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Con voz propia

EZLN: Tiempos de disyuntivas

El EZLN desafía con sus comunicados nuevamente al estado mexicano, y podría llamar a una nueva insurrección, de acuerdo al del escritor Vinicio Chaparro

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Mural zapatista Foto: red

Crónicas Rancheras

Vinicio Chaparro*

Siguiendo el asunto de la reaparición del EZLN, la mirada de los analistas políticos independientes, citadinos o rancheros, (claro que hay analistas rancheros), se dirige ahora hacia Los Acuerdos de San Andrés. Estos acuerdos se constituyen pues, en el punto toral y definitorio para saber hacia dónde se dirige este asunto. Seguramente. Un sabueso no puede perder el olfato.

No hay que olvidar que los zapatistas en sus primeros comunicados piden el reconocimiento de esos acuerdos por parte del nuevo gobierno. Como una condición ineludible.

Retomemos el asunto y, perdón por la insistencia pero, considero que estas cosas son importantes en el momento actual, revolucionario, del país. No soy John Reed, ni estamos ante el Palacio de Invierno, ni en los diez días que estremecieron al mundo, (lo reconozco), pero estamos en un momento crucial para la evolución de este país de injusticia y corrupción. (Ah, y de tarjetas Soriana).

Nos habíamos quedado en que después de la simbólica marcha del silencio, que marcó una nueva era en el zapatismo maya, como efectivamente decían las profecías, y después de los primeros comunicados del EZLN, por varios días nadie dijo ni pío. Ya ven como le fue a Osorio Chong, el Sub le dio hasta con la cubeta. El gobierno decidió entonces ser cauto, probablemente Salinitas andaba de viaje en Irlanda y se quedaron sin timón. Osorio Chong, eeeeel Secretario de Gobernación, descubrió su pobreza argumentativa y, seguro que recibió un coscorrón, y nuevas directrices, y tuvo que pensar antes de hablar japonés.

También los hormigueros duran un rato para reorganizarse cuando alguien les da un pisotón.

Las reacciones

En el legislativo, ocupados en contar los billetes de a quinientos del último pago, no escucharon el sonido de su mundo derrumbándose; implicados directamente en el reconocimiento de los Acuerdos de San Andrés, pues fue ahí donde se incumplió el acuerdo con Zedillín, y ahí se tienen que aprobar estos acuerdos (a güi-güi), solo unos cuantos diputados, de arriba a la izquierda, (si fueran de abajo, no ganarían esos sueldazos), atinaron a proponer la reformación de la Cocopa, (el mecanismo gubernamental de negociación y distracción, usado en aquellos tiempos para prolongar el proceso de rebelión zapatosa), pero la oposición de algunos diputados de derecha impidió avanzar más al respecto. Y ahí se quedaron, congelados. Como estatuas de cristal. Hasta la fecha. “¡Y que la Cocopa y que la Cocopa, y que se necesita, y que tenemos que formarla!”, y así se la pasan. Qué vergüenza, tanto que ganan por no hacer nada, ¿Ustedes creen que estos diputados van a aprobar Los Acuerdos de San Andrés? Eso sólo podrá suceder ante las grandes manifestaciones en El Zócalo, cuando los zapatistas se unan a los #YoSoy132, a los de Atenco, a los maestros disidentes, a los electricistas corridos, a los campesinos enojados, a los braceros estafados, a los hijos de la APPO, a las viudas de Pasta de Conchos, a los padres de los niños de la Guardería ABC, y a todas las heridas de la patria.

Y López Obrador… bien, anda muy ocupado formando Morena y el PRD disfrutando sus canonjías del Pacto por México. No podemos esperar más de ellos. La izquierda electoral está muy maiceada como para incorporarse a la revolución que viene. Ellos trabajan para las próximas elecciones, aunque el Sistema Electoral sea una mesa de tahúres profesionales, todavía creen que pueden ganar. Ahí seguirán.

El gobierno de Peña Nieto tampoco escuchó mucho el primer ruido del derrumbe, -“Unos pobres indios jugándole al Juan Camaney y al toro Pajarito”, dijeron, y creyeron que se trataba sólo de unos cuantos terremotes de los adobes del pretil de su palacio que caían, corroídos por la erosión, y entonces tomaron precauciones y contrataron a un buen albañil (Jaime Martínez Veloz) para reparar el daño y precavidamente, esperaron, con el oído en la cerradura, y guardaron un silencio presagiador de un juego de ajedrez, al más puro estilo de Salinitas El Orejón. La silla vacía de mi querida Gaviota siguió vacía en La Rosca de Reyes, las reuniones del gabinete se alargaban, sin poder definir cómo debían atender las peticiones de los zapatistas.

Su nueva Cocopa Nacional y su cruzada contra el hambre fue todo lo que pudieron ofrecer. Pobres. El Chupacabras no da para más, dice Marcos en su último comunicado.

