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Gabriel Zaid o el ábaco y la lira

Una de las obras más sólidas del escritor Gabriel Zaid que nos sumerge en la poesía cuando era sinónimo de la práctica

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Gabriel Zaid. Foto: red

Gabriel Zaid. Foto: red

Poeta y ensayista, de su Fábula de Narciso y Ariadna (1958) a Canciones de Vidyapati (2008) pasando por su clásica antología Ómnibus de poesía mexicana (1971); o de su Organización de la manufactura en los talleres de impresión para la industria del libro en México (1959) a Dinero para la cultura (2013) pasando por ese machete eficaz para desbrozar la ingente selva editorial: Los demasiados libros (1972); Gabriel Zaid (Monterrey, Nuevo León, México,1934) es un escritor muy peculiar que  ha aportado, durante más de medio siglo, con una treintena de libros, puntos de vista refrescantes acerca de la cultura, la sociedad y la Literatura, y  este año cumplió ochenta. Celebramos un libro que es ejemplo parcial, pero ilustrativo, de la riqueza de sus entusiasmos.

Abelardo Gómez Sánchez

  

Para mi hija Areusa

Primera parte

Difícil recordar un libro tan esbelto y tan densamente sólido; porque por momentos sus ensayos tienen la gracilidad de una fórmula, y también su clarificante contundencia. La poesía en la práctica (1985, Fondo de Cultura Económica, Lecturas mexicanas) es la toma de posición —saludable, alegre, rigurosa, reflexivamente innovadora y cognitivamente expansiva—de un oficiante luminoso de las Letras, que nos invita a poner manos a la obra poética. Gabriel Zaid recicla una idea tan antigua como provechosamente actual: “Alguna vez lo músico fue todo lo inspirado por las musas, no una especialidad. Alguna vez poesía y práctica fueron sinónimos, con poca diferencia. Hacer cosas (produciéndolas, fabricándolas, inventándolas, escribiéndolas) era poieîn (de donde viene poesía). Hacer cosas (en el mundo de la acción era práttein (de donde viene práctica)”. Y visto así, no hay actividad que no pueda florecer en el jardín abierto por tal sinonimia.

Esta lectura no será un fácil y edulcorado elogio: imposible frente a una obra ensayística que se erige con la indócil franqueza de la exigencia. Me explico, Voltaire, otro exigente, decía que la formación de un “literato” debía pasar, entre varias cosas más, “desde las espinas de las matemáticas hasta las flores de la poesía”. Así que, tras ser espinado y regalado por la ardua y consoladora prosa de este tecnólogo y poeta; no cabe el elogio fácil, intentaré una mínima descripción de la bitácora reflexiva, tan hedonista como ascética, a la que nos somete esta máquina de leer maliciada o fantaseada por su autor. Si en Cómo leer en bicicleta (1975) prevalece la inmediatez periodística de sus ensayos; este libro nos entrega dos “cuadernos” más atemporales: “La ciudad y los poetas” y “La máquina de cantar”. La novedad temática del primero queda clara con sólo enunciarla: para mí, es la percepción y la construcción de lo poético en las diferentes actividades de la trama y el drama sociales. El segundo, tiene un tema de muy larga tradición, y por lo tanto, una enorme gama de tratamientos: la naturaleza de lo poético o de la creatividad.

“La ciudad y los poetas” inicia con “Negándose a recitar”, texto donde el joven poeta Zaid, al inicio de los sesentas, aprovecha una invitación para leer sus versos, y ya como privilegiado interlocutor prefiere leerle la cartilla artística a su ciudad natal, y plantear la sempiterna esquizofrenia moderna que, por un lado invalida el papel social de los poetas y, por otro, gasta dinero público levantando estatuas fúnebres a los mismos: lo equivalente a un torturador psicológico que se desfalca con mausoleos para sus víctimas. En “Teatralidad de los negocios” arroja luz sobre la puesta en escena, que implica la realización de toda empresa, en la que patrón y empleados representan con estricta coherencia actoral una imagen, es decir, personifican el acto imaginario y volitivo del que surgió tal o cual negocio, y al encarnarlo, con esas máscaras que son los roles, lo hacen viable, creíble, y ¡claro! rentable. Por ello, el zoon economicon con su unívoca meta de ganancia es algo muy raro; y las motivaciones empresariales, por lo general son extraeconómicas, ajenas al cálculo racional: pongo mi negocio para apantallar a mi novia, para que mi familia no diga que soy un idiota, para ser famoso en mi barrio. Como en el yo teatral opera lo onírico, lo deseante, la fantasía de lo inexistente hacia la concreción de mi negocio: se trata de construir un mundo, partiendo de la imaginación y la ilusión como autocrédito. Además, establece una muy convincente analogía entre novela y empresa. Y, argumenta, con lucidez, que no se puede decir que escribir una novela no sea una cuestión sustancialmente práctica.

