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Con voz propia

Imaginando que otra educación es posible

Imaginar que otra educación es posible en un mundo controlado por el cálculo, es una tarea dificil pero forja nuevos caminos humanistas

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Imaginando otro mundo Foto: National Library of Jamaica

Rodolfo Rezola Amelivia*

Ya sea por grupos o individualmente, la vida humana siempre conlleva un diálogo continuo entre lo que podría ser y lo que es, entre lo posible y lo real. Una mezcla sutil de creencia, conocimiento e imaginación conforma ante nuestros ojos la imagen siempre cambiante de lo posible. A esta imagen ajustamos nuestros deseos y nuestros temores. A ese «posible» adecuamos nuestro comportamiento y nuestros actos. En cierto sentido, muchas de las actividades humanas, las artes, las ciencias, las técnicas o la política, no son sino formas específicas, cada una con su propias reglas, de practicar el juego de lo posible.
François Jacob: El juego de lo posible

¿Qué significa que otra educación es posible? Las personas, al parecer, somos animales de metáforas, y ésta sería nuestra diferencia, la de los animales humanos. Éstas, las metáforas, son las formas, los juegos de lenguaje, las redes de relaciones que establecemos y con las que hacemos habitable, como mundo, un entorno que de suyo carece de significado e ignora que somos organismos que habitamos en él. La realidad calla, no nos dice cómo debemos vivir: a quién tenemos que elogiar o de quién es conveniente disentir; qué es bueno para comer y cómo vestirnos; a qué dedicar nuestro tiempo libre y nuestros esfuerzos; qué es lo que debería inquietarnos y qué no; cómo educar a nuestros hijos y cómo reeducarnos con ellos; de quién tenemos que enamorarnos o cómo cuidar mejor nuestras fragilidades, los deseos por conquistar, los miedos por afrontar y los rencores por superar. Nacemos sin saber cómo vivir y en eso nos ocupamos el resto del tiempo, en aprender formas, usos y estilos de vida, en imaginar una fantasía de identidad personal con los usos públicos del lenguaje.

Si las formas o los significados son los usos, es decir, las técnicas o relaciones simbólicas con las que habitamos un entorno; entonces, si podemos llegar a concebir otras redes de relaciones que están aún por que las hagamos venir, especialmente las que urdimos en asociación con otras personas, también podemos creer que somos capaces de crear otros mundos, otras maneras alternativas de vivir. Que otra educación sea posible significa que podemos vivir de otra manera.

Cuando interpretamos la vida como un arte o creación personal, como una novela que vamos inventando a la primera, como el boceto de un cuadro que sólo dejaremos de retocar en el momento de nuestra muerte; estamos reconociendo que la educación, la comunicación en el proceso mismo de vivir juntos, también es un arte: el arte de la convivencia, el arte de la política. La educación, así concebida, es acción política: la configuración o imaginación narrativa compartida de nuestras maneras de convivir en los espacios públicos de asociación humana.

Taller con niños The Dream Rocket

Uno de esos estilos de vida es el sueño incierto, frágil y siempre por reinventar de las sociedades democráticas, que son formas de vida -como quería Dewey-, estilos de juego entre personas, ejercitando el arte de la política y de la educación con un saber cómo hacernos personas, creciendo en el empoderamiento filosófico -crítico, creativo y cuidadoso- que cuestiona las reglas de juego vigentes con otras metáforas para transformar las instituciones y relaciones de poder entre individuos a favor de la igualdad de oportunidades vitales de cuantas más personas mejor.

La educación puede ser entonces las técnicas de comunicación en cuyo proceso, como una experiencia de vida, acontece una forma de practicar el juego de lo posible, es decir, el juego mismo de la vida humana que cuenta con la conciencia (y sospecho que también con el resto de redes neuronales) como humana medida del tiempo cuando construye el antes y el después en ese diálogo abierto entre lo que nos es dado, como realidad o naturaleza creada (natura naturata), y lo que puede llegar a ser porque está aún por hacer, como realidad o naturaleza cultural (natura naturans humana). Si nuestras metáforas de vida son técnicas para establecer relaciones en el entorno, los educadores somos todas aquellas personas que cuidamos los usos posibles de lenguaje entre personas para cultivar un estilo u otro de convivencia, unas maneras u otras de comunicar estilos de vida en común. Para aprender las habilidades del juego de lo posible usamos unas técnicas de comunicación u otras.

