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Flores y panteones, el negocio de la muerte en Culiacán

Las memorias de Felipe Ayala sobre Culiacán Sinaloa remontan al pueblo pacífico que era antes de la violencia y el narcotráfico, con una policía honesta

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Felipe Ayala, privado de la vista, pero con una memoria prodigiosa. Foto: Miguel Alonso Rivera

Felipe Ayala, privado de la vista, pero con una memoria prodigiosa. Foto: Miguel Alonso Rivera

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez*

(Tercera Parte) 

Las agujas del reloj se detienen ya que no existe el tiempo cuando conversamos. Sus palabras reviven el pasado y la historia deja al descubierto la verdad, como el tatuaje queda visible en un cuerpo despojado de sus ropas.

Guiado por la increíble memoria de José Felipe Ayala Medina, un hombre de noventa años privado de la vista, que puede ver con claridad los pasajes más remotos de su vida, podemos husmear en escenarios insospechados e ir construyendo en nuestra imaginación el Culiacán de ayer: pequeño, despoblado, pacífico, hasta llegar al presente, en una ciudad grande, bulliciosa y desordenada.

Cuando nació Felipe en 1924, Culiacán era un pueblo de aproximadamente 16 mil habitantes. Hoy en la ciudad capital viven un millón de personas, que representan la tercera parte de la población de Sinaloa. Pero su presente no se puede entender sin su pasado.

Con una traviesa sonrisa, Felipe emprende el camino de vuelta a ese pasado repleto de múltiples postales grabadas en su mente, no amarillentas, sino descritas con impresionante nitidez.

Lejos está todavía del último horizonte ya que sus recuerdos permanecen intensamente vivos: nos narra sus remembranzas en espacios lejanos que nos hacen pensar en la eternidad, en las estaciones muertas y en la inmensidad de la vida.

Su mente es privilegiada porque en la mayoría de las personas muchas veces el pensamiento parece naufragar en el olvido.

Sin embargo, Felipe nos introduce en un mundo desconocido, nos va describiendo el Culiacán de ayer como si estuviera pintando un lienzo ante nuestros ojos, y sus palabras se transforman en una fiel estampa.

El recuerdo se asoma con claridad en su mente y sus palabras se convierten en imágenes, en un viaje en el tiempo donde se mezclan pasado y presente.

Flores y panteones, el negocio de la muerte en Culiacán 

De la unión de Teodoro Ayala Camargo, “Teodorón”, y Petra Camacho Gaxiola, nació José Felipe el 24 de febrero de 1924, pero fue criado desde los cuatro años de edad por Concepción Ibarra Castro. Creció con un espíritu juguetón y rebelde.

Tenía doce años de edad cuando entró en su vida con absoluta naturalidad el comercio de las flores, más ligadas al ritual de la muerte que al romanticismo.

Su padre Teodoro inició el negocio de la florería en 1936 y comenzó a elaborar y vender coronas para los muertos.

Las flores las obtenía de su jardín, donde también tenía un huerto de legumbres. Cada corona la vendía a cinco pesos.

“Eran coronas de pura flor de temporada, se conocían muy poco las flores de espina. La flor de espina se usaba en los ramos de canasta de mimbre con un aro grande en el medio, y la azucena era la única flor de bar que había para hacer lucir los arreglos, no se usaba mucho el arreglo aquí, puros de canasta y solamente para los ricos. Nada de que llévale a mi comadre, de que es mi cumpleaños, nada de llevarle al sanatorio porque nació un niño, nada de eso, no había más florería que la de nosotros; para que sepan, nosotros fuimos los primeros y fuimos ya los últimos y las coronas siguen, es la dinastía”, recuerda.

Cuando sus padres se separan, Felipe se hace cargo del negocio en 1962, y construye la casa donde tiene actualmente su hogar, la cual la “inauguró” el 2 de agosto de 1964, misma que se ubica en la Colonia Miguel Alemán, sobre la Calle Constitución 72 oriente, entre las Avenidas Obregón y Ruperto L. Paliza. En esa casa nació el último de sus hijos: Roberto.

Durante quince años uno de sus principales clientes fue el Gobierno del Estado de Sinaloa.

Todos sus hijos trabajaron en la manufactura de coronas para muertos y estudiaban simultáneamente. Así se graduaron cuatro agrónomos, un químico, una secretaria, una perforista, un comerciante, y un promotor de seguro social.