Ojo: originalidad y peculiaridad en este escritor se deben, precisamente, a su acaudalado peculio intelectual. A que ejerce las dos grandes vertientes —la científico/técnica y la humanística/literaria—: absurda y secularmente divididas e incluso confrontadas en la cultura occidental. Es el tema puesto en circulación por el clásico Las dos culturas de Charles P. Snow, que Zaid postula como “Las dos inculturas” cuya mutua descalificación surge de la recíproca ignorancia, que genera también, una doble mala conciencia. Analiza diferentes esferas —la empresarial, la política, la filosófica, la artística—; sus miopías solipsistas y la pugna por la supremacía de la centralidad social de sus roles: el monopolio de la grandeza. Dichos roles suelen ser prisiones mentales, camisas de fuerza que, tal y como un vestido o un pantalón asfixiantes, nos impiden bailar la danza de la libertad y la imaginación. La cultura es una (incluye Filosofía, Arte, Ciencias naturales y sociales y Tecnología): y sus campos cognitivos no son sólo compatibles sino policéntricos e intrínsecamente proteicos, creativos y prometedores, como lo demuestra, con su escritura, el propio Gabriel Zaid.

Hay dos ensayos en los que quizá mejor emerja la imbricación poesía y práctica. Creencia milenaria es el poder mágico de la palabra, dice Zaid en “La ambición de una poesía total”. Así es, proferir un abracadabra es intervenir, verbalmente, un fragmento del Universo para transmutarlo. Esto está inscrito en la médula del arte moderno (particularmente en esa secuencia de programas artísticos que va del romanticismo alemán al surrealismo) y genera la avidez omniabarcante de convertir todo en poesía. Pero esto ha implicado considerar el arte como “un reino que no es de este mundo”, y por lo tanto, un ciego desprecio por la vida cotidiana: por esas “bajezas como ganarse el pan y sacar adelante una familia”. Esto es prolongar la contradicción (entre amor, obra y libertad) de dicha tradición. La superación (de este falso trilema) está, dice Zaid, en la conquista de la vida cotidiana, en asumir el lado práctico y material de la aventura poética moderna, puesto que las tres caras del asunto confluyen en ese Norte que es la plenitud vital: hacer creativamente todo lo que tuviésemos que hacer.

Ahora, si del lado de la otra cerrazón, la de los prácticos, se desprecia esta poesía totalizadora (no totalitaria) es sólo porque se considera el arte como algo innecesario, pero lo práctico, dice Zaid, se funda en la necesidad de lo innecesario. “Lo innecesario es una apremiante necesidad del hombre: La que integra todas las demás”. En efecto, todo hacer tiene una dimensión estética: nuestra fabricación o adquisición de cualquier objeto no es meramente utilitaria; requerimos reconocernos en él: en una comida, un sombrero, un bolígrafo, un sillón y así infinitamente, necesitamos que se manifieste nuestro ser; y no decimos este sombrero lo compro por ser tan sombrero (porque es útil y da sombra), decimos: me gusta,  es un objeto bello, si yo fuera sombrero sería como él. Lo estético está inscrito en lo utilitario, yo diría que ambos son constituyentes antropológicos. En “La efectividad de lo poético”. El arte es precisamente “la plenitud de la efectividad.”. Muy novedosos (hasta hoy) son los temas de “Desarrollo nacional y crédito literario”: a) El crédito (o sea la mínima comunión autor-lector) como creencia en alguien expresada materialmente; y las mediaciones crediticias: la praxis social que la procure y la haga viable: basta un lector de altura, que se empareje al artista, remember Brod leyendo a Kafka; b) su concepto de la fama que es “necesidad interna de la obra” (porque es la “transparencia inmediata de su ser” que invita a la concelebración) y no efecto mercadotécnico (que puede ser masivo y millonario pero estéticamente guango por desfondado); c) las poderosas analogías entre moneda y renombre como medio de cambio y obtención de crédito; y entre desarrollo nacional y desarrollo literario cuyas etapas evolutivas son similares.

