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Flores y panteones, el negocio de la muerte en Culiacán

Las memorias de Felipe Ayala sobre Culiacán Sinaloa remontan al pueblo pacífico que era antes de la violencia y el narcotráfico, con una policía honesta

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Felipe Ayala, privado de la vista, pero con una memoria prodigiosa. Foto: Miguel Alonso Rivera

Felipe Ayala, privado de la vista, pero con una memoria prodigiosa. Foto: Miguel Alonso Rivera

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez*

(Tercera Parte) 

Las agujas del reloj se detienen ya que no existe el tiempo cuando conversamos. Sus palabras reviven el pasado y la historia deja al descubierto la verdad, como el tatuaje queda visible en un cuerpo despojado de sus ropas.

Guiado por la increíble memoria de José Felipe Ayala Medina, un hombre de noventa años privado de la vista, que puede ver con claridad los pasajes más remotos de su vida, podemos husmear en escenarios insospechados e ir construyendo en nuestra imaginación el Culiacán de ayer: pequeño, despoblado, pacífico, hasta llegar al presente, en una ciudad grande, bulliciosa y desordenada.

Cuando nació Felipe en 1924, Culiacán era un pueblo de aproximadamente 16 mil habitantes. Hoy en la ciudad capital viven un millón de personas, que representan la tercera parte de la población de Sinaloa. Pero su presente no se puede entender sin su pasado.

Con una traviesa sonrisa, Felipe emprende el camino de vuelta a ese pasado repleto de múltiples postales grabadas en su mente, no amarillentas, sino descritas con impresionante nitidez.

Lejos está todavía del último horizonte ya que sus recuerdos permanecen intensamente vivos: nos narra sus remembranzas en espacios lejanos que nos hacen pensar en la eternidad, en las estaciones muertas y en la inmensidad de la vida.

Su mente es privilegiada porque en la mayoría de las personas muchas veces el pensamiento parece naufragar en el olvido.

Sin embargo, Felipe nos introduce en un mundo desconocido, nos va describiendo el Culiacán de ayer como si estuviera pintando un lienzo ante nuestros ojos, y sus palabras se transforman en una fiel estampa.

El recuerdo se asoma con claridad en su mente y sus palabras se convierten en imágenes, en un viaje en el tiempo donde se mezclan pasado y presente.

Flores y panteones, el negocio de la muerte en Culiacán 

De la unión de Teodoro Ayala Camargo, “Teodorón”, y Petra Camacho Gaxiola, nació José Felipe el 24 de febrero de 1924, pero fue criado desde los cuatro años de edad por Concepción Ibarra Castro. Creció con un espíritu juguetón y rebelde.

Tenía doce años de edad cuando entró en su vida con absoluta naturalidad el comercio de las flores, más ligadas al ritual de la muerte que al romanticismo.

Su padre Teodoro inició el negocio de la florería en 1936 y comenzó a elaborar y vender coronas para los muertos.

Las flores las obtenía de su jardín, donde también tenía un huerto de legumbres. Cada corona la vendía a cinco pesos.

“Eran coronas de pura flor de temporada, se conocían muy poco las flores de espina. La flor de espina se usaba en los ramos de canasta de mimbre con un aro grande en el medio, y la azucena era la única flor de bar que había para hacer lucir los arreglos, no se usaba mucho el arreglo aquí, puros de canasta y solamente para los ricos. Nada de que llévale a mi comadre, de que es mi cumpleaños, nada de llevarle al sanatorio porque nació un niño, nada de eso, no había más florería que la de nosotros; para que sepan, nosotros fuimos los primeros y fuimos ya los últimos y las coronas siguen, es la dinastía”, recuerda.

Cuando sus padres se separan, Felipe se hace cargo del negocio en 1962, y construye la casa donde tiene actualmente su hogar, la cual la “inauguró” el 2 de agosto de 1964, misma que se ubica en la Colonia Miguel Alemán, sobre la Calle Constitución 72 oriente, entre las Avenidas Obregón y Ruperto L. Paliza. En esa casa nació el último de sus hijos: Roberto.

Durante quince años uno de sus principales clientes fue el Gobierno del Estado de Sinaloa.

Todos sus hijos trabajaron en la manufactura de coronas para muertos y estudiaban simultáneamente. Así se graduaron cuatro agrónomos, un químico, una secretaria, una perforista, un comerciante, y un promotor de seguro social.

El negocio de las flores evolucionó en Culiacán, Felipe compraba flores en Sataya, Navolato, y en 1967 surgieron los primeros sembradíos de flores.

“En aquellos años –recuerda- se acostumbraba mucho la azucena, el nardo, el nerón -una flor grandota muy bonita, más coloradita que rosa-; con francias, geranios, nerones y azucenas se hacían los arreglos de las novias; las coronas se hacían con azucenas, geranios, nerones y bugambilias. A mi esposa no le regalaba flores porque ella estaba forrada de flores”.