En cualquier caso, si las técnicas, como querían Ortega y Marías, nos sirven para hacer posible lo imposible, es decir, para transformar el entorno con nuestra humana medida, entonces las técnicas de comunicación -el arte de educar personas entre personas- también nos servirán para dar un sentido u otro al juego mismo de lo posible. ¿Qué usos lingüísticos juegan más y mejor a favor del estilo de vida soñado en la convivencia democrática, los usos epistemológicos o los usos narrativos dialogados en comunidades de investigadores-narradores (CIN)?

Las técnicas de comunicación epistemológicas imaginan que educar es que las generaciones de los anteriores transporten los intereses, proyectos y valores que ya tienen y que sienten como suyos, como lo que les hace ser lo que son y les da su identidad, a las nuevas generaciones. Para los epistemólogos, educar es, ante todo, fabricar seres humanos con la dialéctica de enseñar y aprender, mostrando a los demás por dónde, cómo y para qué deben caminar, transportando información de unas mentes a otras, y usando el lenguaje que dice la verdad de los sueños ya soñados que los posteriores a nosotros tienen que aprender, o sea, repetir, copiar e imitar. Los anteriores o educadores son los que tienen la adecuada medida del saber y quienes enseñan demostrando cómo se debe vivir, sentir y pensar, a los aprendices que ignoran que las respuestas a las incógnitas de la vida ya están resueltas y que basta con que nosotros se las pongamos a mano para que deseen reconocerlas y asumirlas, y si no lo hacen será peor para ellos porque se estarán situando fuera del juego de las metáforas y los lenguajes ya dados, en un territorio extraño y excluido del nosotros que ya está instituido como tal. Lo que hay que hacer posible es ese milagro del ladrillo epistemológico viajando desde unas mentes a otras; de lo que se trata, pues, es de programar a los nuevos ciudadanos para que mantengan los conocimientos y valores, las emociones y sentimientos, los usos y costumbres establecidos.

Improvisando Foto: Anaid Worker

Educar es ante todo el arte de programar, de insertar a cada individuo en el lugar que le corresponde, de dar forma a las mentes de los posteriores para que reproduzcan lo que ya se sabe y se comporten como se espera de ellos y solamente de esta manera. Por eso, la metáfora de la Verdad es tan necesaria para la convivencia en este estilo de juego, porque es el parámetro, la medida o autoridad no humana, no provisional ni cuestionable, para discernir acerca de los asuntos humanos e inhumanos (si acaso esto segundo fuera posible). Digamos que es el instrumento por excelencia de dominio sobre los demás con la seguridad que da suponer que tenemos todas las respuestas a mano.

Ahora, a ese mundo que necesariamente es como debe ser, lo llamamos el mundo de los mercados, un mundo en el que nadie puede ni siquiera imaginar otras reglas de juego, porque las cosas son como son y no se puede hacer sino lo que se hace. Los sacerdotes que cuidan de la verdad mitológica, definitiva y despiadada, del pensamiento único y verdadero, predican los nuevos storytelling que nos recuerdan a cada momento que no nos queda otra que con-formarnos con el bloque compacto de la metafísica y globalizada economía de mercado (la niebla del olvido que diluye la voluntad y el deseo de nuevos sueños por soñar).

Y como quiera que esto es así, el fin de todos sus esfuerzos por darnos una educación como es debida reside en formarnos como productores-consumidores y prepararnos para ocupar el lugar que nos corresponde en el mercado laboral. El juego de lo posible se cierra sobre sí mismo y la imaginación se agota en el esfuerzo incesante por mantener el orden establecido con sus perversas relaciones de poder y de dominio de unas personas sobre otras. Las palabras de Galeano “La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado”, bastan para llenar de sentido el deseo urgente e imprescindible de ejercitar una vida reflexionada.

Imagino que una ley que quisiera regular un estilo educativo epistemológico al servicio de la metáfora metafísica de la verdad, belleza y bondad de los mercados y de su sujeto productor-consumidor, podría comenzar así:

“La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.”