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Censura en la era de la estupidez: el caso de Charles M. Blow

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Todo pareciera indicar que estamos viviendo bajo el manto de la era de la estupidez. Basta con observar que frente al importante margen de libertad en que nos vemos inmersos nos comportamos de manera peculiar –por decirlo de una manera menos drástica–, pues esa misma libertad la utilizamos para censurar, prohibir, cancelar, eliminar aquello que se considera políticamente incorrecto.

En los últimos días a través de los medios de comunicación hemos podido conocer que incluso las caricaturas que todos hemos visto alguna vez van a ser objeto de censura porque afectan supuestamente a las nuevas perspectivas de integración y/o cohesión social.

Así, Pepe Le Pew, Speedy Gonzales, The Flintstones, Pucca, Betty Boop, Johnny Bravo, entre otros dibujos animados, han sido puestos en tela de juicio tanto por la industria del entretenimiento como por diversas voces, pero sobre todo por los ya inevitables usuarios de redes sociales, siendo ellos una parte importante de la llamada generación de cristal, pues todo les molesta. Considerando por lo tanto que deben suprimirse por completo tales cartoons.

Es conveniente agregar que esta polémica se debe al columnista de The New York Times, Charles M. Blow, quien escribió, entre otras cosas, que a su parecer el actuar del personaje Pepe Le Pew contribuye a la “cultura de la violación”. Recordemos que Pepe Le Pew es un zorrillo con muy mal olor, quien se encuentra enamorado de Penélope, que es una gatita de color negro, que accidentalmente le cayó pintura blanca en su lomo, dándole apariencia de un zorrillo. Ella lo rechaza una y otra vez tanto por su olor como porque no son de la misma especie. Pero él como buen enamorado insistirá siempre en conquistarla. ¿Realmente esto nos llevaría a cometer una violación? Yo no lo creo.

A su vez, Blow asevera que la caricatura del ratón Speedy Gonzales fomenta los pensamientos racistas sobre los mexicanos. A este respecto, conviene evocar que las aventuras del “ratón más veloz de todo México” consistían en enfrentar a sus némesis, el gato Silvestre y el pato Lucas, pues ellos agredían a los demás ratones y Speedy intervenía exitosamente para salvarlos. Si bien este dibujo animado se encuentra estructurado con ciertos estereotipos, ¿el que un ratón siempre gane la batalla nos conduce al racismo?

Desafortunadamente el columnista nunca ofrece elementos de juicio objetivos para sustentar sus tesis y con ello poder responder punto a punto a su postura. De modo que, por consiguiente, cualquiera puede afirmar lo mismo que él. Todo en aras de la corrección  política. ¿Pero quién le concedió a este tipo de periodistas el carácter de juez, jurado y verdugo para decidir sobre lo que es “políticamente correcto” para todos?

Peor aún, he notado que estos personajes que se constituyen en el nuevo Santo Oficio del siglo XXI suelen caer en una especie de doble moral, pues lo que les llamó la atención desde una óptica totalmente subjetiva lo critican y piden su censura, pero cuando se trata de otras expresiones “artísticas” evidentemente objetables no dicen nada.

Como por ejemplo –aclarando que el que esto escribe no es un mojigato–, el baile que llaman los jóvenes “perreo”, en el cual las mujeres se frotan a los varones en posición cánida simulando tener relaciones sexuales. Otro ejemplo, las letras de las canciones del género reguetón, en donde el afán de obtener un coito es explícito, empleando un lenguaje totalmente soez.

De este modo, tenemos a los miembros de la corrección política de doble moral y por otro lado a los jóvenes de la generación de cristal, los cuales en círculo vicioso se conjugan y alimentan unos con otros, fomentando lo que nos indica la Real Academia Española respecto a la estupidez: “Torpeza notable en comprender las cosas”.