Únicamente brindaba servicios funerarios Gonzalo Rea, quien se ubicaba por Boulevard Madero, entre Obregón y Paliza. Los Rea venían de la descendencia del señor Gándara, quien fue el primero que tuvo funeraria en Culiacán. La funeraria no contaba con velatorio, por lo que el ritual de la muerte se cumplía en la casa de los muertos.

Los cuerpos se preparaban en los hospitales con formol y los servicios funerarios los llevaban a sus casas para ser velados.

La preparación y el cuidado estético de los cadáveres para su presentación no era una costumbre en el Culiacán de ese tiempo. Solamente se metía el cuerpo en una caja y se colocaban las velas, ahora se cuida el vestido e incluso el maquillaje para mejorar la apariencia.

“Los cuerpos –recuerda- no olían mal porque tenían sus márgenes para velarlos: 24 horas y vámonos. A mi papá lo conservé más tiempo a base de hielo, pero como fue en el mes de mayo se hinchó la tapadera de la caja”.

“Por el Boulevard Madero había un negocio de Gonzalo Rea, donde vendía cajas de muerto. Después estuvo pegado a la Capilla del Carmen pero ya no existe. Gonzalo Rea murió pobre”, comentó.

“En aquel tiempo –nos cuenta- solamente había dos panteones: San Juan y Civil. Después se abrieron un montón, como El Barrio y La Lima, de acuerdo a como fue creciendo Culiacán. También está Humaya y San Martín, que es privado. Creo que el San Juan lo maneja el Ayuntamiento”.

Bodas de Plata de Felipe Ayala. Foto: cortesía

Bodas de Plata de Felipe Ayala. Foto: cortesía

De pueblo pacífico a ciudad violenta

“Los polis usaban un pito como los que usan los del correo, ése era el anuncio. Y los de la cárcel tenían un pito igual y gritaban: -¡Alerta! Y luego, la contestación: -¡El sereno, siempre alerta!

Policías había muy poquitos pero eran buenos, enhuarachados. Había policías de la montada”.

En los recuerdos de Felipe siempre hay música y cervezas.

En esa época, Culiacán tuvo de presidente municipal a Guillermo Bátiz, hombre implacable que no toleraba la delincuencia y que tuvo como aliado a su jefe policiaco Alfonso “La Onza” Leyzaola:

“Alfonso Leyzaola “La Onza” iba a jugar a la cantina de mi papá. ¡Nomás de verle los ojos le tenían miedo! Matón que asesinó a Poncho Tirado”. Don Felipe recuerda también las campañas del viejo PRI. Sin embargo, las pasiones violentas no eran lo habitual en esos tiempos.

En las décadas de los 30’s y 40´s los ricos eran los De la Vega, los Andrade, los Almada y los Clouthier. Las misceláneas que trajeron los inmigrantes cambiaron un poco el paisaje citadino. En Culiacán solamente había tres matones: Pedro Quintero, Manuel Cárdenas y Alfonso Alvarado.

“Don Guillermo Bátiz es el único presidente drástico que ha tenido Culiacán, no se andaba con medias tintas. Al que agarraban robando lo fusilaban”, comentó.

Los delincuentes aparecían muertos en el cerro de La Lomita, donde se ubica el Templo de Nuestra Señora de Guadalupe, o colgados en un álamo que se encontraba en el Barrio de La Vaquita, entre otros lugares.

Recuerda que el narcotráfico se inició en 1944-1945, en poca escala, pero llegó una época, en el gobierno de don Alfonso G. Calderón Velarde, a fines de los años 70, “donde se empezó a destrampar, y no fueron los cerebros sino los juniors, los que empezaron a matar gente por gusto, no por droga”, dijo.

Alfonso G. Calderón fue gobernador en Sinaloa de 1975 a 1980. En su administración, pidió el apoyo del gobierno federal y se lanzó la “Operación Cóndor” que alcanzó todo el noroeste de la república.

La más gigantesca batida contra el tráfico de drogas con la participación de diez mil soldados sin la detención de ningún jefe importante ya que se trasladaron con sus bandas a Jalisco. Pero la operación dejó muchos muertos en Sinaloa, culpables e inocentes.

Felipe conoció a todos los personajes del narcotráfico de Culiacán como clientes de sus coronas para muertos. “En esta puerta de mi casa tuve sentados a Rafael Caro Quintero y a Miguel Félix Gallardo. Y aquí parado al lado que termina el escritorio éste, a don Neto Fonseca Carrillo; venían aquí a comprar coronas”, comentó.

“Empezaron a usar esas botas de piel de avestruz, pantalones de mezclilla Braxton, camisas vaqueras a cuadros con broche de presión y chalecos de borrego”, describió. Recuerda que un día don Neto llegó extravagantemente vestido de traje color canario con tapadera del saco verde perico, botas color hueso y sombrero de paja.

* * *

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C. La próxima entrega se publicará en una semana en este mismo espacio. Fotografías de Moisés Juárez Iribe.

 

E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

Fanpage: https://www.facebook.com/licmiguelalonsoriverabojorquez

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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