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Libros invitados

¿Es que hay dos Méxicos en México?

¿Es que ninguno de los viandantes había contado los 50.000 muertos, cifra espeluznante incluso para la propia Muerte, que descomponen y deslegitiman la presidencia del actual mandatario mexicano? ¿Dónde localizar ahí su olor, su sabor, su color?

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Antonio Hermosa Andújar

El 29 de octubre pasado habría sido un sábado más de no ser por su vecindad con el día de los muertos, una de las fiestas más vivas y vitales del país. Pero a esta circunstancia se debía la presencia en las calles de más puestos ambulantes y la presencia en los puestos, así como en las calles, de más útiles de los habituales. Dulces de muertos, ropa de muertos, pinturas de muertos, máscaras de muertos, rituales de muertos -junto a las variopintas artesanías tradicionales de muertos-, más el inmoderado gozo que todas esas cosas producían en cada miembro de la festiva cofradía de la muerte.

Habría sido, digo, un sábado más, pero en ningún caso un sábado cualquiera. Porque en los tres y kilómetros y medio que, a ojos de buen cubero, componen la línea recta que lleva desde la Plaza con el Monumento a la Revolución –recientemente remodelada: más circular y como más acuática en su estructura, en la que el célebre, imponente y contradictorio monumento, sin embargo, más parece haber echado el ancla que flotar- hasta el corazón del corazón mexicano, el Zócalo capitalino, y que el caminante recorre a paso medio en algo menos de una hora, la comedia de la vida se enriquecía con nuevos personajes, menos pintorescos que la muerte, quizá, pero mucho más tangibles: los ciudadanos de la capital, que en oleadas recorrían partes del trayecto, siempre en compañía de turistas arrancados de un sinfín de geografías.

Hasta Reforma, en realidad, sí era un sábado cualquiera, pues sólo el domingo el gran Paseo abierto por el emperador Maximiliano para trasladarse desde su residencia en Chapultepec hasta el Palacio Presidencial, en el Zócalo -con el que, en burla del destino, obtuvo gracias al urbanismo la gloria que la política le negó-, es arrebatado por la bicicleta al infernal tráfico que el resto de la semana lo asola, tanto como los oídos y el derecho a la salud de los supervivientes. Pero ahí, insisto, la venganza sólo se cumple en domingo, por lo que el sábado tan sólo permite degustar anticipadamente su sabor. Pero una vez vencido con éxito el riesgo que supone cruzarlo, momento en los que uno piensa si no hubiera sido mejor tener el testamento hecho, el tráfico de vehículos era sustituido por el de personas, que se adensaba más y más cuanto más cerca quedaba el parque de la Alameda, ese lugar que durante el Porfiriato estaba vedado a quienes caminaran sin zapatos, razón por la cual una gran parte de la población se veía obligada a contentarse con mirarlo de lejos, como si fuera el jardín de los deseos que nunca se hubieran de cumplir.

Hoy todo ha cambiado, y el parque es un espacio público más conquistado por una animada ciudadanía, del que toma posesión a diario, pero que en sábado se congrega allí, puntual pero sin cita, para auto-festejarse.
Y en sábado, decenas de buhoneros llegados de las entrañas de la tierra brotan como flores barrocas en el espacio aún no ocupado, y a su paso la imaginación hecha artesanía se despliega en abalorios de todo tipo, juguetes, adornos, colgantes, etc., que rivalizan con libros viejos, espectáculos más o menos improvisados y más o menos vistosos, comida y más comida, porque siempre, a todas horas, se mire adonde se mire se verán mexicanos comiendo en la calle. Hoy, además, el tiempo acompañaba; había sol sin hacer demasiado calor y, por si acaso, una brisa fresca recorría el espacio en sombra cobijando a los acalorados. El sol, además, se había detenido sobre la fachada del Palacio de Bellas Artes, como si quisiera sacarla de su contexto e inmortalizarla, mientras, en la propia Alameda, chisporroteaba con la inmensa marea de colores que desde todos los objetos la inundan.
Olores, colores, sabores. Los sentidos proseguían su cabalgata hasta la Avenida de Madero, un héroe más de la Revolución que, como tantos otros, murió asesinado, enterrando en su sepultura buena parte de los ideales liberales que por un tiempo la acompañaron. Allí, literalmente, un río de personas paseaba arriba y abajo, hasta las dos plazas-mares de Bellas Artes, en un extremo, y del Zócalo en el otro. A la procesión se sumaban organilleros que ponían los tímpanos de punta con las estridencias del instrumento que ha perdido todo parentesco con la música (más bien, se diría, que están ahí anunciando algún tipo de apocalipsis); personas-estatua, demostrando una vez más que sólo el infinito limita con la imaginación, como también lo demostraba de manera palpitante la exposición de alebrijes que ocupaba medio Zócalo, el simbólico lugar donde la cosmovisión barroca se hiciera un día carne; bandadas de negocios, que aspiran a abrirse paso entre la competencia y hacerse un hueco al sol de la atención del potencial cliente, tentándolo hasta convertirlo en consumidor. Hasta las iglesias coloniales y los palacios presentes en dicha avenida, como aquél en el que Iturbide se soñó inmortal al coronarse emperador, hasta que sopló el primer viento llevándose corona y coronado cual hojas de otoño, se debaten por ser más que meros convidados de piedra y apelan al poder de la sensibilidad en su reclamo de la atención de la gente.