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Stephen King y el escapismo literario

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

No cabe duda de que en ocasiones en una entrevista el personaje a interrogar desliza involuntariamente ciertas verdades que lo colocan en el sitio que mejor le corresponde. O quizás al contrario, se define tal y como considera que es en realidad, sin importarle las críticas que puedan surgir por ello.

Acaso el best seller número uno de la Unión Americana, Stephen King es un prolífico escritor que ha publicado alrededor de 61 novelas, siete libros de no ficción y cerca de 200 relatos y novelas cortas. Y por toda su obra se estima que ha vendido más de 350 millones de copias.

Generalmente se le sitúa como un autor de historias de terror. Pero en entrevista concedida a The Associated Press (25/02/21), no rechaza abiertamente tal indicación, sin embargo, responde diciendo que lo pueden encasillar como quieran.  “Mi idea es contar una buena historia, y si cruza ciertos límites y no encaja en un género particular, está bien”. Y resulta interesante que él mismo lo afirme pues en realidad al analizar con detenimiento sus obras más representativas sólo se observa eso, que nos relata una simple historia, no una ficción de terror.

Pensemos en Carrie, The Shining y en Misery, la estructura de estas tres novelas es lineal, el discurso narrativo es sumamente elemental y en lo absoluto complejo, los personajes obedecen a estereotipos, se exagera en las historias –sin fortuna alguna– para anular las escenas previsibles y no hay profundidad acerca del entorno de los personajes ni sobre sí mismos. Todo lo cual, en suma, nos entrega tres libros de factura puramente comercial para un público nada exigente y conformista. No por nada los críticos y académicos estadounidenses de notoriedad omiten a King de la alta literatura.

No obstante, hay que mencionar que estas obras en formato cinematográfico sufren una metamorfosis por demás inquietante y plausible. Es decir, como películas son bastante aceptables y dignas de verse. ¿Cuáles serían las razones? En el caso de Carrie, que el director fue el enorme Brian De Palma y por las extraordinarias actuaciones de Sissy Spacek (Carrie White) y Piper Laurie (Margaret White), madre e hija, respectivamente.

The Shining cobra relevancia por su director, el magistral Stanley Kubrick, y la incomparable interpretación del inigualable Jack Nicholson como protagonista. Y en Misery, sin duda alguna, la participación de la actriz Kathy Bates, quien como personaje principal realiza un trabajo perversamente perfecto.

De este modo, podríamos afirmar que al rehacer las obras de mediano nivel literario de King por verdaderos creadores de historias visuales y por excelentes actores de personajes memorables, todo cambia de manera favorable para un público más exigente y difícilmente condescendiente.

De ahí que sea sumamente revelador que Stephen King en el marco de la entrevista sobre sus pasiones como la política y sucesos de actualidad, pero sobre todo al referirse a la literatura y la política, estime lo siguiente: La ficción ha sido un “escape” de la política, no un foro. Y claro, si es sólo un escape, ¿por qué no seguir escribiendo pésimos best sellers? ¿Por qué no continuar enriqueciéndose sin aportar nada para el pensamiento reflexivo de sus lectores? Una posición apolítica siempre es política.

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Los sobrevivientes de la milenaria lengua Tu’un savi

Kau Sirenio

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La tarea es enorme, pero es el deber de los hablantes tu’un savi escribir, transcribir y divulgar su literatura, porque de lo contrario solo vivirán en la constante victimización sin aportar nada que ayude a reforzar la construcción de una identidad lingüística

Por Kau Sirenio

En el fondo de la montaña de Puebla, Oaxaca y Guerrero se pinta el arcoíris con la lluvia que sopla el viento del sur. Ahí, entre el colorido de la vestimenta de las mujeres Ñuu Savi (mixteca) y la música tradicional se forma el espiral de la lengua tu’un savi de un pueblo que se niega a morir. A pesar de los años, aún sobreviven los hablantes de esta lengua milenaria que resisten en todas las trincheras para no desaparecer ni quedarse en el olvido.