Por su parte, las técnicas de comunicación narrativas imaginan la educación recíproca de las personas como una conversación abierta en la humanidad para cultivar el deseo continuo de crecimiento personal en comunidades de investigadores-narradores (CIN). En este estilo de juego para la convivencia, educar es, ante todo, formar parte de un proceso social de comunicación, de una expectativa incesantemente abierta a la interlocución mutua y recíproca entre iguales, entre ignorantes de respuestas absolutas y definitivas, entre personas que creemos que nos damos forma a nosotros mismos jugando a reconocemos en todas las otras personas como constructoras de sentido que nos entrenamos en las habilidades para transformar el ambiente con las redes sociales que inventamos.

Los educadores o anteriores son quienes ponen en una situación u otra, en unos estilos de juego para la convivencia o en otros, a los humanos que van naciendo e incorporándose a los juegos de lo posible, de manera que es en esa interacción constante en la que se reaprenden y se reescriben los usos para la convivencia. Las personas aprenden a sostenerse mutuamente a través de una vida reflexionada dedicada a investigar las incertidumbres de las medidas humanas del entorno. Lo que se hace es cooperar, hacer con los otros, cuidar, establecer vínculos significativos, y por lo tanto emocionales, para seguir dialogando acerca de para qué narraciones sobre las personas, la educación y la sociedad estamos viviendo y para cuáles deseamos hacerlo.

Educar es el arte de crearse en las interacciones humanas, de transformarse, un hacer posible lo que parece imposible: que cada individuo se dé la forma a sí mismo, se autocree, se convierta en novelista de sí mismo y cuestione quién cree que desea ser, es decir, cómo desea vivir en esa tupida red de expectativas mutuas en las que nos inventamos como personas entre personas. La metáfora del narrador es una creencia que sirve para crearnos a nosotras mismas, las personas, con una cierta medida condicionada por los vínculos con el entorno que deseamos o que nos acontecen, y que, a veces, también pueden ser el resultado de efectos colaterales insospechados. De lo que se trata es de cultivar la metáfora de la emancipación abriendo preguntas justamente donde más nos parezca que tenemos ya las respuestas a mano.

En este sentido, la narratividad no es un punto de llegada, una respuesta o solución definitiva al misterio de la vida entre personas, sino, más bien, un punto de partida para iniciar la aventura incierta, provisional y contingente de investigar en nuestros usos o juegos de lenguaje. Contarnos a nosotros mismos como una especie animal que crea mundos no nos garantiza que esos mundos que hacemos venir sean mejores que los anteriores o que otros posibles. No tenemos garantías de que jueguen a nuestro favor e incrementen nuestro empoderamiento para cuidarnos los unos a los otros en la misma medida en que reducen nuestro deseo de hacernos daño mutuamente. De entrada, qué sea lo mejor, lo que nos conviene y lo que juega a nuestro favor, ya es, de suyo, parte del enigma que es el juego de la vida en las sociedades humanas. Del hecho de que nuestra imaginación docente sepa cómo hacer para conformar estilos de juego alternativos para la convivencia, no se sigue necesariamente que éstos sean los deseables, los que nos convienen y valoramos como preferibles.

La calles es de nosotros Foto: National Libray of Jamaica

Para hacer venir lo mejor de y para nosotros, no basta con ser creativos, también es imprescindible saber hacer venir vínculos humanos que sean mejores que los que ya tenemos a mano. De la capacidad humana para generar mundos poco deseables, contamos con innumerables ejemplos, y creo que es fácil concebir otras formas peores de los que eran hasta ahora nuestros usos de convivencia. Por ejemplo, basta con echar un breve vistazo a lo que viene aconteciendo a nuestro alrededor en los últimos cinco años en los ámbitos económico, político y educativo.

Así que, con ser condición necesaria para saber hacer un mundo en el que merezca la pena vivir, de suyo, el juego de lo posible, el ejercicio de la libertad humana, aún siendo imprescindible, no es suficiente para las formas de vida que juegan a nuestro favor como personas entre personas. Creo que también es para eso para lo que puede servirnos concebir que otra educación es posible: para recordarnos y hacernos sentir que nuestro saber hacer cómo transformar el entorno puede jugar tanto a nuestro favor como en contra nuestra. La metáfora del sueño epistemólogico que se cultivó en la modernidad europea y norteamericana -con su razón transformadora y dominadora de la naturaleza gracias a la lógica omnipresente del capitalismo y de la economía de mercado al servicio de los beneficios privados de unos pocos-, me parece uno de esos monstruos goyescos que, muy a nuestro pesar, también es capaz de dar a luz la habilidad humana para inventar estilos de juego para la convivencia.

