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Con voz propia

Guerras Santas

La visita del Papa propició que otras lucrativas religiones, como la iglesia Luz del Mundo, aprovecharan para disputarse adeptos como en una Guerra Santa

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El templo de la iglesia Luz del Mundo, en Guadalajara (Jalisco), mide 83 metros de altura y tiene una capacidad para albergar de 12 a 15 mil personas / Foto: César Rodríguez Mejía

El templo de la iglesia Luz del Mundo, en Guadalajara (Jalisco), mide 83 metros de altura y tiene una capacidad para albergar de 12 a 15 mil personas / Foto: César Rodríguez Mejía

Una colorada (vale más que cien descoloridas)

Lilia Cisneros Luján

¡Que tanto es tantito! Frase del vulgo, llena de sentido común y hasta centro de inspiración de más de una melodía festiva. Pero “tantito” a veces se convierte en mucho y ocasionalmente en todo, como sería el tema de la laicidad del estado mexicano. Con los matices de quien relate el tema –recuerdo que una de las monjas de mi escuela primaria, hablaba de “Beno Juárez” como una especie de demonio- es un hecho irrebatible que a mediados del siglo XIX, mexicanos ilustrados dispusieron que era al Estado y no las iglesias a quien correspondía ordenar todo lo relativo a registros de nacimientos, bodas y defunciones y otro s muchos temas.

Ante la rebeldía para acatar dicha normatividad, el principio básico de “dar a Cesar lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”, se convirtió en ley y hubo de ser obligado cumplirse, con la molestia de quienes detentaban un poder casi suprahumano, basados sobre todo en el cúmulo de bienes con los que las iglesias –básicamente la católica- contaban. Sin embargo, la abundancia de leyes –algunas sin pies ni cabeza- llevaron al gobierno a buscar una forma de “congraciarse”, con quien podía “garantizar”, cierto niveles de “legitimación” y así las cosas se empezó a retroceder y para ello cambiar “tantito”, la base de lo que fue una forma sabia y a la mexicana de aquello de dar a Cesar y a Dios, cada uno en su ámbito de competencia.

A partir de esto, nuestro sistema consular envió embajador a un micro estado en cuanto a su territorio base, pero magno por cuanto al poder que heredó del imperio Romano. El titular de dicho estado, recién nos visitó y más allá de las molestias de movilidad en la ciudad de México –hecho imputable más a los anfitriones con muy escaso sentido común más que al visitante- su presencia tan  publicitada dio lugar a que “líderes” de otras confesiones –como el de la llamada Luz del Mundo[1]- ocuparan plazas públicas –en el ex DF fue el monumento a la revolución- para celebrar ritos por inmersión, al estilo de las confesiones bautistas.

Esta ¿iglesia, secta, negocio? presume tener más de cinco millones de adeptos en el mundo de los cuales el 20% se ubican en la república mexicana. Basta con ver el derroche en sus templos y sobre todo la grosera egolatría de sus “discípulos” para dolerse por el giro comercial que ha atrapado a algo tan personal como es la espiritualidad.

Según la segunda edición de World Christian Encyclopedia, David B. Barret, George T. Kurian, Todd M. Johnson, en el mundo moderno hay poco más de 33,000 grupos “cristianos” de los cuales 22,000 son independientes, es decir no le dan cuentas a nadie más que a sus propios líderes o cuerpos de gobierno. ¿Será por ello que vivales en todo el planeta dividen iglesias tradicionales -católicas y evangélicas[2]- como el camino directo a la comercialización de la fe? ¿Son piratas de la religión? Además de controlar sus bienes y obligar a que aporten algo a los gobiernos, los funcionarios designados para vigilarlos ¿saben mucho de religiones? ¿Ellos mismos se inclinan por alguna confesión en particular y la favorecen?

Peña Nieto y Angélica Rivero, durante el acto de despedida del Papa Francisco / Foto: Presidencia de la República Mexicana

Peña Nieto y Angélica Rivero, durante el acto de despedida del Papa Francisco / Foto: Presidencia de la República Mexicana

Crecí en  un México donde la religión se enseñaba fuera de los horarios de clase, ya sea en las aulas o en las iglesias a las cuales pertenecían las escuelas donde la religión era materia. Las manifestaciones masivas, salvo el caso de las peregrinaciones a la basílica de Guadalupe, no se permitían, los políticos se abstenían de hacerse ver en las iglesias y menos aun comulgar o ser parte de rito alguno.

Hoy todo eso es historia, por el tema de los derechos humanos, las plazas públicas son ocupadas por vendedores informales –que dan cuotas a quienes administran oficialmente el derecho de piso- expositores o comercializadores de literatura y, por supuesto por lideres “religiosos” que buscan aumentar sus adeptos y por ende sus ingresos, vía una feligresía totalmente controlable.

Con la visión del vaso medio vacío diríamos que esta realidad nos muestra una de las mayores crisis de espiritualidad de la historia; pero si la visita de quien fue criticado porque no se postuló como líder de los 43, ni se pronunció por los caballeros templarios, ni tantos otros temas humanos le interesaron, todo ello le permite a usted, estimado lector, ocuparse e ilustrarse sobre el tema y más aun, opinar de una manera informada o decir “bendita” sea la visita del líder de los católicos y hasta la colocación de albercas en vía pública por parte del megalómano representante de la iglesia luz del mundo, porque nos está dando la ocasión de reflexionar y tomar decisiones acerca de la propia inclinación espiritual.

Lo único deseable es que no lleguemos a una repetición de las cruzadas y menos ahora, que el líder de la Iglesia ortodoxa, parece estar en buenos términos con la romana.


[1] Aseguran estar creciendo en 53 países y tener actividad en las 32 entidades de la república mexicana, su vocero oficial es Eliezer Gutiérrez Avelar. Y su líder Naasón Joaquín García, nieto de Aron Joaquín e hijo de Samuel Joaquín Flores; en una extraña sucesión sanguínea de quienes son investidos como apóstoles. 
[2] Solo por citar algunas además de la que he puesto como ejemplo: Apostólicos Filipinos; carismáticos chinos; anglicanos, adventistas, bautistas y presbiterianos, todos independientes; Budistas ocultos creyentes en Cristo; Hermanos Independientes Exclusivos; Mesiánicos, congregaciones judío-cristianas; Musulmanes ocultos creyentes en Cristo; Asirios Independientes o nestorianos; Antiguos católicos (esto es, separados de Roma después del Concilio Vaticano II) ; Amigos Independientes (Cuáqueros);  Espiritualistas Independientes, y ocultistas; Cristianos marginales independientes (negros y tercer mundo) ….Uf…
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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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