Familias, grupos de amigos, parejas (e incluso individuos solos, los menos, lo que aún vuelve llamativo que Octavio Paz, desde su célebre Laberinto, adivinara la soledad como una parte inmarcesible de lo mexicano) entremezclaban sus anonimatos respectivos en medio del río, quizá incluso sintiéndose ese sueño-nación de contorno indefinible que desde el siglo XIX campea en el imaginario mexicano como sujeto del poder, y que cual voluntad general roussoniana no sólo no coincide con la ciudadanía mexicana, sino que incluso cree saberse su dueña. Palabras, miradas, caricias, gestos, gritos, cantos, besos, risas -el vocabulario de la alegría y la tranquilidad-, les seguían el paso; y en los fragmentos de conversaciones que llegaban, en las miradas amables o apresuradas, lejanas, distraídas o pícaras, etc., lo que no se adivinaba era rastro alguno de inquietud, temor u odio.

¿Es que hay dos Méxicos en México? ¿Es que ninguno de los viandantes había contado los 50.000 muertos, cifra espeluznante incluso para la propia Muerte, que descomponen y deslegitiman la presidencia del actual mandatario mexicano? ¿Dónde localizar ahí su olor, su sabor, su color? ¿Cómo es que el país que mantiene un idilio en sus genes con la violencia más criminal y un romance constante con la impunidad que la estimula, puede ser insensible a los muertos y brindar, hasta con la Muerte misma cuando llega la hora, por la vida?

Porque el río mexicano que paseaba el pasado sábado no era el de la célebre estrofa manriqueña, sino el río efervescente de la vida. Quizá vivir sea sobrevivir con garbo al dolor y, por ello, comporte olvidar, y quizá el hecho de ser un instinto en todo ser vivo significa que somos capaces, personal y colectivamente, de arrancar de raíz el sufrimiento del corazón y, trasladándolo a la cabeza, convertirlo meramente en problema. Y quizá sea esa amarga convivencia de la razón con la vida sea la que nos haga rehuir de la convicción de la nada, de amamantarnos en el nihilismo, y transforme nuestro deber de ser felices en quizá nuestro más sacrosanto derecho.

O quizá todo eso sea falso. Pero lo cierto es que ni siquiera cuando el dolor nos sume en la desesperación acaba con la vida, ni el odio nos arrebata de nuestra cordura el deseo de felicidad. Lo cierto, digo, es que ese vulgar acto de pasear, ese despliegue de inicua normalidad, con su retahíla de indiferencia y de inercias, me hizo sentir el regocijo de que, a pesar del imperio de la violencia y muerte, la vida en México es una promesa llena de futuro.

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Arteleaks

El amor no es para los cerdos como tú, los cuentos de Alejandro Montes

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán                  

 De atmósfera sórdida y asfixiante, en donde no hay lugar para la esperanza, tenemos frente a nosotros el resultado de sondear ese lado oscuro de la condición humana, cuya posibilidad de redención se encuentra cancelada ya no por el destino, sino por el transitar equívoco de estos seres sin rumbo.