Una enfermedad crónica recorre el mundo de los animales humanos, es la patología del espíritu de los mercados. Presenta los mismos síntomas que los del pez en la red o la mosca en la botella, porque cuanto más se mueven estos animales (atrapados en los usos lingüísticos del mercado como aquellos prisioneros de la caverna platónica lo estaban en las opiniones preconcebidas y no cuestionadas de su entorno político) y procuran desenredarse o atravesar la barrera traslúcida del vidrio (con su tramposa promesa de horizonte abierto al vuelo libre), más se lesionan a sí mismos.

¿Cómo salir de la pesadilla simbólica en la que nos hemos metido con el juego de la economía de mercado? Quizás podamos usar el fármaco narrativo de la palabra, oral y escrita, que habita el territorio compartido en el diálogo. Quizás, la filosofía entendida no como amor a la verdad no humana, sino como amor al lenguaje humano, como “una toma de postura a favor de la palabra” -como quiere Savater- como una forma de interrogar nuestros mundos posibles, pueda partir del legado de los sofistas, aquellos primeros educadores profesionales cuya aportación al juego de lo posible la resume así Emilio Lledó en su impresicndible ensayo El epicureísmo:

“Una aportación de la sofística consistió precisamente en haber descubierto que el lenguaje, el reconocimeinto crítico de los conceptos heredados, no era sólo una especie de terapéutica teórica, sino que constituía el instrumento fundamental de nuestra libertad y, por consiguiente, la primera condición de nuestra organización como hombres. Ser humano es saber que las palabras no tienen sentido sino en el contraste y en la plena publicidad y liberación que permite el encuentro con los otros: el diálogo».

En su canción «Resumen de Noticias», Silvio Rodríguez nos dice “Yo he preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado». Pero, ¿eso es así? ¿No será que del juego de lo posible ignoramos lo más importante, lo que aún está por hacer, y que es ahí donde reside la magia del viaje incierto, abierto y apasionante de la vida entre personas? Me pregunto qué pasaría si un día las personas tuviéramos un sueño, el sueño de un mundo en el que nadie fuera el poseedor de la verdad y en el que cada una de nosotras tuviéramos el derecho de ser escuchadas. ¿Puedes imaginarlo?

Quiero creer que podemos soñar nuevos imaginarios para saber contarnos con otras experiencias de vida en común, como lo es Imagine, la música en la que siempre nos aguardará John Lennon. Quiero creer que algún día la política educativa de la sociedad cosmopolita que imagino, estará coordinada, animada e inspirada, no por ejecutivos y economistas de mercado, sino por un saber hacer de humanistas que deseen cuidar la fragilidad del pathos en el que reinventamos, constantemente, los juegos de lenguaje de personas entre personas en comunidades de investigadores-narradores. Quiero creer para crear otras maneras de vivir, porque en las actuales me cuesta respirar.

*El autor es escritor español radicado en Valencia.

 

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Con voz propia

Más de 500 niños indígenas asesinados por el Gobierno de Estados Unidos entre 1819 y 1969

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 Por Alberto Farfán

En el país que se autoproclama defensor de la libertad y de los derechos humanos en todo el mundo, además de guardián de la democracia, la paz y la igualdad en todos los rincones de la Tierra, surge la noticia de que en su propio territorio cientos de niños, desde los cuatro años a la adolescencia, fueron asesinados por su origen étnico, con el objetivo de asimilarlos a la forma de vida norteamericana.

Todo indica que a raíz de que se descubrieran centenares de tumbas de niños y adolescentes asesinados en internados para indígenas en Canadá, de lo cual dimos constancia en este medio (Los Ángeles Press, 26/07/21), el Gobierno de Estados Unidos (EE. UU.)  inició una investigación para tratar de esclarecer qué habría ocurrido en este sentido en su país.

La indagatoria a cargo del Departamento del Interior, cuya titular es de origen indígena, Deb Haaland, ha revelado datos realmente estremecedores. De hecho, para la funcionaria ─quien es la que encabeza el informe─ las cifras podrían ascender a miles o decenas de miles de indígenas muertos. Sobre todo si se considera que sólo se han identificado 53 fosas con cadáveres de los 19 internados federales escrutados, de los 408 ubicados en 37 estados de la Unión Americana, entre 1819 y 1969. Y si se toma en cuenta que existen 98 millones de páginas de registro acerca de los abusos en esas mal llamadas instituciones, además de que ─como lo asevera Deb Haaland para evitar equívocos─ fue el Gobierno de EE. UU. el que administró directamente algunos de esos internados bajo la protección de leyes y políticas nacionales para “civilizar” a los niños y adolescentes nativoamericanos.

