporándose a los juegos de lo posible, de manera que es en esa interacción constante en la que se reaprenden y se reescriben los usos para la convivencia. Las personas aprenden a sostenerse mutuamente a través de una vida reflexionada dedicada a investigar las incertidumbres de las medidas humanas del entorno. Lo que se hace es cooperar, hacer con los otros, cuidar, establecer vínculos significativos, y por lo tanto emocionales, para seguir dialogando acerca de para qué narraciones sobre las personas, la educación y la sociedad estamos viviendo y para cuáles deseamos hacerlo.

Educar es el arte de crearse en las interacciones humanas, de transformarse, un hacer posible lo que parece imposible: que cada individuo se dé la forma a sí mismo, se autocree, se convierta en novelista de sí mismo y cuestione quién cree que desea ser, es decir, cómo desea vivir en esa tupida red de expectativas mutuas en las que nos inventamos como personas entre personas. La metáfora del narrador es una creencia que sirve para crearnos a nosotras mismas, las personas, con una cierta medida condicionada por los vínculos con el entorno que deseamos o que nos acontecen, y que, a veces, también pueden ser el resultado de efectos colaterales insospechados. De lo que se trata es de cultivar la metáfora de la emancipación abriendo preguntas justamente donde más nos parezca que tenemos ya las respuestas a mano.

En este sentido, la narratividad no es un punto de llegada, una respuesta o solución definitiva al misterio de la vida entre personas, sino, más bien, un punto de partida para iniciar la aventura incierta, provisional y contingente de investigar en nuestros usos o juegos de lenguaje. Contarnos a nosotros mismos como una especie animal que crea mundos no nos garantiza que esos mundos que hacemos venir sean mejores que los anteriores o que otros posibles. No tenemos garantías de que jueguen a nuestro favor e incrementen nuestro empoderamiento para cuidarnos los unos a los otros en la misma medida en que reducen nuestro deseo de hacernos daño mutuamente. De entrada, qué sea lo mejor, lo que nos conviene y lo que juega a nuestro favor, ya es, de suyo, parte del enigma que es el juego de la vida en las sociedades humanas. Del hecho de que nuestra imaginación docente sepa cómo hacer para conformar estilos de juego alternativos para la convivencia, no se sigue necesariamente que éstos sean los deseables, los que nos convienen y valoramos como preferibles.

La calles es de nosotros Foto: National Libray of Jamaica

Para hacer venir lo mejor de y para nosotros, no basta con ser creativos, también es imprescindible saber hacer venir vínculos humanos que sean mejores que los que ya tenemos a mano. De la capacidad humana para generar mundos poco deseables, contamos con innumerables ejemplos, y creo que es fácil concebir otras formas peores de los que eran hasta ahora nuestros usos de convivencia. Por ejemplo, basta con echar un breve vistazo a lo que viene aconteciendo a nuestro alrededor en los últimos cinco años en los ámbitos económico, político y educativo.

Así que, con ser condición necesaria para saber hacer un mundo en el que merezca la pena vivir, de suyo, el juego de lo posible, el ejercicio de la libertad humana, aún siendo imprescindible, no es suficiente para las formas de vida que juegan a nuestro favor como personas entre personas. Creo que también es para eso para lo que puede servirnos concebir que otra educación es posible: para recordarnos y hacernos sentir que nuestro saber hacer cómo transformar el entorno puede jugar tanto a nuestro favor como en contra nuestra. La metáfora del sueño epistemólogico que se cultivó en la modernidad europea y norteamericana -con su razón transformadora y dominadora de la naturaleza gracias a la lógica omnipresente del capitalismo y de la economía de mercado al servicio de los beneficios privados de unos pocos-, me parece uno de esos monstruos goyescos que, muy a nuestro pesar, también es capaz de dar a luz la habilidad humana para inventar estilos de juego para la convivencia.

Una enfermedad crónica recorre el mundo de los animales humanos, es la patología del espíritu de los mercados. Presenta los mismos síntomas que los del pez en la red o la mosca en la botella, porque cuanto más se mueven estos animales (atrapados en los usos lingüísticos del mercado como aquellos prisioneros de la caverna platónica lo estaban en las opiniones preconcebidas y no cuestionadas de su entorno político) y procuran desenredarse o atravesar la barrera traslúcida del vidrio (con su tramposa promesa de horizonte abierto al vuelo libre), más se lesionan a sí mismos.

¿Cómo salir de la pesadilla simbólica en la que nos hemos metido con el juego de la economía de mercado? Quizás podamos usar el fármaco narrativo de la palabra, oral y escrita, que habita el territorio compartido en el diálogo. Quizás, la filosofía entendida no como amor a la verdad no humana, sino como amor al lenguaje humano, como “una toma de postura a favor de la palabra” -como quiere Savater- como una forma de interrogar nuestros mundos posibles, pueda partir del legado de los sofistas, aquellos primeros educadores profesionales cuya aportación al juego de lo posible la resume así Emilio Lledó en su impresicndible ensayo El epicureísmo:

“Una aportación de la sofística consistió precisamente en haber descubierto que el lenguaje, el reconocimeinto crítico de los conceptos heredados, no era sólo una especie de terapéutica teórica, sino que constituía el instrumento fundamental de nuestra libertad y, por consiguiente, la primera condición de nuestra organización como hombres. Ser humano es saber que las palabras no tienen sentido sino en el contraste y en la plena publicidad y liberación que permite el encuentro con los otros: el diálogo”.

En su canción “Resumen de Noticias”, Silvio Rodríguez nos dice “Yo he preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado”. Pero, ¿eso es así? ¿No será que del juego de lo posible ignoramos lo más importante, lo que aún está por hacer, y que es ahí donde reside la magia del viaje incierto, abierto y apasionante de la vida entre personas? Me pregunto qué pasaría si un día las personas tuviéramos un sueño, el sueño de un mundo en el que nadie fuera el poseedor de la verdad y en el que cada una de nosotras tuviéramos el derecho de ser escuchadas. ¿Puedes imaginarlo?

Quiero creer que podemos soñar nuevos imaginarios para saber contarnos con otras experiencias de vida en común, como lo es Imagine, la música en la que siempre nos aguardará John Lennon. Quiero creer que algún día la política educativa de la sociedad cosmopolita que imagino, estará coordinada, animada e inspirada, no por ejecutivos y economistas de mercado, sino por un saber hacer de humanistas que deseen cuidar la fragilidad del pathos en el que reinventamos, constantemente, los juegos de lenguaje de personas entre personas en comunidades de investigadores-narradores. Quiero creer para crear otras maneras de vivir, porque en las actuales me cuesta respirar.

*El autor es escritor español radicado en Valencia.

 

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

Continue Reading

Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

Published

on

Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

Continue Reading

Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

Published

on

                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

Continue Reading

Trending