Así que la moneda, aún, está en el aire y la respuesta en el viento.

Pero hubo otros acontecimientos dignos de nuestra atención.

Después de muchos, muchos años de silencio, el EZLN ha apretado el botón de MUTE (y guardado sus rifles de palo) para decir su palabra, ooootra vez.

-Tiemblen diablos del infierno. Qué se les apareció Juan Diego-. Dijo un borrachín de mi pueblo, cuando le enseñé unas fotos de la marcha del 21 de diciembre.

Con el último comunicado de Marquitos El Enmascarado, todos los hombres del poder, y mujeres, (pues hasta la maestra Gordillo tuvo espasmos y síntomas de convulsión, olvidó todo por unos días y dejó atrás la reforma educativa; su oído ofídico y su lengua bífida se sensibilizaron al extremo, pregúntenle a Chauyffet si es cierto esto, lo de su lengua bífida, cuando la corrieron de la presidencia del Congreso; pues ella, también sintió que su mundo se derrumbaba, y ella es muy inteligente, no como otros, de por sí ya le estaban bombardeando sus Torres Gemelas), sintieron el ramalazo de boxeador ranchero. Con la cuchara de caviar suspendida frente a la boca, solo atinaron a preguntar: ¿Qué no se suponía que esos indios ya se habían muerto? Hay que mandarles unas sopas Maruchán.

A los panistas les pegó una embolia y se les paralizó la otra mitad del cuerpo, la que les quedó sana después de la última “depuración”, (a estos ya se les habían caído las torres hacía rato), habría que escuchar a su diputada que se negó a la integración de una nueva Cocopa, casi le salía espuma por la boca.

La izquierda electoral sufre. -¿Por qué los zapatistas nos atacan, si somos a toda madre?

-Pichi Marcos, otra vez,- dijeron bajo un ataque de ira, los capitalistas.

A todos molestó el último comunicado.

Y luego días después, que sale otro comunicado, -la pluma del Sub es más rápida que su cuerno de chivo-, pensé.

“Ellos y nosotros”, se llama ese último documento. Aquí el Sub es muuuuuy desafiante.

Así que entremos al análisis ranchero. Que es el más bonito de todos los análisis.

Primeramente veamos la parábola del Sub, “Le vamos al toro”. Esto es un asunto muy serio, hay que poner atención, pues con esta parábola, el Sub, para empezar, equipara al gobierno con los toreros. ¡Qué significa esto?, no lo sé, pero al parecer los zapatistas esperan que el nuevo gobierno quiera envolverlos en otra etapa de negociación, como si no hubiera sido suficiente la de 1996, cuando los Acuerdos de San Andrés. ¿Espera el EZLN que el gobierno plantee esa alternativa? Prolongar, prolongar y prolongar. Es probable, el torero evade al toro, siempre.

¿Pero aceptará el zapatismo otro período de negociación?

Difícil. Marcos es demasiado agresivo en sus últimos comunicados como para esperar que los zapatistas quieran caer en otro período de negociación. ¿Hay otra lógica? Sí, los zapatistas siempre nos sorprenden.

Después del inicio de la Cruzada Contra el Hambre de Salinas, (las sopas Maruchán), el Sub se fue a la yugular del Chupacabras. Esto se está poniendo grave. Sólo el que no lee los comunicados del EZLN cree que el país está en paz. Hay un sismo trepanatorio en esos comunicados. Hay que leerlos, “Enlace zapatista”, se llama el lugar donde el EZLN difunde su palabra. Hay que informarse: información mata ignorancia.

¿Pero quién es el toro de la parábola, a quien los zapatistas apuestan todo? Ese es el quid del asunto. ¿Es acaso la sociedad civil? Al parecer sí. Se previene entonces que el EZLN pronto llamará a una insurrección. Yo les dije, con entusiasmo y esperanza, que el 21 de diciembre se anunció la revolución, ¿tienen alguna duda ahora? Sólo que es pacífica, con otros parámetros. Pero si no es la revolución, (los rancheros nunca perdemos), por lo menos es un llamamiento, no andaba tan errado el muchacho que esto escribe, un llamamiento a partirle su madre al torero.

Estamos pues, ante una corrida de toros. Sigamos. Y Marcos afirma que ahora, el toro, a diferencia de otras ocasiones le pondrá al torero una cogida. Taurina, claro. ¿No es eso un llamamiento a la revolución? Insisto. Veamos cómo se desarrollan los acontecimientos más adelante para comprender la parábola en toda su plenitud. Hay que estar atentos. Al parecer el toro es la sociedad civil, como en Egipto. Así que… tiemblen diablos del infierno. Se les apareció Juan Diego.

 *Escritor y columnista de Chihuahua, México.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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