El negocio de las flores evolucionó en Culiacán, Felipe compraba flores en Sataya, Navolato, y en 1967 surgieron los primeros sembradíos de flores.

“En aquellos años –recuerda- se acostumbraba mucho la azucena, el nardo, el nerón -una flor grandota muy bonita, más coloradita que rosa-; con francias, geranios, nerones y azucenas se hacían los arreglos de las novias; las coronas se hacían con azucenas, geranios, nerones y bugambilias. A mi esposa no le regalaba flores porque ella estaba forrada de flores”.

Únicamente brindaba servicios funerarios Gonzalo Rea, quien se ubicaba por Boulevard Madero, entre Obregón y Paliza. Los Rea venían de la descendencia del señor Gándara, quien fue el primero que tuvo funeraria en Culiacán. La funeraria no contaba con velatorio, por lo que el ritual de la muerte se cumplía en la casa de los muertos.

Los cuerpos se preparaban en los hospitales con formol y los servicios funerarios los llevaban a sus casas para ser velados.

La preparación y el cuidado estético de los cadáveres para su presentación no era una costumbre en el Culiacán de ese tiempo. Solamente se metía el cuerpo en una caja y se colocaban las velas, ahora se cuida el vestido e incluso el maquillaje para mejorar la apariencia.

“Los cuerpos –recuerda- no olían mal porque tenían sus márgenes para velarlos: 24 horas y vámonos. A mi papá lo conservé más tiempo a base de hielo, pero como fue en el mes de mayo se hinchó la tapadera de la caja”.

“Por el Boulevard Madero había un negocio de Gonzalo Rea, donde vendía cajas de muerto. Después estuvo pegado a la Capilla del Carmen pero ya no existe. Gonzalo Rea murió pobre”, comentó.

“En aquel tiempo –nos cuenta- solamente había dos panteones: San Juan y Civil. Después se abrieron un montón, como El Barrio y La Lima, de acuerdo a como fue creciendo Culiacán. También está Humaya y San Martín, que es privado. Creo que el San Juan lo maneja el Ayuntamiento”.

Bodas de Plata de Felipe Ayala. Foto: cortesía

Bodas de Plata de Felipe Ayala. Foto: cortesía

De pueblo pacífico a ciudad violenta

“Los polis usaban un pito como los que usan los del correo, ése era el anuncio. Y los de la cárcel tenían un pito igual y gritaban: -¡Alerta! Y luego, la contestación: -¡El sereno, siempre alerta!

Policías había muy poquitos pero eran buenos, enhuarachados. Había policías de la montada”.

En los recuerdos de Felipe siempre hay música y cervezas.

En esa época, Culiacán tuvo de presidente municipal a Guillermo Bátiz, hombre implacable que no toleraba la delincuencia y que tuvo como aliado a su jefe policiaco Alfonso “La Onza” Leyzaola:

“Alfonso Leyzaola “La Onza” iba a jugar a la cantina de mi papá. ¡Nomás de verle los ojos le tenían miedo! Matón que asesinó a Poncho Tirado”. Don Felipe recuerda también las campañas del viejo PRI. Sin embargo, las pasiones violentas no eran lo habitual en esos tiempos.

En las décadas de los 30’s y 40´s los ricos eran los De la Vega, los Andrade, los Almada y los Clouthier. Las misceláneas que trajeron los inmigrantes cambiaron un poco el paisaje citadino. En Culiacán solamente había tres matones: Pedro Quintero, Manuel Cárdenas y Alfonso Alvarado.

“Don Guillermo Bátiz es el único presidente drástico que ha tenido Culiacán, no se andaba con medias tintas. Al que agarraban robando lo fusilaban”, comentó.

Los delincuentes aparecían muertos en el cerro de La Lomita, donde se ubica el Templo de Nuestra Señora de Guadalupe, o colgados en un álamo que se encontraba en el Barrio de La Vaquita, entre otros lugares.

Recuerda que el narcotráfico se inició en 1944-1945, en poca escala, pero llegó una época, en el gobierno de don Alfonso G. Calderón Velarde, a fines de los años 70, “donde se empezó a destrampar, y no fueron los cerebros sino los juniors, los que empezaron a matar gente por gusto, no por droga”, dijo.

Alfonso G. Calderón fue gobernador en Sinaloa de 1975 a 1980. En su administración, pidió el apoyo del gobierno federal y se lanzó la “Operación Cóndor” que alcanzó todo el noroeste de la república.