Con base a un procedimiento militarizado radical y a la imposición en extremo violenta de una visión ajena a su identidad, las víctimas padecían la separación obligada de sus familias, internamiento y trabajo forzados, castigos corporales de toda índole, como el aislamiento, la flagelación, la privación de alimentos, azotes, bofetadas, nula atención médica y aunado a ello les impedían hablar su propio idioma.

Apunta Haaland en conferencia de prensa: “Las consecuencias de las políticas federales de internado indígena, incluyendo el trauma intergeneracional causado por la separación de la familia y la erradicación cultural infligida a generaciones de niños desde tan sólo cuatro años, son desgarradoras e innegables».

Y subraya a manera de conclusión: «Procedo de antepasados que sobrevivieron los horrores de las políticas de asimilación llevadas a cabo por el mismo departamento que ahora dirijo… Cada uno de esos niños es un familiar desaparecido, una persona que no pudo cumplir su propósito en esta Tierra porque perdió la vida como parte de este terrible sistema».

Crimen de lesa humanidad en las entrañas de EE. UU. que debe ser investigado a fondo para poner en evidencia a los responsables y sobre todo para dar a conocer los nombres de todas aquellas que fueron las víctimas de tan terrible política de Estado, para que nunca más se repita o quede impune.

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Con voz propia

La crisis nos une

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Una Colorada (vale más que cien descoloridas) 

Por Lilia Cisneros Luján

En el sector turístico hay la emoción de pensar que los nubarrones de poca productividad, aumento de inseguridad, disminución de beneficios –trabajo, vivienda, liquidez, salud, vida- a los cuales nos habíamos acostumbrado, serán remontados debido a que se inicia “la temporada alta”. Debido a la desaparición de procesos de evaluación poco se dice del abandono escolar, del bajísimo rendimiento en el campo -por los escases de agua, el alto costo de los fertilizantes, la migración de los agricultores jóvenes- el temor colectivo como resultado de muertes derivadas de una salud sin atención adecuada y la desbordada maldad de los criminales; este periodo de vacaciones no parece ser el espacio que todos necesitamos para alcanzar la felicidad. Los peligros de una juventud que tiene derecho a divertirse ¿son culpa de los padres, los maestros, o la propaganda desbordada? ¿Se logrará que los jóvenes regresen sanos y salvos a sus hogares después de una fiesta?

Aun sin la infraestructura para realizar estudios que permitan establecer metas con sustento, el pueblo sabio -no el safio- se da cuenta que aumentan los riesgos para adultos jóvenes que acuden a una “cita de trabajo” Las instituciones educativas públicas están quedando sin espacio para aumentar la preparación de quienes serían los promotores de un México más competitivo ¿De verdad la juventud ha perdido el ánimo de vencer obstáculos pues se le ha convencido que solo con dinero para asistir a una universidad costosa podrá triunfar? ¿Quién promueve la participación esencial en politiquería de los estudiantes de Facultades públicas? ¿Por qué se ve a estos alumnos únicamente como consumidores de becas, limosneros del “bienestar” en suma fracasados en camino al suicidio?

A los pequeños en sus clase de catecismo, la escuela dominical o la escuelita bíblica de vacaciones, se les motivaba a ser como ese hombre chaparrito, dedicado a trabajar con los gobernantes de la época quien se trepó en un árbol para aprovechar la única ocasión que vislumbró Zaqueo de ver pasar a Jesús de Nazaret, rumbo a Jerusalén ¿tienen hoy alguna motivación para trascender las personas que se ufanan de no creer en Dios, pero vencen su voluntad ante el dictado irracional de un líder que usa las estructuras religiosas para manipular y causar daños a los feligreses? ¿Quiénes han abundado más al crecimiento de los ateos, los pederastas de las iglesias católicas o los defraudadores y abusadores de las pseudo evangélicas[1][1]? ¿En qué parte ocultan la sabiduría expresada en la biblia que, en nuestro país, dio como resultado la educación laica o los límites de participación en política a los dirigentes religiosos? El Dalái Lama –cuya divinidad parece ir en declive- ¿recibe algún beneficio de los miles de negocio de moda que enseñan la práctica del yoga y la meditación como único camino para la reencarnación? ¿De verdad este octogenario religioso budista se ha desempeñado como agente de la CIA contra China?