Durante muchos años, era impensable que las comunidades indígenas usaran su usanza en fiestas o que desfilaran en las calles para celebrar el día internacional de lengua materna, así ha sido siempre, maestros bilingües tratan de recuperar la memoria cultural de sus comunidades, sin embargo, no todos lo hacen, el miedo al rechazo aún es mayor.

En 2019, se celebró en San Luis Acatlán el encuentro de hablantes de tu’un savi, ese día, cientos de niños y jóvenes salieron a las calles para gritar que ahí están y que su lengua materna aún vive y que pueden cantar y gritarlo, durante el recorrido los muchachos bailaron al compás de las bandas tradicionales que no pararon en tocar piezas Ñuu Savi.

La fiesta era emotiva, sin embargo, algo faltaba en la pachanga Ñuu savi, a pesar de que los directivos permitieron que sus alumnos desfilaran, pero solo fue para los hablantes, mientras que los niños y jóvenes mestizos no tuvieron la oportunidad de convivir con sus compañeros que negaban su identidad en salón de clase.

Esta ciudad fundada por el español Pedro de Alvarado en 1522, de inmediato se convirtió en el sexto ayuntamiento de la Nueva España. De ese linaje “español” San Luis Acatlán cargó con sus prejuicios durante años sin reconocer a la población indígenas que la compone: Ñuu Savi, Me´phaa (tlapaneco) y nahua, a los que siempre llamaron como “huanco”, “indio”, “montañeros”, entre otros motes que les ponían a los indígenas que bajaban a mercar cada domingo.

La carga racista en este municipio no ha cambiado en lo absoluto, los partidos políticos se opusieron para que los pueblos indígenas eligieran a sus autoridades por usos y costumbres, es más hicieron contra labor a la consulta que el Instituto Electoral y Participación Ciudadana de Guerrero (IEPC-Guerrero), llegaron al grado de usar a los líderes indígenas para desinformar a la población los pros y los contras de la elección por uso y costumbres.

A pesar de todo, el IEPC-Guerrero, encontró que hay un 65.2 por ciento de población indígenas y sobreviven las lenguas maternas en barrios y colonias de la cabecera municipal. A pesar de los datos duros que se tienen, el ayuntamiento no cuenta con información en lengua materna y mucho menos espacios culturales que promuevan la identidad cultural lingüística.

Los funcionarios de la alcaldía dan por hecho que no necesitan intérpretes o difusión de información en lengua materna porque tienen trabajadores que hablan su lengua madre, sin embargo, nada está resuelto porque en San Luis Acatlán, lo que menos quieren los indígenas es aceptarse como tal para no ser discriminados.

Lo que debe de preocuparse que, en diez años, la lengua pierde portadores o los padres de familia prefieren enseñar a sus hijos a hablar el español, lo triste de todo es que de 6.6% hablantes de lenguas indígenas en 2010 bajó a 6.1% en 2020.

Así las cosas, a 21 años de que la Unesco declaró el Día Internacional de la Lengua Materna, no ha cambiado nada, no hubo cambio de fondo en el sistema educativo, la educación intercultural bilingüe, en nivel básica continúa con el mismo esquema “castellanizante”, porque solo se enseña la lengua materna en el aula por unas cuantas horas, aún peor, los profesores son analfabetos de su propia lengua.

El activismo lingüístico debe continuar desde todas las trincheras, porque es necesario repensar la política pública dirigida a las poblaciones indígenas. Porque no basta con celebrar cada 21 de febrero, para desempolvar la ropa tradicional, pero al día siguiente se guardan y los hablantes se enmudecen para no dar explicaciones si hablan una lengua o un dialecto como se educó durante años para enterrar las lenguas maternas que aún florecen en las comunidades indígenas.

Por lo pronto, los maestros Ñuu Savi deben reclamar el espacio para hablar y escribir tu’un savi, y generar condiciones para que la música, la poesía, el teatro, el periodismo, la literatura y el discurso ceremonial se repitan en tu’un savi.

La tarea es enorme, pero es el deber de los hablantes escribir, transcribir y divulgar la literatura en tu’un savi, porque de lo contrario solo vivirán en la constante victimización sin aportar nada que ayude a reforzar la construcción de una identidad lingüística.

Fuente original: piedepagina.mx

 

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