La más gigantesca batida contra el tráfico de drogas con la participación de diez mil soldados sin la detención de ningún jefe importante ya que se trasladaron con sus bandas a Jalisco. Pero la operación dejó muchos muertos en Sinaloa, culpables e inocentes.

Felipe conoció a todos los personajes del narcotráfico de Culiacán como clientes de sus coronas para muertos. “En esta puerta de mi casa tuve sentados a Rafael Caro Quintero y a Miguel Félix Gallardo. Y aquí parado al lado que termina el escritorio éste, a don Neto Fonseca Carrillo; venían aquí a comprar coronas”, comentó.

“Empezaron a usar esas botas de piel de avestruz, pantalones de mezclilla Braxton, camisas vaqueras a cuadros con broche de presión y chalecos de borrego”, describió. Recuerda que un día don Neto llegó extravagantemente vestido de traje color canario con tapadera del saco verde perico, botas color hueso y sombrero de paja.

* * *

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C. La próxima entrega se publicará en una semana en este mismo espacio. Fotografías de Moisés Juárez Iribe.

 

E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

Fanpage: https://www.facebook.com/licmiguelalonsoriverabojorquez

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Censura en la era de la estupidez: el caso de Charles M. Blow

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Todo pareciera indicar que estamos viviendo bajo el manto de la era de la estupidez. Basta con observar que frente al importante margen de libertad en que nos vemos inmersos nos comportamos de manera peculiar –por decirlo de una manera menos drástica–, pues esa misma libertad la utilizamos para censurar, prohibir, cancelar, eliminar aquello que se considera políticamente incorrecto.

En los últimos días a través de los medios de comunicación hemos podido conocer que incluso las caricaturas que todos hemos visto alguna vez van a ser objeto de censura porque afectan supuestamente a las nuevas perspectivas de integración y/o cohesión social.

Así, Pepe Le Pew, Speedy Gonzales, The Flintstones, Pucca, Betty Boop, Johnny Bravo, entre otros dibujos animados, han sido puestos en tela de juicio tanto por la industria del entretenimiento como por diversas voces, pero sobre todo por los ya inevitables usuarios de redes sociales, siendo ellos una parte importante de la llamada generación de cristal, pues todo les molesta. Considerando por lo tanto que deben suprimirse por completo tales cartoons.

Es conveniente agregar que esta polémica se debe al columnista de The New York Times, Charles M. Blow, quien escribió, entre otras cosas, que a su parecer el actuar del personaje Pepe Le Pew contribuye a la “cultura de la violación”. Recordemos que Pepe Le Pew es un zorrillo con muy mal olor, quien se encuentra enamorado de Penélope, que es una gatita de color negro, que accidentalmente le cayó pintura blanca en su lomo, dándole apariencia de un zorrillo. Ella lo rechaza una y otra vez tanto por su olor como porque no son de la misma especie. Pero él como buen enamorado insistirá siempre en conquistarla. ¿Realmente esto nos llevaría a cometer una violación? Yo no lo creo.

A su vez, Blow asevera que la caricatura del ratón Speedy Gonzales fomenta los pensamientos racistas sobre los mexicanos. A este respecto, conviene evocar que las aventuras del “ratón más veloz de todo México” consistían en enfrentar a sus némesis, el gato Silvestre y el pato Lucas, pues ellos agredían a los demás ratones y Speedy intervenía exitosamente para salvarlos. Si bien este dibujo animado se encuentra estructurado con ciertos estereotipos, ¿el que un ratón siempre gane la batalla nos conduce al racismo?

Desafortunadamente el columnista nunca ofrece elementos de juicio objetivos para sustentar sus tesis y con ello poder responder punto a punto a su postura. De modo que, por consiguiente, cualquiera puede afirmar lo mismo que él. Todo en aras de la corrección  política. ¿Pero quién le concedió a este tipo de periodistas el carácter de juez, jurado y verdugo para decidir sobre lo que es “políticamente correcto” para todos?

Peor aún, he notado que estos personajes que se constituyen en el nuevo Santo Oficio del siglo XXI suelen caer en una especie de doble moral, pues lo que les llamó la atención desde una óptica totalmente subjetiva lo critican y piden su censura, pero cuando se trata de otras expresiones “artísticas” evidentemente objetables no dicen nada.