Los misioneros que llegaron a México con la aprobación de Lázaro Cárdenas, para enseñar el nuevo testamento en las lenguas originales de 62 grupos autóctonas de este maravilloso país, dejaron como beneficio no solo el interés por tales grupos sino la traducción del himno nacional y la constitución de entonces ¿De verdad había espías extranjeros, entre los misioneros del inglés que se convirtió en amigo de la familia entonces presidencial? ¿Por qué Echeverría empezó a caminar por la senda de desconocer los convenios firmados a 100 años antes de que el plazo se cumpliera? ¿Cómo es que aquel “maestro de políticos” -algunos de ellos muy jóvenes- siendo abogado privilegió una justicia casi arrabalera sobre el cumplimiento de la ley? ¿Cuántos alumnos de entonces siguen medrando en los círculos de poder explotando a la población rural? La suma de todas estas no respuestas es lo que en realidad nos mantiene en la actual crisis.

Así como aquel personaje bíblico mencionado en el evangelio de Lucas se esforzó y buscó la manera de vencer obstáculos, la humanidad de hoy debiera encontrar la forma para no caer en la manipulación que confronta a miembros de distintos partidos o diversas religiones. Debiéramos, por ejemplo, aplicar el ecumenismo para alzar unidos la voz ante el reciente homicidio de dos sacerdotes jesuitas en el estado de Chihuahua ¿Alguien se preocupa por la lamentable definición con que nos califica el jefe del estado vaticano?

Desde siempre los indígenas del norponiente del país han sido explotados. Porfirio Díaz los persiguió y asesinó; los presidentes del priísmo tenían en sus actos de campaña y gobierno el recibirlos, reconocer su autonomía; pero a la hora de la verdad, así como hoy se hace, simplemente les mienten y ellos usan el único camino que ese les ha enseñado para ser escuchados; la protesta, la marcha, el cierre de carreteras y hasta la amenaza o el chisme mediático que no va más allá de la manipulación en todo su apogeo. ¿Quiénes sabían de la humilde pero efectiva labor misionera de los jesuitas asesinados y la impunidad de un conocido delincuente?

Conciliar de manera universal, procurando beneficios generales que trasciendan al plano internacional, es el único camino para iniciar la salida de la crisis que nos abruma. Seamos ecuménicos en todos los planos, en todos los territorios, en todo México.

+++++

[1][1] Los de la llamada Luz del mundo, cuyo líder se encuentra encarcelado en los Estados Unidos o los miembros de La casa sobre la roca, AC –de origen colombiano- que consideran la participación política como único camino de ir por el mundo a predicar el evangelio aun cuando con sabiduría el salvador cristiano señaló la importancia de dar a César lo del César y a Dios lo que es de Dios.

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Con voz propia

Las travesías y vicisitudes de una persona con condiciones psiquiátricas en el México de hoy

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Por Alberto Farfán

Conversando en mi calidad de periodista con varias personas desde la madrugada en una de las largas filas para solicitar atención en la Clínica de Medicina Familiar (CMF) “Guadalupe” del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), ubicada en la zona norte de la Ciudad de México, se me acercó un hombre de mediana edad entre tímido y curioso, a quien llamaremos Mario “N”. Pero al percatarse de mi interés por conocer particularmente acerca de los hombres y mujeres con afecciones psiquiátricas me llamó a parte para contarme un poco de su historia.

Esta persona derechohabiente del ISSSTE por parte de su esposa de quien se encuentra separado desde hace más de diez años, que vive solo, que tiene una hija menor de edad viviendo con la aún esposa, que tiene estudios universitarios, un coeficiente intelectual arriba del promedio, pero sin empleo fijo, “he hecho de todo”, me comenta. Inicia al principio con cierta suspicacia con respecto a hablar sobre la serie de condiciones psiquiátricas que padece, afortunadamente conforme avanza la conversación empieza a explayarse a detalle sobre esto y más.