Alejandro Montes (CDMX, 1975) nos entrega en este su segundo libro de cuentos publicado, El amor no es para los cerdos como tú (Fontamara), una serie de quince historias que buscan enfrentar al lector con hechos impregnados de una cotidianidad avasallante y de absurdos vitales. Los finales felices por lo tanto están vedados.

Pareciera que la realidad bajo la cual se encuentran los personajes de Montes los catapulta hacia abajo, paradoja fatal, en una espiral descendente en donde ellos se afirman dentro del papel que ya no quieren seguir representando frente a sus semejantes, los cuales son todavía más degradantes y repulsivos que ellos.

 Selección de cuentos un tanto desigual en su plano formal, destaca sobre todo el texto que da nombre al libro: “El amor no es para los cerdos como tú”, en donde podremos distinguir con toda claridad la angustia de un niño de primaria al verse obligado a enfrentar al mismo tiempo al amor y a la violencia desbordada.

Narrado en tercera persona del singular como la gran mayoría de los cuentos, nuestro autor nos lleva de la mano, segundo a segundo, por las horas de ansiedad que tiene que vivir el personaje principal previas a su inevitable cita. El mismo día de la riña con el odiado y temido bravucón de su grupo escolar tendrá que declarársele a la niña que le gusta; sin embargo, su timidez e inocencia o desconocimiento lo congelan por entero, amén de que la niña ignora su existencia. No sabe qué decirle o cómo abordarla. Pero además corre el riesgo de verse estigmatizado como homosexual por sus demás compañeros si no logra ver cristalizado su objetivo.

Montes acrecienta la tensión de manera infalible al hacer coincidir este suceso con la infernal pelea a que deberá acudir el incipiente adolescente, para ello hace que los amigos de éste sean los que provoquen el duelo con el desalmado acosador debido a sus fanfarronerías en defensa de su amigo. Y aunque los giros que le imprime a la historia nos abren la posibilidad de encontrar un final loable para el pequeño héroe, el desenlace resulta fatal en ambas direcciones.

En “Más tristeza que odio” nos encontramos con un hombre joven que vive solamente con su padre ─un hombretón alcohólico y violento─ en una casa infame. Le teme y lo odia. Pero se refugia con su novia, una joven decente y cándida. A quien finalmente intenta violar. Y en plena fuga llega a su casa para tomar sus cosas, armado con su pistola calibre 45, y ve a su padre durmiendo la borrachera, y pierde el control.

“No tenemos razón de vivir” narra la historia de un joven sobre el que no sabemos quién es ni cuáles son sus aspiraciones concretas. No trabaja ni estudia. Lo único que conocemos es que no le agrada su realidad. Acude a un apartado poblado después de viajar por varias horas. Va armado y se encuentra sumamente deprimido, y decidido a utilizar su arma de fuego.

“En la lavandería” tenemos a un hombre solo ya maduro que no soporta la vida que lleva. Trabaja en una lavandería y como consuelo a su aletargante circunstancia se droga con marihuana, y cuando la situación le es propicia se masturba con la ropa que dejan las guapas clientas en su mismo lugar de labores. Pero piensa en un cambio para su gris vida y cree que puede concretarlo…

En “Tú tienes la culpa” observamos a una mujer dueña de una fonda que culpa a su nuevo empleado de hurto, hombre reservado que además rechazó los favores sexuales de la mujer. Ésta llega a odiarlo, más por el rechazo que por el robo. Unos agentes judiciales le harán el favor de poner en su sitio al sospechoso. La eventual golpiza y el dinero aludido desbordarán el interior de la mujer por mucho tiempo al final de la historia.