Como por ejemplo –aclarando que el que esto escribe no es un mojigato–, el baile que llaman los jóvenes “perreo”, en el cual las mujeres se frotan a los varones en posición cánida simulando tener relaciones sexuales. Otro ejemplo, las letras de las canciones del género reguetón, en donde el afán de obtener un coito es explícito, empleando un lenguaje totalmente soez.

De este modo, tenemos a los miembros de la corrección política de doble moral y por otro lado a los jóvenes de la generación de cristal, los cuales en círculo vicioso se conjugan y alimentan unos con otros, fomentando lo que nos indica la Real Academia Española respecto a la estupidez: “Torpeza notable en comprender las cosas”.

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Stephen King y el escapismo literario

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

No cabe duda de que en ocasiones en una entrevista el personaje a interrogar desliza involuntariamente ciertas verdades que lo colocan en el sitio que mejor le corresponde. O quizás al contrario, se define tal y como considera que es en realidad, sin importarle las críticas que puedan surgir por ello.

Acaso el best seller número uno de la Unión Americana, Stephen King es un prolífico escritor que ha publicado alrededor de 61 novelas, siete libros de no ficción y cerca de 200 relatos y novelas cortas. Y por toda su obra se estima que ha vendido más de 350 millones de copias.

Generalmente se le sitúa como un autor de historias de terror. Pero en entrevista concedida a The Associated Press (25/02/21), no rechaza abiertamente tal indicación, sin embargo, responde diciendo que lo pueden encasillar como quieran.  “Mi idea es contar una buena historia, y si cruza ciertos límites y no encaja en un género particular, está bien”. Y resulta interesante que él mismo lo afirme pues en realidad al analizar con detenimiento sus obras más representativas sólo se observa eso, que nos relata una simple historia, no una ficción de terror.

Pensemos en Carrie, The Shining y en Misery, la estructura de estas tres novelas es lineal, el discurso narrativo es sumamente elemental y en lo absoluto complejo, los personajes obedecen a estereotipos, se exagera en las historias –sin fortuna alguna– para anular las escenas previsibles y no hay profundidad acerca del entorno de los personajes ni sobre sí mismos. Todo lo cual, en suma, nos entrega tres libros de factura puramente comercial para un público nada exigente y conformista. No por nada los críticos y académicos estadounidenses de notoriedad omiten a King de la alta literatura.

No obstante, hay que mencionar que estas obras en formato cinematográfico sufren una metamorfosis por demás inquietante y plausible. Es decir, como películas son bastante aceptables y dignas de verse. ¿Cuáles serían las razones? En el caso de Carrie, que el director fue el enorme Brian De Palma y por las extraordinarias actuaciones de Sissy Spacek (Carrie White) y Piper Laurie (Margaret White), madre e hija, respectivamente.

The Shining cobra relevancia por su director, el magistral Stanley Kubrick, y la incomparable interpretación del inigualable Jack Nicholson como protagonista. Y en Misery, sin duda alguna, la participación de la actriz Kathy Bates, quien como personaje principal realiza un trabajo perversamente perfecto.

De este modo, podríamos afirmar que al rehacer las obras de mediano nivel literario de King por verdaderos creadores de historias visuales y por excelentes actores de personajes memorables, todo cambia de manera favorable para un público más exigente y difícilmente condescendiente.

De ahí que sea sumamente revelador que Stephen King en el marco de la entrevista sobre sus pasiones como la política y sucesos de actualidad, pero sobre todo al referirse a la literatura y la política, estime lo siguiente: La ficción ha sido un “escape” de la política, no un foro. Y claro, si es sólo un escape, ¿por qué no seguir escribiendo pésimos best sellers? ¿Por qué no continuar enriqueciéndose sin aportar nada para el pensamiento reflexivo de sus lectores? Una posición apolítica siempre es política.

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Los sobrevivientes de la milenaria lengua Tu’un savi

Kau Sirenio

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La tarea es enorme, pero es el deber de los hablantes tu’un savi escribir, transcribir y divulgar su literatura, porque de lo contrario solo vivirán en la constante victimización sin aportar nada que ayude a reforzar la construcción de una identidad lingüística

Por Kau Sirenio

En el fondo de la montaña de Puebla, Oaxaca y Guerrero se pinta el arcoíris con la lluvia que sopla el viento del sur. Ahí, entre el colorido de la vestimenta de las mujeres Ñuu Savi (mixteca) y la música tradicional se forma el espiral de la lengua tu’un savi de un pueblo que se niega a morir. A pesar de los años, aún sobreviven los hablantes de esta lengua milenaria que resisten en todas las trincheras para no desaparecer ni quedarse en el olvido.