Para empezar, le comento acerca de la depresión y la ansiedad que llevan al suicidio, pero también de la eliminación de los psiquiátricos ordenada por el presidente de la República para conocer su opinión (temas que he abordado en mis últimas dos entregas más recientes en Los Ángeles Press). Sonríe de manera peculiar. Pues dice que la serie de medicamentos que él necesita mensualmente para la depresión, la ansiedad, el trastorno obsesivo compulsivo, el insomnio y las ideas delirantes, entre otros males que le aquejan, nunca se los entregan completos, y en ocasiones él debe hacer un gran esfuerzo para comprarlos con sus exiguos ingresos, pues como no es del todo funcional por falta de una profesional atención psiquiátrica y por la falta de medicamentos suele ser despedido y debe optar por tomar cualquier tipo de trabajo.

Y me platica que por protocolo él sólo una vez al año puede acudir con pase autorizado de su CMF a la Clínica de Especialidades de Neuropsiquiatría del ISSSTE, en Tlatelolco, que carece de área de urgencias, para ser revalorado. Aclarando que pueden pasar meses para que ese pase surta efecto y le otorguen atención. Y el psiquiatra por regla general sólo le pregunta cómo se siente, y ya, lo regresan a su clínica familiar. Y aunque en la “contrarreferencia” de Neuropsiquiatría, que no alta, indica que si se siente mal puede volver a acudir, en realidad es letra muerta, por los pretextos burocráticos de la CMF como por el tiempo para obtener cita.

Ya en una ocasión experimentó una fuerte crisis derivada de sus ideas delirantes al no haber ingerido sus medicamentos porque no se los proporcionó su clínica, y le suplicó al psiquiatra en su cita anual que lo canalizara de urgencias a algún nosocomio, éste le dijo que fuera al Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez. Como pudo acudió a dicho hospital al día siguiente pero para que le dijeran que como era derechohabiente del ISSSTE no lo iban a ingresar, por más que fue de madrugada para alcanzar ficha y ser atendido.

En otra ocasión, también por falta de sus medicamentos tuvo una crisis con alto grado de paranoia afectándolo gravemente. Ya no fue al Fray Bernardino por la pésima experiencia anterior, sino que decidió ir al Hospital Regional 1° de Octubre del lSSSTE, que tiene área de urgencias y que es el que le corresponde, por la colonia Lindavista. Fue peor. El médico de urgencias ─no psiquiatra─ se centró en las altas cantidades de todos los medicamentos que toma (antidepresivos, antipsicóticos, benzodiazepinas, anticonvulsivantes), concluyendo que eso debía ser la razón de su malestar. Y como aceptó que él no era especialista en la materia que fuera al día siguiente para ser auscultado por el área de psiquiatría. Se presentó en muy mal estado, y todo para que le dijeran que sólo lo aceptarían si traía un pase de su CMF. Explicó lo del día anterior y ni así lo recibieron. Fue a su clínica y ahí le dijeron que acudiera al 1° de Octubre, pero les explicó con documento en mano que de ahí venía y que no lo ayudaron. Entonces le dijeron que fuera al Fray Bernardino y volvió a explicar lo de tiempo atrás, que no lo iban a tratar. Así, tanto en el caso anterior como en éste tuvo que confinarse solo en el cuarto de azotea en que vive, cerrando puertas y ventanas por el miedo irracional que lo torturaba, sin poder acudir a trabajar, sin comer ni dormir y con sensaciones e ideas compulsivas horribles que dominaban su mente.

Por su formación universitaria Mario “N” estaba al tanto de la información relativa a los temas con los que lo abordé. Y comprendí su inicial sonrisa peculiar. Para él todo consiste en un fracasado proyecto desde su origen. “Los programas de actualización y sensibilización del personal psiquiátrico y general si no han funcionado a la fecha, ¿por qué debían hacerlo ahora? Por decreto nada se modifica. Por decreto la corrupción es un delito y aún continúa”, subraya. “¿La familia debe atendernos? Si muchas veces nosotros sin quererlo la enfermamos, ¿entonces? Transformar los hospitales asilares por ambulatorios, o eliminarlos, llamábanse psiquiátricos o no, es cambiar todo para que nada cambie”. Y ya lo dijo Guiseppe Tomasi en El gato pardo, concluye: “si queremos que todo siga igual como está, es preciso que todo cambie”. ¿O no, señor periodista?, me dijo al despedirse.

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