El amor no es para los cerdos como tú es un libro ameno de cuentos breves, unos mejor logrados que otros, que nos remite a reflexionar sobre la realidad actual que estamos viviendo ─soledad, amoralidad, disvalores, violencia, etcétera─, poniendo de relieve el lado oscuro del ser humano, ese plano del hombre que no deja de evidenciar situaciones abyectas y reprobables cuando sale a flote ante todos.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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Con voz propia

Nostalgia e intimidad de una urbe ya perdida: Perseguir la noche, de Rafael Pérez Gay

Rafael Pérez Gay, uno de los escritores mexicanos más importantes, actualmente, recorre con nostalgia e intmidad la Ciudad de los Palacios, en su novela Perseguir la noche

Tomas Borges

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#TomásBorgesRecomienda

Título: Perseguir la noche
Autor: Rafael Perez Gay
Editorial: Seix Barral

 Tomás Borges

El olvido es la mejor arma de la impunidad. Y si le echas encima
la tierra del silencio, todo se lo come el tiempo
Rafael Pérez Gay

Rafael Pérez Gay (Ciudad de México 1957) es sin lugar a dudas uno de los escritores mexicanos más importantes actualmente. Perseguir la noche, su última novela es uno de sus libros más íntimos. Al igual que en El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2014) donde el autor con un estilo muy característico nos contó el calvario de la enfermedad de su consanguíneo José María Pérez Gay (1943-2013), muerto por un cáncer en el cerebro, en esta ocasión el autor nos narra el mal que padeció (cáncer en la uretra), siendo la enfermedad el pretexto para que Pérez Gay nos lleve a los recuerdos más recónditos de su alma e intente hablar con los muertos, para indagar de ésta manera cómo es la vida después de la muerte y tener una luz sobre ese mundo desconocido que encierra la lápida de un cementerio.

Con la muerte rondándole por su cabeza, el autor nos cuenta la vida de los intelectuales del fin de siglo XIX en la muy noble y leal Ciudad de México bajo el régimen arcaico del llamado “Príncipe de la Paz, el General Porfirio Díaz Mori.

Por sus páginas circulan los protagonistas de la bohemia decimonónica, nombres como Bernardo Couto, Ciro B. Ceballos, Amado Nervo, Julio Ruelas, entre otros, quienes nos trasladan a las casas de perdición de finales del Siglo XIX, donde las mentes de la época bajo los brazos de Venus y los efluvios de Baco buscaban la inspiración para su obra.

Tal como dijo el escritor Arnoldo Kraus respecto a la obra: “El recuento de Pérez Gay debe leerse con un lápiz en la mano: son muchas las ideas dignas de subrayarse”. Lo dice no sin razón, ya que el autor nos traslada con su pluma hacia la vida intelectual de los escritores de la Revista Moderna, la cual buscó mover las conciencias de sus lectores y romper con los cánones del régimen decrépito de Porfirio Díaz.

Chismes, rumores y anécdotas de la época porfiriana, así como de la vida en el México de hace 50 años, hacen de la novela un libro excelso, nostálgico e íntimo de una urbe hoy ya perdida entre los ejes viales y la modernidad.

El autor, con su prosa pulcra y fina, nos dice intimidades tales como: “He dedicado años de mi vida a la historia cultural, porque la considero como un enorme libro de mensajes que vienen de lejos a través de ecos de otros tiempos”.

En sus páginas, el autor nos cuenta cómo además de los fármacos y drogas para paliar el dolor y darle estoicismo ante la adversidad, él se tuvo que refugiar entre los libros y ver cómo inmortales de la literatura enfrentaron con valor la adversidad e incluso la pobreza.

Así como una enfermedad mortal nos afronta ante lo efímero de la vida y nos hace ver lo valioso que es la salud, ese estado que hace que el ser humano se olvide del cuerpo y sólo lo tenga en cuenta, cuando el mal aparece en el umbral y con ella, el viento gélido de la parca, que desde el nacimiento nos ronda y nos acecha.

Sin duda, un libro que se deleita despacio, que al igual que los vinos de gran maridaje, y los mejores habanos, se degusta con calma, hoja tras hoja, palabra por palabra, lo que hará que el lector sea un fiel seguidor de este mexicano que, sin lugar a dudas, ya tiene un espacio en el olimpo de las letras, no sólo mexicanas, sino hispanoamericanas.

Un libro digno de leerse, releerse y comentarse con aquellos seres que todavía nos habitan y que al igual que el autor, vivieron y transitaron en las calles, tan cambiantes y desdibujadas de esta metrópoli considerada hace muchos ayeres como La Ciudad de los Palacios.

@borgestom

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