Durante muchos años, era impensable que las comunidades indígenas usaran su usanza en fiestas o que desfilaran en las calles para celebrar el día internacional de lengua materna, así ha sido siempre, maestros bilingües tratan de recuperar la memoria cultural de sus comunidades, sin embargo, no todos lo hacen, el miedo al rechazo aún es mayor.

En 2019, se celebró en San Luis Acatlán el encuentro de hablantes de tu’un savi, ese día, cientos de niños y jóvenes salieron a las calles para gritar que ahí están y que su lengua materna aún vive y que pueden cantar y gritarlo, durante el recorrido los muchachos bailaron al compás de las bandas tradicionales que no pararon en tocar piezas Ñuu Savi.

La fiesta era emotiva, sin embargo, algo faltaba en la pachanga Ñuu savi, a pesar de que los directivos permitieron que sus alumnos desfilaran, pero solo fue para los hablantes, mientras que los niños y jóvenes mestizos no tuvieron la oportunidad de convivir con sus compañeros que negaban su identidad en salón de clase.

Esta ciudad fundada por el español Pedro de Alvarado en 1522, de inmediato se convirtió en el sexto ayuntamiento de la Nueva España. De ese linaje “español” San Luis Acatlán cargó con sus prejuicios durante años sin reconocer a la población indígenas que la compone: Ñuu Savi, Me´phaa (tlapaneco) y nahua, a los que siempre llamaron como “huanco”, “indio”, “montañeros”, entre otros motes que les ponían a los indígenas que bajaban a mercar cada domingo.

La carga racista en este municipio no ha cambiado en lo absoluto, los partidos políticos se opusieron para que los pueblos indígenas eligieran a sus autoridades por usos y costumbres, es más hicieron contra labor a la consulta que el Instituto Electoral y Participación Ciudadana de Guerrero (IEPC-Guerrero), llegaron al grado de usar a los líderes indígenas para desinformar a la población los pros y los contras de la elección por uso y costumbres.

A pesar de todo, el IEPC-Guerrero, encontró que hay un 65.2 por ciento de población indígenas y sobreviven las lenguas maternas en barrios y colonias de la cabecera municipal. A pesar de los datos duros que se tienen, el ayuntamiento no cuenta con información en lengua materna y mucho menos espacios culturales que promuevan la identidad cultural lingüística.

Los funcionarios de la alcaldía dan por hecho que no necesitan intérpretes o difusión de información en lengua materna porque tienen trabajadores que hablan su lengua madre, sin embargo, nada está resuelto porque en San Luis Acatlán, lo que menos quieren los indígenas es aceptarse como tal para no ser discriminados.

Lo que debe de preocuparse que, en diez años, la lengua pierde portadores o los padres de familia prefieren enseñar a sus hijos a hablar el español, lo triste de todo es que de 6.6% hablantes de lenguas indígenas en 2010 bajó a 6.1% en 2020.

Así las cosas, a 21 años de que la Unesco declaró el Día Internacional de la Lengua Materna, no ha cambiado nada, no hubo cambio de fondo en el sistema educativo, la educación intercultural bilingüe, en nivel básica continúa con el mismo esquema “castellanizante”, porque solo se enseña la lengua materna en el aula por unas cuantas horas, aún peor, los profesores son analfabetos de su propia lengua.

El activismo lingüístico debe continuar desde todas las trincheras, porque es necesario repensar la política pública dirigida a las poblaciones indígenas. Porque no basta con celebrar cada 21 de febrero, para desempolvar la ropa tradicional, pero al día siguiente se guardan y los hablantes se enmudecen para no dar explicaciones si hablan una lengua o un dialecto como se educó durante años para enterrar las lenguas maternas que aún florecen en las comunidades indígenas.

Por lo pronto, los maestros Ñuu Savi deben reclamar el espacio para hablar y escribir tu’un savi, y generar condiciones para que la música, la poesía, el teatro, el periodismo, la literatura y el discurso ceremonial se repitan en tu’un savi.

La tarea es enorme, pero es el deber de los hablantes escribir, transcribir y divulgar la literatura en tu’un savi, porque de lo contrario solo vivirán en la constante victimización sin aportar nada que ayude a reforzar la construcción de una identidad lingüística.

Fuente original: piedepagina.mx

 

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